81.

Café Con/suelo

A unos trescientos o cuatrocientos metros de la Pirámide me incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un poco más lejos y dije en voz baja: Estoy modificando el Sahara. El hecho era mínimo, pero las no ingeniosas palabras eran exactas y pensé que había sido necesaria toda mi vida para que yo pudiera decirlas. La memoria de aquel momento es una de las más significativas de mi estadía en Egipto.

‘El desierto’ de Borges, en Atlas (1984)

Factbook. El libro de los hechos, Diego Sánchez Aguilar

Nueva reseña

Factbook

 

Nueva reseña en Lector salteadoFactbook. El libro de los hechos, de Diego Sánchez Aguilar (Candaya, 2018). Por María Ayete Gil

 

La musiquilla del telediario interrumpe nuestro letargo dominguero. Noticia de última hora: el presidente de la CEOE ha aparecido ahorcado en un toro de Osborne. Saltan todas las alarmas habidas y por haber. ¿De qué va esto? Nosotros, en nuestras casas, permanecemos inmóviles, mudos ante la pantalla del televisor. Una mezcla de incredulidad y de miedo asoma en el rostro de algunos. En el de otros, quién sabe, quizá una sonrisilla.

 

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Otra novelita rusa, Gonzalo Maier

Nueva reseña

OtraNovelitaRusa

 

Nueva reseña en Lector salteadoOtra novelita rusa, de Gonzalo Maier (Editorial Minúscula, 2019). Por Mario Aznar

 

Siempre lo digo: hay que leer a Gonzalo Maier. Leer a este escritor chileno es un acto de amor y un ejercicio de humildad. Es volver a preguntarse qué era la literatura para nosotros antes de convertirse en un puñado de nombres importantes y títulos imprescindibles. La literatura era —me atrevo a ensayar una respuesta— encarnar el asombro, hacerle cosquillas a una roca, arañar la superficie del agua.

 

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80. (1900-2019)

Café Con/suelo

Según las fuentes consultadas, 1900 fue “un año normal comenzado en lunes según el calendario gregoriano”. Empezando porque se trata del último año del siglo XIX, nada parece normal. Picasso realiza su primera exposición individual en Els Quatre Gats. El conde Ferdinand von Zeppelin emprende el primer vuelo con el dirigible rígido LZ 1. El rey de Italia Humberto I muere como consecuencia de un atentado anarquista en la ciudad de Monza. Lenin llega a Múnich, donde reside de manera ilegal con el nombre de Meyer (un buen nombre falso: Meyer). El Gran Huracán de Galveston arrasa, precisamente, Galveston. Se funda Colonia Morelos, unas de las colonias de mormones en el actual estado de Sonora, México. Muere Dios y después Nietzsche (a los 55 años). Hoy, ciento diecinueve años después, corre una brisa fresca proveniente del mar que alivia el sofoco de los últimos días, mientras corrijo unos ensayos  encerrado en el estudio. De aquí a un rato pondré a hervir agua con sal para cocer un puñado de pasta fresca precocinada. No veo las noticias. Los niños no van al colegio. Llevo un par de días sin escuchar música. Esta mañana, mientras desayunaba con mi padre, hemos leído juntos un par de prosas apátridas de Ribeyro. Aunque cueste creerlo, los dirigibles están en desuso y Nietzsche sigue muerto.

Maniobras de evasión, Pedro Mairal

Nueva reseña

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Nueva reseña en Lector salteadoManiobras de evasión, de Pedro Mairal (Libros del Asteroide, 2019). Por María Ayete Gil.

 

Yo, que antes de adentrarme en esta nueva publicación no había leído nada de Pedro Marial, sentí, tras su lectura, el impulso de correr hacia sus otros textos. Lo hice con prisa y nerviosismo, creyendo cuando menos complejo sostener tal grado de viveza y de ritmo en el lenguaje en textos de mayor extensión. El resultado fue mi confirmación personal de aquello que desde unos pocos años a esta parte viene diciéndose de él: «Pedro es uno de los mejores autores argentinos contemporáneos». El pudor me impide hacer mías esas palabras, pero lo que sí puedo sostener es que Mairal pega fuerte y que, sin duda, es más que recomendable detenerse a leerlo.

 

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79.

