21. Stan Lee

Café Con/suelo

Stan Lee ha muerto a los 95 años. Lo dice su hija, pero ¿quién la cree? Stanley Martin Lieber siempre quiso ser novelista, pero fracasó con tanto éxito que acabó creando el panteón de nuestra mitología: Spiderman, la Patrulla X, los Vengadores, Daredevil o Dr. Extraño. Dicen que Stan Lee ha muerto, pero yo no lo creo y por eso no dejo que se abra paso la nostalgia. Muchos personajes suyos han muerto para volver a aparecer en series distintas, nuevos mundos, otros tiempos. Una parte de mí quiere escribir que crecí en el universo creado por este demiurgo risueño e imaginativo, pero otra sabe que no tiene sentido, que no es nada especial, que todos hemos crecido ahí de una manera u otra, que todos hemos sido creados por ese mismo demiurgo risueño e imaginativo. Nunca he tenido dudas de que leo, en gran parte, gracias a él. Ahora tampoco tengo dudas de que el cómic es el mejor formato para el lector salteado, al menos antes de subir de nivel y pasar a leer matrículas de coches, notas de cata en botellas de vino, calendarios, almanaques y novelas de Kafka. El cómic te obliga a saltar, y de esa obligación nace un reflejo que ya siempre te acompaña, que te mantiene ágil y un poco alerta. Al mismo tiempo el cómic te obliga a detenerte, a observar y recrearte en cada imagen. A esa contradicción debo mi forma de leer, y quién sabe si también mi forma de escribir. Stan Lee nació el 28 de diciembre de 1922 en Nueva York, en la época de los inicios del cine. Eso me hace recordar cuando me gastaba todo mi dinero en cómics y soñaba con que alguna vez llevaran al cine las aventuras que me quitaban el sueño. Siento que esas aventuras nunca se llevaron al cine, sino que el cine se las llevó bien lejos. Ahora muchos conocen a Stan Lee por sus simpáticas apariciones en la gran pantalla, y está bien que así sea porque de alguna manera corrobora mi versión de que Stan Lee no ha muerto. “Enamorarse es crear una religión cuyo dios es falible”, escribió Borges, y creer en Stan Lee implica el riesgo tan humano de equivocarse. Nunca se esfumará la polémica sobre quién ponía el último punto a sus creaciones, Jack Kirby, Steve Ditko o él mismo. Y está bien que la polémica persista, pues es parte del universo de Marvel y corrobora, además, mi versión de que Stan Lee sigue vivo.

 

 

Imagen:  X-Men Second Coming #2

20. La tumba de Eduardo Lago

Café Con/suelo
 El hombre es un animal noble, espléndido en las cenizas y pomposo en la tumba.
Thomas Browne

 

El otro día, Enrique Vila-Matas me envió una foto que acababa de enviarle Eduardo Lago, quien, por cierto, acaba de publicar el libro sobre literatura norteamericana Walt Whitman ya no vive aquí (Sexto Piso). La foto está tomada desde un tren en marcha y en ella se ve un muro de piedra con altos árboles a un lado y al otro. El muro luce viejas pintadas de color plata, y a lo lejos asoma una cruz celta iluminada por el sol: la tumba de Melville, me dijo Vila-Matas. Enterrado junto a su mujer Elizabeth, el escritor Herman Melville reposa en el cementerio de Woodlawn, uno de los lugares menos conocidos de Nueva York, cerca de los restos de Miles Davis o Celia Cruz, y donde se dio sepultura de forma simbólica a los desaparecidos en el naufragio del Titanic.

Vila-Matas me dijo esto el día en que yo acababa de leer su artículo sobre la tumba de W. G. Sebald en el graveyard de St. Andrew —en Framingham Earl, un pequeño pueblo al sur de Norwich, Inglaterra—, de la que precisamente habla Teju Cole en su último libro de ensayos: Cosas conocidas y extrañas (Acantilado). En cuestión de horas me vi rodeado de tumbas, sin saber que pronto sería el Día de Todos los Santos y después el Día de Muertos, que dicen nuestros hermanos de México. Para no desaprovechar la ocasión, me puse a ojear unas cuantas fotografías que tomé hace algún tiempo de las tumbas de Oscar Wilde, Julio Cortázar, Tristan Tzara, César Vallejo, Guillaume Apollinaire, Jim Morrison, Jean-Paul Sartre o Edith Piaf. Todos ellas en París. Cuántas tumbas, pensé, cuántos muertos. O cuántos nombres. Y recordé la tumba de Carlo Collodi, el autor de Pinocho, que está enterrado en el cementerio de Florencia, a vista de pájaro sobre el río Arno y sobre los muros ocres de una de las ciudades más hermosas del mundo.

