Too late

Café Con/suelo

Es un placer para mí compartir con vosotros la publicación de Too late, que condensa la respiración literaria de varios años. Editado por La Navaja Suiza, se trata de un ejercicio narrativo híbrido que acoge varias capas de lectura y diversos temas: el fracaso, la posibilidad creativa del error o la conversación entendida como forma de arte.

La novela, dividida en tres tiempos, relata el proceso de metamorfosis de uno de sus personajes (o de todos ellos) en busca del acto definitivo de resistencia creativa: un viejo crítico literario –el Crítico– escribe sus últimas palabras desde un piso destartalado en Nápoles; un prestigioso escritor –el Autor– baja de un tren en Turín dispuesto a zanjar su relación con el mundo exterior; mientras, un personaje con las manos tatuadas –y que nos resulta extrañamente familiar– trata de reconstruir la historia escuchando desde una mesa cercana la delirante conversación que ambos mantienen.

Too late nace de una larga conversación mantenida con Enrique Vila-Matas durante el verano de 2018, conmigo a las puertas del abismo y al término de mi investigación doctoral. Las respuestas del escritor figuran íntegramente en el texto según él mismo las elaboró, dando voz al personaje del Autor en una apuesta oulipiana por jugar en serio.

A EVM no puedo mas que agradecerle también la generosidad de ceder los dos textos que cierran el libro como un castillo de fuegos artificiales. Agradezco también a La Navaja Suiza su confianza y su buen hacer, y a Miryam Pato la ilustración de cubierta, que funciona como una lucidísima metáfora del libro.

En la ciudad donde nací es tradición criar gusanos de seda desde la infancia para aprender el ciclo vital y la metamorfosis de las mariposas. Son animales inofensivos y para congraciarse con ellos tan solo hay que alimentarlos con hojas de morera y observar. En estos seres pensó mi tía el último día de su vida. En su blancura y en su suavidad. Ya en su momento me pareció una imagen entrañable, aunque también enigmática, pues no desconocía el interés que mi tía profesaba por la reencarnación, representada de forma evidente y hasta grosera por la oruga pálida que en cuestión de días reviviría transformada en una vigorosa polilla —incapaz, eso sí, de alzar el vuelo.  

Lo podéis encontrar ya en vuestra librería de confianza.

También podéis conseguirlo online en las plataformas que ya todos conocéis (incluidas las webs de grandes librerías como La Central) o a través de Todostuslibros.

Ojalá os interese. Si fuera así, me encantará conocer vuestras impresiones. Un abrazo.

Más información: https://www.lanavajasuizaeditores.com/libro/too-late/

Presentaciones en junio de 2022:

diferre

Café Con/suelo

Sensibilidad como facultad o como cualidad. Facultad como potencia. El arte es siempre potencia. Según cierto filósofo o sociólogo polaco de origen judío: toda obra de arte lo es porque permanece imperfecta en su perfección. Lo sensible, en una de sus acepciones más extendidas, se refiere a aquello «que puede ser conocido por medio de los sentidos». Obviando, bien por falta de espacio o bien por espacio de más, qué puede ser conocido, nos quedamos con que los sentidos son: el cuerpo: un conjunto muy aparatoso de procesos orgánicos que solo conocen el tiempo presente: el presente: el ente: lo que es o su prejuicio. Cuando Van Gogh pasa la tarde frente a una iglesia y después pinta L’Église d’Auvers-sur-Oise (1890), está, de alguna manera, riéndose de sus sentidos. En representaciones plásticas como la Escena de caza del rey Asurbanipal (s. VII a.C.) o en las pinturas francesas e inglesas del XVII, en las que se representan cacerías y carreras de caballos, se pinta al animal con las cuatro patas totalmente extendidas para transmitir la sensación de movimiento y velocidad. Sin embargo, la fotografía nos ha permitido, años después de la realización de estas obras, comprobar que ningún caballo real galopa de esta manera. En este caso, quizá los sentidos se rieron del artista. Pero ¿acaso un árbol deja de serlo porque Mondrian se ría de él? Un gran escritor de cuyo nombre no quiero acordarme gritó: «Ese hervidero de plumas asustadas que quieren clavarse como un grito siempre por proferir. Siempre ahí, que voy, en un no-ahí que es me quedo». La sensibilidad puede ser el contacto que establecemos mediante los sentidos con un mundo al que damos, por el motivo que sea, la prioridad de lo real. Sin embargo, las vueltas que damos al día en ochenta y más mundos caracterizan la visión del artista que establece, no siempre con placer, una distancia o extrañamiento que, refiriéndose al arte de la palabra, algunos han llamado literariedad. La distancia entre las palabras y las cosas evita o posterga indefinidamente el contacto con lo sensible. Quien escribe, inevitablemente, vive para después. ¿Podemos entender la insensibilidad como condición irrefutable del arte? Si estoy observando la iglesia, no la pinto; si estoy trepando el árbol, tampoco. Mientras la primavera eclosiona delante de mis ojos, bajo el tacto de mis manos, no hay sinfonía que valga. Si hago el amor y acaricio y sudo y siento el apagón del cuerpo, no puedo narrarlo. El artista debe tal vez renunciar a sentir si quiere crear. Si no, como criticaba Schopenhauer, abrirá un libro y se pondrá a leer.

