19. La autopista del sur, de Julio Cortázar [Bernat Castany Prado]

Hasta que el cuento aguante

En “La autopista del sur” Julio Cortázar imagina qué sucedería si un atasco se alargase durante meses. En el lugar de la máxima velocidad, el tempo (más que el tiempo) se detiene. Las mariposas se posan sobre los parabrisas, los niños juegan en los arcenes, los mayores cazan conejos en los parterres, surge el amor entre los pasajeros de los coches vecinos… Poco a poco, las relaciones se reformulan, y en esa anomia benévola se vislumbra la posibilidad de una vida mejor. Pero un día la cadena de coches se pone de nuevo en movimiento… Recomiendo la lectura de “La autopista hacia el sur”, no sólo porque encuentro una cierta afinidad entre las circunstancias que narra y nuestra situación, sino sobre todo porque Cortázar tiene el don de arrojar una mirada lúdica, alegre y esperanzada sobre cualquier tipo de realidad, y eso es lo que más necesitamos en estos momentos.

 

Recomendación de Bernat Castany Prado, profesor de literatura hispanoamericana en la Universidad de Barcelona y escritor. Ha coeditado la Antología crítica de poesía modernista hispanoamericana (Alianza, 2008) y es autor, entre otros, del libro de poemas narrativos Más fácil todavía (Maclein y Parker, 2019), ilustrado por Pere Ginard. También colabora en medios como El Salto Diario o PliegoSuelto.

 

“La autopista del sur”, de Julio Cortázar

Gli automobilisti accaldati sembrano nom avere storia…
Come realtà, un ingorgo automobilistico impressiona ma non ci dice gran che.
Arrigo Benedetti “L’Espresso”,
Roma, 21/6/1964

 

Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas o burlonas con los hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente su autito de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que ganas.

A la cuarta vez de encontrarse con todo eso, de hacer todo eso, el ingeniero había decidido no salir más de su coche, a la espera de que la policía disolviese de alguna manera el embotellamiento. El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para que la inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo era olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos del Simca, brillo del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados, y para colmo sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas pensadas para correr. El 404 del ingeniero ocupa el segundo lugar de la pista de la derecha contando desde la franja divisoria de las dos pistas, con lo cual tenía otros cuatro autos a su derecha y siete a su izquierda, aunque de hecho sólo pudiera ver distintamente los ocho coches que lo rodeaban y sus ocupantes que ya había detallado hasta cansarse. Había charlado con todos, salvo con los muchachos del Simca que caían antipáticos; entre trecho y trecho se había discutido la situación en sus menores detalles, y la impresión general era que hasta Corbeil-Essones se avanzaría al paso o poco menos, pero que entre Corbeil y Juvisy el ritmo iría acelerándose una vez que los helicópteros y los motociclistas lograran quebrar lo peor del embotellamiento. A nadie le cabía duda de que algún accidente muy grave debía haberse producido en la zona, única explicación de una lentitud tan increíble. Y con eso el gobierno, el calor, los impuestos, la vialidad, un tópico tras otro, tres metros, otro lugar común, cinco metros, una frase sentenciosa o una maldición contenida.

A las dos monjitas del 2HP les hubiera convenido tanto llegar a Milly-la-Fôret antes de las ocho, pues llevaban una cesta de hortalizas para la cocinera. Al matrimonio del Peugeot 203 le importaba sobre todo no perder los juegos televisados de las nueve y media; la muchacha del Dauphine le había dicho al ingeniero que le daba lo mismo llegar más tarde a París pero que se quejaba por principio, porque le parecía un atropello someter a millares de personas a un régimen de caravana de camellos. En esas últimas horas (debían ser casi las cinco pero el calor los hostigaba insoportablemente) habían avanzado unos cincuenta metros a juicio del ingeniero, aunque uno de los hombres del Taunus que se había acercado a charlar llevando de la mano al niño con su autito, mostró irónicamente la copa de un plátano solitario y la muchacha del Dauphine recordó que ese plátano (si no era un castaño) había estado en la misma línea que su auto durante tanto tiempo que ya ni valía la pena mirar el reloj pulsera para perderse en cálculos inútiles.

No atardecía nunca, la vibración del sol sobre la pista y las carrocerías dilataba el vértigo hasta la náusea. Los anteojos negros, los pañuelos con agua de colonia en la cabeza, los recursos improvisados para protegerse, para evitar un reflejo chirriante o las bocanadas de los caños de escape a cada avance, se organizaban y perfeccionaban, eran objeto de comunicación y comentario. El ingeniero bajó otra vez para estirar las piernas, cambió unas palabras con la pareja de aire campesino del Ariane que precedía al 2HP de las monjas. Detrás del 2HP había un Volkswagen con un soldado y una muchacha que parecían recién casados. La tercera fila hacia el exterior dejaba de interesarle porque hubiera tenido que alejarse peligrosamente del 404; veía colores, formas, Mercedes Benz, ID, 4R, Lancia, Skoda, Morris Minor, el catálogo completo. A la izquierda, sobre la pista opuesta, se tendía otra maleza inalcanzable de Renault, Anglia, Peugeot, Porsche, Volvo; era tan monótono que al final, después de charlar con los dos hombres del Taunus y de intentar sin éxito un cambio de impresiones con el solitario conductor del Caravelle, no quedaba nada mejor que volver al 404 y reanudar la misma conversación sobre la hora, las distancias y el cine con la muchacha del Dauphine.

A veces llegaba un extranjero, alguien que se deslizaba entre los autos viniendo desde el otro lado de la pista o desde la filas exteriores de la derecha, y que traía alguna noticia probablemente falsa repetida de auto en auto a lo largo de calientes kilómetros. El extranjero saboreaba el éxito de sus novedades, los golpes de las portezuelas cuando los pasajeros se precipitaban para comentar lo sucedido, pero al cabo de un rato se oía alguna bocina o el arranque de un motor, y el extranjero salía corriendo, se lo veía zigzaguear entre los autos para reintegrase al suyo y no quedar expuesto a la justa cólera de los demás. A lo largo de la tarde se había sabido así del choque de un Floride contra un 2HP cerca de Corbeil, tres muertos y un niño herido, el doble choque de un Fiat 1500 contra un furgón Renault que había aplastado un Austin lleno de turistas ingleses, el vuelco de un autocar de Orly colmado de pasajeros procedentes del avión de Copenhague. El ingeniero estaba seguro de que todo o casi todo era falso, aunque algo grave debía haber ocurrido cerca de Corbeil e incluso en las proximidades de París para que la circulación se hubiera paralizado hasta ese punto. Los campesinos del Ariane, que tenían una granja del lado de Montereau y conocían bien la región, contaban con otro domingo en que el tránsito había estado detenido durante cinco horas, pero ese tiempo empezaba a parecer casi nimio ahora que el sol, acostándose hacia la izquierda de la ruta, volcaba en cada auto una última avalancha de jalea anaranjada que hacía hervir los metales y ofuscaba la vista, sin que jamás una copa de árbol desapareciera del todo a la espalda, sin que otra sombra apenas entrevista a la distancia se acercara como para poder sentir de verdad que la columna se estaba moviendo aunque fuera apenas, aunque hubiera que detenerse y arrancar y bruscamente clavar el freno y no salir nunca de la primera velocidad, del desencanto insultante de pasar una vez más de la primera al punto muerto, freno de pie, freno de mano, stop, y así otra vez y otra vez y otra.

En algún momento, harto de inacción, el ingeniero se había decidido a aprovechar un alto especialmente interminable para recorrer las filas de la izquierda, y dejando a su espalda el Dauphine había encontrado un DKW, otro 2HP, un Fiat 600, y se había detenido junto a un De Soto para cambiar impresiones con el azorado turista de Washington que no entendía casi el francés pero que tenía que estar a las ocho en la Place de l’Opéra sin falta you understand, my wife will be awfully anxious, damn it, y se hablaba un poco de todo cuando un hombre con aire de viajante de comercio salió del DKW para contarles que alguien había llegado un rato antes con la noticia de que un Piper Club se había estrellado en plena autopista, varios muertos. Al americano el Piper Club lo tenía profundamente sin cuidado, y también al ingeniero que oyó un coro de bocinas y se apresuró a regresar al 404, transmitiendo de paso las novedades a los dos hombres del Taunus y al matrimonio del 203. Reservó una explicación más detallada para la muchacha del Dauphine mientras los coches avanzaban lentamente unos pocos metros (ahora el Dauphine estaba ligeramente retrasado con relación al 404, y más tarde sería al revés, pero de hecho las doce filas se movían prácticamente en bloque, como si un gendarme invisible en el fondo de la autopista ordenara el avance simultáneo sin que nadie pudiese obtener ventajas). Piper Club, señorita, es un pequeño avión de paseo. Ah. Y la mala idea de estrellarse en plena autopista un domingo de tarde. Esas cosas. Si por lo menos hiciera menos calor en los condenados autos, si esos árboles de la derecha quedaran por fin a la espalda, si la última cifra del cuentakilómetros acabara de caer en su agujerito negro en vez de seguir suspendida por la cola, interminablemente.

En algún momento (suavemente empezaba a anochecer, el horizonte de techos de automóviles se teñía de lila) una gran mariposa blanca se posó en el parabrisas del Dauphine, y la muchacha y el ingeniero admiraron sus alas en la breve y perfecta suspensión de su reposo; la vieron alejarse con una exasperada nostalgia, sobrevolar el Taunus, el ID violeta de los ancianos, ir hacia el Fiat 600 ya invisible desde el 404, regresar hacia el Simca donde una mano cazadora trató inútilmente de atraparla, aletear amablemente sobre el Ariane de los campesinos que parecían estar comiendo alguna cosa, y perderse después hacia la derecha. Al anochecer la columna hizo un primer avance importante, de casi cuarenta metros; cuando el ingeniero miró distraídamente el cuentakilómetros, la mitad del 6 había desaparecido y un asomo del 7 empezaba a descolgarse de lo alto. Casi todo el mundo escuchaba sus radios, los del Simca la habían puesto a todo trapo y coreaban un twist con sacudidas que hacían vibrar la carrocería; las monjas pasaban las cuentas de sus rosarios, el niño del Taunus se había dormido con la cara pegada a un cristal, sin soltar el auto de juguete. En algún momento (ya era noche cerrada) llegaron extranjeros con más noticias, tan contradictorias como las otras ya olvidadas, No había sido un Piper Club sino un planeador piloteado por la hija de un general. Era exacto que un furgón Renault había aplastado un Austin, pero no en Juvisy sino casi en las puertas de París; uno de los extranjeros explicó al matrimonio del 203 que el macadam de la autopista había cedido a la altura de Igny y que cinco autos habían volcado al meter las ruedas delanteras en la grieta. La idea de una catástrofe natural se propagó hasta el ingeniero, que se encogió de hombros sin hacer comentarios. Más tarde, pensando en esas primeras horas de oscuridad en que habían respirado un poco más libremente, recordó que en algún momento había sacado el brazo por la ventanilla para tamborilear en la carrocería del Dauphine y despertar a la muchacha que se había dormido reclinada sobre el volante, sin preocuparse de un nuevo avance. Quizá ya era medianoche cuando una de las monjas le ofreció tímidamente un sándwich de jamón, suponiendo que tendría hambre. El ingeniero lo aceptó por cortesía (en realidad sentía náuseas) y pidió permiso para dividirlo con la muchacha del Dauphine, que aceptó y comió golosamente el sándwich y la tableta de chocolate que le había pasado el viajante del DKW, su vecino de la izquierda. Mucha gente había salido de los autos recalentados, porque otra vez llevaban horas sin avanzar; se empezaba a sentir sed, ya agotadas las botellas de limonada, la coca-cola y hasta los vinos de a bordo. La primera en quejarse fue la niña del 203, y el soldado y el ingeniero abandonaron los autos junto con el padre de la niña para buscar agua. Delante del Simca, donde la radio parecía suficiente alimento, el ingeniero encontró un Beaulieu ocupado por una mujer madura de ojos inquietos. No, no tenía agua pero podía darle unos caramelos para la niña. El matrimonio del ID se consultó un momento antes de que la anciana metiera las manos en un bolso y sacara una pequeña lata de jugo de frutas. El ingeniero agradeció y quiso saber si tenían hambre y si podía serles útil; el viejo movió negativamente la cabeza, pero la mujer pareció asentir sin palabras. Más tarde la muchacha del Dauphine y el ingeniero exploraron juntos las filas de la izquierda, sin alejarse demasiado; volvieron con algunos bizcochos y los llevaron a la anciana del ID, con el tiempo justo para regresar corriendo a sus autos bajo una lluvia de bocinas.

Aparte de esas mínimas salidas, era tan poco lo que podía hacerse que las horas acababan por superponerse, por ser siempre la misma en el recuerdo; en algún momento el ingeniero pensó en tachar ese día en su agenda y contuvo una risotada, pero más adelante, cuando empezaron los cálculos contradictorios de las monjas, los hombres del Taunus y la muchacha del Dauphine, se vio que hubiera convenido llevar mejor la cuenta. Las diarios locales habían suspendido las emisiones, y sólo el viajante del DKW tenía un aparato de ondas cortas que se empeñaba en transmitir noticias bursátiles.. Hacia las tres de la madrugada pareció llegarse a un acuerdo tácito para descansar, y hasta el amanecer la columna no se movió. Los muchachos del Simca sacaron unas camas neumáticas y se tendieron al lado del auto; el ingeniero bajó el respaldo de los asientos delanteros del 404 y ofreció las cuchetas a las monjas, que rehusaron; antes de acostarse un rato, el ingeniero pensó en la muchacha del Dauphine, muy quieta contra el volante, y como sin darle importancia le propuso que cambiaran de autos hasta el amanecer; ella se negó, alegando que podía dormir muy bien de cualquier manera. Durante un rato se oyó llorar al niño del Taunus, acostado en el asiento trasero donde debía tener demasiado calor. Las monjas rezaban todavía cuando el ingeniero se dejó caer en la cucheta y se fue quedando dormido, pero su sueño seguía demasiado cerca de la vigilia y acabó por despertarse sudoroso e inquieto, sin comprender en un primer momento dónde estaba; enderezándose, empezó a percibir los confusos movimientos del exterior, un deslizarse de sombras entre los autos, y vio un bulto que se alejaba hacia el borde de la autopista; adivinó las razones, y más tarde también él salió del auto sin hacer ruido y fue a aliviarse al borde de la ruta; no había setos ni árboles, solamente el campo negro y sin estrellas, algo que parecía un muro abstracto limitando la cinta blanca del macadam con su río inmóvil de vehículos, Casi tropezó con el campesino del Ariane, que balbuceó una frase ininteligible; al olor de la gasolina, persistente en la autopista recalentada, se sumaba ahora la presencia más ácida del hombre, y el ingeniero volvió lo antes posible a su auto. La chica del Dauphine dormía apoyada sobre el volante, un mechón de pelo contra los ojos; antes de subir al 404, el ingeniero se divirtió explorando en la sombra su perfil, adivinando la curva de los labios que soplaban suavemente. Del otro lado, el hombre del DKW miraba también dormir a la muchacha, fumando en silencio.

Por la mañana se avanzó muy poco pero lo bastante como para darles la esperanza de que esa tarde se abriría la ruta hacia París. A las nueve llegó un extranjero con buenas noticias: habían rellenado las grietas y pronto se podría circular normalmente. Los muchachos del Simca encendieron la radio y uno de ellos trepó al techo del auto y gritó y cantó. El ingeniero se dijo que la noticia era tan dudosa como las de la víspera, y que el extranjero había aprovechado la alegría del grupo para pedir y obtener una naranja que le dio el matrimonio del Ariane. Más tarde llegó otro extranjero con la misma treta, pero nadie quiso darle nada. El calor empezaba a subir y la gente prefería quedarse en los autos a la espera de que se concretaran las buenas noticias. A mediodía la niña del 203 empezó a llorar otra vez, y la muchacha del Dauphine fue a jugar con ella y se hizo amiga del matrimonio. Los del 203 no tenían suerte; a su derecha estaba el hombre silencioso del Caravelle, ajeno a todo lo que ocurría en torno, y a su izquierda tenían que aguantar la verbosa indignación del conductor de un Floride, para quien el embotellamiento era una afrenta exclusivamente personal. Cuando la niña volvió a quejarse de sed, al ingeniero se le ocurrió ir a hablar con los campesinos del Ariane, seguro de que en ese auto había cantidad de provisiones. Para su sorpresa los campesinos se mostraron muy amables; comprendían que en una situación semejante era necesario ayudarse, y pensaban que si alguien se encargaba de dirigir el grupo (la mujer hacía un gesto circular con la mano, abarcando la docena de autos que los rodeaba) no se pasarían apreturas hasta llegar a Paría. Al ingeniero lo molestaba la idea de erigirse en organizador, y prefirió llamar a los hombres del Taunus para conferenciar con ellos y con el matrimonio del Ariane. Un rato después consultaron sucesivamente a todos los del grupo. El joven soldado del Volkswagen estuvo inmediatamente de acuerdo, y el matrimonio del 203 ofreció las pocas provisiones que les quedaban (la muchacha del Dauphine había conseguido un vaso de granadina con agua para la niña, que reía y jugaba). Uno de los hombres del Taunus, que había ido a consultar a los muchachos del Simca, obtuvo un asentimiento burlón; el hombre pálido del Caravelle se encogió de hombros y dijo que le daba lo mismo, que hicieran lo que les pareciese mejor. Los ancianos del ID y la señora del Beaulieu se mostraron visiblemente contentos, como si se sintieran más protegidos. Los pilotos del Floride y del DKW no hicieron observaciones, y el americano del De Soto los miró asombrado y dijo algo sobre la voluntad de Dios. Al ingeniero le resultó fácil proponer que uno de los ocupantes del Taunus, en que tenía una confianza instintiva, se encargará de coordinar las actividades. A nadie le faltaría de comer por el momento, pero era necesario conseguir agua; el jefe, al que los muchachos del Simca llamaban Taunus a secas para divertirse, pidió al ingeniero, al soldado y a uno de los muchachos que exploraran la zona circundante de la autopista y ofrecieran alimentos a cambio de bebidas. Taunus, que evidentemente sabía mandar, había calculado que deberían cubrirse las necesidades de un día y medio como máximo, poniéndose en la posición menos optimista. En el 2HP de las monjas y en el Ariane de los campesinos había provisiones suficientes para ese tiempo, y si los exploradores volvían con agua el problema quedaría resuelto. Pero solamente el soldado regresó con una cantimplora llena, cuyo dueño exigía en cambio comida para dos personas. El ingeniero no encontró a nadie que pudiera ofrecer agua, pero el viaje le sirvió para advertir que más allá de su grupo se estaban constituyendo otras células con problemas semejantes; en un momento dado el ocupante de un Alfa Romeo se negó a hablar con él del asunto, y le dijo que se dirigiera al representante de su grupo, cinco autos atrás en la misma fila. Más tarde vieron volver al muchacho del Simca que no había podido conseguir agua, pero Taunus calculó que ya tenían bastante para los dos niños, la anciana del ID y el resto de las mujeres. El ingeniero le estaba contando a la muchacha del Dauphine su circuito por la periferia (era la una de la tarde, y el sol los acorralaba en los autos) cuando ella lo interrumpió con un gesto y le señaló el Simca. En dos saltos el ingeniero llegó hasta el auto y sujetó por el codo a uno de los muchachos, que se repantigaba en su asiento para beber a grandes tragos de la cantimplora que había traído escondida en la chaqueta. A su gesto iracundo, el ingeniero respondió aumentando la presión en el brazo; el otro muchacho bajó del auto y se tiró sobre el ingeniero, que dio dos pasos atrás y lo esperó casi con lástima. El soldado ya venía corriendo, y los gritos de las monjas alertaron a Taunus y a su compañero; Taunus escuchó lo sucedido, se acercó al muchacho de la botella y le dio un par de bofetadas. El muchacho gritó y protestó, lloriqueando, mientras el otro rezongaba sin atreverse a intervenir. El ingeniero le quitó la botella y se la alcanzó a Taunus. Empezaban a sonar bocinas y cada cual regresó a su auto, por lo demás inútilmente puesto que la columna avanzó apenas cinco metros.

A la hora de la siesta, bajo un sol todavía más duro que la víspera, una de las monjas se quitó la toca y su compañera le mojó las sienes con agua de colonia. Las mujeres improvisaban de a poco sus actividades samaritanas, yendo de un auto a otro, ocupándose de los niños para que los hombres estuvieran más libres: nadie se quejaba pero el buen humor era forzado, se basaba siempre en los mismos juegos de palabras, en un escepticismo de buen tono. Para el ingeniero y la muchacha del Dauphine, sentirse sudorosos y sucios era la vejación más grande; lo enternecía casi la rotunda indiferencia del matrimonio de campesinos al olor que les brotaba de las axilas cada vez que venían a charlar con ellos o a repetir alguna noticia de último momento. Hacia el atardecer el ingeniero miró casualmente por el retrovisor y encontró como siempre la cara pálida y de rasgos tensos del hombre del Caravelle, que al igual que el gordo piloto del Floride se había mantenido ajeno a todas las actividades. Le pareció que sus facciones se habían afilado todavía más, y se preguntó si no estaría enfermo. Pero después, cuando al ir a charlar con el soldado y su mujer tuvo ocasión de mirarlo desde más cerca, se dijo que ese hombre no estaba enfermo; era otra cosa, una separación, por darle algún nombre. El soldado del Volkswagen le contó más tarde que a su mujer le daba miedo ese hombre silencioso que no se apartaba jamás del volante y que parecía dormir despierto. Nacían hipótesis, se creaba un folklore para luchar contra la inacción. Los niños del Taunus y el 203 se habían hecho amigos y se habían peleado y luego se habían reconciliado; sus padres se visitaban, y la muchacha del Dauphine iba cada tanto a ver cómo se sentían la anciana del ID y la señora del Beaulieu. Cuando al atardecer soplaron bruscamente una ráfagas tormentosas y el sol se perdió entre las nubes que se alzaban al oeste, la gente se alegró pensando que iba a refrescar. Cayeron algunas gotas, coincidiendo con un avance extraordinario de casi cien metros; a lo lejos brilló un relámpago y el calor subió todavía más. Había tanta electricidad en la atmósfera que Taunus, con un instinto que el ingeniero admiró sin comentarios, dejó al grupo en paz hasta la noche, como si temiera los efectos del cansancio y el calor. A las ocho las mujeres se encargaron de distribuir las provisiones; se había decidido que el Ariane de los campesinos sería el almacén general, y que el 2HP de las monjas serviría de depósito suplementario. Taunus había ido en persona a hablar con los jefes de los cuatro o cinco grupos vecinos; después, con ayuda del soldado y el hombre del 203, llevó una cantidad de alimentos a los grupos, regresando con más agua y un poco de vino. Se decidió que los muchachos del Simca cederían sus colchones neumáticos a la anciana del ID y a la señora del Beaulieu; la muchacha del Dauphine les llevó dos mantas escocesas y el ingeniero ofreció su coche, que llamaba burlonamente el wagon-lit, a quienes lo necesitaran. Para su sorpresa, la muchacha del Dauphine aceptó el ofrecimiento y esa noche compartió las cuchetas del 404 con una de las monjas; la otra fue a dormir al 203 junto a la niña y su madre, mientras el marido pasaba la noche sobre el macadam, envuelto en una frazada. El ingeniero no tenía sueño y jugó a los dados con Taunus y su amigo; en algún momento se les agregó el campesino del Ariane y hablaron de política bebiendo unos tragos del aguardiente que el campesino había entregado a Taunus esa mañana. La noche no fue mala; había refrescado y brillaban algunas estrellas entre las nubes.

Hacia el amanecer los ganó el sueño, esa necesidad de estar a cubierto que nacía con la grisalla del alba. Mientras Taunus dormía junto al niño en el asiento trasero, su amigo y el ingeniero descansaron un rato en la delantera. Entre dos imágenes de sueño, el ingeniero creyó oír gritos a la distancia y vio un resplandor indistinto; el jefe de otro grupo vino a decirles que treinta autos más adelante había habido un principio de incendio en un Estafette, provocado por alguien que había querido hervir clandestinamente unas legumbres. Taunus bromeó sobre lo sucedido mientras iba de auto en auto para ver cómo habían pasado todos la noche, pero a nadie se le escapó lo que quería decir. Esa mañana la columna empezó a moverse muy temprano y hubo que correr y agitarse para recuperar los colchones y las mantas, pero como en todas partes debía estar sucediendo lo mismo nadie se impacientaba ni hacía sonar las bocinas. A mediodía habían avanzado más de cincuenta metros, y empezaba a divisarse la sombra de un bosque a la derecha de la ruta. Se envidiaba la suerte de los que en ese momento podían ir hasta la banquina y aprovechar la frescura de la sombra; quizá había un arroyo, o un grifo de agua potable. La muchacha del Dauphine cerró los ojos y pensó en una ducha cayéndole por el cuello y la espalda, corriéndole por las piernas; el ingeniero, que la miraba de reojo, vio dos lágrimas que le resbalaban por las mejillas.

Taunus, que acababa de adelantarse hasta el ID, vino a buscar a las mujeres más jóvenes para que atendieran a la anciana que no se sentía bien. El jefe del tercer grupo a retaguardia contaba con un médico entre sus hombres, y el soldado corrió a buscarlo. Al ingeniero, que había seguido con irónica benevolencia los esfuerzos de los muchachitos del Simca para hacerse perdonar su travesura, entendió que era el momento de darles su oportunidad. Con los elementos de una tienda de campaña los muchachos cubrieron la ventanilla del 404, y el wagon-lit se transformó en ambulancia para que la anciana descansara en una oscuridad relativa. Su marido se tendió a su lado, teniéndole la mano, y los dejaron solos con el médico. Después las monjas se ocuparon de la anciana, que se sentía mejor, y el ingeniero pasó la tarde como pudo, visitando otros autos y descansando en el de Taunus cuando el sol castigaba demasiado; sólo tres veces le tocó correr hasta su auto, donde los viejitos parecían dormir, para hacerlo avanzar junto con la columna hasta el alto siguiente. Los ganó la noche sin que hubiesen llegado a la altura del bosque.

Hacia las dos de la madrugada bajó la temperatura, y los que tenían mantas se alegraron de poder envolverse en ellas. Como la columna no se movería hasta el alba (era algo que se sentía en el aire, que venía desde el horizonte de autos inmóviles en la noche) el ingeniero y Taunus se sentaron a fumar y a charlar con el campesino del Ariane y el soldado. Los cálculos de Taunus no correspondían ya a la realidad, y lo dijo francamente; por la mañana habría que hacer algo para conseguir más provisiones y bebidas. El soldado fue a buscar a los jefes de los grupos vecinos, que tampoco dormían, y se discutió el problema en voz baja para no despertar a las mujeres. Los jefes habían hablado con los responsables de los grupos más alejados, en un radio de ochenta o cien automóviles, y tenían la seguridad de que la situación era análoga en todas partes. El campesino conocía bien la región y propuso que dos o tres hombres de cada grupo saliera al alba para comprar provisiones en las granjas cercanas, mientras Taunus se ocupaba de designar pilotos para los autos que quedaran sin dueño durante la expedición. La idea era buena y no resultó difícil reunir dinero entre los asistentes; se decidió que el campesino, el soldado y el amigo de Taunus irían juntos y llevarían todas las bolsas, redes y cantimploras disponibles. Los jefes de los otros grupos volvieron a sus unidades para organizar expediciones similares, y al amanecer se explicó la situación a las mujeres y se hizo lo necesario para que la columna pudiera seguir avanzando. La muchacha del Dauphine le dijo al ingeniero que la anciana ya estaba mejor y que insistía en volver a su ID; a las ocho llegó el médico, que no vio inconvenientes en que el matrimonio regresara a su auto. De todos modos, Taunus decidió que el 404 quedaría habilitado permanentemente como ambulancia; los muchachos, para divertirse, fabricaron un banderín con una cruz roja y lo fijaron en la antena del auto. Hacía ya rato que la gente prefería salir lo menos posible de sus coches; la temperatura seguía bajando y a mediodía empezaron los chaparrones y se vieron relámpagos a la distancia. La mujer del campesino se apresuró a recoger agua con un embudo y una jarra de plástico, para especial regocijo de los muchachos del Simca. Mirando todo eso, inclinado sobre el volante donde había un libro abierto que no le interesaba demasiado, el ingeniero se preguntó por qué los expedicionarios tardaban tanto en regresar; más tarde Taunus lo llamó discretamente a su auto y cuando estuvieron dentro le dijo que habían fracasado. El amigo de Taunus dio detalles: las granjas estaban abandonadas o la gente se negaba a venderles nada, aduciendo las reglamentaciones sobre ventas a particulares y sospechando que podían ser inspectores que se valían de las circunstancias para ponerlos a prueba. A pesar de todo habían podido traer una pequeña cantidad de agua y algunas provisiones, quizá robadas por el soldado que sonreía sin entrar en detalles. Desde luego ya no se podía pasar mucho tiempo sin que cesara el embotellamiento, pero los alimentos de que se disponía no eran los más adecuados para los dos niños y la anciana. El médico, que vino hacia las cuatro y media para ver a la enferma, hizo un gesto de exasperación y cansancio y dijo a Taunus que en su grupo y en todos los grupos vecinos pasaba lo mismo. Por la radio se había hablado de una operación de emergencia para despejar la autopista, pero aparte de un helicóptero que apareció brevemente al anochecer no se vieron otros aprestos. De todas maneras hacía cada vez menos calor, y la gente parecía esperar la llegada de la noche para taparse con las mantas y abolir en el sueño algunas horas más de espera. Desde su auto el ingeniero escuchaba la charla de la muchacha del Dauphine con el viajante del DKW, que le contaba cuentos y la hacía reír sin ganas. Lo sorprendió ver a la señora del Beaulieu que casi nunca abandonaba su auto, y bajó para saber si necesitaba alguna cosa, pero la señora buscaba solamente las últimas noticias y se puso a hablar con las monjas. Un hastío sin nombre pesaba sobre ellos al anochecer; se esperaba más del sueño que de las noticias siempre contradictorias o desmentidas. El amigo de Taunus llegó discretamente a buscar al ingeniero, al soldado y al hombre del 203. Taunus les anunció que el tripulante del Floride acababa de desertar; uno de los muchachos del Simca había visto el coche vacío, y después de un rato se había puesto a buscar a su dueño para matar el tedio. Nadie conocía mucho al hombre gordo del Floride, que tanto había protestado el primer día aunque después acabara de quedarse tan callado como el piloto del Caravelle.. Cuando a las cinco de la mañana no quedó la menor duda de que Floride, como se divertían en llamarlo los chicos del Simca, había desertado llevándose un valija de mano y abandonando otra llena de camisas y ropa interior, Taunus decidió que uno de los muchachos se haría cargo del auto abandonado para no inmovilizar la columna. A todos los había fastidiado vagamente esa deserción en la oscuridad, y se preguntaban hasta dónde habría podido llegar Floride en su fuga a través de los campos. Por lo demás parecía ser la noche de las grandes decisiones: tendido en su cucheta del 404, al ingeniero le pareció oír un quejido, pero pensó que el soldado y su mujer serían responsables de algo que, después de todo, resultaba comprensible en plena noche y en esas circunstancias. Después lo pensó mejor y levantó la lona que cubría la ventanilla trasera; a la luz de unas pocas estrellas vio a un metro y medio el eterno parabrisas del Caravelle y detrás, como pegada al vidrio y un poco ladeada, la cara convulsa del hombre. Sin hacer ruido salió por el lado izquierdo para no despertar a la monjas, y se acercó al Caravelle. Después buscó a Taunus, y el soldado corrió a prevenir al médico. Desde luego el hombre se había suicidado tomando algún veneno; las líneas a lápiz en la agenda bastaban, y la carta dirigida a una tal Ivette, alguien que lo había abandonado en Vierzon. Por suerte la costumbre de dormir en los autos estaba bien establecida (las noches eran ya tan frías que a nadie se le hubiera ocurrido quedarse fuera) y a pocos les preocupaba que otros anduvieran entre los coches y se deslizaran hacia los bordes de la autopista para aliviarse. Taunus llamó a un consejo de guerra, y el médico estuvo de acuerdo con su propuesta. Dejar el cadáver al borde de la autopista significaba someter a los que venían más atrás a una sorpresa por lo menos penosa: llevarlo más lejos, en pleno campo, podía provocar la violenta repulsa de los lugareños, que la noche anterior habían amenazado y golpeado a un muchacho de otro grupo que buscaba de comer. El campesino del Ariane y el viajante del DKW tenían lo necesario para cerrar herméticamente el portaequipaje del Caravelle. Cuando empezaban su trabajo se les agregó la muchacha del Dauphine, que se colgó temblando del brazo del ingeniero. Él le explicó en voz baja lo que acababa de ocurrir y la devolvió a su auto, ya más tranquila. Taunus y sus hombres habían metido el cuerpo en el portaequipajes, y el viajante trabajó con scotch tape y tubos de cola líquida a la luz de la linterna del soldado. Como la mujer del 203 sabía conducir, Taunus resolvió que su marido se haría cargo del Caravelle que quedaba a la derecha del 203; así, por la mañana, la niña del 203 descubrió que su papá tenía otro auto, y jugó horas y horas a pasar de uno a otro y a instalar parte de sus juguetes en el Caravelle.

Por primera vez el frío se hacía sentir en pleno día, y nadie pensaba en quitarse las chaquetas. La muchacha del Dauphine y las monjas hicieron el inventario de los abrigos disponibles en el grupo. Había unos pocos pulóveres que aparecían por casualidad en los autos o en alguna valija, mantas, alguna gabardina o abrigo ligero. Otra vez volvía a faltar el agua, y Taunus envió a tres de sus hombres, entre ellos el ingeniero, para que trataran de establecer contacto con los lugareños. Sin que pudiera saberse por qué, la resistencia exterior era total; bastaba salir del límite de la autopista para que desde cualquier sitio llovieran piedras. En plena noche alguien tiró una guadaña que golpeó el techo del DKW y cayó al lado del Dauphine. El viajante se puso muy pálido y no se movió de su auto, pero el americano del De Soto (que no formaba parte del grupo de Taunus pero que todos apreciaban por su buen humor y sus risotadas) vino a la carrera y después de revolear la guadaña la devolvió campo afuera con todas sus fuerzas, maldiciendo a gritos. Sin embargo, Taunus no creía que conviniera ahondar la hostilidad; quizás fuese todavía posible hacer una salida en busca de agua.

