36. El perjurio de la nieve, de Adolfo Bioy Casares [José Óscar López]

Hasta que el cuento aguante

Del encierro a… ¿la inmortalidad? Y si la coincidencia o el tema le interesan, busque cuanto antes La invención de Morel, del mismo autor.

 

Recomendación de José Óscar López, escritor y crítico literario. Es autor de los libros de poemas Vigilia del asesino (Celesta, 2014), Llegada a las islas (Baile del Sol, 2014) y Animal fabuloso (Chamán Ediciones​, 2018). Como narrador ha publicado los libros de relatos Los monos insomnes (Chiado, 2013) y Fragmentos de un mundo acelerado (Balduque, 2017), así como la novela breve Armas de fuego místico, incluida en el volumen colectivo Extraño Oeste (Libros del Innombrable, 2015). Ha colaborado en revistas como QuimeraDerivaEl Coloquio de los Perros u Oculta Lit.

 

El perjurio de la nieve, de Adolfo Bioy Casares

 

Entre las obras de Gustav Meyrink recordaremos el fragmento que se titula El rey secreto del mundo.
ULRICH SPIEGELHALTER, Oesterreich und die
phantastische Dichtung
 (Wien, 1919).

La realidad (como las grandes ciudades) se ha extendido y se ha ramificado en los últimos años. Esto ha influido en el tiempo: el pasado se aleja con inexorable rapidez. De la angosta calle Corrientes perduró más alguna de sus casas que su memoria; la Segunda Guerra Mundial se confunde con la primera y hasta “las treinta caras bonitas” del Porteño están dignificadas por nuestra amnesia; el entusiasmo por el ajedrez, que levantó efímeros quioscos en tantas esquinas de Buenos Aires, donde la población competía con lejanos maestros cuyas jugadas resplandecían en tableros allegados por televisión (presunta), se ha olvidado tan perfectamente como el crimen de la calle Bustamante, con el Campana, el Melena y el Silletero, la Afirmación de los civiles, los entreveros y las “milongas” en las carpas de Adela, el señor Baigorri, que fabricaba tormentas en Villa Luro, y la Semana Trágica. Entonces no deberá asombrarnos que, para algún lector, el nombre de Juan Luis Villafañe carezca de evocaciones. Tampoco nos asombrará que la historia transcripta más adelante, aunque hace quince años sobrecogió al país, hoy se reciba como la tortuosa invención de una fantasía desacreditada.
Villafañe fue un hombre de vastas aunque indisciplinadas lecturas, de insaciable curiosidad intelectual; disponía, además, de ese modesto y útil sustituto del conocimiento del griego y del latín que es el conocimiento del francés y del inglés. Colaboró en Nosotros, La Cultura Argentina y otras revistas, publicó sus mejores páginas anónimamente, en los diarios, y fue el autor de muchos discursos de la buena época de más de un sector del Senado. Confieso que me agradaba su compañía. Sé que llevó una vida desordenada y no estoy seguro de su honestidad. Bebía copiosamente; cuando estaba borracho, contaba sus aventuras con ordenada crudeza. El hecho sorprendía, porque Villafañe era “aseado para hablar” (como decía uno de sus mejores amigos, un compositor de Palermo). Hacia el amor y las mujeres profesaba un tranquilo desdén, no exento de cortesía; creía, sin embargo, que poseer a todas las mujeres era algo así como un deber nacional, su deber nacional. De su aspecto físico recordaré el parecido del rostro con el de Voltaire, la frente elevada, los ojos nobles, la nariz imperiosa y la escasa estatura.
Cuando publiqué una recopilación de sus artículos, alguien quiso ver similitudes entre el estilo de Villafañe y el de Tomás De Quincey. Con más respeto por la verdad que por los hombres, un comentarista anónimo, en Azul, escribió: “Admito que el chambergo de Villafañe es grande; no admito que ese desmesurado atributo, ni tampoco el apodo enano sombrerudo o, más exacta pero más cacofónicamente, petiso sombrerudo, basten para denunciar una identidad, una identidad siquiera literaria, con De Quincey; pero convengo en que nuestro autor (medidas las personas) es un peligroso rival para el mismo Jean-Paul (Richter)”.
A continuación reproduzco su relato de la terrible aventura en que fue algo más que espectador; aventura que no es tan diáfana como aparece al primer examen. Todos los protagonistas han muerto hace más de nueve años; hace por lo menos catorce que ocurrieron los hechos relatados; tal vez alguien proteste y diga que este documento saca del merecido olvido hechos que nunca debieron recordarse ni ocurrir. Yo no discuto esas razones; yo meramente cumplo la promesa que me arrancó en la noche de su muerte mi amigo Juan Luis Villafañe, de publicar, este año, el relato. Sin embargo, atendiendo hipotéticas susceptibilidades, alguna que otra vez me he permitido ingenuos anacronismos y he introducido cambios en las atribuciones y en los nombres de personas y de lugares; hay otros cambios, puramente formales, sobre los que apenas debo detenerme. Bastará decir que Villafañe nunca se ocupó del estilo y que, por eso, observaba normas severísimas: puntualmente suprimía cuanto “que” fuera necesario a su texto, y en trance de evitar repeticiones de palabras no había oscuridad que lo arredrara. Pero mis correcciones no lo hubieran ofendido. Creía que Shakespeare y que Cervantes eran meramente perfectos, pero no ignoraba que él escribía borradores. A pesar de los cambios señalados, que sólo para mi escrúpulo no son significantes, la relación que hoy publico es la primera que expone con exactitud y que permite comprender una tragedia, de la que nunca se conocieron las causas ni la explicación, aunque sí los horrores.
Añadiré, para terminar, que algunas opiniones de Villafañe sobre el llorado, sobre el inmortal Carlos Oribe (de cuya amistad me siento cada día más orgulloso), provenían, simplemente, de su varonil pero indiscriminada aversión por todos nosotros, los jóvenes.

A. B. C.

RELACIÓN DE TERRIBLES SUCESOS
QUE SE ORIGINARON MISTERIOSAMENTE
EN GENERAL PAZ (GOBERNACIÓN DEL CHUBUT)

      Fue en la clara desolación de General Paz donde conocí al poeta Carlos Oribe. El diario me había mandado en una gira para que descubriera deficiencias del gobierno y pruebas del abandono en que se tenía a la Patagonia; para la completa satisfacción de ambos propósitos era superfluo que yo hiciera el viaje; pero, como el candor de los hombres de negocios es inapelable, partí, gasté, me cansé, especialmente cansado y polvoriento llegué en un obstinado mediodía, en ómnibus, al Hotel América, de General Paz. El pueblo comprende ese inconcluso y tal vez amplio edificio, un surtidor de nafta con los colores patrios, la Delegación municipal y, seguramente, alguna casa más de las que agotan su imagen en mi recuerdo; imagen casi nula, pero asociada a una experiencia terrible: lo que hice, lo que haré ya nada importa: en la vida, en el sueño, en el insomnio, no soy más que la tenaz memoria de esos hechos. Todo, aun las primeras impresiones del día —el olor a madera, paja y aserrín, de la casa de comercio (que era una dependencia del hotel), las calles blancamente polvorientas, iluminadas por un sol vertical, y, a lo lejos, desde la ventana, el bosque de pinos— todo quedó contaminado de un siniestro y más o menos preciso valor simbólico. ¿Puedo rememorar la sensación que tuve la primera vez que vi ese bosque? ¿Puedo imaginarlo como una simple arboleda, de presencia un poco inverosímil en esa empedernida esterilidad, pero todavía no alcanzado por los horrores que evoca para siempre?
Cuando llegué, el patrón me condujo hasta una pieza en que había equipajes y ropas de otro viajero, y me pidió que no tardara, porque el almuerzo estaba listo. No me apresuré; un rato después, consciente de mi lentitud, entré en ese comedor, donde oiría el principio de la historia que iba a alterar, con secreta violencia, la vida de tantas personas.
En el comedor había una mesa larga. El patrón retiró un poco la silla y, sin levantarse, me presentó a cada una de las personas que estaban allí: el Delegado municipal, un viajante de comercio, otro viajante de comercio… La esperanza de no ver después del día siguiente ninguna de esas caras, y, sobre todo, el victorioso estruendo de la radio, me disuadieron de escuchar. Pero oí claramente un nombre —Carlos Oribe— y con una sonrisa que todavía no estaba enterada de mi asombro, de mi incredulidad, extendí la mano a un jovencito de voz tan aguda y tan desagradable que parecía fingida. Tendría unos diecisiete años; era alto y encorvado; su cabeza era chica, pero una desordenada cabellera le confería un volumen extraordinario; parecía muy corto de vista.
—Ah, ¿usted es Oribe? —le pregunté—. ¿El escritor?
—El poeta —respondió sonriendo vagamente.
—No lo imaginaba tan joven —dije con sinceridad—. ¿Ha oído mi nombre?
—No, señor. No escucho las presentaciones.
—Soy Juan Luis Villafañe —afirmé con la convicción de haber dado un informe completo.
Ahora deberé informar, tal vez, que hacía pocos meses yo había publicado en Nosotros un artículo titulado “Una promesa argentina”, en que saludaba el libro de Oribe. Es verdad que en Cantos y baladas había encontrado una firme ignorancia, infaltable entre los jóvenes escritores de algún brillo, de las tradiciones y de los temas vernáculos, un estudio escrupuloso, casi diría una imitación ferviente de modelos extranjeros, y, lo que es desalentador, mucha vanidad, algún afeminado capricho y no poca despreocupación de la sintaxis y de la lógica; pero también es cierto que en todo el libro puede advertirse un certero instinto poético y una pasión por la literatura, tal vez menos discreta que avasalladora, pero siempre hermosa. No hay escasez de genios —o, por lo menos, de personas que obran como si fueran genios; me apresuro a reconocer que es lícito confundir a Oribe con ellas; sin embargo, no creo que sea ilícito indicar una distinción: esas personas tienen una indiferencia esencial por el arte; por esta distinción, que tal vez no sea interesante, que tal vez no alcance a los libros, yo saludé la entrada de Oribe en nuestras letras.
—Mire, si nos conocemos —prorrumpió Oribe con su voz más estridente—, la radio me dejó sordo también de la memoria.
Antes que dijera algo irreparable, le expliqué:
—Pensé que usted recordaría mi nombre porque yo escribí sobre su libro, en Nosotros.
Su cándido rostro se iluminó con el más franco interés.
—Ay, qué lástima —exclamó, súbitamente compungido—. No lo leí. Nunca leo diarios ni revistas. Leo La Nación, cuando publica mis poemas.
Le razoné mi elogio de Cantos y baladas (aclaro: no sentía ni siento necesidad de justificarlo) y recordé algunos versos que me habían parecido felices. De pronto me vi efusivamente palmeado y congratulado.
—Excelente, excelente —repetía Oribe, en un tono que manifestaba una generosa intención de estimularme.
No debe creerse que este diálogo nos distanció. Dos días después hicimos juntos el viaje a Bariloche. En ese intervalo había ocurrido la terrible desgracia.
Los únicos pasajeros del ómnibus éramos una señora enlutada, Oribe y yo. Nosotros estábamos tristes y no teníamos ganas de hablar; era evidente, en cambio, que la pobre vieja quería iniciar cualquier conversación. El ómnibus se detuvo a cargar nafta. Bajamos a caminar. Oribe me dijo con insospechada dureza:
—No estoy dispuesto a darle el gusto.
Se refería, naturalmente, a la pobre mujer. Yo creía que una conversación con ella era nuestro poco fascinador, pero no espantoso destino. Un rato después, la señora se aventuró a preguntarme si el próximo pueblo era Moreno; estaba a punto de contestarle, cuando, sentándose con las piernas cruzadas en el piso del ómnibus y levantando los brazos y mirándome en los ojos, Oribe gritó con su horrorosa voz:

Sentados en el suelo, que al fin es la verdad,
narremos con tristeza las muertes de los reyes,
y hablemos de epitafios, de tumbas, de gusanos.

       Se dirá: esto era pueril, desmedido, inoportuno. Pero había, tal vez (entre los confusos motivos de Oribe), una intención benévola: combatir nuestra melancolía. La señora se rió mucho y los tres nos pusimos a conversar. Se dirá (también): esto era lo que Oribe quería impedir. Pero no olvidemos que él era sensible a cualquier homenaje, y que la señora, como tantas personas que lo conocieron, estaba enormemente impresionada. Yo oculté mi impresión: creí reconocer en aquellos versos la improvisada traducción de unos de Shakespeare, y en esa típica ocurrencia de Oribe la reproducción de una de Shelley.
Pero no quiero sugerir que todos los actos de Oribe fueran plagios. Hay anécdotas que retratan a los hombres. Esa tarde, mientras intentaba dormir una siesta, oí la voz de Oribe, que parecía venir del jardín y que repetía, inextinguible como el ave fénix, la muerte de Tristán. Finalmente decidí proponerle que tomáramos un café. Cuando salí al jardín, Oribe no estaba. El patrón apareció en la puerta; le pregunté si lo había visto.
—No —gritó Oribe, desde lo alto—. Nadie me ha visto —y continuó sin ningún pudor—: Estoy aquí, en el árbol. Yo siempre me trepo a un árbol cuando quiero pensar.
Ese mismo día, al anochecer, conversábamos con algunos viajantes y con el Delegado. Oribe parecía interesado en la conversación. De pronto empieza a dar signos de creciente impaciencia y, por fin, corre hacia el interior de la casa. La persona que hablaba olvida lo que estaba diciendo; los demás pretendemos disimular nuestro asombro. Oribe vuelve; su rostro expresa la beatitud del alivio. Le pregunto por qué se había ido.
—Por nada —responde con ingenua tranquilidad—. Fui a ver una silla. No recordaba cómo eran las sillas.
Temo haber dado una impresión inexacta de mi pensamiento sobre Oribe; nada es más difícil que lograr la expresión justa: no ser deficiente, no excederse. He releído estas páginas y temo que la maliciosa, o distraída, o aparentemente justificada conclusión pueda ser que la originalidad que yo le concedo a Oribe se agote en dos anécdotas más o menos grotescas. Sin embargo, ahí están sus Cantos y baladas. Le agrade o no al lector, son la indisputable adquisición de los hombres, que los cantarán y los elogiarán infatigablemente. Ahí está, sobre todo, su conmovido temperamento poético. Carlos Oribe era intensamente literario, y quiso que su vida fuera una obra literaria. Siguió a los modelos de su predilección —Shelley, Keats— y la vida u obra conseguida no es más original que una combinación de recuerdos. Pero, ¿qué otro resultado puede lograr la inteligencia más audaz o la fantasía más laboriosa? Nosotros, que lo miramos con una simpatía morigerada por un rutinario sentido crítico, creemos que su paso por la brevísima historia de nuestra literatura será, para siempre, el de un símbolo: el símbolo del poeta.
Vuelvo a ese día en que almorzábamos en General Paz. Como he dicho, la mesa estaba colocada frente a una ventana; a través de la ventana, a lo lejos, veíamos el bosque de pinos.
—¿Una estancia? —preguntó alguien (no recuerdo si Oribe o algún viajante, o yo mismo).
—La Adela —contestó el Delegado—. De un tal Vermehren, un dinamarqués.
—Un hombre muy derecho, señores —afirmó el patrón—. Loco por la disciplina.
El Delegado replicó:
—No solamente por la disciplina, don Américo. Viven en 1933, como hace veinte años, en plena civilización, como en una estancia perdida en medio del campo.
Oribe se levantó.
—Brindo por la civilización —gritó con su voz aguda—. Brindo por el aparato de radio.
Pensé que la civilización llegaba a todos los rincones de la República, salvo a nuestro penoso bromista. Los demás lo miraron sin interés. Oribe volvió a sentarse.
—Es un caso increíble y misterioso el de La Adela —dijo abstraídamente el Delegado.
¿Increíble y misterioso porque vivían en 1933 como hace veinte años…? Tuve ganas de pedir una explicación, pero temí que Oribe descubriera mi curiosidad y me despreciara. El patrón se retiró taciturnamente. No fue indispensable que yo pidiera la explicación.
—¿Ven esa tranquera? —preguntó el Delegado.
Nos levantamos a mirar. En el bosque de pinos divisamos una tranquera blanca, debajo de un pequeño techo.
—Hace año y medio que nadie entra ni sale por ahí —el Delegado continuó—: Todos los días, a la misma hora, Vermehren llega hasta la tranquera en un coche de mimbre, tirado por una yegua tordilla. Recibe a los proveedores y se vuelve a la estancia. Casi no les habla. “Buenas tardes”, “Adiós”. Siempre las mismas palabras.
—¿Podremos verlo? —preguntó Oribe.
—Aparece a las cinco. Pero yo no me pondría a tiro. A propósito de tiros: Vermehren dijo que de las visitas se encargaría la Browning. Esto lo sé por el peón que pudo fugarse.
—¿Que pudo fugarse?
—Así es. Tiene la gente presa; recluida prácticamente. Dan lástima las muchachas.
Pregunté quiénes vivían en La Adela.
—Vermehren, sus cuatro hijas, unas pocas mujeres del servicio y algún peón de campo —respondió el Delegado.
—¿Cómo se llaman las muchachas? —preguntó Oribe, con los ojos muy abiertos.
El Delegado pareció vacilar entre contestar o insultarlo. Contestó:
—Adelaida, Ruth, Margarita y Lucía.
Inmediatamente se demoró en una prolija y totalmente superflua descripción del bosque y de los jardines de La Adela.
En Buenos Aires conocí la historia de Luis Vermehren. Era el hijo menor de Niels Matthias Vermehren, que tuvo la gloria de ser el único miembro de la Academia Danesa que votó para que se premiara un libro de Schopenhauer. Luis nació alrededor del año 70; tenía dos hermanos: Einar, que siguió como él la carrera eclesiástica, y el mayor, el capitán Matthias Mathildus Vermehren, célebre por la disciplina que imponía a las tripulaciones, por su aspecto andrajoso, por su terrible piedad y por haber muerto, por su propia mano, en la Tierra del rey Carlos, después de abandonar como una rata su barco en medio de la noche y del naufragio. (H. J. Molbech, Anales de la Real Marina Danesa, Copenhague, 1906.) Einar y Luis Vermehren lograron cierta notoriedad por su lucha contra el Alto Calvinismo, cuando esa lucha excedió los límites de la retórica y los cielos de la pacífica Dinamarca se iluminaron con el incendio de las iglesias, intervino el gobierno. (Einar comentó después: En un país liberal, Luis reavivó pasiones que dormían desde hacía trescientos años; si hubiera vivido en el siglo XVI lo hubiera quemado al mismo Calvino.) Representantes de la Corona pidieron a los pastores arminianistas que firmaran un compromiso. Einar fue de los últimos en firmar, y entonces, como en la sorpresa final de un cuento, se vio que el héroe de la agitación religiosa no había sido él, como se había creído, sino Luis. Éste, en efecto, no admitió concesiones. Aunque su mujer estaba enferma (acababa de tener a su hija Lucía), prefirió salir de Dinamarca. Poco después, en un atardecer de noviembre de 1908, se embarcaron en Rotterdam, hacia la Argentina. La mujer murió en alta mar. Esa muerte fue inesperada para Vermehren, que sólo pensaba en sus luchas religiosas y en la traición del hermano; esa muerte fue como un castigo irremisible y como una advertencia atroz; Vermehren decidió refugiarse con sus hijas en un lugar solitario; decidió irse a la Patagonia, en el fondo de la Argentina, en el fondo de “ese inacabable y solitario país”. Compró el campo del Chubut y empezó a trabajar para ocuparse en algo. Muy pronto lo apasionó el trabajo. Consiguió que le prestaran grandes sumas de dinero y, con una disciplina y con una voluntad casi inhumanas, organizó un admirable establecimiento, levantó en el desierto jardines y pabellones y en menos de ocho años pagó totalmente su enorme deuda.
Pero sigo con mi relato de esa primera tarde en el Hotel América. Era la hora del té; en grandes tazones enlozados tomábamos unos mates con galleta. Recordé nuestra intención de espiar a Vermehren cuando apareciese en la tranquera.
—Son casi las cinco —dije—. Si no salimos en seguida, no lo vemos. Estamos lejos.
—Desde nuestra pieza estaremos cerca —gritó Oribe.
Lo seguí, resignado. Ya en la pieza (creo haber dicho que la compartíamos), abrió impúdicamente una valija cubierta de rótulos, y con ademán y sonrisa de prestidigitador sacó unos importantísimos anteojos de larga vista. Me hizo una leve reverencia, para que me acercara a la ventana, levantó los anteojos y se puso a mirar. Yo esperaba que me los ofreciera.
A lo lejos, en el bosque, mis ojos divisaban la pequeña tranquera con el techo, y, más allá, un camino angosto que se perdía oscuramente entre los árboles. De pronto apareció una mancha blanca; después fue un caballo, tirando un coche. Miré a mi compañero; no sentía urgencia de prestarme los anteojos. Se los quite, los enfoqué y vi con nitidez un caballo blanco, tirando un coche amarillo, en el que iba tiesamente sentado un hombre vestido de negro. El hombre bajó del coche, y cuando lo vi caminar hacia la tranquera, ínfimo y diligente, tuve la extraña impresión de que en ese acto único veía superpuestas repeticiones pasadas y futuras y que la imagen que me agrandaba el anteojo estaba en la eternidad.
Lo felicité a Oribe por sus anteojos y fuimos a tomar unas copas.
—Caballeros —gritó Oribe, con su voz de rata—. Atención. Después de lo que he visto, no me voy sin conocer La Adela.
El patrón le creyó.
—No le arriendo la ganancia —dijo desapasionadamente—. El dinamarqués tiene enferma la cabeza, pero no el pulso. ¿Y usted sabe los perros que hay allí? Si lo agarran, lo dejan como para sembrarlo a voleo, amiguito.
Para cambiar de conversación, le pregunté a Oribe qué amigos tenía en Buenos Aires.
—Carezco de amigos —respondió—. No creo arriesgado, sin embargo, dar ese título al señor Alfonso Berger Cárdenas.
No pregunté más. Sentí que Oribe era un monstruo, o que por lo menos, éramos dos monstruos de escuelas diferentes. Yo había hojeado un libro de A.B.C., yo había escrito sobre el precoz autor de Embolismo y de casi todos los errores que sin mucho trabajo puede cometer un escritor contemporáneo (casi todos: de acuerdo con su lista de obras, aún le quedaban algunos cuentos y algunos ensayos en preparación). Me parece inútil declarar que hoy pienso de otro modo. Berger es mi único amigo; si me atreviera, diría que es el único discípulo que dejo. Pero entonces le agradecí a Oribe la información, y agregué:
—Me voy a la pieza, a escribir. Lo veré luego.
Tal vez lo haya tratado con impaciencia. Tal vez Oribe justificara esa impaciencia. En el recuerdo, sin embargo, es una figura patética: lo veo esa noche en la Patagonia, alegre, erróneo y animoso, a la entrada misma de un insospechado laberinto de persecuciones.
A eso de las diez y cuarto salió del hotel. Declaró que iba a caminar, para pensar en un poema que estaba escribiendo. Hacía tanto frío, que eso era una locura desmedida, aun para Oribe. No le creí; no le contesté; lo dejé salir. Partió lúgubremente, como a cumplir un horrible compromiso. Después salí yo. La noche estaba oscura; por más que anduve no lo encontré. Entré en el bosque de pinos. No tengo miedo a los perros; en casa, cuando era chico, siempre había algún perro, y sé tratarlos. Después salió la Luna y empezó a nevar. Yo estaba a unos cincuenta metros del hotel, pero nevó fuerte y llegué con las botas sucias. Adentro, Oribe me esperaba, asonsado por el frío. Volvió a hablarme del poema y volví a no creerle. Tomamos unas copas. El poeta las necesitaba; a lo mejor yo también. Le conté mi excursión. Yo debía de estar medio borracho. Me parecía que Oribe era un gran amigo, digno de confidencias, y lo obligué a quedarse hasta el alba, mientras yo charlaba y bebía.
Al otro día me desperté muy tarde. Oribe estaba de pie frente a la ventana, con ojos de asombro y con los brazos abiertos.
—¡Otro mito que muere! —exclamó.
No le pregunté el significado de sus palabras; no quería entenderlas; quería dormir. Pero él continuó:
—En este mismo instante un automóvil entra en La Adela. Exijo una explicación.
Se fue. Empecé a levantarme. Volvió al rato: su abatimiento era notorio, casi teatral.
—¿Qué sucede? —le pregunté.
—La prohibición de entrar en el bosque ya no existe… Ya no existe. Una de las muchachas ha muerto.
Salimos lentamente. El patrón nos saludó desde lo alto de un viejo automóvil.
—¿A dónde va? —le preguntó Oribe, con su natural impertinencia.
—A Moreno, a buscar un médico. Al de aquí le cortaría el pescuezo. Lo vi esta mañana para que fuera a la estancia, por el certificado; ahora me avisan de la estancia que no ha ido. Mando un chico a su casa y le dicen que se fue al Neuquén.
Un viajante nos preguntó si concurriríamos al velorio. Oribe le aseguró que no.
—Pueden ir —dijo el patrón—. Va todo el pueblo.
La decisión de Oribe era firme. Tal vez tuviera razón, ir al velorio tal vez fuera desagradable; pero me irritaba que tomara decisiones por mí y que se metiera en mis cosas.
A la tarde no sabíamos qué hacer. No podíamos irnos, porque hasta el día siguiente no había ómnibus. Toda la gente de General Paz estaba en el velorio. No teníamos ganas de conversar. Yo pensaba en la muchacha muerta. Oribe también, seguramente. No me atreví a preguntarle si sabía el nombre de la muchacha (en general lo trataba con autoridad; sin embargo, en algunas ocasiones me cuidaba vergonzosamente, como si temiera su opinión).
Por fin, me preguntó:
—¿Vamos al velorio?
Acepté. Fuimos caminando, porque no quedaba ningún vehículo en General Paz. Era casi de noche cuando cruzamos la tranquera de La Adela, en silencio, con una compartida solemnidad que ha de parecer una tontería, o un presagio. Oribe murmuró:
—Con tal que hayan atado los perros.
—¿Cómo no van a atarlos —repliqué—, si invitan al velorio?
—Yo no me fío en los rústicos —aseguró, mirando para todos lados.
Durante unos diez minutos seguimos por ese camino entre árboles. Después llegamos a un lugar abierto (pero rodeado, de lejos, por arboledas). En el fondo estaba la casa. Alguna vez, en fotografías de Dinamarca, habré visto casas parecidas a la de Vermehren; en la Patagonia resultaba asombrosa. Era muy amplia, de altos, con techo de paja y paredes blanqueadas, con recuadros de madera negra en las ventanas y en las puertas.
Llamamos, alguien nos abrió, entramos en un vasto corredor muy iluminado (extraordinariamente, para una casa de campo), con las puertas y las ventanas pintadas de azul oscuro, con estanterías repletas de objetos de porcelana o de madera, con alfombras de colores brillantes. Oribe dijo que al penetrar en la casa tuvo la impresión de penetrar en un mundo incomunicado, más incomunicado que una isla o que un buque. Realmente, los objetos, las cortinas y las alfombras, el rojo, el verde o el azul de las paredes y los marcos, determinaban un ambiente de interior casi palpable. Oribe me tomó del brazo y murmuró:
—Esta casa parece levantada en el centro de la Tierra. Aquí ninguna mañana tendrá cantos de pájaros.
Todo esto era una afectada exageración, una desagradable exageración; pero lo repito porque expresa con bastante fidelidad lo que podía sentirse al entrar en la casa.
Pasamos luego a un enorme salón, con dos grandes chimeneas en cuyos hogares crepitaban las ramas de los pinos en violentas fogatas. En la penumbra de un ángulo distante, percibí un grupo de personas. Alguien se levantó y vino desde allí a recibirnos. Reconocimos al Delegado.
—El señor Vermehren está muy abatido —nos anunció—. Muy abatido. Vengan a saludarlo.
Lo seguimos. En un sillón alto, rodeado de hombres callados, estaba Vermehren, vestido de negro, con la cara (que me pareció blanquísima y carnosa) reclinada sobre el pecho. El Delegado nos presentó. Ningún movimiento, ninguna respuesta, señaló que la presentación fuera oída, o que Vermehren viviera. El grupo continuó en silencio. Al rato, el Delegado nos preguntó:
—¿Quieren verla? —Extendió un brazo. —Está en ese cuarto. Las muchachas la velan.
—No —me apresuré a contestar—. Hay tiempo.
Miré hacia arriba. El salón era muy alto. En uno de los extremos había un coro o entrepiso, que ocupaba todo el ancho. Al frente, el coro tenía una balaustrada roja; en el fondo, se veían dos puertas rojas. Un grueso coronado verde, como un telón de teatro, colgaba del entrepiso, cubriendo un extremo del salón.
Oribe se apoyó desaprensivamente en una lámpara de pie, con águilas, que estaba al lado de Vermehren. Me preguntó con alguna timidez:
—¿En qué piensa?
En seguida le mentí:
—Pienso que hace mucho que no escribo nada para el diario. No encuentro tema.
—¿Y esto…? —preguntó Oribe.
—Es claro —dijo el Delegado.
—No. No me atrevo —respondí.
El Delegado insistió:
—Sería un honor para el señor Vermehren.
—Todavía —dije— si tuviera una fotografía de la muchacha.
Me sentí definitivamente canallesco; el Delegado y Oribe acogieron con entusiasmo la sugerencia.
—Señor Vermehren —exclamó el Delegado, en voz muy alta y con alguna indecisión—. El señor, aquí, es de los diarios. Quisiera escribir una notita necrológica.
—Gracias —murmuró Vermehren. No hizo ningún ademán. La cabeza estaba reclinada sobre el pecho. Yo me estremecí, como si hubiera hablado un muerto.— Gracias. Cuanto menos se hable, mejor.
—El señor —insistió el Delegado, señalándome con el dedo— sólo pide una fotografía. Indispensable para la nota.
—Su hija la merece —apoyó Oribe, cándido y despiadado.
—Bueno —murmuró Vermehren.
—¿Nos va a dar la fotografía? —preguntó Oribe.
Vermehren asintió. No tenía fuerzas para luchar contra personas tan ávidas. Casi me tienta la compasión, casi lo ayudo… Dejé que se arreglaran entre ellos.
—¿Cuándo la tendremos? —Oribe inquirió.
—Cuando venga una de las muchachas. Estoy cansado, por eso no voy yo mismo.
—Nunca lo permitiría —dijo Oribe, con dignidad. Inmediatamente insistió—: ¿Dónde la tiene?
—En mi dormitorio —balbuceó Vermehren.
Oribe estaba rígido, con la cabeza levantada y los ojos cerrados. Después, con un brusco movimiento, como en una brusca inspiración, pasó al otro lado del coronado verde. Apareció en lo alto del coro; se detuvo entre las dos puertas, indeciso. Abrió la puerta de la izquierda y desapareció.
El Delegado miraba plácidamente hacia el coro. Abrió mucho los ojos.
—¿Cómo? —articuló.
Había que inventar una explicación, evitar una rápida catástrofe.
—Es un poeta, un poeta —repetí con fatuidad.
Oribe apareció de nuevo, se perdió hacia abajo, surgió detrás del coronado. Traía en la mano una fotografía. Yo quise verla; se la tendió a Vermehren. Temblando, le oí preguntar:
—¿Es ésta?
Durante un tiempo que me pareció largo, pero que tal vez fue la fracción de un segundo, Vermehren siguió inmóvil, con la cabeza reclinada sobre el pecho, como adormecido en el dolor. Después, como si la proximidad de la fotografía lo reanimara, se irguió. Encendió la lámpara. Era flaco y alto, y en su rostro carnoso, blanco y femenino, los labios tenues y los grandes ojos celestes parecían expresar una impávida crueldad.
En ese momento entró una de las muchachas. Puso una mano sobre un hombro de Vermehren y dijo:
—Ya sabes: no te conviene agitarte. —Apagó la lámpara y se alejó.
Según Oribe, el Delegado comentó después la insistencia con que yo había mirado a la muchacha.
Me fui a sentar en un sofá, junto a una portada que se comunicaba por un corredor con el cuarto en donde estaba la muerte. Por ahí pasaban los que iban a mirarla. Estuve mucho tiempo; tal vez horas. Vi pasar a una de las muchachas. Lo vi pasar a Oribe; lo vi salir; me rehuyó la mirada; tenía lágrimas en los ojos. Vi pasar a otra muchacha.
Por fin me levanté y le dije a Oribe que nos fuéramos de la casa. No quiero ver personas muertas: después no puedo recordarlas como vivas. Le pregunté si tenía la fotografía; me respondió afirmativamente, con una voz temblorosa. Cuando estuvimos afuera se la reclamé. Había tan poca luz que apenas pudimos encontrar el camino.
En el hotel, Oribe pidió un anís; yo no quise beber. La noche se había acabado en seguida, aunque estábamos tristes, callados y despiertos. Me dormí poco antes de las ocho de la mañana. Creo que Oribe no durmió.
Al rato me desperté: no tenía ánimo para nada y me quedé en la cama hasta el mediodía. Oribe fue al entierro. Después tomamos el ómnibus y emprendimos el regreso a Buenos Aires (por Bariloche, Carmen de Patagones y Bahía Blanca). Esa primera tarde, Oribe estaba muy deprimido; sin embargo, hizo más payasadas que nunca.
Antes de separarnos me pidió que le mostrara por una última vez la fotografía de Lucía Vermehren. La tomó con ansiedad, la miró de muy cerca durante algunos segundos y bruscamente cerró los ojos y me la devolvió.
—Esta muchacha —murmuró como buscando la expresión—, esta muchacha estuvo en el infierno.
Confieso que no reflexioné si había algo de justo en sus palabras; le dije:
—Sí, pero la frase no es suya.
—Eso no tiene la menor importancia —afirmó con aplomo y yo sentí que le había revelado la pobreza contumaz de mi espíritu—. Los poetas carecemos de identidad, ocupamos cuerpos vacíos, los animamos.
Ignoro si tenía razón. He justificado alguno de sus actos atribuyéndolos a un deseo, tal vez inmoderado, de improvisar una personalidad; quizá hubiera sido más justo imputarlos a motivos literarios, pensar que él trataba los episodios de su vida como si fueran los episodios de un libro. Pero lo que no puedo ignorar es que sus palabras ante la fotografía de Lucía Vermehren, aunque sean ajenas, reclaman para él ese poder adivinatorio que la Antigüedad atribuía a los poetas.
En Buenos Aires lo vi muy poco. Sé, por las mujeres de la pensión, que llamó por teléfono algunas veces, cuando yo no estaba. El último recuerdo que me dejó, y el más vehemente, es el de una noche que entró en el diario, con el pelo revuelto y los ojos desorbitados.
—Quiero hablarle —gritó.
—Lo escucho.
—Aquí no —miró alrededor—. A solas.
—Lo siento —le dije—. Todavía me falta media columna.
—Esperaré —dijo.
Se quedó de pie, inmóvil, mirándome fijamente. Tal vez no lo hiciera para incomodarme; su mirada me incomodó. “No me vas a ganar”, pensé, y con toda calma, casi diría con lentitud, seguí redactando el suelto.
Cuando salimos llovía y hacía frío. Oribe trató de tomar el lado de las casas, en la vereda, tomó el otro. Lo vi empaparse y empezar a toser. Antes de hablarle, dejé que pasara un rato.
—¿Qué quiere? —le pregunté.
—Invitarlo a un viaje. A Córdoba. Yo pago todo.
No solamente era rico: tenía la insolencia del dinero. Me indignaba, además, que se creyera tan amigo. ¿Por qué yo iba a acompañarlo en un viaje? El de la Patagonia había sido casual.
—Imposible —le dije.
Hoy tengo la satisfacción de haber sido atento: de haber agregado:
—Mucho trabajo.
Insistió quejosamente y sólo consiguió aumentar mi irritación. Cuando se convenció de que no lo acompañaría, me dijo:
—Tengo que suplicarle una cosa.
Me parecía que ya había suplicado bastante. Siguió:
—No quiero que sepan que me voy a Córdoba. Le pido por favor que no se lo diga a nadie.
No les pregunté a las mujeres si llamó. En cuanto al secreto del viaje, ignoro si lo guardé; creía entonces, y a veces lo creo todavía, que Oribe nunca ha de haber querido que nadie le guarde ningún secreto. Pero tengo la conciencia tranquila: nada, ni mis palabras, ni mi silencio, pudo modificar los hechos que luego ocurrieron.
Dos meses después de esa noche en que mis ojos desafectos lo vieron perderse, conmovido y fútil, en la exaltada iluminación de Buenos Aires, dos meses después de esa noche en que penetró en una limitada geografía de angustia y de persecución, un carabinero lo encontró muerto en un lejano jardín de la ciudad de Antofagasta. Luis Vermehren, detenido a los pocos días por la policía, confesó el asesinato; pero ni los especialistas locales ni los que se enviaron desde Santiago lograron que explicara los motivos que tuvo para cometerlo. Sólo pudieron averiguar que Oribe había pasado por Córdoba, Salta y La Paz, antes de llegar a Antofagasta, y que Vermehren había pasado por Córdoba, Salta y La Paz antes de llegar a Antofagasta. Tomé el asunto con tranquilidad. Pensé escribir una serie de artículos que narraran la persecución de Oribe por Vermehren y aludir paralelamente a las persecuciones de las luces por la Iglesia. Esta excelente idea quedó abandonada, porque me convencí de que debía hacer algo más; no sin mucho trabajo logré que el mismo director que me había mandado tan superfluamente a la Patagonia me permitiera ir, por cuenta del diario, a donde yo quisiese, en el país o fuera de él, para ocuparme del asesinato de Oribe.
Era un jueves. Unos amigos me consiguieron para el domingo un asiento en el avión de la línea militar a Bariloche; para el miércoles, saqué boleto en el avión que va a Chile.
Visité sin ninguna esperanza a una tal Bella, una amiga dinamarquesa, casada con un ingeniero que trabajaba en Tres Arroyos. Me parecía que no bastaba que una persona hubiera nacido en Dinamarca para que supiera la historia de los Vermehren; esto sólo en apariencia era razonable, porque en el país no hay muchos dinamarqueses, de manera que todos tienen noticias de los demás, o saben quién puede tenerla. Bella me presentó a un señor Grungtvig, de Tres Arroyos, que estaba de paso en Buenos Aires. Esa noche, en el Germinal, mientras oíamos tangos, Grungtvig me dijo casi todo lo que sé de Vermehren. La noche siguiente volvimos a reunirnos. Me completó los datos sobre Vermehren y vimos la madrugada, melancólicos y fraternos, conversando sobre la estéril, sobre la decorosa repugnancia que todos tenemos por las autoridades, convencidos del porvenir desesperado de la vida política en la Tierra y, en especial, en la República; pero no sentíamos como una desdicha nuestras predicciones y nuestra resignación, los tangos, que llegaban a ser Una noche de garufa, La viruta y El Caburé, nos animaban, al dinamarqués y a mí, de un secreto patriotismo común, de una indiscriminada voluntad de acción, de una jubilosa agresividad.
El domingo al atardecer llegué a Bariloche. Convine con el chofer que me llevó desde el aeródromo hasta el hotel que a la mañana siguiente iríamos a General Paz.
Salimos temprano y pasamos todo el día viajando. Le pregunté al chofer si el doctor Sayago seguía atendiendo en General Paz. El hombre no sabía nada de General Paz.
Llegamos. Bajé, cubierto de tierra y enfermo de cansancio, en la casa del médico. Me abrió la puerta el doctor Sayago; se presentó él mismo y me extendió una mano extraordinariamente pálida, húmeda y fría. Era de escasa estatura, tenía el pelo y el bigote partidos en mitades iguales, con rayas al medio y ondas paralelas. Me ofreció un horrible brebaje, que resultó ser un vino que él mismo preparaba, alabó su aparato de radio (le permitía “oír el Colón y los discursos de una cantidad de señores con puestos públicos”) y me invitó a sentarme. Cuando supo que yo era periodista y, después, que no intentaba hacerle un reportaje, perdió gradualmente la amabilidad. Lo interpelé:
—Vine a preguntarle por qué usted no quiso ir a La Adela, a dar el certificado de defunción de Lucía Vermehren.
Abrió mucho los ojos y pensé que le hubiera gustado llevarse el aparato de radio y hacerme vomitar (lo que no era difícil) su absurdo brebaje. Sin duda quería darse importancia y hablar; pero no hablar del asunto Vermehren. Su actitud era justificable: ignoraba hasta dónde podría llevarlo nuestra conversación y ninguna persona decente quiere tratos con la policía. Antes que respondiera, le expliqué:
—Elija entre hablar conmigo o con las autoridades. Si habla conmigo no va a arrepentirse. Yo hago esta investigación por mi cuenta y no pienso comunicar a nadie los resultados. Elija.
El hombre se tragó un vaso de su propio vino y pareció reanimarse.
—Bueno —exclamó triunfalmente—, si me promete discreción, hablaré. Yo examiné a la señorita Vermehren un año y medio antes de la fecha en que dicen que murió. No podía vivir más de tres meses.
—Dar el certificado —interpreté sin entusiasmo— era admitir un error profesional…
El doctor Sayago se restregó las manos.
—Si quiere verlo así —comentó— no tengo inconveniente. Pero le prevengo: después de la fecha de mi examen la señorita Vermehren no pudo vivir más de tres meses. Le concedo: cuatro meses; cinco. Ni un día más.
Regresé a General Paz esa misma noche; a la mañana siguiente tomé el avión para Buenos Aires. Durante el viaje tuve sueños; mis emociones y acaso la tenacidad del movimiento y del cansancio debieron regir esas horribles fantasías. Yo era un cadáver, y, en el sueño, el deseo de acabar el viaje era el deseo de que me enterraran. Soñé que todos mis amigos eran fantasmas de personas que se habían muerto; muy pronto morirían también como fantasmas. Un temor no especificado me impedía mirar la fotografía de Lucía Vermehren: ya no era una fotografía lo que yo miraba, lo que yo adoraba, lo que yo tocaba. Después hubo un cambio atroz; cuando volví a mirarla, aunque nunca dejé de mirarla, se me castigó por esa interrupción retrospectiva: la imagen se había borrado, quedaba un papel en blanco y supe definitivamente que Lucía Vermehren estaba muerta.
Llegamos al atardecer. Yo estaba cansado, pero ésa era mi última tarde en Buenos Aires y quería verlo a Berger Cárdenas antes de irme a Chile. Llamé por teléfono a su casa; me atendió él mismo y me dijo que no estaba; le dije que lo visitaría a la noche.
Han pasado años desde esa entrevista; sin embargo, al evocarla hoy, vuelvo a sentir el mismo arrepentimiento y el mismo asco. Berger debió quedar como un símbolo, su mero recuerdo como un incesante conjuro de esos horrores; pero tan inescrutable es el desarrollo de nuestros sentimientos que ese hombre llegó a ser el más conspicuo de mis amigos, y, me atrevo a agregar, durante las inextinguidas miserias de mi larga enfermedad, el mejor enfermero y el mejor sirviente.
Entre perros enormes, que silenciosamente surgían y volvían a desaparecer en la oscuridad, seguí a un evasivo portero, por una serie de patios irregulares y después por un jardín donde había un pabellón con una escalera exterior, y un solo árbol, que en la noche parecía infinito. Subimos la escalera, abrimos la puerta y entré en una pieza vivamente iluminada, con las paredes cubiertas de libros. Congestionado y benévolo, Berger se levantó de un horrible sillón con brazos metálicos y avanzó a recibirme.
No perdí tiempo en amabilidades. Le pregunté si Oribe había escrito algo sobre el viaje a la Patagonia.
—Sí —contestó—. Un poema. Lo conservo todavía.
Abrió un cajón atestado de papeles revueltos y sucios; hurgó ahí adentro y al rato sacó un cuaderno de tapas rojas. Se dispuso a leer.
—Yo se lo copié —declaró—. De mi puño y letra.
—No tiene importancia —dije; le saqué el cuaderno—. Descifro las peores escrituras.
El título me hizo estremecer: “Lucía Vermehren: un recuerdo”. Leí el poema y me pareció la fijación débil y perifrástica de sentimientos intensos; pero éste es un juicio posterior y confieso que esa noche sólo pude expresar una confusa, aunque violenta, emoción. Una emoción, indudablemente, es una forma humildísima de crítica; sin embargo, por merecerla, el poema se distingue entre todos los de Oribe (a pesar de las férvidas intenciones de imitar a Shelley, prodigaba nuestro poeta más felicidad verbal que sinceridad). Los versos que leí tenían defectos formales y no eran siempre eufónicos: pero eran sentidos. Como no dispongo de esa calumniosa recopilación póstuma, en donde figura el poema, debo citar de memoria, y, desgraciadamente, recuerdo una de las estrofas más lánguidas. Su primer verso es pobre; las palabras “bosque”, “desierto”, “leyenda”, son valores poéticos análogos y no se refuerzan mutuamente. El segundo verso, émulo de las peores victorias de Campoamor, es indigno de Oribe. En el último la cesura no cae naturalmente; considero, por fin, que la elección de la palabra “desesperanza” no debe reputarse un acierto. La estrofa, en su conjunto (y en su miseria), quizá no delate influencias; pero alguno de sus versos trasluce, al menos me parece a mí, vestigios de Shelley; mi desmemoriado oído, sin embargo, se niega a precisarlos.