[Este texto se publicó originalmente en papel en la ya extinta Borrador. Revista cultural, nº2 (2015)]

Imagen: Laundromat at Night, 2008, Lori Nix.

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Hoy he pasado un rato fantástico con Begoña Méndez y José Bocanegra. Nos hemos visto en Libros Traperos, donde Begoña ha presentado su libro Autocienciaficción para el fin de la especie. Con una cerveza en la mano hemos hablado de muchas cosas: las librerías como espacio de encuentro, el desconocimiento sobre la propia escritura, Nápoles, Mallorca, el Mar Menor… También hemos hablado de Lector salteado y les he dicho que hace tiempo que no paso por aquí. En algún momento empezó a pesarme tener que reseñar toda esa pila de libros pendientes que me interesaba comentar pero para los que no tenía tiempo ni energía. Empecé por placer y solo por placer voy a continuar. Sé que sois pocos quienes leéis esto, pero también sé que algunos le habéis dado siempre un calor que seguramente ni merezca. En las últimas semanas varios lectores me han preguntado por LS. Hace mucho que no reciben ninguna notificación y se preguntaban si habría pasado algo grave. Que alguien se alarme por tu silencio puede llegar a convertirse en un gesto de amor genuino. Por eso no he podido evitar tomarme ese interés como una señal. Voy a volver. Tengo que volver a divertirme con esto. Tengo que ordenar esta cabeza («bulto bullente», creo que ha dicho hoy Begoña en la presentación). Hay demasiados libros buenos sobre la mesa. Y en el buzón, y en la mochila, y en la encimera de la cocina, y sobre la cama, y en la baño, y sobre las rodillas. Yo pienso cuando escribo y no quiero dejar de pensar en los libros que leo. Quiero escribirlos para pensarlos, para habitarlos. Ya toca volver.

Imagen: A Sudden Gust of Wind (after Hokusai), 1993, Jeff Wall.

Nota mental: no llamar a mi abuela todos los días a la misma hora

Café Con/suelo

Ayer decidí llamar a mi abuela cada día a la misma hora para asegurarme de que no se ha caído sola en su casa y se ha muerto. Hoy se me ha olvidado. Y está bien que así sea para que no se acostumbre, y si un día, como hoy, se me olvida, no piense que me he caído solo en mi casa y me he muerto.

Imagen: Carlo Alfano, Frammenti di un autoritratto anonimo N. 69, ca. 1970.

Gracias a los mejores lectores del año (o sobre el placer de llegar tarde)

Café Con/suelo, Nueva reseña

Hace poco comentaba Ignacio Echevarría en El Cultural que quienes se dedican a la edición suelen ser lectores algo desplazados, pues para ellos el calendario de lecturas a menudo corre con unos cuantos meses de antelación. Eso me hizo pensar que quienes nos dedicamos a la crítica somos lectores también algo desplazados, pero nuestro calendario de lecturas a menudo corre con unos cuantos meses de retraso.

Al menos el mío.

Cuando uno se pregunta qué es la crítica literaria, se encuentra con que las respuestas son múltiples y difusas. Sobre todo si conseguimos sacudirnos el polvo del recomendador, el publicista y el prescriptor, sucedáneos que solo tienen verdadera razón de ser cuando se dan por añadidura, como consecuencia, como daño colateral. Me gusta pensar la crítica como punto de encuentro entre varias de sus posibles acepciones: una forma de esclarecer el texto, una manera de expandirlo y una suerte de autobiografía. Este tipo de crítica, tan próxima a convertirse en un animal mitológico, requiere lentitud y sosiego.

Por eso Lector salteado no es una mesa de novedades sustituibles y efímeras. Por eso primero los libros nacen y se amontonan, se conocen entre sí, echan raíces, establecen sus relaciones y sus afectos, y entonces llego yo y los separo, los secuestro durante unos días, incluso durante unas semanas, y los leo para mí y para vosotros. El resultado de esas lecturas algunas veces se publica y otras no. Así es y así debe ser para mantener la independencia, el criterio y la ilusión.

Cuando salen las listas con los mejores libros del año (a las que creo haber renunciado ya definitivamente), compruebo que la mayoría son libros que no me interesan, y los que sí, son libros que aún tengo pendiente leer. Sobre mi mesa, ahora mismo, seguramente estén la mayoría de los libros que leeré en 2022. En ese retraso me deleito, en el placer de llegar tarde y a mi ritmo, cuando las novedades son otras y los mejores libros del año son otros, siempre otros. Ese es mi compromiso con vosotros: llegar tarde, pero aseado y bien comido. A vosotros, lectores y lectoras de este espacio incógnito que no sale en los mapas, os debo el disfrute de mis lecturas, la independencia de mis opiniones y la fortaleza para resistir al vértigo que desde fuera trata de imponerse.