Ya nadie llevaba la cuenta de lo que se había avanzado ese día o esos días; la muchacha del Dauphine creía que entre ochenta y doscientos metros; el ingeniero era menos optimista pero se divertía en prolongar y complicar los cálculos con su vecina, interesado de a ratos en quitarle la compañía del viajante del DKW que le hacía la corte a su manera profesional. Esa misma tarde el muchacho encargado del Floride corrió a avisar a Taunus que un Ford Mercury ofrecía agua a buen precio. Taunus se negó, pero al anochecer una de las monjas le pidió al ingeniero un sorbo de agua para la anciana del ID que sufría sin quejarse, siempre tomada de la mano de su marido y atendida alternativamente por las monjas y la muchacha del Dauphine. Quedaba medio litro de agua, y las mujeres lo destinaron a la anciana y a la señora del Beaulieu. Esa misma noche Taunus pagó de su bolsillo dos litros de agua; el Ford Mercury prometió conseguir más para el día siguiente, al doble del precio. Era difícil reunirse para discutir, porque hacía tanto frío que nadie abandonaba los autos como no fuera por un motivo imperioso. Las baterías empezaban a descargarse y no se podía hacer funcionar todo el tiempo la calefacción; Taunus decidió que los dos coches mejor equipados se reservarían llegado el caso para los enfermos. Envueltos en mantas (los muchachos del Simca habían arrancado el tapizado de su auto para fabricarse chalecos y gorros, y otros empezaron a imitarlos), cada uno trataba de abrir lo menos posible las portezuelas para conservar el calor. En alguna de esas noches heladas el ingeniero oyó llorar ahogadamente a la muchacha del Dauphine. Sin hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y tanteó en la sombra hasta rozar una mejilla mojada. Casi sin resonancia la chica se dejó atraer al 404; el ingeniero la ayudó a tenderse en la cucheta, la abrigó con la única manta y le echó encima su gabardina. La oscuridad era más densa en el coche ambulancia, con sus ventanillas tapadas por las lomas de la rienda. En algún momento el ingeniero bajó los dos parasoles y colgó de ellos su camisa y un pulóver para aislar completamente el auto. Hacia el amanecer ella le dijo al oído que antes de empezar a llorar había creído ver a lo lejos, sobre la derecha, las luces de una ciudad.

Quizá fuera una ciudad pero las nieblas de la mañana no dejaban ver ni a veinte metros. Curiosamente ese día la columna avanzó bastante más, quizás doscientos o trescientos metros. Coincidió con nuevos anuncios de la radio (que casi nadie escuchaba, salvo Taunus que se sentía obligado a mantenerse al corriente); los locutores hablaban enfáticamente de medidas de excepción que liberarían la autopista, y se hacían referencias al agotador trabajo de las cuadrillas camineras y de las fuerzas policiales. Bruscamente, una de las monjas deliró. Mientras su compañera la contemplaba aterrada y la muchacha del Dauphine le humedecía las sienes con un resto de perfume, la monja hablo de Armagedón, del noveno día, de la cadena de cinabrio. El médico vino mucho después, abriéndose paso entre la nieve que caía desde el mediodía y amurallaba poco a poco los autos. Deploró la carencia de una inyección calmante y aconsejó que llevaran a la monja a un auto con buena calefacción. Taunus la instaló en su coche, y el niño pasó al Caravelle donde también estaba su amiguita del 203; jugaban con sus autos y se divertían mucho porque eran los únicos que no pasaban hambre. Todo ese día y los siguientes nevó casi de continuo, y cuando la columna avanzaba unos metros había que despejar con medios improvisados las masas de nieve amontonadas entre los autos.

A nadie se le hubiera ocurrido asombrarse por la forma en que se obtenían las provisiones y el agua. Lo único que podía hacer Taunus era administrar los fondos comunes y tratar de sacar el mejor partido posible de algunos trueques. El Ford Mercury y un Porsche venían cada noche a traficar con las vituallas; Taunus y el ingeniero se encargaban de distribuirlas de acuerdo con el estado físico de cada uno. Increíblemente la anciana del ID sobrevivía, perdida en un sopor que las mujeres se cuidaban de disipar. La señora del Beaulieu que unos días antes había sufrido de náuseas y vahídos, se había repuesto con el frío y era de las que más ayudaba a la monja a cuidar a su compañera, siempre débil y un poco extraviada. La mujer del soldado y del 203 se encargaban de los dos niños; el viajante del DKW, quizá para consolarse de que la ocupante del Dauphine hubiera preferido al ingeniero, pasaba horas contándoles cuentos a los niños. En la noche los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás, los ojos tan ciegos como la sombra misma. Bajo mantas sucias, con manos de uñas crecidas, oliendo a encierro y a ropa sin cambiar, algo de felicidad duraba aquí y allá. La muchacha del Dauphine no se había equivocado: a lo lejos brillaba una ciudad, y poco y a poco se irían acercando. Por las tardes el chico del Simca se trepaba al techo de su coche, vigía incorregible envuelto en pedazos de tapizado y estopa verde. Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba por milésima vez los autos que lo rodeaban; con alguna envidia descubría a Dauphine en el auto del 404, una mano acariciando un cuello, el final de un beso. Por pura broma, ahora que había reconquistado la amistad del 404, les gritaba que la columna iba a moverse; entonces Dauphine tenía que abandonar al 404 y entrar en su auto, pero al rato volvía a pasarse en buscar de calor, y al muchacho del Simca le hubiera gustado tanto poder traer a su coche a alguna chica de otro grupo, pero no era ni para pensarlo con ese frío y esa hambre, sin contar que el grupo de más adelante estaba en franco tren de hostilidad con el de Taunus por una historia de un tubo de leche condensada, y salvo las transacciones oficiales con Ford Mercury y con Porsche no había relación posible con los otros grupos. Entonces el muchacho del Simca suspiraba descontento y volvía a hacer de vigía hasta que la nieve y el frío lo obligaban a meterse tiritando en su auto.

Pero el frío empezó a ceder, y después de un período de lluvias y vientos que enervaron los ánimos y aumentaron las dificultades de aprovisionamiento, siguieron días frescos y soleados en que ya era posible salir de los autos, visitarse, reanudar relaciones con los grupos de vecinos. Los jefes habían discutido la situación, y finalmente se logró hacer la paz con el grupo de más adelante. De la brusca desaparición del Ford Mercury se habló mucho tiempo sin que nadie supiera lo que había podido ocurrirle, pero Porsche siguió viniendo y controlando el mercado negro. Nunca faltaban del todo el agua o las conservas, aunque los fondos del grupo disminuían y Taunus y el ingeniero se preguntaban qué ocurriría el día en que no hubiera más dinero para Porsche. Se habló de un golpe de mano, de hacerlo prisionero y exigirle que revelara la fuente de los suministros, pero en esos días la columna había avanzado un buen trecho y los jefes prefirieron seguir esperando y evitar el riesgo de echarlo todo a perder por una decisión violenta. Al ingeniero, que había acabado por ceder a una indiferencia casi agradable, lo sobresaltó por un momento el tímido anuncio de la muchacha del Dauphine, pero después comprendió que no se podía hacer nada para evitarlo y la idea de tener un hijo de ella acabó por parecerle tan natural como el reparto nocturno de las provisiones o los viajes furtivos hasta el borde de la autopista. Tampoco la muerte de la anciana del ID podía sorprender a nadie. Hubo que trabajar otra vez en plena noche, acompañar y consolar al marido que no se resignaba a entender. Entre dos de los grupos de vanguardia estalló una pelea y Taunus tuvo que oficiar de árbitro y resolver precariamente la diferencia. Todo sucedía en cualquier momento, sin horarios previsibles; lo más importante empezó cuando ya nadie lo esperaba, y al menos responsable le tocó darse cuenta el primero. Trepado en el techo del Simca, el alegre vigía tuvo la impresión de que el horizonte había cambiado (era el atardecer, un sol amarillento deslizaba su luz rasante y mezquina) y que algo inconcebible estaba ocurriendo a quinientos metros, a trescientos, a doscientos cincuenta. Se lo gritó al 404 y el 404 le dijo algo Dauphine que se pasó rápidamente a su auto cuando ya Taunus, el soldado y el campesino venían corriendo y desde el techo del Simca el muchacho señalaba hacia adelante y repetía interminablemente el anuncio como si quisiera convencerse de que lo que estaba viendo era verdad; entonces oyeron la conmoción, algo como un pesado pero incontenible movimiento migratorio que despertaba de un interminable sopor y ensayaba sus fuerzas. Taunus les ordenó a gritos que volvieran a sus coches; el Beaulieu, el ID, el Fiat 600 y el De Soto arrancaron con un mismo impulso. Ahora el 2HP, el Taunus, el Simca y el Ariane empezaban a moverse, y el muchacho del Simca, orgulloso de algo que era como su triunfo, se volvía hacia el 404 y agitaba el brazo mientras el 404, el Dauphine, el 2HP de las monjas y el DKW se ponían a su vez en marcha. Pero todo estaba en saber cuánto iba a durar eso; el 404 se lo preguntó casi por rutina mientras se mantenía a la par de Dauphine y le sonreía para darle ánimo. Detrás, el Volkswagen, el Caravelle, el 203 y el Floride arrancaban, a su vez lentamente, un trecho en primera velocidad, después la segunda, interminablemente la segunda pero ya sin desembragar como tantas veces, con el pie firme en el acelerador, esperando poder pasar a tercera. Estirando el brazo izquierdo el 404 buscó la mano de Dauphine, rozó apenas la punta de sus dedos, vio en su cara una sonrisa de incrédula esperanza y pensó que iban a llegar a París y que se bañarían, que irían juntos a cualquier lado, a su casa o a la de ella a bañarse, a comer, a bañarse interminablemente y a comer y beber, y que después habría muebles, habría un dormitorio con muebles y un cuarto de baño con espuma de jabón para afeitarse de verdad, y retretes, comida y retretes y sábanas, París era un retrete y dos sábanas y el agua caliente por el pecho y las piernas, y una tijera de uñas, y vino blanco, beberían vino blanco antes de besarse y sentirse oler a lavanda y a colonia, antes de conocerse de verdad a plena luz, entre sábanas limpias, y volver a bañarse por juego, amarse y bañarse y beber y entrar en la peluquería, entrar en el baño, acariciar las sábanas y acariciarse entre las sábanas y amarse entre la espuma y la lavanda y los cepillos antes de empezar a pensar en lo que iban a hacer, en el hijo y los problemas y el futuro, y todo eso siempre que no se detuvieran, que la columna continuara aunque todavía no se pudiese subir a la tercera velocidad, seguir así en segunda, pero seguir. Con los paragolpes rozando el Simca, el 404 se echó atrás en el asiento, sintió aumentar la velocidad, sintió que podía acelerar sin peligro de irse contra el Simca, y que el Simca aceleraba sin peligro de chocar contra el Beaulieu, y que detrás venía el Caravelle y que todos aceleraban más y más, y que ya se podía pasar a tercera sin que el motor penara, y la palanca calzó increíblemente en la tercera y la marcha se hizo suave y se aceleró todavía más, y el 404 miró enternecido y deslumbrado a su izquierda buscando los ojos de Dauphine. Era natural que con tanta aceleración las filas ya no se mantuvieran paralelas. Dauphine se había adelantado casi un metro y el 404 le veía la nuca y apenas el perfil, justamente cuando ella se volvía para mirarlo y hacía un gesto de sorpresa al ver que el 404 se retrasaba todavía más. Tranquilizándola con una sonrisa el 404 aceleró bruscamente, pero casi en seguida tuvo que frenar porque estaba a punto de rozar el Simca; le tocó secamente la bocina y el muchacho del Simca lo miró por el retrovisor y le hizo un gesto de impotencia, mostrándole con la mano izquierda el Beaulieu pegado a su auto. El Dauphine iba tres metros más adelante, a la altura del Simca, y la niña del 203, al nivel del 404, agitaba los brazos y le mostraba su muñeca. Una mancha roja a la derecha desconcertó al 404; en vez del 2HP de las monjas o del Volkswagen del soldado vio un Crevrolet desconocido, y casi en seguida el Chevrolet se adelantó seguido por un Lancia y por un Renault 8. A su izquierda se le apareaba un ID que empezaba a sacarle ventaja metro a metro, pero antes de que fuera sustituido por un 403, el 404 alcanzó a distinguir todavía en la delantera el 203 que ocultaba ya a Dauphine. El grupo se dislocaba, ya no existía. Taunus debía de estar a más de veinte metros adelante, seguido de Dauphine; al mismo tiempo la tercera fila de la izquierda se atrasaba porque en vez del DKW del viajante, el 404 alcanzaba a ver la parte trasera de un viejo furgón negro, quizá un Citroën o un Peugeot. Los autos corrían en tercera, adelantándose o perdiendo terreno según el ritmo de su fila, y a los lados de la autopista se veían huir los árboles, algunas casas entre las masas de niebla y el anochecer. Después fueron las luces rojas que todos encendían siguiendo el ejemplo de los que iban adelante, la noche que se cerraba bruscamente. De cuando en cuando sonaban bocinas, las agujas de los velocímetros subían cada vez más, algunas filas corrían a setenta kilómetros, otras a sesenta y cinco, algunas a sesenta. El 404 había esperado todavía que el avance y el retroceso de las filas le permitiera alcanzar otra vez a Dauphine, pero cada minuto lo iba convenciendo de que era inútil, que el grupo se había disuelto irrevocablemente, que ya no volverían a repetirse los encuentros rutinarios, los mínimos rituales, los consejos de guerra en el auto de Taunus, las caricias de Dauphine en la paz de la madrugada, las risas de los niños jugando con sus autos, la imagen de la monja pasando las cuentas del rosario. Cuando se encendieron las luces de los frenos del Simca, el 404 redujo la marcha con un absurdo sentimiento de esperanza, y apenas puesto el freno de mano saltó del auto y corrió hacia adelante. Fuera del Simca y el Beaulieu (más atrás estaría el Caravelle, pero poco le importaba) no reconoció ningún auto; a través de cristales diferentes lo miraban con sorpresa y quizá escándalo otros rostros que no había visto nunca. Sonaban las bocinas, y el 404 tuvo que volver a su auto; el chico del Simca le hizo un gesto amistoso, como si comprendiera, y señaló alentadoramente en dirección de París. La columna volvía a ponerse en marcha, lentamente durante unos minutos y luego como si la autopista estuviera definitivamente libre. A la izquierda del 404 corría un Taunus, y por un segundo al 404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo entraba en el orden, que se podría seguir adelante sin destruir nada. Pero era un Taunus verde, y en el volante había una mujer con anteojos ahumados que miraba fijamente hacia adelante. No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar. En el Volkswagen del soldado debía de estar su chaqueta de cuero. Taunus tenía la novela que él había leído en los primeros días. Un frasco de lavanda casi vacío en el 2HP de las monjas. Y él tenía ahí, tocándolo a veces con la mano derecha, el osito de felpa que Dauphine le había regalado como mascota. Absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se distribuirían los alimentos, habría que visitar a los enfermos, examinar la situación con Taunus y el campesino del Ariane; después sería la noche, sería Dauphine subiendo sigilosamente a su auto, las estrellas o las nubes, la vida. Sí, tenía que ser así, no era posible que eso hubiera terminado para siempre. Tal vez el soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en las últimas horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le pagara el precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Bestiario, de Julio Cortázar (Alfaguara, 2017).

 

18. La Lección china, de A. M. Homes [María Bastarós]

Hasta que el cuento aguante

Hay algo que me interpela de una forma muy particular en este relato, una especie de malestar indefinido, una sensación de extrañeza imbricada en lo familiar. Creo que aquí Homes nos habla de la resignación al desconocimiento real del otro —algo bastante descorazonador— pero también del deseo de vínculo que sobrevive a esa resignación.

 

Recomendación de María Bastarós, historiadora del arte y gestora cultural. Es editora de los fanzines Brochetas de cosas emocionantes y Napalm Springs (Ediciones Motocobra),  coautora de Inclusive Love (Thyssen Bornemisza) y del libro Herstory (Lumen, 2018), y autora de Historia de España contada a las niñas (Fulgencio Pimentel, 2018). Sus artículos y textos han sido publicados en medios como Diagonal, Píkara Magazine o Verne.

 

“La lección china”, de A. M. Homes

Voy andando, llevo una pequeña pantalla y miro el punto verde que se mueve como el rastro luminoso de un avión, como una fluctuación en el radar de un barco. Busco. Estoy buscando submarinos. Soy un controlador aéreo que intenta mantener todo a la distancia adecuada. Me he perdido.

Un hombre sale de la oscuridad a la acera.

—¿Se ha estrellado un avión? —me pregunta.

Es casi de noche; el cielo está aún azul en lo más alto, pero por aquí ya ha oscurecido.

—Estaba paseando al perro —dice.

Asiento. No se ve al perro por ninguna parte.

—No es de por aquí, ¿verdad?

—No de nacimiento —le respondo—. Pero ahora vivimos en Maple.

—Me llamo Tierney —dice el hombre—. John Tierney.

—Harris —digo yo—. Geordie Harris.

—Bienvenido al barrio. Bienvenido a la ciudad.

Señala mi pantalla; el punto verde parece haber dejado de moverse.

—Deseaba con todas mis fuerzas que fuera un juguete, un mando a distancia —comenta el hombre—. Quería divertirme un poco. ¿No controla con eso un coche o un barco en miniatura por los alrededores?

—Es un chip —digo interrumpiéndole—. Una pantalla de posicionamiento global. Estoy buscando a mi suegra.

De unas matas de alheña cercanas nos llega un sonido como si escarbaran, y un inequívoco olor a mierda de perro se eleva como el humo.

—Buen chico —dice Tierney—. No le gusta hacer sus necesidades en público. Y no lo culpo: si me hicieran cagar al aire libre, yo también me escondería en los matorrales.

Tierney me suena a tiranía. A tirano, a bromista que se burla de mi sistema de rastreo, de mi suegra perdida.

—No es un juego —le digo al tiempo que advierto que el punto verde se mueve.

Un labrador dorado sale de los matorrales y Tierney le engancha la correa al collar.

—Vamos, chico —dice Tierney, y le da una palmada a un lado de la pata—. Buena suerte —añade mientras se aleja por la calle tirando del perro.

El teléfono móvil que llevo en el cinturón suena.

—¿Quién era ese tipo? —pregunta Susan—. ¿Lo conoces?

—Un desconocido, un completo desconocido que quería jugar con alguien.

Miro la pantalla. No parece que se esté moviendo ahora.

—¿Has sacado la antena? —pregunta Susan.

Hay una pausa. La oigo hablar con Kate.

—Mira a papi. Mira a papi al otro lado de la calle, saluda a papi. Kate te está saludando —me dice.

Miro el Volvo negro detenido junto al bordillo al otro lado de la calle. Le devuelvo el saludo con la mano libre.

—Es papi —dice Susan, y le pasa el teléfono a Kate.

—¿Qué haces, papi? —pregunta Kate. Su tono, su fastidio, es extrañamente acusatorio para una niña de tres años.

—Estoy buscando a la abuela.

—Yo también —dice Kate con una risilla.

—Pásale el teléfono a mami.

—Creo que no —dice Kate.

—Adiós, Kate.

—¿Qué hay de nuevo? —dice Kate. Es su última muletilla.

—Adiós —digo, y cuelgo.

Salgo de la acera y me meto entre las casas, por el corredor de césped que separa el jardín de un hombre del de otro. Como un fisgón, como un ladrón o un intruso, saco la linterna de la chaqueta y la enciendo. El angosto rayo de la Ever-Ready coge por sorpresa terrazas, macetas y mesas de jardín. No quiero gritar su nombre para no llamar la atención. Delante de mí hay una pista de baloncesto, un tobogán, un cajón de arena, y allí está ella, navegando a través de mi rayo de luz como una aparición, con el pelo negro al aire y agarrándose de las cuerdas trenzadas del columpio igual que si fueran riendas. La sorprendo a mitad de vuelo. Sus piernas se mueven dentro y fuera del rayo. Mantengo la luz sobre ella: tan pronto aparece como desaparece.

—Estoy volando —dice mientras navega por la noche.

Me acerco hasta que tiene que dejar de columpiarse.

—¿Ha tenido un vuelo agradable, señora Ha?

—Ha estado bien.

—¿Le pasaron una película?

Baja del columpio y me mira como si estuviera loco. Se fija en el aparato de rastreo.

—No es un juego —dice la señora Ha, y me coge del brazo.

La llevo de vuelta por el bosque.

—¿Qué hay de cena, Georgie? —pregunta, y oigo el eco invisible de la voz de Susan corrigiéndola: no es Georgie, es Geordie.

—¿Qué le apetece, señora Ha?

A lo lejos, un tipo gordo aprieta el rostro contra una puerta corredera de cristal; su aliento lo empaña mientras nos mira.

Susan está ante el ordenador, dibujando. Está haciendo un mapa, una cuadrícula del barrio. Prepara algo que podamos utilizar en el futuro: coordenadas.

Es arquitecta; para ella todo son líneas, todo es orden. Nuestra casa está en las coordenadas G4. Bañadas por la luz azulada de la pantalla sus facciones lisas, por un curioso fenómeno, parecen todavía menos prominentes. Un misterioso resplandor azul la envuelve.

—Llamé a Ken —le digo.

Ken fue quien hizo que le instalaran el chip a la señora Ha. Es el hermano de Susan. Aprovechando que sedaron a su madre para hacerle una colonoscopia, Ken dispuso que le implantaran el chip en la parte inferior del cuello, justo encima de los omóplatos. Un técnico de la empresa fabricante de los chips estuvo presente mientras el cirujano plástico se lo insertaba debajo de la piel. Lo probaron antes de dejarla volver a su casa paseando la camilla por todo el hospital mientras Ken detectaba sus desplazamientos en una pequeña pantalla desde la sala de espera.

—¿Por qué?

—Por lo de la memoria. Quizá debamos aumentarle la dosis de medicamento.

Ken es psicofarmacólogo, especialista en la contención de sentimientos. Antes era drogata y ahora es psiquiatra. No tiene afectos, no tiene emociones.

—¿Y? —pregunta Susan.

—Me preguntó si parecía inquieta.

—Parece perfectamente feliz —dice Susan.

—Lo sé —le contesto. Pero me callo algo que le dije a Ken: que es ella la que parece inquieta.

—¿Sabe dónde está? —me había preguntado Ken.

Hubo una pausa, pues por un momento no supe si me preguntaba por Susan o por su madre.

—No siempre —le dije, refiriéndome a las dos.

—Bueno, ¿y qué dijo? —quiere saber Susan.

—Que podíamos probar a aumentarle la dosis: no hay peligro en intentarlo. Que no es raro que a las personas mayores les dé por vagar por ahí al atardecer y que no recuerden dónde están. Y que hay muchos fenómenos que nadie entiende del todo.

—Nunca habías llamado antes a mi hermano, ¿verdad? —me pregunta Susan.

—No, no.

La señora Ha sólo lleva tres semanas con nosotros. Antes vivía en su propio apartamento, en California, evaporándose lentamente. Una caída la llevó al hospital, lo que conllevó una llamada a Ken, una serie de pruebas, la implantación del chip y que luego su hijo nos la enviara en avión con un par de detectores en la maleta. Cuando llegó la llevé en el coche por el barrio, le enseñé dónde estaban las tiendas, la biblioteca, correos y la estación del tren. No le he dicho a Susan que ahora vivo con el miedo de que la señora Ha encuentre la estación por su cuenta, se monte en un tren y la búsqueda de su madre pase a ser de la incumbencia del FBI. Nosotros sólo llevamos aquí cinco meses, antes vivíamos en la 106 con Riverside, y todavía me ocurre la mayoría de las mañanas que, cuando me despierto, no tengo ni idea de dónde estoy.

—Ya no me gusta volver a casa —dice Susan, que se vuelve para mirarme mientras la luz del ordenador le proyecta el aura del iMac alrededor de la cabeza—. Me asusta. Nunca sé con qué voy a encontrarme. —Hace una pausa y añade—: No puedo seguir.

—Claro que puedes —le digo evocando un episodio de mi infancia en el que Shari Lewis le dijo a Lamb Chop: «Puedes hacer todo lo que te propongas.»

No hay nada que le guste menos a Susan que fracasar. Es capaz de cualquier cosa con tal de no fracasar; es capaz incluso de no hacer nada con tal de no fracasar.

Está leyendo. Pasa las páginas del libro ordenada, firmemente; casi chirrían cuando pasan.

—Escucha esto —dice, y lee en voz alta un pasaje de A sangre fría—. ¿No es maravilloso? ¡Kansas es tan americana!

Cuando le hablé de Susan a mi familia, me dijeron: «Pues no suena a china.»

—Una arquitecta que se llama Susan, ha ido a Yale y ha crecido en LaJolla no me parece china —me dijo mi madre.

—Pero lo es —le aseguré.

Y luego, cuando se lo conté a Susan, me dijo, enfadada:

—No soy china, soy americana.

Susan es mínima, llana, como Kansas. Parece que no existe físicamente, es como una tabla, plana, lisa. No tiene nada alrededor de lo que acurrucarse, ni donde agarrarse. Por su diseño, su cuerpo semeja un delgado anaquel que flotara en una pared, un leve resalto, lo bastante ancho para que se te ocurra la idea de poner algo en él, pero demasiado estrecho, en realidad, para sostenerlo.

Le paso el brazo por los hombros, y parece descansar sobre su cuerpo como un peso muerto. Sus exhalaciones agitan el vello de mi brazo como una brisa cálida.

—Me vas a aplastar —se queja, y aparta mi brazo de su cuerpo.

Vuelve la página, suena el chirrido.

—¿Crees que le quitarán el chip cuando se muera? —me pregunta Susan, que me engancha con una pierna y tira de mí.

—Supongo que lo desactivarán y que tendrás que devolverles el detector: es alquilado.

—¿Deberíamos ponerle uno a Kate?

—Veamos primero qué tal funciona con tu madre. Nadie sabe si tiene efectos secundarios, si se reciben misteriosas descargas electromagnéticas procedentes del espacio como consecuencia de ser rastreado, seguido, mientras andas por la tierra.

—¿Dónde la encontraste esta noche? —me pregunta cuando nos estamos durmiendo. Dormimos apretados como si fuéramos un tablero de contrachapado, igual que dos líneas rectas.

—En un columpio. ¿Cómo puedes enfadarte con una anciana que va a columpiarse?

—Porque es mi madre.

Por la mañana la señora Ha está en el jardín. Ha puesto en nuestro equipo portátil de música una cinta de Jimi Hendrix que trajo consigo: es un árbol, una roca, una nube. Cambia lentamente de postura, la mantiene unos instantes y luego se metamorfosea en la siguiente.

—Es taichi —me dice Susan.

—No sabía que la gente hiciera eso de verdad.

—Todo el mundo lo hace —dice Susan al tiempo que me fulmina con la mirada—. Incluso yo puedo hacerlo.

Adopta un par de posturas: en la primera es un buitre a punto de atacar —sus dedos se transforman de pronto en garrasy luego es un dragón que bufa.

Cuando nos conocimos había un hueco entre nosotros, un espacio neutral. Yo lo vi como un reconocimiento de lo infranqueable, no sólo porque éramos hombre y mujer, sino también porque proveníamos de mundos que nos eran desconocidos: no podíamos pretender entendernos el uno al otro.

Miro hacia la ventana. Kate está ahora de pie junto a la señora Ha imitando llaves de kung-fu. Golpea el aire, patea. No lleva nada debajo del vestido.

—Hay que ponerle bragas a Kate —le digo a Susan, que corre horrorizada escaleras abajo y se lleva a las dos hacia el patio trasero. Por un momento el equipo de música se queda solo sobre el césped, mientras Jimi Hendrix aúlla And the Wind Cries Mary a las 8.28 de la mañana.

Veo a Sherika, la niñera, que viene por la acera. Sherika coge el tren cada mañana en Queens.

—Yo no podría vivir aquí —nos dijo el día en que nos mudamos—. Yo tengo que estar en un sitio donde haya gente.

Sherika es una columna de ébano de casi uno ochenta de altura. Se mueve como una gacela, igual que si se deslizara hacia la casa. En Uganda, donde nació, su familia es de sangre real; puede que hasta sea una princesa.

Bajo las escaleras y le abro la puerta. Me he puesto la camisa y la corbata, pero aún llevo los pantalones del pijama.

—¿Cómo está usted esta mañana? —me pregunta en tono melódico y pronunciando cada palabra con tal claridad que sólo con oír su voz te sientes reconfortado.

—Bien, ¿y tú?

—Bien. Muy bien —dice—. ¿Dónde están mis damas?

—En el patio trasero, haciendo calentamientos.

Estoy todavía de pie en el vestíbulo.

—¿Qué significa el nombre de Sherika?

Pienso que tiene que ser algo tribal, místico. Me imagino un pájaro alto, de finos miembros y canto exótico.

—No tengo ni idea —me contesta—. Así me llama mi tía de Brooklyn. Mi verdadero nombre es Christine. —Sonríe—. Hoy voy a llevar a mis damas a la biblioteca y luego, a lo mejor, a comer.

Cojo mi cartera, que está sobre la mesa, y le doy cuarenta dólares.

—Llévalas a comer —le digo—. Buena idea.

—Gracias —dice, y se guarda el dinero en el bolsillo.

Susan y yo vamos andando hasta la estación del tren; le dejamos el coche a Sherika-Christine.

—El otoño ya está aquí, mañana hay que atrasar los relojes, podríamos limpiar las hojas este fin de semana —le digo mientras vamos por la acera.

Mi sueño es pasarme el sábado trabajando en el jardín, limpiándolo de hojas.

—Tenemos que darle un año.

—Y luego qué, ¿la metemos en un asilo?

—Me refiero a la casa: tenemos que darnos un año para acostumbrarnos a ella.

Hay una pausa; un cuervo gigante levanta el vuelo delante de nosotros.

—Necesitamos cortinas en el dormitorio, hay que enlechar las baldosas del baño de arriba, todo me está empezando a molestar.

—No todo puede ser perfecto.

—¿Por qué no?

Sentado junto a Susan en el tren, me siento como un extranjero, no sólo como una persona de otro país, sino de otro planeta, como una persona sin costumbres o formas de ser, como alguien que parece antipático, pero al que lo que le ocurre en realidad es que con frecuencia se le va el santo al cielo. Pienso en Susan, en lo que significa estar casado con alguien de quien no sé nada.

—Todo este ir y venir es extenuante —le digo.

—Son sólo dieciocho minutos más que desde la 106.

—Pues parece más lejos.

—Lo es —dice—, pero viajas más deprisa.

Pasa la página.

—¿Alguna vez te preguntas en qué pienso?

—Sé lo que piensas, manifiestas todos tus pensamientos.

—No todos.

—El noventa y nueve por ciento —dice.

—¿Te molesta eso?

—No —dice—. No todo es importante, no todo es cuestión de vida o muerte, por más que lo creas.

No sé qué contestarle.

Llegamos a la estación central. Susan se guarda el libro en el bolso y baja del tren.

—Llámame —le digo.

Cada mañana, cuando nos separamos, hay un momento en el que temo que no la volveré a ver. Desaparece entre la multitud y pienso que eso es todo, que se acabó, que no volverá a haber nada entre nosotros.

Veinte minutos después la llamo a su oficina.

—Sólo quería asegurarme de que has llegado bien.

—Aquí estoy —dice.

—Quiero algo —confieso.

—¿Qué quieres?

—No lo sé —digo—. Más, quiero algo más.

Pienso en un vínculo, quiero un vínculo.

—Quieres algo que no tengo —me contesta.

Estoy en mi escritorio, divagando, recordando el verano en que mis padres se divorciaron y cancelaron mi bar mitzvah1 debido a la falta de interés de todas las partes implicadas.

—No puedo ni imaginarme celebrarlo —me dijo mi madre—. No me veo haciendo nada con tu padre. ¿Y tú? Creo que sería muy incómodo.

Mi padre me dio cinco mil dólares para «compensarme» y me preguntó:

—¿Es suficiente?

Me pasé mi decimotercer cumpleaños con él en la habitación de un hotel de Nueva York, comiendo un pastel helado de treinta y un sabores con una mujer cuyo nombre mi padre no recordaba.

—Cuéntale a mi amiga cómo te va en el colegio, cuéntale qué haces para divertirte, cuéntale todo sobre ti —decía una y otra vez, y yo no quería más que gritarle: «¿Y cómo diablos se llama tu amiga?»

El fin de semana del Día de los Caídos1 mi madre se casó con su «amigo» Howard y se fue de segunda luna de miel durante ocho semanas, y a mí me mandaron a la nueva casa de mi padre, en Filadelfia.

Tenía una pequeña habitación para mí, hecha en lo que había sido un vestidor. Mi padre estaba estudiando cocina, aprendiendo las mil y una cosas que se pueden hacer con un wok. Todos los días venían mujeres diferentes a cenar con él.

—Me estoy dando la gran vida —me decía mi padre—. Tengo todo lo que quiero.

Cenaba con mi padre y sus parejas y luego pedía que me excusaran y me escondía en mi armario.

Me pasé el verano en la piscina, viviendo totalmente en el agua, con la máscara y las aletas. Me enamoré del fondo de la piscina, que era como una segunda piel, resbaladiza, sedosa y celeste. Me pasé días enteros andando de un lado para otro, tratando de descubrir el punto exacto en el que podía tocar el fondo con los pies y mantener la cabeza fuera del agua.

—Es de vinilo —oí que le decía a alguien el salvavidas.

La extrema quietud del cielo, el aire caliente, sin oxígeno, el agua fuerte como lejía: todo aquello era cegador, estéril, electrizante, perfecto.

La única persona que iba también regularmente a la piscina era una chica que había estado hasta hacía poco en el manicomio por no comer. De una delgadez deforme, se embadurnaba con bronceador, se tumbaba y tomaba el sol. Sólo le permitían bañarse una hora al día, y a mediodía venía su madre con una bandeja y tenía que comerse todo lo que le traía.

—O te llevo de vuelta —le decía su madre.

—No abuses de mí. No me trates como a una niña.

—No te comportes como una niña.

Y entonces la madre me miraba.

—¿Quieres medio bocadillo?

Yo asentía y ella me daba medio bocadillo, que me comía sin salir del agua, con la máscara puesta y los pies tocando el fondo.

—Ves —solía decir la madre—. Él sí que come. Y no sólo come, sino que no deja ni una miga.

—Porque está en el agua —respondía la chica.

Por la noche me metía en mi cueva y leía las postales de mi madre: «Venecia es tal como me la imaginaba. Francia es asombrosa. El teatro de Londres es mucho mejor que el de Broadway. Pienso en ti, espero que estés pasando un verano fabuloso. Te imagino nadando por toda América. Besos. Mamá.»

«Seguimos siendo tus padres, sólo que ya no estamos juntos», se convirtió en la nueva muletilla.

Más tarde, al empezar a salir con chicas, cuando iba a sus casas, sus padres y madres me preguntaban: «¿Qué hacen tus padres?», y yo solía responder: «Están divorciados», como si fuera un trabajo de jornada completa. Ellos me observaban, inmediatamente despectivos, como si yo también estuviera condenado al divorcio, como si la inestabilidad doméstica se transmitiera genéticamente.