La tumba de Collodi la visité varias veces el año que viví en Florencia. Al lado de las tumbas de Vallejo o de Susan Sontag, qué poco trágica me parecía ahora la sepultura de un escritor como Collodi, con ese apellido tan musical y esos personajes tan entrañables. En 1977 Giorgio Manganelli escribió Pinocchio, un libro parallelo y se murió trece años más tarde. Está enterrado en el cementerio de Prima Porta —que no la última— a las afueras de Roma. Es curioso tratar de visitar su tumba porque en el registro no figura su nombre. La tumba de Manganelli es inexistente, como corresponde. Al parecer, su mujer compró la tumba a título propio cuando el escritor murió, eliminando del mundo de los vivos y de los muertos un apellido tan musical y juguetón —al menos— como el de Collodi. La tumba está a nombre de Ebe Flamini y por su culpa en este texto hay un nombre más.

Al caer en la cuenta de lo difícil que puede resultarle a alguien visitar la tumba de Manganelli en ese recóndito cementerio romano, volví a pensar que nunca he visitado la tumba de Borges en Ginebra. He recorrido buena parte de Suiza sin entrar nunca en Ginebra, como si de forma inconsciente hubiera querido guardarle al poeta la distancia y el respeto que pidió a la prensa y a sus lectores en su última carta, enviada a Le Monde desde su lecho de muerte. Pensé en la tumba de Borges y luego busqué en internet la de Maurice Blanchot, que seguramente no tuvo necesidad de pedir esa discreción a ningún periódico sensacionalista y que yace, casi tan discretamente olvidado como Manganelli, en el cementerio de Mesnil-Saint-Denis, en el departamento francés de Yvelines. Encontré muy poco sobre la sepultura de Blanchot, más allá de una lápida de mármol demasiado normal y demasiado pulido, y una inscripción dorada con su nombre y el de su esposa Anne. Es igual de sobria pero menos triste (un parterre floreado y una sencilla lápida curva) la tumba de Joseph Brodsky en el cementerio veneciano de San Michele, donde imagino que a Valeria Luiselli (Papeles falsos) no le habrá costado tanto trabajo encontrarla como si hubiese sido la de Manganelli.

Cuántos nombres y cuánta indiferencia, a veces, al pronunciarlos. Contra esa indiferencia escribí en el buscador de Google: ‘Tumba de Herman Melville’. Enseguida aparecieron varias imágenes de la tumba del autor de Moby Dick. En ninguna de ellas se veía una cruz celta como la de la foto de Eduardo Lago. Luego supe que Vila-Matas también cayó en la cuenta de este equívoco después de enviarme la foto, pero que no le pareció importante corregir el enredo (a mí tampoco). Si me pongo esotérico pienso que nos dimos cuenta al mismo tiempo, él en su casa y yo en la mía. Si yo no hubiera creído que en aquella imagen movida se veía la tumba de Melville, una sepultura tan profundamente literaria, congelada en el tiempo y en el espacio desde la fugacidad de un tren, a manos —encima— de un escritor como Lago, ¿habría yo emprendido este periplo de tumbas y muertos? Demasiadas tumbas, demasiados muertos. Sobre todo: demasiados nombres. Pero ¿acaso son otra cosa que nombres, los muertos? Esa pregunta pienso dejarla sin responder. Sin embargo, hay otra pregunta que me inquieta aún más. Si en la tumba de Herman Melville no había ninguna cruz celta, como sí la había en la foto que me había enviado Enrique Vila-Matas, ¿quién está enterrado en la tumba de Eduardo Lago?

 

 

Imagen: tumba de Elizabeth Saw Melville y Herman Melville, Woodlawn, Nueva York

 

 

 

18. El lector de desodorantes (sin aluminio)

Café Con/suelo

Hace tiempo un buen amigo mío me dijo que publicar en un blog era como salir a la plaza de un pueblo desierto y gritar a los cuatro vientos: puedes tener la ilusión de que alguien te escucha, pero nunca la certeza. Eso va implícito en la inocente falacia del verbo publicar. La lógica con la que crecemos es la de esperar el momento propicio, el punto óptimo de madurez, el famoso tren que solo pasa una vez. Es por eso que el premio Nobel te lo dan cuando estás a punto de morir, cuando se supone que estás en la cumbre. Por eso o por puro sadismo, como una suerte de puntilla que la sociedad burlona da al escritor y al científico en su lecho de muerte (para rematarlo). ¿Qué coño hace un escritor moribundo con un millón de dólares?