Café Con/suelo

Este viernes he empezado el día escuchando O how she dances, de James Luther Dickinson, por recomendación de los búfalos de la editorial Dirty Works. Todo iba bien. El engranaje de la vida estaba bien engrasado con café con leche y música, pero a media mañana he escuchado un ruido raro, muy leve, como el chirriar de una articulación metálica cubierta de polvo y óxido. No he logrado interpretar el sonido hasta saber que Julián Rodríguez Marcos, fundador junto a Paca Flores de la editorial Periférica, ha muerto esta mañana de un infarto —cincuenta años y un infarto—, quién sabe si mientras sonaba la canción de Dickinson. Un sabio joven que ya no está. Él era uno de esos editores a los que se les nota el gusto y la buena mano, como dice M. Un tipo discreto e infatigable. Eso es lo que me gustaría escribir, pero la fatiga le llegó esta mañana, cuando nadie se lo esperaba. Supongo que ni siquiera su pareja y también editora Irene Antón (Errata Naturae), a quien abrazo sin conocerla. No soy muy dado a las conspiraciones, pero pienso en Claudio y en Julián —pienso en Irene— y diría que alguien le guarda cierta inquina al mundo del libro, al mejor lado de ese mundo complejo y algo borroso. A los familiares y amigos de Julián Rodríguez no los consolará nada ni nadie. A sus lectores, sin embargo, nos quedan sus libros, los que él mismo escribió y también los de Yuri Herrera, Rita Indiana, Vicente Valero, Valérie Mréjen o Lorenza Mazzetti. O how she dances. ¿Y si en su canción Dickinson se refería a la vida, a cómo baila la vida? Julián Rodríguez Marcos, infatigable, a pesar de la fatiga.

78.

Café Con/suelo

Esta semana he empezado a impartir una asignatura de crítica literaria en un máster de literatura española e hispanoamericana. Las impresiones de la primera clase son raras. Me hubiera gustado que fuera más participativa, pero me pudo el impulso de aclarar hasta el detalle cómo se va a desarrollar el asunto. La duda, ay, la duda. Espero que al menos les pique el gusanillo, porque estoy seguro de que la semana que viene será mejor y más interesante. Una de las actividades que les he propuesto es hacer un informe editorial. Para simular un caso práctico determinaremos las características de una editorial y les pediré que lean un texto al que le he borrado el título y el nombre del autor, como si fuese un manuscrito anónimo. Una de las cosas más emocionantes y extrañas a las que te enfrentas cuando haces un informe editorial es la falta de referencias. Estamos demasiado acostumbrados a tocar las cosas “en segundo grado”. Está claro que si ellos quieren podrán copiar y pegar un fragmento en Google y descubrir rápidamente de qué texto se trata. Pero eso no les ayudará, al contrario. No puedo ir detrás de ellos para impedírselo, pero podría decirles que la mejor parte de la lectura crítica tiene que ver con el juego, con la intuición, con la duda. Me pregunto cómo encajan estas palabras en una clase universitaria de crítica literaria: juego, intuición, duda.

77.