Y luego, todavía más tarde, hubo familias de las que me enamoré. Me acuerdo de estar sentado a la mesa de los Segal, sorbiendo alegremente una sopa de pollo, cuando advertí que Cindy Segal, que estaba de pie junto a mí, con la cesta del pan en la mano, me miraba con desagrado.

—No eres más que uno de tantos —dijo, dejó caer el pan y rompió conmigo sin más ceremonias.

Demasiado sorprendido para tragar, sentí que la sopa me corría mandíbula abajo.

—No te vayas —me dijo la señora Segal mientras Cindy subía a su habitación. Después de eso los Segal me llamaban de vez en cuando.

—Cindy no estará, ven a visitarnos —me decían.

Fui un par de veces, y luego Cindy ingresó en una secta y nunca volvió a hablar con ninguno de nosotros.

Mi madre solía decirme: «Cásate con alguien conocido, cásate con alguien con quien tengas algo en común.» La falta de calor de Susan, el vacío, la carencia de un algo indefinible, eran cosas que me resultaban familiares. La sensación de que ella estaba afuera, esperando a que la invitaran a entrar, era algo que teníamos en común.

Susan nunca me pidió cuentas sobre mi pasado, nunca se detuvo a preguntarme:

—No me vas a hacer daño, ¿verdad? No tienes ninguna enfermedad rara, ¿verdad? No estás casado, ¿verdad?

Me miró una vez, directa, serenamente, y me dijo:

—Bonita corbata.

Eso fue todo.

Por la mañana, después de pasar nuestra primera noche juntos, reordenó mis muebles. Inmediatamente, todo tuvo mejor aspecto.

Es media tarde; me he pasado el día ensimismado en mis pensamientos. Tengo contratos esparcidos por el despacho a la espera de que los revise. Afuera está oscureciendo. Me he pasado todo el día pensando en la casa y en la señora Ha, y ahora voy hacia nuestro antiguo apartamento como un sonámbulo. Mientras ando pienso que voy a volver a ver al tendero de la esquina, a subir en el ascensor con Willy, el ascensorista, a oler la comida que cocinan los vecinos. Creo que una vez que esto pase me sentiré mejor y volveré a ser yo mismo. Camino tres manzanas antes de darme cuenta de que voy en dirección equivocada. Ahora debo dirigirme a Larchmont, sí, a Larchmont, pues la ciudad residencial en la que vivo lleva el mismo nombre que el pueblo situado a orillas del Lago Ness. Me dirijo rápidamente a la estación. Cuando subo al tren tengo la sensación de que se me olvida algo. Escucho mis mensajes: Susan me ha dejado uno, algo sobre un cliente, sobre haber fallado, que ella tiene la culpa y se queda hasta tarde. «No sé hasta cuándo», dice, y entonces entramos en el túnel y se pierde la cobertura.

Voy a casa. Me imagino que cuando llego Sherika me dice que la señora Ha ha desaparecido otra vez. Me imagino que me pongo ropa de cazador —un chaquetón de lana rojo y negro, un chaleco naranja y un sombrero especial— y que me voy a buscarla llevando un silbato de madera que he tallado yo mismo: un llamasuegras. Me imagino que la señora Ha oye el oscilante tintineo de mi llamada: señora Haa… señora Haaa… señora Haa… señora Ha Ha Ha… señora Haaaaaahhhh, que termina con una entonación aguda. Ella despierta de su estado de ensoñación, mueve la cabeza en dirección al sonido de mi silbato y es invitada a volver a casa de una forma tan mística como cuando sintió la llamada que la hizo salir.

Llamo a Sherika y le pregunto:

—¿Puedes quedarte un rato y vigilar a la señora Ha?

Cojo un taxi en la estación, donde se da el raro fenómeno suburbano de los taxis compartidos, de desconocidos que se apilan y se meten en la parte de atrás de un coche, con los maletines en sus regazos como escudos, tras lo cual cada uno da su dirección y salimos para un viaje loco, en el que el conductor desgarra las calles y azota las esquinas hasta depositarnos a la entrada de nuestras casas por siete dólares por cabeza.

Casa. El cielo estará oscuro en cinco minutos, en el patio trasero ya están encendidos los reflectores. Kate y la señora Ha están en el jardín, acuclilladas, con los codos apoyados en los muslos y las nalgas hacia atrás, como si fueran a cagar.

—¿Qué está haciendo, señora Ha?

—Estoy pensando, Georgie. Y estoy descansando.

La situación tiene algo de espantoso: Kate imita a la señora Ha, cuyos gestos resultan grotescos y cuyas extremidades parecen de goma, como las de los payasos circenses, que se contorsiona para llamar la atención, más viva de lo que yo estaré nunca. Su libertad y su expresión de concentración me aterrorizan: dudo entre interrumpir o, simplemente, observar.

—Estamos plantando el jardín —dice Sherika mientras yergue totalmente su metro ochenta de estatura—. Me las llevé al vivero después de comer. Estamos plantando bulbos para la primavera.

—Son tulipanes —dice Kate.

Sherika deja caer sesenta y nueve centavos de cambio en mi mano y, sin saber por qué, me siento culpable, como si hubiera debido darle cien dólares o mi tarjeta de crédito.

—¡Qué buena idea! —digo.

—Ya estamos acabando. Vamos, damas, entremos a lavarnos las manos.

Las sigo a la cocina. Se lavan las manos y luego me miran, como si esperaran que yo tuviera algo pensado, un plan de lo que vendría a continuación.

—Vamos a dar una vuelta —digo, incapaz de aguantar la ansiedad que me produce quedarme en casa.

Sin saber adónde ir, las llevo al supermercado. Sherika se ocupa de la señora Ha y yo de Kate, y vamos de un lado para otro por los pasillos, llenando el carrito.

—¿Eres la niña de los ojos de tu papi?

Un dependiente de la sección de verduras le tira del pelo a Kate y luego me mira.

—Ahora hay muchos niños chinos. Nadie los quiere, así que los regalan. La hermana de mi mujer adoptó a uno. Si no los adoptan, los ahogan como si fueran gatitos. No quieres que te ahoguen, ¿verdad cariño? —dice mirando otra vez a Kate.

—No es adoptada. Es mía.

—Ah, perdón —se disculpa el tipo, aturdido, como si hubiera dicho algo incluso más insultante que lo que ha dicho—. Perdón. —El tipo retrocede.

¿Perdón por qué? Miro a Kate. Tiene la cabeza demasiado grande. Su piel tiene un raro tono amarillo ictericia, y ahora se ha puesto a jugar con los melones, que tira al suelo. Se me ocurre que el tipo tal vez haya pensado que no está bien de la cabeza.

—¿Encontró todo lo que necesitaba? —me pregunta Sherika mientras pasamos por delante de los productos congelados en dirección a la caja.

—Sí, ya he terminado.

En un centro comercial al otro lado de la calle diviso una tienda de productos asiáticos. El semáforo cambia y me meto en el aparcamiento.

—Mira eso —dice Sherika.

Es pequeña y cochambrosa, como de otro mundo. Los estantes son de tela metálica, y hay cosas que flotan en contenedores llenos de hielo medio derretido, ninguno de los cuales está demasiado limpio. La señora Ha va de un lado para otro haciendo acopio de latas de especias y botellas de vinagre. Parece feliz, como si hubiera recuperado su ser, y charla con el tipo que está detrás del mostrador.

Me muestra las verduras frescas: castañas de agua, col de Shanghai, «Bau dau gok», dice, «judías verdes finas». Hojas de loto, un pedazo de azúcar moreno. Luego se inclina sobre un congelador y me pasa una bolsa que dice ALBÓNDIGAS DE PESCADO CONGELADAS. Me da otras escritas en chino.

—Fatt choy? —le pregunta al hombre que está detrás del mostrador, y éste le señala dónde está.

—¿Qué es? —le pregunto.

—Musgo negro —dice ella.

—Pero ¿qué es en realidad? —insisto.

Se encoge de hombros.

Quiero que la señora Ha se sienta cómoda. Si las algas prensadas son para ella lo que el puré de patatas es para mí, quiero que se lleve diez paquetes. ¿Por qué no? Empiezo a coger cosas de la estantería y a ofrecérselas.

Ella niega con la cabeza y continúa comprando.

El hombre que está detrás del mostrador le dice algo y ella se ríe; estoy seguro de que se ha referido a mí. Oigo algo sobre tres gargantas, y sobre agua, y luego un montón de chasquidos de la señora Ha. El hombre habla con rapidez y pasa una y otra vez del chino a un inglés chapurreado, y viceversa. Ella le responde: su pronunciación es súbitamente rítmica, su acento se ha transformado en diptongos puros, en una larga u que suena como un antiguo salmo.

El hombre coge una pequeña y hermosa caja de un estante de debajo del mostrador. La señora Ha emite un suave murmullo antes de abrirla.

—Nidos de golondrina —dice el hombre—. Muy buena calidad.

—¿Qué es un nido de golondrina?

El hombre sopla burbujas de saliva hacia mí. Babea intencionadamente y luego se sorbe la saliva.

—La saliva de la golondrina —dice moviendo los brazos.

La señora Ha se busca dinero en los bolsillos, no encuentra nada y me mira como para preguntarme: ¿puedo comprarlo?

—Claro, ¿por qué no?

—No sentirme tan en casa en mucho tiempo —dice ella.

—Vuelva pronto —dice el hombre cuando salimos—. Juegue al bingo.

Mientras llevo dos bolsas con la compra hasta el coche me imagino que la señora Ha empieza a salir con ese hombre: me veo rastreando chips de posición gemelos, dos puntos, uno encima del otro. Tomo nota mentalmente de que he de preguntarle a Susan si le está permitido salir con hombres a la señora Ha.

En el coche, mientras vamos a casa, la señora Ha pregunta:

—¿Te gusta Sony? El señor Sony hizo la grabadora y el señor Nixon se hizo amigo de los chinos. Luego el señor Nixon la jodió y ahora el señor Sony ha muerto, leí en tu New York Times. —Se ríe—. Viejos estúpidos.

Kate está tumbada en el suelo frente a la televisión. La señora Ha está en la cocina haciendo una sopa. Sherika va en el coche camino de la estación; lo dejará allí y se irá a su casa en Queens. Susan lo recogerá y vendrá a casa, a nosotros.

—¿Qué es ese olor? —dice Susan nada más cruzar la puerta.

—Tu madre está haciendo una sopa.

—Ese olor me resulta tan familiar, que me sobresalté, pues pensé que tenía una alucinación.

—¿Todo va bien?

La miro intentando saber si miente, si hay algo más detrás de lo que dice.

—Sí, todo anda bien —dice—. Se puso un poco histérico. Se cayó un pequeño pedazo de pared. No tuve la culpa, pero me sentí fatal. Pensé que había hecho algo mal.

No le digo que me preocupaba que no volviera. Ni que me las llevé a todas al supermercado porque la idea de quedarme solo en casa con las tres, sin razón aparente, me aterrorizaba.

—La cena está lista —anuncia la señora Ha.

—Parece deliciosa.

Miro mi bol. Hay cosas blancas y cosas negras que flotan en la sopa, nada que pueda reconocer. Supongo que son champiñones.

—Está caliente —dice Kate, que tiene la cara sobre el bol y sopla el vapor que sale de él como si fuera un dragón.

Susan, en silencio, mira el suyo.

Es un caldo fuerte, suculento. Lo sorbo. Son pellejos, pellejos y huesos, pequeños huesos, suaves como minúsculos dedos, que se te derriten en la boca.

Miro a Susan.

—¿Patas? —le pregunto en latín. Asiente.

No añado nada más. No quiero que Kate se sienta mal: no se da cuenta de lo que come. Y es evidente que la señora Ha está disfrutando.

—Georgie me llevó de compras —comenta la señora Ha.

—Comí tarde —dice Susan, que se lleva su bol a la cocina.

Después la oigo hablar por teléfono en voz baja con su hermano:

—Ha intentado envenenarme: hizo sopa de patas de pollo.

Levanto el teléfono de la cocina y espero que no oigan el clic.

—¿Dónde compró las patas?

—Creo que él la está ayudando.

—¿Quién?

—Geordie.

—¿Por qué?

—Me odia.

Cuelgo.

Cuando era niño, mi madre hizo unos pastelitos para celebrar mi cumpleaños, y llevé unos cuantos al colegio. El maestro nos dijo que le escribiéramos notas de agradecimiento, lo que hicimos con lápiz grueso en hojas de papel pautado. Querida señora Harris, gracias por los deliciosos pastelitos. Nos gustaron mucho. Atentamente, Geordie.

—«Querida señora Harris» y «atentamente, Geordie». ¿Cómo se le puede enviar una carta así a una madre?

Todavía cuenta lo divertido que fue aquello. Y cuando telefonea y respondo, me dice:

—Soy la señora Harris, tu madre.

Estamos en la cama. Susan está leyendo. Miro por encima de su hombro: es la página 297 de A sangre fría, y hay una descripción de Perry Smith, uno de los asesinos: «Parecía haber crecido sin orientación, sin amor.»

—Me siento solo —le digo.

—Lee algo —dice mientras pasa la página.

Voy abajo y le preparo a Susan un bol de helado.

—No soy tu enemigo —le digo cuando se ha comido el helado, después de que le he ayudado a terminarlo, mientras lamo el bol y lo deja.

—No sé si eso es cierto —responde al tiempo que coge el bol y lo deja en el suelo—. Te comportas como si estuvieras de su parte.

—¿Y qué parte es ésa?

—La de la muerte, la de las cosas pasadas.

—¡Vamos, por favor! —le digo, pero hay algo de cierto en lo que dice: estoy del lado de las cosas perdidas, estoy en el pasado, recordando—. Me asustas —añado—. Te estás volviendo un extraño monstruo minimalista del infierno.

—Así soy —dice Susan—. Ésta es mi vida. Tú te estás entrometiendo.

—Ésta es nuestra familia —le digo, horrorizado.

—No quiero ser china —me dice Susan—. Me he pasado toda mi vida intentando no serlo.

—Pero Kate es medio china y le gusta —le digo tratando de hacer que se sienta mejor.

—No me gusta esa mitad de Kate —contesta Susan.

Algo me despierta. Escucho, alerta, con el corazón palpitante. El silencio extremo de la noche suena a todo volumen. La luna se derrama por la habitación como la luz gigante de una mesilla. Afuera los árboles están quietos: es evocador, romántico, profundamente otoñal. Noche.

Y ahí está, a lo lejos, captándome, es una especie de gemido, una queja triste.

Bajo al recibidor, cada paso suena amplificado, cuanto más silencioso intento ser más ruido hago.

Voy a ver a Kate: está totalmente dormida.

Se vuelve más que un gemido: profundo, inconsolable, resonante. No hay eco, cada bendito rugido llega y luego desaparece, se desvanece en la noche.

Abajo, la señora Ha está acurrucada en un rincón de la sala, como una mesa nueva. Está junto al sofá, acuclillada, con las manos en las orejas, llorando. Está desnuda.

—¿Señora Ha?

No responde.

Su lloro, desgarrador, perentorio, lleno de horror, de pena, de temor, proviene de un lugar lejano, de un punto en un tiempo remoto.

Le toco el hombro.

—Soy Geordie. ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Se encuentra bien?

Enciendo la lámpara pisando el interruptor; la luz de la bombilla halógena inunda la habitación. Las sillas Le Corbusier de Susan están patas arriba, como apretadas cajas de cuero negro; una mesa Prouve, traída de Francia, yace plana, como si esperara algo; es un toque modernista, disonante, que contrasta con el resto, que es de estilo Tudor, con la piedra, con los marcos de las ventanas, mientras la señora Ha, mi suegra china, solloza a mis pies. Apago la lámpara.

—¿Señora Ha?

Le paso las manos por los sobacos y tiro de ella para levantarla. Es compacta como un oso panda, como

si estuviera hecha de un metal pesado. Tiene la piel apergaminada y gruesa a la vez, como el cuero de una res. Se cuelga de mí, aferrándose.

La llevo a su cama. Llora. Encuentro su camisón y se lo pongo por la cabeza. Cuando llora, se le abre la boca, los labios se le retraen, el mentón se le va hacia arriba y se le ven los dientes y la mandíbula, lo que hace que su cabeza recuerde la de un caballo. Es como si le hubieran dicho algo horrible; su cara se contorsiona. Por su aspecto parece un hallazgo antropológico: a sus ochenta y nueve años es un esqueleto viviente.

Le acaricio el pelo.

—¡Quiero ir a casa! —aúlla.

—Está en su casa.

—¡Quiero ir a casa! —repite.

Me siento en el borde de la cama y la abrazo.

—Quizá fuera la sopa, quizá la cena no le sentó bien.

—No, siempre he tomado sopa para cenar —dice—. No es la sopa lo que no me ha sentado bien, soy yo quien no se siente bien conmigo.

Deja de llorar.

—Van a inundar mi casa, lo leí en el New York Times. Construyen las tres gargantas, la presa, y todo quedará inundado.

—¿Quién? —le pregunto.

—Tú —dice. No sé de qué me habla.

La señora Ha alarga la mano para rascarse la espalda, entre los hombros.

—Tengo algo ahí —dice—. Pero no puedo alcanzarlo.

Me imagino el parpadeo del pequeño punto verde del detector.

—No se preocupe. Ya ha pasado todo.

—No tienes ni idea —me dice mientras se va durmiendo—. Soy vieja, pero no estúpida.

Cuando se duerme, vuelvo a la cama. Estoy empapado en sudor. Susan se vuelve hacia mí.

—¿Va todo bien?

—La señora Ha estaba llorando.

—No la llames señora Ha.

Me quito la camisa, pensando que debe oler a la señora Ha. Huelo como la señora Ha y sudo y tengo miedo.

—¿Cómo quieres que la llame?

—Tiene nombre —dice Susan, enfadada—. Llámala Lillian.

No puedo dormir. Pienso que tenemos que llevar a la señora Ha a su casa. Me imagino un viaje familiar, un reencuentro de la señora Ha con su país, de Susan con sus raíces, de Kate con sus antepasados. Siento que necesito saber más. Una vez leí una historia en una revista de viajes sobre un hombre que hacía una excursión en bicicleta por China. Me imaginé un camino largo, un paisaje rural. El hombre de la historia se cayó de la bicicleta, se rompió la cadera y se quedó en la cuneta hasta que se dio cuenta de que por allí no pasaba nadie, y entonces se hizo un bastón con la bicicleta rota, se levantó y se arrastró hasta que llegó a un pueblo.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cosas que debes saber, de A. M. Homes (Anagrama, 2005), en traducción de Javier Martínez de Pisón.

17. El incidente del Puente del Búho, de Ambrose Bierce [Agustín Márquez]

Hasta que el cuento aguante

Hipnótico.

 

Recomendación de Agustín Márquez, editor de La Navaja Suiza, donde han visto la luz libros de William H. Gass, Djuna Barnes, Natalia Garcia Freire o Ce Santiago. También es autor de La última vez que fue ayer (Candaya, 2019).

 

“El incidente del Puente del Búho”, de Ambrose Bierce

Desde un puente ferroviario, al norte de Alabama, un hombre contemplaba el rápido discurrir del agua seis metros más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas sujetas con una soga; otra soga, colgada al cuello y atada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas sobre los durmientes de los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus verdugos, dos soldados rasos del ejército federal bajo las órdenes de un sargento que, en la vida civil, debió de haber sido agente de la ley. No lejos de ellos, en el mismo entarimado improvisado, estaba un oficial del ejército con las divisas de su graduación; era un capitán. En cada lado un vigía presentaba armas, con el cañón del fusil por delante del hombro izquierdo y la culata apoyada en el antebrazo cruzado transversalmente sobre el pecho, postura forzada que obliga al cuerpo a permanecer erguido. A estos dos hombres no les interesaba lo que sucedía en medio del puente. Se limitaban a bloquear los lados del entarimado. Delante de uno de los vigías no había nada; la vía del tren penetraba en un bosque un centenar de metros y, dibujando una curvatura, desaparecía. No muy lejos de allí, sin duda, había una posición de vanguardia. En la otra orilla, un campo abierto ascendía con una ligera pendiente hasta una empalizada de troncos verticales con aberturas para los fusiles y un solo ventanuco por el cual salía la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. Entre el puente y el fortín estaban situados los espectadores: una compañía de infantería, en posición de descanso, es decir, con la culata de los fusiles en el suelo, el cañón inclinado levemente hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas encima de la caja. A la derecha de la hilera de soldados había un teniente; la punta de su sable tocaba tierra, la mano derecha reposaba encima de la izquierda. Sin contar con los verdugos y el reo en el medio del puente, nadie se movía. La compañía de soldados, delante del puente, miraba fijamente, hierático. Los vigías, en frente de los límites del río, podrían haber sido esculturas que engalanaban el puente. El capitán, con los brazos entrelazados y mudo, examinaba el trabajo de sus auxiliares sin hacer ningún gesto. Cuando la muerte se presagia, se debe recibir con ceremonias respetuosas, incluso por aquéllos más habituados a ella. Para este mandatario, según el código castrense, el silencio y la inmovilidad son actitudes de respeto.

El hombre cuya ejecución preparaban tenía unos treinta y cinco años. Era civil, a juzgar por su ropaje de cultivador. Poseía elegantes rasgos: una nariz vertical, boca firme, ancha frente, cabello negro y ondulado peinado hacia atrás, inclinándose hacia el cuello de su bien terminada levita. Llevaba bigote y barba en punta, pero sin patillas; sus grandes ojos de color grisáceo desprendían un gesto de bondad imposible de esperar en un hombre a punto de morir. Evidentemente, no era un criminal común. El liberal código castrense establece la horca para todo el mundo, sin olvidarse de las personas decentes.

Finalizados los preparativos, los dos soldados se apartaron a un lado y cada uno retiró la madera sobre la que había estado de pie. El sargento se volvió hacia el oficial, lo saludó y se colocó detrás de éste. El oficial, a su vez, se desplazó un paso. Estos movimientos dejaron al reo y al suboficial en los límites de la misma tabla que cubría tres durmientes del puente. El extremo donde se situaba al civil casi llegaba, aunque no del todo, a un cuarto durmiente. La tabla se mantenía en su sitio por el peso del capitán; ahora lo estaba por el peso del sargento. A una señal de su mando, el sargento se apartaría, se balancearía la madera, y el reo caería entre dos durmientes. Consideró que esta acción, debido a su simplicidad, era la más eficaz. No le habían cubierto el rostro ni vendado los ojos. Observó por un instante su inseguro punto de apoyo y miró vagamente el agua que corría por debajo de sus pies formando furiosos torbellinos. Una madera que flotaba en la superficie le llamó la atención y la siguió con la vista. Apenas avanzaba. ¡Qué indolente corriente!

Cerró los ojos para recordar, en estos últimos instantes, a su mujer y a sus hijos. El agua brillante por el resplandor del sol, la niebla que se cernía sobre el río contra las orillas escarpadas no lejos del puente, el fortín, los soldados, la madera que flotaba, todo en conjunto lo había distraído. Y en este momento tenía plena conciencia de un nuevo motivo de distracción. Al dejar el recuerdo de sus seres queridos, escuchaba un ruido que no comprendía ni podía ignorar, un ruido metálico, como los martillazos de un herrero sobre el yunque. El hombre se preguntó qué podía ser este ruido, si procedía de una distancia cercana o alejada: ambas hipótesis eran posibles. Se reproducía en regulares plazos de tiempo, tan pausadamente como las campanas que doblan a muerte. Esperaba cada llamada con impaciencia, sin comprender por qué, con recelo. Los silencios eran cada vez más largos; las demoras, enloquecedoras. Los sonidos eran menos frecuentes, pero aumentaba su contundencia y su nitidez, molestándole los oídos. Tuvo pánico de gritar… Oía el tictac de su reloj.

Abrió los ojos y escuchó cómo corría el agua bajo sus pies. «Si lograra desatar mis manos —pensó— podría soltarme del nudo corredizo y saltar al río; esquivaría las balas y nadaría con fuerza, hasta alcanzar la orilla; después me internaría en el bosque y huiría hasta llegar a casa. A Dios gracias, todavía permanece fuera de sus líneas; mi familia está fuera del alcance de la Posición más avanzada de los invasores.» Mientras se sucedían estos pensamientos, reproducidos aquí por escrito, el capitán inclinó la cabeza y miró al sargento. El suboficial se colocó en un extremo.
II

Peyton Farquhar, cultivador adinerado, provenía de una respetable familia de Alabama. Propietario de esclavos, político, como todos los de su clase fue, por supuesto, uno de los primeros secesionistas y se dedicó, en cuerpo y alma, a la causa de los Estados del Sur. Determinadas condiciones, que no podemos divulgar aquí, impidieron que se alistara en el valeroso ejército cuyas nefastas campañas finalizaron con la caída de Corinth, y se enojaba de esta trabazón sin gloria, anhelando conocer la vida del soldado y encontrar la ocasión de distinguirse. Estaba convencido de que esta ocasión llegaría para él, como llega a todo el mundo en tiempo de guerra. Entre tanto, hacía lo que podía. Ninguna acción le parecía demasiado modesta para la causa del Sur, ninguna aventura lo suficientemente temeraria si era compatible con la vida de un ciudadano con alma de soldado, que con buena voluntad y sin apenas escrúpulos admite en buena parte este refrán poco caballeroso: en el amor y en la guerra, todos los medios son buenos.

Una tarde, cuando Farquhar y su mujer estaban descansando en un rústico banco, próximo a la entrada de su parque, un soldado confederado detuvo su corcel en la verja y pidió de beber. La señora Farquhar sólo deseaba servirle con sus níveas manos. Mientras fue a buscar un vaso de agua, su esposo se aproximó al polvoriento soldado y le pidió ávidamente información del frente.

—Los yanquis están reparando las vías del ferrocarril —dijo el hombre— porque se preparan para avanzar. Han llegado hasta el Puente del Búho, lo han reparado y han construido una empalizada en la orilla norte. Por una orden, colocada en carteles por todas partes, el comandante ha dictaminado que cualquier civil a quien se le sorprenda en intento de sabotaje a las líneas férreas será ejecutado sin juicio previo. Yo he visto la orden.

—¿A qué distancia está el Puente del Búho? —pregunto Faquhar.

—A unos cincuenta kilómetros.

—¿No hay tropas a este lado del río?

—Un solo piquete de avanzada a medio kilómetro, sobre la vía férrea, y un solo vigía de este lado del puente.

—Suponiendo que un hombre —un ciudadano aficionado a la horca— pudiera despistar la avanzadilla y lograse engañar al vigía —dijo el plantador sonriendo—, ¿qué podría hacer?

El militar pensó:

—Estuve allí hace un mes. La creciente de este invierno pasado ha acumulado una enorme cantidad de troncos contra el muelle, en esta parte del puente. En estos momentos los troncos están secos y arderían con mucha facilidad.

En ese mismo instante, la mujer le acercó el vaso de agua. Bebió el soldado, le dio las gracias, saludó al marido y se alejó con su cabalgadura. Una hora después, ya de noche, volvió a pasar frente a la plantación en dirección al norte, de donde había venido. Aquella tarde había salido a reconocer el terreno. Era un soldado explorador del ejército federal.
III

Al caerse al agua desde el puente, Peyton Farquhard perdió la conciencia, como si estuviera muerto. De este estado salió cuando sintió una dolorosa presión en la garganta, seguida de una sensación de ahogo. Dolores terribles, fulgurantes, cruzaban todo su cuerpo, de la cabeza a los pies. Parecía que recorrían líneas concretas de su sistema nervioso y latían a un ritmo rápido. Tenía la sensación de que un enorme torrente de fuego le subía la temperatura insoportablemente. La cabeza le parecía a punto de explotar. Estas sensaciones le impedían cualquier tipo de raciocinio, sólo podía sentir, y esto le producía un enorme dolor. Pero se daba cuenta de que podía moverse, se balanceaba como un péndulo de un lado para otro. Después, de un solo golpe, muy brusco, la luz que lo rodeaba se alzó hasta el cielo. Hubo un chapoteo en el agua, un rugido aterrador en sus oídos y todo fue oscuridad y frío. Al recuperar la conciencia supo que la cuerda se había roto y él había caído al río. Ya no tenía la sensación de estrangulamiento: el nudo corredizo alrededor de su garganta, además de asfixiarle, impedía que entrara agua en sus pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! Esta idea le parecía absurda. Abrió los ojos en la oscuridad y le pareció ver una luz por encima de él, ¡tan lejana, tan inalcanzable! Se hundía siempre, porque la luz desaparecía cada vez más hasta convertirse en un efímero resplandor. Después creció de intensidad y comprendió a su pesar que subía de nuevo a la superficie, porque se sentía muy cómodo. «Ser ahogado y ahorcado —pensó— no está tan mal. Pero no quiero que me fusilen. No, no habrán de fusilarme. Eso no sería justo.»

Aunque inconsciente del esfuerzo, el vivo dolor de las muñecas le comunicaba que trataba de deshacerse de la cuerda. Concentró su atención en esta lucha como si fuera un tranquilo espectador que podía observar las habilidades de un malabarista sin demostrar interés alguno por el resultado. Qué prodigioso esfuerzo. Qué magnífica, sobrehumana energía. ¡Ah, era una tentativa admirable! ¡Bravo! Se desató la cuerda: sus brazos se separaron y flotaron hasta la superficie. Pudo discernir sus manos a cada lado, en la creciente luz. Con nuevo interés las vio agarrarse al nudo corredizo. Quitaron salvajemente la cuerda, la lanzaron lejos, con rabia, y sus ondulaciones parecieron las de una culebra de agua. «¡Ponla de nuevo, ponla de nuevo!» Creyó gritar estas palabras a sus manos, porque después de liberarse de la soga sintió el dolor más inhumano hasta entonces. El cuello le hacía sufrir increíblemente, la cabeza le ardía; el corazón, que apenas latía, estalló de inmediato como si fuera a salírsele por la boca. Una angustia incomprensible torturó y retorció todo su cuerpo. Pero sus manos no le respondieron a la orden. Golpeaban el agua con energía, en rápidas brazadas de arriba hacia abajo, y lo sacaron a flote. Sintió emerger su cabeza. El resplandor del sol lo cegó; su pecho se expandió con fuertes convulsiones. Después, un dolor espantoso y sus pulmones aspiraron una gran bocanada de oxígeno, que al instante exhalaron en un grito.

Ahora tenía plena conciencia de sus facultades; eran, verdaderamente, sobrenaturales y sutiles. La terrible perturbación de su organismo las había definido y despertado de tal manera que advertían cosas nunca percibidas hasta ahora. Sentía los movimientos del agua sobre su cara, escuchaba el ruido que hacían las diminutas olas al golpearlo. Miraba el bosque en una de las orillas y conocía cada árbol, cada hoja con todos sus nervios y con los insectos que alojaba: langostas, moscas de brillante cuerpo, arañas grises que tendían su tela de ramita en ramita. Contempló los colores del prisma en cada una de las gotas de rocío sobre un millón de briznas de hierba. El zumbido de los moscardones que volaban sobre los remolinos, el batir de las alas de las libélulas, las pisadas de las arañas acuáticas, como remos que levanta una barca, todo eso era para él una música totalmente perceptible. Un pez saltó ante su vista y escuchó el deslizar de su propio cuerpo que surcaba la corriente.

Había llegado a la superficie con el rostro a favor de la corriente. El mundo visible comenzó a dar vueltas lentamente. Entonces vio el puente, el fortín, a los vigías, al capitán, a los dos soldados rasos, sus verdugos, cuyas figuras se distinguían contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban, señalándolo con el dedo; el oficial le apuntaba con su revólver, pero no disparaba; los otros carecían de armamento. Sus movimientos a simple vista resultaban extravagantes y terribles; sus siluetas, grandiosas.

De pronto escuchó un fuerte estampido y un objeto sacudió fuertemente el agua a muy poca distancia de su cabeza, salpicando su cara. Escuchó un segundo estampido y observó que uno de los vigías tenía aún el fusil al hombro; de la boca del cañón ascendía una nube de color azul. El hombre del río vio cómo le apuntaba a través de la mirilla del fusil. Al mirar a los ojos del vigía, se dio cuenta de su color grisáceo y recordó haber leído que todos los tiradores famosos tenían los ojos de ese color; sin embargo, éste falló el tiro.

Un remolino le hizo girar en sentido contrario; nuevamente tenía a la vista el bosque que cubría la orilla opuesta al fortín. Escuchó una voz clara detrás de él; en un ritmo monótono, llegó con una extremada claridad anulando cualquier otro sonido, hasta el chapoteo de las olas en sus oídos. A pesar de no ser soldado, conocía bastante bien los campamentos y lo que significaba esa monserga en la orilla: el oficial cumplía con sus quehaceres matinales. Con qué frialdad, con qué pausada voz que calmaba a los soldados e imponía la suya, con qué certeza en los intervalos de tiempo, se escucharon estas palabras crueles:

—¡Atención, compañía …! ¡Armas al hombro…! ¡Listos…! ¡Apunten…! ¡Fuego…!

Farquhar pudo sumergirse tan profundamente como era necesario. El agua le resonaba en los oídos como la voz del Niágara. Sin embargo, oyó la estrepitosa descarga de la salva y, mientras emergía a la superficie, encontró trozos de metal brillante, extremadamente chatos, bajando con lentitud. Algunos le alcanzaron la cara y las manos, después siguieron descendiendo. Uno se situó entre su cuello y la camisa: era de un color desagradable, y Farquhar lo sacó con energía.

Llegó a la superficie, sin aliento, después de permanecer mucho tiempo debajo del agua. La corriente lo había arrastrado muy lejos, cerca de la salvación. Mientras tanto, los soldados volvieron a cargar sus fusiles sacando las baquetas de sus cañones. Otra vez dispararon y, de nuevo, fallaron el tiro. El perseguido vio todo esto por encima de su hombro. En ese momento nadaba enérgicamente a favor de la corriente. Todo su cuerpo estaba activo, incluyendo la cabeza, que razonaba muy rápidamente. «El teniente —pensó— no cometerá un segundo error. Esto era un error propio de un oficial demasiado apegado a la disciplina. ¿Acaso no es más fácil eludir una salva como si fuese un solo tiro? En estos momentos, seguramente, ha dado la orden de disparar a voluntad. ¡Qué Dios me proteja, no puedo esquivar a todos!»

A dos metros de allí se escuchó el increíble estruendo de una caída de agua seguido de un estrepitoso escándalo, impetuoso, que se alejaba disminuyendo, y parecía propasarse en el aire en dirección al fortín, donde sucumbió en una explosión que golpeó las profundidades mismas del río. Se levantó una empalizada líquida, curvándose por encima de él; lo cegó y lo ahogó. ¡Un cañón se había unido a las demás armas! El obús sacudió el agua, oyó el proyectil, que zumbó delante de él despedazando las ramas de los árboles del bosque cercano.

