Aquí y ahora, Miguel Ángel Hernández

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Por María Ayete Gil

 

Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977) vuelve a la carga apenas un año después de aterrizar en las librerías su tercera y aplaudida novela El dolor de los demás (Anagrama, 2018), y lo hace con el diario titulado Aquí y ahora de la mano de Fórcola Ediciones. La estética del libro es exquisita y cuidada al detalle, con una potente imagen de portada que a pocos puede dejar indiferente: la fotografía de una de las esculturas del artista mallorquín Bernardí Roig con mirada rasgada por un tubo fluorescente.

Aquí y ahora es nada más y nada menos que el tercer diario publicado por Hernández. En 2016 vio la luz Presente continuo (Balduque), el diario de escritura de su segunda novela, El instante de peligro (Anagrama, 2015), y en 2017 Diario de Ithaca (Fundación Newcastle), que recoge sus experiencias en la universidad norteamericana de Cornell. ¿Qué nos trae Aquí y ahora? Pues nos trae, en esencia, la escritura en presente de una otra futura y, por tanto, todavía inexistente (y todo lo que ello conlleva, claro); esto es, la escritura de la escritura de El dolor de los demás. Tal como se apunta en la contraportada, puede entenderse como una suerte de making of de la novela. No obstante, el diario contiene en sí mismo riqueza y profundidad suficientes para gozar de plena autonomía. Y es que por si la experiencia de creación de una obra literaria fuera poco, el diario abarca mucho más. Contiene vida, que es sin duda también literatura, en todas sus vertientes: amor, amistad, enfermedad, trabajo, dolor, duda, cuerpo, reflexión, aprendizaje, viajes, arte, televisión, fiesta, fútbol. Y lecturas, muchas lecturas. Qué placer siempre descubrir lo que hasta el momento era desconocido.

Encabezado por una significativa cita de Julian Barnes y por un prólogo de corta extensión que pone en terreno al lector, el diario está dividido en dos partes de extensión similar: el periodo que comprende de julio a diciembre del año 2016 y el de enero a mayo del año siguiente. Concluye el libro con un acertado epílogo escrito entre julio de 2017 y enero de 2019 con el que parece darle al fin el último pespunte a un texto que, en lo que al lector respecta, estoy segura, podría alargarse hasta el infinito, pero que, por cuestiones obvias, necesita concluir. El ciclo se cierra y nos quedamos, repentinamente, huérfanos ante el vacío del espacio en blanco.

La escritura de Hernández no defrauda, y menos a aquellos que lo hayan seguido desde sus inicios: fogonazos de luz instantánea en frases cortas, rápidas y envolventes que nos invitan a seguir el ritmo frenético del autor a golpe de esa segunda persona tan suya en todas y cada una de las entradas. Rapidez e intimidad van de la mano, pero su unión no impide el contrapunto armonioso de fragmentos más lentos y extensos en los que el tono ensayístico aparece para dar pie a la reflexión en torno a cuestiones como el papel del escritor como productor y su responsabilidad ética, los límites entre ficción y realidad, el arte contemporáneo o la estética de las series de televisión.

El diario de Miguel Ángel Hernández es una ventana abierta al proceso de escritura de una novela, un cuaderno de experiencias y un canto al aquí y al ahora. Pero también una toma de posición (al fin y al cabo, «los libros no son inocuos; actúan en la realidad», anota el diarista, y es que, ¿acaso existe una literatura inocente?), una muestra del lugar desde el que escribe y de su obligada problematización, no exenta esta de desasosiego, duda e incertidumbre. Porque sí, parece decirnos Hernández, «también es eso la literatura. Caminar con el diablo». Con el diablo de la ficcionalización y de sus secuaces, cuyo genio transforma la vida en literatura y la literatura en vida. Y regreso aquí (y ahora) a Julian Barnes y a esa cita que satura (que no sutura) cualquier amago de frontera. ¿Hay un afuera de la ficción? Sin duda no desde el momento en el que, independientemente de si para otros o para nosotros mismos, comienza el relato.

 

 

Fotografía del autor: Belén Campillo

 

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