32. Escalar en el espacio exterior

Café Con/suelo

Escalar una pared de roca es una de las mil maneras que hay de constatar lo inútiles que somos cuando nos arrebatan nuestras coordenadas más elementales. Flotar, andar boca abajo, desplazarnos horizontalmente. En su diario de formación, la astronauta italiana Samantha Cristoforetti —con un récord de permanencia en órbita de doscientos días—, escribe que al llegar a la Estación Espacial Internacional (ISS) su cerebro tardó varios días en reconfigurarse para entender que ya no podía confiar en lo que veía a la izquierda, la derecha, arriba o abajo. Esa es la verdadera relatividad del espacio. Para no perderse, debió componer un mapa mental de la estación y aprender a orientarse a través de él. De alguna manera así es como opera el cerebro de un escalador, pero en cuestión de segundos. Las piernas dejan de ser las raíces que nos unen necesariamente al mundo, no hay más adelante que un hacia arriba, y en muchas ocasiones ir hacia arriba implica un desplazamiento lateral. ¿Hacia dónde vamos? ¿De dónde venimos? Desde luego, no de la izquierda, de la derecha, de arriba ni de abajo.

 

 

Imagen: La escaladora española Dalia Ojeda en la via Tom et Je Ris (8b+/5.14a) en el Verdon, Francia

31. Después de las ocho

Café Con/suelo

El viernes no escribí porque el poco tiempo que tuve para hacerlo lo pasé golpeando un saco de boxeo. Desde entonces he querido llenar ese hueco, pero durante los fines de semana está prohibido escribir aquí. En su lugar, conocí a un tipo interesante, volví a encontrarme con un buen amigo que pronto se irá a vivir a la isla de Reunión, en el océano Índico, vi el mar y dormí en la orilla, asistí al estreno de un corto genial —Solo nos ven de día, de Álvaro López y me rompí las palmas de las manos con el Chicago Mass Choir en concierto. He descubierto que se puede vivir pegado a un escritorio y que, aún así, hay vida después de las ocho.

 

 

Imagen: Representación de la curvatura del espacio-tiempo como una ‘cama elástica’, ESA–C.Carreau

30. El descenso (otra biografía capitalista)

Café Con/suelo

He perdido dinero por un chicle.

He perdido dinero por un cómic.

He perdido dinero por un hijo de puta más grande que yo.

He perdido dinero por una cena.

He perdido dinero por unos Montana.

He perdido dinero por una película en pantalla grande.

He perdido dinero por un Discman.

He perdido dinero por un libro.

He perdido dinero por un Spalding.

He perdido dinero por un café.

He perdido dinero por una cerveza.

He perdido dinero por un poco de marihuana.

He perdido dinero por un concierto.

He perdido dinero por una mesa de mezclas.

He perdido dinero por una obra de teatro.

He perdido dinero por unas fotocopias.

He perdido dinero por la matrícula de un curso.

He perdido dinero por un abono de transporte.

He perdido dinero por media docena de huevos.

He perdido dinero por un depósito de gasolina.

He perdido dinero por una habitación de hotel.

He perdido dinero por un billete de avión.

He perdido dinero por […].

 

 

Imagen: Cien dólares ($) estadounidenses ardiendo.

29. A bordo de Los Editores

Café Con/suelo

Antes de ayer se cumplieron tres años desde la apertura en Madrid de la librería Los Editores. Prácticamente desde entonces me he sentido parte de la tripulación, aunque no fuera más que un grumete o un polizón. Y es que me empeño en utilizar la metáfora del barco para referirme a la librería hasta el punto absurdo en que me digo: Mario, qué pesao, para ya con lo de embarcarte, la tripulación, el velamen y demás historias. Para disculparme pienso que esa tontería mía algo tendrá que ver con el modo contradictorio en que suelo relacionarme conmigo mismo y con el grupo, siempre en esa cuerda floja que pende entre la soledad más absoluta y la necesidad de “hacer familia”. Así que pensar en mis compañeras como en parte de una tripulación es una forma de unión, de no pensar en los términos burocráticos del trabajo temporal y, en su lugar, hacerlo en los de una empresa de gran envergadura, una misión, una aventura.