Descubrí una leyenda y un bosque en un desierto,
y en el bosque a Lucía. Hoy Lucía se ha muerto.
Levántate Memoria y escribe su alabanza,
aunque Oribe caduque en la desesperanza.

      Le pregunté a Berger si Oribe no le había contado nada de su viaje.
—Sí —dijo—. Me contó una aventura rarísima.
Berger empezó por el “misterio” del bosque de pinos, y continuó:
—Usted recordará que Oribe salió del hotel una noche, a eso de las diez, con el pretexto de pensar en un poema que estaba escribiendo. La noche era muy oscura (tan oscura, me dijo, que sólo descubrió que había andado entre nieve cuando se miró las botas, en el hotel). Se dirigió como pudo al bosque de pinos. Los perros no le salieron al paso; se alegró de esto, porque los temía, aunque sabía tratarlos…
—Creo que él también tuvo perros —indagué— cuando era chico…
—Sí, me parece que le oí algo de eso… De pronto se encontró frente al edificio principal de La Adela; dijo que lo rodeó por el sur; abrió una puerta lateral y se metió al azar por esa casa desconocida; cruzó cuartos y corredores; finalmente llegó junto a una escalera de caracol, detrás de una cortina verde; subió la escalera y desde un entrepiso vio un salón inmenso donde un señor vestido de negro conversaba con tres muchachas (las primeras personas que encontró en la casa). Afirmaba que no lo vieron. En el entrepiso había dos puertas. Abrió la puerta de la derecha. Ahí estaba Lucía Vermehren.
Sentí un vértigo y murmuré:
—¿Qué más?
—Oribe señalaba dos puntos —explicó metódicamente Berger—. Primero, que al verlo, la muchacha no se asombró. Era, me repetía, como si de un modo general lo hubiera esperado. Le pedí que no repitiera, que me explicara lo que él entendía, al menos en esa frase, por modo general. Inútil. Usted sabe lo obstinado y lo desatento que podía ser. Después venía el segundo punto, o sea la docilidad virginal con que la muchacha se entregó.
Con su cara congestionada y sus ojos inexpresivos, Berger dio pormenores. Yo tuve asco: de mí, de Oribe, de Berger, del mundo. Hubiera querido abandonar todo; pero me hallaba en ese episodio como en la mitad de un sueño y tal vez entendí que no debía tomar decisiones, que en ese momento mi sentido de la responsabilidad no excedía al de un personaje soñado. Además, empecé a entrever (muy tardíamente, por cierto) una explicación de los hechos y cometí la equivocación de querer confirmarla o desecharla, de no preferir la incertidumbre. A la mañana siguiente emprendí el viaje a Santiago.
Recordé que no debía odiar a Oribe. Con insegura frialdad me pregunté si me indignaba tanto que hubiera contado la aventura porque la muchacha estaba muerta. Precisamente, la había contado por eso: porque la muchacha estaba muerta y porque la historia de su vida y el episodio de su muerte eran románticos. Trataba la realidad como una composición literaria, y debía imaginar que el valor antitético de esa anécdota era irresistible. El procedimiento era candoroso, el efecto, burdo, y pensé que no debía juzgar a Oribe con mucha severidad ya que su culpa no era la de un hombre inicuo sino la de un escritor incompetente. Lo pensé en vano. Los argumentos no abatieron mi condenable rencor.
En cuanto llegué a Antofagasta fui a ver al jefe de policía. Este funcionario no se interesó por la carta de presentación, aunque llevaba la firma autógrafa de nuestro jefe, me oyó con indiferencia y me extendió un permiso para visitar a Vermehren cada vez que yo quisiera.
Lo visité esa misma tarde. En sus ojos durísimos no advertí si me había reconocido. Le hice algunas preguntas. Empezó a insultarme, lentamente, con una voz en que las palabras, casi murmuradas, parecían contener un vendaval de odio.
Lo dejé hablar. Después le dije:
—Como usted quiera. Yo andaba en una investigación personal, sin intención de publicar los resultados. Pero me ha convencido: publico los datos que me dio el doctor Sayago y no molesto a nadie.
Me retiré en seguida y al día siguiente no aparecí en la cárcel.
Cuando volví fue casi atento. Apenas aludió a la entrevista anterior. Me dijo:
—No puedo explicar este asunto sin referirme a mi pobre hija. Por eso no quise hablar.
Confirmó la historia del médico; agregó que una noche, cuando Lucía subió a acostarse, alguna de las muchachas dijo que parecía increíble que en una vida tan cotidianamente igual como era la de ellos, pudiera introducirse un cambio: el cambio definitivo de la muerte. Después recordó la frase y, en horas de insomnio, cuando las credulidades y los propósitos son más apremiantes, decidió imponer a todos una vida escrupulosamente repetida, para que en su casa no pasara el tiempo.
Debió tomar algunas precauciones. A las personas de la casa les prohibió salir; a los de afuera, entrar. Él salía, siempre a la misma hora, a recibir las provisiones y dar las órdenes a los capataces. La vida de los que trabajaban afuera siguió como antes; huyó un peón, es verdad, pero no lo habría hecho para salvarse de una disciplina terrible, sino porque habría descubierto que ocurría algo extraño, algo que no podía entender y que por eso lo intimidaba. Adentro, como el orden siempre había sido estricto, el sistema de repeticiones se cumplió naturalmente. Nadie huyó; más aún: nadie llegó a asomarse a una ventana. Todos los días parecían el mismo. Era como si el tiempo se detuviera todas las noches; era como si viviesen en una tragedia que se interrumpiera siempre al fin del primer acto. Transcurrió así un año y medio. Él se creyó en la eternidad. Después, inesperadamente, murió Lucía. El plazo del médico había sido postergado por quince meses.
Pero en el día del velorio ocurrió un hecho revelador: una persona que nunca habría estado en la casa, pudo ir, sin indicación de nadie, hasta una determinada habitación. Vermehren sólo reparó en esto cuando Oribe le dio la fotografía de Lucía; pero añadió que al encender la lámpara, su decisión ya era mirar la cara del hombre a quien iba a matar.
A los pocos días yo estaba de regreso en Buenos Aires y Vermehren había muerto en su cárcel. Se dijo (por ahora no quiero desenmascarar al autor de la infamia) que yo no era ajeno a esa muerte; que aproveché la circunstancia de no ser registrado, para llevarle el cianuro (me lo habría exigido a cambio de una confesión). Pero faltaron las consecuencias previstas por los difamadores: yo no revelé nada y la policía de Chile no se ocupó de mí.
Temo, ahora, reavivar la calumnia; se alegará que los datos que me dio el médico y la simple amenaza de publicarlos no pudieron bastarme para obtener las declaraciones de Vermehren; se pasará por alto la dificultad que yo habría tenido para conseguir un veneno en Antofagasta; se insistirá en que esta publicación es la prueba que faltaba. Yo, sin embargo, espero que el lector encuentre en mis páginas la evidencia de que no pude complicarme en el suicidio de Vermehren. Establecerla, denunciar la parte preponderante que en los hechos de General Paz tuvo el destino, y mitigar, en lo posible, una responsabilidad que oscurece la memoria de Oribe, fueron los estímulos que me permitieron ordenar, en plena enfermedad y al borde mismo de la desintegración, este relato de hechos y de pasiones concernientes a un mundo que ya no existe para mí.

Aquí se interrumpe el manuscrito
de Juan Luis Villafañe.

      Al escribir: Aquí se interrumpe el manuscrito de Juan Luis Villafañe, he querido señalar que, a mi juicio, el relato queda inconcluso. Añadiría: deliberadamente inconcluso. Es verdad que la última frase ambiciona la pompa, el patetismo y el mal gusto de un final. Sobre todo, de un falso final. Es como si Villafañe hubiera pretendido que el tono confundiera a los lectores; que éstos, al reconocer el final, lo aceptaran, sin acordarse de que faltaban explicaciones y una buena parte del relato.
Ahora intentaré corregir esas deficiencias. Lo que agrego es una interpretación meramente personal de los hechos; pero confío que también sea lícita, ya que todas sus premisas pueden encontrarse en este documento o en los caracteres que este documento atribuye a Oribe y a Villafañe. No he callado mi conclusión con el propósito literario, o pueril, de reservar una sorpresa para las últimas páginas; he querido que el lector siguiera a Villafañe, libre de toda sugestión mía; si este epílogo le parece demasiado previsible; si, independientemente, hemos llegado a la misma conclusión, me atreveré a considerar el hecho como un indicio de que la interpretación no es injustificada.
Ante todo, veamos los dos personajes que se complementan como las figuras de un grabado. Carlos Oribe y Juan Luis Villafañe, simétricos en el destino. Pero entonces la trama parecerá demasiado simple, la simetría demasiado perfecta (no para un teorema ni para la mera realidad; para el arte).
Hablar de eminencias grises para describir a Villafañe, aunque esencialmente no tergiverse los hechos, es un error, porque los tergiversa aparentemente. Yo he dicho que Villafañe solía obrar de un modo anónimo, indirecto; que sus mejores artículos aparecieron sin firma y que más de una brillante y borrascosa discusión en el Senado fue un diálogo imaginario, un intrínseco monólogo en que Villafañe, impersonado por varios senadores, proponía y rebatía.
Con respecto a Carlos Oribe hay una cuestión que muchos prefieren ignorar; yo disiento de ellos; si nadie la discute, en detrimento de la historia se la magnificará o se la olvidará. Dejo que otros se avergüencen de sus ídolos, los despojen de sus caracteres humanos y los conviertan en personajes simbólicos, en una calle, en una fiesta escolar y en incesantes deberes para los escolares. Yo lo he conocido a Carlos Oribe; yo lo admiro —tal como era. Confieso, pues, sin rubor: Oribe ha plagiado algunas veces. Al tratar este delicado asunto, convendrá, quizá, recordar las palabras de Oribe sobre los plagios de Coleridge: ¿Era para Coleridge imprescindible copiar a Schelling? ¿Lo hacía in forma pauperis? De ningún modo. He aquí el enigma. En cuanto a Carlos Oribe, el enigma no existe; Oribe imitaba porque la riqueza de su ingenio abarcaba las artes imitativas; desaprobar, en él, la imitación, es como desaprobarla en un actor dramático.
Pero recapitulemos la historia: por la ventana del hotel, en General Paz, Oribe y Villafañe ven a lo lejos un bosque de pinos: es La Adela, una estancia en la que nadie entra y de la que nadie sale desde hace un año; Oribe manifiesta, una tarde, que no se irá de General Paz sin visitar esa estancia; a la noche, con un pretexto increíble, sale del hotel; sale también Villafañe; a la mañana siguiente muere Lucía Vermehren y se levanta la prohibición de entrar en La Adela; Oribe no quiere ir al velorio; después va y se mueve en la casa como si la conociera, después Vermehren mata a Oribe.
Mi conclusión no es imprevisible: Vermehren se ha equivocado. Antes del velorio, Oribe no entró en su casa. Quien entró en su casa fue Villafañe.
Como lo habrá notado el lector, en el relato de Villafañe se encuentran las indicaciones que imponen, en todas sus partes, esta conclusión. La intervención de Oribe (a) y de Villafañe (b) en los hechos, quedaría aclarada así:
a) Para hacer creer que entraría en la casa de Vermehren, Oribe desafía las inclemencias de esa noche patagónica. Pero ni siquiera entra en el bosque. Teme los perros; los teme aun en compañía de Villafañe.
En el día del velorio pudo ir hasta el cuarto de Vermehren porque la noche anterior Villafañe le había contado minuciosamente su visita a La Adela. Esta afirmación no es infundada. Villafañe había bebido esa noche; él mismo dice: “me parecía que Oribe era un gran amigo, digno de confidencias”. Sabemos cómo eran las confidencias alcohólicas de Villafañe: las contaba con “ordenada crudeza”. Estas dos palabras aclaran todo: las confidencias fueron ordenadas: Oribe pudo llegar, en la noche del velorio, al cuarto de Vermehren (Villafañe había estado en el de Lucía; esto explica la indecisión de Oribe, entre las dos puertas del entrepiso); las confidencias fueron crudas: Villafañe sintió asco y horror al oír la apócrifa historia de Oribe: oía la verídica historia de Villafañe y de Lucía Vermehren, oía, después de la muerte de Lucía Vermehren, el mismo relato que él había pronunciado, la misma infidencia que él había cometido, obsceno por el alcohol y tal vez por la tradición de las conversaciones entre hombres, fatuo por la victoria.
Oribe aparece atribulado por la muerte de Lucía. Pero el narrador observa: “Su abatimiento era notorio, casi teatral.” En efecto, Oribe era como un buen actor, imaginaba claramente su parte, se confundía íntimamente con el personaje encarnado.
Por último: tergiversa los hechos y se apropia las experiencias ajenas. Por ejemplo:
—Desde una ventana, los dos miran la llegada de Vermehren a la tranquera; los dos miran, pero el que ve es Villafañe, porque tiene los anteojos y porque Oribe es corto de vista. Ante el patrón, Oribe declara: “Después de lo que vi, no me voy sin visitar La Adela”.
Oribe afirma que no vio nevar porque la noche estaba oscura; que no advirtió que había nevado hasta encontrarse de vuelta en el hotel y ver sus botas sucias de nieve. Nosotros afirmamos: mientras él estuvo afuera no cayó nieve; la hubiera visto: “empezó a nevar cuando salió la Luna”. Luego (otra impostura), no vio la nieve en sus botas; la vio en las de Villafañe.
No ha sido el odio lo que movió a Villafañe a presentar estos aspectos del carácter de Oribe; ha sido (también) el escrúpulo de no rehusar al lector ningún elemento útil para descubrir la verdad.
b) Villafañe salió después de Oribe, como si lo siguiera. Pero imaginar a Villafañe espiando a Oribe es absurdo. Villafañe salió para entrar en La Adela.
Estuvo con la muchacha. Cuando le dicen que una de ellas ha muerto quiere saber su nombre; después no se va del velorio hasta ver a las tres hermanas de la muerta (teme que ésta sea la que estuvo con él la noche anterior; espera que no sea); pero desde el principio ha temido lo peor, y se ingenia para que Oribe y el Delegado le consigan una fotografía (quiere guardar una reliquia); declara que aborrece ver personas muertas, porque después no puede imaginarlas vivas (con referencia a este caso la frase no tendría sentido si Villafañe no hubiera visto antes a la muchacha); pasa la noche en vela, está muy triste, está enamorado de Lucía Vermehren (no creo que una fotografía y un destino más o menos poético bastaran para enamorarlo); se refiere al relato de Oribe como a “esos horrores” y alude a su “arrepentimiento” (Villafañe sólo pudo hablar de arrepentimiento si tenía alguna responsabilidad en la suerte de Oribe; sólo pudo hablar de horrores, si en el relato de Oribe oyó su irrespetuoso relato de una aventura atrozmente purificada por la muerte).
Finalmente, llamo la atención del lector sobre una frase de Villafañe. Compara un episodio de la vida de Vermehren con la sorpresa final de un cuento, en que un personaje, hasta entonces considerado secundario, resulta bruscamente el protagonista. Me pregunto si Villafañe no ha dejado esa frase para que alguien la recoja e interprete, como con una clave, todo el relato.
No creo que la única interpretación de estos hechos sea la mía. Creo, simplemente, que es la única verdadera.
Faltan unas pocas palabras sobre Villafañe y sobre Lucía Vermehren. Tal vez Lucía Vermehren haya recibido a Villafañe como el ángel de la muerte que la salvaría, por fin, de esa laboriosa inmortalidad impuesta por su padre. En cuanto a Villafañe, el destino se había ensañado con él; lo convirtió en instrumento de muertes, pero no lo derrotó; nada logró derrotar su tranquila hombría, su incorruptible serenidad. Una vez dijo: “Me agrada pensar que Oribe tuvo una muerte acorde con su vida.” No dio ninguna explicación; yo creo entreverla… Agregó algo sobre “muerte propia”. En aquel tiempo todos hablábamos de muertes propias y ajenas; no había mucho que entender en la distinción. Sobre la calumnia que lo complica en el suicidio de Vermehren me atrevo a declarar que tiene un solo origen: el manuscrito del mismo Villafañe. No sugiero, sin embargo, que Villafañe haya inventado esa indefendible calumnia para que el lector la destruya y crea descubrir su inocencia.
Pero mi último recuerdo será para Carlos Oribe. Lo imagino en la noche de su partida, agitando un sombrero de paja y repitiendo este involuntario dodecasílabo:

¡No todos, no todos, se olviden de mí!

      La súplica del poeta fue escuchada.

A. B. C.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer La trama celeste, de Adolfo Bioy Casares (Alianza, 2000). [Aviso legal]

 

 

35. Siente plantas, de Dino Buzzati [Jesús Cano Reyes]

Hasta que el cuento aguante

Una enfermedad sin nombre, el sanatorio más competente y el engranaje implacable de la fatalidad que conduce a Giuseppe Corte en su descenso a los infiernos. La belleza de la ficción para conjurar el horror del mundo; literatura sin esperanza porque la esperanza es la propia literatura.

