80. (1900-2019)

Café Con/suelo

Según las fuentes consultadas, 1900 fue “un año normal comenzado en lunes según el calendario gregoriano”. Empezando porque se trata del último año del siglo XIX, nada parece normal. Picasso realiza su primera exposición individual en Els Quatre Gats. El conde Ferdinand von Zeppelin emprende el primer vuelo con el dirigible rígido LZ 1. El rey de Italia Humberto I muere como consecuencia de un atentado anarquista en la ciudad de Monza. Lenin llega a Múnich, donde reside de manera ilegal con el nombre de Meyer (un buen nombre falso: Meyer). El Gran Huracán de Galveston arrasa, precisamente, Galveston. Se funda Colonia Morelos, unas de las colonias de mormones en el actual estado de Sonora, México. Muere Dios y después Nietzsche (a los 55 años). Hoy, ciento diecinueve años después, corre una brisa fresca proveniente del mar que alivia el sofoco de los últimos días, mientras corrijo unos ensayos  encerrado en el estudio. De aquí a un rato pondré a hervir agua con sal para cocer un puñado de pasta fresca precocinada. No veo las noticias. Los niños no van al colegio. Llevo un par de días sin escuchar música. Esta mañana, mientras desayunaba con mi padre, hemos leído juntos un par de prosas apátridas de Ribeyro. Aunque cueste creerlo, los dirigibles están en desuso y Nietzsche sigue muerto.

79.

Café Con/suelo

Este viernes he empezado el día escuchando O how she dances, de James Luther Dickinson, por recomendación de los búfalos de la editorial Dirty Works. Todo iba bien. El engranaje de la vida estaba bien engrasado con café con leche y música, pero a media mañana he escuchado un ruido raro, muy leve, como el chirriar de una articulación metálica cubierta de polvo y óxido. No he logrado interpretar el sonido hasta saber que Julián Rodríguez Marcos, fundador junto a Paca Flores de la editorial Periférica, ha muerto esta mañana de un infarto —cincuenta años y un infarto—, quién sabe si mientras sonaba la canción de Dickinson. Un sabio joven que ya no está. Él era uno de esos editores a los que se les nota el gusto y la buena mano, como dice M. Un tipo discreto e infatigable. Eso es lo que me gustaría escribir, pero la fatiga le llegó esta mañana, cuando nadie se lo esperaba. Supongo que ni siquiera su pareja y también editora Irene Antón (Errata Naturae), a quien abrazo sin conocerla. No soy muy dado a las conspiraciones, pero pienso en Claudio y en Julián —pienso en Irene— y diría que alguien le guarda cierta inquina al mundo del libro, al mejor lado de ese mundo complejo y algo borroso. A los familiares y amigos de Julián Rodríguez no los consolará nada ni nadie. A sus lectores, sin embargo, nos quedan sus libros, los que él mismo escribió y también los de Yuri Herrera, Rita Indiana, Vicente Valero, Valérie Mréjen o Lorenza Mazzetti. O how she dances. ¿Y si en su canción Dickinson se refería a la vida, a cómo baila la vida? Julián Rodríguez Marcos, infatigable, a pesar de la fatiga.

78.

Café Con/suelo

Esta semana he empezado a impartir una asignatura de crítica literaria en un máster de literatura española e hispanoamericana. Las impresiones de la primera clase son raras. Me hubiera gustado que fuera más participativa, pero me pudo el impulso de aclarar hasta el detalle cómo se va a desarrollar el asunto. La duda, ay, la duda. Espero que al menos les pique el gusanillo, porque estoy seguro de que la semana que viene será mejor y más interesante. Una de las actividades que les he propuesto es hacer un informe editorial. Para simular un caso práctico determinaremos las características de una editorial y les pediré que lean un texto al que le he borrado el título y el nombre del autor, como si fuese un manuscrito anónimo. Una de las cosas más emocionantes y extrañas a las que te enfrentas cuando haces un informe editorial es la falta de referencias. Estamos demasiado acostumbrados a tocar las cosas “en segundo grado”. Está claro que si ellos quieren podrán copiar y pegar un fragmento en Google y descubrir rápidamente de qué texto se trata. Pero eso no les ayudará, al contrario. No puedo ir detrás de ellos para impedírselo, pero podría decirles que la mejor parte de la lectura crítica tiene que ver con el juego, con la intuición, con la duda. Me pregunto cómo encajan estas palabras en una clase universitaria de crítica literaria: juego, intuición, duda.

77.

