85.

Café Con/suelo

Lo que más me gusta de llegar a casa es desnudarme. Antes de nada, en la entrada me vacío los bolsillos y dejo sobre un recipiente de barro coloreado las llaves y el puñado de monedas que suelo llevar encima. Luego me quito los zapatos, la camisa y los pantalones. Como a todos a los que no nos gusta limpiar, soy bastante ordenado. Así que nada más quitarme el pantalón lo doblo para guardarlo en el armario. Siempre, sin excepción, al doblar el pantalón cae una moneda al suelo. Una moneda fugada de la primera purga. No sé cómo lo consigue, pero siempre hay una moneda de dos, cinco, diez céntimos —una moneda pequeña— que escapa del plato de cerámica que trajimos de Nápoles y permanece agazapada en el bolsillo, hasta que doblo el pantalón y entonces cae —generalmente rodando hacia un rincón de difícil acceso. Creo firmemente que se trata de un mensaje del universo. Agacharme a recuperar esa moneda es el peaje que tengo que pagar. Cuanto menor es el valor de la moneada, más transparente es el mensaje. Un castigo; quizá fruto de un malentendido cósmico. Así lo escribió Kafka en “Un viejo manuscrito”: “Hay algún malentendido y este malentendido será nuestra ruina”.

84.

Café Con/suelo

Si no descuelgo esa llamada tuya tan importante es porque estoy en un rincón de las Azores sin cobertura ni Internet. Pero si al mismo tiempo ves que publico una nueva reseña en  Lector salteado, que comento algo en Twitter, que subo una imagen a Instagram, que comparto una publicación en Facebook o que escucho un audio de Whatsapp, no te preocupes, es que puedo programar todas esas acciones. Puedo programarlas y que se realicen cuando yo quiero. Puedo programar todo eso, pero no tu puta llamada putamente importante, porque resulta que estoy en un rincón de las Azores sin cobertura ni Internet.

82.

Café Con/suelo

Antes de ayer empezó a funcionar Internet en mi nueva casa. Después de unas semanas intensas de cambios y transformaciones, mudando poco a poco la biblioteca como quien muda esa piel que, a pesar de todo, no puedes dejar atrás, Internet —una ventana al mundo con forma de trampantojo y verdad absoluta— ha llegado por fin. El técnico era un joven venezolano, eficiente y extremadamente educado. Cuando terminó de hacer su trabajo, charlamos unos minutos y le pregunté por esos ovillos de cable que se amontonaban, olvidados, detrás de las puertas de cada uno de los cuartos del apartamento. Me dijo que eran cables antiguos de teléfono, de la compañía que tenían contratada las inquilinas anteriores. “Son cables muertos”, me dijo, “puedes cortarlos sin miedo porque no tienen corriente y, además, no sirven para nada”. Lo dijo con esa sorna que todo buen empleado muestra por las empresas de la competencia. Lo primero, en la guerra, es volar los puentes del enemigo. Pero yo confiaba en el técnico, así que le dije que en cuanto tuviera tiempo los cortaría y me desharía de ellos.

Esta mañana tenía tiempo, así que después de desayunar me he armado con unos viejos alicates con la tenaza roma y oxidada, y, como un buen zapador, me he lanzado dispuesto a apoyar la causa de mi camarada, el técnico venezolano de educación exquisita. Detrás de la puerta del salón he identificado un nudo enorme de cable blanco y grueso. Al ver que el nudo de cable tenía varias terminaciones, he analizado la situación y con las dos manos he recorrido palmo por palmo cada tramo de cable, identificando el origen y su desembocadura. Lo tenía. Así que, armado con mis alicates, he estrangulado uno de los tubos hasta seccionarlo brutalmente. Después del corte, todo seguía igual, lo cual indicaba que había hecho bien al confiar en el técnico. Pero esa era solo una batalla. Junto al cable que acababa de cortar corrían otros tubos igual de blancos e igual de gruesos. Probablemente igual de muertos e inservibles. Satisfecho por el primer movimiento, sintiendo la adrenalina correr por mi cuerpo, he agarrado con decisión otro de los cables hasta atraparlo sin vacilar entre las veteranas cuchillas del alicate.

Antes de cerrar la tenaza con todas mis fuerzas he dejado pasar unos segundos, como si esperara que el tubo de goma y cobre dijera sus últimas palabras, o como si alguien o algo pudiera todavía advertirme. En ese preciso instante, sin permitirme gozar del corte limpio que había imaginado, una explosión ha hecho saltar los plomos, el fogonazo casi me hace caer al suelo y el ruido estridente me ha regalado un pitido en los oídos por valor de diez minutos de sordera. Desde el otro extremo del pasillo, pero como si viniera de Pakistán, he oído una voz que gritaba mi nombre. Los signos de exclamación los imagino, porque el sonido de las palabras llegaba amortiguado y cálido.

