Dog Soldiers, Robert Stone

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Nueva reseña en Lector salteadoDog Soldiers, de Robert Stone (Malas Tierras, 2019). Por Mario Aznar

 

¿Quién dijo que no se puede hablar de lo que se ama? De eso nada. De hecho, hablamos de una novela dedicada en cuerpo y alma a desmontar el sueño americano para después abandonar sus piezas en las cunetas que flanquean los caminos de la droga, la codicia, la corrupción y la violencia. Pero en ella también hay amor y esperanza, aunque envueltas en esa bruma asfixiante que no está en la selva sino dentro de uno mismo.

 

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La azotea, Fernanda Trías

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Nueva reseña en Lector salteadoLa azotea, de Fernanda Trías (Tránsito Editorial, 2019). Por Mario Aznar

 

En circunstancias normales, o mejor dicho, en las circunstancias actuales del mercado editorial, hablaríamos ahora de este libro como de un fantasma que pasó a nuestro lado pero que no tuvimos tiempo de enseñar a nuestros amigos. Sin embargo, los lectores estamos de suerte porque la joven editorial Tránsito rescata La azotea, de la escritora uruguaya Fernanda Trías. Ahora podemos volver a sumergirnos —o hacerlo por primera vez— en las páginas de un libro escrito con retazos de extrañeza, aislamiento, amor y locura.

 

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66.

Café Con/suelo

Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas.


Esto lo escribió el gran Sergio Pitol en “El arte de la fuga” (Editorial Anagrama) y no me canso de repetirlo. Me cuesta encontrar pasajes que contengan más verdad, escritos con tanta sencillez. La literatura de Pitol habla, al fin y al cabo, de viajes. Viajes exteriores e interiores por calles y páginas recorridas. Y se me ocurre ahora que quizá la mejor síntesis de esos dos mundos (que son solo uno) sean las librerías, esas en las que suelo perderme con paso lento y la imaginación excitada, los bolsillos temblorosos y el olfato agudizado, las manos indiscretas y la mente en otro lugar. Uno es, por supuesto, sus viajes, y también las librerías que descubre y visita, o esas otras que frecuenta tan a menudo que podría llamar casa.

Todos los días se hacen pequeños homenajes a estos espacios de vida y de resistencia, y cuando eso ocurre es porque el peligro es real, aunque evitable. Jorge Carrión escribió un libro maravilloso sobre ellas, que puede leerse como una guía espiritual por lugares que probablemente algún día serán solo huellas. Esta de la foto no es mi librería preferida, ni es la más recóndita, ni la más exquisita, ni la más antigua, y muy seguramente tampoco es la más hermosa. Sí es, quizá, la más icónica. Ha formado parte de mis viajes, de mis recorridos interiores y exteriores, y por eso es también yo mismo. O yo soy un poco la librería Shakespeare and Co. de París, donde hace unos años conseguí este ejemplar de Reminder, de Tom MaCarthy (Alma Books), que hoy ha saltado de mi biblioteca para que le hiciera esta fotografía de luces y sombras. “Cuéntalo”, me ha dicho, “que se sepa”.

PS: Ayer escribí esto sin caer en la cuenta de que hoy, un día después (12 de abril), se cumple un año de la muerte de Sergio Pitol. Hay coincidencias que no merece la pena intentar entender.

Kentucky seco, Chris Offutt

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Nueva reseña en Lector salteadoKentucky seco, de Chris Offutt (Sajalín Editores, 2019). Por Mario Aznar

 

No sé si será cosa del viento que corre entre los árboles y los despeñaderos afilados, pero mientras leía Kentucky seco he escuchado ciertas resonancias de El llano en llamas, ese librito de cuentos que el mexicano Juan Rulfo escribió sobre tierras de nadie y personajes que no tienen nada. En lugar de la tierra quebradiza del páramo, Offutt pinta crestas de roca, barrizales y bosques de pinos. En lugar de un caballo o de una mula hay un bulldozer ruinoso que el Viejo Bob aceptó como compensación cuando perdió un ojo en el derrumbe de la mina en la que trabajaba.