Café Con/suelo

2×1. Tenía apuntado en algún sitio que el martes tenía que estar a las 20h en la presentación del libro de David CanoEstuve todo el día escribiendo porque tengo que entregar unas cosas que me llevan de cabeza y además me he metido yo solo en un berenjenal del que ya veré si puedo salir. Pero todo es muy ilusionante, eh. El caso es que el martes llegó hace dos días y yo me lo pasé con la cabeza en un fango de historias y párrafos que para qué te voy a contar. Mientras, en otra habitación, A. se prepara para un examen que tumbaría a cualquiera, menos a ella. No es que esta situación dificulte la convivencia, pero digamos que sube un par de grados la intensidad. Hablando de esto con María le dije que por donde pasamos A. y yo últimamente se marchitan las flores y no vuelve a crecer la hierba. Por supuesto, es una referencia a Atila que no tiene nada que ver conmigo, pero hay gente a la que le sirve exagerar sus problemas, como que así los exorciza, y quise probar. Vamos, que ahora mismo la hierba ni se marchita ni crece; me doy con un canto si se queda como está. Pero la historia va de ese martes pantanoso en el que decidí meterme a la ducha a las 19:50h, arrancar el coche 20:10h y llegar a la presentación de Trabajos forzados a las 20:30h, después de dar un par de vueltas buscando aparcamiento. La clave, para mí, reside en que logré llegar a tiempo para escuchar buena parte de la presentación. Me quedé con el personaje de Marcos, el drama generacional y el tema tan nuestro de la precariedad y la ansiedad. Sudé como un cabrón, por las prisas y porque allí dentro hacía calor, y me fui pitando a escribir en la agenda o en cualquier otro sitio que había conseguido llegar a tiempo a la presentación del libro de David Cano. En la agenda ponía: Acústico de Viva Honduras el miércoles a las 21h. “Hace un día estupendo para matar a alguien”. Todavía no había llegado a casa y el plan de mañana se me agarró al cuello. Le tenía muchas ganas a ese concierto pero sabía que no podría ir. No iba a engañar al tiempo, como el día anterior, pero aún podía engañarme a mí mismo. Así que el día siguiente, el miércoles, lo pasé enfrascado en las mismas historias y en los mismos párrafos, diciéndome que a las 21h tenía concierto. Tenía concierto y también tenía trabajo pendiente, así que no podría ir. Resignación. Estaba anocheciendo y me metí en una piscina cubierta; una piscina privada, no demasiado grande, con la cubierta traslúcida a un metro y medio del agua. Me dejé flotar en el líquido tibio y recordé los consejos que R. me habían dado sobre la meditación, sobre despejar la mente y aliviar el estrés. Cerré los ojos y traté de seguir el ritmo de la respiración. En el silencio absoluto mi exhalaciones parecían las de un soplador de hojas. Los primeros cinco minutos fueron los más convulsos. Me abordaron cientos de pensamientos, como de qué forma escribir sobre dos días en una sola entrada del blog, y entonces decidí abrir los ojos y fijar la mirada en las gotas de agua condensada sobre la cubierta de plástico de la piscina. En los siguientes diez minutos conseguí relajarme. Cuando pasaron quince minutos pensé que estaba muerto. Cuando el reloj contó veinte, estaba muerto. Es buena idea esto de meditar en el agua. No lo es tanto, quizá, hacerlo flotando boca abajo.

76.

Café Con/suelo

Acabo de terminarme el primer café de la mañana y ya he decidido romper otra regla de estos diarios que ni son diarios ni son nada. Los diarios se escriben por la noche, al terminar el día, como un ejercicio de recapitulación o saldo de deudas con el pasado inmediato. Pero yo siento la necesidad de escribir ahora para decir que por fin he terminado de leer la novela de Laura Fernández, Bienvenidos a Welcome, y no porque me haya llevado mucho tiempo, sino porque he tardado demasiado en entregarme a ella. No suelo escribir aquí sobre mis lecturas porque para eso están los vecinos de Lector salteado, todo el día hablando de libros como si no hubiera otra cosa en el mundo. De hecho, allí hablaré del libro de Laura en cuanto tenga un poco de tiempo, porque la verdad es que merece una charla relajada por lo tremendamente inteligente y divertido que es. Pero no. No voy a escribir aquí sobre el libro de Laura. Y otra vez ese conflicto entre distintos cuadernos, entre el diario y la agenda, el documento de Word y la servilleta del bar. Los espacios de escritura se contaminan entre sí, eso lo sé, pero temo que pronto acaben contaminándome a mí también. Al fin y al cabo, ¿no soy yo también un espacio de escritura? La ventaja es que no tengo que decidir qué escribo o de qué forma me escribo. Puedo contar que Christopher Meloni está increíble en Happy!, esa serie sobre un expolicía borrachuzo reconvertido en sicario que busca a su hija secuestrada (de cuya existencia no sabía nada) con la ayuda de un diminuto unicornio azul llamado Happy (o Hap), que resulta ser el amigo imaginario de la niña, la dulce y valiente Hailey. Puedo escribir que ayer preparé para cenar unos nachos con chili con carne y guacamole que me han perseguido en forma de pesadilla durante toda la noche, que a través de las paredes del Café Con/suelo escucho las conversaciones entre Robert Stone, Miguel Ángel Hernández, Chris Offut y Mónica Ojeda (menudas se montan discutiendo sobre autoficción y marcas de cerveza), o que preparando mis clases de crítica literaria intento meter con calzador la instalación de Dora García, Instant Narrative, para demostrar cómo el espectador y el propio espacio expositivo pueden convertirse en una instancia narrativa. Como tú misma, si estás leyendo esto, acabarás acomodándote en alguna de las mesas de este destartalado café.

