High-Rise, Ben Wheatley

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Hoy los quioscos están cerrados y no se venden libros.

Muchos dirán: “ya era hora de que lector salteado criticara algo de cine y que Carlos Boyero pasase a comentar partidos de tenis”. El mundo es un libro y el cine forma parte de ese libro, de modo que leamos algo de cine, que ya está bien.

High-Rise (2015), de Ben Wheatley.  Duración: 118 min. País: Reino Unido. En España se ha estrenado hace apenas una semana. Amy Jump ha escrito el guión basándose en la homónima novela del disparatado y extraordinario J. G. Ballard, y entre los miembros del reparto encontramos a un flamante Tom Hiddleston, a Sienna Miller, a Jeremy Irons y a Luke Evans, entre otros.

Se ha hablado de thriller psicológico, de ciencia ficción, de distopía… aunque yo seguramente hablaría de costumbrismo, si no de cine documental. Vale, quizá estoy exagerando. Esta adaptación de la novela que Ballard publicara en los 70 narra la llegada del sobrio y elegante doctor Robert Laing (Hiddleston a los mandos) a la Torre Elysium, un descomunal rascacielos que, formando parte de un proyecto arquitectónico mayor, representa un ecosistema autónomo en el que todo parece funcionar a la perfección. El edificio incluye un gimnasio, un supermercado, una piscina… Hasta aquí la utopía. Pero claro, nunca nada es lo que parece. “En el espejo deformante del arte la realidad aparece sin deformar”, que dirá Kafka.

 

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La historia comienza por el final, y a través de un flash back vemos cómo los nuevos habitantes del rascacielos (parejas, solteros, familias enteras…) ocupan sus viviendas con pueril entusiasmo, como el niño que estrena un juguete nuevo. Un juguete que en muchas ocasiones es difícil de montar, o no tiene pilas, o no corresponde con la imagen del anuncio, o es más pequeño y más descolorido que el del vecino.  Las gentes pudientes ocupan los pisos más altos, las menos los pisos más bajos. En el ático vive el arquitecto Anthony Royal (Jeremy Irons de lino blanco a los mandos), creador de la torre y visionario de las otras cuatro que deben formar en total la palma de una mano abierta.

El conflicto está servido. La relación entre los vecinos degenera brutalmente y el núcleo de la película sucede en unas cuantas secuencias sin diálogo en las que todo se tuerce y se vuelve infernal. Que quede claro: no es una simple lucha de clases. Es la realidad orgánica en la que el Dr. Laing siente las células moverse por el edificio. El edificio es el protagonista de High-Rise, es un cuerpo cancerígeno, un cuerpo enfermo y repleto de virus que mutan continuamente (“El edificio está asentándose”, dice el arquitecto para justificar el caos injustificable). De nuevo el cuerpo: la Torre Elysium es el cuerpo que recibe un trasplante intolerable y lo rechaza, lo ataca, lo humilla.

En cierto modo esta historia recuerda al relato de Cortázar “La autopista del sur”, incluido en Todos los fuegos el fuego (1966), y en el que Jean-Luc Godard se inspiró para rodar su Week End de 1967. En este relato, el escritor argentino desarrolla una comunidad (un mundo posible) a partir de un descomunal atasco en la autopista que lleva a París desde el sur, y que dura meses. Anticipando la posterior crudeza de High-Rise, esta comunidad “automovilística” promueve un sistema de vida casi primitivo, en el que las pulsiones más humanas florecen sin freno.

La ambientación y la estética setentera de la película es perfecta y da pie a todo un discurso paralelo sobre las drogas, la televisión y el sexo. La fotografía (Laurie Rose a los mandos) es brillante, las actuaciones también. En tiempos de austeridad amemos este tipo de excesos, pues son excesos visuales y argumentales que de tan caprichosos resultan imprescindibles.

En un determinado momento, el personaje de Richard Wilder (interpretado por Evans), quien se propone grabar un documental sobre lo que ocurre en el edificio, admite que odia al Dr. Laing por su saber-estar-a-pesar-de-todo. Y es que mientras el mundo se inmola el Dr. Laing pinta su apartamento de gris, y hace el amor, y se inmola íntimamente como si se tratase de una muñeca rusa: una inmolación dentro de otra hasta el infinito, en una cadena de silenciosas destrucciones que extrañamente consiguen representar la estabilidad.

Elisabeth Moss, esposa de Richard Wilder y humilde madre de familia, confiesa que lo que más envidia de los habitantes de los pisos superiores no es el dinero ni el estatus, no es que monten fiestas lujosas con disfraces de época ni que se paseen a caballo por la terraza del ático. Es la luz.

Unos envidian la carne, otros la luz.

Ahora pensarás que te lo he contado todo, pero no sabes nada. Al final el edificio se asienta. Y cuando todo se resuelve caes en la cuenta de que nada tiene solución.

 

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