Kentucky seco, Chris Offutt

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Por Mario Aznar

 

Algunos días me dejaba caer temprano por la oficina de correos para echar un vistazo a los criminales en busca y captura. Sesenta fotografías grapadas igual que los calendarios de las tiendas de alimentación para animales; caras de gente normal y corriente. Bajo cada rostro figuraba la lista de lo que había hecho el retratado, dónde tenía cicatrices y si era negro o blanco. Me parecía de los más raro mostrar una fotografía de alguien y precisar su color. Por aquí somos sobre todo de color parduzco. Yo no tendría el menor inconveniente en hablar con alguien que fuese de otro color, pero esa clase de gente nunca asoma el hocico por aquí. Nadie viene. De aquí, la gente se va.

 

Estamos ante un verdadero acontecimiento editorial. El escritor norteamericano Chris Offutt publicó su primer libro en 1992, y hoy la editorial Sajalín lo acerca al lector en lengua española en la excelente versión de Javier Lucini. Muy apreciado en su país, pero inédito hasta el momento en estas tierras, Offutt debutó con esta colección de nueve relatos ambientados en una remota comunidad de los montes Apalaches, en el este de Norteamérica. Kentucky seco da nombre al bourbon que antiguamente se destilaba de forma clandestina en la región del mismo nombre, al sur de los Estados Unidos, y a partir de ahora es también para nosotros un poderoso libro de relatos.

El lugar indefinido en el que trascurren las historias de Kentucky seco se parece mucho a Haldeman, la diminuta y olvidada población minera en la que el escritor vivió su infancia y su juventud. De hecho, no es casual que al inicio del libro se incluya un pequeño mapa que nos permite ubicar con precisión ilusoria los pasos de unas gentes que viven afantasmadas entre la belleza inmensa de los bosques y la dureza de sus vidas ásperas y muchas veces solitarias.

Precisamente porque conoce bien ese entorno aislado y, de algún modo, fuera del tiempo, Offutt logra mantenerse al margen de la caricatura, el cliché o la condescendencia con que la vida americana dominante suele retratar a estas comunidades rurales. “Quería escribir un libro que reflejase la dureza de la vida en las montañas, pero sin perseverar en las mentiras más difundidas”, confiesa el autor. La vida con que palpitan sus personajes es una buena prueba de que Offutt lo ha sabido hacer a la perfección. Sus protagonistas son jugadores de cartas, pecadores convertidos en predicadores, trabajadores que cultivan marihuana para sobrevivir, ancianos solitarios que viven aislados en los bosques, cazadores de osos y otros figurantes de un espectáculo de variedades que tiene más dolor que diversión.

Los relatos son breves y están escritos con un estilo directo y limpio, pero Offutt no descuida los matices ni olvida el sentido del humor, como tampoco descarta un valioso y medido tono poético para describir paisajes y escenarios. En Kentucky seco, las cosas y los objetos casi se pueden ver, oler y tocar (mérito incuestionable, también, del traductor). A pesar de la brevedad del género, las historias que se cuentan son vívidas, y con apenas unos trazos Offutt es capaz de retratar la complejidad de unas almas mimetizadas con la sencillez y la complejidad del entorno en el que viven. La maestría con la que este escritor maneja el ritmo del relato es envidiable. La alternancia entre la narración y los diálogos deja el tiempo justo para respirar y seguir leyendo, y las acciones, a veces banales y cotidianas, quedan niveladas —por ese talento suyo para gestionar las tensiones— con otras más violentas e inesperadas, como el ataque de un oso, un accidente con una grúa atascada en el barro o un tiro de gracia en medio del bosque.

No sé si será cosa del viento que corre entre los árboles y los despeñaderos afilados, pero mientras leía Kentucky seco me ha parecido escuchar algunas resonancias de El llano en llamas, ese librito de cuentos que el mexicano Juan Rulfo escribió sobre tierras de nadie y personajes que no tienen nada. En lugar de la tierra quebradiza del páramo, Offutt pinta crestas de roca, barrizales y bosques de pinos. En lugar de un caballo o de una mula hay un bulldozer ruinoso que el Viejo Bob aceptó como compensación cuando perdió un ojo en el derrumbe de la mina en la que trabajaba.

Más allá de una comparación anecdótica, más o menos acertada —a la que me encantaría sumar, para seguir jugando, los nombres de TarantinoThoreau—, me interesa de esta singular relación la capacidad que ambos escritores demuestran para retratar existencias que muchas veces son viles, tristes o sencillamente desgajadas de un concepto de felicidad que no les pertenece, y sin embargo son capaces de limitarse a observar. No cabe el juicio moral explícito en los relatos de Chris Offutt, porque en ellos solo hay lugar para la buena literatura. Lo demás —si tiene que llegar— vendrá después. 

Algo curioso y significativo —mucho más propio de la experiencia de lectura de una novela— es la rabia y la desazón con que el lector se despide de estos personajes conforme avanza en su lectura y deja atrás un reguero de historias, vidas, costumbres y lugares que se vuelven un poco propios. Elijah Boatman, William o Cody son personajes memorables que trascienden las páginas de sus relatos, y eso es emocionante. He disfrutado de este libro tanto como espero que lo disfruten otros muchos lectores. En él hay acción, belleza, melancolía, dureza, reflexión y amor por unas tierras “dejadas de la mano de Dios”. Si de algo estoy seguro es de que pronto volveremos a oír hablar de Offutt, y entonces haremos bien en dejarnos confundir por el viento que corre entre los árboles y los despeñaderos afilados.

 

Imagen del autor: Chris Offutt

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