El dolor de los demás, Miguel Ángel Hernández

Nueva reseña

El dolor de los demás

 

Este libro, tal y como lo plantea el propio narrador, responde a la voluntad de no apartar la mirada frente a aquello que nos perturba. Pero decidir mirar al sol no significa ver el sol, sino solamente —y no es poco— decidir mirarlo. Con esta metáfora un poco torpe me gustaría resumir el verdadero hallazgo que hay detrás de la novela, y que —pienso ahora— quizá sea la causa de que haya llegado a tantos lectores. La novela no se agota en su final ni tampoco en la historia de un tipo que mata a su hermana y se quita la vida. Si este libro sigue interesando dentro de muchos años no será por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta; por la sensibilidad de su mirada y por la destreza en el manejo de un recurso limitado, como es el lenguaje, para abordar algo tan vasto y abismal como son nuestras emociones y la forma que tenemos de relacionarnos con ellas.

 

Mario Aznar escribe largo y tendido sobre El dolor de los demás, la última novela de Miguel Ángel Hernández. No esperes más y lee la reseña completa pinchando AQUÍ.

27. El ascenso (una biografía capitalista)

Café Con/suelo

He recibido dinero por nada.

He recibido dinero por sacar al perro.

He recibido dinero por limpiar un coche.

He recibido dinero por cantar villancicos.

He recibido dinero por pedir para el Domund.

He recibido dinero por vender papeletas para el sorteo de un reproductor DVD.

He recibido dinero por vender pan y dulces en un puesto del mercado.

He recibido dinero por vender un reproductor Mp3.

He recibido dinero por repartir publicidad en los buzones.

He recibido dinero por un pellizco de hachís.

He recibido dinero por descargar camiones.

He recibido dinero por habérmelo encontrado.

He recibido dinero por repartir publicidad en la calle.

He recibido dinero por contar la recaudación de máquinas expendedoras.

He recibido dinero por escribir un relato.

He recibido dinero por enseñar español.

He recibido dinero por corregir y revisar un libro.

He recibido dinero por vender libros.

He recibido dinero por traducir un texto.

He recibido dinero por escribir sobre un libro.

He recibido dinero por hablar de literatura.

He recibido dinero por […].

 

 

Imagen: Un dólar ($) estadounidense.

 

 

26. El agonías

Café Con/suelo

En los más reputados círculos científicos se sabe que, más allá de la forma plural del “estado que precede a la muerte”, utilizamos el término agonías para referirnos a una persona que actúa de determinada forma bajo ciertas circunstancias. Se sabe, también, que hay muchos tipos de agonías. Sin embargo, es difícil definir a qué nos referimos cuando clasificamos a alguien con esta palabra: agonías. Mi yo más positivista no renuncia a la posibilidad de descubrir y demostrar el significado verdadero del término. Varios aspectos confluyen en la manifestación fenoménica derivada del comportamiento de aquellos individuos diagnosticados como agonías: algunos de ellos son la redundancia, la inutilidad y la vanidad. No obstante, ante la imposibilidad de su definición, quizá resulte útil exponer apenas tres casos a modo de exempla:

1. Quien camina un día lluvioso con el paraguas abierto y pegado a la pared, buscando además la protección de las repisas, y obligando a que los paseantes sin paraguas se desplacen sin remedio hacia el espacio más desprotegido de la acera: agonías.

2. Quien espera a que empiece una mesa redonda sobre un escritor (Bolaño, por ejemplo) leyendo el libro más representativo del escritor en cuestión (Los detectives salvajes, por ejemplo) para luego hacerse pasar en el turno de preguntas por un especialista en el escritor y en el libro en cuestión: agonías.

3. Quien participa en una mesa redonda en homenaje a un escritor fallecido (Bolaño, por ejemplo) en calidad extraliteraria (amigo, por ejemplo) para acabar concluyendo con algo que podría haber dicho cualquiera (era buena persona, por ejemplo): agonías.

Advertencia: la vida es una agonía, que podría haber dicho Quevedo. Esto quiere decir que nadie está libre de encontrarse, aun sin proponérselo, en el punto en que confluyen la redundancia, la inutilidad y la vanidad. Si fuésemos inmortales, que diría Borges, lo imposible sería no encontrarse alguna vez en ese punto. Todos somos un poco agonías. Lo importante, lo que hay que evitar, es ser El agonías.

