84.

Café Con/suelo

Si no descuelgo esa llamada tuya tan importante es porque estoy en un rincón de las Azores sin cobertura ni Internet. Pero si al mismo tiempo ves que publico una nueva reseña en  Lector salteado, que comento algo en Twitter, que subo una imagen a Instagram, que comparto una publicación en Facebook o que escucho un audio de Whatsapp, no te preocupes, es que puedo programar todas esas acciones. Puedo programarlas y que se realicen cuando yo quiero. Puedo programar todo eso, pero no tu puta llamada putamente importante, porque resulta que estoy en un rincón de las Azores sin cobertura ni Internet.

82.

Café Con/suelo

Antes de ayer empezó a funcionar Internet en mi nueva casa. Después de unas semanas intensas de cambios y transformaciones, mudando poco a poco la biblioteca como quien muda esa piel que, a pesar de todo, no puedes dejar atrás, Internet —una ventana al mundo con forma de trampantojo y verdad absoluta— ha llegado por fin. El técnico era un joven venezolano, eficiente y extremadamente educado. Cuando terminó de hacer su trabajo, charlamos unos minutos y le pregunté por esos ovillos de cable que se amontonaban, olvidados, detrás de las puertas de cada uno de los cuartos del apartamento. Me dijo que eran cables antiguos de teléfono, de la compañía que tenían contratada las inquilinas anteriores. “Son cables muertos”, me dijo, “puedes cortarlos sin miedo porque no tienen corriente y, además, no sirven para nada”. Lo dijo con esa sorna que todo buen empleado muestra por las empresas de la competencia. Lo primero, en la guerra, es volar los puentes del enemigo. Pero yo confiaba en el técnico, así que le dije que en cuanto tuviera tiempo los cortaría y me desharía de ellos.

Esta mañana tenía tiempo, así que después de desayunar me he armado con unos viejos alicates con la tenaza roma y oxidada, y, como un buen zapador, me he lanzado dispuesto a apoyar la causa de mi camarada, el técnico venezolano de educación exquisita. Detrás de la puerta del salón he identificado un nudo enorme de cable blanco y grueso. Al ver que el nudo de cable tenía varias terminaciones, he analizado la situación y con las dos manos he recorrido palmo por palmo cada tramo de cable, identificando el origen y su desembocadura. Lo tenía. Así que, armado con mis alicates, he estrangulado uno de los tubos hasta seccionarlo brutalmente. Después del corte, todo seguía igual, lo cual indicaba que había hecho bien al confiar en el técnico. Pero esa era solo una batalla. Junto al cable que acababa de cortar corrían otros tubos igual de blancos e igual de gruesos. Probablemente igual de muertos e inservibles. Satisfecho por el primer movimiento, sintiendo la adrenalina correr por mi cuerpo, he agarrado con decisión otro de los cables hasta atraparlo sin vacilar entre las veteranas cuchillas del alicate.

Antes de cerrar la tenaza con todas mis fuerzas he dejado pasar unos segundos, como si esperara que el tubo de goma y cobre dijera sus últimas palabras, o como si alguien o algo pudiera todavía advertirme. En ese preciso instante, sin permitirme gozar del corte limpio que había imaginado, una explosión ha hecho saltar los plomos, el fogonazo casi me hace caer al suelo y el ruido estridente me ha regalado un pitido en los oídos por valor de diez minutos de sordera. Desde el otro extremo del pasillo, pero como si viniera de Pakistán, he oído una voz que gritaba mi nombre. Los signos de exclamación los imagino, porque el sonido de las palabras llegaba amortiguado y cálido.

Después del susto y la conmoción, he cogido una silla y me he sentado frente al cable a medio seccionar. La cuchilla del alicate ha sufrido lo que hubiera sufrido mi mano, y quién sabe qué mas, si el mango no hubiera sido de plástico. He mirado durante un buen rato el cable partido, con una herida abierta y brillante, saboreando el olor a quemado y preguntándome qué abría pasado si la corriente hubiera atravesado mis huesos. He mirado durante un buen rato ese cable moribundo y peligroso como un animal acorralado. He barajado mis opciones y he decidido llamar a un electricista, pero, mientras recuperaba el oído y conseguía el número de un profesional, algo ha cambiado. He agarrado una camisa, he bajado a la ferretería a por una regleta de conexión y un paquete de cinta aislante de PVC blanca, y he hecho mi primer empalme inorgánico. He pelado y trenzado los cables con el pulso acelerado y el sudor a flor de piel, pero con la actitud de Ethan Hunt en Misión imposible o de Sean Connery en esa película tan mala que protagonizaba con Nicolas Cage, La Roca.

Cuando he terminado, he comprobado que todo funcionaba con una sensación rara de alivio y euforia. Entonces me he hecho un café, he encendido un Toscanello y me he recostado a escuchar la voz melancólica de Jeffrey Martin. Afuera el sol brillaba y yo seguía vivo. “No podrán con nosotros. Hoy no”, he susurrado con aire marcial, pensando en el técnico venezolano, en su eficiencia y en su extremada educación. Y entonces he recordado una cita que leí en El nervio óptico de María Gainza: “Somos cada vez menos. Y no nos quedan municiones. Pero ellos no lo saben”.

81.

Café Con/suelo

A unos trescientos o cuatrocientos metros de la Pirámide me incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un poco más lejos y dije en voz baja: Estoy modificando el Sahara. El hecho era mínimo, pero las no ingeniosas palabras eran exactas y pensé que había sido necesaria toda mi vida para que yo pudiera decirlas. La memoria de aquel momento es una de las más significativas de mi estadía en Egipto.

