39.

Café Con/suelo

Ayer fue el cumpleaños de mi hermana. Mucho se ha escrito sobre el tema del “doble” en relación con los hermanos (sobre todo con los hermanos gemelos), pero creo que es demasiado fácil pensar que yo podría ser su doble (o ella el mío) y que representamos facetas distintas de una unidad en la que conviven el bien y el mal, o la alegría y la tristeza. No puede ser tan fácil describir una relación tan extraña y compleja como la que existe entre dos hermanos. ¿Y si los hermanos son mundos posibles encarnados en una sola figura? Me gusta esa teoría que explica la existencia de universos paralelos, afirmando que cada vez que tomamos una decisión se genera una realidad para cada una de las decisiones rechazadas. Rodrigo y yo, cuando hablamos de nuestra teoría del negativo, pensamos que esos descartes son las decisiones que de verdad importan. Cada vez tengo más claro que mi hermana es todo lo que yo pude haber sido. Entre múltiples versiones descartadas quedamos dos, mi hermana y yo, dos senderos que se bifurcan, ninguno más escarpado que el otro. Pero si yo nací antes (no somos gemelos), ¿mis movimientos posibilitaron los suyos? ¿Mis decisiones propiciaron las suyas? ¿La creé yo, de algún modo? Espero que no. Me gusta más pensarlo al revés, imaginar que yo soy el negativo de su foto de perfil. ¿Y si sus movimientos y decisiones fueran los responsables de los míos? Qué alivio.

38.

Café Con/suelo

Está todo lleno de cacatúas argentinas. Son hermosas, pero su forma de comunicarse entre ellas, esos chillidos guturales, vienen del infierno. El verde brillante de sus plumas demuestra a simple vista que no pertenecen a este lugar. Son venenosas, dicen, y en sus ojos anida el mal. Hay quien se tapó los oídos para no escucharlas y se ató a un poste en medio del Retiro. Lo encontraron días después, deshidratado y quemado por el sol, rodeado de haces verdes sobrevolándole las partes blandas de la cara. “Son tan hermosas”, dijo cuando entre varios hombres lo bajaron y tocó tierra. Sus ojos, antes oscuros, ya eran verdes.

37.

Café Con/suelo

El precio de la convivencia es incalculable. Así lo creo desde que esta mañana dos iluminaciones me han asaltado a las puertas de la librería Tipos Infames. Por costumbre, antes de entrar a cualquier comercio me detengo en el escaparate, recorro la fachada un par de veces y analizo con suspicacia el entorno que estoy dejando atrás. Miro y escucho a mi alrededor como si antes de atravesar la puerta quisiera fijar una estampa para luego olvidarla. Pero cuando uno abre mucho los ojos hay más posibilidades de que se le meta algo dentro.

A mi espalda, dos hombres han conectado porque sus respectivos perros se han enzarzado en un pelea callejera. Los ladridos son estridentes porque los perros son pequeños y la estridencia es su fuerza. Uno de los dueños está decidido a favorecer la convivencia de ambos animales, pero ¿a qué precio? El dueño del pequeño bulldog francés de color blanco (al parecer, el más reacio a convivir con su homólogo podenco) lo coge en brazos, lo gira en el aire y acerca su trasero al hocico del podenco, que no se puede creer lo que ve. Ambos dejan de ladrar. No sé si es más expresivo el podenco al que le ponen un culo en la cara o el bulldog que, en volandas, ve su culo aterrizar en la cara del prójimo.

Casi al mismo tiempo, por la otra acera pasa un tipo hablando por teléfono en voz muy alta y con actitud socarrona: “donde se ponga un coño depilado, macho, y limpio…”. Esta frase llega tarde, porque el estupor de los perros ya está allí y poco o nada puede sorprenderme. Sin embargo, de la ecuación me paraliza el orden de los factores: depilado y limpio. Limpio, pero sobre todo depilado. Los animales ya parecen amigos. Entro a la librería y atrás queda la convivencia entre coños y perros y culos y dueños.

