96.

Café Con/suelo

Ya estoy en la cama y no son ni las doce. Es sábado. Hoy hemos ido con P. a hacer una larga caminata entre almendros y melocotoneros en flor. El clima está cambiando y cada vez florecen antes, digan lo que digan los demás. Nos hemos perdido y hemos caminado cinco kilómetros más de los previstos. Ha hecho bastante calor y la piel se resiente. Mañana iremos al mar, para compensar. P. está contenta y nosotros también. Ha sido un buen día. Stop.  Observo cómo A. se limpia los restos de pintura alrededor de los ojos. Stop. Voy a cerrar ya esto. Stop. Sigo leyendo a Vicente Valero.

95.

Café Con/suelo

Limpiar el cuarto de baño es un acto reconciliador. Me recuerda lo que hay de humano en todos nosotros. Me devuelve, aunque sea solo ligeramente, al estado natural del que partí, del que partimos, como ver a alguien retorciéndole el pescuezo a un pollo y olvidar por un momento las bandejas de poliestireno y la carne rosada, casi pálida, con olor a Nenuco, que compramos por montones en el supermercado. Hoy he limpiado el cuarto de baño con la mayor de las razones, que no es la higiene, sino la visita de una amiga muy querida que vive lejos. El autobús de P. debe estar al llegar desde Granada, arrastrando dos horas de retraso, después de un largo viaje desde su ciudad natal, París, y otro desde su ciudad mental —nuestra ciudad mental, donde la conocimos—: Nápoles. Si no fuera por ella, por su visita, yo estaría de camino a escuchar una conferencia titulada “De San Roque a la Habana, pasando por Barcelona”. Pero no, estoy aquí, con el olor a Don Limpio todavía pegado a las manos, esperando un autobús que llega con retraso —de París a Granada, pasando por Nápoles—, reconciliándome con lo que hay de humano en todos nosotros, como la amistad.

94.

Café Con/suelo

Esta tarde me siento abatido, con una sensación de desazón y desesperanza especialmente incómoda. Incómoda, sobre todo, porque no parece que tenga razón de ser. Todo va bien, o más o menos bien, a mi alrededor. ¿A qué viene esta náusea rara —enrarecida— que me oprime el pecho ligeramente, pero sin detenerse?. Pasan delante de mis ojos un buen puñado de motivos que me encargo pronto de enterrar sin disimulo. Será otra cosa, me digo. Entonces recuerdo que he pasado toda la mañana escribiendo largo y tendido sobre Los hombres de Rusia, la novela de Reinaldo Laddaga que tiene como trasfondo el avance por América y Europa de una versión bufonesca, pero igualmente fatal, de la extrema derecha. Pienso también que esta tarde he ido al cine a ver Jojo Rabbit, un drama “simpático” sobre niños filonazis dirigido por Taika Waititi, y que, al salir de allí, he arrancado el coche y en la radio, que se ha encendido sola, he escuchado el testimonio de un representante de UNICEF en Sudán del Sur que se dedica a desvincular niños soldado —de los cuales el 70% son niñas— de las múltiples guerrillas de la zona. Sin embargo, acabo de terminar este pequeño texto y sigo sintiendo esa estúpida opresión en el pecho. Será otra cosa, me digo.

93.

Café Con/suelo

He salido de la cueva. Y volveré a hacerlo.

Hoy me he levantado muy tarde, atrapado en una vorágine de sábanas y sudor. Me he metido en la ducha, porque la pena se va como la roña (esto último lo he leído recientemente en algún sitio, pero no logro recordar dónde) y después de desayunar un café con leche y medio paquete de galletas de canela he salido a la calle a por pan y aire fresco. He caminado un buen rato hasta decidirme a entrar en una pequeña galería de arte que antes era una iglesia. Sobre los muros y en las balconadas interiores había tendidos enormes tapices de esparto y piel sintética, pero lo primero que he visto al entrar ha sido una montonera de abrigos y carpetas enormes tirados en el suelo en medio de la sala. He rodeado el montón de prendas con paso lento y admirado, a medio camino entre el torero que se recrea en la ovación y el entomólogo que observa con fascinación y cierta desconfianza una nueva especie de insecto. A los pocos segundos he levantado la mirada para comprobar que no estaba solo. Tres personas más paseaban por la sala —antigua nave principal del templo— contemplando boquiabiertas y móvil en mano la estructura de neón que ocupa el espacio del altar mayor. No he tardado mucho en caer en la cuenta de que aquellos tres paseantes, dos chicas y un chico muy jóvenes, eran los dueños de los abrigos y las carpetas de dibujo que había visto expuestos en el centro de la sala. Parecían estudiantes de Bellas Artes, de primero o segundo curso, y aquella era seguramente su primera gran obra. Yo, al menos, la había disfrutado, así que antes de verlos recoger sus cosas del suelo he salido de allí pensando que ahora, desacralizada, la iglesia es un espacio tan hermoso que elevar un objeto a la categoría de arte es, más que nunca, responsabilidad de quien mira.

Hasta aquí mi primera salida de la cueva. Ahora bajaré a tirar la basura.

92.

Café Con/suelo

He sobrevivido y no todos pueden decir lo mismo. El resfriado se ha impuesto, pero hemos acordado una suerte de tregua que me ha permitido pasar el día entre una serie mediocre de superhéroes que veo en la tablet, tirado en el sofá y moviendo cada dos por tres el aparato para evitar el reflejo del sol en la pantalla, y la lectura febril de Dadas las circunstancias, el nuevo libro de Paco Inclán que acaba de editar Jekyll & Jill. Como la pantalla de la tablet y las páginas del libro me causan dolores de cabeza distintos y complementarios, no puedo dedicar demasiado tiempo a ninguna de ellas. Por eso las alterno cada rato, no sin la preocupación de que pueda estar favoreciendo (incubando, preferiría escribir) algún tipo de efecto secundario tremendamente nocivo. Por ejemplo, me pregunto si esta noche los superhéroes y los personajes de Inclán (tan anodinos como estrafalarios) se congregarán en mis sueños para invocar una Habana al borde del cataclismo o una aldea vasca repleta de jóvenes mutantes. Por si acaso, pero también por la congestión, los mocos y el dolor de cabeza, tomo paracetamol, acetilcisteína, StopCold y Johnny Walker.

El nervio óptico, María Gainza

Nueva reseña

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El portal web de la Universidad Internacional de Barcelona acaba de publicar mi lectura de la novela El nervio óptico (Anagrama, 2017), de María Gainza. Por Mario Aznar

 

En la línea de otras autoras como Siri Hustvedt, Rachel Kushner y Sheila Heti, o de las iberoamericanas Graciela Speranza, Laura Erber, Sònia Hernández y Verónica Gerber, el libro de Gainza navega entre la historia y la crítica del arte, la crónica social, el ensayo intimista, la ficción histórica y la tan controvertida autoficción. En El nervio óptico, la autora engarza once capítulos que son relatos pendulares, dialécticos, sobre la historia personal de una familia aristocrática venida a menos y la relación de este descenso con distintas incursiones furtivas en la historia de la pintura.

 

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