107.

Café Con/suelo

Día cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco de cuarentena.

Llevar la cuenta pierde el sentido porque a partir de los cuarenta días cualquier cuarentena es eterna. Eterna pero no infinita, que diría el poeta.

A veces pienso que estamos tan acostumbrados a escuchar infinidad de sonidos a lo largo del día que muy pocos nos sorprenden. Escuchamos el rugido de un tubo de escape y nuestro cerebro traduce el signo (la combustión de gasolina) de forma automática e inconsciente: un coche. Solo así se explica que una vez entre un millón, cuando escuchamos un sonido realmente desconocido, un frío helado nos recorra la espalda y el vello se erice. Esto ocurre sobre todo en lugares que conocemos y en los que estamos cómodos, como nuestras casas, donde todos alguna vez hemos mirado debajo de la cama o detrás de una puerta por ese ruido desconocido que nuestro cerebro no es capaz de procesar sin preguntarnos primero.

Lo mismo puede ocurrir con esos sonidos que, si no son desconocidos, al menos sí habían quedado olvidados en el pozo de la memoria. Hoy he experimentado esa sensación al escuchar un sonido que ha entrado impúdico por el balcón. Un beso. Un beso plantado con fuerza y humedad en la mejilla de un transeúnte.

***

Ayer por la mañana escuché a una niña que, con su mascarilla y su pelo bien recogido, gritaba caminando por el medio de la calle: ¡Soy libre!

***

El confinamiento se parece bastante a mi extraña forma de vida, con la gran ventaja de que puedo quedarme en casa leyendo o viendo una película sin machacarme pensando en todo lo que los demás están haciendo AHÍ FUERA. Por ejemplo, ahora voy a hacer palomitas y a servirme algo de beber. Por favor, quedaos en casa y no hagáis planes increíbles para que yo pueda dormir tranquilo.

 

106.

Café Con/suelo

Hoy sí he salido a aplaudir y hemos tarareado Resistiré. Luego ha sonado a lo lejos música de Semana Santa y como cangrejos ermitaños nos hemos ido retirando todos los vecinos, poco a poco, hacia el interior de nuestras conchas. Me he sentido como esos conductores que se saltan un semáforo en rojo pero lo hacen muy despacio, pisando apenas el acelerador y no por precaución, sino por la ilusión más o menos pueril —que todos alimentamos— acerca de que el otro es tonto.

Pero es que el otro siempre es más tonto. Lo gracioso es que todos somos siempre el otro de otro —el tonto de otro— y eso no nos impide vivir felices y abrir una lata de mejillones en escabeche detrás de otra hasta confundir el desayuno con el aperitivo.

La ironía y el sarcasmo pueden ser parte de una buena defensa, pero seamos sinceros, caer en la cuenta de que soy el tonto de otro me ha dejado tocado. Así que ahora voy a coger un vaso y voy a echarle un par de hielos y un chorrito de whisky. Mañana os cuento cómo acaba esto. De momento puedo decir que hoy han salido para no volver un par de libros de Cela, una mierda de edición de Ovidio, las Cartas marruecas de Cadalso, un libro de Julio Llamazares y un ejemplar roído de Zweig. Quien se los quede será borgeanamente (borgianamente o  —Dios mío— borgesianamente) más tonto que yo y menos tonto que yo, sin superposición y sin transparencia.

105.

Café Con/suelo

Solo sé que no sé nada cuando leo los obituarios de personas ilustres en redes sociales.

Todo el mundo admira con fervor unánime a Luis Eduardo Aute, Karl Lagerfeld, José Luis Cuerda, Stephen Hawking, Aretha Franklin, Stan Lee, Yannis Behrakis, Rafael Sánchez Ferlosio, Niki Lauda, Doris Day, Eduard Punset, Arturo Fernández o Joao Gilberto, por mencionar solo a algunos recientemente desaparecidos. Y esto me hace recordar ese vídeo que circula por internet estos días donde, con la vena cava a punto de explotar, el alcalde de un pueblecito de Sicilia regaña y pone firmes a sus conciudadanos por saltarse el confinamiento obligatorio para merendar con los vecinos en los espacios comunes del edificio. El alcalde, que parece conocer bien a su gente, se pregunta si es que ahora, en tiempos de pandemia, va a resultar que esos vecinos que no se soportaban sienten la irrefrenable necesidad de abrazarse y celebrar soirées comunales. Un poco como esas personas que antes se pasaban el día bebiendo cerveza tiradas en el sofá y ahora se les cae el pelo del estrés porque no pueden salir a hacer deporte al aire libre.