«No empezarán de nuevo —pensó—. La próxima vez cargarán con metralla. Debo fijarme en la pieza de artillería, el humo me dirigirá. La detonación llega demasiado tarde: se arrastra detrás del proyectil. Es un buen cañón.» De inmediato comenzó a dar vueltas y más vueltas en el mismo punto: giraba como una peonza. El agua, las orillas, el bosque, el puente, el fortín y los hombres ahora distantes, todo se mezclaba y desaparecía. Los objetos ya no eran sino sus colores; todo lo que veía eran banderas de color. Atrapado por un remolino, marchaba tan rápidamente que tenía vértigo y náuseas. Instantes después se encontraba en un montículo, en el lado izquierdo del río, oculto de sus enemigos. Su inmovilidad inesperada, el contacto de una de sus manos contra la pedriza, le devolvió los sentidos y lloró de alegría. Sus dedos penetraron la arena, que se echó encima, bendiciéndola en voz alta. Para su parecer era la cosa más preciosa que podría imaginar en esos momentos. Los árboles de la orilla eran gigantescas plantas de jardinería; le llamó la atención el orden determinado en su disposición, respiró el aroma de sus flores. La luz brillaba entre los troncos de una forma extraña y el viento entonaba en sus hojas una armoniosa música interpretada por una arpa eólica. No quería seguir huyendo, le bastaba permanecer en aquel lugar perfecto hasta que lo capturaran.

El silbido estrepitoso de la metralla en las hojas de los árboles lo despertaron de su sueño. El artillero, decepcionado, le había enviado una descarga al azar como despedida. Se alzó de un brinco, subió la cuesta del río con rapidez y se adentró en el bosque.

Caminó todo el día, guiándose por el sol. El bosque era interminable; no aparecía por ningún sitio el menor claro, ni siquiera un camino de leñador. Ignoraba vivir en una región tan salvaje, y en este pensamiento había algo de sobrenatural.

Al anochecer continuó avanzando, hambriento y fatigado, con los pies heridos. Continuaba vivo por el pensamiento de su familia. Al final encontró un camino que lo llevaba a buen puerto. Era ancho y recto como una calle de ciudad. Y, sin embargo, no daba la impresión de ser muy conocido. No colindaba con ningún campo; por ninguna parte aparecía vivienda alguna. Nada, ni siquiera el ladrido de un perro, sugería un indicio de humanidad próxima. Los cuerpos de los dos enormes árboles parecían dos murallas rectilíneas; se unían en un solo punto del horizonte, como un diagrama de una lección de perspectiva. Por encima de él, levantó la vista a través de una brecha en el bosque, y vio enormes estrellas áureas que no conocía, agrupadas en extrañas constelaciones. Supuso que la disposición de estas estrellas escondía un significado nefasto. De cada lado del bosque percibía ruidos en una lengua desconocida.

Le dolía el cuello; al tocárselo lo encontró inflamado. Sabía que la soga lo había marcado con un destino trágico. Tenía los ojos congestionados, no podía cerrarlos. Su lengua estaba hinchada por la sed; sacándola entre los dientes apaciguaba su fiebre. La hierba cubría toda aquella avenida virgen. Ya no sentía el suelo a sus pies.

Dejando a un lado sus sufrimientos, seguramente se ha dormido mientras caminaba, porque contempla otra nueva escena; quizá ha salido de una crisis delirante. Se encuentra delante de las rejas de su casa. Todo está como lo había dejado, todo rezuma belleza bajo el sol matinal. Ha debido caminar, sin parar, toda la noche. Mientras abre las puertas de la reja y sube por la gran avenida blanca, observa unas vestiduras flotar ligeramente: su esposa, con la faz fresca y dulce, sale a su encuentro bajando de la galería, colocándose al pie de la escalinata con una sonrisa de inenarrable alegría, en una actitud de gracia y dignidad incomparables. ¡Qué bella es! Él se lanza para abrazarla. En el momento en que se dispone a hacerlo, siente en su nuca un golpe que le atonta. Una luz blanca y enceguecedora clama a su alrededor con un estruendo parecido al del cañón… y después absoluto silencio y absoluta oscuridad.

Peyton Farquhar estaba muerto. Su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba de un lado a otro del Puente del Búho.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cuentos de soldados y civiles, de Ambrose Bierce (Akal, 2017).

 

16. Japonés, de Rodolfo Fogwill [Jorge de Cascante]

Hasta que el cuento aguante

Funciona casi como un cuento de fantasmas, pienso mucho en ese cuento, no sé qué más decir.

 

Recomendación de Jorge de Cascante, traductor, editor y escritor. Ha colaborado con medios como La Vanguardia, VICE, El País, Apartamento, ICON, Vanity Fair, GQ o Tentaciones. En Blackie Books ha editado, entre otros, El Libro de Gloria Fuertes (2017), El Gran Libro de los Perros (2018) y El Libro de Gila (2019). Ha traducido obras de autores como Quentin Blake, David Sedaris o William Steig, y es autor del libro de relatos Hace tiempo que vengo al taller y no sé a lo que vengo (Blackie Books, 2019).

 

Japonés, de Rodolfo Fogwill

¡El lechón…! ¡El lechón con cerveza…! —Gritó el Japonés desde cubierta.

Y yo, en la cabina, trataba de calcular nuestra posición: eran las 21.30 Greenwich, las 18 hora local, la que usábamos a bordo. El sol se había puesto a las 17 y a pesar de las nubes, pude bajar un par de astros. Hacía noventa horas que navegábamos nublado y nublado y la posición estimada por la corredera de nudos y alguna corrección de radiogoniómetro no estaba tan mal: quince millas de error.

Pero el grito del Japonés me recordó el lechón.

Lo habíamos estibado en el fondo de la freezer, la tarde que salimos de Mar del Plata, hacía ya ciento doce horas.

Lo habíamos comprado en la rotisería del puerto. Allí estuvimos varias veces abasteciéndonos de conservas y bebidas y el último día, cuando pasamos para encargar media docena de pollos, charlábamos con el vendedor y el Japonés descubrió los lechones. Chicos, tres o cuatro kilos, quisimos comprar un par. El patrón, que sabía que la tarde siguiente zarparíamos a Brasil, nos recomendó que ni los llevásemos. Según él estaban muy condimentados, por eso nos aconsejó comprarle un lechón crudo, para que lo hiciésemos asar en el horno de panadería de la base naval, donde el concesionario era cuñado o primo de su mujer.

Agradecidos, nos fuimos con un lechoncito blanco y limpísimo. Lo acababan de cuerear pero le habían dejado puestos los ojos. Redondos, marrones, grandes: eso impresionaba. El napolitano de la panadería naval se llamaba Palumbo y como le gustaban los veleros no nos quiso cobrar. Lo asó envuelto en aluminio y lo trajo a bordo la mañana siguiente. El Japonés le mostró el Chila, la maniobra y los detalles de carpintería interior.

Los escuchaba hablar entusiasmados mientras hacía lugar para el lechón, aún tibio, en el fondo de la freezer.

Terminaba de anotar la posición en el libro de a bordo y recordé la cara del napolitano cuando entreabrió las láminas de papel metálico para mostrarnos la piel dorada del lechón. Los ojitos se habían achicado y estaban secos. Esa noche lo comeríamos:

—¡Uy… El lechón…! — grité al Japonés.

—¡Termino de estimar la posición y lo busco! .

Estábamos en 21Q 13′ lo” Sur y 44Q 00′ 09″ Oeste o en un círculo de cinco millas alrededor de ese puntito de la carta. El Chila avanzaba a 7 nudos con mayor, mesana y genoa dos. Levábamos rumbo 17Q, soplaba Este, empezaba el cuarto día de navegación y pensé si el lechón habría perdido sabor a causa del frío del freezer.

—¿Qué horas son…? —Preguntó el Japonés desde cubierta.

—Las seis —mentí. Eran las siete en Río, hora que habíamos adoptado para el uso a bordo y para rotar las guardias. No quería que el Japonés, que acababa de hacerse cargo de la guardia, me apurase con la cena.

Encontré el chancho al fondo de la conservadora. Se había corrido a sotavento, hacia babor.

La temperatura de la freezer era baja —menos doce según el termostato—, y la humedad nula, cuatro por ciento. en contraste con la atmósfera del barco: veintitrés grados, noventa y cinco por ciento de humedad.

Miré el lechón mientras se descongelaba bajo la lámpara de la mesada. Estaba perfecto. No me gustan las carnes naturales a bordo. El pollo, especialmente, aunque esté en la congelador siempre se descompone, suelta una gelatina amarillenta de gusto subido y en cuanto se descongela absorbe humedad del ambiente y toma una consistencia acartonada que me resulta más desagradable que la carne medio podrida de vaca o cordero que tantas veces debí masticar disciplinadamente.

Arriba el Japonés insistía con la cerveza: —¡Animal…! Con vino… El lechón va con vino… —Le dije, dando a entender que la cena estaba lista.

—No… ¡Con cerveza! Con cerveza, lechuga, tomate y si queda mayonesa, con mayonesa —me respondió.

Quedaba ensalada de la mañana, bastó condimentarla y en un par de minutos serví la cena en la dinette, donde el Japonés había dejado naipes, revistas de historietas, documentos y una campera húmeda sobre la mesa.

—¡Antes de comer, ordená esta roña…! —Re clamé, y me senté frente al timón fingiendo calibrar el automático para justificar que él se hiciese cargo de su responsabilidad.

Pero no fue necesario calibrar: las velas estaban bien establecidas y seguía soplando viento Este clavado, la misma brisa que nos acompañaba desde la partida de Mar del Plata.

Por las noches refrescaba —alguna vez llegó a soplar más de treinta nudos—, con el amanecer empezaba a desinflarse y a mediodía calmaba y caía a cuatro o cinco nudos. Cuando empezaba a bajar el sol volvía a refrescar y al atardecer soplaban diez, quince, dieciocho o veinte nudos.

A la puesta del sol se producían unos cortos borneos al norte, que nos sorprendían con las velas abiertas y provocaban repentinas flameadas que frenaban al barco. Pero esa tarde no fue necesario calibrar el piloto, pues al minuto de bornear volvía a soplar del este y se restablecía la marcha normal del Chila.

Abajo puteaba el Japonés. No le gustaba ordenar. Sólo servía para trabajos de mantenimiento, mecánica, reparación de velas, hacer gazas, reponer el agua de las baterías o controlar el remanente de agua potable. Odiaba timonear, establecer las velas, hacer maniobras en la proa y estar en cubierta bajo la lluvia o cuando el mar mojaba: odiaba todo lo bueno de navegar.

Por eso nos complementábamos. Llevábamos más de cinco mil millas navegando juntos: una traída del Veracruz de los Sotelo desde Marbelhead a Punta del Este, un crucero en El Maula desde San Fernando a Florianòápolis, docenas de cruces Mar del Plata—Buceo y Buenos Aires—Punta, y ahora este trabajo de llevar el Chila desde el club Mar del Plata a la marina de Botafogo, frente al departamento de su nuevo dueño, un tal Kuperman. Rarísimo: había sido rabino en la Argentina, después estuvo veinte años en la India estudiando filosofía, y después tomó ciudadanía yanqui. De viejo, se casó con una bailarina de ballet que se gastó la herencia de los padres para comprarle el Chila: habían pagado tres cientos cincuenta mil dólares por este barco, y ahora él estaba en Brasil por un año, dirigiendo una fundación norteamericana, y la mujer se había quedado en Chicago, dando clases de danza oriental, sin marido y sin barco.

Cuando me comentaron el precio del Chila calculé que la tipa había gastado trescientos dólares por centímetro, treinta dólares por milímetro. Y una vez que comíamos jamón el Japonés se reía solo y cuando le pregunté por qué reía me dio que pensaba en el Chila cortado en fetas finísimas como jamón, cada una de las cuales costaría más que un kilo de jamón. A él nunca se le hubiera ocurrido calcular por milímetro el precio de un barco. Pero yo jamás habría comparado un barco ni una feta de barco con un fiambre por más apetecible que estuviera en aquel atardecer tan lejos de los buenos restaurantes del mundo. Era brillante el Japo.

También en eso nos complementábamos.

Lo conocí en 1973, la tarde del 29 de diciembre, en el Yacht Club de Buceo. Necesitaba estar el 31 en Punta del Este —en el “este”, como dicen los orientales—, no tenía ganas de subir a la ciudad para tomar un ómnibus y por entonces el taxi costaba una fortuna. Anduve preguntando si alguien se embarcada para la Punta y entonces —me lo presentaron: —Dumas, encantado… —Le di la mano.

—Orlando, un gusto —respondió—. ¿Argentino…? —Sí —dije—, ¿vos también…? —No, paraguayo de nacimiento, pero criado en San Fernando… ‘ Le habían pagado para llevar un crucero de lujo a Punta. Había entrado en el Buceo porque amenazaba pampero y como muchos de los que andaban remoloneando por el muelle matando el tiempo, esperó un día, esperó dos, y el pampero no terminaba de largarse. El barómetro seguía bajo, por eso nadie se animaba a salir. A las siete de la tarde me dijo: Si no refucila, a las nueve nos mandamos.

—Perfecto —dije y quise saber cómo era el barco.

—Así, así, más o menos… —me explicó figurando un gesto de bamboleo o de duda con la mano derecha y me lo señaló. vi el barco: un crucero de lujo, pensado para pasear por el Delta del Paraná, nada adecuado al mar abierto. Tenía dos motores nafteros de trescientos caballos que se jalaban cerca de cien litros por hora sin rendir más de veinte nudos: mil litros de Buenos Aires a Punta del Este, una locura.

—Tiene seguro. Nos andamos pegados a la costa y listo… —Me tranquilizó.

—Yo nado bien —le contesté.

—Yo también. ¿Dormiste anoche? La pregunta era obligada. Aquellas —noches nadie solía dormir. La gente subía a Montevideo a tomar, había uruguayos y turistas que te invitaban a sus casas, había guitarreadas, mesas de pócker y firmadas en el puerto y de mañana todo el mundo iba a la playa a nadar o a tomar mate mirando el horizonte y las nubes con apariencia de pampero que seguían quietas, como el agua mansa del río.

—Sí, apoliyé toda la noche, hasta las dos de la tarde —le contesté.

—Mejor. Si nos hundimos vamos .a tratar de salvar algo para nosotros…

—Bien —respondí. Pero a bordo era un puro lujo, cristalería, cubiertos, almohadones con pieles, nada que valiese la pena robar.

—¿Qué salvarías si se hunde? —le pregunté.

—El champán: en la sentina hay seis cajones de champán de la embajada chilena. El champán, para festejar —dijo el Japonés.

Lo imaginé nadando con un salvavidas y un cabo a la rastra con seis cajones de champán y me gustó el tipo: seguro, franco. Quise saber: —¿Por qué te dicen Japonés…? —Por achinado —dijo señalándose los ojos chiquitos—. ¡Y porque jugaba al béisbol…! Una vez, de pendejo, jugaba en un equipo de japoneses y una tipa me empezó a gritar en japonés “gua gua gua”, creyéndose que yo era de la colectividad… —Explicaba.

—Japonés es el que dibujó este barco —lo interrumpí.

—Sí. ¡Picasso no era! Fijáte que el fondo, que aguanta toda la hotelería y las máquinas, lo hicieron de una pulgada de cedro y al espejo, que está de puro adorno, le metieron lapacho de 35 milímetros para darle pinta…

No le creí, —pero rato después, al recorrer el barco, pensé que aunque el Japonés exageraba, era una de las peores entre las tantas cosas mal calculadas que flotan por el Río de la Plata.

Oscurecía en Montevideo. Soplaba Noroeste y no se veía una nube. El barómetro seguía bajo y hasta en la pesadez de las conversaciones de la gente del muelle se notaba venir la tormenta.

Miré al Sur y al Suroeste: ni un relámpago, ni un cambio en el dibujo de las nubes.

—¿Y qué hacemos…? —Dudé.

—Nos piramos —decidió.

A las nueve y media dejamos la amarra de Buceo. Algunos conocidos nos desearon suerte.

Desde un cadete fondeado cerca de la saliva un gordo preguntó: —¿Llevan paraguas? —No… ¡Comida pa’ las medusas! —gritó el Japonés.

El gordo riendo, con su jarrito de aluminio en la mano fue lo último que vi del puerto. Después me acordé mucho de él. El Japonés puso rumbo al Este y aceleró. Los motores giraban a dos mil vueltas y salimos haciendo cerca de quince nudos: llegaríamos a Punta entre las dos y las tres de la madrugada.

Al rato me cedió el comando. Traté de tomarle la mano, nada fácil: no bien creía haber logrado una buena combinación de aceleradores y timón, y en cuanto mis reflejos se habían organizado para administrarla, una repentina desviación me obligaba a restablecer el equilibrio, generalmente, al precio de un cambio de veinte y de hasta treinta grados en el rumbo.

En cabina, recostado en un diván de piel de cebra, el Japonés leía una historieta. De a ratos se incorporaba para controlar el rumbo en el compás de la timonera interior y cuando me descubría alguna desviación vociferaba:

—¡Eha, eha cochero…! Y yo lo mandaba al carajo porque los brazos me dolían, no tanto por el esfuerzo, sino por la concentración inútil que requería ese barco.

Rolaba quince grados, casi sin olas y como al inclinarse hacia una banda trabajaba más el motor de ese lado, la proa enfilaba hacia la banda opuesta. No había manera de eliminar aquel efecto tan enervante.

Después de vigilarme un rato el Japonés me tomó confianza. Subió a avisar que dormiría una siesta en el camarote y me pidió que lo despertase a las doce. Bajó él, y cuando vi que las luces del camarote se apagaban me despreocupé del nimbo y lo dejé oscilar. No tenía apuro por llegar ni necesidad de ahorrar combustible.

Navegué más tranquilo y aumenté la velocidad. Los Gray giraban a dos mil quinientas vueltas, la aguja marcaba apenas veinte nudos.

Eran las diez.

En la timonera de cubierta había un receptor de radio. Sintonicé la emisora del Estado uruguayo, SODRE. Transmitían “La Traviata”, estábamos en mitad del primer acto y violeta deliraba en voz alta sobre el valor de la libertad y la pasión de su joven Alfredo. El mar estaba calmo, seguía soplando suave el Noroeste y unas ondas muy remolonas nos tomaban por estribor y por la aleta, provocando el rolido tan molesto.

Pero a mí eso ya no me importaba: venía tarareando el aria de violeta, dos octavas más bajo, casi en el registro de los escapes de los Gray.

Cuando el señor Germont golpeó la puerta eran las once menos cuarto y empezaba a relampaguear en el Sudoeste. A proa se notaban las luces de Piriápolis, y aunque la oscuridad impedía calcular la distancia de la costa a babor, según la profundidad, si la ecosonda no me engañaba, debíamos tenerla a tres o cuatro millas.

Resolví acercarme y mantener el rumbo sobre la isobata de tres metros de profundidad, a una o dos millas de la costa. A las once abandoné por unos instantes “La Traviata” y sintonicé radio Provincia de Buenos Aires para escuchar el boletín meteorológico.

Llovía en Mar del Plata y en Maipú. Anunciaban vientos de regulares a fuertes del Sur y esa tarde un temporal se había desencadenado en Tandil.

Volví a sintonizar Sodre y calculé que si la tormenta estaba en Mar del Plata, corriéndose a cuarenta y cinco millas horarias, llegaría a Punta del Este una hora después que nosotros. Los relámpagos se concentraban en una zona que tenía el aspecto de un frente de tormenta. Creí ver cúmulus, pero mientras violeta despedía a Alfredo —para siempre—, decidí que esa imagen era producto del cansancio de timonear, una alucinación visual y sólo eso.

El Japonés debió haber visto el reflejo de los relámpagos porque ante de las once y media salió del camarote y subió a la timonera con dos latas de cerveza recién abiertas. Extendió sobre la mesa de navegación su revista de historietas: —¡Qué asco! ¿Leíste ésta…? —Preguntó.

—No. ¿Qué es…? —Dije. Historietas jamás han sido mi fuerte.

—Una nueva, “Maxi Tops”.

Leí los titulares. Había una historieta mal ilustrada sobre cowboys y otra sobre hippies.

Osvaldo Lamborghini firmaba esta última. Me sorprendió: engañaba, debíamos tenerla a tres o cuatro millas.

Resolví acercarme y mantener el rumbo sobre la isobata de tres metros de profundidad, a una o dos millas de la costa. A las once abandoné por unos instantes “La Traviata” y sintonicé radio Provincia de Buenos Aires para escuchar el boletín meteorológico.

Llovía en Mar del Plata y en Maipú. Anunciaban vientos de regulares a fuertes del Sur y esa tarde un temporal se había desencadenado en Tandil.

Volví a sintonizar SODRE y calculé que si la tormenta estaba en Mar del Plata, corriéndose a cuarenta y cinco millas horarias, llegaría a Punta del Este una hora después que nosotros. Los relámpagos se concentraban en una zona que tenía el aspecto de un frente de tormenta. Creí ver cúmulus, pero mientras violeta despedía a Alfredo —para siempre—, decidí que esa imagen era producto del cansancio de timonear, una alucinación visual y sólo eso.

El Japonés debió haber visto el reflejo de los relámpagos porque ante de las once y media salió del camarote y subió a la timonera con dos latas de cerveza recién abiertas. Extendió sobre la mesa de navegación su revista de historietas: —¡Qué asco! ¿Leíste ésta…? —Preguntó.

—No. ¿Qué es…? —Dije. Historietas jamás han sido mi fuerte.

—Una nueva, “Maxi Tops”.

Leí los titulares. Había una historieta mal ilustrada sobre cowboys y otra sobre hippies.

Osvaldo Lamborghini firmaba esta última. Me sorprendió: No seguí con el tema. Bajé a la cabina a consultar una carta —la única de a bordo—, y confirmé la profundidad y —el rumbo. En efecto, las luces que veíamos a proa correspondían a Piriápolis. Busqué un salvavidas y calcé mis botas y. mi traje de agua. Cargué en los bolsillos unas barras de chocolate que había en el botiquín y en mi bolso de mano, el único equipaje que llevé a Uruguay, agregué una cantimplora de cognac, un par de latas de cerveza, una botella de un litro de Coca Cola, una manta inglesa y un juego de herramientas en miniatura que hasta esa noche pertenecieron al dueño del barco. Cerré el bolso, lo aseguré con un cabo al salvavidas y salí a la noche cálida. El Japonés no se sorprendió, me cedió el timón y bajó a la cabina: él también quería prepararse. Al volver preguntó: —¿Se acerca…? Respondí afirmativamente. Ya no se veían las luces de Piriápolis. Sobre la costa estaba la tormenta, o había comenzado a llover. Pronto lo sabríamos.

—¿Y…? ¿Preparaste el champán…? —Pregunté bromeando, para disimular el miedo.

—No es el momento. ¿Te parece de volver…? —No, sería peor. Si la que se viene es ésa —dije señalando la zona donde se concentraban los relámpagos—, nos va agarrar justo de proa.

—Mejor… Pero mejor de todo sería que esperase… —comentó como hablando para sí mismo. Y prosiguió—: Yo le había dicho al tipo que esperásemos… Que esto no es para el mar…

Pero hoy llamó desde Punta del Este, que quería tener ahí el barco mañana mismo…

—¿Y le dijiste que se podía ir al fondo…? —Sí…

—Y qué te contestó? —Que no importaba, que se compraba otro…

—¿Tiene seguro? —Sí, el barco sí —dijo y rió, medio nerviosamente. .

Yo también reí, y para tranquilizarlo sobre mi ánimo le conté algunas tormentas que me habían tocado. Pasamos un buen rato intercambiando anécdotas.

—Yo pongo proa a la playa y listo… —Dijo él.

—Yo me bajo, sin mojarme las botas, salto a la arena y chau… —Dije yo, siguiendo su broma Era el plan más razonable. Por esa zona hay piedra, pero la mayor parte de la costa es de arena blanca y cae a pico. Si uno fuese indiferente al destino del barco, en esa zona no le sería difícil bajar a tierra casi sin mojarse los pies. Pero no es fácil cambiar ciertas costumbres: la gente se habitúa a navegar en barcos que quiere j preferiría ahogarse antes de perderlos o dejarlos hundir entre las piedras. Así nace un reflejo de miedo por el barco. Porque aquella noche no había nada que temer: viniera del Sur o del Sudeste, el pampero nos llevaría inevitablemente hacia la costa. Un chapuzón, perder el bolso con los documentos en el peor de los casos, y ganar una anécdota nueva para contar a lo largo de toda una vida cuyo futuro está fuera de discusión. Pero está ese reflejo, y el miedo —la sensación de hielo en el estómago, la garganta seca, las manos que se crispan alrededor de cualquier objeto——, era idéntico al que se puede sentir en medio del mar, cuando aparece el riesgo de naufragio. Uno es presa del hábito y se hace difícil en momentos así integrar la idea de que los barcos ajenos y hechos para pasear en lagunas no merecen ninguna consideración.

Debo haber controlado la carta un par de veces. Mi plan, al que él Japonés adhería, era mantener el barco sobre la línea de profundidad de cuatro a cinco metros. De ese modo, entre Atlántida y Punta Ballenas no había riesgo de alejarse más de una milla, o un par de millas de la costa, en el peor de los casos. A las doce consulté el reloj por última vez. Los rayos pegaban cerca y los truenos se escuchaban al cabo de veinticinco o treinta segundos. Le iba a decir al Japonés que el borde de ataque de la tormenta estaba a seis o siete millas, cuando la primer racha nos castigó. venía yo a cargo del timón y cedí el comando al Japonés. La lluvia helada parecía granizo, pero bastó mirar la cubierta, iluminada por los reflejos de la timonera, para saber que era agua y sólo agua eso que golpeaba la cara casi hasta lastimar. El mar comenzaba a arbolarse. Las luces de Piriápolis ya no se veían y el crucero enterraba la proa en las primeras olas de la tormenta.

Miré la sonda: tres metros. Navegábamos muy arrimados a la costa. En un velero yo hubiese puesto rumbo mar adentro para defender el barco, pero ahí sólo rogaba que la primera piedra que golpease el casco estuviera muy cerca de la playa. Apenas podíamos conservar la enfilación, guiñábamos cuarenta grados a cada banda y no bien se corregía el rumbo la proa volvía a cruzar el viento, arrachado y borneador, y terminábamos con un desvío de cuarenta o cincuenta grados hacia el cuadrante opuesto. La marejada grande comenzó a los diez o quince minutos. No soplaba mucho, calculo un máximo de cuarenta nudos de viento. Pero los motores girando cerca de las cuatro mil vueltas no rendían más de cinco nudos y por momentos la aguja del velocímetro caía al cero y no me pareció improbable que estuviésemos frenados y retrocediendo a la velocidad de la corriente, que debía ser de tres o cuatro nudos por lo menos.

Llegaba la ola, el barco hundía la proa hasta que la cresta se acercaba a la popa y recién entonces emergía la proa, y todo acompañado por las variaciones del ruido del motor, porque al caer la proa, durante unos segundos las hélices giraban en el aire y el régimen subía hasta el límite de cinco a seis mil vueltas.

Por suerte algo regulaba la velocidad sus pendiendo momentáneamente la alimentación de los carburadores al superar cierto nivel de vueltas.

Eso, que ocurría cada dos o tres olas, nos dejaba paralizados y sin gobierno y el barco se atravesaba más y alguna rompiente nos pasaba por encima.

Mientras tanto rolábamos, caíamos a babor más que a estribor, creo que a causa de algún error en la instalación de los depósitos de nafta. Por la banda de babor embarcábamos agua. Pensé que si tina de esas caídas se producía cuando habíamos guiñado hacia el Oeste podríamos tumbar, y me preocupé, porque hundido uno se salva, pero dando una vuelta de campana, con esa timonera a casi cuatro metros de la superficie del agua, lo más probable sería reventarse contra la arena del fondo mucho antes de respirar la primera bocanada de agua liberadora. Quise prender un cigarrillo. Saqué uno o dos Embajadores mojados del saco de aguas y finalmente el Japonés me pasó un Jockey Club que milagrosamente conservaba encendido. Sentía la garganta cada vez más seca. El Japonés me pidió algo para tomar y bajé a la cabina a buscar la Coca y el cognac y mi bolso con el cabo que había preparado para el caso de embicar en la playa o para la eventualidad, que entonces me pareció más probable, de que se plantasen los motores y tuviésemos que tirarnos al agua para que la cabina no nos chupara en la tumbada.

El interior del barco parecía una demolición.

Todo era vidrios rotos, las puertas de los muebles del salón y la cocina se abrían y cerraban alocadamente. Hacía gracia la heladera abierta con su luz azulada reflejándose en el charco de leche, manteca derretida, vino, huevos y mayonesa que se había formado en la alfombra. Prendí un Embajadores, tomé la única botella de Coca sana que pude encontrar y volví a la timonera.

Le pasé un cigarrillo prendido al Japonés.

—¿Miedo? —Pregunté.

—No —me dice—. ¡Impresión nomás! —¿Dónde está el fondeo? —Ni lo busqués, tenemos una anclita de cinco kilos y un cabo de nylon, .pero no hay como hacerlo firme, porque el fraile está con dos tornillos de adorno y no aguanta ni el remolque de una canoa isleña. Se lo avisé al dueño.

—¿Y hay bote? —quise saber.

—Sí, pero no sirve. Es un plegable: no aguanta el peso de nadie si hay un poco de ola.

—¿Qué tal nadás? —Estaba empapado por la lluvia y por el sudor dentro del traje de aguas.

—Bien. Una o dos horas puedo.

, En ese momento enmudeció la radio y se apagaron las luces del instrumental.

. —Un fusible sonó —dijo él.

Estaríamos a un par de millas de Piriápolis, donde la costa hace un recodo y tal vez pudiésemos encontrar un poco de reparo del viento. Seguimos navegando con la timonera iluminada desde abajo por los fluorescentes de la cabina. Era cerca de la una de la madrugada. Miré el reloj porque me pareció que rolábamos más lentamente. ¿Sería el sueño? Iba a comentárselo al Japonés pero se me adelantó: —Algo siento.. —Dijo.

—¿Qué..? —Algo…

Había aumentado el viento y la lluvia amainaba. Ahora eran agujitas de agua helada, menos dolorosas que las de los chubascos de la primera hora.

—¿Qué algo…? —volví a preguntar.

—No sé. ¡Tomá el timón! Y me empujó frente a la rueda a mí y bajó a la cabina.

No bien dejó la timonera traté de sincronizar los motores. Estaban en cuatro mil vueltas, bajaban a mil cuando se clavaba la proa y llegaban a cinco mil cuando al pasar la ola volvía a hundirse la proa y la hélice se soltaba a trabajar en el aire. Nunca creí que pudiera resistir tanto un Gray.

Al volver el Japo me sorprendió con una pregunta: —¿Cuánto es una bomba de dos mil litros? ¿Saca dos mil por hora o por minuto? —Por hora, seguro que es por hora —le dije, sin entender.

—Y decime, ¿cuánta agua cabe en diez metros por uno y medio por dos de ancho? —Diez mil, quince mil litros —Calculé.

. —¡Sonamos! Los pisos de la cabina están flotando. Puse las dos bombas a funcionar, vuelvo a ver si sacan…

Escuché que gritaba desde abajo: —¡No sacan un carajo…! ¡Esto se hunde! Fue ahí cuando tuve más miedo que en cualquier otro momento de mi vida.

—rapo, ¿nos tiramos a la playa…? —grité. .

—No, pará… vamos a ver.

Volvió a la timonera.

—¡Pará un motor! —me ordenó.

—Estás loco.

—Pará uno y olvidáté de ponerlo en marcha.

¿Oíste? —Amenazó.

—¿Qué querés? —Sacar el agua. ¡Ni se te ocurra ponerlo en marcha! El mismo llevó el comando de un acelerador a cero, e interrumpió el encendido. Antes de bajar a la cabina amenazó: —Ni se te ocurra arrancarlo…

Con el motor de estribor funcionando a fondo y el timón clavado hacia la banda opuesta se podía mantener el rumbo unos minutos. Después una ola volvió a dejarnos la hélice en el aire, me giró la proa y concluí recorriendo un círculo completo. Lo mismo volvió a suceder dos o tres veces, y, según la sonda, con cada rodeo me acercaba más y más a la playa: por un momento marcó un metro, no supe si de profundidad o un metro bajo la quilla, es decir, un metro y medio o un metro ochenta de profundidad como máximo.

Á la tercera o cuarta vuelta apareció el japonés gritando: —¡Meté el motor a fondo, carajo! Pero él mismo empujó con el codo la palanca del acelerador. El régimen subió a cinco mil vueltas y el barco se hizo más gobernable. El Japonés me mostró su mano izquierda, me dijo que tenía la yema de los dedos chamuscadas, pero con la poca luz que subía desde los fluorescentes no pude verlas. Me explicó, mordiéndose los labios de dolor, que había desarmado el sistema de refrigeración, conectando el caño de la bomba del motor a la sentina, para desagotarla.

por suerte, ya entrábamos en el reparo de la punta de Piriápolis. Amainó el viento y la mare jada era menos violenta. Estuvimos rondando por la bahía un buen rato hasta que otra aflojada del viento nos animó a seguir porque no había modo de encontrar ‘las balizas de entrada al puerto de Piriápolis, que no es mucho más que un zanjón.

Con medio metro de agua adentro y los motores recalentados aparecimos en Punta del Este cuando empezaba a clarear. El Japonés dormía, trabado con su cinto a la butaca del acompañante del timonel. A las cinco y media amarré al muelle de Prefectura. Lloviznaba, no había nadie despierto entre tanto barco y edificio y recién a la hora llegaron los de la aduana en un botecito. Cuando terminaron la revisión y el papeleo se llevaron al Japonés a una farmacia a hacerle curar la mano. La tuvo vendada todo ese verano pero siguió yendo y viniendo, llevando y trayendo barcos de San Isidro al Este, del Este a San Isidro, y uno que otro hasta el Brasil. En marzo del año que empezó al día siguiente de aquel pampero volví a navegar con él en un barco decente, el Fiesta, un dibujo de Rhodes, clásico, con palo de madera y unas velas Ratsey de algodón, que tendrían veinticinco años pero pintaban impecables. Esa vez hicimos Punta del Este—Buenos Aires creo que en treinta horas, con viento sur.

Y nunca más volví a subir a bordo de un crucero: había aprendido que los barcos a motor son para locos como el Japonés, hechos para pasarse la vida llevando y trayendo cosas de fondo chato y decir por ahí que son capaces de dejarlas hundir y robarse un cajón de champán porque total tienen seguro y el dueño es un gallego, aunque uno sepa por experiencia que macanean y que no se atreverían a perder ni una casa flotante decorada con muebles provenzales.

—¿Te acordás del Pampero en Piriápolis..? —Habló el Japonés.

Yo estaba sirviendo mi tercera porción del chancho, unas costillitas con piel riquísima, empapadas con el jugo de medio limón. Terminé mi copa de vino blanco antes de responder.

