81.

Café Con/suelo

A unos trescientos o cuatrocientos metros de la Pirámide me incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un poco más lejos y dije en voz baja: Estoy modificando el Sahara. El hecho era mínimo, pero las no ingeniosas palabras eran exactas y pensé que había sido necesaria toda mi vida para que yo pudiera decirlas. La memoria de aquel momento es una de las más significativas de mi estadía en Egipto.

‘El desierto’ de Borges, en Atlas (1984)

Otra novelita rusa, Gonzalo Maier

Nueva reseña

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Nueva reseña en Lector salteadoOtra novelita rusa, de Gonzalo Maier (Editorial Minúscula, 2019). Por Mario Aznar

 

Siempre lo digo: hay que leer a Gonzalo Maier. Leer a este escritor chileno es un acto de amor y un ejercicio de humildad. Es volver a preguntarse qué era la literatura para nosotros antes de convertirse en un puñado de nombres importantes y títulos imprescindibles. La literatura era —me atrevo a ensayar una respuesta— encarnar el asombro, hacerle cosquillas a una roca, arañar la superficie del agua.

 

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80. (1900-2019)

Café Con/suelo

Según las fuentes consultadas, 1900 fue “un año normal comenzado en lunes según el calendario gregoriano”. Empezando porque se trata del último año del siglo XIX, nada parece normal. Picasso realiza su primera exposición individual en Els Quatre Gats. El conde Ferdinand von Zeppelin emprende el primer vuelo con el dirigible rígido LZ 1. El rey de Italia Humberto I muere como consecuencia de un atentado anarquista en la ciudad de Monza. Lenin llega a Múnich, donde reside de manera ilegal con el nombre de Meyer (un buen nombre falso: Meyer). El Gran Huracán de Galveston arrasa, precisamente, Galveston. Se funda Colonia Morelos, unas de las colonias de mormones en el actual estado de Sonora, México. Muere Dios y después Nietzsche (a los 55 años). Hoy, ciento diecinueve años después, corre una brisa fresca proveniente del mar que alivia el sofoco de los últimos días, mientras corrijo unos ensayos  encerrado en el estudio. De aquí a un rato pondré a hervir agua con sal para cocer un puñado de pasta fresca precocinada. No veo las noticias. Los niños no van al colegio. Llevo un par de días sin escuchar música. Esta mañana, mientras desayunaba con mi padre, hemos leído juntos un par de prosas apátridas de Ribeyro. Aunque cueste creerlo, los dirigibles están en desuso y Nietzsche sigue muerto.

79.

Café Con/suelo

Este viernes he empezado el día escuchando O how she dances, de James Luther Dickinson, por recomendación de los búfalos de la editorial Dirty Works. Todo iba bien. El engranaje de la vida estaba bien engrasado con café con leche y música, pero a media mañana he escuchado un ruido raro, muy leve, como el chirriar de una articulación metálica cubierta de polvo y óxido. No he logrado interpretar el sonido hasta saber que Julián Rodríguez Marcos, fundador junto a Paca Flores de la editorial Periférica, ha muerto esta mañana de un infarto —cincuenta años y un infarto—, quién sabe si mientras sonaba la canción de Dickinson. Un sabio joven que ya no está. Él era uno de esos editores a los que se les nota el gusto y la buena mano, como dice M. Un tipo discreto e infatigable. Eso es lo que me gustaría escribir, pero la fatiga le llegó esta mañana, cuando nadie se lo esperaba. Supongo que ni siquiera su pareja y también editora Irene Antón (Errata Naturae), a quien abrazo sin conocerla. No soy muy dado a las conspiraciones, pero pienso en Claudio y en Julián —pienso en Irene— y diría que alguien le guarda cierta inquina al mundo del libro, al mejor lado de ese mundo complejo y algo borroso. A los familiares y amigos de Julián Rodríguez no los consolará nada ni nadie. A sus lectores, sin embargo, nos quedan sus libros, los que él mismo escribió y también los de Yuri Herrera, Rita Indiana, Vicente Valero, Valérie Mréjen o Lorenza Mazzetti. O how she dances. ¿Y si en su canción Dickinson se refería a la vida, a cómo baila la vida? Julián Rodríguez Marcos, infatigable, a pesar de la fatiga.