36.

Café Con/suelo

Se acabaron los títulos y las imágenes. Me debo a la escritura árida, informe. Una escritura fría pero con frío de desierto. ¿No es algo inverosímil que en el desierto pueda hacer frío? Vuelvo a Harry Matthews, que se obligó a escribir veinte frases al día, fueran geniales o no. A él me debo. Matthews, óyenos.

Como diría Rodrigo, se acabó gustarme. Bachelard dice que la imaginación tiene límites y que es más fácil sacar un elefante de nuestro oído que hacerlo entrar. No creo que Bachelard esté equivocado, pero más habría acertado si hubiera pisado alguna vez un desierto para sentir ese frío inverosímil.

Son las 18:44 y afuera el sol se está cayendo.

35. Opuestos reconciliados

Café Con/suelo

En Roberto Bolaño se da la tensión entre el heroísmo de la vanguardia y la carcajada necesaria que lo sigue. Contradicción entre el nihilismo y la esperanza de que la literatura lo pueda todo. Opuestos reconciliados: el gladiador que se da ánimos pensándose invicto, el samurái que se enfrenta a un poder superior sin echarse atrás, la enfermedad y las ganas de seguir, el dejarse morir y la escritura.

 

Imagen: Dominique González-Foerster, Untittled, 2011. Fotografía de Alejandro García Abreu

Incertidumbre, Paco Inclán

Nueva reseña

A veces, la velocidad de los acontecimientos, la tontuna o la ignorancia (¿quién conoce a este valenciano?) pueden hacernos pasar por alto a la persona o al libro de nuestra vida. A mí me pasó con Incertidumbre, de Paco Inclán, que Jekyll & Jill editó hace solo un par de años.

 

Nueva reseña en Lector salteado, por Mario Aznar.

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inclán, paco-incertidumbre

 

 

34. Las ondas

Café Con/suelo

Arranqué el motor del coche y empecé a acelerar lentamente. Antes de encender las luces me ajusté el cinturón de seguridad y con la otra mano puse a funcionar la radio desde los mandos del volante. Ya era de noche y las cifras anaranjadas junto al cuentakilómetros señalaban una hora en punto. Eso, según en qué canal de radio, significa noticias, información, novedades. La emisora que sonó primero fue Radio Nacional. A través de las ondas llegó la música magnética de la cabecera de informativos y pronto una voz acelerada disparando titulares a diestro y siniestro. Un niño enterrado en un pozo de veinticinco centímetros de diámetro a más de cien metros de profundidad, un país latinoamericano al borde del conflicto civil y despertando las sombras de la Guerra Fría en busca de su propia dignidad, una anciana aislada junto a su nieta y ocho ovejas muertas a causa de una grave inundación, un proyecto político resquebrajándose en tuits, cartas y ruedas de prensa, las dos grandes capitales del país bloqueadas por una huelga agresiva. Cambié de emisora y volví a escuchar lo mismo. Lo intenté de nuevo, pero nada. Quise cambiar una vez más, pero lo pensé mejor y apagué la radio. Pensé en esas familias que cenan con la televisión encendida y conduje durante un buen rato con el sonido tranquilizador de la combustión del motor de gasolina, perdiendo por el camino las luces de las farolas como si fuesen titulares de un informativo de última hora. A mi alrededor la ciudad parecía seguir un ritmo normal. Gente joven en las calles, trabajadores volviendo a casa, señoras paseando al perro, los comercios cerrando sus persianas. Los semáforos en rojo y el tráfico se detenía, los semáforos en verde y el tráfico continuaba. Todo parecía ir bien, pero las ondas de los medios ya habían hecho su efecto. La información —esa extraña superstición de nuestro tiempo— me había convencido de forma irreversible de que esa calma era solo fachada y de que nadie se acostaría en paz aquella noche. El rugido suave del motor me pareció entonces un consuelo suficiente, incluso necesario, así que seguí acelerando. Sin alternativa posible, afuera todo ocurría desde el fondo de un pozo, en busca de dignidad, aislados entre niños y animales muertos, con las ideas resquebrajadas y el ánimo bloqueado como en una huelga agresiva.