Después del susto y la conmoción, he cogido una silla y me he sentado frente al cable a medio seccionar. La cuchilla del alicate ha sufrido lo que hubiera sufrido mi mano, y quién sabe qué mas, si el mango no hubiera sido de plástico. He mirado durante un buen rato el cable partido, con una herida abierta y brillante, saboreando el olor a quemado y preguntándome qué abría pasado si la corriente hubiera atravesado mis huesos. He mirado durante un buen rato ese cable moribundo y peligroso como un animal acorralado. He barajado mis opciones y he decidido llamar a un electricista, pero, mientras recuperaba el oído y conseguía el número de un profesional, algo ha cambiado. He agarrado una camisa, he bajado a la ferretería a por una regleta de conexión y un paquete de cinta aislante de PVC blanca, y he hecho mi primer empalme inorgánico. He pelado y trenzado los cables con el pulso acelerado y el sudor a flor de piel, pero con la actitud de Ethan Hunt en Misión imposible o de Sean Connery en esa película tan mala que protagonizaba con Nicolas Cage, La Roca.

Cuando he terminado, he comprobado que todo funcionaba con una sensación rara de alivio y euforia. Entonces me he hecho un café, he encendido un Toscanello y me he recostado a escuchar la voz melancólica de Jeffrey Martin. Afuera el sol brillaba y yo seguía vivo. “No podrán con nosotros. Hoy no”, he susurrado con aire marcial, pensando en el técnico venezolano, en su eficiencia y en su extremada educación. Y entonces he recordado una cita que leí en El nervio óptico de María Gainza: “Somos cada vez menos. Y no nos quedan municiones. Pero ellos no lo saben”.

81.

Café Con/suelo

A unos trescientos o cuatrocientos metros de la Pirámide me incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un poco más lejos y dije en voz baja: Estoy modificando el Sahara. El hecho era mínimo, pero las no ingeniosas palabras eran exactas y pensé que había sido necesaria toda mi vida para que yo pudiera decirlas. La memoria de aquel momento es una de las más significativas de mi estadía en Egipto.

‘El desierto’ de Borges, en Atlas (1984)

80. (1900-2019)

Café Con/suelo

Según las fuentes consultadas, 1900 fue “un año normal comenzado en lunes según el calendario gregoriano”. Empezando porque se trata del último año del siglo XIX, nada parece normal. Picasso realiza su primera exposición individual en Els Quatre Gats. El conde Ferdinand von Zeppelin emprende el primer vuelo con el dirigible rígido LZ 1. El rey de Italia Humberto I muere como consecuencia de un atentado anarquista en la ciudad de Monza. Lenin llega a Múnich, donde reside de manera ilegal con el nombre de Meyer (un buen nombre falso: Meyer). El Gran Huracán de Galveston arrasa, precisamente, Galveston. Se funda Colonia Morelos, unas de las colonias de mormones en el actual estado de Sonora, México. Muere Dios y después Nietzsche (a los 55 años). Hoy, ciento diecinueve años después, corre una brisa fresca proveniente del mar que alivia el sofoco de los últimos días, mientras corrijo unos ensayos  encerrado en el estudio. De aquí a un rato pondré a hervir agua con sal para cocer un puñado de pasta fresca precocinada. No veo las noticias. Los niños no van al colegio. Llevo un par de días sin escuchar música. Esta mañana, mientras desayunaba con mi padre, hemos leído juntos un par de prosas apátridas de Ribeyro. Aunque cueste creerlo, los dirigibles están en desuso y Nietzsche sigue muerto.

79.

Café Con/suelo

Este viernes he empezado el día escuchando O how she dances, de James Luther Dickinson, por recomendación de los búfalos de la editorial Dirty Works. Todo iba bien. El engranaje de la vida estaba bien engrasado con café con leche y música, pero a media mañana he escuchado un ruido raro, muy leve, como el chirriar de una articulación metálica cubierta de polvo y óxido. No he logrado interpretar el sonido hasta saber que Julián Rodríguez Marcos, fundador junto a Paca Flores de la editorial Periférica, ha muerto esta mañana de un infarto —cincuenta años y un infarto—, quién sabe si mientras sonaba la canción de Dickinson. Un sabio joven que ya no está. Él era uno de esos editores a los que se les nota el gusto y la buena mano, como dice M. Un tipo discreto e infatigable. Eso es lo que me gustaría escribir, pero la fatiga le llegó esta mañana, cuando nadie se lo esperaba. Supongo que ni siquiera su pareja y también editora Irene Antón (Errata Naturae), a quien abrazo sin conocerla. No soy muy dado a las conspiraciones, pero pienso en Claudio y en Julián —pienso en Irene— y diría que alguien le guarda cierta inquina al mundo del libro, al mejor lado de ese mundo complejo y algo borroso. A los familiares y amigos de Julián Rodríguez no los consolará nada ni nadie. A sus lectores, sin embargo, nos quedan sus libros, los que él mismo escribió y también los de Yuri Herrera, Rita Indiana, Vicente Valero, Valérie Mréjen o Lorenza Mazzetti. O how she dances. ¿Y si en su canción Dickinson se refería a la vida, a cómo baila la vida? Julián Rodríguez Marcos, infatigable, a pesar de la fatiga.