Dog Soldiers, Robert Stone

Nueva reseña

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Nueva reseña en Lector salteadoDog Soldiers, de Robert Stone (Malas Tierras, 2019). Por Mario Aznar

 

¿Quién dijo que no se puede hablar de lo que se ama? De eso nada. De hecho, hablamos de una novela dedicada en cuerpo y alma a desmontar el sueño americano para después abandonar sus piezas en las cunetas que flanquean los caminos de la droga, la codicia, la corrupción y la violencia. Pero en ella también hay amor y esperanza, aunque envueltas en esa bruma asfixiante que no está en la selva sino dentro de uno mismo.

 

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La azotea, Fernanda Trías

Nueva reseña

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Nueva reseña en Lector salteadoLa azotea, de Fernanda Trías (Tránsito Editorial, 2019). Por Mario Aznar

 

En circunstancias normales, o mejor dicho, en las circunstancias actuales del mercado editorial, hablaríamos ahora de este libro como de un fantasma que pasó a nuestro lado pero que no tuvimos tiempo de enseñar a nuestros amigos. Sin embargo, los lectores estamos de suerte porque la joven editorial Tránsito rescata La azotea, de la escritora uruguaya Fernanda Trías. Ahora podemos volver a sumergirnos —o hacerlo por primera vez— en las páginas de un libro escrito con retazos de extrañeza, aislamiento, amor y locura.

 

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66.

Café Con/suelo

Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas.


Esto lo escribió el gran Sergio Pitol en “El arte de la fuga” (Editorial Anagrama) y no me canso de repetirlo. Me cuesta encontrar pasajes que contengan más verdad, escritos con tanta sencillez. La literatura de Pitol habla, al fin y al cabo, de viajes. Viajes exteriores e interiores por calles y páginas recorridas. Y se me ocurre ahora que quizá la mejor síntesis de esos dos mundos (que son solo uno) sean las librerías, esas en las que suelo perderme con paso lento y la imaginación excitada, los bolsillos temblorosos y el olfato agudizado, las manos indiscretas y la mente en otro lugar. Uno es, por supuesto, sus viajes, y también las librerías que descubre y visita, o esas otras que frecuenta tan a menudo que podría llamar casa.

Todos los días se hacen pequeños homenajes a estos espacios de vida y de resistencia, y cuando eso ocurre es porque el peligro es real, aunque evitable. Jorge Carrión escribió un libro maravilloso sobre ellas, que puede leerse como una guía espiritual por lugares que probablemente algún día serán solo huellas. Esta de la foto no es mi librería preferida, ni es la más recóndita, ni la más exquisita, ni la más antigua, y muy seguramente tampoco es la más hermosa. Sí es, quizá, la más icónica. Ha formado parte de mis viajes, de mis recorridos interiores y exteriores, y por eso es también yo mismo. O yo soy un poco la librería Shakespeare and Co. de París, donde hace unos años conseguí este ejemplar de Reminder, de Tom MaCarthy (Alma Books), que hoy ha saltado de mi biblioteca para que le hiciera esta fotografía de luces y sombras. “Cuéntalo”, me ha dicho, “que se sepa”.

PS: Ayer escribí esto sin caer en la cuenta de que hoy, un día después (12 de abril), se cumple un año de la muerte de Sergio Pitol. Hay coincidencias que no merece la pena intentar entender.

Kentucky seco, Chris Offutt

Nueva reseña

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Nueva reseña en Lector salteadoKentucky seco, de Chris Offutt (Sajalín Editores, 2019). Por Mario Aznar

 

No sé si será cosa del viento que corre entre los árboles y los despeñaderos afilados, pero mientras leía Kentucky seco he escuchado ciertas resonancias de El llano en llamas, ese librito de cuentos que el mexicano Juan Rulfo escribió sobre tierras de nadie y personajes que no tienen nada. En lugar de la tierra quebradiza del páramo, Offutt pinta crestas de roca, barrizales y bosques de pinos. En lugar de un caballo o de una mula hay un bulldozer ruinoso que el Viejo Bob aceptó como compensación cuando perdió un ojo en el derrumbe de la mina en la que trabajaba.

 

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