TPR #16 | Iliá Ehrenburg

Café Con/suelo, The Paris Review
[Diario de lectura de las entrevistas aparecidas en The Paris Review entre 1953 y 2012]

De nuevo aparece Olga Carlisle y, sospechosamente, como en su entrevista a Pasternak, no le resulta nada sencillo cumplir su misión en Moscú: entrevistar al poeta, narrador y ensayista Iliá Ehrenburg. Si a la entrada de la casa de Pasternak había un cartel en el que se leía: “Estoy trabajando. No puedo recibir a nadie. Por favor, váyase”, en esta ocasión la secretaria de Ehrenburg avisa a la entrevistadora: “Iliá Griegoriévich está obligado a ser ‘celoso’ de su tiempo”. El escritor prepara un viaje a Estocolmo y la vacunación obligatoria a la que debe someterse antes de abandonar la URSS por un brote reciente de peste se convierte en el leitmotiv de la crónica. Lo que pasa después es que Carlisle da rienda suelta otra vez a su talento narrativo y ocupa varias páginas describiendo la atmósfera soviética y la decoración del apartamento de Ehrenburg en la calle Gorki: un Picasso, un Chagall, un Léger o los tomos blancos de la Nouvelle Revue Française forman parte del atrezo. Como digo, Carlisle demuestra una vez más su pericia como narradora en pasajes de tinte novelesco que me hubiera gustado que desarrollara aún más:

“Como es habitual en esta ciudad, no había una lista de los ocupantes de los apartamentos en ningún sitio. Si conoces el número del apartamento que buscas tienes más posibilidades de encontrarlos. En caso contrario, hay que dirigirse a las mujeres envueltas en chales que dormitan cerca del ascensor, sentadas en la oscuridad. Estas sombrías ancianas parecen haber olvidado deliberadamente el nombre de los inquilinos. Son o fingen ser sordas a las preguntan que les hacen. Se niegan a que las despierten de su sueño o a que interrumpan su labor de punto. Quizá sus actitud sea de un vestigio de tiempos pasados y oscuros, cuando las personas querían preservar su anonimato a toda cosa. ¿O era mi acento ligeramente extranjero lo que las ponía en guardia?”.

Pero su obsesión es entrevistar a Ehrenburg, un tipo frío y “muy ocupado”. Finalmente apenas consigue plantear dos o tres preguntas al escritor, quien contesta, como la propia entrevistadora señala, “como un profesor que da clase de dictado”. La entrevista de Carlisle vuelve a dejarme tan frío como el invierno moscovita. Como en el caso de Pasternak, siento que me despierta más curiosidad la propia entrevistadora que el entrevistado. El problema es que esa curiosidad no se satisface y me quedo con ganas de saber más. Así que la busco en Google y descubro que Carlisle, además de pintora y novelista, fue traductora de autores como Aleksandr Solzhenitsyn —autor de Archipilélago Gulag—, quien, aun descontento con las traducciones de su obra, se benefició de ellas al conseguir el Premio Nobel de Literatura en 1970.

De Illiá Ehrenburg, de quien no sabía nada y de quien, a decir verdad, sigo desconociéndolo todo, me quedo con una anécdota que hoy sería completamente inverosímil. Al parecer, en octubre de 1959 Ehrenburg publicó un artículo en el Komsomólskaia Pravda —un diario dirigido a la juventud soviética— en el que trataba la relación entre las artes y las ciencias. En el artículo citaba y respondía una carta que había recibido recientemente firmada por una tal “Nina”, que se lamentaba de la ruptura con su novio porque este —Yuri, un joven físico interesado únicamente en las ciencias— se burlaba de su interés por las artes. Nina le pedía su opinión al escritor: ¿era un error su pasión por el arte?, ¿es el arte tan importante como la ciencia?, ¿tenía cabida en la sociedad moderna?

Las respuestas de Ehrenburg son previsibles y no son, desde luego, lo que me interesa de la anécdota. Lo verdaderamente llamativo de este debate, que ya de por sí resulta imposible localizar en un contexto como el actual, es que suscitó una tremenda polémica entre los tres millones y medio de jóvenes lectores del Komsomólskaia Pravda. “Se organizaron reuniones públicas para debatir el asunto”, señala Carlisle, y el diario recibió más ocho mil cartas a favor o en contra de Nina y de Yuri. Más de ocho mil cartas sobre la necesidad de una educación armoniosa entre las ciencias y las artes o sobre la marginalidad de las artes en nuestros tiempos. Más de ocho mil cartas en respuesta a un escritor. Más de ocho mil cartas. Más de ocho mil.

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TPR # 14 | Borís Pasternak

Café Con/suelo, The Paris Review
[Diario de lectura de las entrevistas aparecidas en The Paris Review entre 1953 y 2012]

La novelista y traductora Olga Andreyeva Carlisle viajó a Rusia en enero de 1960 para entrevistar a Borís Pasternak, Premio Nobel de Literatura mundialmente conocido por ser el autor de El doctor Zhivago. Después de una semana en Moscú, la entrevistadora supo que el escritor no tenía teléfono, así que decidió contravenir los consejos de quienes le hablaron de las reticencias de Pasternak a recibir visitas extranjeras —”Estoy trabajando. No puedo recibir a nadie. Por favor, váyase”, decía una nota en inglés a las puertas de su casa— y armándose de valor se encaminó en taxi hacia Peredélniko, el pequeño pueblo donde residía el escritor. Contra todo pronóstico, Pasternak la recibió, la invitó a acompañarlo al club de escritores y de camino dieron un largo rodeo: “Los paseos forman parte de la vida social de los rusos —como las reuniones para tomar té o las largas tertulias filosóficas— y Pasternak, por lo visto, disfrutaba mucho de esta forma de esparcimiento”.

La presentación del encuentro se alarga y se alarga, dejando entrever el verdadero carácter narrador de la entrevistadora, hasta que en cierto punto somos conscientes de no estar leyendo una entrevista al uso. De hecho, Pasternak rechazó ofrecer una entrevista oficial, para la cual le sugiere a Carlisle que vuelva en otoño, cuando esté menos ocupado. En su lugar, la experiencia de Carlisle compartida con el escritor durante varios domingos es lo que ocupa estas páginas, aproximándolas mucho más a un relato de ficción o a una crónica que a una entrevista propiamente dicha. Se habla de literatura francesa, de Tolstói, de Faulkner, del precio de la fama, de gastronomía rusa, de Nietzsche, de Andréi Bely, de teatro y, por supuesto, de El doctor Zhivago. Sin embargo, no sé si es porque el formato trunca mis expectativas, porque siento que me interesan mucho más Olga Andréieva o el pueblo de Peredélniko que el propio Pasternak, o porque hoy tengo tantas cosas que hacer que mi cabeza está en otra parte, pero la entrevista, en general, apenas me resulta interesante. Me quedo con mi fascinación personal por la mención de alimentos en los libros —el guiso de venado, el kvas, los arenques marinados, la macedonia de verduras, el vodka— y con esas palabras de Marina Tsvietáieva, amiga del premio Nobel, que bastarían para salvar cualquier entrevista: “Pasternak parece al mismo tiempo un árabe y su caballo”.

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