33. La conversación infinita

Café Con/suelo

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A veces uno se cansa de escucharse a sí mismo. En esas ocasiones cobra protagonismo el silencio, pero un silencio descontrolado implica el riesgo de la enfermedad. Por eso existe la alternativa de hallar un interlocutor que participe, que escuche o que al menos sepa fingir que lo hace. En esos momentos la conversación puede ser un bálsamo y no ya un quebradero de cabeza. La figura del interlocutor encierra algo de propio y de ajeno que me seduce y al mismo tiempo me inquieta, porque el interlocutor siempre se lleva algo que nos pertenece. Cada palabra que le dedico es un vuelo, un derroche. En la conversación, la palabra que pronunciamos se diluye dejando un espacio vacío, que a pesar de la difícil convivencia que se da entre el alivio y la angustia es un espacio necesario. Quizá por eso somos animales tendentes a la conversación, a generar infinitas oquedades donde antes hubo sonidos y alientos de café con leche.

Hace unos días me entrevistaron por primera vez. La entrevista es una cosa rara y divertida que parece una conversación pero tiene mucho de monólogo. Al principio pensé: “qué mal momento, ahora que me envuelve el silencio”, pero pronto entendí que un interlocutor puede darte tanto o más de lo que te quita. Quedamos en un bar céntrico, pero estaba cerrado, así que nos fuimos a otro lugar cercano. Ella pidió un desayuno completo y yo solo un café. Luego otro. Hablamos durante un buen rato antes de que la entrevistadora pusiera a funcionar la grabadora, abriera su cuaderno y apareciera un tipo simpático con una potente cámara fotográfica. Los temas se sucedieron, moví las manos para exorcizar el espíritu nervioso que invocan una cámara y una grabadora, guardé silencios y otros los gasté trastabillando, quitándome la palabra a mí mismo en un alarde de confianza que era solo miedo.

Es curioso que en una mañana fría y borrosa alguien se despierte y pueda llegar a imaginarse lúcido, rápido, interesante, incluso gracioso, y luego descubrir que es un entrechocar de piedras, un roce de hojas secas, un borbotón de agua… Fue estimulante hablar como dirigido por una serie de preguntas inesperadas, hilando tonterías y confesiones impensadas —dejándome hablar por el interlocutor—, pero me asusta la sensación final de perder por completo el control sobre mis palabras. Esta reflexión me hace pensar en la vieja superstición que ve en la fotografía el robo de un alma, y que seguramente costó más de una vida en el corazón de alguna tribu aborigen. Ahora la entrevistadora —que es, para mí, el interlocutor— tiene una conversación de más de dos horas grabada y puede sacar de allí la versión de mí mismo que ella prefiera. A pesar de su tiempo limitado, es de algún modo una conversación infinita. Cualquiera de esas versiones seré yo y al mismo tiempo otro que con toda probabilidad me costará reconocer. Será, también, el interlocutor.

No sé cuál de los tres escribe esta página.

 

 

Imagen: Robert Wilson, The Old Woman, 2013

La catedral y el niño, Eduardo Blanco Amor

Nueva reseña

María Ayete Gil reseña La catedral y el niño, de Eduardo Blanco Amor (Libros del asteroide, 2018):

 

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La catedral y el niño es una novela clásica que constituye un valioso mural de la vida en las primeras décadas del siglo pasado en una localidad provinciana; un vivísimo retrato de sus gentes y de su moral, con sus costumbres y sus tradiciones, sus diferencias de clase y sus respectivas luchas por el poder. Pero es también una mordaz crítica a una sociedad estancada de clases acomodadas más bien inútiles, clérigos retrógrados y pueblo llano con escasos recursos. Un texto que invita a la reflexión sobre un tiempo pasado, no sin flashes extrapolables a asuntos de gran actualidad.

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