La última vez que fue ayer, Agustín Márquez

laultimaweb

 

Por Maria Ayete Gil

 

En el campo de ruinas que deja atrás con su vuelo el ángel benjaminiano de la historia pueden rastrarse también los restos del barrio. ¿Qué barrio? Cualquier barrio, pero a su vez ninguno, que es exactamente el barrio de extrarradio de La última vez que fue ayer, primera novela del editor y escritor Agustín Márquez (Madrid, 1979) con la que la editorial Candaya sigue ampliando su ya sorprendente catálogo. Porque, si hay un protagonista en la novela, este es, sin duda, el barrio marginal en el que viven los personajes anónimos del texto: chico A, chico B, chico C, chico D…, mamá, papá, el abuelo, el camello, el quiosquero, el policía, la prostituta, en fin, los vecinos y las vecinas del barrio, y el perro Mazinger. La familia, la gran familia, la macrofamilia del barrio cuyos símbolos son el descampado y la carretera que hay que cruzar para llegar a él. Un descampado de mierda y una carretera de mierda, mal asfaltada y sin semáforo, en la que acaban de atropellar al muchacho de las cangrejeras (chico B) ante unos ojos amigos, los del narrador, inmunizados por obligación. Porque no es la primera vez que esa carretera es escenario de un atropello, ni mucho menos será chico B el último en morir sobre su maltrecho pavimento.

La visión de la muerte de chico B es el desencadenante de la acción de La última vez que fue ayer, un texto radiográfico compuesto por dos grandes bloques, divididos en varios capítulos, que narra la vida en un barrio marginal durante los años ochenta y noventa del siglo pasado. La elección cronológica es todo menos azarosa, puesto que el cambio de decenio supone el intersticio que da paso a la modernidad, esto es, a la gentrificación; es decir, al progreso. En otras palabras, a la destrucción —o cuando menos, el desplazamiento— de lo originario en favor de la propagación de los llamados no-lugares (supermercados, aparcamientos, urbanizaciones).

La novela de Agustín Márquez es muchas cosas: es el archivo, visual y olfativo, de la cotidianidad en la periferia, la crónica de la excepción convertida en norma y la narración de una pérdida y de su supervivencia, pero también una suerte de Bildungsroman de su narrador, o el golpe sobre la mesa del presente de una mano que proviene del pasado. Es, efectivamente, todo lo anterior. Sin embargo, por encima de cualquier otra cosa, es la expresión honesta de la preocupación de su autor, una preocupación que no por infrecuente en literatura es inexistente: el impacto de la modernización en lugares olvidados y en sus gentes. La modernización traía silenciada bajo el brazo la varita de la reificación, en virtud de la cual las relaciones humanas se han convertido en relaciones entre objetos, el bar Pepe es ahora un VIPS y a los personajes de la novela se le han borrado los nombres.

Y es que el gran logro de Agustín Márquez es haber levantado un texto que, manteniendo hasta su última página la reflexión en torno a los resultados del progreso palpitante en el subsuelo, sabe sortear con acierto la tesis, el dramatismo y la nostalgia de ese “cualquier tiempo pasado fue mejor”. La última vez que fue ayer neutraliza los elementos que, con seguridad, habrían socavado su estética y vaciado la potencia de su contenido construyendo una voz narrativa particular y dinámica de la que se desprende una estructura narrativa eficaz a golpe de imagen.

Así, los capítulos están compuestos por fragmentos numerados de extensión variable que reproducen, como si de una cámara cinematográfica se tratara, la mirada del narrador mediante un lenguaje fresco y transparente que calca (en el mejor de los sentidos) los giros del adolescente. No obstante, la lente del aparato cinematográfico está previamente esterilizada, por lo que su movimiento imprime sobre la narración un velo de objetividad que presenta desnuda la radiografía en aras del distanciamiento del lector, un distanciamiento en última instancia necesario para, al modo brechtiano, mirar desde otro lado y tomar posición. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

 

 

Fotografía del autor: Candaya

 

 

 

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