22. differre

Café Con/suelo

Hace unos años colaboré en un interesante proyecto editorial llamado Borrador, que pusieron a funcionar Luis Javier Pisonero, Lucía Bailón, Javier Ignacio AlarcónJöel López, Javier Helgueta Raquel Pardos. El proyecto reunió a escritores, actrices, cineastas, fotógrafas, críticos, traductores y demás fauna salvaje. La idea era crear una revista de cultura contemporánea que ofreciese algo distinto, un punto de vista, una mirada. La revista nacía del proyecto Eureka, que organizaba debates sobre poesía, narrativa, cine y fotografía en distintos espacios de la ciudad, y su objetivo siempre fue ser una revista digital para poder llegar al mayor número de lectores posible. El método para lograrlo, sin embargo, fue algo insólito. En lugar de abrir un blog o diseñar una web en condiciones, decidieron sacar los primeros cinco números en papel, en un original formato plegado, que se distribuyeron de forma gratuita en distintas librerías de Madrid. Después de su restringida publicación en papel, la revista saltaría a la red. El proceso normal se había visto invertido y lo que todo escritor quería — ver su obra impresa— no era aquí más que un trámite o un espacio de transición. Por suerte, tuve ocasión de participar en el segundo número, que vio la luz en el mes de mayo de 2015: “Sobre la insensibilidad del artista”.

Los demás números versaron sobre la obra abierta e inconclusa, la desnudez del artista, el azar y la transformación. Mi paso por Borrador fue fugaz. Apenas un artículo deslavazado, enrabietado y demasiado largo sobre la banalización de la cultura, y este texto que reproduzco tal cual, titulado con la palabra latina differe, que significa aplazar, retrasar, diferir, y que fue el que apareció en aquel número impreso que algunos furtivos cazaron en librerías de aquí y de allá. En Sotheby’s se pagarán millones por uno de esos ejemplares y yo me quedaré con ganas de saber si alguien los leyó realmente. Mi paso por Borrador fue fugaz pero estimulante. Se sentía la energía, las ganas de empujar algo un poco más allá, de hacer lo que nos diese la gana. Ese aire de libertad está de alguna forma en este pequeño texto, como también la fiebre que sufría el día en que lo escribí. Están ahí, como una huella, en diferido:

 

Sensibilidad como facultad o como cualidad. Facultad como potencia. El arte es siempre potencia. Según cierto filósofo o sociólogo polaco de origen judío: toda obra de arte lo es porque permanece imperfecta en su perfección. Lo sensible, en una de sus acepciones más extendidas, se refiere a aquello «que puede ser conocido por medio de los sentidos». Obviando, bien por falta de espacio o bien por espacio de más, qué puede ser conocido, nos quedamos con que los sentidos son: el cuerpo: un conjunto muy aparatoso de procesos orgánicos que sólo conocen el tiempo presente: el presente: el ente: lo que es, o su prejuicio. Cuando Van Gogh pasa la tarde frente a una iglesia y después pinta L’Église d’Auvers-sur-Oise (1890), está, de alguna manera, riéndose de sus sentidos. En representaciones plásticas como la Escena de caza del rey Asurbanipal (s.VII a.C.) o en las pinturas francesas e inglesas del XVII en las que se representan cacerías y carreras de caballos, se pinta al animal con las cuatro patas totalmente extendidas para transmitir la sensación de movimiento y velocidad. Sin embargo, la fotografía nos ha permitido, años después de la realización de estas obras, comprobar que ningún caballo real galopa de esta manera. En este caso, quizá los sentidos se rieron del artista. ¿Pero acaso un árbol deja de serlo porque Mondrian se ría de él? Un gran escritor de cuyo nombre no quiero acordarme gritó: «Ese hervidero de plumas asustadas que quieren clavarse como un grito siempre por proferir. Siempre ahí, que voy, en un no-ahí que es me quedo». La sensibilidad puede ser el contacto que establecemos mediante los sentidos con un mundo al que damos, por el motivo que sea, la prioridad de lo real. Sin embargo, las vueltas que damos al día en ochenta y más mundos caracterizan la visión del artista, que establece, no siempre con placer, una distancia o extrañamiento que refiriéndose al arte de la palabra algunos han llamado literariedad. La distancia entre las palabras y las cosas evita o posterga indefinidamente el contacto con lo sensible. Quien escribe, inevitablemente, vive para después. ¿Podemos entender la insensibilidad como condición irrefutable del arte? Si estoy observando la iglesia no la pinto, si estoy trepando el árbol tampoco. Mientras la primavera eclosiona delante de mis ojos, bajo el tacto de mis manos, no hay sinfonía que valga. Si hago el amor y acaricio y sudo y siento el apagón del cuerpo no puedo narrarlo. El artista debe quizá renunciar a sentir si quiere crear. Si no, como criticaba Schopenhauer, abrirá un libro y se pondrá a leer.

 

 

Imagen: Algunos ejemplares de Borrador, 2015. Fotografía de Lucía Bailón.

18. El lector de desodorantes (sin aluminio)

Café Con/suelo

Hace tiempo un buen amigo mío me dijo que publicar en un blog era como salir a la plaza de un pueblo desierto y gritar a los cuatro vientos: puedes tener la ilusión de que alguien te escucha, pero nunca la certeza. Eso va implícito en la inocente falacia del verbo publicar. La lógica con la que crecemos es la de esperar el momento propicio, el punto óptimo de madurez, el famoso tren que solo pasa una vez. Es por eso que el premio Nobel te lo dan cuando estás a punto de morir, cuando se supone que estás en la cumbre. Por eso o por puro sadismo, como una suerte de puntilla que la sociedad burlona da al escritor y al científico en su lecho de muerte (para rematarlo). ¿Qué coño hace un escritor moribundo con un millón de dólares?