—Sí, recién pensaba en eso yo —le dije.

—Qué cagazo flor, ¿eh? —Sí. No sé por qué. No sé por què carajo no nos metimos en la playa… —Reflexioné.

—La costumbre. Es la costumbre.

—¿Qué fue del dueño? ¿Se habrá ahogado…? —No… Esos no se ahogan nunca, terminan siempre vendiendo el barco al doble de lo que lo pagaron y se compran un Mercedes Benz…

Seguimos charlando mientras él comía lechón y tomaba cerveza Guinness como desafiándome a insistir en que el lechón va con vino.

—Mirá —dijo mostrándome las marcas que sus dedos terminaban de dejar en el vidrio empañado del porroncito de Guinness—, en este dedo no tengo digitales, y en este otro —me extendió su anular—, no tengo tacto. Si me toco el orto con él, me da la impresión de que me lo está tocando otro.

Era divertido. Le serví otra porción de lechón mientras él se destapaba otro porrón de Guinness.

El Chila avanzaba aplomado, siempre en rumbo.

Había refrescado el viento, y el barco, recostado sobre la banda de babor, se, hacía más firme en el agua. Desde la dinnette parecía que estábamos detenidos. Así era el andar de ese velero: veinte toneladas —nueve de plomo—, dos metros bajo el agua y una orza de acero inoxidable que se clavaba dos metros más hondo, dándole ese estilo sereno de atropellar la ola. Daba confianza el Chila, tal vez por eso nos volteaba el sueño con tanta facilidad a bordo de ese barco.

—Tu guardia, Japo. ¡A cubierta! —Reclamé.

—Sí… Voy. ¡Ya mismo voy! —Respondió. Pero demoró un largo rato para vestirse con la ropa de abrigo y preparar sus revistas y su termo con café. Cuando por fin subió a cubierta la cocina lucía limpia y ordenada y adivinando el estado en que la encontraría al levantarme, me fui a dormir a una cucheta de sotavento. Eran las nueve de la noche.

Tardé en dormirme. Llevaba en mente la idea que me había pasado Krôpfl un día antes de mi salida de Buenos Aires para buscar el Chila en Mar del Plata.

—Entre el sonido y la estructura hay un abismo… —había dicho para explicar por qué mi voz se resistía a afinar bien sus predilectos lieder de Schömberg.

—Tenés todo tu viaje para pensarlo. Pensálo con el “arroz con leche” y cuando vuelvas, si no te ahogaste, me contestás… —Aconsejó, y yo creí que a partir de esa noción iba a ordenar mis ideas sobre la música y planeaba aprovechar la tranquilidad del mar para reflexionar sobre el tema y escribir algo.

—Los intervalos son entidades) no relaciones —me había dicho el año anterior. Y esa idea era lo único original del texto sobre música que escribimos con Alicia y nos entretuvo más de una semana. Ahora tenía esta cuestión del “abismo” rondándome, y una fea sensación de fracaso me agobiaba al pensar que sólo faltaban dos noches para llegar a Río y no había escrito siquiera una línea sobre el tema.

Cuando miré el reloj eran las veintitrés. El Chila seguía en rumbo. Sospeché que el japonés se habría dormido en la timonera y no me importó.

Necesité ir al baño. Sentía acidez y tomé un va so de agua con Alka Seltzer antes de volver a tirarme en la cucheta. A bordo reinaba el orden y la serenidad. Debo haberme dormido a la una y media de la madrugada. Tomaba guardia a las seis, hora de a bordo, nueve y treinta hora de Greenwich. Me quedaba pocas horas de sueño.

Al despertar vi luz, mucha luz en cabina: no eran las seis. El sol alto pasaba perpendicular mente por el tambucho de proa: serían las diez.

El Japonés se había dormido al timón una vez más. Semidormido corrí a la mesa de navegación y controlé la corredera: habíamos avanzado ciento diez millas desde las ocho de la noche del día anterior y según el compás de radiogoniómetro seguíamos en rumbo. Fui a lavarme mientras se calentaba la pavita para el café. Calcé mis botas y desayuné, no tenía ganas de subir a cubierta a renegar con el Japo y debí tomar dos tazas de café con galletas de coco para sentirme totalmente despierto. Antes de salir me froté los brazos y la cara con crema antiactínica previendo que esa tarde de abril el sol castigaría muchísimo.

Después puse una cassette de música brasileña y levanté el volumen de los parlantes de cubierta pensando que eso me ayudaría a despertar al Japonés.

Cuando salí a cubierta eran las diez y media.

Seguía soplando del Este pero la falta de nubes hacía pensar en un probable borneo al Norte, precedido por algún recalmón.

—¡Despertáte! —grité al subir al cockpit. Pero el Japonés no estaba en la timonera. Pensé encontrarlo en el camarote de proa, durmiendo a sus anchas desde antes del amanecer y sentí rabia porque nos había puesto, una vez más, en peligro a mí, a él y al Chila, que no tenía seguro.

Puteando, fui al camarote de proa: tampoco allí estaba el Japonés. Me preocupé: ¿Habría caído al mar? En ese momento imaginé que me había armado una broma. Tuve miedo.

Tratando de no hacer ruido recorrí todo el barco. Si se trataba de una broma, no debía mostrarle mi preocupación. Cantando, acompañé el tema de Nei Matogrosso que sonaba en el estéreo para disimular mi recorrida, mientras revisaba los lugares donde podría haberse ocultado. El Japonés no estaba más a bordo.

Mi primera decisión fue invertir el rumbo: controlé el compás, traía rumbo veintiuno, sumé ciento ochenta grados, resté cinco grados por la compensación magnética y puse nimbo ciento noventa y seis. Abrí velas: el viento franco me llevaba a mí solo ahora, a diez nudos y suaves ondas me empujaban de popa y por momentos invitaban al Chila a barrenar.

El timón automático tardó un par de minutos en habituarse al nuevo nimbo. No bien se estableció busqué los prismáticos. Quise subir al tope del palo mayor izándome con una driza, pero al llegar a la cruceta me detuve. No estaba preparado para moverme a veinte metros sobre el nivel del agua, y ya a mitad del palo, sobre la cruceta, el rolido natural del barco revoleándome casi dos metros a cada banda era demasiado para mí. Escruté todo el horizonte a proa, ni un punto a la vista.

¿Cuándo habría caído? Junto a la timonera encontré su termo de café, caliente todavía: estaba lleno. Eso probaba que el Japonés no había bebido su café de la noche. Conociendo sus hábitos tendí a convencerme que habría caído al agua antes de las dos de la mañana porque jamás pasaba dos horas sin beber café, o té, o mate.

Me tracé la rutina de otear el horizonte cada cinco minutos. En los intervalos fui tomando diversas precauciones: largué a popa un cabo de diez metros con un salvavidas, previendo una eventual caída, sin nadie a bordo para recuperarme. Revisando el equipo de seguridad encontré una de esas balizas de radio que se venden en Europa y que prometen en el folleto que una vez en el agua empiezan a emitir la señal de socorro en distintas frecuencias y con un alcance de sesenta a noventa millas. La amarré al cabo de remolque.

El transmisor de BLU no funcionaba desde Mar del Plata, pero comencé a reclamar auxilio. La luz testigo de emisión no se encendió. Conecté el pequeño transmisor de VHF en la frecuencia de socorro. De bajo alcance —quince o veinte millas en esa zona de intenso tráfico de embarcaciones de carga no creí difícil que consiguiera algún escucha. Cuando miré el reloj, después de hacer funcionar el BLU, eran las catorce. Prendí el motor: llevándolo a media marcha ganaba unos tres nudos, valía la pena. En un libro de a bordo había visto una tabla de supervivencia en el mar.

La consulté y después medí la temperatura: estábamos hacía dos días en aguas del brazo ascendente de la corriente de las Malvinas, bastante frescas: doce grados.

A las cinco, según mis cálculos, ya no tenía sentido seguir buscando. viré, apagué el motor, restablecí las velas y retomé el rumbo veintiuno; había perdido 50 millas. Todo ese día seguí transmitiendo con el VHF. Recuerdo que no almorcé ni cené, pero me tomé el termo con café del Japonés y varias latas de jugos de frutas. La garganta se me secaba en pocos minutos por la preocupación, o la ansiedad, mientras pensaba en la familia del Japonés: el padre, paraguayo, tenía un almacén cerca de San Fernando y atendía un despacho de bebidas. A la madre nunca la conocí.

Había una mujer, mayor que él. El Japonés la llevaba a veces al cine. Tengo la sensación de que sólo esporádicamente se acostaba con ella. ¿De qué hablarían? El hablaría de barcos, de regatas, de negocios con barcos y de accidentes en regatas y ella de los problemas con sus hijos, o con el marido. ¿Qué pensarían de mí? Eso me preocupaba: qué pensarían de mí cuando me reportase en Río anunciando que me faltaba un tripulante. Gasté el resto de la jornada planeando cómo entrar a puerto dando la imagen de una organización marinera seria y concienzuda para neutralizar cualquier sospecha de los sumariantes.

Ese atardecer no tomé la posición astral. Tenía un radiofaro a 90 grados a babor, y pude sintonizar otros de los alrededores de Río. Me manejé con esas estimaciones y con los datos de la corredera: estando solo, un error de quince o veinte millas no me importaba mucho.

Fui a dormir a las nueve y media. Comí una lata de ensaladas de frutas sentado en la cucheta, el primer alimento sólido del día. Soplaban doce nudos y sin motor avanzaba en rumbo a cinco nudos. Mientras cargaba las baterías recordé mi diálogo con Kröpfl y me prometí que el día siguiente, tal vez el último de la navegación ————es taba a 200 millas de Río————, tendría tiempo y ánimos para pensar una buena respuesta.

Me dormí de inmediato. Tenía el cuerpo dolorido por tantas subidas a la cruceta y por las tensiones de aquel día. Soñé con el japonés. Sé que el sueño rememoraba nuestro pampero de Piriápolis pero al despertar había olvidado el resto de su contenido.

Desperté al amanecer. Una luz lechosa entraba por las ventanillas de estribor. A babor se veía aún la noche. Puse la pava a calentar, y preparé medio litro de café. Comí galletas, coloqué una cassette de música de cámara, y bebí dos cafés mientras terminaba los chequeos de cabina: sobraba el combustible y la carga de las baterías, según el compás del gonio, seguía en nimbo veintiuno y, como siempre, soplaba del Este. El Chila hacía cuatro nudos, tal vez porque faltaban velas en proa. Decidí que no bien terminase de despertar cambiaría el genoa dos por genoa grande y que de seguir desinflándose el viento del Este pondría media máquina y derivaría, para caer sobre la costa donde siempre hay calma y se puede avanzar a una velocidad uniforme de diez nudos con máquina a pleno.

Después de tomar otra taza de café con bizcochos calcé mis botas, vestí una campera liviana y organicé una recorrida por el barco.

Debía verificar que toda la maniobra estuviese en orden ahora que estaba solo. Prendí un cigarrillo y salí a cubierta. El japonés desde timón me puteó: —¡Boludo, ya amaneció, no se ve ni un astro, nos perdimos de nuevo la posibilidad de tener una buena posición…! El aire fresco de la mañana y la voz del Japonés me provocaron un escalofrío, seguido de una sensación de mareo. El Japonés estaba timoneando.

volví a la cabina. ¿Alucinaba, o todo había sido un sueño? Había sido un sueño. Miré la corredera.

Habíamos hecho ochocientas noventa millas desde Mar del Plata: había soñado el día anterior.

Había hecho desaparecer al Japonés para largarle, en sueños, toda la rabia acumulada por su tendencia al desorden, y por la negligencia con que tomaba la disciplina de a bordo.

En la cucheta me sentí mejor. Tuve ganas de reír, creo que reí. Iba a contarle todo al Japonés, pero pensé que sería difícil explicarle mi pesadilla del lechón, los sutiles procesos de elaboración onírica y los motivos de mi agresión desplazada al sueño. En cambio, preparé un desayuno…

—¿Qué querés, café o té? —Le ofrecí.

—Té, mejor… Así apoliyo todo el día…

—Bueno… ¿Querés budín…? —No, gracias… Galletitas… Ya bajo. —Anunció.

Desayuné por segunda vez, ahora en la dinnette, frente al Japo, que a esta altura sólo deseaba llegar a Río: —¿Cuándo llegamos? —Preguntó.

—Mañana al mediodía, en el peor de los casos.

—No aguanto más… Quiero caminar por una calle… Ver gente… ¿Entendés? —Sí… —le dije—, yo también.

Después se fije a dormir. Yo revisé la maniobra,. icé una trinquetilla y cuando el viento comenzaba a desinflarse prendí el motor. Teníamos reserva de combustible para sesenta horas, sobraba.

pasé aquel día escuchando música de cámara: Schubert, Bartok, unos de tríos de Brahms, Beethoven. A las cinco de la tarde el viento refrescó —veinticinco nudos—, y se presentó un poco más cerrado de proa. Era el momento de derivar: hice nimbo trescientos treinta. De seguir el viento como se había establecido, esa noche cubriríamos las cien millas que nos ubicarían frente a la costa de Angra, a un tirón de Río.

A las siete de la tarde despertó el Japonés y estimamos la posición. Nos faltaban sólo cien millas. Le preparé la cena mientras él trataba de despejarse. Creo que nunca pudo explicarse por qué lo atendí tanto ese último día.

A las diez tomó él la guardia y yo me encerré en el camarote a escribir. Redacté una carta para Gabriela van Riel y trabajé durante un par de horas en el proyecto de mi respuesta a Kröfl.

Le enviaría un largo comentario desde Río de Janeiro. Cerca de las dos me dormí. El Japonés dormitaba junto al timón, soplaba veinte nudos.

Le recomendé que tratase de despertarme temprano. Quería tomar estimaciones de la costa que al clarear ya sería visible y no perder una sola milla para llegar a Río antes del atardecer. Tuve un sueño erótico donde aparecía confusamente Leticia —la hijita menor de mi mujer—, y desperté un par de veces medio desvelado. A las cuatro y media necesité ir al baño. Seguro que el Japonés estaría durmiendo junto al timón. Después me dormí yo también. Cuando desperté había mucha luz en la cabina. El sol estaba alto. Salté de la cucheta y tomé café tibio de mi termo antes de poner la pava a hervir. Fui al baño. Desde la ventana se veía la costa. Prendí un cigarrillo rubio del Japonés que encontré en la repisa de los cepillos de dientes y desayuné mirando por la ventana de babor la costa. Ya habíamos superado Angra. El Chila avanzaba a seis nudos proa a Río. Cuando estuviese a cargo de la guardia arriaría el genoa y pondría toda máquina procurando hacer ocho o diez nudos, si el viento colaboraba un poco. Me calcé y salí a cubierta. vi unas manchitas en el horizonte y pensé que serían las islas de la costa de Río.

Teníamos la costa a diez millas a babor, estaríamos a unas treinta de Río. Y eran recién las once. Miré a proa: la cubierta del Chila estaba despejada y la proa cortaba el agua verde con aplomo, sin desviarse una pulgada. El Japonés había dejado el timón. imaginé que ya estaría durmiendo en el camarote de proa y sin hacer ruido espié por su ojo de buey. No estaba. Revisé todo el barco: faltaban pocas horas para llegar a Río y el Japonés no estaba a bordo. Llevaba rumbo doscientos ochenta, perfecto. Tomé los prismáticos, y desde la proa inspeccioné el horizonte. Por momentos pensé virar, abrir las velas y perder otras cincuenta millas buscándolo.

Decidí que no: mejor sería poner un poco de orden en el barco y prepararme para el interrogatorio de la prefectura de Guanabara. Intenté transmitir con el BLU. Tampoco esta vez se encendió la luz testigo de emisión. Con intervalos de diez minutos me sentaba a pedir auxilio por el VHF, algo inútil, porque nadie navega en esa zona sintonizando la frecuencia reglamentaria. Un par de veces, antes de almorzar volví a mirar el horizonte de popa. Después me convencí que con tanto camino recorrido, mirar hacia atrás como un imbécil no valía la pena y que lo único importante era llegar a Río con el barco en orden y armado de paciencia para soportar todas las rutinas del sumario.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cuentos completos, de Rodolfo Fogwill (Alfaguara, 2011).

 

15. Visión de reojo, de Luisa Valenzuela [Gema Palacios]

Hasta que el cuento aguante

Una danza hiperbreve de los cuerpos en tránsito.

 

Recomendación de Gema Palacios, investigadora y poeta. Autora de los poemarios Morada y Plata (ebediziones, 2013), Compañeros del crimen (Ediciones Paralelo, 2014), Treinta y seis mujeres (El sastre de Apollinaire, 2016) y el libro objeto colectivo Hypnerotomaquia (edición de autor, 2017). Ha sido galardonada con el IV Premio de Poesía Joven Javier Lostalé con el poemario Lumbres, publicado por el editorial Polibea en 2019. Desde 2017 forma parte de la asociación feminista de mujeres poetas Genialogías.

 

“Visión de reojo”, de Luisa Valenzuela

La verdá, la verdá, me plantó la mano en el culo y yo estaba ya a punto de pegarle cuatro gritos cuando el colectivo pasó frente a una iglesia y lo vi persignarse. Buen muchacho después de todo, me dije. Quizá no lo esté haciendo a propósito o quizá su mano derecha ignore lo que su izquierda hace. Traté de correrme al interior del coche —porque una cosa es justificar y otra muy distinta es dejarse manosear— pero cada vez subían más pasajeros y no había forma. Mis esguinces sólo sirvieron para que él meta mejor la mano y hasta me acaricie. Yo me movía nerviosa. Él también. Pasamos frente a otra iglesia pero ni se dio cuenta y se llevó la mano a la cara sólo para secarse el sudor. Yo lo empecé a mirar de reojo haciéndome la disimulada, no fuera a creer que me estaba gustando. Imposible correrme y eso que me sacudía. Decidí entonces tomarme la revancha y a mi vez le planté la mano en el culo a él. Pocas cuadras después una oleada de gente me sacó de su lado a empujones. Los que bajaban me arrancaron del colectivo y ahora lamento haberlo perdido así de golpe porque en su billetera sólo había 7.400 pesos de los viejos y más hubiera podido sacarle en un encuentro a solas. Parecía cariñoso. Y muy desprendido.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Tres por cinco, de Luisa Valenzuela (Páginas de Espuma, 2008).

14. Por un bistec, de Jack London [David Becerra Mayor]

Hasta que el cuento aguante

Con su acostumbrada habilidad para retratar la vida de los barrios obreros, Jack London nos hace recorrer en “Por un bistec” las calles que conducen a Tom King, un viejo boxeador, decadente y huraño, de su casa al ring. Le acompaña la nostalgia por las glorias pasadas, los combates ganados en la juventud contra otros que eran como él es ahora, débil, fatigado y hambriento. Las deudas asfixian su economía doméstica y necesita ganar el combate para poder comerse un bistec con el dinero del premio. Pero necesita comer el bistec antes del combate para disponer de la energía suficiente con la que golpear con fuerza y vencer al boxeador que, joven y elástico, como lo era él en el pasado, se le encarará en el ring. En el boxeo, como en los negocios, sin inversión no hay resultados, y los carniceros del barrio ya no le fían. El relato de London, como sucede en el cuadrilátero, enfrenta la juventud que despunta y la vejez que decae, la fuerza y la fogosidad de los jóvenes contra la estrategia y la experiencia de los púgiles maduros, pero también nos recuerda que solamente pueden ganar los combates aquellos que han podido invertir en su victoria, que toda lucha es desigual porque nunca nos encontramos en el mismo punto de partida.

 

Recomendación de David Becerra Mayor, profesor de literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona, autor de La Guerra Civil como moda literaria (Clave intelectual, 2015) y director de la colección de ensayo de Hoja de Lata Editorial.

 

“Por un bistec”, de Jack London

Tom King rebañó el plato con el último trozo de pan para recoger la última partícula de gachas, y masticó aquel bocado final lentamente y con semblante pensativo. Cuando se levantó de la mesa, le embargaba una inconfundible sensación de hambre. Él era el único que había cenado. Los dos niños estaban acostados en la habitación contigua. Los habían llevado a la cama antes que otros días para que el sueño no les dejara pensar en que se habían ido a dormir sin probar bocado.La esposa de Tom King no había cenado tampoco. Se había sentado frente a él y lo observaba en silencio, con mirada solícita. Era una mujer de clase humilde, flaca y agotada por el trabajo, pero cuyas facciones conservaban restos de una antigua belleza. La vecina del piso de enfrente le había prestado la harina para las gachas. Los dos medio peniques que le quedaban los había invertido en pan.

Tom King se sentó junto a la ventana, en una silla desvencijada que crujió al recibir su peso. Con un movimiento maquinal, se llevó la pipa a la boca e introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta. Al no encontrar tabaco, se dio cuenta de su distracción y, lanzando un gruñido de contrariedad, se guardó la pipa. Sus movimientos eran lentos y premiosos, como si el extraordinario volumen de sus músculos le abrumara. Era un hombre macizo, de rostro impasible y aspecto nada simpático. Llevaba un traje viejo y lleno de arrugas, y sus destrozados zapatos eran demasiado endebles para soportar el peso de las gruesas suelas que les había puesto él mismo hacía ya bastante tiempo. Su camisa de algodón (un modelo de no más de dos chelines) tenía el cuello deshilachado y unas manchas de pintura que no se quitaban con nada.

Bastaba verle la cara a Tom King para comprender cuál era su profesión. Aquel rostro era el típico del boxeador, del hombre que ha pasado muchos años en el cuadrilátero y que, a causa de ello, ha desarrollado y subrayado en sus facciones los rasgos característicos del animal de lucha. Era una fisonomía que intimidaba, y para que ninguno de aquellos rasgos pasara inadvertido iba perfectamente rasurado. Sus labios informes, de expresión extremadamente dura, daban la impresión de una cuchillada que atravesara su rostro. Su mandíbula inferior era maciza, agresiva, brutal. Sus ojos, de perezosos movimientos y dotados de gruesos párpados, apenas tenían expresión bajo sus tupidas y aplastadas cejas. Estos ojos, lo más bestial de su semblante, realzaban el aspecto de brutalidad del conjunto. Parecían los ojos soñolientos de un león o de cualquier otro animal de presa. La frente hundida y angosta lindaba con un cabello que, cortado al cero, mostraba todas las protuberancias de aquella cabeza monstruosa. Una nariz rota por dos partes y aplastada a fuerza de golpes, y una oreja deforme, que había crecido hasta adquirir el doble de su tamaño y que hacía pensar en una coliflor, completaban el cuadro. Y en cuanto a su barba, aunque recién afeitada, apuntaba bajo la piel, dando a su tez un tono azulado negruzco.

Si bien aquella fisonomía era la de uno de esos hombres con los que no deseamos encontrarnos a solas en un callejón oscuro o en un lugar apartado, Tom King no era un criminal ni había cometido nunca una mala acción. Dejando aparte las reyertas en que se había visto mezclado y que eran cosa corriente en los medios que frecuentaba, no había hecho daño a nadie. No se le consideraba un pendenciero. Era un profesional de la contienda y reservaba toda su combatividad para sus apariciones en el ring. Fuera del tablado, era un hombre bonachón, de movimientos tardos, y en su juventud, cuando ganaba el dinero a espuertas, había sido, no ya generoso, sino despilfarrador. Para él el boxeo era un negocio. Cuando estaba en el cuadrilátero, pegaba con intención de hacer daño, de lesionar, de destruir; pero no había animosidad en sus golpes: era una simple cuestión de intereses. El público acudía y pagaba para ver cómo dos hombres se vapuleaban hasta que uno de ellos quedaba inconsciente. El vencedor se quedaba con la parte del león de la bolsa. Hacía veinte años, cuando Tom King se enfrentó con el «Salta Ojos», de Woolloomoolloo, sabía que la mandíbula de su contrincante sólo estaba firme desde hacía cuatro meses, pues anteriormente se la habían partido en un combate celebrado en Newcastle. Por eso dirigió todos sus golpes contra ella, y consiguió fracturarla nuevamente en el noveno asalto. No lo movía ningún resentimiento contra su adversario: procedió así porque era el medio más seguro de dejar fuera de combate a aquel hombre y, de este modo, ganar la mayor parte de la bolsa ofrecida. En cuanto al «Salta Ojos», no le guardó rencor alguno. Ambos sabían que así era el boxeo, y había que atenerse a sus reglas.

Tom King no era nada hablador. En aquel momento en que permanecía sentado junto a la ventana, se hallaba sumido en un huraño silencio, mientras se miraba las manos. En el dorso de ellas se destacaban las venas gruesas e hinchadas. El aspecto de los nudillos, aplastados, estropeados, deformes, atestiguaba el empleo que había hecho de ellos. Tom no había oído decir nunca que la vida de un hombre dependía de sus arterias, pero sabía muy bien lo que significaban aquellas venas prominentes, dilatadas. Su corazón había hecho correr demasiada sangre por ellas a una presión excesiva. Ya no funcionaban bien. Habían perdido la elasticidad, y su distensión había acabado con su antigua resistencia. Ahora se fatigaba fácilmente. Ya no podía resistir un combate a veinte asaltos con el ritmo acelerado de antes, con fuerza y violencia sostenidas, luchando infatigablemente desde que sonaba el gong, acosando sin cesar a su adversario, retrocediendo hasta las cuerdas o llevando a su oponente hacia ellas, recibiendo golpes y devolviéndolos. Ya no multiplicaba su acometividad y la rapidez de sus golpes en el vigésimo y último asalto, levantando al público de sus asientos y provocando sus aclamaciones, cuando él acometía, pegaba, esquivaba, hacía caer una lluvia de golpes sobre su adversario y recibía otra igual mientras su corazón no dejaba de enviar, con impetuosa fidelidad, sangre a sus venas jóvenes y elásticas. Sus arterias, dilatadas durante el combate, se encogían de nuevo, pero no del todo; al principio, esta diferencia era imperceptible, pero cada vez quedaban un poco más distendidas que la anterior. Se contempló las venas y los estropeados nudillos. Por un momento le pareció ver los magníficos puños que tenía en su juventud, antes de romperse el primer nudillo contra la cabeza de Benny Jones, apodado el «Terror de Gales».

Experimentó de nuevo la sensación de hambre.

—¡Lo que daría yo por un buen bistec! —murmuró, cerrando sus enormes puños y lanzando un juramento en voz baja.

—He ido a la carnicería de Burke y luego a la de Sawley —dijo la mujer en son de disculpa.

—¿Y no te quisieron fiar?

—Ni medio penique. Burke me dijo que…

Vacilaba, no se atrevía a seguir.

—¡Vamos! ¿Qué dijo?

—Que como esta noche Sandel te zurraría de lo lindo, no quería aumentar tu cuenta, ya es bastante crecida.

Tom King lanzó un gruñido por toda respuesta. Se acordaba del bulldog que tuvo en su juventud, al que echaba continuamente bistecs crudos. En aquella época, Burke le habría concedido crédito para mil bistecs. Pero los tiempos cambian. Tom King estaba envejecido, y un viejo que tenía que enfrentarse con un boxeador joven en un club de segunda categoría, no podía esperar que ningún comerciante le fiase.

Aquella mañana se había levantado con el deseo de comer un bistec, y aquel deseo no lo había abandonado. No había podido entrenarse debidamente para aquel combate. En Australia el año había sido de sequía y los tiempos eran difíciles. Había dificultades para encontrar trabajo, fuera de la índole que fuere. No había tenido sparring, no siempre había comido los alimentos debidos y en la cantidad necesaria. Había trabajado varios días como peón en una obra, y algunas mañanas había corrido para hacer piernas. Pero era difícil entrenarse sin compañero y teniendo que atender a las necesidades de una esposa y dos hijos. Cuando se anunció su combate con Sandel, los tenderos apenas le concedieron un poco más de crédito. El secretario del Gayety Club le adelantó tres libras —la cantidad que percibiría si perdía el combate—, y se negó a darle un céntimo más. De vez en cuando consiguió que sus antiguos compañeros le prestasen unos centavos, pero no pudieron prestarle más, porque corrían malos tiempos y ellos también pasaban sus apuros. En resumen, que era inútil tratar de ocultarse que no estaba debidamente preparado para la pelea. Le había faltado comida y le habían sobrado preocupaciones. Además, ponerse «en forma» no es tan fácil para un hombre de cuarenta años como para otro de veinte.

—¿Qué hora es, Lizzie? – preguntó.

Su mujer fue a preguntarlo a la vecina y, al regresar, le dio la respuesta.

—Las ocho menos cuarto.

—El primer match empezará dentro de unos minutos —observó Tom—. No es más que un combate de prueba. Después hay un encuentro a cuatro asaltos entre Dealer Wells y Gridley, y luego uno a diez asaltos entre Starlight y un marinero. Yo aún tengo para una hora.

Otros diez minutos de silencio y Tom se puso en pie.

—La verdad es, Lizzie, que no me he entrenado todo lo que debía.

Cogió el sombrero y se dirigió a la puerta. No le pasó por la mente besar a su mujer —nunca la besaba al marcharse—, pero aquella noche ella lo hizo por su cuenta y riesgo: le echó los brazos al cuello y lo obligó a inclinarse hacia su rostro. Se veía menudita y frágil junto al macizo corpachón de su marido.

—Buena suerte, Tom —le dijo—. Tienes que ganar.

—Sí, tengo que ganar —repitió él—. Ni más ni menos.

Se echó a reír, tratando de mostrarse despreocupado, mientras ella se apretaba más contra él. Tom contempló la desnuda estancia por encima del hombro de su esposa. Aquel cuartucho, del que debía varios meses de alquiler, era, con Lizzie y los niños, cuanto tenía en el mundo. Y aquella noche salía en busca de comida para su hembra y sus cachorros, no como el obrero de hoy que va a la fábrica, sino al estilo antiguo, primitivo, arrogante y animal de las bestias de presa.

—Tengo que ganar —volvió a decir a su esposa, esta vez con un rictus de desesperación—. Si gano, son treinta libras, con lo que podré pagar todas las deudas y, además, verme un buen sobrante en el bolsillo. Si pierdo, no me darán nada, ni un penique para tomar el tranvía de vuelta, pues el secretario ya me ha dado todo lo que me correspondería en caso de perder. Adiós, mujercita. Si gano, volveré inmediatamente.

—Te espero —dijo ella cuando Tom estaba ya en el rellano.

Había más de tres kilómetros hasta el Gayety y, mientras los recorría, recordó sus días de triunfo, cuando era el campeón de pesos pesados de Nueva Gales del Sur. Entonces habría tomado un coche de punto para ir al combate, y con toda seguridad alguno de sus admiradores se habría empeñado en pagar el coche para tener el privilegio de acompañarlo. Entre estos admiradores se contaban Tommy Burns y el yanqui Jack Johnson, que poseían automóvil propio. ¡Y ahora tenía que ir a pie! Como todo el mundo sabe, una marcha de tres kilómetros no es la mejor preparación para un combate. Él era un viejo para el pugilismo, y el mundo no trata bien a los viejos. Él sólo servía ya para picar piedra, e incluso para esto era un obstáculo su nariz rota y su oreja hinchada. Ojalá hubiera aprendido un oficio. A la larga, habría sido mejor. Pero nadie se lo había enseñado. Por otra parte, una voz interior le decía que él no habría prestado atención si alguien hubiera tratado de enseñárselo. Su vida fue demasiado fácil. Ganó mucho dinero. Tuvo combates duros y magníficos, separados por períodos de descanso y holgazanería. Estuvo rodeado de aduladores que se desvivían por acompañarle, por darle palmadas en la espalda, por estrecharle la mano; de petimetres que lo invitaban a beber para tener el privilegio de charlar con él cinco minutos. Además, ¡aquellos magníficos combates ante un público delirante de entusiasmo! ¡Y aquel último asalto en que se lanzaba a fondo como un torbellino y el árbitro lo proclamaba vencedor! ¡Y leer su nombre en las secciones deportivas de todos los periódicos al día siguiente…!

¡Ah, qué tiempos aquéllos! Pero, de pronto, su mente tarda y premiosa comprendió que en aquellos lejanos días él dejaba fuera de combate a los viejos. Él era entonces la juventud que despuntaba, y sus adversarios la vejez que decaía. Era natural que resultara fácil para él: ellos tenían las venas hinchadas, los nudillos rotos y los huesos desvencijados por una larga serie de combates. Recordaba el día en que «noqueó» al maduro Stowsher Bill en Rush—Cutters Bay al decimoctavo asalto y luego lo vio llorando en los vestuarios, llorando como un niño. Acaso el viejo Bill debía también varios meses de alquiler, y acaso lo esperaban en su casa su mujer y sus hijos. ¡Y quién sabe si aquel mismo día, el del combate, había sentido el deseo de comerse un buen bistec! Bill combatió valientemente, recibiendo a pie firme una soberana paliza. Ahora que él pasaba el mismo calvario, comprendía que aquella noche de hacía veinte años Bill luchó por algo más importante que su adversario, el joven Tom King, que sólo trataba de ganar dinero y gloria fácilmente. No era extraño que Stowsher Bill hubiese llorado en los vestuarios amargamente después del combate.

No cabía duda de que cada púgil podía soportar un número limitado de combates. Era una ley inflexible del boxeo. Unos podían librar cien encuentros durísimos, otros sólo veinte. Cada cual, según sus dotes físicas, podía subir al ring tantas o cuantas veces. Después, quedaba al margen.

Él se había pasado de la raya, había librado más combates encarnizados de los que debía, encuentros en que el corazón y los pulmones parecía que iban a estallar; contiendas que hacían perder elasticidad a las arterias y convertían un cuerpo esbelto y juvenil en un montón de músculos nudosos; combates que desgastaban los nervios y los músculos, el cerebro y los huesos, por obra del esfuerzo. Sí, él había resistido más que nadie. No quedaba ya ni uno solo de sus antiguos compañeros. Él era el último de la vieja guardia. Había visto cómo iban cayendo todos y había contribuido a poner punto final a la carrera de algunos de ellos.

Lo opusieron a los boxeadores ya viejos y él los fue liquidando uno tras otro. Y después, cuando los veía llorar en los vestuarios, como había llorado el viejo Stowsher Bill, se reía. Pero ahora el viejo era él, y a su vez tenía que enfrentarse con los jóvenes. Con Sandel, por ejemplo. Había llegado de Nueva Zelanda precedido de un brillante historial. Pero como en Australia aún era un desconocido, se acordó enfrentarlo con el viejo Tom King. Si Sandel hacía un buen combate, se le opondrían mejores púgiles y las bolsas serían más crecidas. Así, pues, era de esperar que luchara como un demonio. Aquel combate era decisivo para él, ya que si ganaba tendría dinero, cobraría nombre y habría dado el primer paso de una brillante carrera. Tom King no era para él más que el muro viejo que le cerraba el paso a la fama y la fortuna. En cambio, a lo único que Tom King podía aspirar era a recibir treinta libras, que le servirían para pagar al dueño de la casa y a los tenderos. Y mientras cavilaba así, Tom King vio alzarse ante sus ojos hinchados el cuadro de la juventud triunfadora, exuberante e invencible, de músculos suaves y piel sedosa, de corazón y pulmones que no sabían lo que era el cansancio y se reían del jadeo de los viejos. Los jóvenes destruían a los viejos sin pensar que, al hacerlo, se destruían a sí mismos, dilatando sus arterias y aplastando sus nudillos, para ser, al fin, aniquilados por una nueva generación de jóvenes. Pues la juventud ha de ser siempre joven.