Este delirio sano me ha permitido incluso disfrutar de una compañera librera a la que no conozco, lo cual no quiere decir que no exista. En lugar de por un olor o por cierta temperatura de la piel, la idea que tengo de ella como parte indeleble de la tripulación se la debo a una foto de perfil de Facebook y a una mezcla de rumores y leyendas que la definen a la perfección, o eso creo yo, que no la conozco. Por otra parte, ¿no es esa la manera en que conocemos a la mayoría de personas que creemos conocer? Una imagen y un anecdotario. En Los Editores tengo muchas imágenes y un anecdotario bastante generoso también.

Por eso no es tan raro que hable de un barco para referirme a la librería. Pienso ahora que esa idea la motivaron en un principio las escaleras de madera de la entrada, pero esas escaleras ya no están y lo que sigue alimentando la imagen del barco es la resistencia, su flotabilidad. Es el hecho de haber cumplido ya tres años lo que enciende mis ensueños de aventura, que el resto de la tripulación —he de decirlo— ha alimentado con igual capacidad de delirio, haciendo bailar sobre la cubierta de intemperie el buen humor, la música, el café, el cariño o la inteligencia. Hace unos días fui llamado a subir a bordo, pero tuve que decir que no. Solo he rechazado dos veces en mi vida subir  a un barco, y cualquiera que haya nacido y crecido junto al Mediterráneo sabe lo difícil que es pronunciar ese no. Por suerte, uno no deja de ser marinero porque pase temporadas en tierra, igual que una librería no deja de ser un barco por más tripulantes que le falten.

Yo las he visto desplegar las velas y sé que van a por el cuarto. No sé muy bien cómo lo hacen: levar el ancla, manejar el timón, mantener el orden, mirar al horizonte… Todo con muy pocas manos y siempre un poco a merced del viento. Ser librero no es siempre faenar en aguas tranquilas, aunque el mundo del libro sea para el lector común tan desconocido como las profundidades abisales del océano. Tres años navegando es mucho tiempo ya. Tanto, que es fácil imaginar que a veces la tripulación tenga ganas de abandonar la nave a la deriva y nadar hasta el puerto más cercano para emborracharse, pero, a pesar de lo que parece en las películas, abandonar un barco no es algo que se haga a la primera de cambio. Si no, Los Editores no habría cumplido tres años.

Antes de ayer lo celebraron, imagino que con ron, mariscos todavía vivos y alguna de ellas subida al mástil más alto para cantar una ranchera a voz en grito. Yo no pude estar en la fiesta y por eso lo celebro ahora, solo y en grupo. Cuando se dice que el ser humano es un animal social no se dice nunca que por un lado es animal y por el otro social, que las cosas no van tan juntas como quisiéramos. Pero estando solo y animal estas compañeras me invitaron a su sociedad secreta, y eso lo significa todo. Sería redundante agradecer aquí que esta tripulación me haya permitido faenar en sus aguas, tranquilas y revueltas a un tiempo. Sería inútil decir nada serio en un mensaje metido dentro de una botella que quién sabe dónde acabará. Pero no quiero seguir pensando ahora. Solo quiero celebrar, y que sople el viento.