 

 

Imagen: M. C. Escher, Drawing Hands, 1948

25. Kafka de Black Friday

Café Con/suelo

“Todos los días tengo que escribir por lo menos una frase en mi contra”, escribió Franz Kafka. Ni ganas de escribir eso tengo hoy. Será porque el frío se me ha metido en el cuerpo. Seguramente ha sido al salir del Café Comercial con María, cuando ha sonado la sirena que avisa del cambio de turno —la merienda— y han empezado a entrar ancianas en grupos de tres y de cuatro, ávidas de churros y café con leche. Nosotros nos hemos levantado, hemos pagado en la barra —nos han cobrado de menos— y hemos salido a la calle donde corría un aire helado. De dos cafés calientes al frío húmedo de un día lluvioso hay apenas una puerta de cristal y madera. El frío afecta al humor y aprieta las carnes. He caminado hasta mi casa esquivando transeúntes adictos al Black Friday de los martes, agradecido porque Carmena haya ampliado las aceras. Después de resistirme a la idea de comprar algo de cena, he abierto la puerta, he comprobado el buzón —nada— y me he sentado a pensar. Me ha costado entrar en calor. He pensado en esa frase de Kafka y en si no será lo mismo decir “todos los días tengo que escribir”. ¿Acaso todo lo que escribo no va de alguna forma en mi contra? El otro día decidí que no escribiré los sábados, ni los domingos, ni los días de guardar, como un funcionario gris. Tampoco escribiré cuando publique una reseña (lo haré cuando me dé la gana). Entre otras cosas, hoy no tenía ganas de escribir porque se me ha metido el frío en el cuerpo, pero no es sábado, ni domingo, ni día de guardar. Luego he pensado en Kafka y en esa imposición suya de escribir por lo menos una frase diaria. He pensado también en esa otra frase de Kafka que cita Vila-Matas —y que a saber si no es de ninguno—: “un escritor que no escribe es, de hecho, un monstruo merodeando la locura”. He comparado las dos frases y he sopesado su carácter obligatorio (la salvación por la escritura), pero ninguna me ha convencido. La motivación que necesitaba estaba todavía más cerca: hoy no es sábado, ni domingo, ni día de guardar, y yo no soy como esos que salen de Black Friday un martes. Kafka tampoco.

 

 

Imagen: Robert Crumb, Kafka, 1993

Monstruas y centauras. Nuevos lenguajes del feminismo, Marta Sanz

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María Ayete Gil lee para Lector salteado el último ensayo de Marta Sanz: Monstruas y centauras. Nuevos lenguajes del feminismo (Anagrama, 2018):

 

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«Estas páginas nacen del desconcierto que provoca la saturación informativa. Estoy expuesta a tantas fuentes que ya no sé casi nada. Estas páginas son el resultado de leer unos pocos periódicos —muy pocos— durante los meses de febrero y marzo de 2018». Con estas explicativas palabras arranca Monstruas y centauras. Nuevos lenguajes del feminismo (Anagrama, 2018), el último ensayo publicado por Marta Sanz.

Independientemente del género que aborde, si por algo se caracteriza la escritura de Marta Sanz —y quien haya leído sus obras sabrá de lo que hablo— es por esa desvergonzada capacidad tan suya de ir abriéndose en canal palabra tras palabra. Su estilo (directo, honesto, lúcido) demanda del lector una actitud consciente y activa, atributos necesarios para perforar la literalidad e iniciar el forzoso ejercicio de encarar la realidad desde otro lado.

 

Lee la reseña completa pinchando AQUÍ o entra en lectorsalteado.com

24. Dejando morir el mundo

Café Con/suelo

Voy caminando por la calle Fuencarral y hay una muchedumbre que me increpa como en un círculo del Infierno. Las voces dicen: Mira qué chico más guapo, buenos días. ¿Alguna vez has pensado cuántos perros sin dueño hay en el mundo? ¿Qué tal? Buscamos gente a la que le quedan bien las gafas de solHola, ¿has oído hablar de los niños robados? Dile adiós al plástico y firma aquí. Buenos días, ¿te preocupa quién te cuidará cuando seas mayor? El tabaco es la principal causa de muerte evitable en el mundo. ¿Con quién estás: la banca o el ciudadano? Las camareras de hotel tienen las articulaciones destrozadas. Hola, ¿conoces los peligros de tirar aceite por el desagüe? Cada día mueren en promedio al menos 12 latinoamericanas y caribeñas por el solo hecho de ser mujer. ¿Te importan los niños, el hambre, la sequía? Perdona, ahí detrás se te ha caído… la sonrisa. Yo admito que hacen bien su trabajo tratando de salvar el mundo. Acelero ligeramente el paso y digo: Ya colaboro, gracias. Ya colaboro.

