37.

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El precio de la convivencia es incalculable. Así lo creo desde que esta mañana dos iluminaciones me han asaltado a las puertas de la librería Tipos Infames. Por costumbre, antes de entrar a cualquier comercio me detengo en el escaparate, recorro la fachada un par de veces y analizo con suspicacia el entorno que estoy dejando atrás. Miro y escucho a mi alrededor como si antes de atravesar la puerta quisiera fijar una estampa para luego olvidarla. Pero cuando uno abre mucho los ojos hay más posibilidades de que se le meta algo dentro.

A mi espalda, dos hombres han conectado porque sus respectivos perros se han enzarzado en un pelea callejera. Los ladridos son estridentes porque los perros son pequeños y la estridencia es su fuerza. Uno de los dueños está decidido a favorecer la convivencia de ambos animales, pero ¿a qué precio? El dueño del pequeño bulldog francés de color blanco (al parecer, el más reacio a convivir con su homólogo podenco) lo coge en brazos, lo gira en el aire y acerca su trasero al hocico del podenco, que no se puede creer lo que ve. Ambos dejan de ladrar. No sé si es más expresivo el podenco al que le ponen un culo en la cara o el bulldog que, en volandas, ve su culo aterrizar en la cara del prójimo.

Casi al mismo tiempo, por la otra acera pasa un tipo hablando por teléfono en voz muy alta y con actitud socarrona: “donde se ponga un coño depilado, macho, y limpio…”. Esta frase llega tarde, porque el estupor de los perros ya está allí y poco o nada puede sorprenderme. Sin embargo, de la ecuación me paraliza el orden de los factores: depilado y limpio. Limpio, pero sobre todo depilado. Los animales ya parecen amigos. Entro a la librería y atrás queda la convivencia entre coños y perros y culos y dueños.

35. Opuestos reconciliados

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En Roberto Bolaño se da la tensión entre el heroísmo de la vanguardia y la carcajada necesaria que lo sigue. Contradicción entre el nihilismo y la esperanza de que la literatura lo pueda todo. Opuestos reconciliados: el gladiador que se da ánimos pensándose invicto, el samurái que se enfrenta a un poder superior sin echarse atrás, la enfermedad y las ganas de seguir, el dejarse morir y la escritura.

 

Imagen: Dominique González-Foerster, Untittled, 2011. Fotografía de Alejandro García Abreu

34. Las ondas

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Arranqué el motor del coche y empecé a acelerar lentamente. Antes de encender las luces me ajusté el cinturón de seguridad y con la otra mano puse a funcionar la radio desde los mandos del volante. Ya era de noche y las cifras anaranjadas junto al cuentakilómetros señalaban una hora en punto. Eso, según en qué canal de radio, significa noticias, información, novedades. La emisora que sonó primero fue Radio Nacional. A través de las ondas llegó la música magnética de la cabecera de informativos y pronto una voz acelerada disparando titulares a diestro y siniestro. Un niño enterrado en un pozo de veinticinco centímetros de diámetro a más de cien metros de profundidad, un país latinoamericano al borde del conflicto civil y despertando las sombras de la Guerra Fría en busca de su propia dignidad, una anciana aislada junto a su nieta y ocho ovejas muertas a causa de una grave inundación, un proyecto político resquebrajándose en tuits, cartas y ruedas de prensa, las dos grandes capitales del país bloqueadas por una huelga agresiva. Cambié de emisora y volví a escuchar lo mismo. Lo intenté de nuevo, pero nada. Quise cambiar una vez más, pero lo pensé mejor y apagué la radio. Pensé en esas familias que cenan con la televisión encendida y conduje durante un buen rato con el sonido tranquilizador de la combustión del motor de gasolina, perdiendo por el camino las luces de las farolas como si fuesen titulares de un informativo de última hora. A mi alrededor la ciudad parecía seguir un ritmo normal. Gente joven en las calles, trabajadores volviendo a casa, señoras paseando al perro, los comercios cerrando sus persianas. Los semáforos en rojo y el tráfico se detenía, los semáforos en verde y el tráfico continuaba. Todo parecía ir bien, pero las ondas de los medios ya habían hecho su efecto. La información —esa extraña superstición de nuestro tiempo— me había convencido de forma irreversible de que esa calma era solo fachada y de que nadie se acostaría en paz aquella noche. El rugido suave del motor me pareció entonces un consuelo suficiente, incluso necesario, así que seguí acelerando. Sin alternativa posible, afuera todo ocurría desde el fondo de un pozo, en busca de dignidad, aislados entre niños y animales muertos, con las ideas resquebrajadas y el ánimo bloqueado como en una huelga agresiva.