 

Recomendación de Jesús Cano Reyes, profesor de literatura hispanoamericana de la Universidad Complutense de Madrid. Es autor de La imaginación incendiada. Corresponsales hispanoamericanos en la Guerra Civil Española (Calambur, 2017) y director del programa en podcast de poesía latinoamericana El planeta de los monstruos

 

“Siente plantas”, de Dino Buzzati

Después de un día de viaje en tren, Giuseppe Corte llegó, una mañana de marzo, a la ciudad donde se hallaba el famoso sanatorio. Tenía un poco de fiebre, pero aun así quiso hacer a pie el camino entre la estación y el hospital, llevando su pequeña maleta de viaje.

Si bien no tenía más que una manifestación incipiente sumamente leve, le habían aconsejado dirigirse a aquel célebre sanatorio, en el que se trataba exclusivamente aquella enfermedad. Eso garantizaba una competencia excepcional en los médicos y la más racional sistematización de las instalaciones.

Cuando lo divisó desde lejos —lo reconoció por haberlo visto ya en fotografía en un folleto publicitario— Giuseppe Corte tuvo una inmejorable impresión. El blanco edificio de siete plantas estaba surcado por entrantes regulares que le daban una vaga fisonomía de hotel. Estaba rodeado completamente de altos árboles.

Después de un breve reconocimiento a la espera de un examen más detenido y completo, Giuseppe Corte fue instalado en una alegre habitación de la séptima y última planta. Los muebles eran claros y limpios, como el tapizado, los sillones eran de madera, los cojines estaban forrados de tela estampada. La vista se extendía sobre uno de los barrios más bonitos de la ciudad. Todo era plácido, hospitalario y tranquilizador.

Giuseppe Corte se metió sin dilación en la cama y, encendiendo la luz que tenía a la cabecera, comenzó a leer un libro que había llevado. Poco después entró una enfermera para preguntarle si quería algo.

Giuseppe Corte no quería nada pero se puso de buena gana a conversar con la joven, pidiendo información acerca del sanatorio. Se enteró así de la extraña peculiaridad de aquel hospital. Los enfermos eran distribuidos planta por planta según su gravedad. En la séptima, es decir en la última, se acogían las manifestaciones sumamente leves. La sexta estaba destinada a los enfermos no graves, pero tampoco susceptibles de descuido. En la quinta se trataban ya afecciones serias, y así sucesivamente de planta en planta. En la segunda estaban los enfermos gravísimos. En la primera, aquellos para los que no había esperanza.

Este singular sistema, además de agilizar mucho el servicio, impedía que un enfermo leve pudiera verse turbado por la vecindad de un compañero agonizante y garantizaba en cada planta un ambiente homogéneo. Por otra parte, de este modo el tratamiento podía graduarse de forma perfecta y con mejores resultados.

De ello se derivaba que los enfermos se dividían en siete castas progresivas. Cada planta era como un pequeño mundo autónomo, con sus reglas particulares, con especiales tradiciones que en las otras plantas carecían de cualquier valor. Y como cada sector se confiaba a la dirección de un médico distinto, se habían creado, siquiera fueran nimias, netas diferencias en los métodos de tratamiento, pese a que el director general hubiera imprimido a la institución una única orientación fundamental.

Cuando la enfermera hubo salido, Giuseppe Corte, pareciéndole que la fiebre había desaparecido, se llegó a la ventana y miró hacia fuera, no para observar el panorama de la ciudad, que también era nueva para él, sino con la esperanza de divisar a través de aquélla a otros enfermos de las plantas inferiores. La estructura del edificio, con grandes entrantes, permitía este género de observaciones. Giuseppe Corte concentró su atención sobre todo en las ventanas de la primera planta, que parecían muy lejanas y no alcanzaban a distinguirse más que de forma sesgada. Sin embargo, no pudo ver nada interesante. En su mayoría estaban herméticamente cerradas por grises persianas.

Corte advirtió que en una ventana vecina a la suya estaba asomado un hombre. Ambos se miraron largamente con creciente simpatía, pero no sabían cómo romper aquel silencio. Finalmente, Giuseppe Corte se animó y dijo:

—¿Usted también está aquí desde hace poco?

—Oh, no —dijo el otro—, yo ya hace dos meses que estoy aquí… —calló por un instante y después, no sabiendo cómo continuar la conversación, añadió—: miraba ahí abajo, a mi hermano.

—¿Su hermano?

—Sí —explicó el desconocido—. Ingresamos juntos, un caso realmente curioso, pero él ha ido empeorando; piense que ahora está ya en la cuarta.

—¿Qué cuarta?

—La cuarta planta —explicó el individuo, y pronunció las dos palabras con tanto sentimiento y horror que Giuseppe Corte se quedó casi sobrecogido de espanto.

—¿Tan graves están los de la planta cuarta?

—Oh —dijo el otro meneando con lentitud la cabeza—, todavía no son casos desesperados, pero tampoco es como para estar muy alegre.

—Y entonces —siguió preguntando Corte con la festiva desenvoltura de quien hace referencia a cosas trágicas que no le atañen—, si en la cuarta están ya tan graves, ¿a la primera quiénes van a parar?

—Oh —dijo el otro—, en la primera están los moribundos sin más. Allá abajo los médicos ya no tienen nada que hacer. Sólo trabaja el sacerdote. Y naturalmente…

—Pero hay poca gente en la primera planta —interrumpió Giuseppe Corte, como si le urgiese tener una confirmación, ahí abajo casi todas las habitaciones están cerradas.

—Hay poca gente ahora, pero esta mañana había bastante —respondió el desconocido con una sonrisa sutil. Allí donde las persianas están bajadas, es que alguien se ha muerto hace poco. ¿No ve usted, por otra parte, que en las otras plantas todas las contraventanas están abiertas? Pero perdone —añadió retirándose lentamente, me parece que comienza a refrescar. Me vuelvo a la cama. Que le vaya bien…

El hombre desapareció del antepecho y la ventana se cerró con energía; luego se vio encenderse dentro una luz. Giuseppe Corte permaneció inmóvil en la ventana, mirando fijamente las persianas bajadas de la primera planta. Las miraba con una intensidad morbosa, tratando de imaginar los fúnebres secretos de aquella terrible primera planta donde los enfermos se veían confinados para morir; y se sentía aliviado de saberse tan alejado. Descendían entre tanto sobre la ciudad las sombras de la noche. Una a una, las mil ventanas del sanatorio se iluminaban; de lejos podría haberse dicho un palacio en que se celebrara una fiesta. Sólo en la primera planta, allí abajo, en el fondo del precipicio, decenas y decenas de ventanas permanecían ciegas y oscuras.

El resultado del reconocimiento general tranquilizó a Giuseppe Corte. Inclinado habitualmente a prever lo peor, en su interior se había preparado ya para un veredicto severo y no se habría sorprendido si el médico le hubiese declarado que debía asignarle a la planta inferior. De hecho, la fiebre no daba señas de desaparecer, pese a que el estado general siguiera siendo bueno. El facultativo, sin embargo, le dirigió palabras cordiales y alentadoras. Principio de enfermedad, lo había, le dijo, pero muy ligero; probablemente en dos o tres semanas todo habría pasado.

—Entonces ¿me quedo en la séptima planta? —había preguntado en ese momento Giuseppe Corte con ansiedad.

—¡Pues claro! —había respondido el médico palmeándole amistosamente la espalda—. ¿Dónde pensaba que había de ir? ¿A la cuarta quizá? —preguntó riendo, como para hacer alusión a la hipótesis más absurda.

—Mejor así, mejor así —dijo Corte—. ¿Sabe usted? Cuando uno está enfermo se imagina siempre lo peor…

De hecho, Giuseppe Corte se quedó en la habitación que se le había asignado originalmente. En las raras tardes en que se le permitía levantarse intimó con algunos de sus compañeros de hospital. Siguió escrupulosamente el tratamiento y puso todo su empeño en sanar con rapidez; su estado, con todo, parecía seguir estacionario.

 

Habían pasado unos diez días cuando se le presentó el supervisor de la séptima planta. Tenía que pedirle un favor a título meramente personal: al día siguiente tenía que ingresar en el hospital una señora con dos niños; había dos habitaciones libres, justamente al lado de la suya, pero faltaba la tercera; ¿consentiría el señor Corte en trasladarse a otra habitación igual de confortable?

Giuseppe Corte no opuso, naturalmente, ningún inconveniente; para él, una u otra habitación era lo mismo; quizá incluso le tocara una enfermera nueva y más mona.

—Se lo agradezco de corazón —dijo el supervisor con una ligera inclinación—; de una persona como usted, confieso que no me asombra semejante acto de caballerosidad. Dentro de una hora, si no tiene inconveniente, procederemos al traslado. Tenga en cuenta que es necesario que baje a la planta de abajo —añadió con voz atenuada, como si se tratase de un detalle completamente intrascendente—. Desgraciadamente, en esta planta no quedan habitaciones libres. Pero es un arreglo provisional —se apresuró a especificar al ver que Corte, que se había incorporado de golpe, estaba a punto de abrir la boca para protestar—, un arreglo absolutamente provisional. En cuanto quede libre una habitación, y creo que será dentro de dos o tres días, podrá volver aquí arriba

—Le confieso —dijo Giuseppe Corte sonriendo para demostrar que no era ningún niño— que un traslado de esta clase no me agrada en absoluto.

—Pero es un traslado que no obedece a ningún motivo médico; entiendo perfectamente lo que quiere decir; se trata únicamente de una gentileza con esta señora, que prefiere no estar separada de sus niños… Un favor —añadió riendo abiertamente, ¡ni se le ocurra que pueda haber otras razones!

—Puede ser —dijo Giuseppe Corte—, pero me parece de mal agüero.

 

De este modo Corte pasó a la sexta planta, y si bien convencido de que este traslado no correspondía en absoluto a un empeoramiento de la enfermedad, se sentía incómodo al pensar que entre él y el mundo normal, de la gente sana, se interponía ya un obstáculo preciso. En la séptima planta, puerto de llegada, se estaba en cierto modo todavía en contacto con la sociedad de los hombres; podía considerarse más bien casi una prolongación del mundo habitual. En la sexta, en cambio, se entraba en el auténtico interior del hospital; la mentalidad de los médicos, de los enfermeros y de los propios enfermos era ya ligeramente distinta. Se admitía ya que en esa planta se albergaba a los enfermos auténticos, por más que fuera en estado no grave. Las primeras conversaciones con sus vecinos de habitación, con el personal y los médicos, hicieron advertir a Giuseppe Corte de hecho que en aquella sección la séptima planta se consideraba una farsa reservada a los enfermos por afición, padecedores más que nada de imaginaciones; sólo en la sexta, por decirlo así, se empezaba de verdad.

De todos modos, Giuseppe Corte comprendió que para volver arriba, al lugar que le correspondía por las características de su enfermedad, hallaría sin duda cierta dificultad; aunque fuera tan sólo para un esfuerzo mínimo, para regresar a la séptima planta debía poner en marcha un complejo mecanismo; no cabía duda de que si él no chistaba, nadie tomaría en consideración trasladarlo nuevamente a la planta superior de los “casi sanos”.

Por ello, Giuseppe Corte se propuso no transigir con sus derechos y no dejarse atrapar por la costumbre. Cuidaba mucho de puntualizar a sus compañeros de sección que se hallaba con ellos sólo por unos pocos días, que había sido él quien había accedido a descender una planta para hacer un favor a una señora y que en cuanto quedara libre una habitación volvería arriba. Los otros asentían con escaso convencimiento.

La convicción de Giuseppe Corte halló plena confirmación en el dictamen del nuevo médico. Incluso éste admitía que podía asignarse perfectamente a Giuseppe Corte a la séptima planta; su manifestación era ab-so-lu-ta-men-te le-ve —y fragmentaba esta definición para darle importancia—, pero en el fondo estimaba que acaso en la sexta planta Giuseppe Corte pudiera ser mejor tratado.

—No empecemos —intervenía en este punto el enfermo con decisión—, me ha dicho que la séptima planta es la que me corresponde; y quiero volver a ella.

—Nadie dice lo contrario —replicaba el doctor—, ¡yo no le daba más que un simple consejo, no de mé-di-co, sino de au-tén-ti-co a-mi-go! Su manifestación, le repito, es levísima (no sería exagerado decir que ni siquiera está enfermo), pero en mi opinión se diferencia de manifestaciones análogas en una cierta mayor extensión. Me explico: la intensidad de la enfermedad es mínima, pero su amplitud es considerable; el proceso destructivo de las células —era la primera vez que Giuseppe Corte oía allí dentro aquella siniestra expresión—, el proceso destructivo de las células no ha hecho más que comenzar, quizá ni siquiera haya comenzado, pero tiende, y digo sólo tiende, a atacar simultáneamente respetables proporciones del organismo. Sólo por esto, en mi opinión, puede ser tratado más eficazmente aquí, en la sexta planta, donde los métodos terapéuticos son más específicos e intensos.

Un día le contaron que, después de haber consultado largamente con sus colaboradores, el director general del establecimiento había decidido cambiar la subdivisión de los enfermos. El grado de cada uno de éstos, por decirlo así, se veía acrecentado en medio punto. Suponiendo que en cada planta los enfermos se dividieran, según su gravedad, en dos categorías (de hecho los respectivos médicos hacían esta subdivisión, si bien a efectos meramente internos), la inferior de estas dos mitades se veía trasladada de oficio una planta más abajo. Por ejemplo, la mitad de los enfermos de la sexta planta, aquellos con manifestaciones ligeramente más avanzadas, debían pasar a la quinta; y los menos leves de la séptima pasar a la sexta. La noticia alegró a Giuseppe Corte porque, en un cuadro de traslados de tal complejidad, su regreso a la séptima planta podría llevarse a cabo más fácilmente.

Cuando mencionó esta su esperanza a la enfermera, se llevó, sin embargo, una amarga sorpresa. Supo entonces que sería trasladado, pero no a la séptima, sino a la planta de abajo. Por motivos que la enfermera no sabía explicarle, estaba incluido en la mitad más “grave” de los que se alojaban en la sexta planta y por esta razón debía descender a la quinta.

Pasados los primeros instantes de sorpresa, Giuseppe Corte montó en cólera; dijo a gritos que lo estafaban vilmente, que no quería oír hablar de ningún traslado abajo, que se volvería a casa, que los derechos eran derechos y que la administración del hospital no podía ignorar de forma tan abierta los diagnósticos de los facultativos.

Todavía estaba gritando cuando el médico llegó sin resuello para tranquilizarlo. Aconsejó a Corte que se calmara si no quería que le subiera la fiebre, le explicó que se había producido un malentendido, cuando menos parcial. Llegó a admitir, incluso, que lo más propio habría sido que hubieran enviado a Giuseppe Corte a la séptima planta, pero añadió que tenía acerca de su caso una idea ligeramente diferente, si bien muy personal. En el fondo su enfermedad podía, en cierto sentido, naturalmente, considerarse de sexto grado, dada la amplitud de las manifestaciones morbosas. Sin embargo, ni siquiera él lograba explicarse cómo Corte había sido catalogado en la mitad inferior de la sexta planta. Probablemente el secretario de la dirección, que había llamado aquella misma mañana preguntando por la ubicación clínica exacta de Giuseppe Corte, se había equivocado al transcribirla. Por mejor decir, la dirección había “empeorado” ligeramente su dictamen a propósito, ya que se le consideraba un médico experto pero demasiado indulgente. El doctor aconsejaba a Corte, en fin, no inquietarse, sufrir sin protestas el traslado; lo que contaba era la enfermedad, no el lugar donde se situaba a un enfermo.

Por lo que se refería al tratamiento —añadió aún el facultativo—, Giuseppe Corte no habría de lamentarlo; el médico de la planta de abajo tenía sin duda más experiencia; era casi un dogma que la pericia de los doctores aumentaba, cuando menos a juicio de la dirección, a medida que se descendía. La habitación era igual de cómoda y elegante. Las vistas, igualmente amplias: sólo de la tercera planta para abajo la visión se veía estorbada por los árboles del perímetro.

Presa de la fiebre vespertina, Giuseppe Corte escuchaba las minuciosas justificaciones del doctor con progresivo cansancio. Finalmente, se dio cuenta de que no tenía fuerzas ni, sobre todo, ganas de seguir oponiéndose al injusto traslado. Y se dejó llevar a la planta de abajo.

El único, si bien magro, consuelo de Giuseppe Corte una vez se halló en la quinta planta, fue saber que era común opinión de los médicos, los enfermeros y enfermos que en aquella sección él era el menos grave de todos. En el ámbito de aquella planta, en suma, podía considerarse con diferencia el más afortunado. Sin embargo, por otra parte lo atormentaba el pensamiento de que ahora eran ya dos las barreras que se interponían entre él y el mundo de la gente normal.

A medida que avanzaba la primavera, el aire se hacía más tibio, pero Giuseppe Corte no gustaba ya, como en los primeros días, de asomarse a la ventana; aunque semejante temor fuese una verdadera tontería, cuando veía las ventanas de la primera planta, siempre cerradas en su mayoría, que tanto se habían acercado, sentía recorrerle un extraño escalofrío.

Su enfermedad se mostraba estacionaria. Con todo, pasados tres días de estancia en la quinta planta, se manifestó en su pierna derecha una erupción cutánea que en los días siguientes no dio señas de reabsorberse. Era una afección, le dijo el médico, absolutamente independiente de la enfermedad principal; un trastorno que le podía ocurrir a la persona más sana del mundo. Para eliminarlo en pocos días, sería deseable un tratamiento intensivo de rayos digamma.

—¿Y me los pueden dar aquí, esos rayos digamma? —preguntó Giuseppe Corte.

—Nuestro hospital —respondió complacido el médico— desde luego dispone de todo. Sólo hay un inconveniente…

—¿De qué se trata? —preguntó Corte con un vago presentimiento.

—Inconveniente por decirlo así —se corrigió el doctor—; me refiero a que sólo hay instalación de rayos en la cuarta planta, y yo le desaconsejaría hacer semejante trayecto tres veces al día.

—Entonces ¿nada?

—Entonces lo mejor sería que hasta que le desaparezca la erupción hiciera el favor de bajarse a la cuarta.

—¡Basta! —aulló Giuseppe Corte—. ¡Ya he bajado bastante! A la cuarta no voy, así reviente.

—Como a usted le parezca —dijo, conciliador, el otro para no irritarle—, pero, como médico encargado de su tratamiento, tenga en cuenta que le prohíbo bajar tres veces al día.

Lo malo fue que el eccema, en vez de ir a menos, se fue extendiendo lentamente. Giuseppe Corte no conseguía hallar reposo y no cesaba de revolverse en la cama. Aguantó así, furioso, tres días, hasta que se vio obligado a ceder. Espontáneamente, rogó al médico que ordenara que le hicieran el tratamiento de los rayos y, por consiguiente, que lo trasladaran a la planta inferior.

Allí abajo Corte advirtió con inconfesado placer que representaba una excepción. Los otros enfermos de la sección estaban sin lugar a dudas en estado muy grave y no podían abandonar la cama siquiera por un minuto. Sin embargo él podía permitirse el lujo de ir a pie desde su habitación a la sala de rayos entre los parabienes y la admiración de las propias enfermeras.

Al nuevo médico le precisó con insistencia su especialísima situación. Un enfermo que en el fondo tenía derecho a la séptima planta había ido a parar a la cuarta. En cuanto la erupción desapareciese, pretendía regresar arriba. No admitiría en absoluto ninguna nueva excusa. ¡Él, que legítimamente habría podido estar todavía en la séptima!

—¡La séptima, la séptima! —exclamó sonriendo el médico, que acababa justamente de pasar visita—. ¡Ustedes, los enfermos, siempre exageran! Soy el primero en decir que puede estar contento de su estado; por lo que veo en su cuadro clínico, no ha habido grandes empeoramientos. ¡Pero de ahí a hablar de la séptima planta, y disculpe mi brutal sinceridad, hay sin duda cierta diferencia! Es usted uno de los casos menos preocupantes, lo admito, pero no deja de ser un enfermo.

—Entonces usted —dijo Giuseppe Corte con el rostro encendido, ¿a qué planta me asignaría?

—Bueno, no es fácil decirlo, no le hecho más que un breve reconocimiento, y para poder pronunciarme debería seguirle por lo menos una semana.

—Está bien —insistió Corte—, pero más o menos sí sabrá.

Para tranquilizarlo, el médico simuló concentrarse un momento; luego asintió con la cabeza y dijo con lentitud:

—Bueno, aunque sólo sea para contentarle, podríamos en el fondo asignarle a la sexta. Sí, sí —añadió como para convencerse a sí mismo—. La sexta podría estar bien.

Creía así el doctor contentar al enfermo. Por el rostro de Giuseppe Corte, en cambio, se extendió una expresión de zozobra: el enfermo se daba cuenta de que los médicos de las últimas plantas lo habían engañado; ¡y hete aquí que este nuevo doctor, a todas luces más competente y más sincero, en su fuero interno —era evidente— lo asignaba, no a la séptima, sino a la sexta planta, y quizá a la quinta, la inferior! La inesperada desilusión postró a Corte. Aquella noche la fiebre le subió de forma apreciable.

 

Su estancia en la cuarta planta señaló para Giuseppe Corte el período más tranquilo desde que ingresara en el hospital. El médico era una persona sumamente simpática, atenta y cordial; a menudo se paraba, incluso durante horas enteras, a charlar de los temas más diversos. Y también Giuseppe Corte hablaba de buena gana, buscando temas relacionados con su vida habitual de abogado y hombre de sociedad. Intentaba convencerse de que pertenecía aún a la sociedad de los hombres sanos, de estar vinculado todavía al mundo de los negocios, de interesarse por los acontecimientos públicos. Lo intentaba, pero sin conseguirlo. De forma invariable, la conversación acababa siempre yendo a parar a la enfermedad.

Entre tanto, el deseo de una mejoría cualquiera se había convertido para él en una obsesión. Los rayos digamma, aunque habían conseguido detener la extensión de la erupción cutánea, no habían bastado a eliminarla. Todos los días Giuseppe Corte hablaba de ello largamente con el médico y se esforzaba por mostrarse fuerte, incluso irónico, sin conseguirlo.

—Dígame, doctor —preguntó un día—, ¿cómo va el proceso destructivo de mis células?

—¿Pero qué expresiones son esas? —le reconvino jovialmente el doctor—. ¿De dónde las ha sacado? ¡Eso no está bien, no está bien, y menos en un enfermo! No quiero oírle nunca más cosas semejantes.

—Está bien —objetó Corte—, pero así no me ha contestado.

—Oh, ahora mismo lo hago —dijo el doctor, amable—. El proceso destructivo de las células, por emplear su siniestra expresión, es, en su caso, mínimo, absolutamente mínimo. Pero me siento tentado de definirlo como obstinado.

—¿Obstinado? ¿Quiere decir crónico?

—No me haga decir lo que no he dicho. Quiero decir solamente rebelde. Por lo demás, así son la mayoría de los casos. Afecciones incluso muy leves necesitan a menudo tratamientos enérgicos y prolongados.

—Pero dígame, doctor, ¿para cuándo puedo esperar una mejoría?

—¿Para cuándo? En estos casos, las predicciones son más bien difíciles… Pero escuche —añadió después de una pausa meditativa—, según veo, tiene auténtica obsesión por sanar… si no tuviera miedo de que se me enfade, le daría un consejo…

—Pues diga, diga, doctor…

—Pues bien, le plantearé la cuestión en términos muy claros. Si yo, atacado por esta enfermedad aunque fuera de forma levísima, viniera a parar a este sanatorio, que posiblemente es el mejor que existe, espontáneamente haría que me asignaran, y desde el primer día, desde el primer día, ¿comprende?, a una de las plantas más bajas. Haría que me ingresaran directamente en la…

—¿En la primera? —sugirió Corte con una sonrisa forzada.

—¡Oh, no!, ¡en la primera no! —respondió irónico el médico—, ¡eso no! Pero en la segunda o la tercera, seguro que sí. En las plantas inferiores el tratamiento se lleva a cabo mucho mejor, se lo garantizo, las instalaciones son más completas y potentes, el personal más competente. ¿Sabe usted, además, quién es el alma de este hospital?

—¿No es el profesor Dati?

—En efecto, el profesor Dati. Él es el inventor del tratamiento que se lleva a cabo, el que proyectó toda la instalación. Pues bien, él, el maestro, está, por decirlo así, entre la primera y la segunda planta. Desde allí irradia su fuerza directiva. Pero le garantizo que su influjo no llega más allá de la tercera planta; de ahí para arriba se diría que sus mismas órdenes se diluyen, pierden consistencia, se extravían; el corazón del hospital está abajo y se necesita estar abajo para tener los mejores tratamientos.

—Así que, en definitiva —dijo Giuseppe Corte con voz temblorosa—, usted me aconseja…

—Añada a eso una cosa —continuó imperturbable el doctor—, añada que en su caso particular habría que insistir hasta que desaparezca. Es una cosa sin ninguna importancia, convengo en ello, pero más bien molesta, que de prolongarse mucho podría deprimir la “moral”; y usted sabe lo importante que es, para sanar, la tranquilidad de espíritu. Las sesiones de rayos a que le he sometido no han dado resultado más que a medias. ¿Que por qué? Puede ser tan sólo casualidad, pero puede ser también que los rayos no tengan la suficiente intensidad. Pues bien, en la tercera planta las máquinas de rayos son mucho más potentes. Las probabilidades de curar el eccema serían mucho mayores, Y luego, ¿ve usted?, una vez la curación en marcha, lo más complicado ya está hecho. Una vez iniciada la recuperación, lo difícil es volver atrás. Cuando se sienta mejor de veras, nada le impedirá volver aquí con nosotros o incluso más arriba, según sus “méritos”, incluso a la quinta, a la sexta, hasta a la séptima, me atrevo a decir…

—¿Y usted cree que eso podrá acelerar el tratamiento?

—¡De eso no cabe ninguna duda! Ya le he dicho lo que yo haría en su situación.

Charlas de esta clase el doctor no las daba todos los días. Acabó llegando el momento en que el enfermo, cansado de sufrir a causa del eccema, pese a su instintiva reluctancia a descender al reino de los casos todavía más graves, decidió seguir el consejo y se trasladó a la planta de abajo.

 

En la tercera planta no tardó en advertir que reinaba en la sección, en el médico, en las enfermeras, un especial regocijo, pese a que allí abajo recibieran tratamiento enfermos muy preocupantes. Notó incluso que este regocijo aumentaba con los días: picado por la curiosidad, una vez que hubo tomado un poco de confianza con la enfermera, preguntó cómo era que en aquella planta estaban siempre todos tan alegres.

—Ah, ¿pero es que no lo sabe? —respondió la enfermera. Dentro de tres días nos vamos de vacaciones.

—¿Qué quiere decir eso de «nos vamos de vacaciones»?

—Sí. Durante quince días la tercera planta se cierra y el personal se va de asueto. Las plantas descansan por turno.

—¿Y los enfermos? ¿Qué hacen con ellos?

—Como hay relativamente pocos, se reúnen dos plantas en una sola.

—¿Cómo? ¿Reúnen a los enfermos de la tercera y de la cuarta?

—No, no —corrigió la enfermera—, a los de la tercera y la segunda. Los que están aquí tendrán que bajar.

—¿Bajar a la segunda? —dijo Giuseppe Corte pálido como un muerto—. ¿Tendré que bajar entonces a la segunda?

—Pues claro. ¿Qué tiene de raro? Cuando, dentro de quince días, regresemos, volverá usted a esta habitación. No creo que sea para asustarse.

Sin embargo, Giuseppe Corte —misterioso instinto le advertía— se vio embargado por el miedo. No obstante, ya que no podía impedir que el personal se fuera de vacaciones, convencido de que el nuevo tratamiento de rayos le hacía bien (el eccema se había reabsorbido casi por completo), no se atrevió a oponerse al nuevo traslado. Pretendió, con todo, y a pesar de las burlas de las enfermeras, que en la puerta de su nueva habitación se pusiera un cartel que dijera: «Giuseppe Corte, de la tercera planta, provisional». Esto no tenía precedentes en la historia del sanatorio, pero los médicos, considerando que en un temperamento nervioso como Corte incluso pequeñas contrariedades podían provocar un empeoramiento, no se opusieron a ello.

En el fondo se trataba de esperar quince días, ni uno más ni uno menos. Giuseppe Corte empezó a contarlos con obstinada avidez, permaneciendo inmóvil en su lecho durante horas enteras con los ojos fijos en los muebles, que en la segunda planta no eran ya tan modernos y alegres como en las secciones superiores, sino que adoptaban dimensiones mayores y líneas más solemnes y severas. Y de cuando en cuando aguzaba el oído, pues le parecía oír en la planta de abajo, la planta de los moribundos, la sección de los “condenados”, vagos estertores de agonía.

Todo esto, naturalmente, contribuía a entristecerlo. Y su mengua de serenidad parecía fomentar la enfermedad, la fiebre tendía a aumentar, la debilidad se hacía más pronunciada. Desde la ventana —era ya pleno verano y las ventanas se hallaban casi siempre abiertas— no se divisaban ya los tejados, ni siquiera las casas de la ciudad; sólo la muralla verde de los árboles que rodeaban el hospital.

 

Habían pasado siete días cuando una tarde, hacia las dos, el supervisor y tres enfermeros que empujaban una camilla con ruedas irrumpieron súbitamente.

—¿Listos para el traslado? —preguntó en tono de afable chanza el supervisor.

—¿Qué traslado? —preguntó Giuseppe Corte con un hilo de voz—. ¿Qué bromas son estas? ¿No faltan aún siete días para que vuelvan los de la tercera planta?

—¿La tercera planta? —dijo el supervisor como si no comprendiera—. A mí me han dado orden de llevarle a la primera, mire —y le enseñó un volante sellado para su traslado a la planta inferior, firmado nada menos que por el mismísimo profesor Dati.

El terror, la cólera infernal de Giuseppe Corte estallaron en largos gritos que resonaron por toda la planta. «Más bajo, más bajo, haga el favor», suplicaron las enfermeras, «¡aquí hay enfermos que no se encuentran bien!». Pero hacía falta algo más para calmarlo.

Al fin acudió el médico que dirigía la sección, una persona amabilísima y sumamente educada. Se informó, miró el volante, hizo que Corte le explicara. Luego se voltio, encolerizado, hacia el supervisor, declarando que había habido un error, él no había dado ninguna orden de ese tipo, desde hacía algún tiempo había un desbarajuste intolerable, nadie le informaba de nada… Al cabo, después de haber echado la bronca al subordinado, se volvió en tono cortés al enfermo, deshaciéndose en excusas.

—Con todo, desgraciadamente —añadió el médico—, el profesor Dati hace justo una hora que se ha marchado para una breve licencia, y no volverá hasta dentro de dos días. Estoy absolutamente desolado, pero sus órdenes no se pueden transgredir. Él será el primero en lamentarlo, se lo garantizo… ¡Un error así! ¡No me explico cómo ha podido suceder!

Un lastimoso estremecimiento había empezado a sacudir a Giuseppe Corte. Su capacidad de dominarse había desaparecido por completo. El terror se había apoderado de él como de un niño. Sus sollozos resonaban en la habitación.

De este modo, debido a aquel execrable error, alcanzó la última etapa. ¡Él, que en el fondo, por la gravedad de su mal, a juicio de los médicos más severos, tenía derecho a verse asignado a la sexta, cuando no a la séptima planta, en la sección de los moribundos! La situación era tan grotesca que en algunos momentos Giuseppe Corte casi sentía deseos de echar a reír a carcajadas.

