TPR #12 | Lawrence Durrell

Café Con/suelo, The Paris Review
[Diario de lectura de las entrevistas aparecidas en The Paris Review entre 1953 y 2012]

Dice Lawrence Durrell, entrevistado en 1959 por Gene Andrewski y Julian Mitchell que “escribir un poema es como tratar de atrapar una lagartija sin que se le desprenda la cola”. En esta singular analogía está encerrado el tono general de la conversación que tuvo lugar en la casa del escritor, al sur de Francia. Entre la delicadeza de la comparación y la mundanidad del reptil, Durrell se mueve constantemente entre reflexiones profundas, divertidas banalidades y muestras de una sencillez campechana. Él mismo advierte: “Cuando se le deja pontificar a un escritor, sabe Dios qué puede salir de su boca”. Y es que su naturaleza verbal exuberante es garantía de una entrevista de más de veinte páginas en la que hay espacio para hablar de las tensiones entre Inglaterra y el continente europeo, del valor de la vulgaridad en la literatura cómica, de las alabanzas de T. S. Eliot hacia su obra, de las relaciones entre la ciencia teórica y el arte, del poder obnubilador de las chicas estadounidenses o de las ideas que articulan su obra maestra, El cuarteto de Alejandría.

Sus padres quisieron verlo como funcionario en el Ministerio de las Colonias o en el Ejército —no en vano nació en Jalandhar (India), hijo de colonos británicos—, pero él se decantó primero por una vida de juerguista en Europa, y después por una profesión literaria que mantuvo su creación siempre ligada a las necesidades del estómago. Cuando los entrevistadores le preguntan si presta atención a lo que dicen los críticos de su obra, Durrell contesta que si lo hiciera se quedaría bloqueado, ya que las reseñas suelen tener una mala influencia sobre él: “Hasta las buenas críticas te hacen sentir un poco avergonzado. De hecho, para mí el mejor régimen es levantarme temprano, insultarme a mí mismo en el espejo mientras me afeito y luego pensar que estoy cortando leña, que en realidad es lo que hago”.

No es difícil imaginarle esta actitud estoica viendo viejas fotografías del escritor, o incluso leyendo la genial descripción que los entrevistadores hacen de él al inicio de la conversación: “Durrell es bajito pero en absoluto pequeño. Va vestido con tejanos, camisa escocesa, chaqueta de marino: tiene el aspecto del dirigente de algún sindicato menor que hubiera logrado fugarse con los fondos”. Fuma Gauloises sin parar y cuando está en reposo, según dicen, se parece al actor Laurence Olivier. Andrewski y Mitchell aclaran: “en otros momentos su cara adquiere la ferocidad de un luchador profesional”. No es de extrañar tampoco que Durrell rechace la idea de un viaje oficial a Estados Unidos para dar conferencias y, en su lugar, prefiera encontrase secretamente en la cosa con alguien como Henry Miller y “viajar con él, en un cacharro viejo, como alguien anónimo, como un emigrante”.

La figura del emigrante, de hecho, tiene mucho que ver con Durrell, alguien que se definió a sí mismo como un cosmopolita y que siempre trató de desvincular su imagen de la del escritor de Reino Unido que vive en Reino Unido y que nunca ha salido de Reino Unido. Pensando muy seguramente en sí mismo, el autor comenta que el artista inglés siempre es un huérfano, y que “uno va a Europa porque, como un condenado cuco, tiene que poner los huevos en el nido de otro pájaro”. Por eso no comprende a Kingsley Amis ni a quienes huelen cierto antipatriotismo en la vivencia del extranjero, y se decanta más por aquellos autores cuya ambición —dice— ha sido siempre la de ser europeos: Lawrence, Norman Douglas, Aldington, Eliot, Graves… Su opinión debe mucho también al tipo de trato que, según dicen, profesan a sus escritores en países continentales como Francia, donde el artista es tratado con la misma reverencia que el Camembert. “Pero en Inglaterra todo el mundo está condenadamente preocupado por la perfección o por la ruina moral […]. Cualquier artista tiene que luchar por el reconocimiento, pues de entrada nadie le reconoce que es bueno, tan bueno como el Cheddar”.

Durrell admira a estos autores más o menos cosmopolitas, pero también a todos aquellos “autores con estilo” que le enseñan economía, contención, ya que tiene tendencia a extenderse hasta el punto de no poder escribir un relato breve o una columna de menos de mil palabras para The Times. Cuando le preguntan por sus influencias literarias, el escritor rechaza la idea y la sustituye por la del robo. El robo de las formas. Durrell copia recursos, técnicas y maneras como un auténtico aprendiz del oficio. “Yo leo no sólo por placer, sino también como un obrero, y cuando encuentro un buen efecto lo estudio y trato de reproducirlo”. Ese procedimiento, con el tiempo, es lo que ha dado lugar a su propia voz: “Diría que la escritura te hace madurar y tú haces madurar la escritura, y por último, con todo lo que has birlado, logras una amalgama que tiene personalidad propia, la tuya, y entonces eres capaz de devolver esas deudas con una pequeña cuota de intereses, que es lo único honorable que debe hacer un escritor, al menos un escritor que roba, como yo”.

La deuda de Durrell, pues, es con las formas y no con los temas, ya que los temas están y han estado siempre ahí, a la vista de todos. “Un artista es tan sólo alguien que excava, desentierra y profundiza en partes de la experiencia accesibles a cualquiera en todas partes”. Esta idea desmitificadora del arte y del artista lo lleva por momentos a considerarse un talento de segunda fila y a plantear si quizá su preocupación por las formas tiene que ver con que no tiene una gran personalidad que exhibir. Sin embargo, estas premisas tan sólidas están profundamente enraizadas en su vitalismo y, por qué no, en la necesidad material de la escritura: “Tiene usted una visión increíblemente pragmática de la literatura”, le dicen los entrevistadores. A lo que Durrell contesta: “No tengo más remedio, escribo para ganarme la vida”.

Al mismo tiempo, el considerarse un talento de segunda fila le permite enfrentar su propia potencia y sus propios límites, saber hasta dónde puede llegar y lanzarse hacia allí con todas sus fuerzas: “Es inútil esforzarse por hacer cosas fuera de tu alcance, del mismo modo que es profundamente inmoral ser perezoso con las cualidades que tienes. La verdad es que, en el fondo, a mí no me interesa el artista, para mí es más bien un medio para llegar a ser un hombre feliz, lo cual me cuesta mucho más. El arte me parece sencillo, lo que encuentro difícil es la vida”.

No es de extrañar que estas últimas palabras de Durrell se hayan hecho célebres a fuerza de repetirlas una y otra vez, pues condensan su entusiasmo por la vida y una visión práctica —obrera— sobre la construcción del texto: “¿Sabe? tengo la sensación de que las formas están ahí flotando en el aire, como decía Shelley. Estaría muy agradecido si esas malditas cosas descendieran como burbujas de jabón y se posaran en mi cabeza. Si la forma resulta, todo resulta”.

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