 

 

Imagen: El fin del mundo (no firmé)

23. Hoy

Café Con/suelo

Hoy no he salido de casa en todo el día. Me desperté, pospuse la alarma unos minutos, di unas cuantas vueltas en la cama y la alarma volvió a sonar. Me levanté sin ganas y preparé la cafetera. Me tomé un vaso de zumo y mientras el café se hacía fregué prácticamente toda la vajilla de la semana. Como mínimo necesitaba una taza, un plato y una cuchara, así que lo fregué todo y puse el contador a cero. Qué despejada y limpia se ve la cocina sin todo amontonado en el fregadero. Escuché el último sashimi de La vida moderna y leí en el móvil el blog de mi amigo Rodrigo. Cuando terminé de desayunar encendí el ordenador, me lavé los dientes y me senté en el escritorio. Probé varias músicas de fondo, me levanté a mear unas cuantas veces, me decidí por una de esas grabaciones de tres horas con sonidos de pájaros y agua fluyendo. Escribí, me levanté, escribí, me levanté, escribí, me asomé al balcón para ver si el mundo seguía allí, y seguí escribiendo. Luego hablé por teléfono con un amigo que estaba a la espera de saber si iba o no a ganar un premio antes de irse a comer con otro amigo. He esperado —un poco impaciente yo también— a que se fallara el premio, nervioso además por saber cómo le estaría yendo a Amelia en el trabajo que hoy empezaba. En toda la mañana no he tenido ninguna duda de que iba a ir bien, pero uno se pone nervioso igualmente. He ido a mear varias veces más, por los nervios, por el aburrimiento, por el sonido del agua fluyendo por arroyos de montaña bajo mi escritorio. Me ha dado hambre y he cocinado una rodaja de salmón que llevaba descongelando en el frigorífico desde anoche. Adiós anisakis. La he cocinado en el microondas, que es casi como ver de cerca un milagro. Dos minutos y listo, al vapor, casi sin aceite y sin olores. No estaba mal el salmón. Mientras terminaba de comer he hablado con Amelia y me lo ha contado todo durante los cuarenta minutos que ha durado nuestra llamada y su vuelta en coche del trabajo a casa. De postre, yogur con mango natural. Luego he calentado café de esta mañana y he vuelto a sentarme en el escritorio. Me he levantado varias veces y me he asomado al balcón unas cuantas. He bajado a mirar el buzón pero no había nada (espero un paquete). He seguido trabajando toda la tarde, con los pájaros de fondo, que a veces me agobian un poco. He hablado con mi madre entre que salía de su clase de inglés y entraba a un concierto de órgano en la catedral. Un organista de Nueva York. He visto que mañana lloverá en Murcia. En Madrid hay un 40% de probabilidad de precipitación para mañana. En cualquier caso, la luna es la misma aquí y en Sebastopol, a orillas del Mar Negro. También en Fulda, Alemania. Después de hablar con mi madre he vuelto a llamar a Amelia, pero va como loca con la novedad del trabajo, la adaptación y todas las emociones, así que he colgado. Además, se iba a ver a sus sobrinos. Yo he seguido un rato más en el escritorio, ya asqueado. He anotado por dónde y cómo debía seguir mañana y he cerrado el documento de Word. He vuelto a abrirlo porque he olvidado copiar un enlace que no quiero perder. He guardado el documento y lo he cerrado definitivamente. Iba a apagar el ordenador, por eso de no tirarlo por el balcón, pero he recordado que no había escrito nada hoy en Café Con/suelo. Así que he abierto la web de Lector salteado y he pinchado en nueva entrada. Cansado de la silla, del ordenador, del teclado y del jodido Word, el blanco de la nueva entrada parecía querer escupirme a la cara. He pensado que no tenía nada que decir, y me he preguntado: ¿qué sientes? La respuesta ha sido inmediata: creo que ya he escrito suficiente por hoy. Iluminación. Las musas. He pinchado donde pone insertar título y he escrito: Hoy.