Contra esa lógica difícilmente puede uno rebelarse. Cabe, quizá, la opción de no creer en bombas de relojería o en fermentaciones mágicas. Tu novela será o no será —por ejemplo—, pero no te llegará justo en el momento en que la editorial que te gusta esté esperando hambrienta nuevos manuscritos. Un poco por derecho al pataleo proliferan a veces los blogs literarios, para mandar a la mierda los ocho millones de coronas suecas que preanuncian tu muerte y como una forma de adelantar las agujas del reloj, de imponer uno mismo la marcha de los acontecimientos, que pueden ser felices o penosos, pero al menos son los que uno mismo provoca.

Uno publica en su blog y se acuesta satisfecho. Pero si un árbol cae en medio del bosque sin que nadie lo mire, ¿hace ruido? La prueba de que el pequeño gesto subversivo de hacerse público a uno mismo, de exponerse por propia voluntad, tiene algún efecto (mínimo) sobre el mundo, son los likes, los textos compartidos y los comentarios. Uno publica una reflexión en su blog con la secreta esperanza de que algún día alguien suscriba sus ideas o, en el mejor de los casos, las rebata con fuerza —con ira, incluso—, que las haga saltar en pedazos como una supernova y que de ahí salga algo nuevo, más brillante, mucho mejor que una reflexión más o menos ocurrente en un blog más o menos leído. El sumun de este reconocimiento lo representan la imitación y el spam. De la imitación aún no tengo noticias. En cambio, del spam sí.

Si en el espacio abisal de internet un algoritmo elige soltar su basura al pie de tus reflexiones —justo en tu plaza de pueblo desierto—, por algo será. Hace unos días publiqué un texto sobre redes sociales y listas de la compra que titulé Me gusta. Me encanta. Aquel texto no estaba destinado a suscitar nada en absoluto, pero al día siguiente por la mañana, con enorme sorpresa, descubrí que alguien había escrito un comentario y que yo debía aceptar —o no—  que fuera visible para el resto de lectores. Lo primero que vi fue que lo había escrito Anna. Me gusta el nombre, con esas dos enes tan exóticas. Es el tipo de lectora que quiero para mi blog, pensé. Pero pronto algo me sonó extraño, el saludo de Anna decía: “¡Estimadas!”

¿Por qué estimadas? Aquello me pareció raro, fuera de lugar, pero no por lo que a primera vista pudiera pensarse. Soy uno y trino, eso es obvio aunque el comentario de Anna lo pase por alto. Sin embargo, lo interesante es el primer párrafo, que dice:

 

Los desodorantes convencionales típicamente contienen aluminio como Antitranspirant. Aluminio en forma de cloruro de aluminio se utiliza para evitar la sudoración. Se cierra los poros de la piel para que salga menos sudor. Muchos Antitranspirantes contienen hasta 25 % de sales de aluminio.

 

La información es útil, eso no lo dudo, pero ¿por qué habría de interesar eso a ninguna estimada que pueda o no rondar las mesas del Café Con/suelo? “Dado que los consumidores reaccionan ahora muy sensibles a este tema, más y más fabricantes ofrecen desodorantes sin aluminio”, seguía diciendo Anna, muy obstinada, además de rigurosa, pues aseguraba que esos nuevos desodorantes también son seguros contra las manchas de sudor, aunque no llevan conservantes artificiales, perfume ni alcohol. Incluso propone Anna en su comentario una lista de fabricantes de cosméticos naturales que ofrecen desodorantes sin cloruros de aluminio y que usan combinaciones propias, desarrolladas a base de plantas, para reducir la transpiración y el olor del sudor. Es fantástica Anna, con sus dos enes y todos esos detalles tan interesantes.