75.

Café Con/suelo

Ayer las temperaturas bajaron drásticamente y por la noche llovió un poco, solo un poco. Esta mañana me he levantado con la esperanza de que el día nublado y fresco haría más llevaderas las horas frente a la pantalla del ordenador. Ayer experimenté un calambrazo de inspiración que habría agradecido tener hace un par de meses, cuando más lo necesitaba, y hoy me he despertado dispuesto a seguir explotando la fuente de esa lucidez rara. Pero las cosas no llegan siempre cuando uno quiere. La inspiración llegó ayer y tampoco estuvo mal. Siempre viene bien ese estímulo de origen desconocido, y aunque no sé si es verdad que Picasso dijo eso de que la inspiración te tiene que encontrar trabajando, sería extraño que nada ni nadie me encontraran demasiado lejos de mi escritorio últimamente. El caso es que no estuve nada mal, ayer. Pero al contrario de lo que todos esperábamos, hoy el cielo está despejado y el sol abrasa. Además, la lluvia ligera de anoche no ha llegado a empapar la tierra y lo único que nos queda de ella es un ambiente húmedo y bochornoso. Cada vez me molesta menos sudar en la playa o haciendo ejercicio, pero sudar escribiendo es insoportable. Mis esperanzas de un día nublado y fresco se han diluido ya. Solo permanece el recuerdo del sonido frenético de las teclas —imparable— y esa media sonrisa que aún me sale cuando pienso en el encuentro con Lolo Seisdedos. Mañana, si hace menos calor y tengo ganas, os contaré la historia de Lolo Seisdedos. Porque mañana —y esto es lo más cercano a la verdad que vais a leer hoy— será otro día.

73.

Café Con/suelo

Se me olvidó decir que ayer pasé por la librería de Araceli, que en mi cabeza no podría llamarse de otro modo que La librería de Araceli. Estuve allí tan solo unos minutos, lo justo para que una clienta nos interrumpiera (a Araceli y a mí, que charlábamos amigablemente) para preguntar por un cómic que quería regalarle a un niño. “Un cómic de esos como los tebeos antiguos, parecidos a una revista”, pidió la señora. Además de humilde lector de cómics, dicen por ahí que, una vez librero, librero siempre, así que no pude evitar meterme en medio para “atender” a la clienta que, por descontado, ya estaba siendo maravillosamente atendida por Araceli, que para eso es su librería y no en vano ella misma pertenece a la selecta liga de las World Best Booksellers (WBB a partir de ahora). Pero nada, que no me contuve, y es raro porque por lo general soy una persona contenido. Un tipo cauto y serenito, pero que no, que no me contuve y me puse a hablarle a la señora que si estos cómics tal, que si estos otros cual. El caso es que ahora, a toro pasado, me preocupa pensar que quizá hice mal en interrumpir a Araceli para hablar con su clienta. Me pregunto ahora, señoría, si a lo mejor hice mal aconsejándole a la señora que buscara el cómic en otra librería.

72.