33. La conversación infinita

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A veces uno se cansa de escucharse a sí mismo. En esas ocasiones cobra protagonismo el silencio, pero un silencio descontrolado implica el riesgo de la enfermedad. Por eso existe la alternativa de hallar un interlocutor que participe, que escuche o que al menos sepa fingir que lo hace. En esos momentos la conversación puede ser un bálsamo y no ya un quebradero de cabeza. La figura del interlocutor encierra algo de propio y de ajeno que me seduce y al mismo tiempo me inquieta, porque el interlocutor siempre se lleva algo que nos pertenece. Cada palabra que le dedico es un vuelo, un derroche. En la conversación, la palabra que pronunciamos se diluye dejando un espacio vacío, que a pesar de la difícil convivencia que se da entre el alivio y la angustia es un espacio necesario. Quizá por eso somos animales tendentes a la conversación, a generar infinitas oquedades donde antes hubo sonidos y alientos de café con leche.

Hace unos días me entrevistaron por primera vez. La entrevista es una cosa rara y divertida que parece una conversación pero tiene mucho de monólogo. Al principio pensé: “qué mal momento, ahora que me envuelve el silencio”, pero pronto entendí que un interlocutor puede darte tanto o más de lo que te quita. Quedamos en un bar céntrico, pero estaba cerrado, así que nos fuimos a otro lugar cercano. Ella pidió un desayuno completo y yo solo un café. Luego otro. Hablamos durante un buen rato antes de que la entrevistadora pusiera a funcionar la grabadora, abriera su cuaderno y apareciera un tipo simpático con una potente cámara fotográfica. Los temas se sucedieron, moví las manos para exorcizar el espíritu nervioso que invocan una cámara y una grabadora, guardé silencios y otros los gasté trastabillando, quitándome la palabra a mí mismo en un alarde de confianza que era solo miedo.

Es curioso que en una mañana fría y borrosa alguien se despierte y pueda llegar a imaginarse lúcido, rápido, interesante, incluso gracioso, y luego descubrir que es un entrechocar de piedras, un roce de hojas secas, un borbotón de agua… Fue estimulante hablar como dirigido por una serie de preguntas inesperadas, hilando tonterías y confesiones impensadas —dejándome hablar por el interlocutor—, pero me asusta la sensación final de perder por completo el control sobre mis palabras. Esta reflexión me hace pensar en la vieja superstición que ve en la fotografía el robo de un alma, y que seguramente costó más de una vida en el corazón de alguna tribu aborigen. Ahora la entrevistadora —que es, para mí, el interlocutor— tiene una conversación de más de dos horas grabada y puede sacar de allí la versión de mí mismo que ella prefiera. A pesar de su tiempo limitado, es de algún modo una conversación infinita. Cualquiera de esas versiones seré yo y al mismo tiempo otro que con toda probabilidad me costará reconocer. Será, también, el interlocutor.

No sé cuál de los tres escribe esta página.

 

 

Imagen: Robert Wilson, The Old Woman, 2013

31. Después de las ocho

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El viernes no escribí porque el poco tiempo que tuve para hacerlo lo pasé golpeando un saco de boxeo. Desde entonces he querido llenar ese hueco, pero durante los fines de semana está prohibido escribir aquí. En su lugar, conocí a un tipo interesante, volví a encontrarme con un buen amigo que pronto se irá a vivir a la isla de Reunión, en el océano Índico, vi el mar y dormí en la orilla, asistí al estreno de un corto genial —Solo nos ven de día, de Álvaro López y me rompí las palmas de las manos con el Chicago Mass Choir en concierto. He descubierto que se puede vivir pegado a un escritorio y que, aún así, hay vida después de las ocho.

 

 

Imagen: Representación de la curvatura del espacio-tiempo como una ‘cama elástica’, ESA–C.Carreau

30. El descenso (otra biografía capitalista)

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He perdido dinero por un chicle.

He perdido dinero por un cómic.

He perdido dinero por un hijo de puta más grande que yo.

He perdido dinero por una cena.

He perdido dinero por unos Montana.

He perdido dinero por una película en pantalla grande.

He perdido dinero por un Discman.

He perdido dinero por un libro.

He perdido dinero por un Spalding.

He perdido dinero por un café.

He perdido dinero por una cerveza.

He perdido dinero por un poco de marihuana.

He perdido dinero por un concierto.

He perdido dinero por una mesa de mezclas.

He perdido dinero por una obra de teatro.

He perdido dinero por unas fotocopias.

He perdido dinero por la matrícula de un curso.

He perdido dinero por un abono de transporte.

He perdido dinero por media docena de huevos.

He perdido dinero por un depósito de gasolina.

He perdido dinero por una habitación de hotel.

He perdido dinero por un billete de avión.

He perdido dinero por […].

 

 

Imagen: Cien dólares ($) estadounidenses ardiendo.

28. Silencio de tiempo

Café Con/suelo

Tiempo de silencio es una novela de Luis Martín-Santos y también el título de mis últimos diez días. Después del papeleo viene la extenuación, y más tarde las listas y los mejores del año. La gente ya empieza a hablar con un polvorón metido en la boca. Pronto se oirá a los primeros graciosos decir “hasta el año que viene”, estrechando nuestra mano y jugando con un guiño idiota a la especulación metafísica del tiempo. Pronto será fiesta y habrá banquetes y vómito y alcohol y matasuegras. Vuelven a escucharse las Zambombas del Apocalipsis, aunque hace tiempo que las luces están encendidas. Mejor las luces, siempre, que muchas negruras que leo y escucho a diario. Así mejor el vómito y los matasuegras. O sea que el silencio es siempre necesario. Eso digo para justificar estos últimos diez días de madriguera en madriguera, de madrugón en madrugón. Ni obligarme a escribir me cura a veces de la desidia, por eso me culpo. Ni el compromiso con los otros ni conmigo mismo. Bueno, a veces pasa. Es cuestión de tiempo. Silencio de tiempo. No todo el mundo sabe que hay que escupirse en la mano para hacer sonar una zambomba.