Al llegar a la calle de Castlereagh dobló a la izquierda y, después de recorrer tres manzanas, llegó al Gayety. Una multitud de golfillos apiñados frente a la puerta se apartaron respetuosamente al verle y oyó que decían:

—¡Es Tom King!

Una vez dentro, cuando se dirigía a los vestuarios, encontró al secretario, un joven de mirada viva y expresión astuta, que le estrechó la mano.

—¿Cómo te encuentras, Tom? – le preguntó.

—Estupendamente —respondió King, a sabiendas de que mentía y de que le hacía tanta falta un buen bistec, que si tuviera una libra la daría a cambio de él sin vacilar.

Cuando salió de los vestuarios, seguido por sus segundos, y se dirigió al cuadrilátero, que se alzaba en el centro de la sala, estalló una tempestad de aplausos y vítores en el público. Él respondió saludando a derecha e izquierda, aunque conocía muy pocas de aquellas caras. En su mayoría, eran muchachos que aún tenían que nacer cuando él cosechaba sus primeros laureles en el ring. Saltó con ligereza a la alta plataforma y, después de pasar entre las cuerdas, se dirigió a su ángulo y se sentó en un taburete plegable. Jack Ball, el árbitro, se acercó a él para estrecharle la mano. Ball era un boxeador fracasado que desde hacía diez años no pisaba el ring como púgil. King se alegró de tenerlo por árbitro. Ambos eran veteranos. Si él apretaba las tuercas a Sandel algo más de lo que permitía el reglamento, sabía que Ball haría la vista gorda.

Subieron al tablado, uno tras otro, varios jóvenes aspirantes a la categoría de pesos pesados, y el árbitro los fue presentando sucesivamente al público. Asimismo, expuso sus carteles de desafío.

—Young Pronto —anunció Ball—, de Sidney del Norte, reta al ganador por cincuenta libras.

El público aplaudió y los aplausos se renovaron cuando Sandel trepó ágilmente al ring y fue a sentarse en su rincón. Tom King, desde el ángulo opuesto, lo miró con curiosidad, pensando que minutos después ambos estarían enzarzados en implacable combate, y pondrían todo su empeño en noquearse. Pero apenas pudo ver nada, pues Sandel llevaba, como él, un mono de entrenamiento sobre su calzón corto de pugilista. Su cara era muy atractiva. Estaba coronada por un mechón rizado de pelo rubio, y su cuello grueso y musculoso anunciaba un cuerpo de atleta verdaderamente magnífico.

Young Pronto se dirigió sucesivamente a los dos ángulos y, después de estrechar las manos a los boxeadores, salió del ring. Continuaron los desafíos. Un joven tras otro pasaba entre las cuerdas. Aquellos muchachos desconocidos pero ambiciosos estaban convencidos, y así lo pregonaban, de que con su fuerza y destreza eran capaces de medirse con el vencedor. Unos años antes, cuando su carrera se hallaba en su apogeo y él se consideraba invencible, aquellos preliminares hubieran divertido y aburrido a Tom King. Pero a la sazón los contemplaba fascinado, incapaz de apartar de sus ojos la visión de la juventud. Siempre existirían aquellos jóvenes que subían al ring, y saltaban por las cuerdas para lanzar su reto a los cuatro vientos; y siempre tendrían que caer ante ellos los boxeadores gastados. Ascendían hacia el éxito trepando sobre los cuerpos de los viejos púgiles. Y continuaban afluyendo en número creciente, como una oleada de juventud incontenible que arrollaba a los viejos, para envejecer a su vez y seguir el camino descendente, a impulsos de la juventud eterna, de los nuevos mozos que desarrollaban sus músculos y derribaban a sus mayores, mientras tras ellos se formaba una nueva masa de jóvenes. Y así ocurriría hasta el fin de los tiempos, pues aquella juventud voluntariosa era algo inseparable de la humanidad.

King dirigió una mirada al palco de la prensa y saludó con un movimiento de cabeza a Morgan, del Sportsman, y a Corbett, del Referee. Luego tendió las manos para que Sid Sullivan y Charles Bates, sus segundos, le pusieran los guantes y se los atasen fuertemente, bajo la atenta fiscalización de uno de los segundos de Sandel, que ya había examinado con ojo crítico las vendas que cubrían los nudillos de King. Uno de los segundos de Tom cumplía la misma misión en el ángulo ocupado por Sandel. Este levantó las piernas para que le despojasen de los pantalones del mono y luego se levantó para que acabaran de quitarle la prenda por la cabeza. Tom King vio entonces ante sí una encarnación de la juventud, un pecho ancho y desbordante de vigor, unos músculos elásticos que se movían como seres vivos bajo la piel blanca y satinada. Todo aquel cuerpo estaba pletórico de vida, de una vida que aún no había dejado escapar nada de ella por los doloridos poros en los largos combates en que la juventud ha de pagar su tributo, dejando algo de ella misma en los tablados.

Los dos púgiles avanzaron hacia el centro del cuadrilátero y cuando los segundos saltaron por las cuerdas, llevándose los taburetes plegables, ellos simularon estrecharse las manos enguantadas e inmediatamente se pusieron en guardia. Acto seguido, como un mecanismo de acero puesto en marcha por un fino resorte, Sandel se lanzó al ataque. Asestó a Tom un gancho de izquierda al entrecejo y un derechazo a las costillas. Luego, entre fintas y sin cesar de saltar sobre las puntas de los pies, se alejó ligeramente de su contrincante para volverse a acercar en seguida, ágil y agresivo. Era un boxeador rápido e inteligente, que había iniciado la pelea con una espectacular exhibición. El público vociferaba entusiasmado. Pero King no se dejó impresionar. Había librado demasiados encuentros y había visto a demasiados jóvenes. Supo apreciar el verdadero valor de aquellos golpes: eran demasiado rápidos y hábiles para ser peligrosos. Evidentemente, Sandel trataba de forzar el curso del combate desde el comienzo. No le sorprendió. Esto era muy propio de la juventud, inclinada a malgastar sus espléndidas facultades en furiosos ataques y locas acometidas, alentada por un ilimitado deseo de gloria que redoblaba sus fuerzas.

Sandel atacaba, retrocedía, estaba aquí y allá, en todas partes. Con pies ligeros y corazón vehemente, deslumbrante con su carne blanca y sus potentes músculos, tejía un ataque maravilloso, saltando y deslizándose como una ardilla, eslabonando mil movimientos ofensivos, todos ellos encaminados a la destrucción de Tom King, del hombre que se alzaba entre él y la fortuna. Y Tom King soportaba pacientemente el chaparrón. Conocía su oficio y sabía cómo era la juventud, ahora que la había perdido. Se dijo que tenía que esperar a que su oponente fuese perdiendo fogosidad, y sonrió para sus adentros mientras se agachaba para parar un fuerte directo con la base del cráneo. Era una argucia innoble, pero correcta, según el reglamento del pugilismo. El boxeador tenía que velar por sus nudillos y, si se empeñaba en golpear a su adversario en la cabeza, allá él. King podía haberse agachado más para que el golpe no lo alcanzara, pero se acordó de sus primeros encuentros y de cómo se partió por primera vez un nudillo contra la cabeza del «Terror de Gales». Aun ajustándose a las reglas del juego, al agacharse había atentado contra los nudillos de Sandel. De momento, éste no lo notaría. Seguro de sí mismo e indiferente, seguiría propinando golpes con la misma fuerza durante todo el combate. Pero, andando el tiempo, cuando en su historial tuviera muchos encuentros, el nudillo lesionado se resentiría, y entonces él, volviendo la vista atrás, recordaría el potente golpe asestado a la cabeza de Tom King.

El primer asalto lo ganó Sandel por puntos. El joven boxeador mantuvo a la sala en vilo con sus fulminantes arremetidas. Lanzó sobre King un verdadero diluvio de golpes, y King no devolvió ni uno solo: se limitó a cubrirse, mantener una guardia cerrada, esquivar y llegar a veces al cuerpo a cuerpo para eludir el castigo. De vez en cuando hacía alguna finta, movía la cabeza cuando encajaba un directo, e iba evolucionando imperturbable por el ring, sin saltar ni bailar para no malgastar ni un átomo de energías. Debía dejar que Sandel desahogara el ardor de su juventud y sólo entonces replicarle, pues no debía olvidar sus cuarenta años.

Los movimientos de King eran lentos y metódicos. Sus ojos, casi inmóviles bajo los gruesos párpados, le daban el aspecto de un hombre adormilado y aturdido. Sin embargo, no se le escapaba ningún detalle: su experiencia de más de veinte años le permitía verlo todo.

Sus ojos no pestañeaban ni se desviaban al recibir un golpe, porque así podían ver y medir mejor las distancias.

Cuando, al terminar el asalto, fue a sentarse en su rincón para descansar, se recostó con las piernas extendidas y apoyó los brazos en el ángulo recto que formaban las cuerdas. Entonces su pecho y su abdomen empezaron a subir y a bajar en profundas aspiraciones, mientras le acariciaban el rostro el aire de las toallas con que le abanicaban sus segundos.

Con los ojos cerrados, Tom King escuchaba el clamoreo del público.

—¿Por qué no luchas, Tom? —le gritaron— ¿Es que tienes miedo?

—Le pesan los músculos —oyó que comentaba un espectador de primera fila—. No puede moverse con más rapidez. ¡Dos libras contra una a favor de Sandel!

Sonó el gong y los dos púgiles abandonaron sus rincones. Sandel recorrió tres cuartas partes del cuadrilátero, ansioso de reanudar la contienda. King apenas se apartó de su rincón. Esto formaba parte de su plan de ahorro de fuerzas. No había podido entrenarse como era debido, no había comido lo suficiente, y el menor movimiento innecesario tenía su importancia. Además, había que tener en cuenta que había recorrido a pie más de tres kilómetros antes de subir al ring. Aquel asalto fue una repetición del primero: Sandel atacaba en tromba y el público, indignado, abucheaba a King al ver que no combatía. Aparte algunas fintas y varios golpes lentos e ineficaces, se limitaba a mantener una guardia cerrada, parar golpes y agarrarse al adversario. Sandel deseaba acelerar el ritmo del combate, y King, hombre de experiencia, se negaba a secundarlo. En su rostro deformado por los golpes había una melancólica sonrisa, y Tom seguía economizando fuerzas celosamente, como sólo puede hacerlo un boxeador maduro. Sandel era joven y derrochaba sus energías con la prodigalidad propia de su juventud. El generalato del ring correspondía a Tom, y suya era también la sabiduría cosechada a costa de largos y dolorosos combates. Observaba a su adversario con mirada fría y ánimo sereno, moviéndose lentamente, en espera de que se agotara el ardor de Sandel. Para la mayoría de espectadores, aquello era buena prueba de que King era incapaz de medirse con su joven adversario, opinión que expresaban en voz alta, apostando a razón de tres a uno a favor de Sandel. Pero aún quedaban algunos espectadores prudentes que conocían a King desde hacía años y aceptaban estas ofertas, con grandes esperanzas de ganar.

El tercer asalto comenzó como los anteriores. Sandel llevaba la iniciativa y castigaba duramente a su adversario. Pero, cuando aún no había transcurrido medio minuto, el joven, excesivamente confiado, se olvidó de cubrirse, y los ojos de King centellearon a la vez que su brazo derecho se lanzaba como un rayo hacia adelante. Fue su primer golpe de verdad: un gancho reforzado, no sólo por el hábil movimiento del brazo, sino por el peso de todo el cuerpo. El león adormecido acababa de lanzar un imprevisto zarpazo. Sandel, tocado en un lado de la mandíbula, cayó como un buey abatido por el matarife. El público se quedó pasmado: algunos aplaudieron tímidamente, mientras por toda la sala corrían murmullos de admiración. ¡Caramba, caramba! King no tenía los músculos tan embotados como se creía, sino que era capaz de asestar verdaderos mazazos.

Sandel quedó casi inconsciente, hizo girar su cuerpo hasta ponerse de costado e intentó levantarse, pero, al oír los gritos de sus segundos que le aconsejaban esperar hasta el último instante, no acabó de ponerse en pie, sino que quedó con una rodilla en el suelo. El árbitro se inclinó hacia él y empezó a contar los segundos con voz estentórea junto a su oído. Cuando oyó decir «¡nueve!» Sandel se levantó con gesto agresivo y Tom King hubo de hacerle frente, mientras se lamentaba de no haberle dado el golpe un par de centímetros más cerca del mentón, pues entonces habría conseguido el fuera de combate y vuelto a casa con treinta libras para su mujer y sus hijos.

El asalto continuó hasta que se cumplieron los tres minutos reglamentarios. Sandel empezó a mirar con respeto a su oponente. Por su parte, King seguía moviéndose con lentitud y su mirada aparecía tan soñolienta como antes. Cuando el asalto estaba a punto de terminar, King se dio cuenta de ello al ver a los segundos agazapados junto al cuadrilátero. Estaban preparados para subir, pasando entre las cuerdas. Entonces llevó el combate hacia su rincón, y, cuando sonó el gong, pudo sentarse inmediatamente en el taburete que ya tenían preparado. En cambio, Sandel tuvo que cruzar de ángulo a ángulo todo el ring para llegar a su sitio. Esto era una pequeñez, pero muchas pequeñeces juntas pueden formar algo importante. Al verse obligado a dar aquellos pasos de más, Sandel perdió no sólo cierta cantidad de energía, sino una parte de los preciosos sesenta segundos de descanso. Al principio de cada asalto King salía perezosamente de su rincón, con lo que obligaba a su adversario a recorrer una distancia mayor, y cuando el asalto terminaba, King estaba en su sitio y podía sentarse inmediatamente.

Transcurrieron otros dos asaltos en los que King economizó sus fuerzas con toda parsimonia, mientras Sandel derrochaba energías. Los esfuerzos que el joven púgil hacía por imponer un ritmo más vivo a la lucha resultaron bastante enojosos para King, que hubo de encajar una parte bastante crecida del diluvio de golpes que cayó sobre él. Sin embargo, King mantuvo su deliberada lentitud, sin importarle el griterío de los jóvenes vehementes que querían verle pelear.

En el sexto asalto, Sandel volvió a tener un descuido, y la terrible derecha de Tom King lanzó un nuevo disparo contra su mandíbula. Otra vez contó el árbitro hasta nueve.

Al comenzar el séptimo asalto se vio claramente que el ardor de Sandel se había esfumado. El joven boxeador se percataba de que estaba librando el combate más duro de su carrera. Tom King era un boxeador gastado, pero el de más calidad que se le había opuesto hasta entonces; un boxeador maduro que no perdía la cabeza, que se defendía con extraordinaria habilidad, cuyos golpes eran verdaderos mazazos y que tenía un fuera de combate en cada puño. Pero Tom King no se atrevía a utilizar estos potentes puños demasiado, pues no se olvidaba de que tenía los nudillos lesionados y sabía que, para que pudieran resistir todo el combate, tenía que racionar los golpes prudentemente.

Mientras permanecía sentado en su rincón, mirando a su adversario, pensó que la unión de su experiencia y de la juventud de Sandel producirían un campeón mundial. Pero esta mezcla era imposible. Sandel no sería campeón del mundo. Le faltaba experiencia y ésta sólo podía obtenerse a costa de la juventud. Cuando Sandel tuviera experiencia, advertiría que había gastado su juventud para adquirirla.

King recurrió a todas las tretas y argucias. No desaprovechaba ocasión de agarrarse a su adversario y, cada vez que llegaba al cuerpo a cuerpo, clavaba con fuerza el hombro en las costillas de Sandel. En la teoría pugilística no había diferencia entre un hombro y un puño si con ambos podía hacerse el mismo daño, y el hombro aventajaba al puño en lo concerniente a la pérdida de energías. Asimismo, cuando se agarraban los dos púgiles, King descargaba todo el peso de su cuerpo sobre su contrincante y se resistía a soltarse. Esto obligaba al árbitro a intervenir para separarlos, en lo cual hallaba las mayores facilidades por parte de Sandel, que todavía no había aprendido a descansar de este modo. El joven no podía dejar de emplear sus magníficos brazos ni su lozana musculatura. Cuando King se aferraba a él, clavándole el hombro en las costillas e introduciendo la cabeza bajo su brazo izquierdo, Sandel le golpeaba el rostro pasando su brazo derecho por detrás de su espalda. Era un castigo espectacular que provocaba murmullos de admiración en el público, pero sin ninguna eficacia. Por el contrario, sólo servía para hacer perder energías a Sandel. Éste, incansable, no se daba cuenta de que todo tiene un límite. King sonreía y no se apartaba de su prudente táctica.

Sandel asestó un sonoro derechazo al cuerpo de King, que la masa de espectadores consideró como un rudo castigo, pero los pocos expertos que había en la sala percibieron el hábil movimiento del guante izquierdo de Tom, que tocó el bíceps de Sandel en el momento en que éste lanzaba el fuerte derechazo. Sandel repitió una y otra vez este golpe, consiguiendo que siempre llegara a su destino, pero nunca con eficacia, debido al ligero contragolpe de King.

En el noveno asalto, y en un solo minuto, Tom alcanzó con tres ganchos de derecha la mandíbula de Sandel, y las tres veces el corpachón del joven besó la lona y el árbitro hubo de contar hasta nueve. Sandel quedó aturdido y ligeramente conmocionado, pero conservaba las energías. Había perdido velocidad y economizaba sus fuerzas. Tenía el ceño fruncido, pero seguía contando con el arma más importante del boxeador: la juventud. El arma principal de King era la experiencia. Cuando empezó el declive de su vitalidad, cuando su vigor empezó a disminuir, lo reemplazó con la astucia, la sabiduría cosechada en mil combates y una escrupulosa economía de sus fuerzas. King no era el único que sabía eludir los movimientos superfluos, pero nadie como él poseía el arte de incitar al adversario a despilfarrar sus energías.

Una y otra vez, haciendo fintas con los pies, los puños y el cuerpo, siguió engañando a Sandel: obligándolo a saltar hacia atrás sin motivo, a esquivar golpes imaginarios, a lanzar inútiles contraataques. King descansaba, pero no daba descanso a su rival. Era la estrategia de un boxeador maduro.

Al iniciarse el décimo asalto, King detuvo las embestidas de Sandel con directos de izquierda a la cara, y Sandel, que ahora procedía con cautela, respondió esgrimiendo su izquierda, para bajarla en seguida, mientras lanzaba un gancho de derecha a la cara de Tom King. El golpe fue demasiado alto para resultar decisivo, pero King notó que ese negro velo de inconsciencia tan conocido por los boxeadores se extendía sobre su mente. Durante una fracción casi inapreciable de tiempo, Tom dejó de luchar. Momentáneamente, desaparecieron de su vista su adversario y el telón de fondo formado por las caras blancas y expectantes del público…, pero sólo momentáneamente. Le pareció que abría los ojos tras un sueño fugaz. El intervalo de inconsciencia fue tan breve, que no tuvo tiempo de caer. El público sólo lo vio vacilar y doblar las rodillas. Inmediatamente, Tom King se recuperó y ocultó más su barbilla en el refugio que le ofrecía su hombro izquierdo.

Sandel repitió varias veces este golpe, aturdiendo parcialmente a King. Pero el experto boxeador consiguió elaborar su defensa, que fue también una forma de contraatacar. Retrocediendo ligeramente sin dejar de hacer fintas con el brazo izquierdo, lanzó a Sandel un uppercut con toda la potencia de su puño derecho. Lo calculó con tanta precisión, que consiguió alcanzar de pleno la cara de Sandel cuando éste se agachaba haciendo un regate. El joven, levantado en vilo, cayó hacia atrás y fue a dar en la lona con la cabeza y la espalda. King repitió este golpe dos veces. Después dio rienda suelta a su acometividad y acorraló a su adversario contra las cuerdas, lanzando sobre él una lluvia de golpes. Sus puños funcionaron sin cesar hasta que el público, puesto en pie, le tributó una estruendosa salva de aplausos. Pero Sandel poseía una energía y una resistencia inagotables, y se mantenía en pie. Se mascaba el knock—out. Un capitán de policía, impresionado por el terrible castigo que recibía Sandel, se acercó al cuadrilátero para suspender el combate, pero en este preciso instante sonó el gong, señalando el fin del asalto, y Sandel regresó tambaleándose a su rincón, donde aseguró al capitán que estaba bien y conservaba las fuerzas. Para demostrarlo, dio un par de saltos, y el policía, convencido, volvió a sentarse.

Tom King, mientras descansaba en su rincón, jadeante, se decía, contrariado, que si el combate se hubiera suspendido, el árbitro se habría visto obligado a declararlo vencedor y la bolsa hubiera ido a parar a sus manos. A diferencia de Sandel, él no luchaba por la gloria ni para abrirse paso, sino para ganar treinta libras esterlinas. En aquel minuto de descanso, Sandel se recuperaría.

La juventud será servida… Esta frase cruzó como un relámpago por el cerebro de King. Se acordó también de la ocasión en que la oyó: fue la noche en que dejó fuera de combate a Stowsher Bill. El señorito que la había pronunciado tenía razón. Aquella noche, tan lejana ya, él encarnaba a la juventud. «Pero esta noche —se dijo— la juventud se sienta en el rincón de enfrente.» Ya llevaba media hora de pelea y los años le pesaban. Si hubiese luchado como Sandel, no hubiera resistido ni quince minutos. Lo peor era que no se recuperaba. Sus venas hinchadas y su corazón fatigado no le permitían recobrar las perdidas fuerzas en los descansos entre asalto y asalto. Las energías le faltarían ya desde el comienzo de los asaltos. Notaba las piernas pesadas y empezaba a sentir calambres. No debió haber hecho a pie aquellos tres kilómetros que mediaban desde su casa a la sala de deportes. Y para colmo de desdichas, aquel bistec que no se había podido comer aquella mañana y que tanto había deseado. Se despertó en él un odio terrible contra los carniceros que se habían negado a fiarle. Un hombre de sus años no podía boxear sin haber comido lo suficiente. ¿Qué era, al fin y al cabo, un bistec? Una insignificancia que valía unos cuantos peniques. Sin embargo, para él significaba treinta libras esterlinas.

Cuando el gong señaló el comienzo del undécimo asalto, Sandel se levantó impetuosamente, aparentando una gallardía que estaba muy lejos de poseer. King supo apreciar el justo valor de semejante actitud: se trataba de un farol tan antiguo como el mismo boxeo. Para no gastar fuerzas en balde, Tom se abrazó a su adversario. Luego, cuando lo soltó, permitió que el joven se pusiera en guardia. Esto era lo que King esperaba. Hizo una finta con la izquierda, consiguió que su contrincante se agachara para rehuirla, y al mismo tiempo le lanzó un gancho de derecha. Seguidamente King, retrocediendo un poco, asestó a Sandel un uppercut que lo alcanzó en plena cara y lo derribó. Después no le dio punto de reposo. Encajó mucho, pero pegó mucho más. Acorraló a Sandel contra las cuerdas mediante una serie de ganchos y con toda clase de golpes. Después de desprenderse de sus brazos, le impidió que lo volviera a abrazar, propinándole un directo cada vez que lo intentaba. Y cuando Sandel iba a caer, lo sostenía con una mano y lo golpeaba inmediatamente con la otra para arrojarlo contra las cuerdas, donde no le era posible desplomarse.

El público parecía haber enloquecido. Todos los espectadores, puestos en pie, lo animaban con sus gritos.

—¡Duro con él, Tom! ¡Ya es tuyo! ¡Lo tienes en el bolsillo!

Querían que el combate terminara con una lluvia de golpes irresistibles. Esto era lo que deseaban ver; para esto pagaban.

Y Tom King, que durante media hora había economizado sus fuerzas, las derrochó a manos llenas en lo que debía ser el esfuerzo final, un esfuerzo que no podría repetir. Era su única oportunidad. ¡Ahora o nunca! Las fuerzas lo abandonaban rápidamente, y todas sus esperanzas se cifraban en que, antes de que lo abandonasen del todo, habría conseguido que su adversario permaneciera tendido en la lona durante diez segundos. Y mientras seguía pegando y atacando, calculando fríamente la fuerza de sus golpes y el daño que causaban, comprendió lo difícil que era dejar a Sandel fuera de combate. La resistencia de aquel hombre, realmente extraordinaria, era la resistencia virgen de la juventud. Desde luego, Sandel tenía ante sí un futuro lleno de promesas. Él también lo tuvo. Todos los buenos boxeadores poseían el temple que demostraba Sandel.

Sandel retrocedía dando traspiés, perseguido por King, que empezaba a sentir calambres en las piernas y cuyos nudillos comenzaban a resentirse. Sin embargo, siguió asestando sus terribles golpes, sin detenerse ante el dolor que cada uno de ellos producía en sus manos, en sus pobres manos, viejas y torturadas. Aunque en aquellos momentos no recibía ninguna réplica de su adversario, King se debilitaba a toda prisa, de modo que pronto su estado igualaría el de Sandel. No fallaba un solo golpe, pero éstos ya no poseían la potencia de antes y cada uno de ellos suponía para Tom un esfuerzo extraordinario. Sus piernas parecían de plomo y se arrastraban visiblemente por el ring. Los partidarios de Sandel lo advirtieron y empezaron a dirigir gritos de aliento al joven boxeador.

Esto decidió a King a realizar un postrer esfuerzo y asestó dos golpes casi simultáneos: uno con la izquierda, dirigido al plexo solar y que resultó un poco alto, y otro con la derecha a la mandíbula. Estos golpes no fueron demasiado fuertes, pero Sandel estaba ya tan conmocionado, que cayó en la lona, donde quedó debatiéndose. El árbitro se inclinó sobre él y empezó a contarle al oído los segundos fatales. Si antes del décimo no se levantaba, habría perdido el combate. En la sala reinaba un silencio de muerte. King apenas se mantenía en pie sobre sus piernas temblorosas. Se había apoderado de él un mortal aturdimiento y, ante sus ojos, el mar de caras se movía y se balanceaba mientras a sus oídos llegaba, al parecer desde una distancia remotísima, la voz del árbitro que contaba los segundos. Pero consideraba el combate suyo. Era imposible que un hombre tan castigado pudiera levantarse.

Solamente la juventud se podía levantar… Y Sandel se levantó. Al cuarto segundo, dio media vuelta, quedando de bruces, y buscó a tientas las cuerdas. Al séptimo segundo ya había conseguido incorporarse hasta quedar sobre una rodilla, y descansó un momento en esta postura, mientras su aturdida cabeza se bamboleaba sobre sus hombros. Cuando el árbitro gritó «¡nueve!» Sandel se levantó del todo, adoptando la adecuada posición de guardia, cubriéndose la cara con el brazo izquierdo y el estómago con el derecho. Así defendía sus puntos vitales, mientras avanzaba agachado hacia King, con la esperanza de agarrarse a él para ganar más tiempo.

Tan pronto como Sandel se levantó, King se le echó encima, pero los dos golpes que le envió tropezaron con los brazos protectores. Acto seguido, Sandel se aferró a él desesperadamente, mientras el árbitro se esforzaba por separarlo, ayudado por King. Éste sabía con cuánta rapidez se recobraba la juventud y, al mismo tiempo, estaba seguro de que Sandel sería suyo si podía evitar que se repusiera. Un enérgico directo lo liquidaría. Tenía a Sandel en su poder, no cabía duda. Él había llevado la iniciativa del combate, había demostrado mayor experiencia que su contrincante, le llevaba ventaja de puntos. Sandel se desprendió del cuerpo de King, tambaleándose, vacilando entre la derrota y la supervivencia. Un buen golpe lo derribaría definitivamente, y, ante esta idea, Tom King, presa de súbita amargura, se acordó del bistec. ¡Ah, si lo hubiera tenido y contara con su fuerza para el golpe que iba a asestar! Concentró sus últimas energías en el golpe decisivo, pero éste no fue bastante fuerte ni bastante rápido. Sandel se tambaleó, pero no llegó a caer. Con paso vacilante, retrocedió hacia las cuerdas y se aferró a ellas. King, también tambaleándose, lo siguió y, experimentando un dolor indescriptible, le asestó un nuevo golpe. Pero las fuerzas lo habían abandonado. Únicamente le quedaba su inteligencia de luchador, turbia, oscurecida por el cansancio. Había dirigido el puño a la mandíbula, pero tropezó en el hombro. Su intención había sido darlo más alto, pero sus cansados músculos no lo obedecieron. Y, por efecto del impacto, el propio Tom King retrocedió, dando traspiés. Poco faltó para que cayera. De nuevo lo intentó. Esta vez su directo ni siquiera alcanzó a Sandel. Era tal su debilidad que cayó sobre el joven y se abrazó a su cuerpo, para no desplomarse definitivamente a sus pies.

King ya no hizo nada por separarse. Había puesto toda la carne en el asador: ya no podía hacer más. La juventud se había impuesto. Incluso en aquel abrazo notaba cómo Sandel iba recuperando sus fuerzas. Cuando el árbitro los separó, King vio claramente cómo se recobraba su joven adversario. Segundo a segundo, Sandel se iba mostrando más fuerte. Sus directos, débiles y vacilantes al principio, cobraron dureza y precisión. Los ofuscados ojos de Tom King vieron el guante que se acercaba a su mandíbula y se propuso protegerla alzando el brazo. Vio el peligro, deseó parar el golpe, pero el brazo le pesaba demasiado y no pudo: le pareció que tenía que levantar un quintal de plomo. El brazo no quería levantarse y él deseó con toda su alma levantarlo. El guante de Sandel ya le había llegado a la cara. Oyó un agudo chasquido semejante al de un chispazo eléctrico y el negro velo de la inconsciencia envolvió su mente.

Cuando abrió de nuevo los ojos, se encontró sentado en su rincón y oyó el clamoreo del público, semejante al rumor del oleaje de la playa de Bondi. Alguien le oprimía una esponja empapada contra la base del cráneo, y Sid Sullivan le rociaba la cara y el pecho con agua fría. Le habían quitado ya los guantes y Sandel, inclinado sobre él, le estrechaba la mano. No sintió rencor alguno hacia el hombre que lo había dejado fuera de combate, y le devolvió el apretón de manos tan cordialmente que sus nudillos se resintieron. Luego Sandel se dirigió al centro del cuadrilátero y el griterío del público se acalló para oírle decir que aceptaba el desafío de Young Pronto, y que proponía aumentar la apuesta a cien libras. King lo contemplaba, indiferente, mientras sus segundos secaban el agua que corría a raudales por su cuerpo, le pasaban una esponja por la cara y lo preparaban para abandonar el cuadrilátero. King sentía hambre; no era aquélla la sensación de hambre ordinaria, sino una gran debilidad, una serie de palpitaciones en la boca del estómago que repercutían en todo su cuerpo. Se acordó del momento en que había tenido ante él a Sandel tambaleándose, al borde del knock—out. ¡Ah, si hubiese tenido aquel bistec en el cuerpo! Entonces nada habría salvado a Sandel. Le había faltado sólo esto para asestar el golpe decisivo con eficacia. Había perdido por culpa de aquel bistec.

Sus segundos trataron de ayudarlo a pasar entre las cuerdas, pero él los apartó, se agachó y saltó solo al piso de la sala. Precedido por sus cuidadores, avanzó por el pasillo central abarrotado de público. Poco después, cuando salió de los vestuarios y se dirigió a la calle, se encontró con un muchacho que le dijo:

—¿Por qué no le pegaste de firme cuando lo tenías atontado?

—¡Vete al diablo! —le respondió Tom King mientras bajaba los escalones del portal.

Las puertas de la taberna de la esquina estaban abiertas de par en par. Tom King vio las luces cegadoras del local y las sonrientes camareras, y, entre el alegre tintineo de las monedas que saltaban en el mármol del mostrador, oyó diversas voces que comentaban el combate. Alguien lo llamó para invitarlo a una copa, pero él rechazó la invitación y siguió su camino.

No llevaba un céntimo encima. Los tres kilómetros que lo separaban de su casa le parecieron muy largos. Era evidente que envejecía. Cuando cruzaba el Dominio, se dejó caer de pronto en un banco. La idea de que su mujer estaría esperándolo, ansiosa de saber cómo había terminado el encuentro, lo sumió en una angustiosa desesperación. Esto era peor que un knock—out: no se sentía con fuerzas para mirarla a la cara.

Estaba desfallecido y amargado. El vivo dolor que sentía en los nudillos le hizo comprender que, aunque encontrase trabajo como peón de albañil, tardaría lo menos una semana en poder empuñar la pala o el pico. Las palpitaciones que le producía el hambre en la boca del estómago le hacían sentir náuseas. Una profunda desolación se apoderó de él y notó que sus ojos se llenaban de lágrimas incontenibles. Se cubrió la cara con las manos y lloró. Y mientras lloraba se acordó de la paliza que propinó a Stowsher Bill una noche ya lejana. ¡Pobre Stowsher Bill! Ahora comprendía por qué lloró aquella noche en los vestuarios.

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Knock-out: Tres historias de boxeo, de Jack London (El Zorro Rojo, 2016), en traducción de Patricia Wilson y con ilustraciones de Enrique Breccia.

 

 

13. La sirena, de Ray Bradbury [Enrique Vila-Matas]

Hasta que el cuento aguante

Lo que sigue es un cuento de Ray Bradbury que leí a mis 17 años y me encantó, y hoy en día me sigue pareciendo sencillo y emocionante, extraordinario. Tanto me gustó que cuatro años después de leerlo intenté adaptarlo al cine y lo convertí en un cortometraje irregular que dirigí en una playa de Cadaqués y que titulé Señora de la falda de jade ó todos los jóvenes tristes.

Silvia Poliakov fue la principal intérprete, la sirena. De aquel naufragio quedan algunas fotografías que no encuentro. El negativo del film se perdió en circunstancias extrañas o quizás no tanto: en realidad se perdió por mi propia desidia, fue como si yo hubiera hecho todo para que se perdiera en un armario de la casa de mis padres.

 

Recomendación de Enrique Vila-Matas, escritor. Autor, entre otros, del libro de relatos Chet Baker piensa en su arte (Debolsillo, 2011), el libro de ensayos Impón tu suerte (Círculo de Tiza, 2018) o las novelas Mac y su contratiempo (Seix Barral, 2017) y Esta bruma insensata (Seix Barral, 2019). Además, Vila-Matas mantiene semanalmente la columna Café Perec en el diario El País.