Pero lo más sorprendente no es que Aute o Lagerfeld tengan admiradores hasta debajo de las piedras. Ni siquiera lo más sorprendente es que estos admiradores solo se manifiesten cuando el admirado ya está frío. Lo más sorprendente es que el admirador fervoroso de Aute, una vez develado por el fallecimiento del admirado en cuestión, resulta ser el mismo admirador fervoroso de Karl Legerfeld, Stan Lee o Arturo Fernández.

Pero hoy he venido a hablar de otra cosa. Día 25 o 26 del estado de alarma. Las cosas siguen más o menos igual. Me he propuesto deshacerme de varios libros que no leeré nunca y no sé si dejarlos en una bolsa grande junto al portal del edificio o si tirarlos directamente por la ventana. ¿Se los llevará alguien de camino a la farmacia o al supermercado? ¿Serán los dueños de perros los únicos custodios de las bibliotecas del futuro?

Acaba de pasar una ambulancia cerca de mi casa y me ha recordado lo que me cuesta recordar que aún hay gente que sufre ataques al corazón, fracturas de cadera, derrames cerebrales o cáncer de colon. Cuando cierro los ojos el mundo es un hospital de campaña con enfermos a los que les cuesta respirar (con la salvedad de que las palomas miran raro, sospechan, elucubran, especulan y conspiran).

Mis padres viven cerca del monte y ahí (cuentan) se escuchan aves y animalillos de todo tipo. Yo lo más salvaje que veo desde mi ventana es a mi vecina en su bata de guatiné y con los rulos puestos aplaudiendo como un auténtico pinnípedo.

No hace falta que lo busques:

Del lat. pinna ‘ala’, ‘aleta’ y ‒́pedo.

1. adj. Zool. Dicho de un mamífero marino: Que tiene el cuerpo algo pisciforme, con las patas anteriores provistas de membranas interdigitales y las posteriores ensanchadas en forma de aletas, a propósito para la natación, pero con uñas, con tejido adiposo subcutáneo muy abundante y la piel revestida de un pelaje espeso, y que se alimenta exclusivamente de peces.

Lo que viene siendo una foca (y similares).

A. y yo hemos empezado a decir “salir a la calle” para referirnos al momento en que salimos a aplaudir al balcón. Ayer no salí aplaudir. Cuando se acercaban las 20:00 le dije que iba a ducharme. ¿No aplaudes?, me dijo. No, hoy no tengo ganas. Y me fui a la ducha con una extraña sensación de culpabilidad. No me sentía culpable por lo que coño pudiera pensar un vecino, como algunos dicen, sino porque había abandonado a A. y ella no se merece que nadie la abandone. A. es el alma de la calle y cuando llega la hora del aplauso utiliza mi altavoz inalámbrico para reproducir Resistiré o cualquier otra canción animosa. Ayer, mientras yo estaba en la ducha y el agua hirviendo me bañaba la cara, sonó Resistiré y luego La bamba de Los Lobos. Sé que los vecinos le siguen la marcha y agradecen que A. anime un poco el cotarro. Sé que no está sola, pero yo la abandoné igualmente batiéndome en retirada por un puñado de pompas de jabón. Me excuso pensando que no estoy cómodo siendo el centro de atención, más ahora que con el cambio horario las palmas se baten a plena luz del día. Pero supongo que es solo una excusa y que en realidad todo tiene más que ver con el desánimo o con la falta de fe.

