66.

Café Con/suelo

Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas.


Esto lo escribió el gran Sergio Pitol en “El arte de la fuga” (Editorial Anagrama) y no me canso de repetirlo. Me cuesta encontrar pasajes que contengan más verdad, escritos con tanta sencillez. La literatura de Pitol habla, al fin y al cabo, de viajes. Viajes exteriores e interiores por calles y páginas recorridas. Y se me ocurre ahora que quizá la mejor síntesis de esos dos mundos (que son solo uno) sean las librerías, esas en las que suelo perderme con paso lento y la imaginación excitada, los bolsillos temblorosos y el olfato agudizado, las manos indiscretas y la mente en otro lugar. Uno es, por supuesto, sus viajes, y también las librerías que descubre y visita, o esas otras que frecuenta tan a menudo que podría llamar casa.

Todos los días se hacen pequeños homenajes a estos espacios de vida y de resistencia, y cuando eso ocurre es porque el peligro es real, aunque evitable. Jorge Carrión escribió un libro maravilloso sobre ellas, que puede leerse como una guía espiritual por lugares que probablemente algún día serán solo huellas. Esta de la foto no es mi librería preferida, ni es la más recóndita, ni la más exquisita, ni la más antigua, y muy seguramente tampoco es la más hermosa. Sí es, quizá, la más icónica. Ha formado parte de mis viajes, de mis recorridos interiores y exteriores, y por eso es también yo mismo. O yo soy un poco la librería Shakespeare and Co. de París, donde hace unos años conseguí este ejemplar de Reminder, de Tom MaCarthy (Alma Books), que hoy ha saltado de mi biblioteca para que le hiciera esta fotografía de luces y sombras. “Cuéntalo”, me ha dicho, “que se sepa”.

PS: Ayer escribí esto sin caer en la cuenta de que hoy, un día después (12 de abril), se cumple un año de la muerte de Sergio Pitol. Hay coincidencias que no merece la pena intentar entender.

47.

Café Con/suelo

Una noche de un mes que no recuerdo, Ro y Ju iban a pinchar en un local de la calle de la Palma, pero al otro lado de San Bernardo (en la cara B de Malasaña, como Ro. y Ju. llaman a esa zona). Se trata de un pequeño antro donde suena música rara, se bebe cerveza mala y se comen gominolas a puñados. Con Ro y Ju al aparato, la noche prometía ser una gran fiesta, así que decidimos jugar con el vestuario. Para Ju, una máscara de Pitbull, el cantante puertorriqueño. Para Ro, una de Alberto Olmos (Alb). Las máscaras fueron un éxito y ellos pincharon toda la noche con ellas puestas. En un punto indeterminado de la fiesta empecé a considerar que Ro fuese realmente Alb. La máscara y su piel eran uno, y de Ro solo quedaban unos vaqueros con seis años de experiencia y ni un solo lavado. Decidí no prestarle mucha atención al asunto y seguí descoyuntándome, que es como yo bailo, hasta que la noche se alargó. No sé qué hora sería cuando en un borbotón de entusiasmo abracé a Ro con todas mis fuerzas. Lo noté enseguida. Había bebido bastante, pero mi percepción de la realidad seguía siendo suficientemente lúcida. Aquel cuerpo, la anchura de hombros, las caderas, no eran de Ro. Cabía pensar que la máscara de Alb se había apoderado de mi amigo y que el abrazo (innecesario, por otra parte) había terminado de demostrarlo. Aún no había salido de mi asombro cuando apareció una pareja extraña. Ella, diminuta y con el pelo teñido de azul, decía ser muy amiga de Alb. Él solo se miraba los pies mientras movía la cabeza al ritmo de la música. Ella le pidió a Ro que le regalara su máscara para enseñársela a Alb al día siguiente. Ju les dijo que naranjas de la china, que la máscara no se la llevaba nadie. Él dejó de mirarse los pies y miró la máscara con una ferocidad aplastante. Ju dio un paso atrás, Ro se disponía a claudicar. Yo había permanecido apoyado en la barra, distraído, pero al ver lo que ocurría vociferé, fuera de mí: ¡No! ¡Ni hablar! ¡Alb está en Ro y Ro está en él! Todos me miraron. Sentí que hasta la música se había detenido. Di tres o cuatro pasos lentos hacia atrás, encaminándome hacia la puerta. Corrí.

Aún no sé para qué tanto ímpetu.

43.

Café Con/suelo

Tripadvisor es un ecosistema voraz y salvaje donde las pasiones incomunicables del ser humano se dan la mano con el hambre y el sueño. Nada hay más peligroso que jugar con esas necesidades sin las que el hombre es siempre más bestia que hombre. Excelente. Muy bueno. Normal. Malo. Pésimo. El péndulo que oscila, la arena que corre, las letras que vuelan, y tus ganas de comer, tu necesidad de dormir, siempre ahí.