Tendido en la cama mientras la cálida tarde de verano pasaba lentamente sobre la ciudad, miraba los verdes árboles a través de la ventana con la impresión de haber ido a parar a un mundo irreal, hecho de absurdas paredes alicatadas y esterilizadas, de gélidos y fúnebres zaguanes, de blancas figuras humanas carentes de alma. Hasta dio en pensar que ni siquiera los árboles que le parecía divisar a través de la ventana eran verdaderos: acabó incluso por convencerse, al advertir que las hojas no se movían en absoluto.

Esta idea lo agitó hasta tal punto que Corte llamó con el timbre a la enfermera e hizo que le alcanzara sus gafas de miope, que no usaba en la cama; sólo entonces consiguió tranquilizarse un poco: con su ayuda pudo asegurarse de que eran realmente árboles auténticos y que las hojas, aunque ligeramente, se veían agitadas por el viento de cuando en cuando.

Una vez que salió la enfermera, transcurrió un cuarto de hora de completo silencio. Seis plantas, seis terribles murallas, aun siendo por un error de forma, abrumaban ahora a Giuseppe Corte con implacable peso. ¿Cuántos años —sí, tenía que pensar en años— le harían falta para que consiguiera alcanzar de nuevo el borde de aquel precipicio?

Pero ¿cómo de repente se hacía en la habitación tanta oscuridad? Seguía siendo plena tarde. Con un esfuerzo supremo, Giuseppe Corte, que se sentía paralizado por un extraño entumecimiento, miró el reloj que estaba sobre la mesita al lado de la cama. Eran las tres y media. Volvió la cabeza hacia la otra parte y vio que las persianas, obedientes a una misteriosa orden, descendían lentamente, cerrando el paso a la luz.

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer la versión ilustrada de Siete plantas, de Dino Buzzati (Nórdica, 2018)con ilustraciones de Juan Berrio Martín-Retortillo y traducción de Miguel Ángel Cuevas Gómez. [Aviso legal]

34. En un país lejano, de Jack London [Paco Bescós]

Hasta que el cuento aguante

Siempre se puede estar peor: si éste es un consuelo para estúpidos, entonces la estupidez es un consuelo. Siempre se puede estar peor. Si observas por la ventana y no ves un paraje helado impenetrable. Si miras a tu lado y no tienes un personaje zafio, vago y ruin como única compañía para pasar el confinamiento. Si contemplas el espejo y no ves en él un ser miserable. Entonces podrías estar peor. Los protagonistas de este colosal relato escrito en 1899, en plena fiebre del oro, sí están peor. Se trata de la versión ártica de otro imprescindible relato sobre y el desbordamiento del ser humano aislado, “Una avanzada hacia el progreso”, de Joseph Conrad (1896).

 

Recomendación de Paco Bescós, publicista y escritor. Autor de El baile de los penitentes (Almuzara, 2014), El costado derecho (Salto de Página, 2016) y El porqué del color rojo (Salto de Página, 2018), Premio “Pata Negra” a la mejor novela negra del año.

 

En un país lejano, de Jack London

Cuando un hombre viaja a un país lejano debe prepararse para olvidar muchas de las cosas que ha aprendido y para adquirir las costumbres inherentes a la vida del nuevo país. Debe abandonar los viejos ideales y los antiguos dioses, y, a menudo, debe invertir los mismos códigos por los que se ha afirmado su conducta. Para quienes tienen la facultad proteica de adaptarse, la novedad de semejante cambio puede constituir incluso una fuente de placer. Pero a quienes se han anquilosado en los senderos que los crearon les resulta insoportable la presión de un entorno modificado y se irritan en cuerpo y alma bajo las nuevas restricciones que no entienden. Esta irritación tiende a actuar y reaccionar, produce varios males y termina en desgracias. Para el hombre que no sabe adaptarse al nuevo surco sería mejor volver a su país, pues, si lo retrasa demasiado, es seguro que muera.

El hombre que vuelve la espalda a las comodidades de una vieja civilización para enfrentarse a la juventud salvaje, a la primitiva sencillez del Norte, puede valorar su triunfo en proporción inversa a la cantidad y calidad de sus hábitos firmemente enraizados. Si es un candidato adecuado, descubrirá pronto que los hábitos materiales son los menos importantes. El cambio de cosas, corno un delicado menú, por una comida cruda; los duros zapatos de cuero, por el blando y deforme mocasín; la cama de colchón de plumas, por una manta en la nieve; es, después de todo, una cosa fácil. Pero sus apuros vendrán al aprender a modelar su actitud mental ante todas las cosas, y especialmente ante su prójimo. Debe sustituir las gentilezas de la vida corriente por el desinterés, la indulgencia y la tolerancia. Así, y sólo así, puede ganarse lo más preciado de todo: la verdadera camaradería. No debe decir «gracias», sino indicarlo sin abrir la boca, y demostrarlo correspondiendo de la misma manera. En suma, debe sustituir la palabra por el hecho, la letra por el espíritu.

Cuando el mundo se conmovió con la historia del oro ártico v el señuelo del Norte se apoderó de los corazones de los hombres, Carter Weatherbee abandonó su cómodo trabajo ele dependiente, entregó a su mujer la mitad de los ahorros v se compró un equipo con el resto. No había nada romántico en su naturaleza, la esclavitud del comercio lo había destruido todo. Estaba sencilla-mente harto de la incesante rutina y deseaba correr grandes riesgos en espera de grandes recompensas. Al igual que otros muchos locos que desdeñan los viejos caminos utilizados durante años por los pioneros del Norte, se apresuró a llegar a Edmonton en primavera. Y allí, para desgracia de su alma, se unió a una partida de hombres.

No había nada extraño en esta partida, salvo sus planes. Hasta su meta, como la de todas las demás partidas, era el Klondike. Pero la ruta que habían escogido para alcanzar la meta dejaba sin resuello al nativo más duro, nacido y criado en las vicisitudes del noroeste. Quedó sorprendido el mismo Jacques Baptiste, hijo de una mujer chippewa [tribu india del norte de Canadá] y de un renegado voyageur [ hombre empleado por una compañía de pieles para transportar bienes y hombres entre las remotas factorías del norte] (había lanzado sus primeros lloriqueos en una tienda de piel de ciervo, al norte del paralelo sesenta y cinco, y lo habían callado con deliciosos chupetones de sebo crudo). Aunque les vendió sus servicios y aceptó viajar hasta los hielos permanentes, sacudía ominosamente la cabeza cada vez que le pedían consejo.

La mala estrella de Percy Cuthfert debía estar ascendiendo, puesto que también él se unió a este grupo de argonautas. Era un hombre corriente, con una cuenta bancaria tan honda como su cultura, que ya es decir. No tenía ninguna razón para embarcarse en una aventura semejante, ninguna en absoluto, salvo que padecía de un desarrollo anormal de sentimentalismo. Y lo confundió con el verdadero espíritu de romanticismo y aventura. Á muchos otros les ha pasado lo mismo y han cometido el mismo error fatal.

Los primeros deshielos de la primavera encontraron al grupo siguiendo el curso helado del río Elk. Era una flota imponente, pues el equipo era grande e iban acompañados por un contingente escandaloso de voyageurs mestizos con sus mujeres y niños. Día tras día faenaron con los bateaux [francés: embarcación pequeña] y canoas, combatieron los mosquitos y otras plagas semejantes, o sudaban y maldecían en los porteos. Un trabajo duro como éste pone al descubierto las raíces mismas del alma y, antes de que el lago Athabasca se perdiera en el sur, cada miembro de la expedición había revelado su verdadero carácter.

Los dos gandules y gruñones constantes eran Carter Weatherbee y Percy Cuthfert. Todo el resto de la expedición se quejaba menos de sus dolores y sufrimientos que cada uno de ellos. Ni una vez se ofrecieron voluntarios para alguna de las mil pequeñas tareas del campamento. Acarrear un cubo de agua, cortar una brazada extra de madera, lavar y secar los platos, buscar entre el equipo algún artículo indispensable para el momento; y estos dos decadentes vástagos de la civilización descubrían torceduras y ampollas que exigían atención inmediata. Eran los primeros en acostarse por la noche, antes de haber terminado todavía toda una serie de tareas; los últimos en salir por la mañana, cuando la salida debía estar lista antes de empezar el desayuno. Eran los primeros en caer a la hora de comer, los últimos en echar una mano en la cocina; los primeros en lanzarse a una pequeña golosina, los últimos en descubrir que habían añadido a la suya la ración de otro. Si remaban, cortaban astutamente el agua a cada golpe y permitían que el impulso de la barca eludiera la pala. Creían que nadie lo notaba, pero sus compañeros los maldecían por lo bajo y llegaron a odiarlos, mientras que Jacques Baptiste los despreciaba abiertamente y los maldecía desde por la mañana hasta por la noche. Pero Jacques Baptiste no era un caballero.

En el Gran Esclavo compraron perros de la Hudson Bay y la flota se hundió hasta el último con su carga adicional de pescado seco y pemmican [una comida concentrada, utilizada por los indios de Norteamérica, consistente en carne magra desecada, molida y mezclada con grasa derretida]. Canoas y bateaux respondían a la rápida corriente del Mackenzie y penetraron en los Grandes Yermos. Investigaron todo afluente de buen aspecto, pero la esquiva «tierra aurífera» se escurría cada vez más hacia el norte. En el Gran Oso, dominados por el terror normal de las Tierras Desconocidas, sus voyageurs empezaron a desertar, y el Fuerte de Buena Esperanza vio doblarse a los últimos y más valientes bajo las sirgas, mientras bajaban a saltos la corriente que tan peligrosamente habían remontado. Sólo quedaba Jacques Baptiste. ¿No había jurado viajar hasta los hielos eternos?

Consultaban constantemente los mapas falsos, trazados en su mayor parte a base de rumores. Y sintieron la necesidad de apresurarse, pues el sol había pasado ya del solsticio del norte y volvía a dirigir el invierno hacia el sur. Bordearon las costas de la bahía donde el Mackenzie desemboca en el océano Ártico y entraron en la boca del río Little Peel. Allí empezó la ardua tarea de navegar contra corriente, y los dos inútiles lo pasaron peor que nunca. Sirgas y varas, remos y correas, rápidos y porteos: semejantes torturas sirvieron para producirle a uno un asco profundo a los grandes riesgos, y para imprimir en el otro un texto feroz sobre el verdadero romanticismo de la aventura. Un día se mostraron rebeldes y, ante las maldiciones de Jacques Baptiste, se revolvieron contra él como gusanos. Pero el mestizo azotó a los dos y los envió, heridos y sangrantes, a su trabajo. Era la primera vez que los habían maltratado.

Abandonaron su barcaza en el nacimiento del Little Peel y pasaron el resto del verano en el largo porteo que los llevó por la cuenca del Mackenzie hasta West Rat. Esta pequeña corriente desembocaba en el Porcupine, que, a su vez, se unía al Yukón por donde esta grandiosa carretera del norte cruza el Círculo Ártico. Pero habían perdido la carrera contra el invierno y un buen día amarraron sus balsas al espeso hielo de los remolinos y desembarcaron a toda prisa sus bienes. Esa noche el río se heló y desheló varias veces, y, a la mañana siguiente, se había dormido para siempre.

—No podemos estar a más de cuatrocientas millas del Yukón —concluyó Sloper, mientras multiplicaba las uñas del pulgar por la escala del mapa.

El consejo en el que los dos inútiles habían expresado su desacuerdo se acercaba al fin.

—Factoría de la Hudson Bay hace mucho tiempo. No la utilizan ahora.

El padre de Jacques Baptiste había hecho el viaje para la Compañía de Pieles en los viejos tiempos, y había marcado casualmente el camino con un par de dedos del pie congelados.

—¡Santo Dios! —gritó uno de la partida—. ¿No hay blancos?

—Ningún blanco —sentenció Sloper—. Pero sólo hay quinientas millas más por el Yukón hasta Dawson. Digamos que unas mil desde aquí.

Weatherbee y Cuthfert gruñeron a la vez: —¿Cuánto crees que tardaremos, Baptiste? El mestizo calculó por un momento:

—Trabajando como demonios, sin que nadie escurra el bulto, diez, veinte, cuarenta, cincuenta días. Si vienen esos bebés —señaló a los inútiles—, no se sabe. Tal vez cuando se congele el infierno, o tal vez no.

Cesó la fabricación de raquetas de nieve y de mocasines. Alguien llamó a un miembro ausente, que salió de una vieja cabaña situada al borde de la hoguera y se unió a ellos. La cabaña era uno de los muchos misterios que acechaban en los vastos descansos del norte. Nadie podía decir cuándo ni quién la había construido. Dos tumbas cavadas al aire libre cubiertas por un montón de piedras encerraban quizás el secreto de estos primeros exploradores. ¿Pero qué manos habían amontonado las piedras?

Había llegado el momento. Jacques Baptiste se detuvo en el arreglo de un arnés y amarró al perro inquieto a la nieve. El cocinero protestó en silencio por el retraso, tiró un puñado de tocino a una ruidosa perola de judías y prestó atención. Sloper se levantó. Su cuerpo contrastaba ridículamente con el sano físico de’ los inútiles.

Amarillo y débil, huido de unas fiebres suramericanas, no había interrumpido su vuelo por las distintas regiones y todavía era capaz de trabajar con los hombres. Tal vez pesara noventa libras, incluyendo su pesado cuchillo de monte, y su canoso pelo hablaba de una edad viril que ya no existía. Los músculos frescos y jóvenes de Weatherbee o Cuthfert equivalían a diez veces la fuerza de los suyos. Sin embargo, podía dejarlos tirados en el suelo en la caminata de un día. Y durante todo el día había estado animando a sus camaradas más fuertes a aventurarse por las mil millas de las peores penalidades que imaginarse pueda. Era la encarnación de la inquietud de su raza, y la vieja tozudez teutónica, salpicada de la rapidez y la acción del yankee, mantenía la carne sometida al espíritu.

—Todos los que estén a favor de seguir con los perros tan pronto como endurezca el hielo, que digan sí.

—¡Sí! —exclamaron ocho voces, voces destinadas a ensartar un sendero de juramentos a lo largo de cientos de millas de sufrimientos.

—¿Quiénes están en contra?

—¡No!

Por primera vez los inútiles se unieron sin ningún compromiso de intereses personales.

—¿Y qué pensáis hacer? —añadió en tono beligerante Weatherbee.

—¡La mayoría decide! ¡La mayoría decide! —clamó el resto de la partida.

—Sé que la expedición puede fracasar, si no venís —replicó suavemente Sloper—, pero creo que, si hacemos un gran esfuerzo, podemos arreglárnoslas sin vosotros. ¿Qué decís, muchachos?

Los demás se hicieron eco de este sentimiento.

—Ya lo sabéis —se atrevió a decir Cuthfert—. ¿Qué va a hacer un tipo como yo?

—¿No vienes con nosotros?

—Nooo.

—Entonces haz lo que te plazca. No hay más que decir.

—Calculo que podrás arreglarlo con ese compañero tuyo —sugirió un hombre grueso de Dakota, al tiempo que señalaba a Weatherbee—. Seguro que te preguntará qué piensas hacer a la hora de cocinar y recoger madera.

—Entonces consideramos que todo está arreglado —concluyó Sloper—. Partiremos mañana y acamparemos a cinco millas, sólo para preparar las cosas y ver si se nos ha olvidado algo.

Los trineos crujieron en sus patines metálicos y los perros estiraron los arneses en los que habían de morir. Jacques Baptiste se detuvo junto a Sloper para echar un último vistazo a la cabaña. El humo ascendía en volutas patéticas por el tubo de la estufa del Yukón. Los dos inútiles los miraban desde la puerta.

Sloper apoyó una mano en el hombro del otro.

—Jacques Baptiste, ¿has oído hablar alguna vez de los gatos de Kilkenny? El mestizo negó con la cabeza.

—Bueno, mi buen amigo y camarada, los gatos de Kilkenny lucharon hasta que no quedó ni pellejo ni pelo ni maullido. ¿Entiendes? Hasta que no quedó nada. Muy bien. Ahora a estos dos no les gusta trabajar. No trabajarán. Lo sabemos. Estarán solos en la cabaña todo el invierno, un largo y oscuro invierno. Gatos de Kilkenny, ¿eh?

El francés que Baptiste llevaba dentro se encogió de hombros, pero el indio guardó silencio. Sin embargo era un gesto elocuente, preñado de presagios.

Al principio las cosas marchaban bien en la pequeña cabaña. Las toscas burlas de sus compañeros habían hecho que Weatherbee y Cuthfert tomasen conciencia de la responsabilidad mutua que les incumbía. Además, después de todo, no había tanto trabajo que hacer para dos hombres sanos. Y la ausencia del cruel látigo, o en otras palabras, del arrollante mestizo, había producido una reacción jocosa. Al principio cada uno se esforzaba por superar al otro, y ejecutaban pequeñas tareas con una afectación que hubiera asombrado a sus compañeros, los cuales desgastaban ahora cuerpos y almas en el largo camino.

Se despreocuparon por completo. El bosque que los rodeaba por tres lados constituía una leñera inagotable. A unas yardas de su puerta dormía el Porcupine y un agujero hecho con su ropaje de invierno creaba una fuente de agua cristalina y dolorosamente fría. Pero pronto encontraron faltas hasta en eso. El agujero persistía en congelarse, lo que les hacía gastar muchas horas picando hielo. Los desconocidos constructores de la cabaña habían extendido los troncos laterales para sujetar un escondrijo en la parte trasera. Aquí se almacenaban la mayor parte de las provisiones. Sin restricciones, había comida para el triple de los hombres que iban a vivir de ella. La mayor cantidad era de la que daba fuerza muscular y resistencia, pero no estimulaba el paladar. Cierto, había azúcar abundante para dos hombres normales, pero estos dos eran poco menos que niños. Descubrieron pronto las virtudes del agua caliente saturada de azúcar y sumergían pródigamente las tortas y mojaban las cortezas en el rico y blanco almíbar. Luego vinieron las desastrosas incursiones al café, té y, especialmente, a los frutos secos. Las primeras discusiones fueron por la cuestión del azúcar. Y es algo realmente serio que empiecen a reñir dos hombres enteramente dependientes el uno del otro.

A Weatherbee le encantaba lanzar brillantes discursos políticos, mientras que Cuthfert, que se había pasado la vida cortando cupones y había dejado que la Mancomunidad siguiera lo mejor posible, ignoraba el tema o se enfrascaba en sorprendentes epigramas. El dependiente era demasiado obtuso para apreciar estos inteligentes pensamientos, y a Cuthfert le irritaba este despilfarro de munición. Estaba acostumbrado a ofuscar a la gente con su brillantez y le resultaba difícil aceptar esta pérdida de público. Se sentía personalmente ofendido e inconscientemente hacía responsable de ello al cabeza-cuadrada de su compañero.

Salvo su existencia, no tenían nada en común, no coincidían en un solo punto. Weatherbee era un empleado que no había conocido otra cosa en toda su vida; Cuthfert era licenciado en filosofía y letras, aficionado a la pintura y había escrito bastante. Uno era hombre de clase baja que se consideraba caballero, y el otro era un caballero que se sabía tal. Aquí puede destacarse que se puede ser caballero sin tener el primitivo instinto de la verdadera camaradería. El dependiente era tan sensual como el otro era esteticista, y sus aventuras amorosas, contadas con todo detalle y sacadas mayormente de su imaginación, afectaban al ultrasensible licenciado de la misma manera que otras tantas bocanadas de gases de cloaca. Consideraba al dependiente bruto, obsceno e ignorante, cuyo lugar estaba en el barro con los cerdos, y así se lo dijo. El, a su vez, recibió la información de que era un mariquita debilucho y un canalla. Weatherbee no hubiera podido definir «canalla» en toda su vida, pero le bastaba para sus intenciones, lo cual, en última instancia, parece ser lo principal.

Weatherbee desafinaba una nota sí y otra no, y, a veces, durante horas enteras cantaba canciones como «El Ladrón de Boston» y «El Efebo de la Cabaña», mientras Cuthfert lloraba de a rabia hasta que ya no podía aguantarlo más y huía al frío externo. Pero no había escapatoria. El intenso frío no podía soportarse por mucho tiempo, y la pequeña cabaña los agobiaba —camas, estufa, mesa, y todo— en un espacio de diez por doce. La presencia misma de cada uno de ellos resultaba una afrenta personal para el otro, y se sumergían en silencios taciturnos que aumentaban, al pasar los días, en duración e intensidad. De vez en cuando se lanzaban una mirada furtiva o levantaban un labio, aunque se esforzaban por ignorarse por completo durante estos períodos mudos. En sus pechos brotó la gran maravilla de cómo Dios llegó a crear al otro.

Como había poco que hacer, el tiempo les resultaba una carga intolerable. Esto, naturalmente, los hizo aún más perezosos. Se hundieron en un letargo físico del que no había escape posible y que los hacía rebelarse ante la tarea más insignificante. Una mañana en que le tocaba preparar el desayuno común, Weatherbee salió de entre las mantas y, entre los ronquidos de su compañero, encendió primero el candil y luego la lumbre. Las perolas estaban heladas y no había agua con que lavarlas. Pero esto no le importó. Mientras esperaba a que se deshelaran, cortó el tocino y se dedicó a la odiosa tarea de hacer pan. Cuthfert lo había estado observando astutamente con los ojos entornados. Como consecuencia de ello tuvieron una disputa, en la que se bendijeron fervientemente el uno al otro y se pusieron de acuerdo en que desde ese momento cada uno se cocinaría lo suyo. Una semana más tarde Cuthfert se olvidó de hacer su lavado matutino, pero se comió complaciente la comida que había preparado. Weatherbee se sonrió. Después de eso perdieron la necia costumbre de lavar.

A medida que menguaba el azúcar y otros lujos, empezaron a temer que no recibían las raciones debidas, y, para que no les robasen, empezaron a atracarse. Los lujos sufrieron con esta competición glotona lo mismo que sufrieron los hombres. Con la falta de verduras frescas y ejercicio se les empobreció la sangre y una repugnante erupción morada les invadió el cuerpo. Sin embargo, no hicieron caso de la advertencia. A continuación se les empezaron a hinchar los músculos y las articulaciones, se les ennegreció la carne, mientras que sus bocas, encías y labios se volvieron de color crema. En vez de unirse en su miseria, cada uno se recreaba con los síntomas del otro, a medida que avanzaba el escorbuto.

Se despreocuparon por completo de su aspecto personal y, por así decirlo, del pudor común. La cabaña se convirtió en una pocilga y nunca más volvieron a hacerse las camas ni a colocar debajo de ellas ramas frescas de pino. Sin embargo no podían permanecer entre las mantas como les hubiera gustado, pues el hielo era inexorable y la lumbre consumía demasiada leña. El pelo de sus cabezas y caras era largo y desaliñado, mientras que sus ropas habrían asqueado a un trapero. Pero no les importaba. Estaban enfermos y nadie los podía ver; además, resultaba muy doloroso moverse.

A todo esto se sumó un nuevo problema: el miedo del Norte. Este miedo era hijo del gran frío y del gran silencio y nació en la oscuridad de diciembre, cuando el sol se hunde para siempre bajo el horizonte sur. A cada uno le afectó según su naturaleza. Weatherbee cayó víctima de groseras supersticiones y hacía todo lo que podía por resucitar a los espíritus que dormían en las olvidadas tumbas. Era algo fascinante. En sus sueños se le acercaban desde el frío y se le metían entre las mantas y le contaban los trabajos y sufrimientos que les había causado la muerte. Se encogía a su contacto viscoso y enredaban en él sus miembros helados y, cuando le susurraban al oído las cosas que todavía habían de venir, la cabaña retumbaba con sus gritos de horror. Cuthfert no entendía, pues hacía tiempo que no se hablaban y, cuando se despertaba, agarraba invariablemente el revólver. Luego se sentaba en la cama, tiritando nerviosamente, apuntando el arma al soñador inconsciente. Cuthfert pensaba que el hombre se estaba volviendo loco y temió por su vida. Su propia enfermedad adoptó una forma menos concreta.

El misterioso artesano que había construido la cabaña tronco a tronco había clavado una veleta a la viga maestra. Cuthfert la veía apuntar siempre al sur, y un día, irritado por su fijación, la giró hacia el este. Observó atento, sin que la moviera un solo soplo. Luego giró la veleta hacia el norte, jurando no volver a tocarla hasta que soplase el viento. Pero lo asustó la calma sobrenatural del aire y se levantaba con frecuencia en mitad de la noche para ver si la veleta había girado: se habría contentado con diez grados. Pero se cernía sobre él tan invariable como el destino. Se le desató la. imaginación, hasta que la veleta se convirtió en un fetiche. A veces seguía la dirección que marcaba por los sombríos dominios y dejaba que su espíritu se saturase de miedo. Meditaba acerca de lo invisible y lo desconocido, hasta que el peso de la eternidad parecía aplastarlo. Todo el norte parecía sucumbir bajo ese peso: la ausencia de vida y movimiento, la oscuridad, la paz infinita de la tierra triste, el espantoso silencio, que convertía en sacrilegio el eco de cada latido del corazón, el bosque solemne que parecía esconder algo horrible e inexpresable que no podían comprender la palabra ni el pensamiento.

Parecía muy lejano el mundo que acababa de dejar con sus naciones laboriosas y sus grandes empresas. Los recuerdos se entremezclaban de vez en cuando, recuerdos de mercados, y galerías y calles llenas de gente, de trajes de noche y actos sociales, de hombres buenos y mujeres queridas que había conocido.

 

Pero eran recuerdos confusos de una vida que había vivido hacía muchos siglos en otro planeta.

Este fantasma era la realidad. Estando de pie bajo la veleta, con los ojos fijos en los cielos polares, no podía creerse que el sur existía realmente y que en ese mismo instante bullía repleto de vida y de acción. No existía el sur, ni hombres nacidos de mujeres, ni matrimonios que se daban y recibían. Más allá de ese horizonte inhóspito se extendían vastas soledades y, más allá de ellas, soledades todavía más vastas. No había tierras bañadas por el sol, cargadas con el perfume de las flores. Esas cosas no eran más que viejos sueños del paraíso. Las tierras soleadas del oeste, las de las especias del este, las arcadias alegres, las felices islas de los bienaventurados.

—¡Ja, ja! —su risa desgarró el vacío y le sorprendió con su inusitado sonido.

No había sol. Este era el universo, muerto, frío y oscuro, y él, su único habitante. ¿Weatherbee? En tales momentos Weatherbee no contaba. Era un calibán, un monstruoso fantasma encadenado a él para toda una eternidad, castigo de algún crimen olvidado.

Vivía con la muerte entre los muertos, mutilado por el sentimiento de su propia insignificancia, aplastado por el dominio pasivo de las edades soñolientas. La magnitud de todo le horrorizaba. Todo era superlativo menos él: la perfecta ausencia de viento y de movimiento, la inmensidad de la desolación cubierta de nieve, la altitud del cielo y la profundidad del silencio. Esa veleta: ¡si sólo se moviera! Si cayera un rayo o si el bosque ardiera en llamas. Si los cielos se enrollaran como un pergamino, si estallara el juicio final: ¡cualquier cosa, cualquier cosa! Pero no, nada se movía. El silencio lo acorralaba y el miedo del Norte se apoderó de su corazón con dedos helados.

Una vez, cual otro Robinsón Crusoe, encontró unas huellas a la orilla del río: una débil huella de liebre de las nieves sobre la delicada corteza de la nieve. Fue una revelación. Existía vida en el norte. La seguiría, la contemplaría, se recrearía en ella. Se olvidó de sus músculos hinchados al lanzarse por la honda nieve en un éxtasis de anticipación. El bosque se lo tragó y el breve crepúsculo de mediodía desapareció, pero persistió en su búsqueda hasta que su exhausta naturaleza se agotó y lo tumbó indefenso en la nieve. ¡Ay!, se quejó, y maldijo su locura. Entonces supo que la huella había sido fruto de su imaginación. Esa noche, ya tarde, se arrastró a gatas hasta la cabaña, con las mejillas heladas y un extraño entumecimiento en los pies. Weatherbee le sonrió malévolamente, pero no se ofreció a ayudarle. Se introdujo agujas en los dedos de los pies y se los descongeló junto a la estufa. Una semana más tarde vino la mortificación.

El dependiente andaba con sus propios problemas. Los muertos salían ahora de sus tumbas con más frecuencia y rara vez lo abandonaban, ya estuviera despierto o dormido. Llegó a esperar y temer su visita, sin poder pasar cerca de los dos montones de piedras y no sentir un escalofrío. Una noche se le acercaron en sueños y le asignaron una tarea. Sobrecogido por un horror mudo, se despertó entre los dos montones de piedras y huyó alocadamente hacia la cabaña. Pero había estado allí cierto tiempo, ya que también se le habían congelado los pies y las mejillas.

A veces se ponía frenético ante su insistente presencia, y bailaba por la cabaña cortando el aire con un hacha y rompiendo todo lo que estaba a su alcance. Durante estos encuentros fantasmagóricos, Cuthfert, se acurrucaba entre las mantas y seguía al hombre con el revólver amartillado, dispuesto a matarlo, si se acercaba demasiado. Al recobrarse una vez de estos ataques, el dependiente descubrió el arma que lo encañonaba. Se despertaron sospechas en él y desde entonces también empezó a temer por su vida. Después de eso se observaban de cerca, se miraban de frente y se sobrecogían cada vez que uno se ponía a la espalda del otro. Esta aprehensión se convirtió en una manía que los dominaba hasta en sueños. Por miedo recíproco, dejaron tácitamente que el candil ardiera toda la noche y comprobaban si había una abundante reserva de grasa de tocino antes de retirarse. El menor movimiento de uno bastaba para despertar al otro, y, durante muchas vigilias, sus miradas se cruzaron mientras temblaban bajo las mantas con el dedo en el gatillo.

Con el miedo del Norte, la tensión mental y los estragos de la enfermedad perdieron toda semejanza humana, adoptando la apariencia de bestias salvajes, cazadas y desesperadas. Como consecuencia de la congelación, se les habían puesto negras las mejillas y las narices. Se les empezaron a caer los dedos congelados por las primeras y segundas articulaciones. Cada movimiento les producía dolor, pero la lumbre era insaciable y sacaba a sus cuerpos miserables toda una serie de torturas. Día tras día exigían su alimento, una verdadera libra de carne, y se arrastraban de rodillas hasta el bosque para cortar leña. Una vez, gateando de esta manera en busca de ramas secas, sin saberlo ninguno de ellos, rodearon el mismo arbusto por lados opuestos. De repente, sin previo aviso, se enfrentaron dos cabezas cadavéricas. Los sufrimientos los habían transformado de tal manera, que era imposible reconocerse. Se levantaron de un salto, gritando aterrorizados, corriendo con sus mutilados muñones y, tropezando en la puerta de la cabaña, se arañaron y clavaron las uñas como demonios hasta que descubrieron su error.

De vez en cuando tenían momentos de lucidez y, durante uno de estos intervalos, dividieron equitativamente la manzana de la discordia: el azúcar. Vigilaban sus respectivos sacos, guardados en el escondrijo, con verdadero celo, pues sólo quedaban unas cuantas tazas y no se fiaban en absoluto el uno del otro. Pero un día Cuthfert se equivocó. Casi incapaz de moverse, enfermó de dolor, mareado y ciego, se deslizó hacia el escondrijo con el bote del azúcar en la mano, y confundió el saco de Weatherbee con el suyo.