 

 

Imagen: Juan Muñoz, The Wasteland, 1987

27. El ascenso (una biografía capitalista)

Café Con/suelo

He recibido dinero por nada.

He recibido dinero por sacar al perro.

He recibido dinero por limpiar un coche.

He recibido dinero por cantar villancicos.

He recibido dinero por pedir para el Domund.

He recibido dinero por vender papeletas para el sorteo de un reproductor DVD.

He recibido dinero por vender pan y dulces en un puesto del mercado.

He recibido dinero por vender un reproductor Mp3.

He recibido dinero por repartir publicidad en los buzones.

He recibido dinero por un pellizco de hachís.

He recibido dinero por descargar camiones.

He recibido dinero por habérmelo encontrado.

He recibido dinero por repartir publicidad en la calle.

He recibido dinero por contar la recaudación de máquinas expendedoras.

He recibido dinero por escribir un relato.

He recibido dinero por enseñar español.

He recibido dinero por corregir y revisar un libro.

He recibido dinero por vender libros.

He recibido dinero por traducir un texto.

He recibido dinero por escribir sobre un libro.

He recibido dinero por hablar de literatura.

He recibido dinero por […].

 

 

Imagen: Un dólar ($) estadounidense.

 

 

26. El agonías

Café Con/suelo

En los más reputados círculos científicos se sabe que, más allá de la forma plural del “estado que precede a la muerte”, utilizamos el término agonías para referirnos a una persona que actúa de determinada forma bajo ciertas circunstancias. Se sabe, también, que hay muchos tipos de agonías. Sin embargo, es difícil definir a qué nos referimos cuando clasificamos a alguien con esta palabra: agonías. Mi yo más positivista no renuncia a la posibilidad de descubrir y demostrar el significado verdadero del término. Varios aspectos confluyen en la manifestación fenoménica derivada del comportamiento de aquellos individuos diagnosticados como agonías: algunos de ellos son la redundancia, la inutilidad y la vanidad. No obstante, ante la imposibilidad de su definición, quizá resulte útil exponer apenas tres casos a modo de exempla:

1. Quien camina un día lluvioso con el paraguas abierto y pegado a la pared, buscando además la protección de las repisas, y obligando a que los paseantes sin paraguas se desplacen sin remedio hacia el espacio más desprotegido de la acera: agonías.

2. Quien espera a que empiece una mesa redonda sobre un escritor (Bolaño, por ejemplo) leyendo el libro más representativo del escritor en cuestión (Los detectives salvajes, por ejemplo) para luego hacerse pasar en el turno de preguntas por un especialista en el escritor y en el libro en cuestión: agonías.

3. Quien participa en una mesa redonda en homenaje a un escritor fallecido (Bolaño, por ejemplo) en calidad extraliteraria (amigo, por ejemplo) para acabar concluyendo con algo que podría haber dicho cualquiera (era buena persona, por ejemplo): agonías.

Advertencia: la vida es una agonía, que podría haber dicho Quevedo. Esto quiere decir que nadie está libre de encontrarse, aun sin proponérselo, en el punto en que confluyen la redundancia, la inutilidad y la vanidad. Si fuésemos inmortales, que diría Borges, lo imposible sería no encontrarse alguna vez en ese punto. Todos somos un poco agonías. Lo importante, lo que hay que evitar, es ser El agonías.

 

 

Imagen: M. C. Escher, Drawing Hands, 1948

24. Dejando morir el mundo

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Voy caminando por la calle Fuencarral y hay una muchedumbre que me increpa como en un círculo del Infierno. Las voces dicen: Mira qué chico más guapo, buenos días. ¿Alguna vez has pensado cuántos perros sin dueño hay en el mundo? ¿Qué tal? Buscamos gente a la que le quedan bien las gafas de solHola, ¿has oído hablar de los niños robados? Dile adiós al plástico y firma aquí. Buenos días, ¿te preocupa quién te cuidará cuando seas mayor? El tabaco es la principal causa de muerte evitable en el mundo. ¿Con quién estás: la banca o el ciudadano? Las camareras de hotel tienen las articulaciones destrozadas. Hola, ¿conoces los peligros de tirar aceite por el desagüe? Cada día mueren en promedio al menos 12 latinoamericanas y caribeñas por el solo hecho de ser mujer. ¿Te importan los niños, el hambre, la sequía? Perdona, ahí detrás se te ha caído… la sonrisa. Yo admito que hacen bien su trabajo tratando de salvar el mundo. Acelero ligeramente el paso y digo: Ya colaboro, gracias. Ya colaboro.

 

 

Imagen: El fin del mundo (no firmé)