El fiord, Osvaldo Lamborghini

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Esta novela no se entiende. En España, directamente, apenas se conoce.

Su autor, Osvaldo Lamborghini (Buenos Aires, 1940), sólo publicó tres libros estando vivo: El fiord (1969), Sebregondi retrocede (1973) y Poemas (1980), además de publicar en 1972, junto al dibujante Gustavo Trigo, la tan mítica -como difícil de conseguir en nuestro país- historieta titulada ¡Marc! (rescatada no hace mucho por Puente Aéreo Ediciones, La Plata, Argentina).

Considero que es una bibliografía más que suficiente. De hecho, a pocos conozco que la vida les dé para tanto. Sin embargo, la fórmula del “sólo publicó” puede llegar a ser muy resultona, y más en este caso, cuando la muerte prematura del autor (un infarto a los 45 años) y el carácter polémico de su literatura han propiciado la inclusión del escritor en el Hall of Fame de los genios marginales, las leyendas y los autores de culto.

Se cuenta que lo del culto le viene a Lamboghini de su primera novela o novelita, que es novelaza: El fiord.

En la contraportada de la muy cuidada y amable edición que Sin Fin ofreció a los lectores en 2014, leemos una anécdota de Luis Gusmán, viejo compañero de Lamborghini, en la que se cuenta que tras publicarse la novela “su autor salía a la calle como quien lleva un arma”. No el tipo de arma arrojadiza que podemos suponer en las más de 1000 páginas de una novela de Ken Follet, tampoco el arma que esperaríamos hallar bajo el abrigo de Edward G. Robinson. El fiord es más un veneno que apesta, que sabe mal, pero que aún así ingerimos con gusto: más un whisky que una Colt Cobra.

Destaquemos algunos puntos: 1) la publicación casi clandestina, 2) la jerga política, muchas veces incomprensible para el no-argentino (nombres de políticos, siglas de partidos…), 3) el uso del lunfardo, 4) la violencia física y moral, y 5) la sexualidad explícita, son algunos de los ingredientes con los que se guisó esta breve pieza de culto. De culto desde el primer día. Y como les pasa a todas las obras de “culto prematuro”: son muy pocos los que realmente manosean sus páginas y se proponen la culta empresa de leerlas.

Ahora bien, no todos los escritores de culto prematuro han gozado de la amistad del infatigable César Aira –albacea del autor y entusiasta promotor de su legado literario- a quien en gran medida debemos la actual reedidión en Mondadori de los volúmenes Novelas y cuentos I y II, Poemas 1969-1985, y la saga inconclusa Tadeys. Y es que, como dicen por ahí, “el maldito está de moda”.

Para cerrar el episodio de la resurrección de O. L., no podemos olvidar la enjundiosa biografía del autor escrita por Ricardo Strafacce y publicada por Mansalva en 2008, ni la exposición de su obra gráfica organizada por el Macba en 2015 (Osvaldo Lamborghini. Teatro proletario de cámara).

¿Un escritor en el museo? Todo tiene una explicación: Lamborghini, como buen escritor, murió en Barcelona. Allí pasó sus últimos años encerrado en su cuarto, donde de forma obsesiva se dedicó a dibujar, pintar, rasgar, garabatear, plegar, recortar y pegar algunas de las obras reunidas en la citada muestra. Libros, cuadernos y revistas fueron su lienzo. Su compañera, Hanna Muck, compraba para él algunas de las revistas pornográficas que proliferaron en nuestro país d. F., y Lamborghini hacía con ellas sus collages sucios un poco Dubuffet.

 

8

 

¿Pero yo no había venido aquí a hablar de un libro? Ah, sí, El fiord. 

Aunque O. L. pueda estar resurgiendo de sus cenizas y la reedición de sus obras más o menos completas pueble los estantes de La Central y Cía., yo me quedo con su primer libro, editado originalmente en Buenos Aires bajo el sello tapadera Chinatown.

Con una editorial así, estás destinado a ser un autor de culto.

lamborghini-el-fiord-primera-edicion-1969-chinatown-1969-854801-mla20407718430_092015-fLa nueva edición de Sin Fin comprende apenas 70 páginas. Las primeras 35 de novela corta o cuento largo o narración breve o El fiord a secas; las últimas restantes las ocupa un suculento epílogo de Ignacio Echevarría.

Echevarría viene a darnos las claves de lectura del texto. Así que me parece muy fino el gesto de hacerlo epílogo para dar al lector la oportunidad de leer o no El fiord en clave de Echevarría.

Entre otras cosas mucho más interesantes, el crítico nos dice que el hermano mayor de Osvaldo, Leónidas Lamborghini,  le dijo que, tras haber leído el texto, el gran escritor Leopoldo Marechal le dijo: “Es perfecto como una esfera. Pero una esfera de mierda”. Y es que tantos dimes y diretes tiene su razón de ser:

 

¿Y por qué, si a fin de cuentas la criatura resultó tan miserable -en lo que hace al tamaño, entendámonos-, ella profería semejantes alaridos, arrancándose los pelos a manotazos y abalanzando ferozmente las nalgas contra el colchón?

 

Aunque la Biblia no dice lo mismo, todo comienza con un parto. Y así comienza El fiord de O. L. Afortunadamente, no en todos los partos está el padre -el Loco Rodríguez, en este caso- plantando los codos en el vientre de la mujer y haciendo fuerza y más fuerza.