Cuando yo ya había renunciado a que el comentario de Anna fuera ninguna supernova —ni se le pareciera— e incluso había comenzado a pensar que por qué tenían que ser los comentarios supernovas de ningún tipo, que bastaba con que fueran útiles e informativos —como el de Anna— y que si Anna, con dos enes en el nombre, era el tipo de lectora que quería para mi blog, también su comentario era el tipo de comentario que yo quería recibir; cuando había pensado ya todo esto, vi que Anna incluía el enlace de una página web donde se podía encontrar aún más información sobre el tema y un completísimo listado de desodorantes sin aluminio. Anna, tan detallista e informada, se despedía diciendo: “Suerte con el uso y la selección entre tantos desodorantes sin sales de aluminio”, y añadía al final de su comentario muchos saludos y un smiley simpatiquísimo como este 🙂

Anna, tan atenta, se preocupaba por mi salud y por la de esas estimadas transeúntes de este pueblo desierto. Estuve un rato pensando en si aceptar —o no— que el resto de lectores pudiera leer su comentario. Las opciones eran aprobar, papelera y marcar como spam. Sinceramente, me tentaba la idea de aprobar el comentario, que considero útil y sincero, pero al mismo tiempo me parecía injusto no reconocer a Anna su labor como autora de spam, tan exótica, tan atenta, tan detallista, tan informada. Pensé: ¿cómo puedo compaginar ambas opciones? Le di a marcar como spam y me puse a escribir.

 

 

Imagen: antiguo anuncio para estimadas

14. Inacabado

Café Con/suelo

Abro un borrador y me pregunto: ¿cómo leemos un texto que sabemos inacabado? ¿Qué representan la firma del artista o el punto final del relato? Si uno de los grandes enigmas de la historia de la humanidad reside en no saber por qué una persona se levanta una mañana y decide crear un objeto artístico –inútil improductivo–, otro enigma, sin duda igual de interesante, es dilucidar cuándo una obra de arte está acabada: cuándo un borrador deja de ser un borrador. Si hablo de narrativa, una respuesta bastante obvia apela a la falta de información que vuelve incoherente o ininteligible el argumento de un texto. Sin embargo, todos hemos oído hablar del sentido ‘abierto’ de la obra de arte y de la función activa del lector o del espectador, por lo que una respuesta válida no puede reducirse al hecho de que al final de la novela sepamos o no quién es el asesino.

Otra respuesta, no menos simplista, se decanta por confiar en la legítima voz del autor, quien decide abiertamente cuándo su obra está acabada. Aquí me encuentro con al menos dos problemas: por un lado, el mismo autor puede no saber cuándo dar por acabada su obra, o –en el mejor de los casos– saberlo pero ser incapaz de hacerlo explícito. Por el otro, son muchos los ejemplos de voces autoriales ninguneadas por el vozarrón de la industria cultural. Borges renegó de muchos de sus textos publicados durante su juventud. Sin embargo, ahí están sus Textos recobrados, editados impunemente por EmecéSabemos también que Nabokov pidió a su mujer que destruyera el borrador de El original de Laura si el escritor no tenía tiempo de revisarlo antes de morir. Por suerte o por desgracia, el hijo desobedeció, Anagrama lo acoge felizmente en su catálogo y los lectores podemos disfrutar de Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee, la novela de Eduardo Lago.

El interés de unos y de otros ha llevado a las librerías obras inconclusas de Charles DickensFranz Kafka, Ernest Hemingway, Albert CamusJosé Saramago o Harper Lee, entre otros muchos. En ocasiones, manuscritos fragmentarios y lagunosos han sido elevados al rango de ‘testamentos literarios’, cuando apenas existen editoriales que publiquen en vida a un autor de estilo fragmentario. El tema de la novela inconclusa es complejo y hasta polémico, sobre todo cuando una novela potencial queda soterrada bajo la celebridad de un nombre. Pero el asunto se vuelve intransitable cuando pienso en poesía o en pintura. ¿Cuál de todos los versos escribibles tiene el honor de ser el último? ¿Qué pincelada representa el remate de un cuadro? En el mundo de lo inconcluso disfrutamos enormemente con muestras retrospectivas de esbozos vanguardistas en servilletas de café, de libros que son engendros del editing moderno, de correspondencias sesgadas o de poemarios recuperados del olvido y el rechazo de su propio autor.

Hay modernos Prometeos del arte que son máquinas de hacer dinero, pero también están el poema Kubla Khan de Coleridge, el Réquiem de Mozart o los cuatro prisioneros de Miguel Ángel que se conservan en la Galleria dell’Accademia en Florencia, y que son obras maestras de lo inacabado. ¿Cuándo un borrador deja de ser un borrador? Maurice Blanchot, quien veía la esencia de la literatura en su dispersión, en su capacidad para ser fragmento, retal, pieza inconclusa, escribió que el libro que recoge el espíritu excede y excluye cualquier sentido limitado, definido y completo. Esta idea bien podría valer como respuesta a mi incógnita, pero entonces estaría olvidando que en lo inacabado hay tantos sabores como sinsabores, que el hombre es la medida de todas las cosas –finitas e infinitas– y que probablemente –esto también lo escribió Blanchot– la respuesta es muchas veces la desgracia de la pregunta. Cierro un borrador y me pregunto: ¿cómo leemos un texto que sabemos inacabado?