78.

Café Con/suelo

Esta semana he empezado a impartir una asignatura de crítica literaria en un máster de literatura española e hispanoamericana. Las impresiones de la primera clase son raras. Me hubiera gustado que fuera más participativa, pero me pudo el impulso de aclarar hasta el detalle cómo se va a desarrollar el asunto. La duda, ay, la duda. Espero que al menos les pique el gusanillo, porque estoy seguro de que la semana que viene será mejor y más interesante. Una de las actividades que les he propuesto es hacer un informe editorial. Para simular un caso práctico determinaremos las características de una editorial y les pediré que lean un texto al que le he borrado el título y el nombre del autor, como si fuese un manuscrito anónimo. Una de las cosas más emocionantes y extrañas a las que te enfrentas cuando haces un informe editorial es la falta de referencias. Estamos demasiado acostumbrados a tocar las cosas “en segundo grado”. Está claro que si ellos quieren podrán copiar y pegar un fragmento en Google y descubrir rápidamente de qué texto se trata. Pero eso no les ayudará, al contrario. No puedo ir detrás de ellos para impedírselo, pero podría decirles que la mejor parte de la lectura crítica tiene que ver con el juego, con la intuición, con la duda. Me pregunto cómo encajan estas palabras en una clase universitaria de crítica literaria: juego, intuición, duda.

77.

Café Con/suelo

2×1. Tenía apuntado en algún sitio que el martes tenía que estar a las 20h en la presentación del libro de David CanoEstuve todo el día escribiendo porque tengo que entregar unas cosas que me llevan de cabeza y además me he metido yo solo en un berenjenal del que ya veré si puedo salir. Pero todo es muy ilusionante, eh. El caso es que el martes llegó hace dos días y yo me lo pasé con la cabeza en un fango de historias y párrafos que para qué te voy a contar. Mientras, en otra habitación, A. se prepara para un examen que tumbaría a cualquiera, menos a ella. No es que esta situación dificulte la convivencia, pero digamos que sube un par de grados la intensidad. Hablando de esto con María le dije que por donde pasamos A. y yo últimamente se marchitan las flores y no vuelve a crecer la hierba. Por supuesto, es una referencia a Atila que no tiene nada que ver conmigo, pero hay gente a la que le sirve exagerar sus problemas, como que así los exorciza, y quise probar. Vamos, que ahora mismo la hierba ni se marchita ni crece; me doy con un canto si se queda como está. Pero la historia va de ese martes pantanoso en el que decidí meterme a la ducha a las 19:50h, arrancar el coche 20:10h y llegar a la presentación de Trabajos forzados a las 20:30h, después de dar un par de vueltas buscando aparcamiento. La clave, para mí, reside en que logré llegar a tiempo para escuchar buena parte de la presentación. Me quedé con el personaje de Marcos, el drama generacional y el tema tan nuestro de la precariedad y la ansiedad. Sudé como un cabrón, por las prisas y porque allí dentro hacía calor, y me fui pitando a escribir en la agenda o en cualquier otro sitio que había conseguido llegar a tiempo a la presentación del libro de David Cano. En la agenda ponía: Acústico de Viva Honduras el miércoles a las 21h. “Hace un día estupendo para matar a alguien”. Todavía no había llegado a casa y el plan de mañana se me agarró al cuello. Le tenía muchas ganas a ese concierto pero sabía que no podría ir. No iba a engañar al tiempo, como el día anterior, pero aún podía engañarme a mí mismo. Así que el día siguiente, el miércoles, lo pasé enfrascado en las mismas historias y en los mismos párrafos, diciéndome que a las 21h tenía concierto. Tenía concierto y también tenía trabajo pendiente, así que no podría ir. Resignación. Estaba anocheciendo y me metí en una piscina cubierta; una piscina privada, no demasiado grande, con la cubierta traslúcida a un metro y medio del agua. Me dejé flotar en el líquido tibio y recordé los consejos que R. me habían dado sobre la meditación, sobre despejar la mente y aliviar el estrés. Cerré los ojos y traté de seguir el ritmo de la respiración. En el silencio absoluto mi exhalaciones parecían las de un soplador de hojas. Los primeros cinco minutos fueron los más convulsos. Me abordaron cientos de pensamientos, como de qué forma escribir sobre dos días en una sola entrada del blog, y entonces decidí abrir los ojos y fijar la mirada en las gotas de agua condensada sobre la cubierta de plástico de la piscina. En los siguientes diez minutos conseguí relajarme. Cuando pasaron quince minutos pensé que estaba muerto. Cuando el reloj contó veinte, estaba muerto. Es buena idea esto de meditar en el agua. No lo es tanto, quizá, hacerlo flotando boca abajo.