Las inciertas pasiones de Iván Turguéniev, Juan Eduardo Zúñiga

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El último Premio Nacional de las Letras Españolas es un chico que promete. Se llama Juan Eduardo Zúñiga y nació, a merced de las distintas versiones que pululan por ahí, en 1919 o 1929. Nos inclinamos con toda certeza hacia la primera opción, por mucho que Wikipedia se empeñe en lo contrario y que en otras fuentes pueda leerse incluso el año 1927. Sea como fuere, Zúñiga es ya un señor hecho y derecho que sigue tanto o más vivo que su literatura, aunque algunos esperen lo contrario para rendirle justo homenaje.

Como sabrán, cuando se habla de Juan Eduardo Zúñiga se ha vuelto un lugar común hacer mención de su rostro enjuto y de su barba, que juntos le dotan de un aire tan quijotesco. Sin embargo, de nada sirve repetir la imagen de postal de uno de nuestros mejores cuentistas, si no advertimos que la figura que posa con pudor y reticencia ante los fotógrafos, que descansa sobre un sillón o que se recorta sobre el fondo de su extraordinaria biblioteca, es el reflejo de un escritor de sólidos principios. Y esto Zúñiga lo ha sabido trasladar a su prosa constante, trabajada y exigente, con la que aún hoy mantiene un pulso en la redacción de sus Memorias íntimas.

Zúñiga, escritor reservado y tenaz, poco dado a las apariciones públicas pero muy respetado por la crítica, nació en Madrid hace ya algún tiempo, como predestinado a vivir el violento fulgor de una Guerra Civil que marcaría profundamente su vida y su obra. En 1949 vio publicado su primer relato, “Marbec y el ramo de lilas”, en la revista Ínsula, y en 1951 su primera novela corta: Inútiles totales.

Escribió relatos y tradujo y estudió a autores rusos y portugueses durante toda su vida, pero por caprichos de la Historia no fue hasta 1980 cuando se publicó una de sus más hermosas colecciones de cuentos, Largo noviembre de Madrid, donde trata con la belleza y la precisión de un orfebre el paso funesto de la guerra por la capital española. Con este libro se abre la Trilogía de la Guerra Civil, que continúa con La tierra será un paraíso, de 1989, y se cierra en el año 2003 con Capital de la gloria, merecido Premio Nacional de la Crítica y Premio Salambó.

Zúñiga ha traducido con éxito a autores eslavos como Iván Turguéniev o Peyo Yavorov, y a escritores lusos como Urbano Tavares Rodrigues, Mario Dionisio o Antero de Quental. Asimismo, ha publicado ensayos sobre países como Bulgaria, Hungría y Rumanía, y ha escrito sobre literatura rusa muchos textos críticos que pueden leerse en libros como El anillo de Pushkin, publicado en 1983, o Desde los bosques nevados, de 2010.

Sería pecado no mencionar siquiera su breve novela histórica Flores de plomo (1999), donde se narran con una prosa exquisita los últimos días de vida del periodista Mariano José de Larra, o la última colección de relatos Brillan monedas oxidadas, publicada recientemente, como casi toda su obra, por Galaxia Gutenberg.

 

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Iván Serguéyevich Turguéniev

 

Elegir es siempre tan difícil como necesario, por lo que nos detendremos sin más remedio en uno de sus mejores ensayos: Las inciertas pasiones de Iván Turguéniev, publicado por Alfaguara en 1996 (aunque antes había aparecido con el título de Los imposibles afectos de Iván Turguéniev: ensayo biográfico, en Editora Nacional, 1977).

Este libro de tintes biográficos es mucho más que una biografía. Si bien el autor trata de diseñar el retrato vital de uno de los escritores rusos más emblemáticos del siglo XIX, los datos que podrían sumir al texto en un ejercicio historiográfico exento de interés literario ceden su protagonismo al diálogo entre la vida y la obra. Zúñiga presta especial atención a las relaciones que las novelas de Turguéniev mantienen con su compleja experiencia del amor, haciendo aparecer, como la cara de una moneda frotada a lápiz, la semblanza de una de las personalidades más interesantes y atormentadas de la historia de la literatura moderna.  

El primer capítulo, titulado “Los orígenes”, y el último, titulado “Un fin”, encierran sin miramientos la linealidad llena de digresiones que fue la vida de Turguéniev. Los hechos concretos, muy bien documentados, se ven envueltos por el aura interpretativa de una mente privilegiada como la de Zúñiga. De tal modo que la falta de afecto materno que el escritor ruso padeció durante su infancia sirve a nuestro autor para generar un lugar de encuentro para el pensamiento y la belleza, donde poder reproducir una profunda conversación entra la vida de Turguéniev, su obra narrativa y la extraña y compleja relación que siempre mantuvo con las mujeres, especialmente con la cantante de origen español Paulina García, a cuya “incierta pasión” debe su entereza el título de este libro.

Podemos pensar entonces que la definición de lo biográfico dependerá, en primer lugar, de la idea que el autor tenga de la vida. ¿Qué fue la vida para Turguéniev? ¿Qué es la vida para Juan Eduardo Zúñiga? La respuesta a esta pregunta imposible no está en nuestras manos, pero, desde luego, “vida” para Zúñiga es memoria y escritura. Decir esto es decir demasiado y también demasiado poco, aunque al mismo tiempo es arriesgar una explicación de por qué este ensayo puede leerse como una biografía y como una novela. Leerlo a un tiempo como ambas cosas es nuestra propuesta.

En una ocasión, Zúñiga declaró que, siendo niño, por debajo de la puerta de la casa familiar vio aparecer el folleto de una editorial que se anunciaba con una novela. Lo cogió y descubrió que se trataba de Nido de nobles, de Iván Turguéniev. En aquel momento, Zúñiga creyó haber descubierto el mundo de los adultos. No es de extrañar, entonces, que en este libro sobre el escritor ruso se mezclen los datos históricos (incluye notas y una bibliografía básica), las referencias literarias y el magma ineludible de los sentimientos. No sería de extrañar tampoco que este libro fuese, como Nido de nobles para su autor, nuestra manera de descubrir el mundo de los adultos, el mundo de la gran literatura, o, en otras palabras, el mundo literario de Juan Eduardo Zúñiga.

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