 

 

Imagen: fotograma cancellato de La jena più ne ha e più ne vuole, Emilio Isgrò, 1969.

9. La frase de César Aira

Café Con/suelo

Cuando César Aira presentó su última novela, Prins, en el auditorio de la Fundación Telefónica, el periodista que lo acompañaba le preguntó por el sentido de su frase: “Quisiera dejar de escribir para empezar a escribir bien”. En ese momento, Aira pareció hundirse sin remedio en el sillón antropófago y, dando un discreto sorbo a su vaso de agua, se le vio todavía más fuera de lugar rodeado de tanta gente, micrófonos, cámaras y conexiones en streaming.

Durante unos segundos se hizo en la sala un profundo silencio, solo atravesado por las resonancias crepusculares y trágicas de la frase de César Aira.

Fueron segundos que pusieron a funcionar todo mi arsenal tipográfico: cursivas, comillas, negritas, mayúsculas y minúsculas. Yo no recordaba haber leído esa frase, pero acababa de escucharla en la voz grave del periodista. ¿Habría dicho escribir o Escribir? Porque no es lo mismo escribir bien que escribir bien. ¿Habría dicho “dejar” de escribir? ¿Sobre qué palabra recaerían la trascendencia, la ironía o la duda? ¿Se habría referido Aira a que quería dejar de escribir (“bien” o de cualquier otra manera) para empezar a escribir (“mal” o de cualquier otra manera)? ¿Acaso esa frase buscaba revelar la potencia del cambio y la transformación?, ¿el sometimiento del lenguaje bajo el yugo del autor (o del Autor)?, o ¿el sometimiento del autor bajo el yugo del Lenguaje?

La cabeza me iba a explotar. Notaba como si entre los hombros tuviera una de esas locomotoras antiguas que en los dibujos animados se contraen y se expanden al ritmo del silbato y las bocanadas de vapor. Me había esforzado en descifrar esa frase. Ese era mi trabajo: leer, interpretar, comprender. Pero algo no estaba funcionando. “Quisiera dejar de escribir para empezar a escribir bien”, repetí mentalmente, pero dibujando con los labios la silueta de cada palabra, como invocando su sentido más verdadero a través del acto físico de la pronunciación. Un acto mágico, como otro cualquiera.

Cuando el silencio de la sala estaba siendo invadido por el traqueteo desenfrenado de mi locomotora, Aira contestó: “Es una de esas frases que suenan bien pero que no quieren decir nada. Muchos escritores nos conformamos con escribir frases que suenan bien, para que luego el lector les dé el sentido que quiera”. En ese momento, sentí que me hundía sin remedio en el sillón antropófago y, dando un discreto sorbo a mi vaso de agua, me vi todavía más fuera de lugar rodeado de tanta gente, micrófonos, cámaras y conexiones en streaming.

 

 

Imagen: Libro tessuto, Maria Lai, 2005

5. Con suelos humanos

Café Con/suelo

El otro día escribí que el escritor Sergio Chejfec y yo debíamos ser muy distintos. Lo dije, y ahora, solo porque puedo, me retracto. Aunque él sigue viviendo en Nueva York y yo sigo sin saber dónde vivo, Chejfec y yo nos parecemos más de lo que pensaba. Por si alguien no me cree, vuelvo a citar Mis dos mundos:

 

En general, miro bastante hacia abajo cuando camino. El suelo es una de las cosas más reveladoras de la condición del presente; es más elocuente en sus daños, deterioros, desniveles o accidentes de cualquier tipo. Me refiero tanto a los suelos urbanos como a los campestres, los difíciles o los amistosos. Y en concreto me refiero a los suelos de los caminos, o a los suelos humanos en general, porque el suelo en abstracto, el suelo del mundo, habla otros idiomas muy difíciles de abarcar.

 

Qué consuelo saber que a Chejfec le preocupan tanto como a mí los suelos humanos. Lo demás es silencio.

 

 

Imagen: obras de Javier Garcerá en el Hospital Real, Granada