‘El desierto’ de Borges, en Atlas (1984)

Otra novelita rusa, Gonzalo Maier

Nueva reseña

OtraNovelitaRusa

 

Nueva reseña en Lector salteadoOtra novelita rusa, de Gonzalo Maier (Editorial Minúscula, 2019). Por Mario Aznar

 

Siempre lo digo: hay que leer a Gonzalo Maier. Leer a este escritor chileno es un acto de amor y un ejercicio de humildad. Es volver a preguntarse qué era la literatura para nosotros antes de convertirse en un puñado de nombres importantes y títulos imprescindibles. La literatura era —me atrevo a ensayar una respuesta— encarnar el asombro, hacerle cosquillas a una roca, arañar la superficie del agua.

 

No esperes más y pincha AQUÍ para leer la reseña completa.

80. (1900-2019)

Café Con/suelo

Según las fuentes consultadas, 1900 fue “un año normal comenzado en lunes según el calendario gregoriano”. Empezando porque se trata del último año del siglo XIX, nada parece normal. Picasso realiza su primera exposición individual en Els Quatre Gats. El conde Ferdinand von Zeppelin emprende el primer vuelo con el dirigible rígido LZ 1. El rey de Italia Humberto I muere como consecuencia de un atentado anarquista en la ciudad de Monza. Lenin llega a Múnich, donde reside de manera ilegal con el nombre de Meyer (un buen nombre falso: Meyer). El Gran Huracán de Galveston arrasa, precisamente, Galveston. Se funda Colonia Morelos, unas de las colonias de mormones en el actual estado de Sonora, México. Muere Dios y después Nietzsche (a los 55 años). Hoy, ciento diecinueve años después, corre una brisa fresca proveniente del mar que alivia el sofoco de los últimos días, mientras corrijo unos ensayos  encerrado en el estudio. De aquí a un rato pondré a hervir agua con sal para cocer un puñado de pasta fresca precocinada. No veo las noticias. Los niños no van al colegio. Llevo un par de días sin escuchar música. Esta mañana, mientras desayunaba con mi padre, hemos leído juntos un par de prosas apátridas de Ribeyro. Aunque cueste creerlo, los dirigibles están en desuso y Nietzsche sigue muerto.

79.

Café Con/suelo

Este viernes he empezado el día escuchando O how she dances, de James Luther Dickinson, por recomendación de los búfalos de la editorial Dirty Works. Todo iba bien. El engranaje de la vida estaba bien engrasado con café con leche y música, pero a media mañana he escuchado un ruido raro, muy leve, como el chirriar de una articulación metálica cubierta de polvo y óxido. No he logrado interpretar el sonido hasta saber que Julián Rodríguez Marcos, fundador junto a Paca Flores de la editorial Periférica, ha muerto esta mañana de un infarto —cincuenta años y un infarto—, quién sabe si mientras sonaba la canción de Dickinson. Un sabio joven que ya no está. Él era uno de esos editores a los que se les nota el gusto y la buena mano, como dice M. Un tipo discreto e infatigable. Eso es lo que me gustaría escribir, pero la fatiga le llegó esta mañana, cuando nadie se lo esperaba. Supongo que ni siquiera su pareja y también editora Irene Antón (Errata Naturae), a quien abrazo sin conocerla. No soy muy dado a las conspiraciones, pero pienso en Claudio y en Julián —pienso en Irene— y diría que alguien le guarda cierta inquina al mundo del libro, al mejor lado de ese mundo complejo y algo borroso. A los familiares y amigos de Julián Rodríguez no los consolará nada ni nadie. A sus lectores, sin embargo, nos quedan sus libros, los que él mismo escribió y también los de Yuri Herrera, Rita Indiana, Vicente Valero, Valérie Mréjen o Lorenza Mazzetti. O how she dances. ¿Y si en su canción Dickinson se refería a la vida, a cómo baila la vida? Julián Rodríguez Marcos, infatigable, a pesar de la fatiga.

Dog Soldiers, Robert Stone

Nueva reseña

9788412003000

 

Nueva reseña en Lector salteadoDog Soldiers, de Robert Stone (Malas Tierras, 2019). Por Mario Aznar

 

¿Quién dijo que no se puede hablar de lo que se ama? De eso nada. De hecho, hablamos de una novela dedicada en cuerpo y alma a desmontar el sueño americano para después abandonar sus piezas en las cunetas que flanquean los caminos de la droga, la codicia, la corrupción y la violencia. Pero en ella también hay amor y esperanza, aunque envueltas en esa bruma asfixiante que no está en la selva sino dentro de uno mismo.

 

No esperes más y pincha AQUÍ para leer la reseña completa.

 

La azotea, Fernanda Trías

Nueva reseña

la-azotea_-fernanda-trias

 

Nueva reseña en Lector salteadoLa azotea, de Fernanda Trías (Tránsito Editorial, 2019). Por Mario Aznar

 

En circunstancias normales, o mejor dicho, en las circunstancias actuales del mercado editorial, hablaríamos ahora de este libro como de un fantasma que pasó a nuestro lado pero que no tuvimos tiempo de enseñar a nuestros amigos. Sin embargo, los lectores estamos de suerte porque la joven editorial Tránsito rescata La azotea, de la escritora uruguaya Fernanda Trías. Ahora podemos volver a sumergirnos —o hacerlo por primera vez— en las páginas de un libro escrito con retazos de extrañeza, aislamiento, amor y locura.

 

No esperes más y pincha AQUÍ para leer la reseña completa.