La azotea, Fernanda Trías

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Por Mario Aznar

 

La azotea no es un lugar, es una palabra. Al decir manzana, la manzana no está, y en esa encrucijada en la que se juegan la presencia del signo y la ausencia de la cosa reside la importancia del lenguaje. Ese valor, el del signo, es el que cobra la azotea en esta novela hermosa y claustrofóbica, publicada por primera vez hace dieciocho años. En circunstancias normales, o mejor dicho, en las circunstancias actuales del mercado editorial, hablaríamos ahora de este libro como de un fantasma que pasó a nuestro lado pero que no tuvimos tiempo de enseñar a nuestros amigos. Sin embargo, los lectores estamos de suerte porque la joven editorial Tránsito rescata La azotea, de la escritora uruguaya Fernanda Trías. Ahora podemos volver a sumergirnos —o hacerlo por primera vez— en las páginas de un libro escrito con retazos de extrañeza, aislamiento, amor y locura.

 

Es increíble pensar que tuve una vida antes que esta, un trabajo, una casa, de los que sin embargo no recuerdo nada.

 

Clara, la narradora de este relato hipnótico, que participa a partes iguales del delirio y de la reflexión psicológica, dibuja con estas palabras la línea que la separa de un mundo sin miedo, normalizado, anterior al encierro al que asistimos como espectadores de su singular pesadilla. Del mismo modo en que ella no recuerda nada, poco sabe el lector de la vida de Clara anterior al embarazo y al nacimiento de la pequeña Flor. Ese pasado, que se supone oscuro, queda diluido a través de la elipsis y la sugerencia para conducirnos por un camino tortuoso hacia una realidad asfixiante, hecha de afectos conflictivos y miedos desencadenados.

En cualquier caso, Clara es una mujer decidida a impedir que su familia salga a la calle. Junto a su hija y a su padre anciano, vive aislada en un pequeño apartamento por cuyas ventanas corrió alguna vez el aire fresco, pero que progresivamente se va transformando en una gruta, un refugio que modifica a su vez el carácter de clara y el ánimo del lector. “El mundo es malo. Las calles son peligrosas y no se puede confiar en la gente”. Esta premisa, cuyas razones desconocemos, mueve los pasos de Clara y justifica su ansia por soltar amarres para no depender del mundo exterior más que a través de Carmen, vecina, comadrona y colaboradora que en un determinado momento se convertirá —al menos en la mente enferma y atemorizada de Clara— en la encarnación del mal y en la causa misma del encierro.

Esta novela de poco más de cien páginas exige ser leía de un golpe, si no se quiere quedar encerrado en ella para siempre. Como en las narraciones de Kafka, el argumento alucinado, profundo o complejo no está enfrentado con la lectura ágil ni con el sentido del humor. Lejos de la oscuridad estilística, La azotea está escrita con una prosa transparente y cercana, en ocasiones tierna y en otras violenta, capaz de invitarnos a entrar donde nada más entra ni sale: el apartamento de Clara.

La protagonista es capaz de todo con tal de salvar a su familia, aunque le cuesten la fatiga, el agotamiento y el desgaste que solo la azotea del edificio, en un momento ya avanzado de la narración, es capaz de aliviar. Esta azotea, que pronto se olvida en el relato, permanece en la imaginación del lector como única vía de escape: tentación de suicidio y posibilidad de volver atrás, de abrir puertas y ventanas y salir a pasear.

Pero Clara no volverá a subir a la azotea. La simple proximidad de ese espacio abierto lo vuelve deseable, pero quizá por eso mismo ella no subirá más. En ese momento la angustia y el dolor cobran una presencia imponente, y la azotea es entonces una palabra, un signo, una ausencia enormemente significativa grabada a fuego en la forma pasada de los verbos ser y poder: “La azotea era mi lugar; el único donde no pudieron vencerme”.

 

Fotografía de la autora: Fernanda Montoro

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