 

“La sirena”, de Ray Bradbury 

Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.

—Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? —preguntó McDunn.

—Sí —dije—. Afortunadamente, es usted un buen conversador.

—Bueno, mañana irás a tierra —agregó McDunn sonriendo— a bailar con las muchachas y tomar ginebra.

—¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?

—En los misterios del mar.

McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.

—Los misterios del mar —dijo McDunn pensativamente—. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los ojitos. Me quedé helado. Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa en qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios—luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?

Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.

—Oh, hay tantas cosas en el mar —McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa—. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes de que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300,000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.

—Sí, es un mundo viejo.

—Ven. Te reservé algo especial.

Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.

—Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? —McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza—. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año —dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla—, algo viene a visitar el faro.

—¿Los cardúmenes de peces?

—No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.

Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.

—Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: “Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida”.

La sirena llamó.

—Imaginé esta historia —dijo McDunn en voz baja— para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene…

—Pero… —interrumpí.

—Chist… —ordenó McDunn—. ¡Allí!

—Señaló los abismos.

—Algo se acercaba al faro, nadando.

Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego… no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una islita de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.

No sé qué dije entonces, pero algo dije.

—Calma, muchacho, calma —murmuró McDunn.

—¡Es imposible! —exclamé.

—No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros.

El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.

Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.

—¡Parece un dinosaurio!

—Sí, uno de la tribu.

—¡Pero murieron todos!

—No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda la frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.

—¿Qué haremos?

—¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.

—¿Pero por qué viene aquí?

En seguida tuve la respuesta.

La sirena llamó.

Y el monstruo respondió.

Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.

—¿Entiendes ahora —susurró McDunn— por qué viene aquí?

Asentí con un movimiento de cabeza.

—Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir. El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?

La sirena llamó.

El monstruo respondió.

Lo vi todo… lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.

La sirena llamó.

—El año pasado —dijo McDunn—, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y el silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.

El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego y hielo.

—Así es la vida —dijo McDunn—. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.

El monstruo se acercaba al faro.

La sirena llamó.

—Veamos qué ocurre —dijo McDunn.

Apagó la sirena.

El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.

El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.

—¡McDunn! —grité—. ¡La sirena!

McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes de que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.

McDunn me tomó por el brazo.

—¡Abajo! —gritó.

La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.

—¡Rápido!

Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.

Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.

Eso y el otro sonido.

—Escucha —dijo McDunn en voz baja—. Escucha.

Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido, debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.

Y así pasamos aquella noche.

A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultados bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.

—Se vino abajo, eso es todo —dijo McDunn gravemente—. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.

Me pellizcó el brazo.

No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.

Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.

—Por si acaso —dijo McDunn.

Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.

¿El monstruo?

No volvió.

—Se fue —dijo McDunn—. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.

Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.

Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Las doradas manzanas del sol, de Ray Bradbury (Minotauro, 2020), en traducción de Francisco Abelenda.

 

12. Gallinas, de Rafael Barrett [Manuel Burraco y Zacarías Lara (Barrett)]

Hasta que el cuento aguante

Desde editorial Barrett nos gustaría recomendar un cuento del anarquista Rafael Barrett titulado “Gallinas” y que descubrimos en el marcapáginas que regalan en la Librería La fuga en Sevilla. Barrett (Rafael, no Syd, aunque también) tiene la capacidad de mostrarnos el sinsentido del capitalismo de una forma atemporal, su prosa no solo se disfruta, nos da herramientas.

 

Recomendación de Manuel Burraco y Zacarías Lara, editores de Editorial Barrett, donde recientemente han visto la luz libros de Rosa Moncayo, Alejandra Costamagna, Santiago Ambao o Llucia Ramis.

 

“Gallinas”, Rafael Barrett

Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en la casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté a uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí.

Antes era un hombre. Ahora soy un propietario…

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Moralidades actuales, de Rafael Barrett (Pepitas de calabaza, 2010).

11. Conversación con mi padre, de Grace Paley [Andrea Valdés]

Hasta que el cuento aguante

Una hija visita a su padre en una residencia y este le pide que le cuente un cuento. Es sobre aprender a escribir con un criterio propio, sobre las ciudades, los cuidados y el mundo que queremos.

 

Recomendación de Andrea Valdés, periodista y escritora. Ha publicado en varios medios, entre los que destacan el suplemento Babelia de El País, el Cultura/s de La Vanguardia y las revistas Les InrockuptiblesContexto (CTXT) El Estado Mental. Recientemente ha publicado el ensayo Distraídos venceremos. Usos y derivas en la escritura autobiográfica (Jekyll & Jill, 2019).

 

“Conversación con mi padre”, de Grace Paley

Mi padre tiene ochenta y seis años y está en la cama. La bomba sanguínea que le sirve de corazón es vieja también, y ya no volverá a hacer ciertos trabajos. Aún le inunda la cabeza de luz cerebral, pero ya no tiene autoridad sobre las piernas, que rehúsan llevar al cuerpo de una habitación a otra. Despreciando mis metáforas, ese fallo muscular no se debe a su viejo corazón, dice él, sino a falta de potasio. Sentado en un almohadón, retrepado en otros tres, da consejos de última hora y acaba por hacerme una petición:
—Me gustaría que escribieras un cuento sencillo, sólo uno más —dice—. Como los que escribía Maupassant, o Chéjov, los que escribías antes. Sólo gente identificable y luego explicar lo que les pasa.
—Sí, ¿por qué no? Eso puede hacerse —le digo. Quiero complacerle, aunque ya no recuerdo cómo se escribe de ese modo. Me gustaría intentar contar una historia así, si se refiere a ésas que empiezan: «Érase una vez una mujer…» y esa frase va seguida de una trama. Siempre he despreciado esa línea recta irremediable entre dos puntos. No por razones literarias, sino porque desvanece toda esperanza. Todo el mundo, sean seres reales o inventados, merece el destino abierto de la vida.
Por último, pensé en una historia que había sucedido hacía un par de años en mi calle, justo enfrente de casa. La escribí, luego leí lo escrito en voz alta.
—Papá —dije—. ¿Qué te parece esto? ¿Lo que me pediste era algo de este tipo?

    Hubo una vez una mujer que tuvo un hijo. Vivían bien, en un pequeño apartamento de Manhattan. Hacia los quince años, el hijo se hizo yonqui, lo cual no es insólito en nuestro barrio. La madre, para conservar la amistad del muchacho, también se hizo yonqui. Decía que era parte de la cultura juvenil, con la que ella se sentía muy compenetrada. Al cabo de un tiempo, por una serie de razones, el chico lo dejó todo y, asqueado, abandonó la ciudad, y abandonó a su madre. Ésta, desesperada y sola, se derrumbó. Todos la visitamos.

      —Bueno, papá, esto es —dije—. Una triste historia, sin florituras.
—Pero yo no me refería a eso —dijo mi padre—. Me interpretaste mal a propósito. No vas lo bastante lejos en esa historia. Lo sabes de sobra. Dejaste fuera del cuento casi todo. Eso no lo haría Turguéniev. Ni Chéjov. Además, hay escritores rusos de los que ni siquiera has oído hablar. Ni siquiera tienes idea de ellos. Y son tan buenos como el que más. Son capaces de escribir un cuento sencillo y normal, y no se permitirían omitir todo lo que tú has dejado fuera. Yo no pongo objeciones a los hechos, sino contra que la gente se siente en los árboles y empiece a decir tonterías, contra esas voces que no sabes de dónde vienen…
—Olvídate de ese cuento, papá, y dime, ¿qué es lo que he omitido en éste? En éste que te acabo de leer…
—El aspecto de la mujer, por ejemplo.
—Oh. Es muy guapa, creo. Sí.
—¿De qué color tiene el pelo?
—Oscuro, con trenzas largas, como si fuera una chica joven o una extranjera.
—¿Cómo eran sus padres, cuál era su origen? ¿Por qué tenía esas ideas? Eso es importante, ¿sabes?
—No eran de esta ciudad. Profesionales. Sus padres fueron los primeros que se divorciaron en su condado. ¿Qué te parece eso? ¿Es bastante? —pregunté.
—Te lo tomas todo a broma —dijo—. ¿Y qué me dices del padre del chico? ¿Cómo es que ni siquiera le mencionas? ¿Quién era? ¿O es que el chico nació fuera del matrimonio?
—Sí —dije—. Nació fuera del lecho conyugal.
—Por el amor de Dios, ¿es que en tus relatos nadie se casa? ¿Es que no hay nadie que tenga tiempo para hacer una escapada al juzgado antes de meterse en la cama?
—No —dije—. En la vida real, sí. Pero en mis cuentos, no.
—¿Por qué me contestas así?
—Oh, papá, ésta es una historia sencilla de una mujer muy lista, que vino a Nueva York llena de interés amor confianza emoción muy moderna, y de su hijo; se habla de lo mal que lo pasó en este mundo. Lo de que estuviera o no casada no tiene importancia.
—Sí que la tiene, y mucha —dijo.
—De acuerdo —dije.
—De acuerdo de acuerdo —dijo—. Pero escúchame. Te creo en lo que dices de que era guapa, pero no en lo de que era lista.
—Pues es verdad —dije—. Ése es, precisamente, el problema que tienen los cuentos. La gente empieza fantásticamente. Crees que son extraordinarios, pero resulta que, a medida que la cosa avanza, son sólo gente media con buena educación. A veces pasa lo contrario, el personaje es una especie de inocentón tonto, pero luego te supera y no hay forma de que se te ocurra un final bastante bueno.
—¿Y qué haces entonces? —preguntó. Había sido médico durante un par de décadas y luego artista durante otro par de décadas, y todavía se interesaba por los detalles, el oficio, la técnica…
—Bueno, pues tienes que dejar que el relato se sedimente hasta poder llegar a algún acuerdo con ese héroe terco.
—¿No crees que estás diciendo tonterías? —preguntó—. Empieza otra vez —dijo—. Precisamente esta tarde no tengo que salir. Vuelve a contarme la historia. A ver cómo te sale ahora.
—De acuerdo —dije—. Pero no es tarea de cinco minutos.
Segunda tentativa:

     Había una vez una mujer magnífica y bella que vivía en nuestra calle, enfrente de casa. Esa vecina nuestra tenía un hijo al que amaba porque le conocía desde el día de su nacimiento (en la desvalida infancia gordinflona y a la edad de abrazar y luchar, de los siete a los diez, así como antes y después). Ese chico cayó en un arrebato adolescente y se hizo yonqui. No era un caso desesperado. En realidad, era un optimista, un ideólogo y un convincente apóstol. Con su activa inteligencia, escribió persuasivos artículos para el periódico del instituto. Buscando mayor audiencia, utilizando relaciones importantes, consiguió llegar a nivel de quiosco con una publicación periódica llamada ¡Oh! ¡Caballo dorado!
Para que él no se sintiera culpable (porque el sentimiento de culpa es la piedra angular de las nueve décimas partes de todos los cánceres diagnosticados clínicamente en la América de nuestro tiempo, según ella), y porque siempre había creído que era mejor permitir los malos hábitos en casa, donde podían controlarse, también ella se hizo yonqui. Su cocina se hizo famosa durante un tiempo, fue centro de adictos intelectuales, que sabían lo que estaban haciendo. Algunos se sentían artistas como Coleridge, y otros eran científicos y revolucionarios como Leary. Aunque ella flipaba también con mucha frecuencia, conservaba ciertos buenos reflejos maternales, y procuraba que hubiera mucho zumo de naranja en la casa, y miel y leche, y pastillas de vitaminas. Sin embargo, nunca cocinaba más que chiles, y eso no más de una vez por semana. Cuando hablábamos con ella, nos explicaba, muy seria, con preocupación de vecina, que aquélla era su cuota de participación en la cultura juvenil y que prefería estar con los jóvenes, era un honor, que con su propia generación.
Una semana, mientras cabeceaba frente a una película de Antonioni, aquel chico recibió un fuerte codazo de una firme militante que estaba sentada a su lado. Le ofreció inmediatamente albaricoques y nueces para elevar su nivel de azúcar, le habló con rudeza y se lo llevó a casa.
Había oído hablar de él y de su obra; ella también publicaba, dirigía y redactaba una publicación rival llamada El hombre vive sólo de pan. En el calor orgánico de la presencia continua de aquella muchacha, el chico no pudo por menos que interesarse una vez más por sus propios músculos, sus propias arterias y sus propias conexiones nerviosas. De hecho, empezó a amarlos, a cuidarlos, a alabarlos con lindas cancioncitas en El hombre vive

Los dedos de mi carne trascienden
mi alma trascendental
la firmeza del extremo de mis hombros
mis dientes me han hecho global

     Y llevó a la boca de su cabeza (aquella gloria de voluntad y decisión) firmes manzanas, nueces, germen de trigo y aceite de soja. Dijo a sus antiguos amigos: A partir de ahora, concentraré mi ingenio en mí mismo. Haré las cosas de modo natural. Dijo que iba a iniciar un viaje espiritual de respiración profunda. ¿Quieres hacerlo tú también, mamá?, preguntó amablemente.
La conversión de aquel muchacho fue tan radiante y espléndida, que los chicos del barrio de su edad empezaron a decir que en realidad nunca había sido adicto, sólo un periodista que se había metido en aquello atraído por la experiencia en sí y la posibilidad de contar la historia. La madre intentó varias veces dejar lo que, sin su hijo y los amigos de su hijo, se había convertido en un hábito solitario. Sólo pudo reducirlo a niveles soportables. El chico y la chica cogieron su mimeógrafo electrónico y se trasladaron a los confines boscosos de otro barrio. Eran muy estrictos. Dijeron que no querían verla hasta que no llevara setenta días sin drogas.
Sola en casa por la noche, llorando, la madre leía y releía los siete números de ¡Oh! ¡Caballo dorado! Le parecían tan veraces como siempre. Nosotros íbamos con frecuencia a visitarla y consolarla. Pero si mencionábamos a alguno de nuestros hijos que estuviera en la universidad o en el hospital, o que lo hubiera dejado todo y estuviera colgado en casa, gritaba «¡Mi niño! ¡Mi niño!» y rompía a llorar con unas lágrimas terribles e inacabables que la afeaban muchísimo. Fin.

       Mi padre primero guardó silencio. Luego dijo:
—Primero: Tienes un sentido del humor excelente. Segundo: Veo que eres incapaz de contar una historia sencilla. Así que es mejor no perder el tiempo.
Luego dijo, con tristeza:
—Tercero: Supongo que lo que quieres decir es que se quedó sola, que la dejaron sola, la madre. Sola. ¿Enferma quizás?
—Sí —dije.
—Pobre mujer. Pobre chica. Nacer en una época de locos. Vivir entre locos. El final. El final. Tenías mucha razón al decirlo. Fin.
Yo no quería discutir, pero tuve que decir:
—Bueno, eso no es necesariamente el final, papá.
—Sí —dijo—, qué tragedia. El fin de una persona.
—No, papá —supliqué—. No tiene por qué serlo. Ella sólo tiene cuarenta años. Podría hacer cientos de cosas distintas en este mundo, todavía. Podría hacerse profesora, o asistenta social. ¡Una ex yonqui! A veces, vale más que un doctorado en pedagogía.
—Bromeas —dijo—. Cuentas chistes, ése es tu principal problema como escritora. No quieres admitirlo. ¡Tragedia! ¡Tragedia pura! ¡Tragedia histórica! No hay ninguna esperanza. Es el final.
—Oh, papá —dije—. Ella podría cambiar.
—También en tu propia vida tienes que mirar las cosas cara a cara.
Tomó un par de pastillas de nitroglicerina.
—Súbelo a cinco —dijo luego, señalando el botón del tanque de oxígeno. Se metió los tubos en la nariz y respiró profundamente. Luego cerró los ojos y dijo:
—No.
Yo había prometido a la familia que le dejaría decir siempre la última palabra en las discusiones, pero en aquel caso tenía una responsabilidad distinta. Esa mujer vive en mi calle, enfrente de mi casa. Yo la conozco y yo la he inventado. Lo siento por ella. No voy a dejarla allí, en aquella casa, llorando. (En realidad, tampoco la vida, que, al contrario que yo, no tiene piedad, la dejaría allí.)
En consecuencia: Ella cambió. Su hijo nunca volvió a casa, por supuesto. Pero en estos momentos es la recepcionista de una clínica comunitaria del barrio, en East Village. La mayoría de los clientes son jóvenes, algunos antiguos amigos. El médico jefe le ha dicho: «Si tuviéramos tres personas nada más en esta clínica con su experiencia…».
—¿Le dijo eso el médico? —Mi padre se sacó los tubos de oxígeno de la nariz y añadió—: Eso es una broma. Otra broma.
—No, papá, pudo suceder realmente. Vivimos en un mundo extraño.
—No —dijo—. La verdad ante todo. Ella irá hundiéndose. Una persona ha de tener carácter. Y ella no lo tiene.
—No, papá —dije—. De veras. Ha conseguido un trabajo. En serio. Trabaja en esa clínica.
—¿Cuánto tiempo crees que va a durar? —preguntó—. ¡Es una tragedia! ¡Tú también! ¿Cuándo mirarás las cosas cara a cara?

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cuentos completos, de Grace Paley (Anagrama, 2016), en traducción de José Manuel Alvarez Flórez.

10. La casa inundada, de Felisberto Hernández [Eduardo Hurtado]

Hasta que el cuento aguante

Uno de los cuentistas más interesantes de la literatura universal y uno de sus relatos más memorables, ideal para estos días: un encierro en una casa que fluctúa, sonámbulos de confianza y el misterio en el contacto. Para los más curiosos, el autor tiene una «Explicación falsa de mis cuentos» donde deja el agua clara, claro.

 

Recomendación de Eduardo Hurtado, editor de Hurtado & Ortega, donde han visto la luz recientemente libros de Pablo und Destruktion, Fede Nieto, Erika Tophoven o Pablo Kadchadjian, entre otros.

 

“La casa inundada”, de Felisberto Hernández

De esos días siempre recuerdo las vueltas en un bote alrededor de una pequeña isla de plantas. Cada poco tiempo las cambiaban; pero allí las plantas no se llevaban bien. Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita. Si ella miraba la isla un rato largo, era posible que me dijera algo; pero no lo que me había prometido; sólo hablaba de las plantas y parecía que quisiera esconder entre ellas otros pensamientos. Yo me cansaba de tener esperanzas y levantaba los remos como si fueran manos aburridas de contar siempre las mismas gotas. Pero ya sabía que, en otras vueltas del bote, volvería a descubrir, una vez más, que ese cansancio era una pequeña mentira confundida entre un poco de felicidad. Entonces me resignaba a esperar las palabras que me vendrían de aquel mundo, casi mudo, de espaldas a mí y deslizándose con el esfuerzo de mis manos doloridas.

Una tarde, poco antes del anochecer, tuve la sospecha de que el marido de la señora Margarita estaría enterrado en la isla. Por eso ella me hacía dar vueltas por allí y me llamaba en la noche —si había luna— para dar vueltas de nuevo. Sin embargo el marido no podía estar en aquella isla; Alcides, —el novio de la sobrina de la señora Margarita— me dijo que ella había perdido al marido en un precipicio de Suiza. Y también recordé lo que me contó el botero la noche que llegué a la casa inundada. Él remaba despacio mientras recorríamos “la avenida de agua”, del ancho de una calle y bordeada de plátanos con borlitas. Entre otras cosas supe que él y un peón habían llenado de tierra la fuente del patio para que después fuera una isla. Además yo pensaba que los movimientos de la cabeza de la señora Margarita —en las tardes que su mirada iba del libro a la isla y de la isla al libro— no tenían relación con un muerto escondido debajo de las plantas. También es cierto que una vez que la vi de frente tuve la impresión de que los vidrios gruesos de sus lentes les enseñaban a los ojos a disimular y que la gran vidriera terminada en cúpula que cubría el patio y la pequeña isla, era como para encerrar el silencio en que se conserva a los muertos.

Después recordé que ella no había mandado hacer la vidriera. Y me gustaba saber que aquella casa, como un ser humano, había tenido que desempeñar diferentes cometidos; primero fue casa de campo; después instituto astronómico; pero como el telescopio que habían pedido a Norte América lo tiraron al fondo del mar los alemanes, decidieron hacer, en aquel patio, un invernáculo; y por último la señora Margarita la compró para inundarla.

Ahora, mientras dábamos vuelta a la isla, yo envolvía a esta señora con sospechas que nunca le quedaban bien. Pero su cuerpo inmenso, rodeado de una simplicidad desnuda, me tentaba a imaginar sobre él un pasado tenebroso. Por la noche parecía más grande, el silencio lo cubría como un elefante dormido y a veces ella hacía una carraspera rara, como un suspiro ronco.

Yo la había empezado a querer, porque después del cambio brusco que me había hecho pasar de la miseria a esa opulencia, vivía en una tranquilidad generosa y ella se prestaba —como prestaría el lomo una elefanta blanca a un viajero— para imaginar disparates entretenidos. Además, aunque ella no me preguntaba nada sobre mi vida, en el instante de encontrarnos, levantaba las cejas como si se le fueran a volar, y sus ojos, detrás de tos vidrios, parecían decir: “¿Qué pasa, hijo mío?”.

Por eso yo fui sintiendo por ella una amistad equivocada; y si ahora dejo libre mi memoria se me va con esta primera señora Margarita; porque la segunda, la verdadera, la que conocí cuando ella me contó su historia, al fin de la temporada, tuvo una manera extraña de ser inaccesible.

Pero ahora yo debo esforzarme en empezar esta historia por su verdadero principio, y no detenerme demasiado en las preferencias de los recuerdos.

Alcides me encontró en Buenos Aires en un día que yo estaba muy débil, me invitó a un casamiento y me hizo comer de todo. En el momento de la ceremonia, pensó en conseguirme un empleo, y ahogado de risa, me habló de una “atolondrada generosa” que podía ayudarme. Y al final me dijo que ella había mandado inundar una casa según el sistema de un arquitecto sevillano que también inundó otra para un árabe que quería desquitarse de la sequía del desierto. Después Alcides fue con la novia a la casa de la señora Margarita, le habló mucho de mis libros y por último le dijo que yo era un “sonámbulo de confianza”. Ella decidió contribuir, enseguida, con dinero; y en el verano próximo, si yo sabía remar, me invitaría a la casa inundada. No sé por qué causa, Alcides no me llevaba nunca; y después ella se enfermó. Ese verano fueron a la casa inundada antes que la señora Margarita se repusiera y pasaron los primeros días en seco. Pero al darle entrada al agua me mandaron llamar. Yo tomé un ferrocarril que me llevó hasta una pequeña ciudad de la provincia, y de allí a la casa fui en auto. Aquella región me pareció árida, pero al llegar la noche pensé que podía haber árboles escondidos en la oscuridad. El chofer me dejó con las valijas en un pequeño atracadero donde empezaba el canal, “la avenida de agua”, y tocó la campana, colgada de un plátano; pero ya se había desprendido de la casa la luz pálida que traía el bote. Se veía una cúpula iluminada y al lado un monstruo oscuro tan alto como la cúpula. (Era el tanque del agua). Debajo de la luz venía un bote verdoso y un hombre de blanco que me empezó a hablar antes de llegar. Me conversó durante todo el trayecto (fue él quien me dijo lo de la fuente llena de tierra). De pronto vi apagarse la luz de la cúpula. En ese momento el botero me decía: “Ella no quiere que tiren papeles ni ensucien el piso de agua. Del comedor al dormitorio de la señora Margarita no hay puerta y una mañana en que se despertó temprano, vio venir nadando desde el comedor un pan que se le había caído a mi mujer. A la dueña le dio mucha rabia y le dijo que se fuera inmediatamente y que no había cosa más fea en la vida que ver nadar un pan”.

El frente de la casa estaba cubierto de enredaderas. Llegamos a un zaguán ancho de luz amarillenta y desde allí se veía un poco del gran patio de agua y la isla. El agua entraba en la habitación de la izquierda por debajo de una puerta cerrada. El botero ató la soga del bote a un gran sapo de bronce afirmado en la vereda de la derecha y por allí fuimos con las valijas hasta una escalera de cemento armado. En el primer piso había un corredor con vidrieras que se perdían entre el humo de una gran cocina, de donde salió una mujer gruesa con flores en el moño. Parecía española. Me dijo que la señora, su ama, me recibiría al día siguiente; pero que esa noche me hablaría por teléfono.

Los muebles de mi habitación, grandes y oscuros, parecían sentirse incómodos entre paredes blancas atacadas por la luz de una lámpara eléctrica sin esmerilar y colgada desnuda, en el centro de la habitación. La española levantó mi valija y le sorprendió el peso. Le dije que eran libros. Entonces empezó a contarme el mal que le había hecho a su ama “tanto libro” y “hasta la habían dejado sorda, y no le gustaba que le gritaran”. Yo debo haber hecho algún gesto por la molestia de la luz.

—¿A usted también le incómoda la luz? Igual que a ella.

Fui a encender un portátil; tenía pantalla verde y daría una sombra agradable. En el instante de encenderla sonó el teléfono colocado detrás del portátil, y lo atendió la española. Decía muchos “sí” y las pequeñas flores blancas acompañaban conmovidas los movimientos del moño. Después ella sujetaba las palabras que se asomaban a la boca can una silaba o un chistido. Y cuando colgó el tubo suspiró y salió de la habitación en silencio.

Comí y bebí buen vino. La española me hablaba pero yo, preocupado de cómo me iría en aquella casa, apenas le contestaba moviendo la cabeza como un mueble en un piso flojo. En el instante de retirar el pocillo de café de entre la luz llena de humo de mi cigarrillo, me volvió a decir que la señora me llamaría por teléfono. Yo miraba el aparato esperando continuamente el timbre, pero sonó en un instante en que no lo esperaba. La señora Margarita me preguntó por mi viaje y mi cansancio con voz agradable y tenue. Yo le respondía con fuerza separando las palabras.

—Hable naturalmente —me dijo—; ya le explicaré por qué le he dicho a María (la española) que estoy sorda. Quisiera que usted estuviera tranquilo en esta casa; es mi invitado; sólo le pediré que reme en mi bote y que soporte algo que tengo que decirle. Por mi parte haré una contribución mensual a sus ahorros y trataré de serle útil. He leído sus cuentos a medida que se publicaban. No he querido hablar de ellos con Alcides por temor a disentir, soy susceptible; pero ya hablaremos…

Yo estaba absolutamente conquistado. Hasta le dije que al día siguiente me llamara a las seis. Esa primera noche, en la casa inundada, estaba intrigado con lo que la señora Margarita tendría que decirme, me vino una tensión extraña y no podía hundirme en el sueño. No sé cuándo me dormí. A las seis de la mañana, un pequeño golpe de timbre, como la picadura de un insecto, me hizo saltar en la cama. Esperé, inmóvil, que aquello se repitiera. Así fue. Levanté el tubo del teléfono.

—¿Está despierto?

—Es verdad.

Después de combinar la hora de vernos me dijo que podía bajar en pijama y que ella me esperaría al pie de la escalera. En aquel instante me sentí como el empleado al que le dieran un momento libre.

En la noche anterior, la oscuridad me había parecido casi toda hecha de árboles; y ahora, al abrir la ventana, pensé que ellos se habrían ido al amanecer. Sólo había una llanura inmensa con un aire claro; y los únicos árboles eran los plátanos del canal. Un poco de viento les hacía mover el brillo de las hojas; al mismo tiempo se asomaban a la “avenida de agua” tocándose disimuladamente las copas. Tal vez allí podría empezar a vivir de nuevo con una alegría perezosa. Cerré la ventana con cuidado, como si guardara el paisaje nuevo para mirarlo más tarde.

Vi, al fondo del corredor, la puerta abierta de la cocina y fui a pedir agua caliente para afeitarme en el momento que María le servía café a un hombre joven que dio los “buenos días” con humildad; era el hombre del agua y hablaba de los motores. La española, con una sonrisa, me tomó de un brazo y me dijo que me llevaría todo a mi pieza. Al volver, por el corredor, vi al pie de la escalera —alta y empinada— a la señora Margarita. Era muy gruesa y su cuerpo sobresalía de un pequeño bote como un pie gordo de un zapato escotado. Tenía la cabeza baja porque leía unos papeles, y su trenza, alrededor de la cabeza, daba la idea de una corona dorada. Esto lo iba recordando después de una rápida mirada, pues temí que me descubriera observándola. Desde ese instante hasta el momento de encontrarla estuve nervioso. Apenas puse los pies en la escalera empezó a mirar sin disimulo y yo descendía con la dificultad de un líquido espeso por un embudo estrecho. Me alcanzó una mano mucho antes que yo llegara abajo. Y me dijo:

—Usted no es como yo me lo imaginaba… siempre me pasa eso… Me costará mucho acomodar sus cuentos a su cara.

Yo, sin poder sonreír, hacía movimientos afirmativos como un caballo al que le molestara el freno. Y le contesté:

—Tengo mucha curiosidad de conocerla y de saber qué pasará.

Por fin encontré su mano. Ella no me soltó hasta que pasé al asiento de los remos, de espaldas a la proa. La señora Margarita se removía con la respiración entrecortada, mientras se sentaba en el sillón que tenía el respaldo hacia mí. Me decía que estudiaba un presupuesto para un asilo de madres y no podría hablarme por un rato. Yo remaba, ella manejaba el timón, y los dos mirábamos la estela que íbamos dejando. Por un instante tuve la idea de un gran error; yo no era botero y aquel peso era monstruoso. Ella seguía pensando en el asilo de madres sin tener en cuenta el volumen de su cuerpo y la pequeñez de mis manos. En la angustia del esfuerzo me encontré con los ojos casi pegados al respaldo de su sillón; y el barniz oscuro y la esterilla llena de agujeritos, como los de un panal, me hicieron acordar de una peluquería a la que me llevaba mi abuelo cuando yo tenía seis años. Pero estos agujeros estaban llenos de bata blanca y de la gordura de la señora Margarita. Ella me dijo:

—No se apure; se va a cansar en seguida.

Yo aflojé los remos de golpe, caí como en un vació dichoso y me sentí por primera vez deslizándome con ella en el silencio del agua. Después tuve cierta conciencia de haber empezado a remar de nuevo. Pero debe haber pasado largo tiempo. Tal vez me haya despertado el cansancio. Al rato ella me hizo señas con una mano, como cuando se dice adiós, pero era para que me detuviera en el sapo más próximo. En toda la vereda que rodeaba al lago, había esparcidos sapos de bronce para atar el bote. Con gran trabajo y palabras que no entendí, ella sacó el cuerpo del sillón y lo puso de pie en la vereda. De pronto nos quedamos inmóviles, y fue entonces cuando hizo por primera vez la carraspera rara, como si arrastrara algo, en la garganta, que no quisiera tragar y que al final era un suspiro ronco. Yo miraba el sapo al que habíamos amarrado el bote pero veía también los pies de ella, tan fijos como los otros dos sapos. Todo hacía pensar que la señora Margarita hablaría. Pero también podía ocurrir que volviera a hacer la carraspera rara. Si la hacía o empezaba a conversar yo soltaría el aire que retenía en los pulmones para no perder las primeras palabras. Después la espera se fue haciendo larga y yo dejaba escapar la respiración como si fuera abriendo la puerta de un cuarto donde alguien duerme. No sabía si esa espera quería decir que yo debía mirarla; pero decidí quedarme inmóvil todo el tiempo que fuera necesario. Me encontré de nuevo con el sapo y los pies, y puse mi atención en ellos sin mirar directamente. La parte aprisionada en los zapatos era pequeña; pero después se desbordaba la gran garganta blanca y la pierna rolliza y blanda con ternura de bebé que ignora sus formas; y la idea de inmensidad que había encima de aquellos pies era como el sueño fantástico de un niño. Pasé demasiado tiempo esperando la carraspera; y no sé en qué pensamientos andaría cuando oí sus primeras palabras. Entonces tuve la idea de que un inmenso jarrón se había ido llenando silenciosamente y ahora dejaba caer el agua con pequeños ruidos intermitentes.

—Yo le prometí hablar … pero hoy no puedo… tengo un mundo de cosas en qué pensar…

Cuando dijo “mundo”, yo, sin mirarla, me imaginé las curvas de su cuerpo. Ella siguió:

—Además usted no tiene culpa, pero me molesta que sea tan diferente.

Sus ojos se achicaron y en su cara se abrió una sonrisa inesperada; el labio superior se recogió hacia los lados como algunas cortinas de los teatros y se adelantaron, bien alineados, grandes dientes brillantes.

—Yo, sin embargo, me alegro que usted sea como es.

Esto lo debo haber dicho con una sonrisa provocativa, porque pensé en mí mismo como en un sinvergüenza de otra época con una pluma en el gorro. Entonces empecé a buscar sus ojos verdes detrás de los lentes. Pero en el fondo de aquellos lagos de vidrio, tan pequeños y de ondas tan fijas, los párpados se habían cerrado y abultaban avergonzados. Los labios empezaron a cubrir los dientes de nuevo y toda la cara se fue llenando de un color rojizo que ya había visto antes en faroles chinos. Hubo un silencio como de mal entendido y uno de sus pies tropezó con un sapo al tratar de subir al bote. Yo hubiera querido volver unos instantes hacia atrás y que todo hubiera sido distinto. Las palabras que yo había dicho mostraban un fondo de insinuación grosera que me llenaba de amargura. La distancia que había de la isla a las vidrieras se volvía un espacio ofendido y las cosas se miraban entre ellas como para rechazarme. Eso era una pena, porque yo las había empezado a querer. Pero de pronto la señora Margarita dijo:

—Deténgase en la escalera y vaya a su cuarto. Creo que luego tendré muchas ganas de conversar con usted.

Entonces yo miré unos reflejos que había en el lago y sin ver las plantas me di cuenta de que me eran favorables; y subí contento aquella escalera casi blanca, de cemento armado, como un chiquilín que trepara por las vértebras de un animal prehistórico.

Me puse a arreglar seriamente mis libros entre el olor a madera nueva del ropero y sonó el teléfono:

—Por favor, baje un rato más; daremos unas vueltas en silencio y cuando yo le haga una seña usted se detendrá al pie de la escalera, volverá a su habitación y yo no lo molestaré más hasta que pasen dos días.

Todo ocurrió como ella lo había previsto, aunque en un instante en que rodeamos la isla de cerca y ella miró las plantas parecía que iba a hablar.

Entonces, empezaron a repetirse unos días imprecisos de espera y de pereza, de aburrimiento a la luz de la luna y de variedad de sospechas con el marido de ella bajo las plantas. Yo sabía que tenía gran dificultad en comprender a los demás y trataba de pensar en la señora Margarita un poco como Alcides y otro poco como María; pero también sabía que iba a tener pereza de seguir desconfiando. Entonces me entregué a la manera de mi egoísmo; cuando estaba con ella esperaba, con buena voluntad y hasta con pereza cariñosa, que ella me dijera lo que se le antojara y entrara cómodamente en mi comprensión. O si no, podía ocurrir, que mientras yo vivía cerca de ella, con un descuido encantado, esa comprensión se formara despacio, en mí, y rodeara toda su persona. Y cuando estuviera en mi pieza, entregado a mis lecturas, miraría también la llanura, sin acordarme de la señora Margarita. Y desde allí, sin ninguna malicia, robaría para mí la visión del lugar y me la llevaría conmigo al terminar el verano.

