93.

Café Con/suelo

He salido de la cueva. Y volveré a hacerlo.

Hoy me he levantado muy tarde, atrapado en una vorágine de sábanas y sudor. Me he metido en la ducha, porque la pena se va como la roña (esto último lo he leído recientemente en algún sitio, pero no logro recordar dónde) y después de desayunar un café con leche y medio paquete de galletas de canela he salido a la calle a por pan y aire fresco. He caminado un buen rato hasta decidirme a entrar en una pequeña galería de arte que antes era una iglesia. Sobre los muros y en las balconadas interiores había tendidos enormes tapices de esparto y piel sintética, pero lo primero que he visto al entrar ha sido una montonera de abrigos y carpetas enormes tirados en el suelo en medio de la sala. He rodeado el montón de prendas con paso lento y admirado, a medio camino entre el torero que se recrea en la ovación y el entomólogo que observa con fascinación y cierta desconfianza una nueva especie de insecto. A los pocos segundos he levantado la mirada para comprobar que no estaba solo. Tres personas más paseaban por la sala —antigua nave principal del templo— contemplando boquiabiertas y móvil en mano la estructura de neón que ocupa el espacio del altar mayor. No he tardado mucho en caer en la cuenta de que aquellos tres paseantes, dos chicas y un chico muy jóvenes, eran los dueños de los abrigos y las carpetas de dibujo que había visto expuestos en el centro de la sala. Parecían estudiantes de Bellas Artes, de primero o segundo curso, y aquella era seguramente su primera gran obra. Yo, al menos, la había disfrutado, así que antes de verlos recoger sus cosas del suelo he salido de allí pensando que ahora, desacralizada, la iglesia es un espacio tan hermoso que elevar un objeto a la categoría de arte es, más que nunca, responsabilidad de quien mira.

Hasta aquí mi primera salida de la cueva. Ahora bajaré a tirar la basura.

El nervio óptico, María Gainza

Nueva reseña

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El portal web de la Universidad Internacional de Barcelona acaba de publicar mi lectura de la novela El nervio óptico (Anagrama, 2017), de María Gainza. Por Mario Aznar

 

En la línea de otras autoras como Siri Hustvedt, Rachel Kushner y Sheila Heti, o de las iberoamericanas Graciela Speranza, Laura Erber, Sònia Hernández y Verónica Gerber, el libro de Gainza navega entre la historia y la crítica del arte, la crónica social, el ensayo intimista, la ficción histórica y la tan controvertida autoficción. En El nervio óptico, la autora engarza once capítulos que son relatos pendulares, dialécticos, sobre la historia personal de una familia aristocrática venida a menos y la relación de este descenso con distintas incursiones furtivas en la historia de la pintura.

 

No esperes más y pincha AQUÍ para leer el texto completo.

 

4. Banksy y el mendigo del Starbucks

Café Con/suelo

Hace unos días se publicó una noticia que eclipsó a todas las demás. En la famosa casa de apuestas Sotheby’s se subastó el lienzo Girl with Balloon del enigmático grafitero Banksy. Como todo el mundo sabe ya, resulta que, a los pocos segundos de ser vendida, la obra se autodestruyó mediante un ingenioso dispositivo triturador instalado en el marco del cuadro. Mientras tanto, Banksy comentaba su hazaña en Twitter con la célebre fórmula del subastador: Goinggoinggone! Algo así como ‘se va, se va, se fue’.

Cuando los más conmocionados dejaron de llorar, pudo oírse la voz de la esperanza. Un día después, la compradora anónima (a partir de ahora CA) confirmó que efectivamente pagaría 1,18 millones de euros por la obra (destruida), que ya tiene nuevo título: Love is in the Bin (El amor está en la papelera). Muy orgullosa, CA se proclamaba en posesión de un fragmento de la historia del arte. Pero CA no estaba sola en esta gesta de marketing autocomplaciente: la nueva obra –fruto de una “inesperada performance”– es para Sotheby’s el primer trabajo artístico que se crea durante una subasta. Aún queda por esclarecer si la casa de subastas estuvo implicada o cómo es que nadie notó el anormal peso del marco, pero esa es otra historia. Apenas un par de días después, The Telegraph informó de que un coleccionista que estaba en posesión de una impresión de Girl with Balloon –valorada en 45.000 euros– decidió hacerla trizas imitando al artista británico. Según los especialistas, su ‘obra’ vale ahora 1 euro.

Cuando los más conmocionados dejaron de llorar, pudo oírse la voz de la esperanza. Como todo el mundo sabe ya, resulta que “la verdadera víctima de la provocación de Banksy fue Jenny Saville” (titular de El País). La noche de la famosa subasta, Sotheby’s vendió Propped, obra de Saville, por 10,8 millones de euros: el precio más alto jamás pagado en una subasta por una artista viva. Saville hizo fortuna e historia, pero por culpa de las travesuras de Banksy se tuvo que conformar, al menos esa noche, con la fortuna, pues todos los medios centraron su atención en el minuto de gloria que duró la escritura de un nuevo y ya famoso capítulo de la historia del arte. Pobre Saville.

Cuando los más conmocionados dejaron de llorar, pudo oírse la voz de la esperanza. Como solo sabrán unos pocos, resulta que el otro día vi a un chico joven, negro, mendigando a las puertas de un Starbucks en Murcia. Estaba sentado en el suelo, ligeramente ovillado: una rodilla flexionada, un codo apoyado en la rodilla y la mano sosteniendo la cabeza. A diferencia de otros mendigos que buscan la mirada de la gente para crear un vínculo o imaginar un afecto, el chico parecía distraído, como ausente, ensimismado en el olor a sudor y en las ropas viejas. A sus pies había una taza de aluminio como las que se utilizan para ir de acampada dentro, un par monedas– y, al lado, un trozo de cartón a dos aguas. En el cartón había una frase. No sé por qué, pero pensé que aquella frase no la había escrito él. A lo mejor se la dictaron o alguien la dejó allí sin pedirle permiso. En el cartón ponía: “Mi madre piensa que estoy bien en España”.

Claro que me impactó el mensaje y claro que pensé en su madre y en esa pobre vida de mierda que nadie se merece. Cualquiera habría pensado lo mismo, pero es entonces cuando la obra pierde valor. Para no ser superficial, preferí disfrutar de la armonía entre escritura e imagen. Su figura escultórica apropiándose del espacio, la mirada inexpresiva, el hermoso color de su piel, el contraste entre la quietud absoluta de un cuerpo encerrado en sí mismo y el dinamismo orgánico de una muchedumbre absorta en su Caffè Latte (Love is in the Bin, pensé). La composición, el ritmo, el color, todo era perfecto. Y la frase. Qué frase, señores. Aquella frase podría haberla escrito Banksy y se subastaría en Sotheby’s o en cualquier otra casa de putas [sic], para que CA pudiera llevarse a casa el “negro pobre con taza de aluminio y cartón a dos aguas”. No hice ninguna foto porque no llevaba cámara y porque no tengo buen ojo. Preferí deleitarme con esa imagen y no pensar en los millones de euros que estaba tirando a la basura por no inmortalizar el momento. Goinggoinggone!

 

 

Imagen: Love is in the Bin, Banksy, 2018.