Cuando esto ocurrió, hacía unos días que había nacido enero. Hacía algún tiempo que el sol había remontado su punto más bajo por el sur y, situado ahora en el meridiano, lanzaba ostentosos rayos de luz amarilla contra el cielo del norte. Al día siguiente de su equivocación con el saco del azúcar, Cuthfert se sintió mejor tanto física como espiritualmente. Al aproximarse la tarde e iluminarse el día, se arrastró afuera para regalarse con el brillo evanescente, que para él significaba la señal de las intenciones futuras del sol. Weatherbee también se sentía algo mejor y se arrastró a su lado. Se sentaron en la nieve, bajo la inmóvil veleta, y esperaron.

La quietud de la muerte rondaba a su alrededor. En otros climas, cuando la naturaleza cae en tales estados de ánimo, hay un suave aire de expectación, una esperanza de que alguna pequeña voz rompa la tensión. No ocurre así en el Norte. Los dos hombres habían vivido eternidades aparentes en esta paz fantasmal. No recordaban ninguna canción del pasado, ni podían conjurar ninguna canción del futuro. Siempre había existido esta calma extraterrena, el tranquilo silencio de la eternidad.

Sus ojos estaban fijos en el norte. Invisible, a sus espaldas, tras las montañas del sur, el sol marchaba hacia el cenit de otro cielo distinto al suyo. Espectadores únicos del poderoso lienzo, contemplaban el paulatino crecimiento del falso crepúsculo. Empezó a arder una débil llama. Aumentó en intensidad, cambiando enérgicamente del amarillo rojizo al morado y al azafranado. Se hizo tan brillante, que Cuthfert creyó que el sol debía estar tras ella. ¡Un milagro, el sol amanecía en el norte! De repente, sin avisar y sin apagarse gradualmente, el manto desapareció. No quedó ningún color en el cielo. El día se había quedado sin luz. Retuvieron la respiración en un medio sollozo. ¡Y he aquí el resultado! El aire brillaba con partículas de hielo centelleante, y allí, al norte, la veleta trazaba un vago perfil en la nieve. ¡Una sombra, una sombra! Era exactamente mediodía. Giraron apresuradamente las cabezas hacia el sur. Un aro dorado asomó por encima de una montaña nevada, les sonrió por un instante y volvió a desaparecer de su vista.

Tenían lágrimas en los ojos, cuando se miraron. Los invadió una extraña suavidad. Se sintieron irresistiblemente unidos el uno al otro. El sol volvía de nuevo. Estaría con ellos mañana, pasado mañana y al otro. Y cada visita sería más larga, y llegaría el día en que remontaría los cielos día y noche, sin ocultarse una sola vez’ por debajo del horizonte. No habría noche. Se rompería el invierno helado, soplarían los vientos y responderían los bosques; la tierra se bañaría en los benditos rayos solares y la vida renacería. Cogidos de la mano, abandonarían este horrible sueño y volverían a las tierras del sur. Avanzaron ciegos y tambaleantes y sus manos se encontraron, sus pobres manos mutiladas, hinchadas r deformadas bajo las manoplas.

Pero la promesa no llegaría a cumplirse. El Norte es el Norte los hombres se desgastan el alma con leyes extrañas que no pueden comprender otros hombres que no hayan viajado a tierras extrañas.

 

Una hora más tarde Cuthfert introdujo una sartén de pan en el horno y especuló acerca de lo que podían hacer los médicos con sus pies cuando regresara. El hogar no parecía ahora tan lejano. Weatherbee rebuscaba en el escondrijo. De repente lanzó un torbellino de blasfemias, que, a su vez, cesaron con sorprendente brusquedad. El otro le había robado su saco de azúcar. Las cosas podían haber ocurrido de otra manera distinta si los dos muertos no hubieran salido de debajo de las piedras y hubieran acallado las ardientes palabras en su garganta. Lo sacaron suavemente del escondrijo, que se olvidó de cerrar. Los hechos se habían consumado; estaba a punto de ocurrir lo que le habían susurrado en sueños. Lo condujeron suavemente, muy suavemente, hacia el montón de leña y le colocaron el hacha en las manos. Luego le ayudaron a abrir la puerta de la cabaña, estando seguro de que la habían cerrado tras él: al menos oyó el portazo y la cerradura al ajustarse en su sitio. Sabía que estaban esperando fuera, esperando a que realizase su tarea.

—¡Carter! ¡Oye, Carter!

Percy Cuthfert se asustó al ver la cara del dependiente y se apresuró a interponer la mesa entre ellos.

Carter Weatherbee lo siguió sin prisas y sin entusiasmo. Su rostro no mostraba la menor piedad ni cólera, sino la mirada paciente e imperturbable del que tiene una tarea que realizar y la hace metódicamente. —¡Oye! ¿Qué ocurre?

El dependiente se echó hacia atrás, cortándole la retirada de la puerta, pero sin abrir la boca.

—¡Escucha, Carter! ¡Escucha! ¡Hablemos! ¡Eres un buen chico!

El licenciado pensaba rápidamente, trazando un hábil movimiento lateral hacia la cama, donde guardaba su Smith & Wesson. Sin apartar los ojos del loco, rodó sobre el camastro al tiempo que empuñaba la pistola.

—¡Carter!

La pólvora le dio de lleno a Weatherbee en la cara, pero blandió su arma y dio un salto adelante. El hacha se hundió en la’ base de la espina dorsal y Percy Cuthfert sintió cómo le abandonaba toda conciencia en sus extremidades inferiores. El dependiente cayó pesadamente sobre él, agarrándolo de la garganta con dedos débiles. El agudo mordisco del hacha había obligado a Cuthfert a soltar la pistola y, mientras sus pulmones pugnaban por atrapar el aire, la buscó revolviendo entre las mantas. Luego recordó. Deslizó una mano por el cinturón del empleado hasta dar con el cuchillo de monte. Se acercaron mucho en ese último abrazo.

Percy Cuthfert sintió que las fuerzas lo abandonaban. La parte inferior de su cuerpo era inservible. El peso inerte de Weatherbee lo aplastaba, lo aplastaba y lo retenía como un oso en una trampa. La cabaña se llenó de un olor familiar y supo que se estaba quemando el pan. Sin embargo, ¿qué importaba? Ya no lo necesitaría. Y todavía quedaban seis tazas de azúcar en el escondrijo: de haberlo sabido no habría sido tan ahorrativo en los últimos días. ¿Se movería alguna vez la veleta? Quizás girase en esos momentos. ¿Por qué no? ¿No había visto hoy el sol? Iría a ver. No, era imposible moverse. No creía que el dependiente, fuera tan pesado.

¡Con qué rapidez se enfriaba la cabaña! El fuego debía haberse apagado. El frío se abría camino. Ya debían estar bajo cero. El hielo estaría deslizándose por la rendija de la puerta. No podía verlo, pero su pasada experiencia le permitía calcular su avance por la temperatura de la cabaña. La bisagra inferior estaría ya blanca. ¿Llegaría esta historia alguna vez al mundo? ¿Cómo se lo tomarían sus amigos? Lo más probable es que lo leyeran al tomarse el café y lo comentasen en los clubs.

 

Los veía con toda claridad ¡Pobre Cuthfert!, murmurarían. ¡Después de todo no era mal chico! Sonrió ante los elogios y luego siguió en busca de un baño turco. Siempre había la misma multitud en las calles. ¡Qué extraño! No notaba sus mocasines de piel de alce ni sus deshilachados calcetines alemanes. Tomaría un taxi. Después de todo, no le vendría mal un baño y un afeitado. No. Primero comería. Filetes, patatas, verdura: ¡qué fresco era todo! ¿Y qué era eso? Miel, ¡ámbar líquido y chorreante! ¿Por qué le traían tanta? ¡Ja, ja! Nunca se la podría comer toda. ¡Limpia! Por supuesto. Colocó el pie encima de la caja. El limpiabotas lo miró con curiosidad, recordó sus mocasines de piel de alce y se marchó a toda prisa.

¡Escucha! La veleta giraba, seguro que giraba. No, era un mero zumbido de sus oídos. Eso era todo, un simple zumbido. Para entonces, el hielo debía haber rebasado la cerradura. Lo más seguro es que hubiera cubierto ya la bisagra superior. Entre los resquicios musgosos de los troncos del techo empezaron a aparecer pequeñas puntas de hielo. ¡Con qué lentitud crecían! No, no tan lentamente. Ahí estaba otra nueva, y allí otra. Dos, tres, cuatro, aparecían demasiado deprisa para poderlas contar. Ahí se habían juntado dos. Y allí se había unido una tercera. Ya no quedaban resquicios. Se habían unido todas para formar una, sábana.

Bueno, estaría acompañado. Si San Gabriel rompía alguna vez el silencio del Norte, estarían juntos, cogidos de la mano, ante el gran trono blanco. Y Dios los juzgaría. ¡Dios los juzgaría! Luego Percy Cuthfert cerró los ojos y se durmió.

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Once cuentos de Klondike, de Jack London (Eterna Cadencia, 2017), en traducción de Jorge Fondebrider. [Aviso legal]

33. Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos, de Borís Pilniak [Jorge Carrión]

Hasta que el cuento aguante

El novelista, el poeta, el cronista: todos llevan puesta, cuando escriben, una o varias máscaras. El escritor ruso Borís Pilniak habló de ello en “Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos”. Uno de mis diez cuentos favoritos.

 

Recomendación de Jorge Carrión, periodista, escritor y crítico literario. Es autor, entre otros, de las novelas Los huérfanos (Galaxia Gutenberg, 2014) o Los muertos (Galaxia Gutenberg, 2014), así como de los ensayos Teleshakespeare (Errata Naturae, 2011), Librerías (Anagrama, 2013) y Contra Amazon (Galaxia Gutenberg, 2019). Es colaborador habitual en medios como La Vanguardia o The New York Times.

 

“Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos”, de Borís Pilniak 

Conocí en Tokio por casualidad al escritor Tagaki-san. Nos presentaron en un círculo literario japonés, aunque después no volvimos a vernos; he olvidado las pocas palabras que allí intercambiamos, y de él sólo me quedó la impresión de que había estado casado con una rusa. Era verdaderamente sibuy (sibuy en japonés equivale a chic; su sencilla elegancia era algo que muy pocos logran poseer); extraordinariamente sencillos eran su kimono y sus ghetta (esa especie de coturnos de madera que usan los japoneses en vez de zapatos), llevaba en la mano un sombrero de paja, sus manos eran bellísimas. Hablaba ruso. Era moreno, de baja estatura, delgado y hermoso, si es que a los ojos de un europeo los japoneses pueden parecer hermosos. Me dijeron que había alcanzado la fama con una novela en la que describía a una mujer europea.

Se habría borrado ya de mi memoria, como tantos encuentros ocasionales, a no ser…

En el archivo del consulado soviético en la ciudad japonesa de K. me cayó entre las manos el expediente de una tal Sofía Vasilievna Gniedij-Tagaki, quien pedía la repatriación. Mi compatriota, el camarada Dyurba, secretario del Consulado General, me llevó a Mayo-san, el templo de la zorra situado en lo alto de una de las montañas que rodean la ciudad de K. Para llegar allí es necesario tomar primero un automóvil, luego el funicular, y, al final, continuar a pie entre bosquecillos que crecen sobre las rocas hasta la cima de la montaña, donde había un espeso bosque de cedros, en medio de un silencio sólo turbado con el infinitamente triste tañido de una campana budista. La zorra es el dios de la astucia y de la traición: si el espíritu de la zorra penetra en un hombre, la raza de ese hombre está maldita. A la sombra espesa de los cedros, sobre la explanada de una roca cuyos tres costados caían a pico sobre un desfiladero, surgía un templo con aspecto de monasterio, en cuyos altares reposaban las zorras. Reinaba un silencio profundo; desde allí se abría el horizonte por encima de una cadena de montañas y sobre el inmenso océano que se perdía en la infinita lejanía. No obstante, encontramos una pequeña fonda con cerveza inglesa fresca no muy lejos del templo pero a mayor altura todavía, desde donde era visible también el otro flanco de la cadena montañosa.

Bajo la acción de la cerveza, al rumor de los cedros y frente al océano, dos compatriotas pueden conversar bastante bien. Fue entonces cuando el camarada Dyurba me contó una historia que me hizo recordar al escritor Tagaki y que me hace ahora escribir este cuento.

Aquel día en Mayo-san reflexionaba yo sobre la manera en que se escriben los cuentos.

Sí, ¿cómo se escriben los cuentos?

Aquella misma mañana saqué el expediente en que Sofía Vasilievna Gniedij-Tagaki desarrollaba su biografía desde el momento de su nacimiento, pues no había comprendido bien el instructivo según el cual todo repatriado debe proporcionar sus datos biográficos. Para mí, la biografía de esta mujer comienza en el momento en que el barco llegaba al puerto de Suruga; era una biografía extraña y breve, muy diferente a la de millares y millares de mujeres rusas de provincia, cuyas vidas podrían perfectamente escribirse con un método estadístico —monográfico— de conducta, porque se parecen como una cesta a otra: la cesta del primer amor, los sufrimientos y alegrías, el marido, los pequeños engendrados para bien de la patria, y tantas otras cosas…

II

En mi cuento existen él y ella.

Sólo una vez he estado en Vladivostok. Fue a finales de agosto, y recordaré siempre Vladivostok como una ciudad de días dorados, de amplios horizontes, de recio viento marino, de mar azul, cielo azul, horizontes azules; en aquella áspera soledad que me recordaba Noruega, porque allá también la tierra se desploma hasta el horizonte en lisos bloques de piedra, sobre los cuales, solitarios, se yerguen los pinos. A decir verdad, estoy siguiendo el método de costumbre: completar con descripciones de la naturaleza los caracteres de los protagonistas. Ella, Sofía Vasilievna Gniedij, nació y creció en Vladivostok.

Trataré de presentarla:

Había terminado sus cursos en el gimnasio para convertirse en profesora de primera enseñanza, en espera de un buen partido: era una de tantas señoritas como existían por millares en la vieja Rusia. Conocía a Pushkin, por supuesto, pero sólo en las estrictas proporciones exigidas por los programas escolares, y con seguridad confundía los conceptos que entrañan las palabras “ética” y “estética” de la misma manera que los confundí yo cuando escribí un ensayo ampuloso sobre Pushkin, cuando cursaba el sexto año en el Colegio de Ciencias.

Era evidente que la pobre ni siquiera podía imaginar que Pushkin comenzara precisamente donde terminaba el programa escolar, así como tampoco había pensado nunca que los hombres creen medir todo por el grado de inteligencia que tienen, y que todo lo que queda por encima o por abajo de su comprensión le parece al hombre un poco estúpido o rematadamente estúpido si él mismo es algo mentecato.

Había leído todo Chéjov por haber sido publicado en el suplemento de la revista Neva que recibía su padre, y Chéjov conocía a aquella muchacha, “perdónala, Dios mío, era una pobre tonta…” Pero si queremos volver a Pushkin, esta muchacha podría ser (y yo deseo que así sea) un poco boba, como lo es la poesía, lo que por otra parte puede ser muy agradable cuando se tienen dieciocho años.

Tenía ideas propias: sobre la belleza (son muy bellos los kimonos japoneses, especialmente los que fabrican los japoneses sólo para los extranjeros), sobre la justicia (y al efecto con toda razón le retiró el saludo al alférez Ivantsov, quien se había jactado de haber obtenido de ella una cita), sobre la cultura (porque en el concepto común que se tiene de la cultura, existe la convicción de que los Pushkin y los Chéjov —los grandes escritores— son sobre todo hombres extraordinarios, y, en segundo lugar, de que constituyen una especie ya extinguida como la de los mamuts, pues en nuestros tiempos no existe nada ni nadie extraordinario; en efecto, los profetas no nacen ni en la propia patria ni en los propios tiempos). Pero, si se puede aplicar la regla literaria según la cual el carácter de los protagonistas se complementa con las descripciones de la naturaleza, digamos entonces que esta muchacha como un poema —¡el Señor nos perdone!—, un poco boba, era limpia y diáfana como el cielo, el mar y las rocas de la costa rusa del Extremo Oriente.

Sofía Vasilievna supo escribir su biografía con tal habilidad, que yo y el funcionario consular no podíamos sino quedarnos perplejos (aunque en mi caso no demasiado) ante el hecho de que aquella mujer apenas si había sido desflorada por los acontecimientos vividos durante aquellos años. Como es sabido, el ejército imperial japonés estaba en 1920 en el punto más oriental de Rusia con el propósito de ocupar todo el Extremo Oriente, y, como también es sabido, los japoneses fueron expulsados por los revolucionarios. En la biografía no aparece una sílaba siquiera sobre esos acontecimientos.

Él era oficial del estado mayor general del ejército imperial japonés de ocupación, y vivía durante su estancia en Vladivostok en el mismo apartamiento en que Sofía Vasilievna alquilaba una pequeña habitación.

Fragmento de la autobiografía:

“…todo el mundo lo conocía con el mote de el Macaco. No había quien no se asombrara de que se bañase dos veces al día, usara ropa interior de seda, durmiera por las noches en piyama… Después se le comenzó a estimar… Por las noches jamás salía de casa, y leía en voz alta libros rusos, poemas y cuentos de autores contemporáneos para mí entonces desconocidos: Briusov y Bunin. Hablaba bien el ruso, aunque con un solo defecto: en vez de r pronunciaba l. Y eso fue lo que hizo que nos conociéramos: me encontraba yo junto a su puerta, él leía poemas y luego comenzó a cantar en voz baja:

La noche murmuraba…

“No pude contenerme al oír su pronunciación y solté una carcajada; él abrió la puerta antes de que lograra alejarme y me dijo: “

—Perdone que me atreva a solicitarle un favor, mademoiselle ¿Me permite usted que le haga una visita?

“Me quedé muy aturdida, no comprendí nada; le dije que me excusara y me encerré en mi habitación. Al día siguiente se presentó a hacerme la visita anunciada. Me entregó una caja enorme de chocolates, y luego me dijo:

“—¿Recuerda que le pedí permiso para hacerle una visita? Por favor, tome usted un chocolate. Dígame, ¿cuál es su impresión sobre el tiempo?”

El oficial japonés demostró ser un hombre con intenciones serias, todo lo contrario del alférez Ivantsov, quien concertaba las citas en callejones oscuros y estiraba las manos. El japonés invitaba a la muchacha al teatro a una buena localidad y después de la función la llevaba a un café. Sofía Gniedij le escribió una carta a su madre en la que le refería las intenciones serias del oficial. En su confesión autobiográfica, describe minuciosamente cómo una noche el oficial, que estaba en la habitación de ella, palideció de golpe, cómo su rostro adquirió luego un color violáceo y la sangre le afluyó a los ojos, y cómo se retiró apresuradamente, por lo que ella comprendió que en él había estallado la pasión… y luego lloró largamente sobre la almohada, sintiendo miedo físico hacia aquel japonés tan diferente, por raza, de ella. “Pero fueron precisamente esos arrebatos pasionales, que él sabía contener a la perfección, los que después encendieron mi curiosidad de mujer.” Y comenzó a amarlo.

Él le hizo la proposición de matrimonio muy al estilo de Turgueniev, en uniforme de gala y guantes blancos, la mañana de un día de fiesta, en presencia de los patrones de casa, según todas las reglas europeas, y le ofreció su mano y el corazón.

“Dijo que volvería dentro de una semana al Japón y me pidió que lo siguiera, porque muy pronto los revolucionarios tomarían la ciudad. Según el reglamento del ejército japonés, los oficiales no pueden contraer matrimonio con mujeres extranjeras, y los oficiales del estado mayor tienen prohibido, en términos generales, casarse antes de cierto límite de edad. Por tales motivos me pidió mantener en el más estricto secreto nuestra situación, y vivir, hasta el día que lograra obtener el retiro, al lado de sus padres, en un pueblo japonés. Me dejó mil quinientos yenes y una carta de presentación para que pudiera reunirme con sus padres. Le dije que sí…”

Los japoneses eran odiados en toda la costa del Extremo Oriente ruso: los japoneses capturaban a los bolcheviques y los asesinaban, quemando a algunos en las calderas de los acorazados estacionados en la bahía, a otros los fusilaban o los quemaban en hornos construidos sobre pequeños volcanes de lodo… los revolucionarios echaban mano de toda su astucia para destruir a los japoneses (Kolchiak y Sionov habían ya muerto)… Los moscovitas se acercaban como un torrente enorme de lava… pero Sofía Vasilievna no dedica siquiera una línea a esos acontecimientos.

III

La verdadera y auténtica biografía de Sofía Vasilievna comienza el día en que puso pie en el archipiélago japonés. Esta biografía constituye una confirmación a las leyes de las grandes cifras con sus excepciones estadísticas.

No he vivido en Suruga, pero sé muy bien lo que es la policía japonesa y lo que son esos agentes que hasta los propios japoneses llaman inu, es decir perros. Los inu actúan de una manera aplastante, porque tienen prisa, hablan un ruso imposible, piden las generales comenzando con el nombre, patronímico y apellido de la abuela materna; su explicación es que “la policía japonesa necesita saberlo todo”; se enteran, casi sin que el interrogado se dé cuenta del “objeto de la visita”. Escudriñan las cosas con la misma brutalidad con que inspeccionan el alma, según el sinobi, o sea el método científico de la escuela de policía japonesa. Suruga es un puerto pequeño, donde fuera de las casas de estilo japonés no existe siquiera un edificio europeo; un puerto donde abunda la pesca del pulpo, al que revientan para obtener la tinta y ponen luego a secar en las calles. En aquella provincia japonesa contribuía a sembrar la confusión, además de la policía, el hecho de que un gesto que en Vladivostok significa “ven acá” quiere decir en Suruga “aléjate de mí”; los rostros de los habitantes, por otra parte, no dicen nada, conforme a las reglas del hermetismo japonés que exige ocultar cualquier intimidad y no revelarla ni siquiera por la expresión de los ojos.

Sin duda le preguntaron a Sofía Vasilievna “el objeto de su visita” y ella no debió recordar con exactitud los apellidos de su abuela materna.

A ese propósito escribe brevemente: “Me interrogaron sobre el objeto de mi viaje. Me tuvieron arrestada. Permanecí un día entero en la delegación de policía. Constantemente me preguntaban sobre mis relaciones con Tagaki y por qué me había dado una carta de presentación: declaré que era su prometida, porque la policía me amenazó con repatriarme en el mismo barco si no hablaba. Tan pronto como confesé me dejaron tranquila y me llevaron un plato de arroz con dos palillos, que entonces todavía no sabía usar.

Esa misma noche llegó Tagaki-san, el novio, a Suruga. Ella lo vio desde la ventana dirigirse resueltamente a la oficina del jefe de la policía. Le pidieron cuentas sobre la muchacha. Tagaki se comportó virilmente y declaró:

—Sí, es mi prometida.

Le aconsejaron devolverla a su patria, pero él se negó. Le dijeron que sería expulsado del ejército y desterrado a algún lugar remoto: él lo sabía.

Entonces quedaron en libertad él y ella. Él, a la manera de Turgueniev, le besó la mano y no le hizo el menor reproche. Después la acompañó al tren y le dijo que en Osaka encontraría a su hermano; que él por el momento “estaría un poco ocupado”.

Desapareció en la oscuridad; el tren se internó entre montes oscuros. La muchacha permaneció en la más absoluta soledad, y se convenció de que él, Tagaki, era la única persona por quien sentía cariño y devoción, hacia la cual se sentía ligada y llena de gratitud, y también de incomprensión.

El vagón estaba bien iluminado; afuera todo eran tinieblas. Todas las cosas que la rodeaban le parecieron horribles e incomprensibles, sobre todo cuando los japoneses que viajaban en su compartimiento, hombres y mujeres, se desvistieron para dormir, sin ninguna vergüenza de mostrar el cuerpo desnudo, así como cuando, en algunas estaciones, vio comprar a través de las ventanillas té caliente en pequeñas botellas y cajas de madera de abeto que contenían una cena de arroz, pescado, rábanos, una servilleta de papel, un mondadientes y un par de palillos, con los que había que comer. Después se apagó la luz y los pasajeros comenzaron a dormir. Sofía Vasilievna no logró pegar un ojo en toda la noche, víctima de la soledad, de la incomprensión, del espanto. No entendía nada.

En Osaka fue la última en bajar al andén y se encontró inmediatamente ante un hombre en kimono de tela oscura a rayas, con los pies atados a dos trozos de madera. Se sintió muy ofendida por el silbido con que aquel individuo acompañó su propia reverencia, apoyando las manos abiertas sobre las rodillas, y de la tarjeta de visita que le entregó sin tenderle la mano: ella ignoraba que tal era la manera de saludar entre los japoneses; mientras ella estaba dispuesta a abrazar a su pariente, él ni siquiera se dignaba a estrecharle la mano… Se quedó paralizada, sintiendo que ardía de humillación.

Él no sabía una sola palabra de ruso: le dio una palmadita en un hombro y le indicó la salida. Se pusieron en movimiento. Entraron en un automóvil. La ensordeció y la cegó la ciudad, comparada con la cual, Vladivostok era una aldea. Llegaron a un restaurante donde les sirvieron un desayuno a la inglesa: no comprendía por qué debía comer la fruta antes que el jamón y los huevos. El otro, dándole siempre una palmadita en el hombro, le indicaba lo que debía hacer, sin articular siquiera un sonido, sonriendo inexpresivamente de cuando en cuando. Después del desayuno la condujo a los excusados: ella no sabía que en Japón el retrete era común para hombres y mujeres. Aterrada, le hizo señas de que saliera, el otro no comprendió y comenzó a orinar.

Volvieron a tomar el tren; él le compró una ración de alimentos empacada en una cajita de madera de pino, una botella de café y le puso en las manos los dos palillos para que comiera.

Por la noche bajaron del tren, y él la hizo sentarse en una ricksha: la sangre se le subió a las mejillas por esa sensación casi insoportable de desagrado que experimenta todo europeo al subir por primera vez en una ricksha… pero ya para entonces carecía de voluntad propia.

Atravesaron la ciudad de calles estrechas, siguieron después por callejones y senderos bordeados de cedros, al lado de cabañas escondidas entre el verdor del follaje y las flores; la ricksha los condujo, siguiendo la pendiente de una montaña, hacia el mar. Sobre una roca que caía a pico, en una pequeña explanada sobre el mar, en la bahía, bajo la fronda de los árboles, había una cabaña; se detuvieron frente a ella. De la cabaña salieron un anciano y una anciana, varios niños y una mujer joven, todos vestidos con kimonos, que le hicieron profundas reverencias sin tenderle la mano. No le permitieron entrar de inmediato; el hermano del novio le señaló los pies: ella no comprendía. Entonces la hizo sentarse, casi a la fuerza, y le quitó los zapatos. En el umbral de la casa las mujeres se arrodillaron rogándole que entrara. Toda la casa parecía un juguete: en la última habitación una ventana se abría sobre el amplio mar, el cielo, las rocas: aquel lado de la casa estaba situada sobre el abismo. En el suelo de la habitación había muchos platos y recipientes, y al lado de cada recipiente había un almohadón. Todos, ella también, se sentaron sobre esos almohadones, en el suelo, para cenar.

…Al día siguiente se presentó Tagaki-san, el prometido. Entró en kimono, y ella por un instante no reconoció a aquel hombre que se inclinó en una profundísima ceremonia primero ante el padre y el hermano, luego ante la madre y, finalmente, ante ella. Sofía Vasilievna habría querido arrojarse en sus brazos, pero él retuvo por un minuto sus manos y, con aire de profunda cavilación, le besó una de ellas. Llegó por la mañana. Le hizo saber que había estado en Tokio, que lo habían licenciado del ejército y, como castigo, exiliado durante dos años, concediéndole pasar el tiempo del exilio en su pueblo, en casa de su padre: de aquella casa y de aquel peñasco no debería alejarse durante dos años.

Ella estaba feliz. Él le había llevado de Tokio muchos kimonos. Ese mismo día fueron a registrar su matrimonio en la oficina correspondiente; ella en kimono azul, con los cabellos rubios peinados a la japonesa, el obi (cinturón) que le dificultaba la respiración, oprimiéndole dolorosamente el pecho, y los coturnos de madera que le oprimían un callo entre los dedos de un pie. Dejó de ser Sofía Vasilievna Gniedij para convertirse en Tagaki-no-okusan. Y la única cosa con la que pudo pagarle al marido, al amado marido, no fue con gratitud, sino con auténtica pasión, cuando por la noche, en el suelo, envuelta en un kimono de noche, se le entregó y en las pausas de la ternura, el dolor y el deseo, oían el estallido de las olas bajo ellos.

IV

En otoño se marcharon todos, dejando solos a los jóvenes esposos. De Tokio les enviaron cajas con libros rusos, ingleses y japoneses. En su confusión, ella no cuenta casi nada sobre cómo pasaba el tiempo. Es fácil imaginar cómo soplaban los vientos del océano en otoño, el estruendo de las olas al golpear los peñascos, el frío y la soledad ante la estufa doméstica cuando se sentaban solos durante horas, días, semanas.

Pronto ella aprendió a saludar: o-yasumi-nasai, a despedirse: sayonara, a dar las gracias: do-ita-sima-site, a pedir que tuvieran la amabilidad de esperar mientras iba a llamar a su marido: chotomato-kudasai… En su tiempo libre aprendió que el arroz, igual que el trigo, podían cocinarse de las maneras más diversas, y que así como los europeos no saben preparar el arroz, los japoneses no sabían hacer el pan. A través de los libros que el marido había recibido, aprendió que Pushkin comenzaba precisamente donde terminaba el programa escolar, que Pushkin no era algo muerto como un mamut sino algo que vive y que vivirá siempre; por su marido y por los libros se enteró de que la literatura más grande y el pensamiento más profundo eran los rusos.

Su tiempo transcurría con la severa regularidad de la vida en el campo; con ciertas asperezas.

Por la mañana el marido se sentaba en el suelo con sus libros; ella cocinaba el arroz y los demás platos; bebían té, comían ciruelas en salmuera y arroz sin sal. El marido no era exigente: habría podido vivir meses enteros sólo de arroz, pero ella preparaba también algunos platos de la cocina rusa; iba por la mañana a la ciudad a hacer las compras y se asombraba de que los japoneses no vendieran los pollos enteros sino en piezas, podía comprar separadamente las alas, la pechuga, los muslos. En el crepúsculo, iban a pasear por la orilla del mar, o por las montañas hasta un pequeño templo; ella se acostumbró a caminar con los coturnos, a saludar a los vecinos a la manera japonesa, haciendo reverencias profundas con las manos en las rodillas. Por la noche leían. Muchas noches las dedicaban a hacer el amor: el marido era apasionado y refinado en la pasión, por la larga cultura de sus antepasados, distinta a la europea; el primer día del matrimonio, la madre de él, sin decirle una palabra —ya que no tenían ningún medio común de expresión— le regaló unos cuadritos eróticos en seda, que ilustraban ampliamente el amor sexual.

Ella amaba, respetaba y temía a su marido; lo respetaba porque era fuerte, noble y taciturno, y lo sabía todo; lo amaba y lo temía porque cuando ardía de pasión lograba subyugarla por completo. Había días en que su marido se comportaba de modo sombrío, cortés, esquivo, y, a pesar de su noble conducta, la trataba con severidad. A fin de cuentas era muy poco lo que sabía de él, nada de su familia: su suegro poseía en alguna parte una fábrica, algo relacionado con la seda.