Con la puerta del cuarto de baño cerrada y el agua cayendo fuerte, la música me llegaba tamizada de mil maneras, sorda. Estando aún en la ducha, un residuo de aplauso, música tradicional mexicana y salvación colectiva se me pegó a la piel y por primera vez en muchos días me visitó una sensación parecida a la tristeza.

 

104.

Café Con/suelo

No sé qué día de cuarentena.

A. dice que hoy hace trece días desde que se decretó el estado de alarma. Esta noche hará catorce. Para colmo, esta noche cambian la hora (¿quién cambia la hora?). Yo no tengo ni idea, solo sé que nosotros ya llevábamos unos días metidos en casa antes de que todo esto empezara.

No se está nada mal aquí. Hago lo que puedo por seguir trabajando, pero se respira un aire extraño y poco estimulante de vacaciones, solo interrumpido por las preocupaciones del mundo exterior (no tenemos televisión, así que esas preocupaciones vienen poco si uno no las busca). A veces entro a Twitter y cuando llevo un rato haciendo el idiota mi mano izquierda golpea a mi mano derecha para que salga de ese lugar desquiciante e inhumano. Parece que todo el mundo lo sabía ya, pero yo estoy descubriendo ahora que leer la opinión de la gente me da náuseas.

El otro día estuve hablando con mi padre por teléfono y echamos un buen rato riéndonos mientras recordábamos las historias de Incertidumbre, el libro de Paco Inclán (ese final maravilloso con la arena en el ojete, sobre todo). Me alegro de haberle dejado el libro unos días antes de llegar al estado en que ahora nos encontramos. Hablando con él le comenté también que estoy haciendo un cóctel diferente prácticamente a diario (la poesía del bebedor), por culpa del escritor Javier Moreno, que ha resultado ser un maestro en el tema.

“Parece que estáis en un crucero”, me dijo mi padre. Y la verdad es que no le falta razón. Junto a la ilusión del “todo incluido”, los cócteles, las series, los libros, el café, la cocina y el necesario remoloneo en el sofá permiten imaginar un crucero hecho a medida. Con las ventajas del barco, como esa suspensión del tiempo y —de algún modo— del espacio, pero sin sus inconvenientes: las aglomeraciones de gente sudorosa y gritona o las paradas imposibles para “conocer” Italia o Grecia en dos días. Está bien no tener que dejar que el hielo del cóctel se derrita para ir a hacer cola frente a los Uffizi.

La casa es un crucero porque parece un crucero. “Un crucero naufragando”, apuntó mi padre, y a mí me pareció bien. Sin embargo, ahora que lo pienso con más calma miro a mi alrededor y siento el vaivén, la tranquilidad. No noto la presión en los oídos, por tanto no estamos descendiendo, no vamos hacia las profundidades: no es un naufragio. Más bien un crucero a la deriva. Esa idea se ajusta mejor a esta sensación de encierro placentero, a veces poco elegante, caprichoso pero necesario, algo demodé y al mismo tiempo tremendamente sofisticado, como un cóctel con coco y piña y tequila y frutos rojos congelados. ¿Agua de rosas? Los de ese barco que se hundan.

No estoy leyendo tanto como quisiera (no como era de esperar), pero estoy viendo al mismo tiempo Devs y Tiger King. Todo va bien y trato de ser benévolo conmigo mismo. Mi madre me ha escrito porque el presidente del gobierno está dando una rueda de prensa en directo y quiere que lo busque en Internet para verlo. Le he dicho que no, que ya si eso me lo resuma ella después (yo antes no era tan irresponsable, lo juro), y me ha contestado que debería escucharlo y sacar mis propias conclusiones. “Mamá  —he respondido— en los tiempos que corren mis conclusiones son tus conclusiones” (y un emoticono con forma de corazón). Ella me quiere y es comprensiva, pero sé que mis argumentos no la han convencido.

Tengo que irme porque hemos quedado en un rato para jugar por Internet a un juego de dibujar cosas y adivinar qué son, pero no me quiero ir sin antes decir que esta mañana mi prima nos ha pedido a A. y a mí hiciéramos un experimento para una práctica suya de la universidad. Estudia criminología. Hemos debido leer unas cosas muy raras, cronometrarnos y grabarnos leyendo. Admito que le tengo miedo a los resultados.  ¿Qué vamos a hacer si ahora, estando confinados como estamos, mi prima le dice a A. que soy un completo y abominable psicópata?