 

 

Imagen: Librería Acqua Alta, Venecia

 

 

28. Silencio de tiempo

Café Con/suelo

Tiempo de silencio es una novela de Luis Martín-Santos y también el título de mis últimos diez días. Después del papeleo viene la extenuación, y más tarde las listas y los mejores del año. La gente ya empieza a hablar con un polvorón metido en la boca. Pronto se oirá a los primeros graciosos decir “hasta el año que viene”, estrechando nuestra mano y jugando con un guiño idiota a la especulación metafísica del tiempo. Pronto será fiesta y habrá banquetes y vómito y alcohol y matasuegras. Vuelven a escucharse las Zambombas del Apocalipsis, aunque hace tiempo que las luces están encendidas. Mejor las luces, siempre, que muchas negruras que leo y escucho a diario. Así mejor el vómito y los matasuegras. O sea que el silencio es siempre necesario. Eso digo para justificar estos últimos diez días de madriguera en madriguera, de madrugón en madrugón. Ni obligarme a escribir me cura a veces de la desidia, por eso me culpo. Ni el compromiso con los otros ni conmigo mismo. Bueno, a veces pasa. Es cuestión de tiempo. Silencio de tiempo. No todo el mundo sabe que hay que escupirse en la mano para hacer sonar una zambomba.

 

 

Imagen: Juan Muñoz, The Wasteland, 1987

27. El ascenso (una biografía capitalista)

Café Con/suelo

He recibido dinero por nada.

He recibido dinero por sacar al perro.

He recibido dinero por limpiar un coche.

He recibido dinero por cantar villancicos.

He recibido dinero por pedir para el Domund.

He recibido dinero por vender papeletas para el sorteo de un reproductor DVD.

He recibido dinero por vender pan y dulces en un puesto del mercado.

He recibido dinero por vender un reproductor Mp3.

He recibido dinero por repartir publicidad en los buzones.

He recibido dinero por un pellizco de hachís.

He recibido dinero por descargar camiones.

He recibido dinero por habérmelo encontrado.

He recibido dinero por repartir publicidad en la calle.

He recibido dinero por contar la recaudación de máquinas expendedoras.

He recibido dinero por escribir un relato.

He recibido dinero por enseñar español.

He recibido dinero por corregir y revisar un libro.

He recibido dinero por vender libros.

He recibido dinero por traducir un texto.

He recibido dinero por escribir sobre un libro.

He recibido dinero por hablar de literatura.

He recibido dinero por […].

 

 

Imagen: Un dólar ($) estadounidense.

 

 

26. El agonías

Café Con/suelo

En los más reputados círculos científicos se sabe que, más allá de la forma plural del “estado que precede a la muerte”, utilizamos el término agonías para referirnos a una persona que actúa de determinada forma bajo ciertas circunstancias. Se sabe, también, que hay muchos tipos de agonías. Sin embargo, es difícil definir a qué nos referimos cuando clasificamos a alguien con esta palabra: agonías. Mi yo más positivista no renuncia a la posibilidad de descubrir y demostrar el significado verdadero del término. Varios aspectos confluyen en la manifestación fenoménica derivada del comportamiento de aquellos individuos diagnosticados como agonías: algunos de ellos son la redundancia, la inutilidad y la vanidad. No obstante, ante la imposibilidad de su definición, quizá resulte útil exponer apenas tres casos a modo de exempla:

1. Quien camina un día lluvioso con el paraguas abierto y pegado a la pared, buscando además la protección de las repisas, y obligando a que los paseantes sin paraguas se desplacen sin remedio hacia el espacio más desprotegido de la acera: agonías.

2. Quien espera a que empiece una mesa redonda sobre un escritor (Bolaño, por ejemplo) leyendo el libro más representativo del escritor en cuestión (Los detectives salvajes, por ejemplo) para luego hacerse pasar en el turno de preguntas por un especialista en el escritor y en el libro en cuestión: agonías.

3. Quien participa en una mesa redonda en homenaje a un escritor fallecido (Bolaño, por ejemplo) en calidad extraliteraria (amigo, por ejemplo) para acabar concluyendo con algo que podría haber dicho cualquiera (era buena persona, por ejemplo): agonías.