Poco dado a los aspavientos, he dejado pasar en silencio que este año Lector salteado ha cumplido 5 años. Cinco años son muchos para un huerto que necesita cuidados, abono, agua y sol, pero cuyos frutos no son siempre comestibles o sencillamente no siempre son. Un lustro que ha pasado en un abrir y cerrar de ojos acompañado por el buen hacer de Maria Ayete (a quien no puedo dejar de dar las gracias) y por la calidez y la confianza de una reducida pero inmejorable comunidad de lectores y amigos.

Quienes nos siguen desde el principio saben que Lector salteado es un lugar de resistencia; quienes acaban de subir al barco no desconocen que esa lectura desplazada no está reñida con el eco de las tendencias más actuales; y los lectores que aún estáis por venir, sabed que en esta casa llegar tarde no es una falta de respeto, sino todo lo contrario: un homenaje a vuestro inconformismo y a vuestra exigencia.

En definitiva, si tuviera potestad para publicar los nombres de todos los lectores salteados y desplazados que conformáis nuestra familia, el resultado sería la lista de los mejores lectores del año. En este mundo de escritores que no leen (e incluso de lectores que no leen), sin duda esta sería la única lista que merecería la pena compartir.

Gracias por seguir ahí. Nos seguimos leyendo (también en 2022).

Mario Aznar

Editor de Lector salteado

Imagen destacada: Ulises Carrión, Don’t read, 1975.

Las niñas prodigio, Sabina Urraca

Nueva reseña

Nueva reseña en Lector salteado: Las niñas prodigio, Sabina Urraca (Fulgencio Pimentel, 2020 [2017]). Por Mario Aznar.

No esperes más y pincha AQUÍ para leer la reseña completa.

Ternura, perversión, miedo, vitalidad, sexualidad o irreverencia son algunos atributos de su escritura que resultan asimilables a las sensaciones del lector, quien, confundido, sale de este libro boqueando y renovado, como de un baño frío.

Desarrollo, extinción, espera

Café Con/suelo

No sé qué estaba haciendo cuando he encontrado esta frase de Horacio Quiroga, abducida de su imperfecto Decálogo del perfecto cuentista: «Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia». Entonces he recordado —cuántas veces esto de recordar citas es solo un recurso y qué pocas es tan cierto como lo es hoy— una frase de T.S. Eliot con la que alguna vez encabecé un blog primitivo y olvidado: «El progreso de un artista es un continuo autosacrificio, una continua extinción de la personalidad». La idea de continuidad y de paciencia me parecen por momentos la misma cosa, aunque el uruguayo selvático hable de desarrollo y el de Misuri lo haga de extinción y sacrificio. De apagamiento. Puestos a recordar  —y el recuerdo es tal vez el enlace entre el desarrollo y la extinción—, como quien le pide fuego a un desconocido le pido a mi memoria que me alcance esa otra frase que la artista Nasreen Mohamedi escribió en sus Diarios: «La espera forma parte de una vida intensa». Estas palabras, que una vez leídas no he conseguido olvidar, encierran a Quiroga y a Eliot en una caja de resonancia donde la personalidad es por fin —y al mismo tiempo— desarrollo, extinción y espera.

Imagen: Nasreen Mohamedi. Sin título (Untitled), Ca. 1975. 

La canción de NOF4, Raúl Quinto

Nueva reseña

Nueva reseña en Lector salteado: La canción de NOF4, Raúl Quinto (Jekyll & Jill, 2021). Por Mario Aznar.

No esperes más y pincha AQUÍ para leer la reseña completa.

Fernando Oreste Nannetti pasó más de veinte años de su vida encerrado en el pabellón penitenciario del manicomio de Volterra, en Italia, donde escribió una obra extraña y fascinante sobre un muro de más de setenta metros de largo. Escribía o inscribía —pues el resultado está muy cerca del grafiti y es considerado muestra emblemática de Art Brut— con la hebilla metálica del chaleco o cinturón —según la versión— de su uniforme, realizando esforzadas hendiduras en la superficie poco cómplice de la pared.

Café Con/suelo

Si es verdad que el político y escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) empieza su Facundo con una cita falsa o errónea en francés, que dice: On ne tue point les idées (las ideas no se matan), discrepo. En mi ensueño, en mi duermevela, en mi alucinado letargo de drogado, disfruto dejando morir las ideas. El cuaderno está en la mesilla de noche, junto a la cama, yo estoy en la cama, la idea está en mi cabeza, la idea agoniza en el mar del olvido, yo doy media vuelta en la cama y dejo el cuaderno, cerrado, a mis espaldas. Confieso que he matado o dejado morir infinidad de ideas, buenas y malas. Aunque quizá la cita de Sarmiento sea verdadera –pudiendo ser que Sarmiento tenga razón (si Piglia está en lo cierto)– y las ideas no se maten y yo no sea un logocida sino un dulce suicida desangrándose desnudo en la bañera.