 

103.

Café Con/suelo

Sexto día de cuarentena.

Por aquí los días se suceden alternos. Noto que algunos se escapan, se escurren por los intersticios de la noche y cuando me decido a registrarlos ya no están. Solo así logro explicarme la falta de coherencia entre este diario y el día a día. Hay días especialmente esquivos y eso todo el mundo lo sabe, más aún en estado de alarma.

Ayer me decía una amiga italiana, después de quince días de cuarentena: “al principio era extraño porque era surrealista, ahora es extraño porque ya no parece surrealista. Es como si nos hubiéramos habituado a esta dimensión”.

Habituándome a esa nueva dimensión recuero que cuando le recomendábamos a mi abuela que caminara todos los días un poquito nos decía que qué hacía ella por ahí andando sola como las locas. En esto pienso mientras recorro una vez más los cuatro metros de pasillo.

102.

Café Con/suelo

Quinto día de cuarentena (en este diario).

Nos hemos levantado tarde para cocinar un desayuno irlandés completo con white y black pudding, champiñones, tomate a la plancha, bacon, huevos revueltos, beans con tomate, tostadas y té.

Es el año 2020. La nueva brecha social la representan los que tienen balcón y los que no.

Ayer por la tarde publiqué el primer cuento de Hasta que el cuento aguante, una antología viva (viva porque vivirá seguramente el tiempo que viva el virus) que ha empezado a circular impulsada por Julio Cortázar (lo cual me alegra), recomendado por un escritor al que admiro y respeto.

Rezo. Para no quedarme sin café en grano.

Ya puedo decir que mis escritores preferidos (vivos) se han prestado a colaborar en el divertimento. Por un lado quiero que pasen los días para dar a conocer las recomendaciones, pero al mismo tiempo empiezo a no querer que el confinamiento termine para que dé tiempo a publicar todos los cuentos. Esta contradicción me asusta un poco.

A. y yo vimos pasar un perro suelto por la calle y a varios vecinos haciendo lazadas de cowboy para cazarlo. Sigo lavándome los dientes. Y las manos. Me visto cada mañana y espero a que sean las 20:00 para salir a la ventana y aplaudir, quemar calorías, que quemen las manos, decir algo sin decirlo. Muchos aplauden en homenaje al personal sanitario. Yo aplaudo porque las 20:00 son el nuevo horizonte.

Ha pasado por la calle un chatarrero zigzagueante empujando un carro metálico que se ha quedado mirando a un transeúnte solitario que llevaba mascarilla, guantes y gafas de sol.

—¿Qué miras, hijo de puta? —le ha dicho el transeúnte al chatarrero.

Necesitamos un horizonte.

Va a ser gracioso descubrir que la cuarentena era un sueño de Antonio Resines.

101.

Café Con/suelo

Cuarto día de cuarentena.

Creo que me he saltado un día. Diría que estoy perdiendo la noción del tiempo y le echaría la culpa a este aislamiento culpablemente placentero, pero nunca he tenido esa noción bien ajustada y está claro que no voy a arreglarlo ahora.

Ayer tuve una idea bastante disparatada, pero parece que está funcionando. Quería aliviar o amenizar de alguna manera los días de encierro de aquellos a los que quiero, y pensé compartir en el grupo familiar de WhatsApp un cuento al día, para que los lectores y aquellos que no lo son tanto tuvieran menos excusas para acercarse a un buen relato breve. Pero enseguida esa idea ha ido degenerando (o evolucionando) hacia una modesta iniciativa que envuelve a otros locos (escritores, editores, libreros, agentes literarios…) y que haré pública dentro de muy poco. ¿Mañana? Ay… si supiera distinguir el mañana de pasado mañana.

Será pronto. Creo que me estoy ilusionando. Se me han quitado hasta las ganas de salir a la calle. Ojalá a vosotros también.

100.

Café Con/suelo

Tercer día de cuarentena.