 

Y era evidente que cada vez que el engendro practicaba su ágil retroceso, laceraba -en fin- la dulce entraña maternal, la dulce tripa que lo contenía, que no lo podía vomitar.

 

Esta brutal imagen inicial puede servir de metáfora para expresar la experiencia de lectura de esta obra. Es una lectura difícil por varios motivos. La erudición que tanto temen algunos no es uno de ellos. Sí lo es, en cambio, el simbolismo político e ideológico. Por ejemplo, Atilio Tancredo Vacán, el hijo escupido, comparte iniciales con Augusto Timoteo Vandor, dirigente de la CGT (Confederación General del Trabajo de la República Argentina) que intentó un pacto con el gobierno argentino y murió asesinado el mismo año en que apareció El fiord.

 

Tancredo Vacán ya gatea. Chupa de la teta de su madre una telaraña que no lo nutre, seca ideología.

 

Muchas de las referencias políticas o históricas son circunstanciales, inaccesibles a primera lectura por el lego, más aún por el extranjero, y todavía mucho más por el lego extranjero. Esta obra tiene mucho de poesía, de la intraducibilidad de la poesía. Como adelanta Ignacio Echevarría en su breve ensayo: “el mito de Lamborghini es un mito argentino”, difícilmente exportable. Lo cual no quita, sin embargo, que algunos nos aventuremos a leerla.

Se trata de un texto salvaje escrito con un lenguaje cruel. Como dijo el mismo Roberto Bolaño: “Lamborghini, por decirlo de forma suave, muy suave incluso, es el exceso”. Recuerda en ciertos aspectos a esa Giventù Cannibale italiana de los años noventa, de la que Aldo Nove y su genial colección de cuentos Superwoobinda son, a mi parecer, máximos exponentes. Pero resulta que Lamborghini escribió su texto mucho antes que esos jóvenes estandartes de la literatura pulp, del sexo brutal y la violencia aparentemente absurda.

 

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Portada de la revista “Top Maxi Historietas” (1971-1972), en la que “¡Marc!” vio la luz

 

Además de sobre lo inaccesible del mito de O. L. al gran público, es decir, ese que excede las lindes de Tierra del Fuego a Jujuy, Echevarría también advierte de los típicos peligros que conlleva leer un texto ajeno como pretexto de los de uno mismo: César Aira, Germán García, Oscar Steimberg y Oscar Masotta son algunos de los imputados.

De modo que yo no voy a intentar una exégesis perentoria, consciente de poder acabar glosando mi propia reseña.

De nuevo Bolaño: “Lamborghini es casi ilegible, no porque no se entienda lo que escribe, más bien al contrario, porque es la desnudez”.

Pero no desesperen, ningún texto es inexpugnable. Niveles de lectura los hay muchos. Uno puede tratar de descifrar filológicamente el enigma político de los años en que O. L. escribió su relato; otro puede admirarse ante el uso estrafalario y extraordinario del idioma; algún otro se contentará con el muestrario de sangres, sémenes, latigazos, lágrimas, vaginas, vómitos y heces; a Fulanito le bastará poder soltar en una conversación que ha leído El fiord, sin haberse enterado de nada; Menganito disfrutará descubriendo guiños inexistentes al psicoanálisis de Lacan, la semiótica de Kristeva o la filosofía de Deleuze; Zutanito intuirá un modo de comunicación que transgrede la amable lógica de la sintaxis.

El fiord legitima todas estas lecturas, que pueden superponerse, alternarse, entrelazarse y copular para dar a luz nuestra propia interpretación del relato. Pero no nos olvidemos de que aquí la anestesia es inútil:

 

Arremetía, descansaba; abría las piernas y la raya vaginal se le dilataba en círculo permitiendo ver la afloración de un huevo bastante puntiagudo, que era la cabeza del chico. Después de cada pujo parecía que la cabeza iba a salir: amenazaba, pero no salía; volvíase en rápido retroceso de fusil, lo cual para la parturienta significaba la renovación centuplicada de todo su dolor.

 

El sentido parece querer materializarse ante nosotros como el chico ante su madre, pero cuando creemos haberlo entendido se esfuma -en rápido retroceso de fusil- y nos deja algo perdidos. A ratos seremos la parturienta y sufriremos con ella; seremos el Loco Rodríguez (“Hijo de Puta Amo y Señor”) e impondremos al texto nuestra lectura; seremos el humillado narrador y creeremos haberlo intentado todo; seremos el servil y torturado Sebastián y nos daremos por vencidos, satisfechos incluso de no haber entendido nada; luego volveremos a ser la parturienta, pobre Carla Greta Terón -preñada por el Loco-, e inevitablemente seguiremos persiguiendo ese sentido raído e imposible que el libro promete por el simple hecho de ser un libro.

Caben todos los lectores en esta escasa treintena de páginas, aunque a ninguno de ellos les esté dado atravesarlas sin ensuciarse (vuelve la imagen del parto: el dolor, la vida, los fluidos, el llanto, la sonrisa).

Ésta es una novela excepcional. Pero habrá quien se pregunte: ¿acaso un texto merece ser considerado sólo por su carácter de excepción? Por supuesto. La literatura abunda en folletines malos, muchos de ellos fotocopiados de otros folletines aún peores, de modo que no podemos dejar pasar la oportunidad de ensuciarnos en el lodo pestilente, adictivo, visceral e incomprensible de una escritura como la de Osvaldo Lamboghini.

Una escritura, quizá, demasiado humana.

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