A veces llegaban a visitar a su marido algunos amigos de Tokio o de Kioto; en esas ocasiones él le pedía que se vistiera a la europea y que recibiera a los huéspedes a la manera europea; es decir, bebían el sake, el aguardiente japonés, junto con las visitas; después del segundo vaso sus ojos se inyectaban de sangre, hablaban sin cesar, y luego, ebrios, cantaban algunas canciones y se iban a la ciudad poco antes del amanecer.

Vivían en medio de una gran soledad, el frío de invierno sin nieve se transformaba en el sopor del verano, el mar se encrespaba durante las tormentas, pero era sereno y azul a la hora del reflujo; las diarias jornadas de ella no se parecían siquiera a las cuentas de un rosario, porque éstas pueden ser contadas y recontadas, como suelen hacer los monjes europeos y los budistas, mientras que ella no podía contar sus días.

Aquí puede terminar el cuento sobre cómo se escriben los cuentos.

Pasó un año, otro, otro más.

Se cumplió el término del exilio, sin embargo se quedaron a vivir allí todavía otro año. Más tarde comenzó a llegar a su ermita mucha gente, que saludaba con profundas reverencias tanto a ella como a su marido; lo fotografiaban ante su biblioteca con ella al lado; le preguntaban sobre sus impresiones del Japón. Le pareció que toda aquella gente caía sobre ellos como guisantes salidos de un costal. Supo entonces que su marido había publicado una novela con enorme éxito. Le hicieron ver las revistas donde estaban fotografiados los dos: en casa, cerca de casa, durante un paseo hacia el templo, durante un paseo a la orilla del mar, él en kimono japonés, ella vestida a la europea.

Ya para entonces hablaba un poco de japonés. Muy pronto aprendió a desempeñar el papel de esposa de un escritor célebre, sin advertir el cambio que tiene lugar de manera misteriosa, ese cambio que consiste en no tener ya miedo de los extraños, sino en considerarlos como gente dispuesta a rendirle alguna cortesía. Pero no conocía la célebre novela de su marido ni el argumento. A menudo le hacía preguntas a su marido quien respondía a su pregunta con un silencio convencional; tal vez porque en realidad el asunto no le interesaba demasiado ella dejó de insitir. Pasó el rosario de jaspe de sus días. Unos jóvenes cocineros preparaban ahora el arroz, y a la ciudad ella iba en automóvil, dándole órdenes en japonés al chofer. Cuando su suegro se presentaba, le hacía una reverencia más respetuosa que la que ella hacía para saludarlo.

No cabe duda de que Sofía Vasilievna habría sido la mujer perfecta del escritor Tagaki, igual que la mujer de Heinrich Heine, que acostumbraba preguntarle a los amigos de su marido: “Me han dicho que Heinrich ha escrito algo nuevo, ¿es cierto?…” Pero Sofia Vasilievna acabó por enterarse del contenido de la novela. Había llegado a casa el corresponsal de un periódico de la capital, quien hablaba ruso. Llegó cuando el marido estaba ausente. Fueron a pasear hasta el mar. Y junto al mar, después de conversar sobre algunas trivialidades, ella le preguntó cómo se explicaba el éxito de la novela de su marido, y qué era lo que consideraba fundamental en ella.

V

…Y esto es todo. Cuando en la ciudad de K. encontré en el archivo consular la autobiografía de Sofía Gniedij-Tagaki, compré al día siguiente la novela de su marido. Mi amigo Takahashi me refirió el contenido. Conservo todavía este libro en mi casa, en la calle Povarskaia. El cuarto capítulo de este cuento no lo escribí dejándome llevar por la imaginación, sino siguiendo casi punto por punto lo que me tradujo mi amigo Takahashi-san.

El escritor Tagaki, durante todo el tiempo que duró su exilio, había escrito sus observaciones sobre la esposa, esa rusa que no sabía que la grandeza de Rusia comenzaba precisamente después de los programas escolares, y que la grandeza de la cultura rusa consistía en saber meditar.

La moral japonesa no tiene el pudor del cuerpo desnudo, de las funciones naturales del hombre, del acto sexual: la novela de Tagaki-san había sido escrita con minuciosidad clínica… y con meditaciones al estilo ruso. Tagaki-san meditaba sobre el tiempo, sobre los pensamientos y sobre el cuerpo de su mujer… Cuando a la orilla del mar, el corresponsal del periódico de la capital discurría con Tagaki-no-okusan, la mujer del célebre escritor, puso ante ella no un espejo sino la filosofía de los espejos, ella se vio a sí misma vivir entre las páginas de papel; no era tan importante el hecho de que en la novela se describiera con detalles clínicos cómo temblaba ella en los momentos de pasión y el desorden de sus vísceras; no, lo terrible, lo terrible para ella era otra cosa. Comprendió todo, allí comenzaba lo horrible; eso era un traición excesivamente cruel a todo lo que ella alentaba. Fue entonces cuando pidió, por medio del consulado, ser repatriada a Vladivostok.

He leído y releído con la mayor atención su autobiografía: que toda su vida había sido material de observación, que el marido la había estado espiando cada momento de su vida… estaba escrita siempre con la misma sensibilidad, con monotonía, sin efectos; las partes de la autobiografía de esta mujercita insignificante donde —a saber por qué— se describían la infancia, la escuela y la vida de Vladivostok y también las jornadas japonesas, estaban escritas con la misma insipidez con que se escriben las cartas de amigas de sexto año de la escuela municipal, o del segundo curso de los institutos para muchachas nobles, según las reglas de composición escolar; pero en la última parte (en la que arrojaba alguna luz sobre su vida conyugal) esta mujer había sabido encontrar palabras verdaderas y grandes de simplicidad y claridad, como supo encontrar la fuerza para actuar simple y claramente.

Abandonó la condición de mujer de un escritor célebre, el amor y las costumbres adquiridas y volvió a Vladivostok a las habitaciones desnudas de las profesoras de escuela elemental.

VI

Eso es todo.

Ella: vivió su autobiografía hasta el fondo; yo escribí su biografía, escribiendo que pasar a través de la muerte es bastante más cruel que matar a un hombre.

Él: escribió una novela hermosísima.

Que sean los otros quienes juzguen, no yo. Mi trabajo se reduce a meditar: sobre todas las cosas, y, también, en particular, sobre cómo se deben escribir los cuentos.

La zorra es el dios de la astucia y de la traición: si el espíritu de la zorra penetra en un hombre, la raza de ese hombre está maldita.

¡La zorra es el dios de los escritores!

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Caoba, de Borís Pliniak (Veintisieteletras. 2010)en traducción de Sergio Pitol. [Aviso legal]

32. Ojos de perro azul, de Gabriel García Márquez [Vicente Cervera Salinas]

Hasta que el cuento aguante

La contraseña en el sueño.

 

Recomendación de Vicente Cervera Salinas, Catedrático de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Murcia, ensayista y poeta. Es autor, entre otros, del ensayo Borges en la Ciudad de los Inmortales (Renacimiento, 2015) y de los poemarios El alma oblicua (Verbum, 2003) o De aurigas inmortales (1993; Verbum, 2018).

 

“Ojos de perro azul”, de Gabriel García Márquez

Entonces me miró. Yo creía que me miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por primera vez. Encendí un cigarrillo. Tragué el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento, equilibrándolo sobre una de las patas posteriores. Después de eso la vi ahí, como había estado todas las noches, parada junto al velador, mirándome. Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirarnos. Yo mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome. Le veía los párpados iluminados como todas las noches. Fue entonces cuando recordé lo de siempre, cuando le dije: «Ojos de perro azul». Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: «Eso. Ya no lo olvidaremos nunca». Salió de la órbita suspirando: «Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes».

La vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: «Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas»; y tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentado antes de sentarse al espejo. Y dijo: «No sientes el frío». Y yo le dije: «A veces». Y ella me dijo: «Debes sentirlo ahora». Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. «Ahora lo siento ―dije―. Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez se me ha rodado la sábana». Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví a girar sobre el asiento para quedar de espaldas a ella. Sin verla sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella, que también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar ―antes que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta― hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta de la mano frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la pared lisa, que era como otro espejo ciego, donde yo no la veía a ella ―sentada a mis espaldas―, pero imaginándola dónde estaría si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. «Te veo», le dije. Y vi en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y me hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos quietos en su corpiño, sin hablar. Y yo volví a decirle: «Te veo». Y ella volvió a levantar los ojos desde su corpiño. «Es imposible», dijo. Yo pregunté por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos en el corpiño: «Porque tienes la cara vuelta hacia la pared». Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el cigarrillo apretado en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, asándose, y con el rostro sombreado por sus propios dedos. «Creo que me voy a enfriar ―dijo―. Esta debe ser una ciudad helada». Volvió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente triste. «Haz algo contra eso», dije. Y ella empezó a desvestirse, pieza por pieza, empezando por arriba; por el corpiño. Le dije: «Voy a voltearme contra la pared». Ella dijo: «No. De todos modos me verás, como me viste cuando estabas de espaldas». Y no había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por completo, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. «Siempre había querido verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si te hubieran hecho a palos». Y antes que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la órbita del velador, y dijo: «A veces creo que soy metálica». Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre la llama varió levemente. Yo dije: «A veces, en otros sueños, he creído que no eres sino una estatuilla de bronce en el rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes frío». Y ella dijo: «A veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se me vuelve huevo y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera así como tú dices: de metal laminado». Se acercó más al velador. «Me habría gustado oírte», dije. Y ella dijo: «Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez». La oí respirar hondo mientras hablaba. Y dijo que durante años no había hecho nada distinto de eso. Su vida estaba dedicada a encontrarme en la realidad, al través de esa frase identificadora. «Ojos de perro azul». Y en la calle iba diciendo en voz alta, que era una manera de decirle a la única persona que habría podido entenderla:

«Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul». Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: «Ojos de perro azul». Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: «Ojos de perro azul». Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios públicos, escribía con el índice: «Ojos de perro azul». Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo. «Debe estar cerca», pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo «Siempre sueño con un hombre que me dice: “Ojos de perro azul”». Y dijo que el vendedor la había mirado a los ojos y le dijo: «En realidad, señorita, usted tiene los ojos así». Y ella le dijo: «Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo». Y el vendedor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: «Ojos de perro azul». El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: «Señorita, usted ha manchado el embaldosado». Le entregó un trapo húmedo, diciendo: «Límpielo». Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo: «Ojos de perro azul», hasta cuando la gentes se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.

Ahora, cuando acabó de hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla. «Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte ―dije―. Ahora creo que mañana no lo olvidaré. Sin embargo, siempre he olvidado al despertar cuáles son las palabras con que puedo encontrarte». Y ella dijo: «Tú mismo las inventaste desde el primer día». Y yo le dije: «Las inventé porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a la mañana siguiente. Y ella, con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo: «Si por lo menos pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo».

Sus dientes apretados relumbraron sobre la llama. «Me gustaría tocarte ahora», dije. Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre: levantó la mirada ardiendo, asándose también como ella, como sus manos: y yo sentí que me vio, en el rincón, donde seguía sentado, meciéndome en el asiento. «Nunca me habías dicho eso», dijo. «Ahora lo digo y es verdad», dije. Al otro lado del velador ella pidió un cigarrillo. La colilla había desaparecido de entre mis dedos. Había olvidado que estaba fumando. Dijo: «No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito». Y yo le dije: «Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las palabras». Y ella dijo, triste: «No. Es que a veces creo que eso también lo he soñado». Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella estaba un poco más allá, y yo seguía caminando, con los cigarrillos y los fósforos en la mano, que no pasaría el velador. Le tendí el cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios y se inclinó para alcanzar la llama, antes que yo tuviera tiempo de encender el fósforo. «En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: “Ojos de perro azul” dije―. Si mañana las recordara iría a buscarte». Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida en los labios. «Ojos de perro azul», suspiró, recordando, con el cigarrillo caído sobre la barba y un ojo a medio cerrar. Aspiró después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó: «Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor». Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: «Estoy entrando ―y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el índice, dándole vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer ― …en calor», antes que el papelito se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza. «Así es mejor ―dije―. A veces me da miedo verte así. Temblando junto al velador».

Nos veíamos desde hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer afuera una cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las cosas, a los acontecimientos más simples. Nuestros encuentros terminaban siempre así, con el caer de una cucharita en la madrugada.

Ahora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez: «¿Quién es usted?». Y ella me dijo: «No lo recuerdo». Yo le dije: «Pero creo que nos hemos visto antes». Y ella dijo, indiferente: «Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto». Y yo le dije: «Eso es. Ya empiezo a recordarlo». Y ella dijo: «Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños».

Dio dos chupadas al cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé mirándola de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre; pero no ya de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando, maleable. «Me gustaría tocarte», volvía a decir. Y ella dijo: «Lo echarías todo a perder ―volvió a decir, antes que yo pudiera tocarla―. Tal vez, si das la vuelta por detrás del velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo». Pero yo insistí: «No importa». Y ella dijo: «Si diéramos vuelta a la almohada, volveríamos a encontrarnos. Pero tú, cuando despiertes, lo habrás olvidado». Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó atrás, calentándose las manos sobre la llama. Y todavía no estaba yo junto al asiento cuando le oí decir a mis espaldas: «Cuando despierto a medianoche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos de la almohada ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: “Ojos de perro azul”».

Entonces yo me quedé con la cara contra la pared. «Ya está amaneciendo ―dije sin mirarla―. Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato». Yo me dirigí hacia la puerta. Cuando tenía agarrada la manivela, oí otra vez su voz igual, invariable: «No abras esa puerta ―dijo―. El corredor está lleno de sueños difíciles». Y yo le dije: «Cómo lo sabes?». Y ella me dijo: «Porque hace un momento estuve allí y tuve que regresar cuando descubrí que estaba dormida sobre el corazón». Yo tenía la puerta entreabierta. Moví un poco la hoja y un airecillo frío y tenue me trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo húmedo. Ella habló otra vez. Yo di la vuelta, moviendo todavía la hoja montada en goznes silenciosos, y le dije: «Creo que no hay ningún corredor aquí afuera. Siento el olor del campo». Y ella, un poco lejana ya, me dijo: «Conozco esto más que tú. Lo que pasa es que allá afuera está una mujer soñando con el campo». Se cruzó de brazos sobre la llama. Siguió hablando: «Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad». Yo recordaba haber visto la mujer en algún sueño anterior, pero sabía, ya con la puerta entreabierta, que dentro de media hora debía bajar al desayuno. Y dije: «De todos modos, tengo que salir de aquí para despertar».

Afuera el viento aleteó un instante, se quedó quieto después y se oyó la respiración de un durmiente que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del campo se suspendió. Ya no hubo más olores. «Mañana te reconoceré por eso ―dije―. Te reconoceré cuando vea en la calle una mujer que escriba en las paredes: “Ojos de perro azul”». Y ella, con una sonrisa triste ―que era ya una sonrisa de entrega a lo imposible, a lo inalcanzable―, dijo: «Sin embargo no recordarás nada durante el día». Y volvió a poner las manos sobre el velador, con el semblante oscurecido por una niebla amarga: «Eres el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado».

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Ojos de perro azul, de Gabriel García Márquez (Literatura Random House, 2014). [Aviso legal]

31. La mosca, de Katherine Mansfield [Fernanda Trías]

Hasta que el cuento aguante

Un cuento magistral en el que la historia secreta se teje en los espacios de lo no dicho.

 

Recomendación de Fernanda Trías, escritora y traductora. Es autora, entre otros, de la novela La azotea (2001; Tránsito, 2018) y del libro de relatos No soñarás flores (HUM, 2017), nominado al Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. En 2017 ganó el premio para escritores latinoamericanos organizado por Revista Eñe, Casa de Velázquez y la Secretaría General Iberoamericana por su proyecto literario Mugre rosa.

 

“La mosca”, de Katherine Mansfield

—Pues sí que está usted cómodo aquí —dijo el viejo señor Woodifield con su voz de flauta. Miraba desde el fondo del gran butacón de cuero verde, junto a la mesa de su amigo el jefe, como lo haría un bebé desde su cochecito. Su conversación había terminado; ya era hora de marchar. Pero no quería irse. Desde que se había retirado, desde su… apoplejía, la mujer y las chicas lo tenían encerrado en casa todos los días de la semana excepto los martes. El martes lo vestían y lo cepillaban, y lo dejaban volver a la ciudad a pasar el día. Aunque, la verdad, la mujer y las hijas no podían imaginarse qué hacía allí. Suponían que incordiar a los amigos… Bueno, es posible. Sin embargo, nos aferramos a nuestros últimos placeres como se aferra el árbol a sus últimas hojas. De manera que ahí estaba el viejo Woodifield, fumándose un puro y observando casi con avidez al jefe, que se arrellanaba en su sillón, corpulento, rosado, cinco años mayor que él y todavía en plena forma, todavía llevando el timón. Daba gusto verlo.
Con melancolía, con admiración, la vieja voz añadió:
—Se está cómodo aquí, ¡palabra que sí!
—Sí, es bastante cómodo —asintió el jefe mientras pasaba las hojas del Financial Times con un abrecartas. De hecho estaba orgulloso de su despacho; le gustaba que se lo admiraran, sobre todo si el admirador era el viejo Woodifield. Le infundía un sentimiento de satisfacción sólida y profunda estar plantado ahí en medio, bien a la vista de aquella figura frágil, de aquel anciano envuelto en una bufanda.
—Lo he renovado hace poco —explicó, como lo había explicado durante las últimas, ¿cuántas?, semanas—. Alfombra nueva —y señaló la alfombra de un rojo vivo con un dibujo de grandes aros blancos—. Muebles nuevos —y apuntaba con la cabeza hacia la sólida estantería y la mesa con patas como de caramelo retorcido—. ¡Calefacción eléctrica! —con ademanes casi eufóricos indicó las cinco salchichas transparentes y anacaradas que tan suavemente refulgían en la placa inclinada de cobre.
Pero no señaló al viejo Woodifield la fotografía que había sobre la mesa. Era el retrato de un muchacho serio, vestido de uniforme, que estaba de pie en uno de esos parques espectrales de estudio fotográfico, con un fondo de nubarrones tormentosos. No era nueva. Estaba ahí desde hacía más de seis anos.
—Había algo que quería decirle —dijo el viejo Woodifield, y los ojos se le nublaban al recordar—. ¿Qué era? Lo tenía en la cabeza cuando salí de casa esta mañana. —Las manos le empezaron a temblar y unas manchas rojizas aparecieron por encima de su barba.
Pobre hombre, está en las últimas, pensó el jefe. Y sintiéndose bondadoso, le guiñó el ojo al viejo y dijo bromeando:
—Ya sé. Tengo aquí unas gotas de algo que le sentará bien antes de salir otra vez al frío. Es una maravilla. No le haría daño ni a un niño.
Extrajo una llave de la cadena de su reloj, abrió un armario en la parte baja de su escritorio y sacó una botella oscura y rechoncha.
—Ésta es la medicina —exclamó—. Y el hombre de quien la adquirí me dijo en el más estricto secreto que procedía directamente de las bodegas del castillo de Windsor.
Al viejo Woodifield se le abrió la boca cuando lo vio. Su cara no hubiese expresado mayor asombro si el jefe hubiera sacado un conejo.
—¿Es whisky, no? —dijo débilmente.
El jefe giró la botella y cariñosamente le enseñó la etiqueta. En efecto, era whisky.
—Sabe —dijo el viejo, mirando al jefe con admiración— en casa no me dejan ni tocarlo—. Y parecía que iba a echarse a llorar.
—Ah, ahí es donde nosotros sabemos un poco más que las señoras —dijo el jefe, doblándose como un junco sobre la mesa para alcanzar dos vasos que estaban junto a la botella del agua, y sirviendo un generoso dedo en cada uno—. Bébaselo, le sentará bien. Y no le ponga agua. Sería un sacrilegio estropear algo así. ¡Ah! —Se tomó el suyo de un trago; luego se sacó el pañuelo, se secó apresuradamente los bigotes y le hizo un guiño al viejo Woodifield, que aún saboreaba el suyo.
El viejo tragó, permaneció silencioso un momento, y luego dijo débilmente:
—¡Qué fuerte!
Pero lo reconfortó; subió poco a poco hasta su entumecido cerebro… y recordó.
—Eso era —dijo, levantándose con esfuerzo de la butaca—. Supuse que le gustaría saberlo. Las chicas estuvieron en Bélgica la semana pasada para ver la tumba del pobre Reggie, y dio la casualidad que pasaron por delante de la de su chico. Por lo visto quedan bastante cerca la una de la otra.
El viejo Woodifield hizo una pausa, pero el jefe no contestó. Sólo un ligero temblor en el párpado demostró que estaba escuchando.
—Las chicas estaban encantadas de lo bien cuidado que está todo aquello —dijo la vieja voz—. Lo tienen muy bonito. No estaría mejor si estuvieran en casa. ¿Usted no ha estado nunca, verdad?
—¡No, no! —Por varias razones el jefe no había ido.
—Hay kilómetros enteros de tumbas —dijo con voz trémula el viejo Woodifield— y todo está tan bien cuidado que parece un jardín. Todas las tumbas tienen flores. Y los caminos son muy anchos. —Por su voz se notaba cuánto le gustaban los caminos anchos.
Hubo otro silencio. Luego el anciano se animó sobremanera.
—¿Sabe usted lo que les hicieron pagar a las chicas en el hotel por un bote de confitura? —dijo—. ¡Diez francos! A eso yo le llamo un robo. Dice Gertrude que era un bote pequeño, no más grande que una moneda de media corona. No había tomado más que una cucharada y le cobraron diez francos. Gertrude se llevó el bote para darles una lección. Hizo bien; eso es querer hacer negocio con nuestros sentimientos. Piensan que porque hemos ido allí a echar una ojeada estamos dispuestos a pagar cualquier precio por las cosas. Eso es. —Y se volvió, dirigiéndose hacia la puerta.
—¡Tiene razón, tiene razón! —dijo el jefe. aunque en realidad no tenía idea de sobre qué tenía razón. Dio la vuelta a su escritorio y siguiendo los pasos lentos del viejo lo acompañó hasta la puerta y se despidió de él. Woodifield se había marchado.
Durante un largo momento el jefe permaneció allí, con la mirada perdida, mientras el ordenanza de pelo canoso, que lo estaba observando, entraba y salía de su garita como un perro que espera que lo saquen a pasear.
De pronto:
—No veré a nadie durante media hora, Macey —dijo el jefe—. ¿Ha entendido? A nadie en absoluto.
—Bien, señor.
La puerta se cerró, los pasos pesados y firmes volvieron a cruzar la alfombra chillona, el fornido cuerpo se dejó caer en el sillón de muelles y echándose hacia delante, el jefe se cubrió la cara con las manos. Quería, se había propuesto, había dispuesto que iba a llorar…
Le había causado una tremenda conmoción el comentario del viejo Woodifield sobre la sepultura del muchacho. Fue exactamente como si la tierra se hubiera abierto y lo hubiera visto allí tumbado, con las chicas de Woodifield mirándolo. Porque era extraño. Aunque habían pasado más de seis años, el jefe nunca había pensado en el muchacho excepto como un cuerpo que yacía sin cambio, sin mancha, uniformado, dormido para siempre. “¡Mi hijo!”, gimió el jefe. Pero las lágrimas todavía no acudían. Antes, durante los primeros meses, incluso durante los primeros años después de su muerte, bastaba con pronunciar esas palabras para que lo invadiera una pena inmensa que sólo un violento episodio de llanto podía aliviar. El paso del tiempo, había afirmado entonces, y así lo había asegurado a todo el mundo, nunca cambiaría nada. Puede que otros hombres se recuperaran, puede que otros lograran aceptar su pérdida, pero él no. ¿Cómo iba a ser posible? Su muchacho era hijo único. Desde su nacimiento el jefe se había dedicado a levantar este negocio para él; no tenía sentido alguno si no era para el muchacho. La vida misma había llegado a no tener ningún otro sentido. ¿Cómo diablos hubiera podido trabajar como un esclavo, sacrificarse y seguir adelante durante todos aquellos años sin tener siempre presente la promesa de ver a su hijo ocupando su sillón y continuando donde él había abandonado?
Y esa promesa había estado tan cerca de cumplirse. El chico había estado en la oficina aprendiendo el oficio durante un año antes de la guerra. Cada mañana habían salido de casa juntos; habían regresado en el mismo tren. ¡Y qué felicitaciones había recibido por ser su padre! No era de extrañar; se desenvolvía maravillosamente. En cuanto a su popularidad con el personal, todos los empleados, hasta el viejo Macey, no se cansaban de alabarlo. Y no era en absoluto un mimado. No, él siempre con su carácter despierto y natural, con la palabra adecuada para cada persona, con aquel aire juvenil y su costumbre de decir: “¡Sencillamente espléndido!”.
Pero todo eso había terminado, como si nunca hubiera existido. Había llegado el día en que Macey le había entregado el telegrama con el que todo su mundo se había venido abajo. “Sentimos profundamente informarle que…” Y había abandonado la oficina destrozado, con su vida en ruinas.           Hacía seis años, seis años… ¡Qué rápido pasaba el tiempo! Parecía que había sido ayer. El jefe retiró las manos de la cara; se sentía confuso. Algo parecía que no funcionaba. No estaba sintiéndose como quería sentirse. Decidió levantarse y mirar la foto del chico. Pero no era una de sus fotografías favoritas; la expresión no era natural. Era fría, casi severa. El chico nunca había sido así.
En aquel momento el jefe se dio cuenta de que una mosca se había caído en el gran tintero y estaba intentando infructuosamente, pero con desesperación, salir de él. ¡Socorro, socorro!, decían aquellas patas mientras forcejeaban. Pero los lados del tintero estaban mojados y resbaladizos; volvió a caerse y empezó a nadar. El jefe tomó una pluma, extrajo la mosca de la tinta y la depositó con una sacudida en un pedazo de papel secante. Durante una fracción de segundo se quedó quieta sobre la mancha oscura que rezumaba a su alrededor. Después las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, levantando su cuerpecillo empapado, empezó la inmensa tarea de limpiarse la tinta de las alas. Por encima y por debajo, por encima y por debajo pasaba la pata por el ala, como lo hace la piedra de afilar por la guadaña. Luego hubo una pausa mientras la mosca, aparentemente de puntillas, intentaba abrir primero un ala y luego la otra. Por fin lo consiguió, se sentó y empezó, como un diminuto gato, a limpiarse la cara. Ahora uno podía imaginarse que las patitas delanteras se restregaban con facilidad, alegremente. El horrible peligro había pasado; había escapado; estaba preparada de nuevo para la vida.
Pero justo entonces el jefe tuvo una idea. Hundió otra vez la pluma en el tintero, apoyó su gruesa muñeca en el secante y mientras la mosca probaba sus alas, una enorme gota cayó sobre ella. ¿Cómo reaccionaría? ¡Buena pregunta! La pobre criatura parecía estar absolutamente acobardada, paralizada, temiendo moverse por lo que pudiera acontecer después. Pero entonces, como dolorida, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, esta vez más lentamente, reanudó la tarea desde el principio.
Es un diablillo valiente —pensó el jefe— y sintió verdadera admiración por el coraje de la mosca. Así era como se debían de acometer los asuntos; ésa era la actitud. Nunca te dejes vencer; sólo era cuestión de… Pero una vez más la mosca había terminado su laboriosa tarea y al jefe casi le faltó tiempo para recargar la pluma, y descargar otra vez la gota oscura de lleno sobre el recién aseado cuerpo. ¿Qué pasaría esta vez? Siguió un doloroso instante de incertidumbre. Pero ¡atención!, las patitas delanteras volvían a moverse; el jefe sintió una oleada de alivio. Se inclinó sobre la mosca y le dijo con ternura: “Ah, astuta cabroncita”. Incluso se le ocurrió la brillante idea de soplar sobre ella para ayudarla en el proceso de secado. Pero a pesar de todo, ahora había algo de tímido y débil en sus esfuerzos, y el jefe decidió que ésta tendría que ser la última vez, mientras hundía la pluma hasta lo más profundo del tintero.
Lo fue. La última gota cayó en el empapado secante y la extenuada mosca quedó tendida en ella y no se movió. Las patas traseras estaban pegadas al cuerpo; las delanteras no se veían.
—Vamos —dijo el jefe—. ¡Espabila! —Y la removió con la pluma, pero en vano. No pasó nada, ni pasaría. La mosca estaba muerta.
El jefe levantó el cadáver con la punta del abrecartas y lo arrojó a la papelera. Pero lo invadió un sentimiento de desdicha tan agobiante que verdaderamente se asustó. Se inclinó hacia delante y tocó el timbre para llamar a Macey.
—Tráigame un secante limpio —dijo con severidad— y dese prisa. —Y mientras el viejo perro se alejaba con un paso silencioso, empezó a preguntarse en qué había estado pensando antes. ¿Qué era? Era… Sacó el pañuelo y se lo pasó por delante del cuello de la camisa. Aunque le fuera la vida en ello no se podía acordar.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer La fiesta en el jardín y otros cuentos, de Katherine Mansfield (Espuela de plata, 2018), en traducción de José María Souvirón. [Aviso legal]

30. El síncope blanco, de Horacio Quiroga [Valerie Miles]

Hasta que el cuento aguante

Una historia de alucinación y de amor imposible en un hospital, para tiempos inciertos como los actuales, de la mano de uno de los grandes cuentistas latinoamericanos, con el espíritu y las sombras góticas de Edgar Allan Poe. Y para acompañar se recomienda “La flor de Coleridge”,  de Jorge Luis Borges.

 

Recomendación de Valerie Miles, escritora, traductora, editora, investigadora y cofundadora de la revista Granta en Español. Es autora de Mil bosques en una bellota (Duomo, 2012). Ha traducido obras de Juan Eduardo Cirlot, Fernando Aramburu, Rafael Chirbes, Enrique Vila Matas o Marina Perezagua. En 2013 fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño. 1977- 2003 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

 

“El síncope blanco”, de Horacio Quiroga

Yo estaba dispuesto a cualquier cosa; pero no a que me dieran cloroformo.

Soy de una familia en la que las enfermedades del corazón se han sucedido de padres a hijos con lúgubre persistencia. Algunos han escapado —cuentan en mi familia— y según el cirujano que debía operarme, yo gozaba de ese privilegio. Lo cierto es que él y sus colegas me examinaron a conciencia, siendo su opinión unánime que mi corazón podía darse por bueno a carta cabal, tan bueno como mi hígado y mis riñones. No quedaba en consecuencia sino dejarme aplicar la careta, y confiar mis sagradas entrañas al bisturí.

Me di, pues, por vencido, y una tarde de otoño me hallé acostado con la nariz y los labios llenos de vaselina, aspirando ansiosamente cloroformo, como si el aire me faltara. Y es que realmente no había aire, y sí cloroformo que entraba a chorros de insoportable dulzura: chorros de dulce por la nariz, por la boca, por los oídos. La saliva, los pulmones, las extremidades de los dedos, todo era náuseas y dulce a chorros.

Comencé a perder la noción de las cosas, y lo último que vi fue, sobre un fondo negrísimo, fulgurantes cristales de nieve.

* * *

Estaba en el cielo. Si no lo era, se parecía a él muchísimo. Mi primera impresión al volver en mí, fue de que yo había muerto.

