Escuela de Mandarines, Miguel Espinosa

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En el calendario hay fechas importantes. Hay fechas marcadas con tinta de colores brillantes y hay fechas oscuras. Luego hay fechas anodinas, como algunos días de la semana que están en medio y apenas representan nada para nadie. Hoy, jueves 4 de octubre de 2018, es quizá uno de esos días transparentes, pero también es la fecha en la que se cumplen 92 años del nacimiento del novelista y ensayista Miguel Espinosa.

Muchos de sus libros se publicaron años después de ser escritos (la mayoría son póstumos), y varios de ellos siguen inéditos. Igual que hay fechas anodinas a las que un recuerdo puntual puede darles la vuelta, hay atributos que el tiempo corrompe con sus desplazamientos y el juego azaroso de los contextos. Pierre Menard lo entendió perfectamente al reescribir palabra por palabra El Quijote en pleno siglo XX. En la era digital, Belén Gache le dio la vuelta a esta idea con Escribe tu propio Quijote y Diego Buendía lo ha vuelto a hacer diseccionando en 17000 tuits la obra de Cervantes en una cuenta de Twitter.

Esta potencialidad del sentido (desviado) es motivo suficiente para volver sobre la obra de Miguel Espinosa, pero también es la cualidad que hoy nos permite leer a este escritor como a un raro de la literatura española contemporánea. Apenas conocido por el gran público, aunque alabado (con discreción) por la crítica, Espinosa escribió sus novelas de un modo también discreto, desde la grisura del comercio exterior y de la asesoría jurídica con que se ganó el sustento durante buena parte de su corta y trabajosa vida. Su escritura es clásica en términos generales, casi anacrónica, en unos años de experimentalismo y recuperación de la vanguardia. Su mirada, sin embargo, es tremendamente moderna, irreverente y crítica.

Con Escuela de Mandarines, novela publicado en 1974, el escritor murciano consiguió el Premio Ciudad de Barcelona. En ella Espinosa trata con espíritu heterodoxo un mundo férreo e implacable: la Feliz Gobernación y su rígida estructura social. Presumiblemente, el referente de la trama es el mundo de la universidad franquista en la que Espinosa también se desempeñó como profesor de Filosofía del Derecho (hasta que lo vetaron). Pero esta referencia es sin duda precaria y limitada, pues las resonancias de la novela van mucho más allá, aunque curiosamente no terminen de disiparse y podamos sentir su presencia rotunda aún en nuestros días. El modelo universitario (o social, en general) de una determinada época sirve de telón de fondo para contar una gran historia, pero ese telón resulta ser de un tejido desvencijado, raído y demasiado poroso, que Espinosa se propone restaurar con trazos imaginativos y delirantes dando forma a un mundo fantástico completamente autónomo. 

Escuela de Mandarines es un elogio de la cultura y una suerte de ucronía política construida con ironía y vitalidad, donde se narra el viaje del Eremita a través de un paisaje sembrado de corrupción, castas y alucinaciones demasiado reales. Detrás de sus 72 capítulos (más la introducción y el epílogo) están El Quijote Orwell, pero también, por qué no, Los viajes de Gulliver y el ingenio caricaturesco de Quevedo. Es una novela compleja y exigente, como el propio Espinosa, que tiene además tintes de ensayo político, novela de aventuras y road movie, y en la que la digresión bien hecha, oportuna, es muchas veces la protagonista, junto a un sentido del humor inteligente y muchas veces grotesco.

Si antes decía que su escritura es clásica, sería injusto no añadir que es precisamente el hecho de que Espinosa maneje con maestría el lenguaje lo que le permite jugar con él, retorcerlo, desautomatizarlo, proponer neologismos, regar el texto de exageraciones geniales y no ‘guardarle respecto’ al lenguaje como se le guarda a una ruina o a un cadáver embalsamado. La lengua está viva en Miguel Espinosa y su prosa da cuenta de ello con entusiasmo y con densidad, pero sin pesadez.

La edición original se publicó en Los Libros de la Frontera, más tarde Alfaguara incluyó la novela en su catálogo y ahora la editorial La Fea Burguesía, cuyo nombre homenajea la otra novela cumbre de Espinosa, vuelve a ponerla en circulación en estos días. Esta labor (o este deber) de recuperación está siendo respaldado además por la editorial Alfaqueque, que recientemente editó en su colección Biblioteca Irremediable el epistolario inédito que el novelista mantuvo durante 25 años con su amante y ‘musa’, Mercedes Rodríguez.

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La fea burguesía (publicada póstumamente en 1990), merece también a estas alturas una relectura, pues dudo que quien hoy se acerque a ella no se sorprenda por su vigencia descarnada. Divida en dos partes, Clase media y Clase gozante, esta novela acoge la feroz embestida de Espinosa contra la burguesía española de una época dilatada más allá de la mitad del siglo. Sin embargo, como ocurre con Escuela de Mandarines, los referentes son desplazados ligeramente por una lectura hiperbólica (no por ello menos atenta o aguda) de las relaciones de poder y subordinación, de las sociedades alienadas, de las miserias y desidias de todos los días, pasados, presentes y …

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