Advertencia: la vida es una agonía, que podría haber dicho Quevedo. Esto quiere decir que nadie está libre de encontrarse, aun sin proponérselo, en el punto en que confluyen la redundancia, la inutilidad y la vanidad. Si fuésemos inmortales, que diría Borges, lo imposible sería no encontrarse alguna vez en ese punto. Todos somos un poco agonías. Lo importante, lo que hay que evitar, es ser El agonías.

 

 

Imagen: M. C. Escher, Drawing Hands, 1948

25. Kafka de Black Friday

Café Con/suelo

“Todos los días tengo que escribir por lo menos una frase en mi contra”, escribió Franz Kafka. Ni ganas de escribir eso tengo hoy. Será porque el frío se me ha metido en el cuerpo. Seguramente ha sido al salir del Café Comercial con María, cuando ha sonado la sirena que avisa del cambio de turno —la merienda— y han empezado a entrar ancianas en grupos de tres y de cuatro, ávidas de churros y café con leche. Nosotros nos hemos levantado, hemos pagado en la barra —nos han cobrado de menos— y hemos salido a la calle donde corría un aire helado. De dos cafés calientes al frío húmedo de un día lluvioso hay apenas una puerta de cristal y madera. El frío afecta al humor y aprieta las carnes. He caminado hasta mi casa esquivando transeúntes adictos al Black Friday de los martes, agradecido porque Carmena haya ampliado las aceras. Después de resistirme a la idea de comprar algo de cena, he abierto la puerta, he comprobado el buzón —nada— y me he sentado a pensar. Me ha costado entrar en calor. He pensado en esa frase de Kafka y en si no será lo mismo decir “todos los días tengo que escribir”. ¿Acaso todo lo que escribo no va de alguna forma en mi contra? El otro día decidí que no escribiré los sábados, ni los domingos, ni los días de guardar, como un funcionario gris. Tampoco escribiré cuando publique una reseña (lo haré cuando me dé la gana). Entre otras cosas, hoy no tenía ganas de escribir porque se me ha metido el frío en el cuerpo, pero no es sábado, ni domingo, ni día de guardar. Luego he pensado en Kafka y en esa imposición suya de escribir por lo menos una frase diaria. He pensado también en esa otra frase de Kafka que cita Vila-Matas —y que a saber si no es de ninguno—: “un escritor que no escribe es, de hecho, un monstruo merodeando la locura”. He comparado las dos frases y he sopesado su carácter obligatorio (la salvación por la escritura), pero ninguna me ha convencido. La motivación que necesitaba estaba todavía más cerca: hoy no es sábado, ni domingo, ni día de guardar, y yo no soy como esos que salen de Black Friday un martes. Kafka tampoco.

 

 

Imagen: Robert Crumb, Kafka, 1993

24. Dejando morir el mundo

Café Con/suelo

Voy caminando por la calle Fuencarral y hay una muchedumbre que me increpa como en un círculo del Infierno. Las voces dicen: Mira qué chico más guapo, buenos días. ¿Alguna vez has pensado cuántos perros sin dueño hay en el mundo? ¿Qué tal? Buscamos gente a la que le quedan bien las gafas de solHola, ¿has oído hablar de los niños robados? Dile adiós al plástico y firma aquí. Buenos días, ¿te preocupa quién te cuidará cuando seas mayor? El tabaco es la principal causa de muerte evitable en el mundo. ¿Con quién estás: la banca o el ciudadano? Las camareras de hotel tienen las articulaciones destrozadas. Hola, ¿conoces los peligros de tirar aceite por el desagüe? Cada día mueren en promedio al menos 12 latinoamericanas y caribeñas por el solo hecho de ser mujer. ¿Te importan los niños, el hambre, la sequía? Perdona, ahí detrás se te ha caído… la sonrisa. Yo admito que hacen bien su trabajo tratando de salvar el mundo. Acelero ligeramente el paso y digo: Ya colaboro, gracias. Ya colaboro.