«¡Esto es! —me dije—. Allá abajo, quién sabe ahora dónde y a qué distancia, he muerto de resultas de la operación. En una infinita y perdida sala de la Tierra, que es apenas una remota lucecilla en el espacio, está mi cuerpo sin vida, mi cuerpo que ayer había escapado triunfante del examen de los médicos. Ahora ese cuerpo se queda allá; no tengo ya nada más que ver con él. Estoy en el cielo, vivo, pues soy un alma viva».

Pero yo me veía sin embargo en figura humana, sobre un blanco y bruñido piso. ¿Dónde estaba, pues? Observé entonces el lugar con atención. La vista no pasaba más allá de cien metros, pues una densa bruma cerraba el horizonte. En el ámbito que abarcaban los ojos, la misma niebla, pero vaguísima, velaba las cosas. La luz cenital que había allí parecía de focos eléctricos, muy tamizada. Delante de mí, a 30 o 40 metros, se alzaba un edificio blanco con aspecto de templo griego. A mi izquierda, pero en la misma línea del anterior, y esfumado en la niebla, se alzaba otro templo semejante.

¿Dónde estaba yo, en definitiva? A mi lado, y surgiendo de atrás, pasaban seres, personas humanas como yo, que se encaminaban al edificio de enfrente, donde entraban. Y otras personas salían, emprendiendo el mismo camino de regreso. Más lejos, a la izquierda, idéntico fenómeno se repetía, desde la bruma insondable hasta el templo esfumado. ¿Qué era eso? ¿Quiénes eran esas personas que no se conocían unas a otras, ni se miraban siquiera, y que llevaban todas el mismo rumbo de sonámbulos?

Cuando comenzaba a hallar todo aquello un poco fuera de lo común, aun para el cielo, oí una voz que me decía:

—¿Qué hace usted aquí?

Me volví y vi a un hombre en uniforme de portero o guardián, con gorra y un corto palo en la mano. Lo veía perfectamente en su figura humana, pero no estoy seguro de que fuera del todo opaco.

—No sé —le respondí, perplejo yo mismo—. Me encuentro aquí, sin saber cómo…

—Pues bien, ese es su camino —dijo el guardián, señalándome un edificio de enfrente—. Es allí donde debe usted ir. ¿Usted no ha sido operado?

Instantáneamente, en una lejanía inmemorial de tiempo y espacio, me vi tendido en una mesa —en un remotísimo pasado…

—En efecto —murmuré nebuloso—. He sido –fui operado… Y he muerto.

El guardián sacudió la cabeza.

—Todos dicen lo mismo… Nos dan ustedes más trabajo del que se imaginan… ¿No ha tenido aún tiempo de leer la inscripción?

—¿Qué inscripción?

—En ese edificio —señaló el guardián con su palo corto.

Miré sorprendido hacia el templo griego, y con mayor sorpresa aún leí en el frontispicio, en grandes caracteres de luz tamizada:

SÍNCOPE AZUL

—Este es su domicilio, por ahora —agregó el guardián—. Todos los que durante una operación de cloroformo caen en síncope, esperan allí. Vamos andando, porque usted hace rato que debía tener su número de orden.

Turbado, me encaminé al edificio en cuestión. Y el guardián iba conmigo.

—Muy bien —le dije por fin al llegar—. Aquí debo entrar yo, que he caído en síncope… ¿Pero aquel otro edificio?

—¿Aquel? Es la misma cosa, casi… Lea el letrero… Nunca he visto uno de ustedes, los cloroformizados, que lea los letreros. ¿Qué dice ese? Puede leerlo bien, sin embargo.

Y leí:

SÍNCOPE BLANCO

—Así es —confirmó el hombre—. Síncope blanco. Los que entran allí no salen más, porque han caído en síncope blanco. ¿Comprende por fin?

Yo no comprendía del todo, por lo que el guardián perdió otro minuto en explicármelo, mientras señalaba uno y otro edificio con su corto palo.

Según él, los cloroformizados están expuestos a dos peligros, independiente del de un vaso cortado u otro detalle de la operación. En uno de los casos, y al inspirar la primera bocanada de cloroformo, el paciente pierde súbitamente el sentido; una palidez mortal invade el semblante; y el enfermo, con sus labios de cera y su corazón paralizado, queda listo para el entierro.

Es el síncope blanco.

El otro peligro se manifiesta en el curso de la operación. El rostro del cloroformizado se congestiona de pronto; los labios, las encías y la lengua se amoratan, y si el organismo del individuo no es lo bastante fuerte para reaccionar contra la intoxicación, la muerte sobreviene.

Es el síncope azul.

Como se ve, la persona que cae en este último síncope tiene su vida pendiente de un hilo sumamente fino. En verdad vive aún; pero anda tanteando ya con el pie el abismo de la Muerte.

—Usted está en este estado —concluyó el guardián—. Y allí debe ir usted. Si tiene suerte, y los cirujanos logran revivirlo, volverá a salir por la misma puerta que entró. Por el momento, espere allí. Los que entran allá, en cambio —señaló al otro edificio—, no salen más; pasan de largo la sala. Pero son raros los que caen en síncope blanco.

—Sin embargo —objeté— cada dos o tres minutos veo entrar a uno.

—Porque son todos los cloroformizados en el mundo. ¿Cuántas personas operadas cree usted que hay en un momento dado? Usted no lo sabe, ni yo tampoco. Pero vea en cambio los que entran aquí.

En efecto, en el sendero nuestro era un ir y venir sin tregua, una incesante columna de hombre, mujeres y niños, entrando y saliendo en orden y sin prisa. La particularidad de aquella avenida de seres—fantasmas era la ignorancia total en que parecían estar unos de otros, y del lugar en que actuaban. No se conocían, ni se miraban, ni se veían tal vez. Pasaban con su expresión habitual, acaso distraídos o pensando en algo, pero con preocupaciones de la vida normal —negocios o detalles domésticos—, la expresión de las gentes que se encaminan o salen de una estación.

Antes de entrar en mi casa eché una ojeada a los visitantes del Síncope Blanco. Tampoco ellos parecían darse cuenta de lo que significaba el templo griego esfumado en la bruma. Iban a la muerte vestidos de saco o en femeniles blusas de paseo, con triviales inquietudes de la vida que acababan de abandonar.

Y este mundanal de aspecto de estación ferroviaria se hizo más sensible al entrar en el Síncope Azul. Mi guardián me abandonó en la puerta, donde un nuevo guardián, más galoneado que el anterior, me dio y cantó en voz alta mí número: ¡834! —mientras me ponía la palma en el hombro para que entrara de una vez.

El interior era un solo hall, un largo salón con bancos en el centro y en los costados. La luz cenital, muy tamizada, y aun la ligera bruma del ambiente, reforzaban la impresión de sala de espera a altas horas de la noche. Los bancos estaban ocupados por las personas que entraban y se sentaban a esperar, resignadas a un trámite ineludible, como si se tratara de un simple contratiempo inevitable al que se está acostumbrado. La mayoría ni siquiera se echaba contra el respaldo del banco; esperaban pacientes, rumiando aún alguna preocupación trivial. Otros se recostaban y cerraban los ojos para matar el tiempo. Algunos se acodaban sobre las rodillas y ponían la cara entre las manos.

Nadie —y no salía yo de mi asombro— parecía estar enterado de lo que significaba aquella espera. Nadie hablaba. En el hall no se oía sino el claro paso de los visitantes, y la voz de los guardianes cantando los números de orden. Al oírlos, los dueños de los números se levantaban y salían por la puerta de entrada. Pero no todos, porque en el otro extremo del salón había otra puerta también grandemente abierta, con un guardián que cantaba otros números.

Los dueños de estos números se levantaban con igual indiferencia que los otros, y se encaminaban a dicha puerta posterior.

Algunos, sobre todo las personas que esperaban con los ojos cerrados o estaban con la cara en las manos, se equivocaban en el primer momento de puerta, y se encaminaban a otra. Pero ante un nuevo canto del número notaban su error y se dirigían con alguna prisa a su puerta, como quien ha sufrido un ligero error de oído. No siempre tampoco se cantaba el número; si la persona estaba cerca o miraba distraída en aquella dirección, el guardián la chistaba y le indicaba su destino con el dedo.

¿La puerta del fondo era entonces…? Para mayor certidumbre me encaminé hasta dicha puerta y abordé al guardián.

—Perdón —le dije—. ¿Puede decirme qué significado concreto tiene esta puerta?

El guardián, al parecer bastante fastidiado de sus propias funciones para tomar sobre sí las del público, me miró, como miraría un boletero de estación al sujeto que le preguntara si el lugar donde se hallaba era la misma estación.

—Perdón —le dije de nuevo—. Yo tengo derecho a que los empleados me informen correctamente.

—Muy bien —repuso el hombre, tocándose la gorra y cuadrándose—. ¿Qué desea saber?

—Lo que significa esta puerta.

—En seguida; por aquí salen los que han muerto.

—¿Los que mueren…?

—No; los que han muerto en el Síncope.

—¿En el Síncope Azul?

—Así parece.

No pregunté más, y me asomé a la puerta; más allá no se veía nada; todo era tiniebla. Y se sentía una impresión muy desagradable de frescura.

Volví sobre mis pasos y me senté a mi vez. A mi lado, una joven de traje oscuro esperaba con los ojos cerrados y la cabeza recostada en el respaldo del banco. La miré un largo rato, y me acodé con la cara entre las manos.

¡Perfectamente! Yo sabía que de un momento a otro los guardianes debían cantar mi número; pero por encima de esto yo acababa de mirar a la jovencita de falda corta y pies cruzados, que en una remota sala de operaciones acababa de caer en síncope como yo. Y nunca, en los breves días de mi vida anterior, había visto una belleza mayor que la de aquel pálido y distraído encanto en el dintel de la muerte.

Levanté la cabeza y fijé otra vez la mirada en ella. Ella había abierto los ojos y miraba a uno y otro guardián, como extrañada de que no la llamaran de una vez. Cuando iba a cerrarlos de nuevo:

—¿Impaciente? —le dije.

Ella volvió a mí los ojos, me miró un breve momento y sonrió:

—Un poco.

Quiso adormecerse otra vez, pero yo le dije algo más. ¿Qué le dije? ¿Qué sed de belleza y adoración había en mi alma, cuando en aquellas circunstancias hallaba modo de henchirla de aquel amor terrenal?

No lo sé; pero sé que durante tres cuartos de hora —si es posible contar con el tiempo mundano el éxtasis de nuestros propios fantasmas— su voz y la mía, sus ojos y los míos hablaron sin cesar.

Y sin poder cambiar una sola promesa, porque ni ella ni yo conocíamos nuestros mutuos nombres, ni sabíamos si reviviríamos, ni en qué lugar de la tierra habíamos caminado un día con firmes pies.

¿La volvería a ver? ¿Era nuestro viejo mundo bastante grande, para ocultar a mis ojos aquella bien amada criatura, que me entregaba su corazón paralizado en el limbo del Síncope Azul? No. Yo volvería a verla —porque no tenía la menor duda de que ella regresaba a la vida. Por esto, cuando el guardián de entrada cantó su número, y ella se encaminó a la puerta despidiéndose con una sonrisa, la seguí con los ojos como a una prometida…

¿Pero qué pasa? ¿Por qué la detienen? Aparecen nuevos empleados en cabeza —jefes, seguramente— que observan el número de orden de la joven. Al fin le dejan el paso libre, con un ademán que no alcanzo a comprender. Y oigo algo así como:

—Otro error… Habrá que vigilar a los guardianes de abajo…

¿Qué error? ¿Y quienes son los guardianes de abajo? Vuelvo a sentarme, indiferente al nocturno vaivén, cuando el guardián de la puerta del fondo grita: ¡124!

Mi vecino, un hombre de rostro energético y al parecer de negocios, se levanta indiferente como si fuera a su despacho como todos los días. Y en ese instante, al oír el 4 final recién cantado, siento por primera vez la posibilidad de que yo pueda ser llamado desde la otra puerta.

¿Es posible? Pero ella acaba de levantarse, y la veo aún sonriéndome, con su vestido corto y sus medias traslúcidas. Y antes de un segundo, menos quizá, puedo quedar separado de ella para siempre jamás en el más infinito jamás que establece una puerta abierta, detrás de la cual no hay más tinieblas, y una sensación de fresco muy desagradable. ¿Desde dónde se va a cantar mi número? ¿A qué puerta debo volver los ojos? ¿Qué guardián aburrido de su oficio va a indicarme con la cabeza el rastro aún tibio del vestido oscuro, o la Gran Sombra Tiritante?

* * *

—¡De buena hemos escapado!

—Ya vuelve el mozo… ¡Diablo de corazón incomprensible que tienen estos neurópatas!

Yo no volvía en mí, todo zumbante aún de cloroformo. Abrí los ojos y vi los fantasmas blancos que acababan de operarme.

Uno de ellos me palmeó el hombro diciendo:

—Otra vez trate de tener menos apuro en pasarse de largo, amigo. En fin, dese por muy contento.

Pero yo no lo oía porque había vuelto a caer en sopor. Cuando torné a despertar, me hallaba ya en la cama.

¿En la cama…? ¿En un sanatorio…? ¿En el mundo, no es esto…? Mas la luz, el olor a formol, los ruidos metálicos —la vida tal cual— me dañaban los ojos y el alma. Lejos, quién sabe a qué remota eternidad de tiempo y espacio, estaba el salón de espera y la jovencita a mi lado que miraba a uno y otro guardián. Esa solo había sido, era y sería mi vida en adelante. ¿Dónde hallarla, a ella? ¿Cómo buscarla entre el millar de sanatorios del mundo, entre los operados que en todo instante están incubando tras la careta asfixiante el síncope del cloroformo?

¡La hora! ¡Sí! Solo ese dato preciso tenía y podía bastarme. Debía comenzar a buscarla en seguida, en el sanatorio mismo. ¿Quién sabe…?

Hice llamar a un médico, a mi médico de confianza que había asistido a la operación.

—Óigame, Fitzsimmons —murmuré—. Tengo un interés muy grande en saber si, al mismo tiempo que a mí, se ha operado a otras personas en este sanatorio.

—¿Aquí? ¿Le interesa mucho saber esto?

—Muchísimo. A la misma hora… O un momento antes, si acaso.

—Pero sí, me parece que sí… ¿Quiere saberlo con seguridad?

—Hágame el favor…

Al quedar solo cerré de nuevo los ojos, porque lo que yo quería ver era muy distinto de los crudos reflejos de la cama laqué, y de la mesa giratoria, también laqué.

—Puedo satisfacerlo —me dijo Fitzsimmons, volviendo a entrar—. Se ha operado al mismo tiempo que a usted a tres personas: dos hombres y una mujer. Los hombres…

—No, Fitzsimmons; la mujer solo me interesa. ¿Usted la ha visto?

—Perfectamente. Pero —se detuvo mirándome a los ojos— ¿qué diablo de pesadilla sigue usted rumiando con el cloroformo?

—No es pesadilla… ¡Después le explicaré! Óigame: ¿la ha visto bien cuando estaba vestida? ¿Puede describírmela con detalles?

Fitzsimmons la había visto bien, y no tuve la menor duda. Era ella. ¡Ella! ¡A despecho de la vida y la muerte y la inmensidad de los mundos, la jovencita estaba a mi lado! Viva, tangible, como lo estaba en un pasado remoto, infinitamente anterior, en la luz tamizada de una sala de espera ultraterrestre…

El médico vio mi cambio de expresión y se mordió los labios.

—¿Usted la conocía?

—¡Sí! Es decir… ¿Sigue bien?

Titubeó un instante. Luego:

—No sé si esa joven es la que usted cree. Pero la enferma que han operado… ha muerto.

—¡Muerta!

—Sí… Hoy hemos tenido poca suerte en el sanatorio. Usted, que casi se nos va; y esa chica, con un síncope…

—Azul… —murmuré.

—No, blanco.

—¿Blanco? —me volví aterrado—. ¡No, azul! ¡Estoy seguro…!

Pero mi médico exclamó:

—No sé de donde saca usted ahora sus diagnósticos… Síncope blanco, le digo, de lo más fulminante que se pueda pedir. Y sosiéguese ahora… Deje sus sueños de cloroformo que a nada lo conducirán.

Quedé otra vez solo. ¡Síncope blanco! Súbitamente se hizo la luz: Volví a ver a los jefes de la sala de espera, revisando el número de la joven; y aprecié ahora en su total alcance las palabras que en aquel momento no había comprendido: Ha habido un error…

El error consistía en que la jovencita había muerto en la mesa de operaciones, del síncope blanco; que había entrado muerta en la sala de espera, por el error de algún guardián; y que yo había estado haciendo el amor, cuarenta minutos, a una joven ya muerta, que por error me sonreía y cruzaba aún los pies.

En el curso de mi vida yo he recorrido sin duda las mismas calles que ella, tal vez con segundos de diferencia; hemos vivido posiblemente en la misma cuadra, y quizá en distintos pisos de la misma casa. ¡Y nunca, nunca nos hemos encontrado! Y lo que nos negó la vida, tan fácil, nos lo concede al fin una estación ultraterrestre, donde por un error he volcado todo el amor de mi vida oscilante, sobre el espectro en medias traslúcidas —de un cadáver.

Es o no cierto lo que me dice el médico; pero al cerrar los ojos la veo siempre, despidiéndose con su sonrisa, dispuesta a esperarme. Al salir de la sala ha tomado a la derecha, para entrar en el Síncope Blanco. Jamás volverá a salir. Pero no importa; allí me espera, estoy seguro.

Bien. Mas yo mismo; este cuarto de sanatorio, estos duros ángulos y esta cama laqué, ¿son cosa real? ¿He vuelto en realidad a la vida, o mi despertar y la conversación con mi médico blanco no son sino nuevas formas de sueño sincopal? ¿No es posible un nuevo error a mi respecto, consecutivo al que ha desviado hacia la derecha a mi Novia—Muerta? ¿No estoy muerto yo mismo desde hace un buen rato, esperando en el Síncope Azul el control que de nuevo efectúan los jefes con mi número?

Ella salió y entró serena, calmada ya su impaciencia, en el edificio blanco, ante el cual toda ilusión humana debe retroceder. Nunca más será ella vista por nadie en la Tierra.

¿Pero yo? ¿Es real esta cama laqué, o sueño con ella definitivamente instalado en la Gran Sombra, donde por fin los jefes me abren paso irritados ante el nuevo error, señalándome el Síncope Blanco, donde yo debía estar desde hace largo rato?…

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer El síncope blanco y otros cuentos de locura y terror, de Horacio Quiroga (Valdemar, 2017). [Aviso legal]

 

29. Continuidad de los parques, de Julio Cortázar [Agustín Fernández Mallo]

Hasta que el cuento aguante

Envidio a quienes por primera vez lean este cuento. Descubrirán la asombrosa atmósfera de realidad y ficción que la narrativa puede llegar a hacer.

 

Recomendación de Agustín Fernández Mallo, físico y escritor. Es autor, entre otros, de las novelas que componen el Proyecto Nocilla (Alfaguara, 2006-2009), el libro de relatos El hacedor (de Borges) remake) (Alfaguara, 2011), el libro de poesía Ya nadie se llamará como yo + Poesía reunida (1998-2012) (Seix Barral, 2015) o los ensayos Postpoesía (Anagrama, 2009) y Teoría general de la basura (Galaxia Gutenberg, 2018). Su última novela publicada es Trilogía de la guerra (Seix Barral, 2018).

 

“Continuidad de los parques”, de Julio Cortázar

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cuentos completos, de Julio Cortázar (Alfaguara, 2019). [Aviso legal]

28. El esquinista, de Laia Jufresa [Marta Tutone]

Hasta que el cuento aguante

¿Con qué ojos miraremos nuestras ciudades cuándo volvamos a bajar a las calles? Laia Jufresa nos lleva de paseo por un babélico cuerpo metropolitano donde la mirada del artista, del esquinista, diseña experiencias estéticas para los ávidos ojos de sus habitantes, quienes han perdido la capacidad de interrogar al espacio. La necesidad de un cambio de perspectiva (de paradigma, de narrativa) nos atrae como la gravedad y cambia nuestro rumbo. Lo visionario reside en volver a la tierra y redefinir un nuevo horizonte de humanidad mirando desde abajo.

 

Recomendación de Marta Tutone, traductora y editora de Liana Editorial, donde han visto la luz títulos como Chicas Malas (2019), Papaya salad (2019) o Lluvia de primavera (2019).

 

“El esquinista”, de Laia Jufresa

Estoy sentado a cielo abierto en la ciudad donde nací. Este espacio que abarco pertenece al antiguo cementerio y esto que escribo hace las veces de testimonio y epitafio. Sé de sobra que los historiadores del arte van a mal interpretarme. Me resigno a ser carroña suya con tal de alcanzar a mis otros destinatarios.

Empiezo desde arriba, 3, 2, 1. Mi nombre es Amauro Montiel. Crecí en esta ciudad, no muy lejos de aquí aunque sí bastante más arriba: en un multifamiliar del tercer nivel urbano. Entonces aún llamábamos a los niveles por su nombre completo, no como los niños de ahora, que no tienen ni idea de dónde viene las siglas UL. Soy bastante viejo. Tan viejo como la Gran Prohibición. Nací exactamente dos meses después de que entrara en vigor el tratado de Qatar. Mi hermana había nacido cinco años antes y, aunque dice no recordarlo, bajó al subsuelo en una ocasión con mi padre, que la llevó a tocar el mar cuando ya se hacía inminente la prohibición. Hay una vieja fotografía 3D. Ella en brazos de él, hacen fila sobre la escalera que cruza la muralla: todavía en construcción pero ya bien anclada en la arena. En la fila, la gente carga niños y frascos porque todavía estaba permitido llevarse consigo unos cuantos gramos de arena a modo de souvenir. El de mi familia viajaba en el bolsillo de mi padre, que en la imagen se distingue abultado.

Crecí sospechando que el privilegio de haber tocado el suelo, olido la tierra, visto el mar, designaba a mi hermana como alguien irrevocablemente superior a mí. Ella, en cambio, nunca le dio mucha importancia y al irse de casa me regaló su frasco de arena, sellado con una etiqueta militar que pone DESINFECTADO. Mi hermana no era superior, pero sí más simple. Quizá también más sabia. Con los años, he aprendido a valorar la sencillez muy por encima de la exuberancia.

He dedicado la gran mayoría de mis ochenta años a mirar hacia abajo. Me pregunté muchas veces si esta obsesión se relaciona con aquella primera gran envidia. Viví en más de veinte departamentos durante mi vida y a todos llevé conmigo el frasco: como una reliquia, como un ídolo. Sé que en la arena no crecía nada, pero era lo más cercano que yo conocí a la tierra, madre primigenia.

Durante mi infancia, no había nada arriba del UL3. Todavía no se impermeabilizaba el país y conocí la lluvia. Jugábamos en jardines que germinaban casi naturalmente sobre los techos hidropónicos del UL2. El rascacielos donde crecí fue derrumbado hace décadas y el barrio entero suplantado por un multifamiliar de mil pisos. Pero entonces aún vivíamos a un par de kilómetros del subsuelo prohibido y en invierno, si el día clareaba, podíamos verlo. O por lo menos lo buscábamos desde la ventana o los puentes. Aquí dudo: ya no sé si lo intuíamos o si realmente se distinguía aún el asfalto arcaico, colado por los hombres del siglo XXI. Me pregunté muchas veces cómo sería caminar allí. Quien esto lea ya ve que no me morí con la duda. O quizá nadie va a leerlo nunca y lo escribo nada más que para convencerme a mí mismo: es real, Amauro, estás aquí, por fin aquí.

El subsuelo, “la tierra firme” como lo llaman los geólogos, fue el tema dominante de mi niñez. Y, a diferencia de otros entusiasmos infantiles, ése nunca menguó. En mi primera pantalla leí obsesivamente los relatos de los hombres antiguos. Busqué imágenes de la gente que viajó en horizontal, de los que navegaron y recorrieron el campo descalzos; de los que dejaron a sus bebés  arrastrarse por un suelo aún no letal pero ya irreversiblemente contaminado. Era difícil encontrar imágenes porque en su necedad esa gente pasó siglos retratándose sobre materiales perecederos: ¡plata sobre gelatina! ¡Bits y pixeles! Un subtema del pasado me obsesionó por sobre todos los otros: la sepultura. Sacra o profana. Lo que me fascinaba era el mero, sórdido hecho —no menos inverosímil por histórico— de que durante milenios los hombres enterraron a sus muertos en la misma tierra de la que brotaban sus cultivos.

Llevo unas cinco horas aquí abajo. Mi traje de neopreno tiene una garantía de cincuenta años, pero a mi máscara de oxígeno le quedan dos horas de vida. La emoción que siento por haber encontrado el cementerio -¡ese faro de la intriga en mis fantasías de niño aéreo!- apenas cabe en mi traje de neopreno, mucho menos sabría meterla en esta carta. Estoy por fin aquí: donde ya no puede mirarse hacia abajo. Y sin embargo hay algo abajo. No sean más que residuos y símbolos: estoy aquí, y bajo de mí están los muertos.

 

 

En el piso 67 teníamos lo importante, agua y luz del día. Mis padres se habían rebelado contra la norma de un solo hijo y por eso vivíamos en esta ciudad, que era más grande que la suya y por ende más permisiva. Se hicieron una familia y en ella se amurallaron. De pequeño no imaginaba vivir fuera de nuestro núcleo. Quería repetir la historia valiente de estos obreros retrógradas, enfamiliados. No tenía más sueño que ése. Sobre todo no el del arte. Nunca dije “de grande quiero ser esquinista”. Nunca fantaseé con ver mi nombre en la marquesina de una galería abierta. Pero formas, siempre vi. En las vetas de la puerta y entre las huellas de humedad. Cuando alguna vez dije respecto a una mancha de aceite: “es un elefante”, mi padre lo consideró un rato y luego siguió limpiando la mesa, sin tocar la mancha. El aceite fue absorbido por el conglomerado y el elefante envejeció en mi comedor. Mi madre detenía los paseos a medio puente para que yo buscara figuras en los niveles bajos. Tienes talento, me decía, pero todas las madres dicen eso. Crecí pensando que el mío era un caso común. Ni siquiera un caso; la media: que todo el mundo, detrás del mundo aparente percibía otro, el accidental, el escondido. Hasta que a los ocho años me convencí de lo contrario.

Mi abuelo vino a la ciudad y me regaló un libro. Era algo inusitado. Yo había oído hablar de ellos, pero desde luego no poseía ninguno. Era un libro antiquísimo, con fotos 2D del primer nivel de la ciudad. Sin pensarlo, con mi dedo manchado de betún, tracé sobre las fotos figuras que veía y, naturalmente, recibí un severo castigo por hacerlo. Más que nada, recuerdo una sensación de injusticia. No me quedaba nada claro cómo funcionaba el papel de árbol ni por qué era tan grave mi error y quizá por eso obvié que me estaban castigando por haber destruido una reliquia, no por ver figuras entre los edificios. Como sea, el ardor me duró diez años. No dejé de ver cosas, pero sí evité mencionarlas o marcarlas. Mientras tanto, me salió pelo en todas partes, me volví especialista en mis defectos y aprendí a esconderme más y mejor dentro de mí mismo. El miedo al ridículo y las ganas de impresionar (esos dos polos entre los que se teje el doloroso zigzag de todo adolescente) son los peores enemigos de la creatividad y mi caso en nada fue excepcional. El esquinismo me parecía un juego ajeno, de ricos privilegiados, y mi creatividad me parecía infantil, algo que debía trascender, dejar atrás como una piel obsoleta y vergonzosa. Entre otras idioteces de la época, me convencí de que lo importante no era construirse una mirada, sino fijarse una opinión.

Llegué al esquinismo por distraído. Un día, de pie en la azotea de la preparatoria. El maestro explicaba algo sobre la estratosfera, a unos seis kilómetros de nuestras cabezas. Pero yo, de puro aburrimiento, en vez de mirar al cielo miraba hacia abajo. Distinguí entonces bajo de mí, entre las pistas elevadas de la escuela y los estacionamientos del multifamiliar vecino, la caricatura perfecta de mi amigo Alfred, sin “o”. Se lo señalé pero no pudo verlo, así que esa tarde, a escondidas, volví a la escuela y tracé la imagen sobre un panel de acrílico transparente que, sostenido a la altura correcta, unía los puntos y transmitía la idea. Un recurso típico, como descubriría más tarde, de esquinistas principiantes, o pobres, o que tienen el aerógrafo en el taller. Amarré el acrílico a una viga de acero. Volví a casa y le pedí a Alfred que subiera a verse al día siguiente. Por suerte, mi amigo Alfred-sin-o, al que lamento haber perdido por mi estupidez, era una persona de mundo que en cuanto vio el dibujo dio aviso en la dirección.

¿Cómo lo hiciste, Montiel?, preguntó la directora en la azotea.

Se puede quitar, dije.

Quiero decir, ¿cómo lo viste?

Y yo: No sé, sólo lo vi.

Y ella: Si estuviera en mis manos, te daría permiso de trazarlo en el aire.

Le dije que de todos modos no sabría hacerlo y ella me hizo prometerle que me anotaría en un curso de esquinismo con un profesor muy bueno que ella conocía. Luego, pasé lo que recuerdo como un rato muy largo en el techo, solo, con una sonrisa gigante. Algo que no sabía desacomodado acababa de embonar en mí. Las mariposas del halago son una droga bien peligrosa, pero eso lo entendí mucho después.

 

 

Inti Sol, se llamaba el maestro que la directora conocía y que, pese a su nombre tautológico, resultó un tipo luminoso. Fue el profesor más sensible que tuve jamás. Hacíamos la clase en exteriores, como debe de ser, y, una vez a la semana dábamos un paseo largo. Como todos en la ciudad por aquel entonces, yo conocía el Bisonte, trazado sobre el viejo periférico elevado, y la Galatea, a la que ya no se accede porque sólo era visible desde el primer nivel urbano. Mis padres nos llevaron alguna vez a ver ambos. Pero fue con Inti que conocí las grandes obras del Noroeste de la ciudad.

Fue en esa época que me enamoré del esquinismo. Del esquinismo en primera persona. Pasé los siguientes años descubriendo la ciudad a paso lento. Estudié a detalle las obras locales, las corregí y aumenté en mi cabeza. Me enseñé perspectiva, composición, soltura. Nos enseñamos unos a otros, también. Cuando en grupo, no solíamos trazar porque había un solo aerógrafo destartalado para todos, pero nos señalábamos los hallazgos y en concebir la idea del otro se concentraban las lecciones. Había juego, aprendizajes, miedo del bueno. Crecíamos juntos. No estaba mejor visto descubrir una medusa que una hamburguesa, la originalidad era el último de nuestros males. Yo tiro por viaje encontraba tumbas. Con muertos que les salían, claro, o algunos dolientes alrededor, porque si no aquello no era más que un prisma rectangular, algo tan fácil de ver que nadie me hubiera dejado malgastar nuestro valioso pigmento en ello. Por esa obsesión mía con los entierros, los compañeros del taller de Inti me apodaron Lápida.

A los diecinueve años tracé mi primera imagen y no fue mortuoria. Una pareja abrazada, de tres cuadras y media. Las líneas quedaron temblorosas, además de que el viejo aerógrafo me falló a la mitad y tuve que improvisarle un sombrero a ella. Como sea, al verlo mis compañeros aplaudieron, a Inti Sol se le salió una lágrima y yo decidí que iría al Colegio Nacional de esquinismo.