 

 

Imagen: Robert Wilson y Philp Glass, Einstein on the Beach, 2012

22. differre

Café Con/suelo

Hace unos años colaboré en un interesante proyecto editorial llamado Borrador, que pusieron a funcionar Luis Javier Pisonero, Lucía Bailón, Javier Ignacio AlarcónJöel López, Javier Helgueta Raquel Pardos. El proyecto reunió a escritores, actrices, cineastas, fotógrafas, críticos, traductores y demás fauna salvaje. La idea era crear una revista de cultura contemporánea que ofreciese algo distinto, un punto de vista, una mirada. La revista nacía del proyecto Eureka, que organizaba debates sobre poesía, narrativa, cine y fotografía en distintos espacios de la ciudad, y su objetivo siempre fue ser una revista digital para poder llegar al mayor número de lectores posible. El método para lograrlo, sin embargo, fue algo insólito. En lugar de abrir un blog o diseñar una web en condiciones, decidieron sacar los primeros cinco números en papel, en un original formato plegado, que se distribuyeron de forma gratuita en distintas librerías de Madrid. Después de su restringida publicación en papel, la revista saltaría a la red. El proceso normal se había visto invertido y lo que todo escritor quería — ver su obra impresa— no era aquí más que un trámite o un espacio de transición. Por suerte, tuve ocasión de participar en el segundo número, que vio la luz en el mes de mayo de 2015: “Sobre la insensibilidad del artista”.

Los demás números versaron sobre la obra abierta e inconclusa, la desnudez del artista, el azar y la transformación. Mi paso por Borrador fue fugaz. Apenas un artículo deslavazado, enrabietado y demasiado largo sobre la banalización de la cultura, y este texto que reproduzco tal cual, titulado con la palabra latina differe, que significa aplazar, retrasar, diferir, y que fue el que apareció en aquel número impreso que algunos furtivos cazaron en librerías de aquí y de allá. En Sotheby’s se pagarán millones por uno de esos ejemplares y yo me quedaré con ganas de saber si alguien los leyó realmente. Mi paso por Borrador fue fugaz pero estimulante. Se sentía la energía, las ganas de empujar algo un poco más allá, de hacer lo que nos diese la gana. Ese aire de libertad está de alguna forma en este pequeño texto, como también la fiebre que sufría el día en que lo escribí. Están ahí, como una huella, en diferido:

 

Sensibilidad como facultad o como cualidad. Facultad como potencia. El arte es siempre potencia. Según cierto filósofo o sociólogo polaco de origen judío: toda obra de arte lo es porque permanece imperfecta en su perfección. Lo sensible, en una de sus acepciones más extendidas, se refiere a aquello «que puede ser conocido por medio de los sentidos». Obviando, bien por falta de espacio o bien por espacio de más, qué puede ser conocido, nos quedamos con que los sentidos son: el cuerpo: un conjunto muy aparatoso de procesos orgánicos que sólo conocen el tiempo presente: el presente: el ente: lo que es, o su prejuicio. Cuando Van Gogh pasa la tarde frente a una iglesia y después pinta L’Église d’Auvers-sur-Oise (1890), está, de alguna manera, riéndose de sus sentidos. En representaciones plásticas como la Escena de caza del rey Asurbanipal (s.VII a.C.) o en las pinturas francesas e inglesas del XVII en las que se representan cacerías y carreras de caballos, se pinta al animal con las cuatro patas totalmente extendidas para transmitir la sensación de movimiento y velocidad. Sin embargo, la fotografía nos ha permitido, años después de la realización de estas obras, comprobar que ningún caballo real galopa de esta manera. En este caso, quizá los sentidos se rieron del artista. ¿Pero acaso un árbol deja de serlo porque Mondrian se ría de él? Un gran escritor de cuyo nombre no quiero acordarme gritó: «Ese hervidero de plumas asustadas que quieren clavarse como un grito siempre por proferir. Siempre ahí, que voy, en un no-ahí que es me quedo». La sensibilidad puede ser el contacto que establecemos mediante los sentidos con un mundo al que damos, por el motivo que sea, la prioridad de lo real. Sin embargo, las vueltas que damos al día en ochenta y más mundos caracterizan la visión del artista, que establece, no siempre con placer, una distancia o extrañamiento que refiriéndose al arte de la palabra algunos han llamado literariedad. La distancia entre las palabras y las cosas evita o posterga indefinidamente el contacto con lo sensible. Quien escribe, inevitablemente, vive para después. ¿Podemos entender la insensibilidad como condición irrefutable del arte? Si estoy observando la iglesia no la pinto, si estoy trepando el árbol tampoco. Mientras la primavera eclosiona delante de mis ojos, bajo el tacto de mis manos, no hay sinfonía que valga. Si hago el amor y acaricio y sudo y siento el apagón del cuerpo no puedo narrarlo. El artista debe quizá renunciar a sentir si quiere crear. Si no, como criticaba Schopenhauer, abrirá un libro y se pondrá a leer.