Café Con/suelo

2×1. Tenía apuntado en algún sitio que el martes tenía que estar a las 20h en la presentación del libro de David CanoEstuve todo el día escribiendo porque tengo que entregar unas cosas que me llevan de cabeza y además me he metido yo solo en un berenjenal del que ya veré si puedo salir. Pero todo es muy ilusionante, eh. El caso es que el martes llegó hace dos días y yo me lo pasé con la cabeza en un fango de historias y párrafos que para qué te voy a contar. Mientras, en otra habitación, A. se prepara para un examen que tumbaría a cualquiera, menos a ella. No es que esta situación dificulte la convivencia, pero digamos que sube un par de grados la intensidad. Hablando de esto con María le dije que por donde pasamos A. y yo últimamente se marchitan las flores y no vuelve a crecer la hierba. Por supuesto, es una referencia a Atila que no tiene nada que ver conmigo, pero hay gente a la que le sirve exagerar sus problemas, como que así los exorciza, y quise probar. Vamos, que ahora mismo la hierba ni se marchita ni crece; me doy con un canto si se queda como está. Pero la historia va de ese martes pantanoso en el que decidí meterme a la ducha a las 19:50h, arrancar el coche 20:10h y llegar a la presentación de Trabajos forzados a las 20:30h, después de dar un par de vueltas buscando aparcamiento. La clave, para mí, reside en que logré llegar a tiempo para escuchar buena parte de la presentación. Me quedé con el personaje de Marcos, el drama generacional y el tema tan nuestro de la precariedad y la ansiedad. Sudé como un cabrón, por las prisas y porque allí dentro hacía calor, y me fui pitando a escribir en la agenda o en cualquier otro sitio que había conseguido llegar a tiempo a la presentación del libro de David Cano. En la agenda ponía: Acústico de Viva Honduras el miércoles a las 21h. “Hace un día estupendo para matar a alguien”. Todavía no había llegado a casa y el plan de mañana se me agarró al cuello. Le tenía muchas ganas a ese concierto pero sabía que no podría ir. No iba a engañar al tiempo, como el día anterior, pero aún podía engañarme a mí mismo. Así que el día siguiente, el miércoles, lo pasé enfrascado en las mismas historias y en los mismos párrafos, diciéndome que a las 21h tenía concierto. Tenía concierto y también tenía trabajo pendiente, así que no podría ir. Resignación. Estaba anocheciendo y me metí en una piscina cubierta; una piscina privada, no demasiado grande, con la cubierta traslúcida a un metro y medio del agua. Me dejé flotar en el líquido tibio y recordé los consejos que R. me habían dado sobre la meditación, sobre despejar la mente y aliviar el estrés. Cerré los ojos y traté de seguir el ritmo de la respiración. En el silencio absoluto mi exhalaciones parecían las de un soplador de hojas. Los primeros cinco minutos fueron los más convulsos. Me abordaron cientos de pensamientos, como de qué forma escribir sobre dos días en una sola entrada del blog, y entonces decidí abrir los ojos y fijar la mirada en las gotas de agua condensada sobre la cubierta de plástico de la piscina. En los siguientes diez minutos conseguí relajarme. Cuando pasaron quince minutos pensé que estaba muerto. Cuando el reloj contó veinte, estaba muerto. Es buena idea esto de meditar en el agua. No lo es tanto, quizá, hacerlo flotando boca abajo.

76.

Café Con/suelo

Acabo de terminarme el primer café de la mañana y ya he decidido romper otra regla de estos diarios que ni son diarios ni son nada. Los diarios se escriben por la noche, al terminar el día, como un ejercicio de recapitulación o saldo de deudas con el pasado inmediato. Pero yo siento la necesidad de escribir ahora para decir que por fin he terminado de leer la novela de Laura Fernández, Bienvenidos a Welcome, y no porque me haya llevado mucho tiempo, sino porque he tardado demasiado en entregarme a ella. No suelo escribir aquí sobre mis lecturas porque para eso están los vecinos de Lector salteado, todo el día hablando de libros como si no hubiera otra cosa en el mundo. De hecho, allí hablaré del libro de Laura en cuanto tenga un poco de tiempo, porque la verdad es que merece una charla relajada por lo tremendamente inteligente y divertido que es. Pero no. No voy a escribir aquí sobre el libro de Laura. Y otra vez ese conflicto entre distintos cuadernos, entre el diario y la agenda, el documento de Word y la servilleta del bar. Los espacios de escritura se contaminan entre sí, eso lo sé, pero temo que pronto acaben contaminándome a mí también. Al fin y al cabo, ¿no soy yo también un espacio de escritura? La ventaja es que no tengo que decidir qué escribo o de qué forma me escribo. Puedo contar que Christopher Meloni está increíble en Happy!, esa serie sobre un expolicía borrachuzo reconvertido en sicario que busca a su hija secuestrada (de cuya existencia no sabía nada) con la ayuda de un diminuto unicornio azul llamado Happy (o Hap), que resulta ser el amigo imaginario de la niña, la dulce y valiente Hailey. Puedo escribir que ayer preparé para cenar unos nachos con chili con carne y guacamole que me han perseguido en forma de pesadilla durante toda la noche, que a través de las paredes del Café Con/suelo escucho las conversaciones entre Robert Stone, Miguel Ángel Hernández, Chris Offut y Mónica Ojeda (menudas se montan discutiendo sobre autoficción y marcas de cerveza), o que preparando mis clases de crítica literaria intento meter con calzador la instalación de Dora García, Instant Narrative, para demostrar cómo el espectador y el propio espacio expositivo pueden convertirse en una instancia narrativa. Como tú misma, si estás leyendo esto, acabarás acomodándote en alguna de las mesas de este destartalado café.