Nina, quizá mi obra más famosa, es el retrato de una amiga mía de aquella época que en realidad se llamaba Lîla. Ha sido una fuente importante de diversión, para mí, durante los últimos treinta años, leer las cosas que se han escrito por ignorar este hecho. Las hipótesis son todas sosas, y falsas. Entonces me era imposible confesar la verdadera identidad de Lîla pero aquí está bien. Me digo: Amauro, quizás esta carta es para eso, justamente. Me digo: se lo debes.

 

 

La conocí en una azotea donde se improvisaban trueques de pigmentos y veladas de esquinistas en ciernes. Creo que pocos eventos posteriores me han provocado tanta emoción como la que me cimbraba al llegar a esa azotea donde todo me era nuevo e importante, donde todo era apenas en potencia.

Lîla tenía un pelo negro como de satín, y luego todas las deformaciones del adolescente. El tamaño de sus pretensiones la paralizaba y no acertaba a dar ningún primer pasito hacia el trazado. Era tímida, sabelotodo y angulosa. Cuando hablaba solía atropellarse con juicios insoportables y mis amigos no la tragaban, ni ella a ellos. Pero fue mi maestra. Como nadie más, Lîla me enseñó a mirar. Nunca la vi trazar nada pero me regalaba a cada rato descubrimientos. Mira, se está hundiendo, decía levantando un dedo que yo seguía hasta que entre la calle, el farol, el ángulo de la cuadra del segundo nivel y los depósitos de basura del primero, lo veía aparecer: un barco (ese animal mitológico) yéndose a pique.

Una vez pasamos casi una hora de pie en un puente de la zona industrial, aguantando el hedor y viendo fijo una textura móvil, como de espuma, que salía de los tubos de desperdicio de una fábrica y te generaba la ilusión de estar viendo las copas de unos duraznos en flor. Una pieza imposible de capturar, mas no por ello menos obra de arte.

A veces juego a que Lîla no desapareció. Me gusta imaginar que llegó a vieja y aún camina por allí, cerrando un ojo para hacer el encuadre, como hace sesenta años y diciéndome, como solía: El esquinista es ante todo un caminante, Lápida, un explorador. Y yo le diría que sí, que ella siempre supo más que yo, y que perdón. También me gusta imaginarla incurriendo en el pasado por algún pasaje mágico del tiempo: un grupo de hombres sin rostro la encuentran, está muerta pero saben cómo salvarla, la lavan en algún río y la llevan a una era en la que el mundo humano aún recorría la cáscara del planeta.

Un caminante, un explorador: eso era ya el padre del esquinismo. Van Gunten cumplía con su paseo matutino con un fervor religioso, independientemente del clima (político o meteorológico), y esta obsesión suya es, en materia de herencias, tan importante como su obra.

Aunque luego Holanda no ha sido el epicentro del esquinismo ni mucho menos, sí jugó un papel crucial en su nacimiento. Para comenzar, los holandeses inventaron las azoteas interconectadas. No como un asunto de supervivencia, pues todavía se podía respirar a nivel del mar, sino como una apuesta artística: meros caprichos arquitectónicos. Entonces se experimentaba apenas con lo que hoy es norma: los techos verdes, los paseos elevados para unir rascacielos, los muertos congelados con nitrógeno líquido y luego pulverizados de un golpe, el gel de cultivo hidropónico, los generadores de H2O y tantas otras cosas que hoy damos por sentadas. ¿Qué decía? Ah, las primeras azoteas con puentes. Es lógico, pues, que fuera en Holanda que nació el esquinismo: una forma de arte íntimamente ligada a la arquitectura aérea. Los hombres antiguos tuvieron selva, playa, montaña, pampa… nosotros tenemos puentes. Jashpat, autor del gran Chakni Wache de Belice, escribió en la placa junto al mirador para su obra: Los esquinismos se conciben y miran desde los puentes. Lo demás es pintura, graffiti, arte arcaico.

Holanda fue también pionera en amurallarse contra el mar. Muchas familias holandesas debieron pasear sobre la muralla, sin prever que un día se firmaría en Qatar la prohibición universal de bajar al subsuelo y por ende de atravesarla. Pero dos siglos antes de Qatar y de que yo naciera, Van Gunten deambulaba por los puentes elevados de La Haya cuando, al mirar hacia abajo, notó una figura que le divirtió. Pasó varias semanas marcando (¡con hilo de acrílico y cadenas de bolsas de plástico!) el contorno de su archifamosa Los Tres Cocodrilos. Uniendo árboles, cornisas y postes, inventó mi profesión. Cuentan que los vecinos le llevaban bolsas y algunos le ayudaban a anudar. Lo hacían porque lo apreciaban pero sin entender nada, hasta que la figura estuvo trazada en su totalidad. ¡Son tres cocodrilos!, debe haber dicho el primero, probablemente un niño.

Rudimentarios como fueron los métodos de Van Gunten, Los Tres Cocodrilos aún se considera el primer dibujo aéreo; la primera obra de esquinismo. Por eso se restauró, unos cien años más tarde, en su actual versión metálica en UL2. (Su versión falsa, diríamos algunos). Pero desde el original, los hocicos de las tres bestias se forman por las intersecciones de varias calles y este hecho aleatorio le dio su nombre al esquinismo. No recuerdo si Van Gunten usó el término primero en una charla o en alguna entrevista, pero imagino una conversación más o menos pedestre, más o menos así:

—¿Que hizo usted qué?

—Tres cocodrilos.

—¿Que cómo los hizo?

—Juntando esquinas… esquineando… Un esquinismo, eso hice.

Así. Sin diccionarios ni convenciones ni reales academias acuñando nada. Sólo un hombre y los bichos raros que ve y la voluntad de compartirlos (porque ése es el germen que vale, el germen que sigue produciendo locos de mi estirpe), y, pero, luego, el hombre tiene que explicarse. Le sale algo al vuelo, algo insuficiente. Como tal vez todos los nombres. Pero más. Porque lo cierto es que al esquinismo siempre le quedó chico su nombre: un gran número de obras, quizá la mayoría, prescinde de ángulos rectos. Para bien o para mal hemos conservado el apelativo torpe, como homenaje o quizá por comodidad. Quizá lo conservamos para no tener que explicarle al otro el arte que ni siquiera nosotros entendemos del todo. Yo sé mucho sobre el esquinismo, pero nunca lo entendí del todo. Y eso fue algo algo bueno, por supuesto.

A pesar de la lamentable solidificación de la obra de Van Gunten, hay que reconocer que aquel gesto del gobierno holandés abrió camino para nuestro arte. Los siguientes pasos se dieron en la visión de los esquinistas y también, hay que decirlo, de ciertos científicos, con la invención de los aerógrafos a distancia y, desde luego, del pigmento flotante: herramientas que, en mi opinión, siguen siendo irremplazables. Voy a parar ya con todo esto, me disculpo: cuando uno se pone viejo le da por rememorar obviedades.

 

 

El Colegio Nacional resultó ser un fiasco. Los profesores estaban muy enterados de la teoría pero alejados de la práctica, a la que habían abandonado como un sueño de juventud. Su frustración era palpable y dotaba el aire de una cualidad pegajosa, en la que uno terminaba sumiéndose hasta confundir el esquinismo con ese triste alquitrán institucional. Éramos moscas en una telaraña, aleteando hasta que la densidad nos apagó el entusiasmo. Y sin embargo me quedé hasta el final. Porque era cómodo. Tenían los aerógrafos, tenían los pigmentos. Además, mi trabajo gustaba y la falta de crítica me mantenía el ego inflado. También los encargos, que ya me permitían vivir de mi arte. Crecieron en mí, simultáneamente, una auto complacencia enfermiza y un odio filoso por la mediocridad, saco en el que metí a todos con los que crucé camino por aquella época. Excepto a Lîla, que seguía sin trazar pero cuya práctica nunca menguaba: cada día caminaba y cada día encontraba composiciones más bellas y complejas que parecían venirle sin esfuerzo. No es cierto, contestaba tajante si yo decía que algo era difícil. Pero qué sabía ella, si ni siquiera se atrevía a trazar, a ser consecuente con su talento. El talento es un regalo, la instigaba yo: no hay nada más mezquino que guardárselo. Pero Lîla no me contestaba.

Sólo mucho más tarde entendí lo que ella siempre supo: no es cierto. Que el esquinismo es difícil es mito. Lo único complejo es renovar la honestidad. Y esto es imprescindible: ese acto de levantar el telón, rajar los nuevos velos y encontrarse de nuevo en el escenario, otra vez desnudo. Todos los días.

El joven esquinista busca guías y recibe un manual de prejuicios: hay que trazar lo que se conoce; abarcar menos de una cuadra es mediocre y más de diez petulante; es vital estar abiertos a la innovación y a las tendencias y a la crítica: ábrase usted por aquí el pecho y canjee su corazón por uno nuevo, uno más inteligente; procure no salirse de la raya punteada. Y allí van las moscas frescas a meterse en la boca abierta de las recetas… Mi abuelo contaba que, cuando lo mandaron a la guerra, “le dieron fusil pero no le dieron parque”. ¿No es precisamente así la juventud?

Pero quizás es necesario envejecer para entender. El esquinismo es más una experiencia que una visión. Una obra maestra te estruja por sorpresa aún cuando grandes letreros la señalan y absurdos pies amarillos en el suelo te recomiendan dónde colocarte para admirarla mejor. Por más que te lo han platicado, nada te prepara para ese momento en que tus ojos se acomodan y del horizonte brota incendiándose Akira, el dragón de Sophie Deveaux.

Volví diez veces en mi vida a Manchester y siempre un nuevo detalle de Akira me inyectaba emociones intensas. En verano, una hilera de casas bajas le entristecía la mirada, en primavera se convertían en pestañas coloridas. Con lluvia parecía moverse y bajo la nieve era un monstruo agazapado, acechando. Los años la embellecían, la dejaban cada vez más simple, más esencial. La última vez que la vi fue desde un foro, donde participaba en un congreso al que me invitaron para opinar sobre si había o no que preservarla. Yo voté en contra. Como único “representante” de Latinoamérica fui severamente criticado por la mayoría de mis colegas de continente. Pero ésta es mi única convicción respecto al esquinismo. He dicho otras cosas que, no dudo, el tiempo sabrá desmentir. Pero sobre el punto de la conservación quedo firme.

Algunas veces, eso sí, mirándola desde lo alto, dudé de mi voto. No por las críticas sino porque una vocecita dentro de mí me acusaba: ¡Egoísta!, ¿por qué negarle a las próximas generaciones esta vista extraordinaria? Si voté en contra es porque preservarla sería convertirla en su caricatura. Habría que desalojar a miles de personas para que otros más afortunados puedan pagarse el boleto a Inglaterra y pararse en un techo a tener un éxtasis estético más que nada para poder contar que estuvieron allí. No, el esquinismo no se trata de eso. Los esquinismos están vivos. Mutan. La vieja barda que delimitaba las llamaradas de Akira fue oxidándose hasta desintegrarse. Fue el dragón más hermoso porque su escupitajo tenía la cualidad del fuego verdadero: era extinguible.

El esquinista enmarca la danza de la urbe, pero está fuera de su poder hacer coreografías. Su trabajo es subrayar, no controlar. Me gusta para hablar de eso una frase de la propia Deveaux: Le matériel du cornerist est la ville et donc aussi le devenir et le mouvement: nuages, chantiers, corps: temps, temps, temps.Tenemos que ser firmes en esto: el esquinismo debe dejar de ser tratado como un arte puramente visual cuando es mucho más un acto escénico. Irrepetible. Longevo, sí, pero efímero. Un dragón que es muchos dragones y un día ya no es más. La cadena de mutaciones en un mismo ser conduce naturalmente a la desaparición. Los viejos entendemos de eso.

 

 

A mis cincuenta años me encontré en el cuarto nivel urbano de Sevilla, en el ultimo piso de las nuevas oficinas de Íbera, mirando hacia sus bulliciosos niveles inferiores. Me habían contratado para idear una obra que pudiera verse desde varios miradores que ya se habían instalado. Estaba parado, en más de un sentido, en la punta más alta de mi carrera de esquinista. Pero estaba ciego. Por primera vez en mi vida la ciudad me parecía una ciudad y nada más. Sólo luz, ruido, hormigas humanas.

Colocar primero los miradores y luego idear la obra es un juego válido. Ejercita la mirada e incluso, si uno está lo suficientemente abierto, puede dar lugar a una buena pieza. Sobre todo, puede ser divertido. Lo que no es divertido es pasar las mañanas, tardes y noches de cinco semanas mirando una ciudad hermosa y compleja y no ver nada. Recorría el edificio (espléndido, vacío) como un intruso, oscilando ida y vuelta todo lo largo de la escala emocional, odiando cada día más el paisaje, hasta que decidí renunciar. No podía hacerlo. Llamé y dije que devolvería el cheque. Salí a despedirme de la frustrante vista y sólo entonces la vi. Era de noche, surgió con los faroles. Su largo pelo negro, el Guadalquivir. Brotó completa, como el elefante en la mesa de mi infancia. Apareció de tajo, torpe y hermosa, como la última vez que la vi. Vino a decirme: Si recuerdas que es fácil, te perdono. Vino sólo porque dejé de pelear. El arte es así. Hay que empezar rindiéndosele.

Si pudiera darle algo de parque a algún joven esquinista le diría que sospeche de las complicaciones. En momentos de confusión lo más provechoso es cerrar los ojos. Perdonarse y ponerse a caminar. Al final, regresé el cheque. No cobré por trazar Nina porque entendí finalmente esto: fueron los pagos los que me convirtieron en mercenario. No porque no valiera (eso y más) mi trabajo, sino porque empecé a querer complacer y con ello resbalé lentamente de vuelta hasta la viscosa década de mi adolescencia, todo alejado de mí y de mi imaginación. Mucho antes de Sevilla, el contraste entre mi degradación y la pureza artística de Lîla se me había vuelto insoportable. Yo funcionaba por contratos, mientras que ella siempre dejó que su curiosidad le dictara el paso. Aquí dudo. Pero me digo: se lo debes, Amauro.

Teníamos treinta años. O más bien yo tenía treinta, ella debía tener unos treinta y tres, y acababa de inventarse un nuevo hobby. Con su evacuación definitiva, el primer nivel de la ciudad había quedado desierto, pero aún no estaba sellado y a Lîla le dio por bajar allí y mirar a la inversa: buscar formas ya no abajo sino arriba. Un día la acompañé hasta una barda abandonada que ella había estado frecuentando. Traía una mochilota y pensé que escondía un aerógrafo. Va a trazar, pensé, va a trazar a la inversa y yo voy a estar allí: seré el primer testigo de un arte nuevo, y de la genialidad de esta mujer finalmente haciéndose pública. La seguí entusiasmado, sin preguntar detalles. Bajamos al primer nivel y cuando dimos con la inmensa barda, la escalamos. Al otro lado, había un precipicio que era imposible descifrar. La evaporación de los gases del subsuelo se condensaba en una nube gris y cerrada, un merengue sucio. Nos sentamos en la barda. Arriba de nosotros, se enmarañaban cuatro niveles urbanos. Lîla alzó el brazo y me señaló una forma. Yo no logré distinguirla a pesar de que, según ella, estaba muy fácil de ver. Luego vio otra, pasó lo mismo. Me dolía el cuello y el cielo de fondo me deslumbraba. Ella insistió una, dos, tres veces, el cuello cada vez más torcido, el largo pelo bajándole por la espalda hacía el vacío. Yo me rendí y ella me miró con desprecio. Me levanté para marcharme.

—No te puedes ir, encontré una puerta.

—¿Una puerta a dónde?

—Al subsuelo —le dio unas palmadas a la mochila, —traigo provisiones—. Sacó una máscara de oxígeno y me la tendió. Yo me negué, ella insistió. Es hoy o nunca, decía: Van a sellarlas esta semana, ¿no es lo que siempre has querido?

Le dije que era peligroso, ella me llamó cobarde. Le dije: Ve tú si quieres, y me bajé de la barda. Me alejé de más, empujado por el miedo o la admiración, y cuando finalmente me volví, ni mi amiga ni lo alto de la barda se distinguían ya entre los humos que emanaba el precipicio. Lîla entró en esa nube para siempre. Se fue buscando una puerta imposible, sola con una mochila de víveres, y yo ni siquiera intenté detenerla.

Durante años soñé que regresaba trepando por la barda. O que caía. O que seguía abriendo, una tras otra, puertas cada vez más pesadas. A veces su máscara de oxígeno tenía el rostro de mi hermana. Las pesadillas y la culpa sólo terminaron cuando tracé Nina. También entonces se esfumó el aguijón de la envidia. Me resigné a no tener su talento y decidí unírmele aquí algún día, para seguir aprendiendo de ella. Me tardé tres décadas más en juntar los sobornos necesarios para poder bajar desapercibido, pero lo logré y ahora voy a alcanzarla en el misterio de la tierra firme. Me mostrará las visiones que ha tenido en medio siglo mirando el mundo desde abajo. Exploraremos juntos, enfamiliados. Esta tumba que cavo es para ambos.

Hay que saber que soy viejo, estoy enfermo y voy a morir pronto de todas maneras. No me estoy entregando al drama. Estoy dándole un gran obsequio a mi curiosidad. Estoy aquí, por fin aquí. Subí a la muralla. Miré largo rato el mar. Me llamaba: da tanta tentación saltar, morir como un barco yéndose a pique. Pero yo no bajé para eso. Yo bajé para enterrarme. Los cerebralistas del futuro quizá llamen a esto “mi último gesto”. Lástima por aquellos incapaces de imaginar la alegría de las horas que me esperan: las uñas negras, el abrazo de la arcilla, el peso en el pecho, la posición fetal. Lo que más quiere un viejo es descansar.

Caminé hasta dar con el sitio preciso. Hurgué con las manos. El cansancio hará más placentero mi último sueño: mi caminata estática. A ratos me inunda el miedo, luego se disuelve entre el sudor y el entusiasmo. El suelo, ya lo veo, no es uno sino millones de partículas. La tierra tiene una capa seca, dura, de muertos recientes y residuos químicos: la materia marrón gris de la memoria inmediata. Pero luego, más abajo, hay capas más blandas: húmedas, negras, densas como el olvido, o como lo que cubrimos porque no lográbamos olvidar.

Ahora voy a despedirme. Adiós a mí, a los hombres que fui, y a ustedes: futuro, esperanza. Emprendo la caminata. Soy todo asombro.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer El esquinista, de Laia Jufresa (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015) [Aviso legal]

27. La tercera orilla del río, João Guimarães Rosa [Jorge Comensal]

Hasta que el cuento aguante

Un cuento enigmático que me ha ayudado a ser hijo.

 

Recomendación de Jorge Comensal, autor del ensayo Yonquis de las letras (La huerta Grande, 2017) y de la novela La mutaciones (Seix Barral, 2019).

 

“La tercera orilla del río”, de João Guimarães Rosa

Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven y aún de niño, según me testimoniaron diversas personas sensatas, cuando les pedí información. De lo que yo mismo me acuerdo, él no parecía más raro ni más triste que otros conocidos nuestros. Sólo tranquilo. Nuestra madre era quien gobernaba y peleaba a diario con nosotros -mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre mandó hacerse una canoa.

Iba en serio. Encargó una canoa especial, de madera de viñátigo, pequeña, sólo con la tablilla de popa, como para caber justo el remero. Pero tuvo que fabricarse toda con una madera escogida, fuerte y arqueada en seco, apropiada para que durara en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre maldijo la idea. ¿Sería posible que él, que no andaba en esas artes, se fuera a dedicar ahora a pescatas y cacerías? Nuestro padre no decía nada. Nuestra casa, por entonces, aún estaba más cerca del río, ni a un cuarto de legua: el río por allí se extendía grande, profundo, navegable como siempre. Ancho, que no podía divisarse la otra ribera. Y no puedo olvidarme del día en que la canoa estuvo lista.

Sin pena ni alegría, nuestro padre se caló el sombrero y nos dirigió un adiós a todos. No dijo otras palabras, no tomó fardel ni ropa, no hizo ninguna recomendación. Nuestra madre, nosotros pensamos que iba a bramar, pero permaneció blanca de tan pálida, se mordió los labios y gritó: “Se vaya usted o usted se quede, no vuelva usted nunca”. Nuestro padre no respondió. Me miró tranquilo, invitándome a seguirle unos pasos. Temí la ira de nuestra madre, pero obedecí en seguida de buena gana. El rumbo de aquello me animaba, tuve una idea y pregunté: “Padre, ¿me lleva con usted en su canoa?”. Él sólo se volvió a mirarme, y me dio su bendición, con gesto de mandarme a regresar. Hice como que me iba, pero aún volví, a la gruta del matorral, para enterarme. Nuestro padre entró en la canoa y desamarró, para remar. Y la canoa comenzó a irse -su sombra igual como un yacaré, completamente alargada.

Nuestro padre no volvió. No se había ido a ninguna parte. Sólo realizaba la idea de permanecer en aquellos espacios del río, de medio en medio, siempre dentro de la canoa, para no salir de ella, nunca más. Lo extraño de esa verdad nos espantó del todo a todos. Lo que no existía ocurría. Parientes, vecinos y conocidos nuestros se reunieron en consejo.

Nuestra madre, avergonzada, se comportó con mucha cordura; por eso, todos habían pensado de nuestro padre lo que no querían decir: locura. Sólo algunos creían, no obstante, que podría ser también el cumplimiento de una promesa; o que nuestro padre, quién sabe, por vergüenza de padecer alguna fea dolencia, como es la lepra, se retiraba a otro modo de vida, cerca y lejos de su familia. Las voces de las noticias que daban ciertas personas -caminantes, habitantes de las riberas, hasta de lo más apartado de la otra orilla- decían que nuestro padre nunca se disponía a tomar tierra, ni aquí ni allá, ni de día ni de noche, de modo que navegaba por el río, libre y solitario. Entonces, pues, nuestra madre y nuestros parientes habían establecido que el alimento que tuviera, oculto en la canoa, se acabaría; y él, o desembarcaba y se marchaba, para siempre, lo que se consideraba más probable, o se arrepentía, por fin, y volvía a casa.

Se engañaban. Yo mismo trataba de llevarle, cada día, un poco de comida robada: la idea la tuve, después de la primera noche, cuando nuestra gente encendió hogueras en la ribera del río, en tanto que, a la luz de ellas, se rezaba y se le llamaba. Después, al día siguiente, aparecí, con dulce de caña, pan de maíz, penca de bananas. Espié a nuestro padre, durante una hora, difícil de soportar: solo así, él a lo lejos, sentado en el fondo de la canoa, detenida en la tabla del río. Me vio, no remó para acá, no hizo ninguna señal. Le mostré la comida, la dejé en el hueco de piedra del barranco, a salvo de alimaña y al resguardo de lluvia y rocío. Eso, que hice y rehice, siempre, durante mucho tiempo. Sorpresa que tuve más tarde: que nuestra madre sabía de ese mi afán, sólo que simulando no saberlo; ella misma dejaba, a la mano, sobras de comida, a mi alcance. Nuestra madre no era muy expresiva.

Mandó venir a nuestro tío, hermano de ella, para ayudar en la hacienda y en los negocios. Mandó venir al maestro, para nosotros, los niños. Le pidió al cura que un día se revistiera, en la playa de la orilla, para conjurar y gritarle a nuestro padre el deber de desistir de la loca idea. En otra ocasión, por decisión de ella, vinieron dos soldados. Todo lo cual no sirvió de nada. Nuestro padre pasaba de largo, a la vista o escondido, cruzando en la canoa, sin dejar que nadie se acercara a agarrarlo o a hablarle. Incluso cuando fueron, no hace mucho, dos periodistas, que habían traído la lancha y trataban de sacarle una foto, no habían podido: nuestro padre desaparecía hacia la otra banda, guiaba la canoa al brezal, de muchas leguas, el que hay, por entre juncos y matorrales, y sólo él lo conocía, palmo a palmo, en la oscuridad, por entonces.

Tuvimos que acostumbrarnos a aquello. Apenas, porque a aquello, en sí, nunca nos acostumbramos, de verdad. Lo digo por mí que, cuando quería y cuando no, sólo en nuestro padre pensaba: era el asunto que andaba tras de mis pensamientos. Lo difícil era, que no se entendía de ninguna manera, cómo él aguantaba. De día y de noche, con sol o aguaceros, calor, escarcha, y en los terribles fríos del invierno, sin abrigo, sólo con el sombrero viejo en la cabeza, durante todas las semanas, y meses y años -sin darse cuenta de que se le iba la vida. No atracaba en ninguna de las dos riberas, ni en las islas y bajíos del río; no pisó nunca más ni tierra ni hierba. Aunque, al menos, para dormir un poco, él amarrara la canoa en algún islote, en lo escondido. Pero no armaba una hoguerita en la playa, ni disponía de su luz ya encendida, ni nunca más rascó una cerilla. Lo que comía era un apenas; incluso de lo que dejábamos entre las raíces de la ceiba o en el hueco de la piedra del barranco, él recogía poco, nunca lo bastante. ¿No enfermaba? Y la constante fuerza de los brazos, para mantener la canoa, resistiendo, incluso en el empuje de las crecidas, al subir el río, ahí, cuando al impulso de la enorme corriente del río, todo forma remolinos peligrosos, aquellos cuerpos de bichos muertos y troncos de árbol descendiendo -de espanto el encontronazo. Y nunca más habló ni una palabra, con nadie. Tampoco nosotros hablábamos de él. Sólo se pensaba en él. No, de nuestro padre no podíamos olvidarnos; y si, en algunos momentos, hacíamos como que olvidábamos, era sólo para despertar de nuevo, de repente, con su recuerdo, al paso de otros sobresaltos.

Mi hermana se casó; nuestra madre no quiso fiesta. Pensábamos en él cuando comíamos una comida más sabrosa; así como, en el abrigo de la noche, en el desamparo de esas noches de mucha lluvia, fría, fuerte, nuestro padre con sólo la mano y una calabaza para ir achicando la canoa del agua del temporal. A veces, algún conocido nuestro notaba que yo me iba pareciendo a nuestro padre. Pero yo sabía que él ahora se había vuelto greñudo, barbudo, con las uñas crecidas, débil y flaco, renegrido por el sol y la pelambre, con el aspecto de una alimaña, casi desnudo, apenas disponiendo de las ropas que, de vez en cuando, le dejábamos.

Ni quería saber de nosotros, ¿no nos tenía cariño? Pero, por el cariño mismo, por respeto, siempre que, a veces, me elogiaban por alguna cosa bien hecha, yo decía: “Fue mi padre el que un día me enseñó a hacerlo así…”; lo que no era cierto, exacto, sino una mentira piadosa. Porque, si él no se acordaba más, ni quería saber de nosotros, ¿por qué, entonces, no subía o descendía por el río, hacia otros lugares, lejos, en lo no encontrable? Sólo él sabría. Pero mi hermana tuvo un niño, ella se empeñó en que quería mostrarle el nieto. Fuimos, todos, al barranco; fue un día bonito, mi hermana con un vestido blanco, que había sido el de la boda, levantaba en los brazos a la criaturita, su marido sostenía, para proteger a los dos, la sombrilla. Le llamamos, esperamos. Nuestro padre no apareció. Mi hermana lloró, todos nosotros lloramos allí, abrazados.

Mi hermana se mudó, con su marido, lejos de aquí. Mi hermano se decidió y se fue, a una ciudad. Los tiempos cambiaban, en el rápido devenir de los tiempos. Nuestra madre acabó yéndose también, para siempre, a vivir con mi hermana; ya había envejecido. Yo me quedé aquí, el único. Yo nunca pude querer casarme. Yo permanecí, con las cargas de la vida. Nuestro padre necesitaba de mí, lo sé -en la navegación, en el río, en el yermo-, sin dar razón de sus hechos. O sea que, cuando quise saber e indagué en firme, me dijeron que habían dicho que constaba que nuestro padre, alguna vez, había revelado la explicación al hombre que le había preparado la canoa. Pero, ahora, ese hombre ya había muerto; nadie sabría, aunque hiciera memoria, nada más. Sólo en las charlas vanas, sin sentido, ocasionales, al comienzo, en la venida de las primeras crecidas del río, con lluvias que no escampaban, todos habían temido el fin del mundo, decían que nuestro padre había sido elegido, como Noé, que, por tanto, la canoa él la había anticipado; pues ahora medio lo recuerdo. Mi padre, yo no podía maldecirlo. Y ya me apuntaban las primeras canas.

Soy hombre de tristes palabras. ¿De qué era de lo que yo tenía tanta, tanta culpa? Si mi padre siempre estaba ausente; y el río-río-río, el río – perpetuo pesar. Yo sufría ya el comienzo de la vejez -esta vida era sólo su demora. Ya tenía achaques, ansias, por aquí dentro, cansancios, molestias del reumatismo. ¿Y él? ¿Por qué? Debía padecer demasiado. De tan viejo, no habría, día más día menos, de flaquear su vigor, dejar que la canoa volcara o que vagara a la deriva, en la crecida del río, para despeñarse horas después, con estruendo en la caída de la cascada, brava, con hervor y muerte. Me apretaba el corazón. Él estaba allá, sin mi tranquilidad. Soy el culpable de lo que ni sé, de un abierto dolor, dentro de mí. Lo sabría -si las cosas fueran otras. Y fui madurando una idea.

Sin mirar atrás. ¿Estoy loco? No. En nuestra casa, la palabra loco no se decía, nunca más se dijo, en todos aquellos años, no se condenaba a nadie por loco. Nadie está loco. O, entonces, todos. Lo único que hice fue ir allá. Con un pañuelo, para hacerle señas. Yo estaba totalmente en mis cabales. Esperé. Por fin, apareció, ahí y allá, el rostro. Estaba allí, sentado en la popa. Estaba allí, a un grito. Le llamé, unas cuantas veces. Y hablé, lo que me urgía, lo que había jurado y declarado, tuve que levantar la voz: “Padre, usted es viejo, ya cumplió lo suyo… Ahora, vuelva, no ha de hacer más… Usted regrese, y yo, ahora mismo, cuando ambos lo acordemos, yo tomo su lugar, el de usted, en la canoa…”. Y, al decir esto, mi corazón latió al compás de lo más cierto.

Él me oyó. Se puso en pie. Movió el remo en el agua, puso proa para acá, asintiendo. Y yo temblé, con fuerza, de repente: porque, antes, él había levantado el brazo y hecho un gesto de saludo -¡el primero, después de tantos años transcurridos! Y yo no podía… De miedo, erizados los cabellos, corrí, huí, me alejé de allí, de un modo desatinado. Porque me pareció que él venía del Más Allá. Y estoy pidiendo, pidiendo, pidiendo perdón.

Sufrí el hondo frío del miedo, enfermé. Sé que nadie supo más de él. ¿Soy un hombre, después de esa traición? Soy el que no fue, el que va a quedarse callado. Sé que ahora es tarde y temo perder la vida en los caminos del mundo. Pero, entonces, por lo menos, que, en el momento de la muerte, me agarren y me depositen también en una canoíta de nada, en esa agua que no para, de anchas orillas; y yo, río abajo, río afuera, río adentro -el río.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Gran Serón: veredas, de João Guimarães Rosa (Adriana Hidalgo, 2009), en traducción de Claudia Solans. [Aviso legal]