Nunca pensé que llegaría al número cien estando encerrado en mi casa. O sí. En cierto modo, ahora me doy cuenta de lo poco que salgo, o de lo mucho que salen los demás, cuando descubro lo que le cuesta a algunas personas pasar un día entero en sus casas.

Ayer, A. y yo seguimos una clase de pilates a través de un vídeo en directo de Instagram. El mundo nos depara muchas sorpresas. El pilates, ya en el suelo, nos llevó a lugares inevitables, y el resto de la mañana estuve corrigiendo unos textos y contestando correos atrasados. A mediodía comimos una ensalada de legumbres con una salsa de mostaza sacada de la manga, y por la tarde merendamos Spritz heterodoxo de Aperol y sidra El Gaitero (y un toque de ginebra) con una fuente desbordada de palomitas. Fue una especie de homenaje secreto a los amigos italianos, pero también un homenaje a nosotros mismos.

Por la noche seguimos viendo Mindhunter. 

A. se quedó dormida a partir del segundo capítulo. Luego la desperté con ternura y culpabilidad para ir a la cama. He soñado que me abrasaba la mano derecha y la piel se me desprendía a tiras. No sé interpretar este sueño pero ha sido doloroso. Lo demás es sueño.

 

99.

Café Con/suelo

Segundo día de cuarentena.

Hoy he delinquido. No me enorgullezco de ello. Como reclamarle a tu padre los libros que le prestaste: no es justo, pero es necesario. Luego hemos comido bien. He dormido una siesta bastante larga y he hecho los ejercicios para el hombro que me recomendó el fisioterapeuta. He ido a ver si mi abuela necesitaba algo y no me ha querido ni abrir la puerta. Me ha dejado un bizcocho sobre el felpudo.

He vuelto a 2666. Al fondo suena en bucle el Himno de la alegría en una flauta dulce estridente y desafinada. Para contrarrestar, en casa suenan los nocturnos de Chopin interpretados por Brigitte Engerer. Mientras yo escribo, A. lee recostada en el sofá. Está confinada, pero parece confitada. Mañana más.

98.

Café Con/suelo

Primer día de cuarentena.

Un día tranquilo. Lo que más valoro es la tranquilidad y la distancia de seguridad entre las personas. Hoy he desbaratado una maleta enorme llena de libros que tenía pendiente colocar en mi biblioteca. La mayoría ha encontrado acomodo (ahí estaban los de Pessoa, que había perdido de vista), pero otros tendrán que buscar un nuevo hogar fuera de aquí. Ordenar la biblioteca es una de las formas de la crítica literaria, y esa es probablemente la que más voy a ejercer en los próximos días.

Ayer regué las plantas y limpié el cristal al ácido de la puerta del pasillo. Esta mañana he llevado algunos libros a mis padres, para el confinamiento, y he vuelto con comida y dos plantas más.

Hace poco he hablado con mi abuela, que está sola, para saber cómo le ha ido el día. Yo no vivo lejos, pero sola es como mejor está en estos momentos. Le he vuelto a decir que, si necesita cualquier cosa, aquí estoy, y me ha respondido que acababa de hacer un bizcocho de chocolate. Es su manera de decirme que mañana me pase a echar un vistazo.

Por la tarde, A. y yo hemos salido unos minutos a tomar el aire. La ciudad estaba desierta. Mañana ya no podremos pasear.

Esta noche vuelvo al diario de Gombrowicz, 860 páginas, y leo: “Llegué a Berlín como al final de un peregrinaje por Europa, como al lugar más real y más fantástico. El viaje era doble, primero en el mapa y después en mí mismo. Berlín se convirtió en mi aventura interior…, pero me he dado cuenta de ello solo ahora, poco a poco, mientras escribo…”.

No hace mucho que estuve en Berlín por primera vez y creo que voy a volver allí esta noche. Como Xavier de Maistre, que escribió Viajes alrededor de mi habitación durante un confinamiento de cuarenta y dos días en la ciudad de Turín. Si me queda imaginación viajaré también a Turín esta noche. Hasta mañana.