El nervio óptico, María Gainza

Nueva reseña

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El portal web de la Universidad Internacional de Barcelona acaba de publicar mi lectura de la novela El nervio óptico (Anagrama, 2017), de María Gainza. Por Mario Aznar

 

En la línea de otras autoras como Siri Hustvedt, Rachel Kushner y Sheila Heti, o de las iberoamericanas Graciela Speranza, Laura Erber, Sònia Hernández y Verónica Gerber, el libro de Gainza navega entre la historia y la crítica del arte, la crónica social, el ensayo intimista, la ficción histórica y la tan controvertida autoficción. En El nervio óptico, la autora engarza once capítulos que son relatos pendulares, dialécticos, sobre la historia personal de una familia aristocrática venida a menos y la relación de este descenso con distintas incursiones furtivas en la historia de la pintura.

 

No esperes más y pincha AQUÍ para leer el texto completo.

 

89.

Café Con/suelo

Soy miope. Me quito las gafas mientras camino. Diez, veinte metros. Y me las vuelvo a poner. Durante esos segundos recuerdo la fugacidad de la vida y siento la inminencia de la muerte. Los cuerpos informes, una masa que se mueve, un mundo desconocido.

Por la noche, la luz de las farolas es inmensa y el piloto de luz roja de la alarma del coche parece una brasa, una brasa incandescente y redonda como una luna. Por la noche, vivir es un riesgo si eres miope y no llevas gafas. Quizá es por eso que merece la pena quitárselas. Diez, veinte metros, sin detenerse.

Conducir también es un riesgo si eres miope y no llevas gafas. Sujetas con fuerza el volante, el pie firme sobre el pedal del freno con la fe del que se ajusta el cinturón a doce mil metros sobre el nivel del mar. Y liberando una mano te quitas las gafas.

Sientes las vibraciones de los neumáticos, sigues mentalmente las líneas blancas de la autopista que ya son grises y que dibujas mentalmente con el recuerdo o con la imaginación. Ves cómo el coche que antes iba delante tuya ya no está delante ni detrás, aunque está. La luz de los focos se ablanda hasta el punto en que deja de existir la distancia. Todo se mide de otra manera. Descubres que hay otra forma de medir y de mirar, que es dejando de hacerlo. Y sigues.

Mis mejores lecturas de 2019

Nueva reseña

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Por Mario Aznar

Si no estuvieras leyendo este correo significaría que estás de vacaciones, disfrutando de un merecido descanso o borracha como una cuba. En cambio, si sigues al pie del cañón, no esperes más y pincha AQUÍ para descubrir Mis mejores lecturas de 2019.

¡Boom! Llega esa fecha en la que, sin saber uno por qué, se ve impelido a enumerar un puñado de lecturas especialmente memorables. Es la hora de la lista. El año pasado no la hice, pero en 2017 sí, y ahí estaban Jorge Carrión, Samanta Schweblin, Valeria Luiselli o Enrique Vila-Matas, entre otros. Quién sabe si para compensar el vacío de 2018, o para contrarrestar alguna que otra lista estúpida y repetitiva de las muchas que saldrán a la luz estos días, este año toca rendir cuentas con algunos de los libros que me han acompañado durante este año turbulento y productivo (personalmente, incomprensible). Como repite todo el mundo en tiempos de elecciones: si no votas, ellos eligen por ti. Y por ahí sí que no paso. 

Un año más, gracias por seguir apoyando nuestro trabajo. Desde Lector salteado deseamos que pases unas felices fiestas, que sigas disfrutando de la literatura como el primer día y que, si alguien tiene que atragantarse con un polvorón, le toque siempre al de al lado. ¡Feliz Navidad y mejor 2020!

 

87.

Café Con/suelo

Érase una vez un jardín con un parque de juegos y columpios, de esos modernos y cada vez más sofisticados. Era la hora de que los niños salieran del colegio y el parque estaba atestado de criaturas chillonas, hiperventilantes y azucaradas, y padres aletargados, cargados de mochilas, abrigos y prendas varias. En un momento dado, dos niños jugaban con uno de esos extraños artilugios que sustituyen ahora al tobogán o al balancín. El juego consistía en que ambos niños, sentados uno frente al otro, debían hacer girar por turnos y con fuerza un disco de madera clavado a una mesita, que, al detenerse, señalaba con una flecha de color rojo la puntuación obtenida. Uno de los niños, presumiblemente el más inepto, se quejó de la lentitud con que giraba el disco cuando él lo empujaba. “Tienes que jugar más a la ruleta rusa”, le dijo su padre, antes de darse cuenta de que en realidad había querido referirse a “La ruleta de la fortuna”, el célebre y tonto programa de televisión. Enseguida buscó la mirada cómplice de la madre del otro chico, que también supervisaba el juego, como para disculparse y demostrar que era consciente de su propio error. Pero, en lugar de condescender y disculpar el desliz, la madre del otro chico, aletargada, cargada de mochilas, abrigos y prendas varias, miró al padre con una maliciosa media sonrisa -ambos se miraron con una maliciosa media sonrisa- y murmuró: “sí, hijo, tenéis que jugar más a la ruleta rusa”.

85.

Café Con/suelo

Lo que más me gusta de llegar a casa es desnudarme. Antes de nada, en la entrada me vacío los bolsillos y dejo sobre un recipiente de barro coloreado las llaves y el puñado de monedas que suelo llevar encima. Luego me quito los zapatos, la camisa y los pantalones. Como a todos a los que no nos gusta limpiar, soy bastante ordenado. Así que nada más quitarme el pantalón lo doblo para guardarlo en el armario. Siempre, sin excepción, al doblar el pantalón cae una moneda al suelo. Una moneda fugada de la primera purga. No sé cómo lo consigue, pero siempre hay una moneda de dos, cinco, diez céntimos —una moneda pequeña— que escapa del plato de cerámica que trajimos de Nápoles y permanece agazapada en el bolsillo, hasta que doblo el pantalón y entonces cae —generalmente rodando hacia un rincón de difícil acceso. Creo firmemente que se trata de un mensaje del universo. Agacharme a recuperar esa moneda es el peaje que tengo que pagar. Cuanto menor es el valor de la moneada, más transparente es el mensaje. Un castigo; quizá fruto de un malentendido cósmico. Así lo escribió Kafka en “Un viejo manuscrito”: “Hay algún malentendido y este malentendido será nuestra ruina”.