 

 

Imagen: El fin del mundo (no firmé)

23. Hoy

Café Con/suelo

Hoy no he salido de casa en todo el día. Me desperté, pospuse la alarma unos minutos, di unas cuantas vueltas en la cama y la alarma volvió a sonar. Me levanté sin ganas y preparé la cafetera. Me tomé un vaso de zumo y mientras el café se hacía fregué prácticamente toda la vajilla de la semana. Como mínimo necesitaba una taza, un plato y una cuchara, así que lo fregué todo y puse el contador a cero. Qué despejada y limpia se ve la cocina sin todo amontonado en el fregadero. Escuché el último sashimi de La vida moderna y leí en el móvil el blog de mi amigo Rodrigo. Cuando terminé de desayunar encendí el ordenador, me lavé los dientes y me senté en el escritorio. Probé varias músicas de fondo, me levanté a mear unas cuantas veces, me decidí por una de esas grabaciones de tres horas con sonidos de pájaros y agua fluyendo. Escribí, me levanté, escribí, me levanté, escribí, me asomé al balcón para ver si el mundo seguía allí, y seguí escribiendo. Luego hablé por teléfono con un amigo que estaba a la espera de saber si iba o no a ganar un premio antes de irse a comer con otro amigo. He esperado —un poco impaciente yo también— a que se fallara el premio, nervioso además por saber cómo le estaría yendo a Amelia en el trabajo que hoy empezaba. En toda la mañana no he tenido ninguna duda de que iba a ir bien, pero uno se pone nervioso igualmente. He ido a mear varias veces más, por los nervios, por el aburrimiento, por el sonido del agua fluyendo por arroyos de montaña bajo mi escritorio. Me ha dado hambre y he cocinado una rodaja de salmón que llevaba descongelando en el frigorífico desde anoche. Adiós anisakis. La he cocinado en el microondas, que es casi como ver de cerca un milagro. Dos minutos y listo, al vapor, casi sin aceite y sin olores. No estaba mal el salmón. Mientras terminaba de comer he hablado con Amelia y me lo ha contado todo durante los cuarenta minutos que ha durado nuestra llamada y su vuelta en coche del trabajo a casa. De postre, yogur con mango natural. Luego he calentado café de esta mañana y he vuelto a sentarme en el escritorio. Me he levantado varias veces y me he asomado al balcón unas cuantas. He bajado a mirar el buzón pero no había nada (espero un paquete). He seguido trabajando toda la tarde, con los pájaros de fondo, que a veces me agobian un poco. He hablado con mi madre entre que salía de su clase de inglés y entraba a un concierto de órgano en la catedral. Un organista de Nueva York. He visto que mañana lloverá en Murcia. En Madrid hay un 40% de probabilidad de precipitación para mañana. En cualquier caso, la luna es la misma aquí y en Sebastopol, a orillas del Mar Negro. También en Fulda, Alemania. Después de hablar con mi madre he vuelto a llamar a Amelia, pero va como loca con la novedad del trabajo, la adaptación y todas las emociones, así que he colgado. Además, se iba a ver a sus sobrinos. Yo he seguido un rato más en el escritorio, ya asqueado. He anotado por dónde y cómo debía seguir mañana y he cerrado el documento de Word. He vuelto a abrirlo porque he olvidado copiar un enlace que no quiero perder. He guardado el documento y lo he cerrado definitivamente. Iba a apagar el ordenador, por eso de no tirarlo por el balcón, pero he recordado que no había escrito nada hoy en Café Con/suelo. Así que he abierto la web de Lector salteado y he pinchado en nueva entrada. Cansado de la silla, del ordenador, del teclado y del jodido Word, el blanco de la nueva entrada parecía querer escupirme a la cara. He pensado que no tenía nada que decir, y me he preguntado: ¿qué sientes? La respuesta ha sido inmediata: creo que ya he escrito suficiente por hoy. Iluminación. Las musas. He pinchado donde pone insertar título y he escrito: Hoy.

 

 

Imagen: Robert Wilson y Philp Glass, Einstein on the Beach, 2012