 

 

Imagen: Algunos ejemplares de Borrador, 2015. Fotografía de Lucía Bailón.

21. Stan Lee

Café Con/suelo

Stan Lee ha muerto a los 95 años. Lo dice su hija, pero ¿quién la cree? Stanley Martin Lieber siempre quiso ser novelista, pero fracasó con tanto éxito que acabó creando el panteón de nuestra mitología: Spiderman, la Patrulla X, los Vengadores, Daredevil o Dr. Extraño. Dicen que Stan Lee ha muerto, pero yo no lo creo y por eso no dejo que se abra paso la nostalgia. Muchos personajes suyos han muerto para volver a aparecer en series distintas, nuevos mundos, otros tiempos. Una parte de mí quiere escribir que crecí en el universo creado por este demiurgo risueño e imaginativo, pero otra sabe que no tiene sentido, que no es nada especial, que todos hemos crecido ahí de una manera u otra, que todos hemos sido creados por ese mismo demiurgo risueño e imaginativo. Nunca he tenido dudas de que leo, en gran parte, gracias a él. Ahora tampoco tengo dudas de que el cómic es el mejor formato para el lector salteado, al menos antes de subir de nivel y pasar a leer matrículas de coches, notas de cata en botellas de vino, calendarios, almanaques y novelas de Kafka. El cómic te obliga a saltar, y de esa obligación nace un reflejo que ya siempre te acompaña, que te mantiene ágil y un poco alerta. Al mismo tiempo el cómic te obliga a detenerte, a observar y recrearte en cada imagen. A esa contradicción debo mi forma de leer, y quién sabe si también mi forma de escribir. Stan Lee nació el 28 de diciembre de 1922 en Nueva York, en la época de los inicios del cine. Eso me hace recordar cuando me gastaba todo mi dinero en cómics y soñaba con que alguna vez llevaran al cine las aventuras que me quitaban el sueño. Siento que esas aventuras nunca se llevaron al cine, sino que el cine se las llevó bien lejos. Ahora muchos conocen a Stan Lee por sus simpáticas apariciones en la gran pantalla, y está bien que así sea porque de alguna manera corrobora mi versión de que Stan Lee no ha muerto. “Enamorarse es crear una religión cuyo dios es falible”, escribió Borges, y creer en Stan Lee implica el riesgo tan humano de equivocarse. Nunca se esfumará la polémica sobre quién ponía el último punto a sus creaciones, Jack Kirby, Steve Ditko o él mismo. Y está bien que la polémica persista, pues es parte del universo de Marvel y corrobora, además, mi versión de que Stan Lee sigue vivo.

 

 

Imagen:  X-Men Second Coming #2

20. La tumba de Eduardo Lago

Café Con/suelo
 El hombre es un animal noble, espléndido en las cenizas y pomposo en la tumba.
Thomas Browne

 

El otro día, Enrique Vila-Matas me envió una foto que acababa de enviarle Eduardo Lago, quien, por cierto, acaba de publicar el libro sobre literatura norteamericana Walt Whitman ya no vive aquí (Sexto Piso). La foto está tomada desde un tren en marcha y en ella se ve un muro de piedra con altos árboles a un lado y al otro. El muro luce viejas pintadas de color plata, y a lo lejos asoma una cruz celta iluminada por el sol: la tumba de Melville, me dijo Vila-Matas. Enterrado junto a su mujer Elizabeth, el escritor Herman Melville reposa en el cementerio de Woodlawn, uno de los lugares menos conocidos de Nueva York, cerca de los restos de Miles Davis o Celia Cruz, y donde se dio sepultura de forma simbólica a los desaparecidos en el naufragio del Titanic.