Pero ocurrieron otras cosas.

Una mañana el hombre del agua tenía un plano azul sobre la mesa. Sus ojos y sus dedos seguían las curvas que representaban los caños del agua incrustados sobre las paredes y debajo de los pisos como gusanos que las hubieran carcomido. Él no me había visto, a pesar de que sus pelos revueltos parecían desconfiados y apuntaban en todas direcciones. Por fin levantó los ojos. Tardó en cambiar la idea de que me miraba a mí en vez de lo que había en los planos y después empezó a explicarme cómo las máquinas, por medio de los caños, absorbían y vomitaban el agua de la casa para producir una tormenta artificial. Yo no había presenciado ninguna de las tormentas; sólo había visto las sombras de algunas planchas de hierro que resultaron ser bocas que se abrían y cerraban alternativamente, unas tragando y otras echando agua. Me costaba comprender la combinación de algunas válvulas; y el hombre quiso explicarme todo de nuevo. Pero entró María.

—Ya sabes tú que no debes tener a la vista esos caños retorcidos. A ella le parecen intestino… y puede llegarse hasta aquí, como el año pasado… —Y dirigiéndose a mí—: Por favor, usted oiga, señor, y cierre el pico. Sabrá que esta noche tendremos “velorio”. Sí, ella pone velas en unas budineras que deja flotando alrededor de la cama y se hace la ilusión de que es su propio “velorio”. Y después hace andar el agua para que la corriente se lleve las budineras.

Al anochecer oí los pasos de María, el gong para hacer marchar el agua y el ruido de los motores. Pero ya estaba aburrido y no quería asombrarme de nada.

Otra noche en que yo había comido y bebido demasiado, el estar remando siempre detrás de ella me parecía un sueño disparatado; tenía que estar escondido detrás de la montaña, que al mismo tiempo se deslizaba con el silencio que suponía en los cuerpos celestes; y con todo me gustaba pensar que “la montaña” se movía porque yo la llevaba en el bote. Después ella quiso que nos quedáramos quietos y pegados a la isla. Ese día habían puesto unas plantas que se asomaban como sombrillas inclinadas y ahora no nos dejaban llegar la luz que la luna hacía pasar por entre los vidrios. Yo transpiraba por el calor, y las plantas se nos echaban encima. Quise meterme en el agua, pero como la señora Margarita se daría cuenta de que el bote perdía peso, dejé esa idea. La cabeza se me entretenía en pensar cosas por su cuenta: “El nombre de ella es como su cuerpo; las dos primera silabas se parecen a toda esa carga de gordura y las dos últimas a su cabeza y sus facciones pequeñas…”. Parece mentira, la noche es tan inmensa, en el campo, y nosotros aquí, dos personas mayores, tan cerca y pensando quién sabe qué estupideces diferentes. Deben ser las dos de la madrugada… y estamos inútilmente despiertos, agobiados por estas ramas… Pero qué firme es la soledad de esta mujer…

Y de pronto, no sé en qué momento, salió de entre las ramas un rugido que me hizo temblar. Tardé en comprender que era la carraspera de ella y unas pocas palabras:

—No me haga ninguna pregunta…

Aquí se detuvo. Yo me ahogaba y me venían cerca de la boca palabras que parecían de un antiguo compañero de orquesta que tocaba el bandoneón: “¿quién te hace ninguna pregunta? … Mejor me dejaras ir a dormir…”

Y ella terminó de decir:

—… hasta que yo le haya contado todo.

Por fin aparecerían las palabras prometidas —ahora que yo no las esperaba—. El silencio nos apretaba debajo de las ramas pero no me animaba a llevar el bote más adelante. Tuve tiempo de pensar en la señora Margarita con palabras que oía dentro de mí y como ahogadas en una almohada. “Pobre, me decía a mí mismo, debe tener necesidad de comunicarse con alguien. Y estando triste le será difícil manejar ese cuerpo…”

Después que ella empezó a hablar, me pareció que su voz también sonaba dentro de mí como si yo pronunciara sus palabras. Tal vez por eso ahora confundo lo que ella me dijo con lo que yo pensaba. Además me será difícil juntar todas sus palabras y no tendré más remedio que poner aquí muchas de las mías.

“Hace cuatro años, al salir de Suiza, el ruido del ferrocarril me era insoportable. Entonces me detuve en una pequeña ciudad de Italia…”.

Parecía que iba a decir con quién, pero se detuvo. Pasó mucho rato y creí que esa noche no diría más nada. Su voz se había arrastrado con intermitencias y hacía pensar en la huella de un animal herido. En el silencio, que parecía llenarse de todas aquellas ramas enmarañadas, se me ocurrió repasar lo que acababa de oír. Después pensé que yo me había quedado, indebidamente, con la angustia de su voz en la memoria, para llevarla después a mi soledad y acariciarla. Pero en seguida, como si alguien me obligara a soltar esa idea, se deslizaron otras. Debe haber sido con el que estuvo antes en la pequeña ciudad de Italia. Y después de perderlo, en Suiza, es posible que haya salido de allí sin saber que todavía le quedaba un poco de esperanza (Alcides me había dicho que no encontraron los restos) y al alejarse de aquel lugar, el ruido del ferrocarril la debe haber enloquecido. Entonces, sin querer alejarse demasiado, decidió bajarse en la pequeña ciudad de Italia, peor en ese otro lugar se ha encontrado, sin duda, con recuerdos que le produjeron desesperaciones nuevas. Ahora ella no podrá decirme todo esto, por pudor, o tal vez por creer que Alcides me ha contado todo. Pero él no me dijo que ella está así por la pérdida de su marido, sino simplemente: “Margarita fue trastornada toda su vida”, y María atribuía la rareza de su ama a “tanto libro”. Tal vez ellos se hayan confundido porque la señora Margarita no les habló de su pena. Y yo mismo, si no hubiera sabido algo por Alcides, no habría comprendido nada de su historia, ya que la señora Margarita nunca me dijo ni una palabra de su marido.

Yo seguí con muchas ideas como éstas, y cuando las palabras de ella volvieron, la señora Margarita parecía instalada en una habitación del primer piso de un hotel, en la pequeña ciudad de Italia, a la que había llegado por la noche. Al rato de estar acostada, se levantó porque oyó ruidos, y fue hacia una ventana de un corredor que daba al patio. Allí había reflejos de luna y de otras luces. Y de pronto, como si se hubiera encontrado con una cara que le había estado acechando, vio una fuente de agua. Al principio no podía saber si el agua era una mirada falsa en la cara oscura de la fuente de piedra; pero después el agua le pareció inocente; y al ir a la cama la llevaba en los ojos y caminaba con cuidado para no agitarla. A la noche siguiente no hubo ruido pero igual se levantó. Esta vez el agua era poca, sucia y al ir a la cama, como en la noche anterior, le volvió a parecer que el agua la observaba, ahora era por entre hojas que no alcanzaban a nadar. La señora Margarita la siguió mirando, dentro de sus propios ojos y las miradas de los dos se había detenido en una misma contemplación. Tal vez por eso, cuando la señora Margarita estaba por dormirse, tuvo un presentimiento que no sabía si le venía de su alma o del fondo del agua. Pero sintió que alguien quería comunicarse con ella, que había dejado un aviso en el agua y por eso el agua insistía en mirar y en que la miraran. Entonces la señora Margarita bajó de la cama y anduvo vagando, descalza y asombrada, por su pieza y el corredor; pero ahora, la luz y todo era distinto, como si alguien hubiera mandado cubrir el espacio donde ella caminaba con otro aire y otro sentido de las cosas. Esta vez ella no se animó a mirar el agua; y al volver a su cama sintió caer en su camisón, lágrimas verdaderas y esperadas desde hacía mucho tiempo.

A la mañana siguiente, al ver el agua distraída, entre mujeres que hablaban en voz alta, tuvo miedo de haber sido engañada por el silencio de la noche y pensó que el agua no le daría ningún aviso ni la comunicaría con nadie. Pero escuchó con atención lo que decían las mujeres y se dio cuenta de que ellas empleaban sus voces en palabras tontas, que el agua no tenía culpa de que las echaran encima como si fueran papeles sucios y que no se dejaría engañar por la luz del día. Sin embargo, salió a caminar, vio un pobre viejo con una regadera en la mano y cuando él la inclinó apareció una vaporosa pollera de agua, haciendo murmullos como si fuera movida por pasos. Entonces, conmovida, pensó: “No, no debo abandonar el agua; por algo ella insiste como una niña que no puede explicarse”. Esa noche no fue a la fuente porque tenía un gran dolor de cabeza y decidió tomar una pastilla para aliviarse. Y en el momento de ver el agua entre el vidrio del vaso y la poca luz de la penumbra, se imaginó que la misma agua se había ingeniado para acercarse y poner un secreto en los labios que iban a beber. Entonces la señora Margarita se dijo: “No, esto es muy serio; alguien prefiere la noche para traer el agua a mi alma”.

Al amanecer fue a ver a solas el agua de la fuente para observar minuciosamente lo que había entre el agua y ella. Apenas puso sus ojos sobre el agua se dio cuenta que por su mirada descendía un pensamiento. Aquí la señora Margarita dijo estas mismas palabras: “un pensamiento que ahora no importa nombrar” y, después de una larga carraspera, “un pensamiento confuso y como deshecho de tanto estrujarlo. Se empezó a hundir, lentamente y lo dejé reposar. De él nacieron reflexiones que mis miradas extrajeron del agua y me llenaron los ojos y el alma. Entonces supe, por primera vez, que hay que cultivar los recuerdos en el agua, que el agua elabora lo que en ella se refleja y que recibe el pensamiento. En caso de desesperación no hay que entregar el cuerpo al agua; hay que entregar a ella el pensamiento; ella lo penetra y él nos cambia el sentido de la vida”. Fueron éstas, aproximadamente, sus palabras.

Después se vistió, salió a caminar, vio de lejos un arroyo, y en el primer momento no se acordó que por los arroyos corría agua —algo del mundo con quien sólo ella podía comunicarse. Al llegar a la orilla, dejó su mirada en la corriente, y en seguida tuvo la idea, sin embargo, de que esta agua no se dirigía a ella; y que además ésta podía llevarle los recuerdos para un lugar lejano, gastárselos. Sus ojos la obligaron a atender a una hoja recién caída de un árbol; anduvo un instante en la superficie y en el momento de hundirse la señora Margarita oyó pasos sordos, con palpitaciones. Tuvo una angustia de presentimientos imprecisos y la cabeza se le oscureció. Los pasos eran de un caballo que se acercó con una confianza un poco aburrida y hundió los belfos en la corriente; sus dientes parecían agrandados a través de un vidrio que se moviera, y cuando levantó la cabeza el agua chorreaba por los pelos de sus belfos sin perder ninguna dignidad. Entonces pensó en los caballos que bebían el agua del país de ella, y en lo distinta que sería el agua allá.

Esa noche, en el comedor del hotel, la señora Margarita se fijaba a cada momento en una de las mujeres que había hablado a gritos cerca de la fuente. Mientras el marido la miraba, embobado, la mujer tenía una sonrisa irónica, y cuando se fue a llevar una copa a los labios, la señora pensó: “En qué bocas anda el agua”. En seguida se sintió mal, fue a su pieza y tuvo una crisis de lágrimas. Después se durmió pesadamente y a las dos de la madrugada se despertó agitada y con el recuerdo del arroyo llenándole el alma. Entonces tuvo ideas en favor del arroyo: “Esa agua corre como una esperanza desinteresada y nadie puede con ella. Si el agua que corre es poca, cualquier pozo puede prepararle una trampa y encerrarla: entonces ella se entristece, se llena de un silencio sucio, y ese pozo es como la cabeza de un loco. Yo debo tener esperanzas como de paso, vertiginoso, si es posible, y no pensar demasiado en que se cumplan; ese debe ser, también, el sentido del agua, su inclinación instintiva. Yo debo estar con mis pensamientos y mis recuerdos como en un agua que corre con gran caudal…” Esta marea de pensamientos creció rápidamente y la señora Margarita se levantó de la cama, preparó las valijas y empezó a pasearse por su cuarto y el corredor sin querer mirar el agua de la fuente. Entonces pensaba: “El agua es igual en todas partes y yo debo cultivar mis recuerdos en cualquier agua del mundo”. Pasó un tiempo angustioso antes de estar instalada en el ferrocarril. Pero después el ruido de las ruedas la deprimió y sintió pena por el agua que había dejado en la fuente del hotel; recordó la noche en que estaba sucia y llena de hojas, como una niña pobre, pidiéndole una limosna y ofreciéndole algo; pero si no había cumplido la promesa de una esperanza o un aviso, era por alguna picardía natural de la inocencia. Después la señora Margarita se puso una toalla en la cara, lloró y eso le hizo bien. Pero no podía abandonar sus pensamientos de agua quieta: “Yo debo preferir, seguía pensando, el agua que esté detenida en la noche para que el silencio se eche lentamente sobre ella y todo se llene de sueño y de plantas enmarañadas. Eso es más parecido al agua que llevo en mí, si cierro los ojos siento como si las manos de una ciega tantearan la superficie de su propia agua y recordara borrosamente, un agua entre plantas que vio en la niñez, cuando aún le quedara un poco de vista”.

Aquí se detuvo un rato, hasta que yo tuve conciencia de haber vuelto a la noche en que estábamos bajo las ramas; pero no sabía bien si esos últimos pensamientos la señora Margarita los había tenido en el ferrocarril, o se le había ocurrido ahora, bajo estas ramas. Después me hizo señas para que fuera al pie de la escalera.

Esa noche no encendí la luz de mi cuarto, y al tantear los muebles tuve el recuerdo de otra noche en que me había emborrachado ligeramente con una bebida que tomaba por primera vez. Ahora tardé en desvestirme. Después me encontré con los ojos fijos en el tul del mosquitero y me vinieron de nuevo las palabras que se habían desprendido del cuerpo de la señora Margarita.

En el mismo instante del relato no sólo me di cuenta que ella pertenecía al marido, sino que yo había pensado demasiado en ella; y a veces de una manera culpable. Entonces parecía que fuera yo el que escondía los pensamientos entre las plantas. Pero desde el momento en que la señora Margarita empezó a hablar sentí una angustia como si su cuerpo se hundiera en un agua que me arrastrara a mí también; mis pensamientos culpables aparecieron de una manera fugaz y con la idea de que no había tiempo ni valía la pena pensar en ellos; y a medida que el relato avanzaba el agua se iba presentando como el espíritu de una religión que nos sorprendiera en formas diferentes, y los pecados, en esa agua, tenían otro sentido y no importaba tanto su significado. El sentimiento de una religión del agua era cada vez más fuerte. Aunque la señora Margarita y yo éramos los únicos fieles de carne y hueso, los recuerdos de agua que yo recibía en mi propia vida, en las intermitencias del relato, también me parecían fieles de esa religión; llegaban con lentitud, como si hubieran emprendido el viaje desde hacía mucho tiempo y apenas cometido un gran pecado.

De pronto me di cuenta que de mi propia alma me nacía otra nueva y que yo seguiría a la señora Margarita no sólo en el agua, sino también en la idea de su marido. Y cuando ella terminó de hablar y yo subía la escalera de cemento armado, pensé que en los días que caía agua del cielo había reuniones de fieles.

Pero, después de acostado bajo aquel tul, empecé a rodear de otra manera el relato de la señora Margarita; fui cayendo con una sorpresa lenta, en mi alma de antes, y pensando que yo también tenía mi angustia propia; que aquel tul en que hoy había dejado prendidos los ojos abiertos, estaba colgado encima de un pantano y que de allí se levantaban otros fieles, los míos propios, y me reclamaban otras cosas. Ahora recordaba mis pensamientos culpables con bastantes detalles y cargados, con un sentido que yo conocía bien. Habían empezado en una de las primeras tardes, cuando sospechaba que la señora Margarita me atraería como una gran ola; no me dejaría hacer pie y mi pereza me quitaría fuerzas para defenderme. Entonces tuve una reacción y quise irme de aquella casa; pero eso fue como si al despertar, hiciera un movimiento con la intención de levantarme y sin darme cuenta me acomodara para seguir durmiendo. Otra tarde quise imaginarme —ya lo había hecho con otras mujeres— cómo sería yo casado con ésta. Y por fin había decidido, cobardemente, que si su soledad me inspirara lástima y yo me casara con ella, mis amigos dirían que lo había hecho por dinero; y mis antiguas novias se reirían de mí al descubrirme caminando por veredas estrechas detrás de una mujer gruesísima que resultaba ser mi mujer. (Ya había tenido que andar detrás de ella, por la vereda angosta que rodeaba al lago, en las noches que ella quería caminar).

Ahora a mí no me importaba lo que dijeran los amigos ni las burlas de las novias de antes. Esta señora Margarita me atraía con una fuerza que parecía ejercer a gran distancia, como si yo fuera un satélite, y al mismo tiempo que se me aparecía lejana y ajena, estaba llena de una sublimidad extraña. Pero mis fieles me reclamaban a la primera señora Margarita, aquella desconocida más sencilla, sin marido, y en la que mi imaginación podía intervenir más libremente. Y debo haber pensado muchas cosas más antes que el sueño me hiciera desaparecer el tul.

A la mañana siguiente, la señora Margarita me dijo, por teléfono: “Le ruego que vaya a Buenos Aires por unos días; haré limpiar la casa y no quiero que usted me vea sin el agua”. Después me indicó el hotel donde debía ir. Allí recibiría el aviso para volver.

La invitación a salir de su casa hizo disparar en mí un resorte celoso y en el momento de irme me di cuenta de que a pesar de mi excitación llevaba conmigo un envoltorio pesado de tristeza y que apenas me tranquilizara tendría la necesidad estúpida de desenvolverlo y revisarlo cuidadosamente. Eso ocurrió al poco rato, y cuando tomé el ferrocarril tenía tan pocas esperanzas de que la señora Margarita me quisiera, como serían las de ella cuando tomó aquel ferrocarril sin saber si su marido aún vivía. Ahora eran otros tiempos y otros ferrocarriles; pero mi deseo de tener algo común con ella me hacía pensar: “Los dos hemos tenido angustias entre ruidos de ruedas de ferrocarriles”. Pero esta coincidencia era tan pobre como la de haber acertado sólo una cifra de las que tuviera un billete premiado. Yo no tenía la virtud de la señora Margarita de encontrar un agua milagrosa, ni buscaría consuelo en ninguna religión. La noche anterior había traicionado a mis propios fieles, porque aunque ellos querían llevarme con la primera señora Margarita, yo tenía, también, en el fondo de mi pantano, otros fieles que miraban fijamente a esta señora como bichos encantados por la luna. Mi tristeza era perezosa, pero vivía en mi imaginación con orgullo de poeta incomprendido. Yo era un lugar provisorio donde se encontraban todos mis antepasados un momento antes de llegar a mis hijos; pero mis abuelos aunque eran distintos y con grandes enemistades, no querían pelear mientras pasaban por mi vida: preferían el descanso, entregarse a la pereza y desencontrarse como sonámbulos caminando por sueños diferentes. Yo trataba de no provocarlos, pero si eso llegaba a ocurrir preferiría que la lucha fuera corta y se exterminaran de un golpe.

En Buenos Aires me costaba hallar rincones tranquilos donde Alcides no me encontrara. (A él le gustaría que le contara cosas de la señora Margarita para ampliar su mala manera de pensar en ella). Además yo ya estaba bastante confundido con mis dos señoras Margarita y vacilaba entre ellas como si no supiera a cuál, de dos hermanas, debía preferir o traicionar; ni tampoco las podía fundir, para amarlas al mismo tiempo. A menudo me fastidiaba que la última señora Margarita me obligara a pensar en ella de una manera tan pura, y tuve la idea de que debía seguirla en todas sus locuras para que ella me confundiera entre los recuerdos del marido, y yo, después, pudiera sustituirlo.

Recibí la orden de volver en un día de viento y me lancé a viajar con una precipitación salvaje. Pero ese día, el viento parecía traer oculta la misión de soplar contra el tiempo y nadie se daba cuenta de que los seres humanos, los ferrocarriles y todo se movía con una lentitud angustiosa. Soporté el viaje con una paciencia inmensa y al llegar a la casa inundada fue María la que vino a recibirme al embarcadero. No me dejó remar y me dijo que el mismo día que yo me fui, antes de retirarse el agua, ocurrieron dos accidentes. Primero llegó Filomena, la mujer del botero, a pedir que la señora Margarita la volviera a tomar. No la había despedido sólo por haber dejado nadar aquel pan, sino porque la encontraron seduciendo a Alcides una vez que él estuvo allí en los primeros días. La señora Margarita, sin decirle una palabra, la empujó, y Filomena cayó al agua; cuando se iba, llorando y chorreando agua, el marido la acompañó y no volvieron más. Un poco más tarde, cuando la señora Margarita acercó, tirando de un cordón, el tocador de su cama (allí los muebles flotaban sobre gomas infladas, como las que los niños llevan a las playas), volcó una botella de aguardiente sobre un calentador que usaba para unos afeites y se incendió el tocador. Ella pidió agua por teléfono, “como si allí no hubiera bastante o no fuera la misma que hay en toda la casa”, decía María.

La mañana que siguió a mi vuelta era radiante y habían puesto plantas nuevas; pero sentí celos de pensar que allí había algo diferente a lo de antes; la señora Margarita y yo no encontraríamos las palabras y los pensamientos como los habíamos dejado, debajo de las ramas.

Ella volvió a su historia después de algunos días. Esa noche, como ya había ocurrido otras veces, pusieron una pasarela para cruzar el agua del zaguán. Cuando llegué al pie de la escalera la señora Margarita me hizo señas para que me detuviera; y después para que caminara detrás de ella. Dimos una vuelta por toda la vereda estrecha que rodeaba al lago y ella empezó a decirme que al salir de aquella ciudad de Italia pensó que el agua era igual en todas partes del mundo. Pero no fue así, y muchas veces tuvo que cerrar los ojos y ponerse los dedos en los oídos para encontrarse con su propia agua. Después de haberse detenido en España, donde un arquitecto le vendió los planos para una casa inundada —ella no me dio detalles— tomó un barco demasiado lleno de gente y al dejar de ver tierra se dio cuenta que el agua del océano no le pertenecía, que en ese abismo se ocultaban demasiados seres desconocidos. Después me dijo que algunas personas, en el barco, hablaban de naufragios y cuando miraban la inmensidad del agua, parecía que escondían miedo; pero no en una bañera, y de entregarse a ella con el cuerpo desnudo. También les gustaba ir al fondo del barco y ver las calderas, con el agua encerrada y enfurecida por la tortura del fuego. En los días que el mar estaba agitado la señora Margarita se acostaba en su camarote, y hacía andar sus ojos por hileras de letras, en diarios y revistas, como si siguieran caminos de hormigas. O miraba un poco el agua que se movía entre un botellón de cuello angosto. Aquí detuvo el relato y yo me di cuenta que ella se balanceaba como un barco. A menudo nuestros pasos no coincidían, echábamos el cuerpo para lados diferentes y a mí me costaba atrapar sus palabras, que parecían llevadas por ráfagas desencontradas. También detuvo sus pasos antes de subir a la pasarela, como si en ese momento tuviera miedo de pasar por ella; entonces me pidió que fuera a buscar el bote. Anduvimos mucho rato antes que apareciera el suspiro ronco y nuevas palabras. Por fin me dijo que en el barco había tenido un instante para su alma. Fue cuando estaba apoyada en una baranda, mirando la calma del mar, como a una inmensa piel que apenas dejara entrever movimientos de músculos. La señora Margarita imaginaba locuras como las que vienen en los sueños: suponía que ella podía caminar por la superficie del agua; pero tenía miedo que surgiera una marsopa que la hiciera tropezar; y entonces, esta vez, se hundiría, realmente. De pronto tuvo conciencia que desde hacía algunos instantes caía, sobre el agua del mar, agua dulce del cielo, muchas gotas llegaban hasta la madera de cubierta y se precipitaban tan seguidas y amontonadas como si asaltaran el barco. Enseguida toda la cubierta era, sencillamente, un piso mojado. La señora Margarita volvió a mirar el mar, que recibía y se tragaba la lluvia con la naturalidad conque un animal se traga a otro. Ella tuvo un sentimiento confuso de lo que pasaba y de pronto su cuerpo se empezó a agitar por una risa que tardó en llegarle a la cara, como un temblor de tierra provocado por una causa desconocida. Parecía que buscara pensamientos que justificaran su risa y por fin se dijo. “Esta agua parece una niña equivocada; en vez de llover sobre la tierra llueve sobre otra agua”. Después sintió ternura en lo dulce que sería para el mar recibir la lluvia; pero al irse para su camarote, moviendo su cuerpo inmenso, recordó la visión del agua tragándose la otra y tuvo la idea de que la niña iba hacia su muerte. Entonces la ternura se le llenó de una tristeza pesada, se acostó en seguida y cayó en el sueño de la siesta. Aquí la señora Margarita terminó el relato de esa noche y me ordenó que fuera a mi pieza.

Al día siguiente recibí su voz por teléfono y tuve la impresión de que me comunicaba con una conciencia de otro mundo. Me dijo que me invitaba para el atardecer a una sesión de homenaje al agua. Al atardecer yo oí el ruido de las budineras, con las corridas de María, y confirmé mis temores: tendría que acompañarla en su “velorio”. Ella me esperó al pie de la escalera cuando ya era casi de noche. Al entrar, de espaldas a la primera habitación, me di cuenta de que había estado oyendo un ruido de agua y ahora era más intenso. En esa habitación vi un trinchante. (Las ondas del bote lo hicieron mover sobre sus gomas infladas, y sonaron un poco las copas y las cadenas con que estaba sujeto a la pared.) Al otro lado de la habitación había una especie de balsa, redonda, con una mesa en el centro y sillas recostadas a una baranda: parecían un conciliábulo de mudos moviéndose apenas por el paso del bote. Sin querer mis remos tropezaron con los marcos de las puertas que daban entrada al dormitorio. En ese instante comprendí que allí caía agua sobre agua. Alrededor de toda la pared —menos en el lugar en que estaban los muebles, el gran ropero, la cama y el tocador— había colgadas innumerables regaderas de todas formas y colores; recibían el agua de un gran recipiente de vidrio parecido a una pipa turca, suspendido del techo como una lámpara; y de él salían, curvados como guirnaldas, los delgados tubos de goma que alimentaban las regaderas. Entre aquel ruido de gruta, atracamos junto a la cama; sus largas patas de vidrio la hacían sobresalir bastante del agua. La señora Margarita se quitó los zapatos y me dijo que yo hiciera lo mismo; subió a la cama, que era muy grande, y se dirigió a la pared de la cabecera, donde había un cuadro enorme con un chivo blanco de barba parado sobre sus patas traseras. Tomó el marco, abrió el cuadro como si fuera una puerta y apareció un cuarto de baño. Para entrar dio un paso sobre las almohadas, que le servían de escalón, y a los pocos instantes volvió trayendo dos budineras redondas con velas pegadas en el fondo. Me dijo que las fuera poniendo en el agua. Al subir, yo me caí en la cama; me levanté en seguida pero alcancé a sentir el perfume que había en las cobijas. Fui poniendo las budineras que ella me alcanzaba al costado de la cama, y de pronto ella me dijo: “Por favor, no las ponga así que parece un velorio”. (Entonces me di cuenta del error de María). Eran veintiocho. La señora se hincó en la cama y tomando el tubo del teléfono, que estaba en una de las mesas de luz, dio orden de que cortaran el agua de las regaderas. Se hizo un silencio sepulcral y nosotros empezamos a encender las velas echados de bruces a los pies de la cama y yo tenía cuidado de no molestar a la señora. Cuando estábamos por terminar, a ella se le cayó la caja de los fósforos en una budinera, entonces me dejó a mí solo y se levantó para ir a tocar el gong, que estaba en la otra mesa de luz. Allí había también una portátil y era lo único que alumbraba la habitación. Antes de tocar el gong se detuvo, dejó el palillo al lado de la portátil y fue a cerrar la puerta que era el cuadro del chivo. Después se sentó en la cabecera de la cama, empezó a arreglar las almohadas y me hizo señas para que yo tocara el gong. A mí me costó hacerlo; tuve que andar en cuatro pies por la orilla de la cama para no rozar sus piernas, que ocupaban tanto espacio. No sé por qué tenía miedo de caerme al agua —la profundidad era sólo de cuarenta centímetros—. Después de hacer sonar el gong una vez, ella me indicó que bastaba. Al retirarme— andando hacia atrás porque no había espacio para dar vuelta—, vi la cabeza de la señora recostada a los pies del chivo, y la mirada fija, esperando. Las budineras, también inmóviles, parecían pequeñas barcas recostadas en un puerto antes de la tormenta. A los pocos momentos de marchar los motores el agua empezó a agitarse; entonces la señora Margarita, con gran esfuerzo, salió de la posición en que estaba y vino de nuevo a arrojarse de bruces a los pies de la cama. La corriente llegó hasta nosotros, hizo chocar las budineras, unas contra otras, y después de llegar a la pared del fondo volvió con violencia a llevarse las budineras, a toda velocidad. Se volcó una y en seguida otras; las velas al apagarse, echaban un poco de humo. Yo miré a la señora Margarita, pero ella, previendo mi curiosidad, se había puesto una mano al costado de los ojos. Rápidamente, las budineras se hundían en seguida, daban vueltas a toda velocidad por la puerta del zaguán en dirección al patio. A medida que se apagaban las velas había menos reflejos y el espectáculo se empobrecía. Cuando todo parecía haber terminado, la señora Margarita, apoyada en el brazo que tenía la mano en los ojos, soltó con la otra mano una budinera que había quedado trabada a un lado de la cama y se dispuso a mirarla; pero esa budinera también se hundió en seguida. Después de unos segundos, ella, lentamente, se afirmó en las manos para hincarse o para sentarse sobre sus talones y con la cabeza inclinada hacia abajo y la barbilla perdida entre la gordura de la garganta, miraba el agua como una niña que hubiera perdido una muñeca. Los motores seguían andando y la señora Margarita parecía, cada vez más abrumada de desilusión. Yo, sin que ella me dijera nada, atraje el bote por la cuerda, que estaba atada a una pata de la cama. Apenas estuve dentro del bote y solté la cuerda, la corriente me llevó con una rapidez que yo no había previsto. Al dar vuelta en la puerta del zaguán miré hacia atrás y vi a la señora Margarita con los ojos clavados en mí como si yo hubiera sido una budinera más que le diera la esperanza de revelarle algún secreto. En el patio, la corriente me hacía girar alrededor de la isla. Yo me senté en el sillón del bote y no me importaba dónde me llevara el agua. Recordaba las vueltas que había dado antes, cuando la señora Margarita me había parecido otra persona, y a pesar de la velocidad de la corriente sentía pensamientos lentos y me vino una síntesis triste de mi vida. Yo estaba destinado a encontrarme solo con una parte de las personas, y además por poco tiempo y como si yo fuera un viajero distraído que tampoco supiera dónde iba. Esta vez ni siquiera comprendía por qué la señora Margarita me había llamado y contaba su historia sin dejarme hablar ni una palabra; por ahora yo estaba seguro que nunca me encontraría plenamente con esta señora. Y seguí en aquellas vueltas y en aquellos pensamientos hasta que apagaron los motores y vino María a pedirme el bote para pescar las budineras, que también daban vuelta alrededor de la isla. Yo le expliqué que la señora Margarita no hacía ningún velorio y que únicamente le gustaba ver naufragar las budineras con la llama y no sabía qué más decirle.

Esa misma noche, un poco tarde, la señora Margarita me volvió a llamar. Al principio estaba nerviosa, y sin hacer la carraspera tomó la historia en el momento en que había comprado la casa y la había preparado para inundarla. Tal vez había sido cruel con la fuente, desbordándole el agua y llenándola con esa tierra oscura. Al principio, cuando pusieron las primeras plantas, la fuente parecía soñar con el agua que había tenido antes; pero de pronto las plantas aparecían demasiado amontonadas, como presagios confusos; entonces la señora Margarita las mandaba cambiar. Ella quería que el agua se confundiera con el silencio de sueños tranquilos, o de conversaciones bajas de familias felices (por eso le había dicho a María que estaba sorda y que sólo debía hablarle por teléfono). También quería andar sobre el agua con la lentitud de una nube y llevar en las manos libros, como aves inofensivas. Pero lo que más quería, era comprender el agua. Es posible, me decía, que ella no quiera otra cosa que correr y dejar sugerencias a su paso; pero yo me moriré con la idea de que el agua lleva adentro de sí algo que ha recogido en otro lado y no sé de qué manera me entregará pensamientos que no son los míos y que son para mí. De cualquier manera yo soy feliz con ella, trato de comprenderla y nadie podrá prohibir que conserve mis recuerdos en el agua.

Esa noche, contra su costumbre, me dio la mano al despedirse. Al día siguiente, cuando fui a la cocina, el hombre del agua me dio una carta. Por decirle algo le pregunté por sus máquinas. Entonces me dijo:

—¿Vio qué pronto instalamos las regaderas?

—Sí, y… ¿anda bien? (Yo disimulaba el deseo de ir a leer la carta).

—Cómo no… Estando bien las máquinas, no hay ningún inconveniente. A la noche muevo una palanca, empieza el agua de las regaderas y la señora se duerme con el murmullo. Al otro día, a las cinco, muevo otra vez la misma palanca, las regaderas se detienen, y el silencio despierta a la señora; a los pocos minutos corro la palanca que agita el agua y la señora se levanta.

Aquí lo saludé y me fui. La carta decía:

“Querido amigo: el día que lo vi por primera vez en la escalera, usted traía los párpados bajos y aparentemente estaba muy preocupado con los escalones. Todo eso parecía timidez; pero era atrevido en sus pasos, en la manera de mostrar la suela de sus zapatos. Le tomé simpatía y por eso quise que me acompañara todo este tiempo. De lo contrario, le hubiera contado mi historia en seguida y usted tendría que haberse ido a Buenos Aires al día siguiente. Eso es lo que hará mañana.

“Gracias por su compañía; y con respecto a sus economías nos entenderemos por medio de Alcides. Adiós y que sea feliz; creo que buena falta le hace. Margarita.

“P.D. Si por causalidad a usted se le ocurriera escribir todo lo que le he contado, cuente con mi permiso. Sólo le pido que al final ponga estas palabras: “Esta es la historia que Margarita le dedica a José. Esté vivo o esté muerto.”

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Narrativa reunida, de Felisberto Hernández (Alfaguara, 2019).