Café Con/suelo

Después de desayunar he ido al baño y ahí he grabado un pequeño vídeo con la portada de Los hombres de Rusia, el libro de Reinaldo Laddaga que estoy leyendo en este momento. He subido a Instagram una story con el vídeo y, como quedaba algo soso, he hecho que de fondo sonara la canción “Hip Hop is dead”, de Nas con will.i.am. Hasta ahí todo bien. Ha quedado chulo con ese efecto percutidor que tiene el móvil, como si la imagen en movimiento palpitase al ritmo de la música. Hip hop… is dead… Luego he cogido el coche para ir a Hacienda a arreglar unos asuntillos demasiado anodinos para ser turbios o siquiera interesantes. Antes de llegar he escrito en Twitter: “Me voy a Hacienda. Decidle a mi madre que la quiero”. Ha sido una forma de darle bombo a un simple trámite de lo más aburrido. Un día más, no he conseguido ser trending topic. El tuit ha tenido poca repercusión (la repercusión esperada) y es que nunca he sido el gracioso del grupo. No soy el Lucky Luke (“más rápido que su sombra”) de las conversaciones a pie de bar. Mi cerebro funciona a unas revoluciones que a veces parecen ir marcha atrás, pero eso no quiere decir que los engranajes no giren, sino que giran a su manera, a su ritmo, a su propia velocidad. Y resulta que Twitter es una red social hecha para clones de Broncano. Los demás rondamos por allí para disfrutar el sorpasso.

Esperando en la sala de espera de la Agencia Tributaria me he metido a Instagrama y he visto que habían bloqueado mi story, la del vídeo con la portada del libro de Laddaga, porque, según el organismo competente, podría vulnerar no sé qué derechos de autor en no sé qué ni en no sé cuántos países. No es que no lo sepa porque no quiera saberlo, sino porque no me lo han dicho. El vídeo está grabado en el cuarto de baño de mi casa, sobre el que tengo todos los derechos nacionales e internacionales. El problema, creo, podría estar en la canción de Nas, que la propia aplicación de Instagram me facilita para que la suba acompañando a mi flamante vídeo de mierdituber. Instagram me informa de que, aun con todo, el vídeo sigue disponible en 50 países. Entre ellos (menos mal) Burkina Faso.

El número C-16 (mi número, aunque C-16 no es exactamente un número) aparece en una de las pantallas: mesa 33. Y allá que voy. Me han atendido dos señoras muy amables y diligentes. Una de ellas era un poco antipática, pero qué más da si el sol brilla afuera. Así que he terminado mis quehaceres hacendosos y he salido a la calle en busca de una librería de segunda mano donde tenía reservado desde hacía semanas un librito que había olvidado ir a recoger. Se trata de El libro de los seres imaginarios, de Borges (en colaboración con Margarita Guerrero), y es la primera vez que me pasa algo así. Me refiero a que es la primera vez que reservo un libro, digo que voy a por él en un par de días y pasa casi un mes hasta que me acuerdo. Tengo que decir que he estado muy loco estas últimas semanas. Además, la librera no me avisó de la demora, por lo que ambos (ella tampoco recordaba mi reserva, aunque el libro reservado estaba) hemos vivido estas semanas en paz sin sentir que debíamos (o que nos debían) nada. En cualquier caso, el libro estaba allí, esperándome, en una edición baratucha pero encantadora de los años ochenta. He pagado algo más de lo esperado, he cogido mi libro y he salido de allí.

De vuelta en el coche he encendido la radio y sonaba una mezcla de rock y ska muy cañera que me ha subido el ánimo. He empezado a menear el cuello sin prestar atención a la letra (¿a quién le importa la letra de una canción que mezcla rock y ska?). El cuello iba solo y he estado a punto de estrellarme contra un camión frigorífico hasta que la letra ha cobrado forma. “Bautízame, Señor, con tu fuego. Bautízame, Señor, con tu presencia”. Estas emisoras religiosas son de lo más discreto. Un día de estos me evangelizan antes de que aparque y yo sin enterarme. Ahí knod your head, knod your head. 

Antes de llegar a mi casa he leído una pintada hecha malamente sobre una pared a medio morir: “Otro fin del mundo es posible”. Cuando sabes que te están cobrando de más por un libro de segunda mano, y aun así lo pagas, es porque no hay mal que por bien no venga. Y porque dentro de ti, conviviendo con la locura, también hay un pequeño filántropo.

71 (bis).

Café Con/suelo

Lo del bis lo pongo porque Rodrigo lo pone en su blog y lo que pone Rodrigo siempre está bien. Antes de que se acabe el día y vuelva a romper una vez más la ilusión de diario que me gusta hacerme cada tanto con este destartalado Café Con/suelo, solo quería decir que hoy he recibido una muy buena noticia. Ya diré más, otro día, porque esto es un diario, al fin y al cabo, y si en un diario se escribiese todo de una tajada dejaría de ser un diario para ser una vida.