Contra esa lógica difícilmente puede uno rebelarse. Cabe, quizá, la opción de no creer en bombas de relojería o en fermentaciones mágicas. Tu novela será o no será —por ejemplo—, pero no te llegará justo en el momento en que la editorial que te gusta esté esperando hambrienta nuevos manuscritos. Un poco por derecho al pataleo proliferan a veces los blogs literarios, para mandar a la mierda los ocho millones de coronas suecas que preanuncian tu muerte y como una forma de adelantar las agujas del reloj, de imponer uno mismo la marcha de los acontecimientos, que pueden ser felices o penosos, pero al menos son los que uno mismo provoca.

Uno publica en su blog y se acuesta satisfecho. Pero si un árbol cae en medio del bosque sin que nadie lo mire, ¿hace ruido? La prueba de que el pequeño gesto subversivo de hacerse público a uno mismo, de exponerse por propia voluntad, tiene algún efecto (mínimo) sobre el mundo, son los likes, los textos compartidos y los comentarios. Uno publica una reflexión en su blog con la secreta esperanza de que algún día alguien suscriba sus ideas o, en el mejor de los casos, las rebata con fuerza —con ira, incluso—, que las haga saltar en pedazos como una supernova y que de ahí salga algo nuevo, más brillante, mucho mejor que una reflexión más o menos ocurrente en un blog más o menos leído. El sumun de este reconocimiento lo representan la imitación y el spam. De la imitación aún no tengo noticias. En cambio, del spam sí.

Si en el espacio abisal de internet un algoritmo elige soltar su basura al pie de tus reflexiones —justo en tu plaza de pueblo desierto—, por algo será. Hace unos días publiqué un texto sobre redes sociales y listas de la compra que titulé Me gusta. Me encanta. Aquel texto no estaba destinado a suscitar nada en absoluto, pero al día siguiente por la mañana, con enorme sorpresa, descubrí que alguien había escrito un comentario y que yo debía aceptar —o no—  que fuera visible para el resto de lectores. Lo primero que vi fue que lo había escrito Anna. Me gusta el nombre, con esas dos enes tan exóticas. Es el tipo de lectora que quiero para mi blog, pensé. Pero pronto algo me sonó extraño, el saludo de Anna decía: “¡Estimadas!”

¿Por qué estimadas? Aquello me pareció raro, fuera de lugar, pero no por lo que a primera vista pudiera pensarse. Soy uno y trino, eso es obvio aunque el comentario de Anna lo pase por alto. Sin embargo, lo interesante es el primer párrafo, que dice:

 

Los desodorantes convencionales típicamente contienen aluminio como Antitranspirant. Aluminio en forma de cloruro de aluminio se utiliza para evitar la sudoración. Se cierra los poros de la piel para que salga menos sudor. Muchos Antitranspirantes contienen hasta 25 % de sales de aluminio.

 

La información es útil, eso no lo dudo, pero ¿por qué habría de interesar eso a ninguna estimada que pueda o no rondar las mesas del Café Con/suelo? “Dado que los consumidores reaccionan ahora muy sensibles a este tema, más y más fabricantes ofrecen desodorantes sin aluminio”, seguía diciendo Anna, muy obstinada, además de rigurosa, pues aseguraba que esos nuevos desodorantes también son seguros contra las manchas de sudor, aunque no llevan conservantes artificiales, perfume ni alcohol. Incluso propone Anna en su comentario una lista de fabricantes de cosméticos naturales que ofrecen desodorantes sin cloruros de aluminio y que usan combinaciones propias, desarrolladas a base de plantas, para reducir la transpiración y el olor del sudor. Es fantástica Anna, con sus dos enes y todos esos detalles tan interesantes.

Cuando yo ya había renunciado a que el comentario de Anna fuera ninguna supernova —ni se le pareciera— e incluso había comenzado a pensar que por qué tenían que ser los comentarios supernovas de ningún tipo, que bastaba con que fueran útiles e informativos —como el de Anna— y que si Anna, con dos enes en el nombre, era el tipo de lectora que quería para mi blog, también su comentario era el tipo de comentario que yo quería recibir; cuando había pensado ya todo esto, vi que Anna incluía el enlace de una página web donde se podía encontrar aún más información sobre el tema y un completísimo listado de desodorantes sin aluminio. Anna, tan detallista e informada, se despedía diciendo: “Suerte con el uso y la selección entre tantos desodorantes sin sales de aluminio”, y añadía al final de su comentario muchos saludos y un smiley simpatiquísimo como este 🙂

Anna, tan atenta, se preocupaba por mi salud y por la de esas estimadas transeúntes de este pueblo desierto. Estuve un rato pensando en si aceptar —o no— que el resto de lectores pudiera leer su comentario. Las opciones eran aprobar, papelera y marcar como spam. Sinceramente, me tentaba la idea de aprobar el comentario, que considero útil y sincero, pero al mismo tiempo me parecía injusto no reconocer a Anna su labor como autora de spam, tan exótica, tan atenta, tan detallista, tan informada. Pensé: ¿cómo puedo compaginar ambas opciones? Le di a marcar como spam y me puse a escribir.

 

 

Imagen: antiguo anuncio para estimadas