40.

Café Con/suelo

20190216_141952

 

Cuando hace un par de días tomé esta fotografía en un pequeño pueblo del Mediterráneo, el presente estaba para mí muy vivo. Ahora no creo que pueda decir lo mismo. Pasaba por un callejón imperceptible, manchado de humedad, salitre y viento, cuando tuve una revelación. Dentro de un marco iluminado por el blanco oblicuo de un día gris se me apareció el futuro. Un futuro disecado, criogenizado en la forma efímera del escaparate, que es al mismo tiempo signo de la consagración y la caducidad. Dentro del marco: figuras, símbolos, recuerdos, profecías; señales de un pasado lanzado hacia el futuro, o de un futuro museificado, cristalizado en una vida de postal. El futuro es siempre pasado, pensé, porque solo desde ‘otro’ futuro podemos tratar de comprenderlo. Dentro del marco: la imagen repetida de un muñeco azul venido de otro tiempo, huchas de hojalata amontonadas, accesorios de cocina de colores, un robot oxidado, un ferrocarril de plástico. El mosaico de reliquias me detuvo durante un buen rato. La sensación de melancolía no era tanto por el recuerdo como por el olvido y el desconocimiento de ese futuro postergado para siempre. Dentro del marco: nosotros. Tomé la foto y seguí caminando. Dejé el futuro atrás y seguí caminando, porque no hay otra forma de seguir hacia delante que no sea dejando el futuro atrás.

38.

Café Con/suelo

Está todo lleno de cacatúas argentinas. Son hermosas, pero su forma de comunicarse entre ellas, esos chillidos guturales, vienen del infierno. El verde brillante de sus plumas demuestra a simple vista que no pertenecen a este lugar. Son venenosas, dicen, y en sus ojos anida el mal. Hay quien se tapó los oídos para no escucharlas y se ató a un poste en medio del Retiro. Lo encontraron días después, deshidratado y quemado por el sol, rodeado de haces verdes sobrevolándole las partes blandas de la cara. “Son tan hermosas”, dijo cuando entre varios hombres lo bajaron y tocó tierra. Sus ojos, antes oscuros, ya eran verdes.

37.

Café Con/suelo

El precio de la convivencia es incalculable. Así lo creo desde que esta mañana dos iluminaciones me han asaltado a las puertas de la librería Tipos Infames. Por costumbre, antes de entrar a cualquier comercio me detengo en el escaparate, recorro la fachada un par de veces y analizo con suspicacia el entorno que estoy dejando atrás. Miro y escucho a mi alrededor como si antes de atravesar la puerta quisiera fijar una estampa para luego olvidarla. Pero cuando uno abre mucho los ojos hay más posibilidades de que se le meta algo dentro.

A mi espalda, dos hombres han conectado porque sus respectivos perros se han enzarzado en un pelea callejera. Los ladridos son estridentes porque los perros son pequeños y la estridencia es su fuerza. Uno de los dueños está decidido a favorecer la convivencia de ambos animales, pero ¿a qué precio? El dueño del pequeño bulldog francés de color blanco (al parecer, el más reacio a convivir con su homólogo podenco) lo coge en brazos, lo gira en el aire y acerca su trasero al hocico del podenco, que no se puede creer lo que ve. Ambos dejan de ladrar. No sé si es más expresivo el podenco al que le ponen un culo en la cara o el bulldog que, en volandas, ve su culo aterrizar en la cara del prójimo.

Casi al mismo tiempo, por la otra acera pasa un tipo hablando por teléfono en voz muy alta y con actitud socarrona: “donde se ponga un coño depilado, macho, y limpio…”. Esta frase llega tarde, porque el estupor de los perros ya está allí y poco o nada puede sorprenderme. Sin embargo, de la ecuación me paraliza el orden de los factores: depilado y limpio. Limpio, pero sobre todo depilado. Los animales ya parecen amigos. Entro a la librería y atrás queda la convivencia entre coños y perros y culos y dueños.

36.

Café Con/suelo

Se acabaron los títulos y las imágenes. Me debo a la escritura árida, informe. Una escritura fría pero con frío de desierto. ¿No es algo inverosímil que en el desierto pueda hacer frío? Vuelvo a Harry Matthews, que se obligó a escribir veinte frases al día, fueran geniales o no. A él me debo. Matthews, óyenos.

Como diría Rodrigo, se acabó gustarme. Bachelard dice que la imaginación tiene límites y que es más fácil sacar un elefante de nuestro oído que hacerlo entrar. No creo que Bachelard esté equivocado, pero más habría acertado si hubiera pisado alguna vez un desierto para sentir ese frío inverosímil.

Son las 18:44 y afuera el sol se está cayendo.