 

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Teoría general de la basura, Agustín Fernández Mallo

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Nueva reseña en Lector salteadoTeoría general de la basura, de Agustín Fernández Mallo (Galaxia Gutenberg, 2018). Por Mario Aznar

 

Agustín Fernández Mallo lo ha vuelto a hacer. La poesía, la novela o el ensayo. Nada se resiste a la maestría con que el escritor y físico coruñés es capaz de voltear un calcetín o toda una ontología de la contemporaneidad. Este nuevo ensayo que edita Galaxia Gutenberg es un acertado salto de longitud en la dirección que el propio autor lleva apuntando desde hace tiempo. Los prefijos post- y after- llevan implícita la idea de progreso —al menos, de un cierto progreso—, pero, por eso mismo, también la de pasado. Ahora bien, ¿qué incidencia tiene ese pasado en la producción de “nuevos” productos culturales? ¿Dónde empieza y dónde termina ese pasado? 

 

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Nefando, Mónica Ojeda

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Nefando, más que una novela, es un acontecimiento. Acontece el lenguaje, acontecen los temas, acontecen los personajes, acontece el nombre. Por fin, un nombre: Mónica Ojeda. Este libro no está, sino que sucede, ocurre (en cada lector, supongo) de forma tan intempestiva e imprevisible como un brote psicótico.

 

Nueva reseña en Lector salteado, por Mario Aznar.

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47.

Café Con/suelo

Una noche de un mes que no recuerdo, Ro y Ju iban a pinchar en un local de la calle de la Palma, pero al otro lado de San Bernardo (en la cara B de Malasaña, como Ro. y Ju. llaman a esa zona). Se trata de un pequeño antro donde suena música rara, se bebe cerveza mala y se comen gominolas a puñados. Con Ro y Ju al aparato, la noche prometía ser una gran fiesta, así que decidimos jugar con el vestuario. Para Ju, una máscara de Pitbull, el cantante puertorriqueño. Para Ro, una de Alberto Olmos (Alb). Las máscaras fueron un éxito y ellos pincharon toda la noche con ellas puestas. En un punto indeterminado de la fiesta empecé a considerar que Ro fuese realmente Alb. La máscara y su piel eran uno, y de Ro solo quedaban unos vaqueros con seis años de experiencia y ni un solo lavado. Decidí no prestarle mucha atención al asunto y seguí descoyuntándome, que es como yo bailo, hasta que la noche se alargó. No sé qué hora sería cuando en un borbotón de entusiasmo abracé a Ro con todas mis fuerzas. Lo noté enseguida. Había bebido bastante, pero mi percepción de la realidad seguía siendo suficientemente lúcida. Aquel cuerpo, la anchura de hombros, las caderas, no eran de Ro. Cabía pensar que la máscara de Alb se había apoderado de mi amigo y que el abrazo (innecesario, por otra parte) había terminado de demostrarlo. Aún no había salido de mi asombro cuando apareció una pareja extraña. Ella, diminuta y con el pelo teñido de azul, decía ser muy amiga de Alb. Él solo se miraba los pies mientras movía la cabeza al ritmo de la música. Ella le pidió a Ro que le regalara su máscara para enseñársela a Alb al día siguiente. Ju les dijo que naranjas de la china, que la máscara no se la llevaba nadie. Él dejó de mirarse los pies y miró la máscara con una ferocidad aplastante. Ju dio un paso atrás, Ro se disponía a claudicar. Yo había permanecido apoyado en la barra, distraído, pero al ver lo que ocurría vociferé, fuera de mí: ¡No! ¡Ni hablar! ¡Alb está en Ro y Ro está en él! Todos me miraron. Sentí que hasta la música se había detenido. Di tres o cuatro pasos lentos hacia atrás, encaminándome hacia la puerta. Corrí.

Aún no sé para qué tanto ímpetu.