Vila-Matas me dijo esto el día en que yo acababa de leer su artículo sobre la tumba de W. G. Sebald en el graveyard de St. Andrew —en Framingham Earl, un pequeño pueblo al sur de Norwich, Inglaterra—, de la que precisamente habla Teju Cole en su último libro de ensayos: Cosas conocidas y extrañas (Acantilado). En cuestión de horas me vi rodeado de tumbas, sin saber que pronto sería el Día de Todos los Santos y después el Día de Muertos, que dicen nuestros hermanos de México. Para no desaprovechar la ocasión, me puse a ojear unas cuantas fotografías que tomé hace algún tiempo de las tumbas de Oscar Wilde, Julio Cortázar, Tristan Tzara, César Vallejo, Guillaume Apollinaire, Jim Morrison, Jean-Paul Sartre o Edith Piaf. Todos ellas en París. Cuántas tumbas, pensé, cuántos muertos. O cuántos nombres. Y recordé la tumba de Carlo Collodi, el autor de Pinocho, que está enterrado en el cementerio de Florencia, a vista de pájaro sobre el río Arno y sobre los muros ocres de una de las ciudades más hermosas del mundo.

La tumba de Collodi la visité varias veces el año que viví en Florencia. Al lado de las tumbas de Vallejo o de Susan Sontag, qué poco trágica me parecía ahora la sepultura de un escritor como Collodi, con ese apellido tan musical y esos personajes tan entrañables. En 1977 Giorgio Manganelli escribió Pinocchio, un libro parallelo y se murió trece años más tarde. Está enterrado en el cementerio de Prima Porta —que no la última— a las afueras de Roma. Es curioso tratar de visitar su tumba porque en el registro no figura su nombre. La tumba de Manganelli es inexistente, como corresponde. Al parecer, su mujer compró la tumba a título propio cuando el escritor murió, eliminando del mundo de los vivos y de los muertos un apellido tan musical y juguetón —al menos— como el de Collodi. La tumba está a nombre de Ebe Flamini y por su culpa en este texto hay un nombre más.

Al caer en la cuenta de lo difícil que puede resultarle a alguien visitar la tumba de Manganelli en ese recóndito cementerio romano, volví a pensar que nunca he visitado la tumba de Borges en Ginebra. He recorrido buena parte de Suiza sin entrar nunca en Ginebra, como si de forma inconsciente hubiera querido guardarle al poeta la distancia y el respeto que pidió a la prensa y a sus lectores en su última carta, enviada a Le Monde desde su lecho de muerte. Pensé en la tumba de Borges y luego busqué en internet la de Maurice Blanchot, que seguramente no tuvo necesidad de pedir esa discreción a ningún periódico sensacionalista y que yace, casi tan discretamente olvidado como Manganelli, en el cementerio de Mesnil-Saint-Denis, en el departamento francés de Yvelines. Encontré muy poco sobre la sepultura de Blanchot, más allá de una lápida de mármol demasiado normal y demasiado pulido, y una inscripción dorada con su nombre y el de su esposa Anne. Es igual de sobria pero menos triste (un parterre floreado y una sencilla lápida curva) la tumba de Joseph Brodsky en el cementerio veneciano de San Michele, donde imagino que a Valeria Luiselli (Papeles falsos) no le habrá costado tanto trabajo encontrarla como si hubiese sido la de Manganelli.

Cuántos nombres y cuánta indiferencia, a veces, al pronunciarlos. Contra esa indiferencia escribí en el buscador de Google: ‘Tumba de Herman Melville’. Enseguida aparecieron varias imágenes de la tumba del autor de Moby Dick. En ninguna de ellas se veía una cruz celta como la de la foto de Eduardo Lago. Luego supe que Vila-Matas también cayó en la cuenta de este equívoco después de enviarme la foto, pero que no le pareció importante corregir el enredo (a mí tampoco). Si me pongo esotérico pienso que nos dimos cuenta al mismo tiempo, él en su casa y yo en la mía. Si yo no hubiera creído que en aquella imagen movida se veía la tumba de Melville, una sepultura tan profundamente literaria, congelada en el tiempo y en el espacio desde la fugacidad de un tren, a manos —encima— de un escritor como Lago, ¿habría yo emprendido este periplo de tumbas y muertos? Demasiadas tumbas, demasiados muertos. Sobre todo: demasiados nombres. Pero ¿acaso son otra cosa que nombres, los muertos? Esa pregunta pienso dejarla sin responder. Sin embargo, hay otra pregunta que me inquieta aún más. Si en la tumba de Herman Melville no había ninguna cruz celta, como sí la había en la foto que me había enviado Enrique Vila-Matas, ¿quién está enterrado en la tumba de Eduardo Lago?

 

 

Imagen: tumba de Elizabeth Saw Melville y Herman Melville, Woodlawn, Nueva York