47.

Café Con/suelo

Una noche de un mes que no recuerdo, Ro y Ju iban a pinchar en un local de la calle de la Palma, pero al otro lado de San Bernardo (en la cara B de Malasaña, como Ro. y Ju. llaman a esa zona). Se trata de un pequeño antro donde suena música rara, se bebe cerveza mala y se comen gominolas a puñados. Con Ro y Ju al aparato, la noche prometía ser una gran fiesta, así que decidimos jugar con el vestuario. Para Ju, una máscara de Pitbull, el cantante puertorriqueño. Para Ro, una de Alberto Olmos (Alb). Las máscaras fueron un éxito y ellos pincharon toda la noche con ellas puestas. En un punto indeterminado de la fiesta empecé a considerar que Ro fuese realmente Alb. La máscara y su piel eran uno, y de Ro solo quedaban unos vaqueros con seis años de experiencia y ni un solo lavado. Decidí no prestarle mucha atención al asunto y seguí descoyuntándome, que es como yo bailo, hasta que la noche se alargó. No sé qué hora sería cuando en un borbotón de entusiasmo abracé a Ro con todas mis fuerzas. Lo noté enseguida. Había bebido bastante, pero mi percepción de la realidad seguía siendo suficientemente lúcida. Aquel cuerpo, la anchura de hombros, las caderas, no eran de Ro. Cabía pensar que la máscara de Alb se había apoderado de mi amigo y que el abrazo (innecesario, por otra parte) había terminado de demostrarlo. Aún no había salido de mi asombro cuando apareció una pareja extraña. Ella, diminuta y con el pelo teñido de azul, decía ser muy amiga de Alb. Él solo se miraba los pies mientras movía la cabeza al ritmo de la música. Ella le pidió a Ro que le regalara su máscara para enseñársela a Alb al día siguiente. Ju les dijo que naranjas de la china, que la máscara no se la llevaba nadie. Él dejó de mirarse los pies y miró la máscara con una ferocidad aplastante. Ju dio un paso atrás, Ro se disponía a claudicar. Yo había permanecido apoyado en la barra, distraído, pero al ver lo que ocurría vociferé, fuera de mí: ¡No! ¡Ni hablar! ¡Alb está en Ro y Ro está en él! Todos me miraron. Sentí que hasta la música se había detenido. Di tres o cuatro pasos lentos hacia atrás, encaminándome hacia la puerta. Corrí.

Aún no sé para qué tanto ímpetu.

43.

Café Con/suelo

Tripadvisor es un ecosistema voraz y salvaje donde las pasiones incomunicables del ser humano se dan la mano con el hambre y el sueño. Nada hay más peligroso que jugar con esas necesidades sin las que el hombre es siempre más bestia que hombre. Excelente. Muy bueno. Normal. Malo. Pésimo. El péndulo que oscila, la arena que corre, las letras que vuelan, y tus ganas de comer, tu necesidad de dormir, siempre ahí.

42.

Café Con/suelo

Hoy he vuelto a Hacienda en honor a las tres palabras de Larra que sabemos de memoria todos los españoles. El mundo está lleno de personas a las que persigue Hacienda; yo, en cambio, me jacto de ser el único que persigue a Hacienda. Al salir de allí he mirado al guardia de seguridad con una media sonrisa implacable, me he inclinado levemente hacia él y he dicho: “vuelva usted mañana”. A mi espalda varios funcionarios se me han quedado mirando, incapaces de dar crédito a lo que veían. “Va a volver…”, “va a volver…”, he oído que susurraban, temerosos.

41.

Café Con/suelo

Excursión a Hacienda. Buen rato de lectura en la sala de espera. Me gusta leer en la Agencia Tributaria. El ir y venir de la gente me relaja. Los números se suceden en varias pantallas suspendidas sobre nuestras cabezas y las personas se agolpan por turnos en ventanillas y mesas muy ordenadas, donde otras personas las esperan con gesto adusto y sin levantar la vista de un ordenador que parece saberlo todo. El funcionario y el ordenador de mesa parecen dos enamorados con poco tacto que te hacen saber que sobras y que no te quieren cerca por mucho tiempo. Antes de entrar he tenido que pasar el móvil por un escáner de seguridad. ¿Habrán leído mis conversaciones de WhatsApp? ¿Habrán notado que hay demasiadas aplicaciones que no uso? ¿Habrán visto las fotos de mis desnudos? En la mano llevaba un libro que ninguno de los guardias ha querido escanear, en contra de mi insistente ofrecimiento. Ni siquiera me han preguntado por el título. Podría haber sido un cuadernillo de terrorismo para dummies, una novela pornográfica, un ensayo de Bakunin o incluso un libro de poesía. Gracias a la ineptitud o la ingenuidad del personal de seguridad, hoy ha entrado un loco en Hacienda. El día en que se controle el acceso de libros a las salas de espera será al mismo tiempo un triunfo literario y un fracaso personal. En la funda del móvil (al menos en la funda del mío) no cabe una pistola. Con el libro, menos mal, he podido matar el tiempo.