34. En un país lejano, de Jack London [Paco Bescós]

Hasta que el cuento aguante

Siempre se puede estar peor: si éste es un consuelo para estúpidos, entonces la estupidez es un consuelo. Siempre se puede estar peor. Si observas por la ventana y no ves un paraje helado impenetrable. Si miras a tu lado y no tienes un personaje zafio, vago y ruin como única compañía para pasar el confinamiento. Si contemplas el espejo y no ves en él un ser miserable. Entonces podrías estar peor. Los protagonistas de este colosal relato escrito en 1899, en plena fiebre del oro, sí están peor. Se trata de la versión ártica de otro imprescindible relato sobre y el desbordamiento del ser humano aislado, “Una avanzada hacia el progreso”, de Joseph Conrad (1896).

 

Recomendación de Paco Bescós, publicista y escritor. Autor de El baile de los penitentes (Almuzara, 2014), El costado derecho (Salto de Página, 2016) y El porqué del color rojo (Salto de Página, 2018), Premio “Pata Negra” a la mejor novela negra del año.

 

En un país lejano, de Jack London

Cuando un hombre viaja a un país lejano debe prepararse para olvidar muchas de las cosas que ha aprendido y para adquirir las costumbres inherentes a la vida del nuevo país. Debe abandonar los viejos ideales y los antiguos dioses, y, a menudo, debe invertir los mismos códigos por los que se ha afirmado su conducta. Para quienes tienen la facultad proteica de adaptarse, la novedad de semejante cambio puede constituir incluso una fuente de placer. Pero a quienes se han anquilosado en los senderos que los crearon les resulta insoportable la presión de un entorno modificado y se irritan en cuerpo y alma bajo las nuevas restricciones que no entienden. Esta irritación tiende a actuar y reaccionar, produce varios males y termina en desgracias. Para el hombre que no sabe adaptarse al nuevo surco sería mejor volver a su país, pues, si lo retrasa demasiado, es seguro que muera.

El hombre que vuelve la espalda a las comodidades de una vieja civilización para enfrentarse a la juventud salvaje, a la primitiva sencillez del Norte, puede valorar su triunfo en proporción inversa a la cantidad y calidad de sus hábitos firmemente enraizados. Si es un candidato adecuado, descubrirá pronto que los hábitos materiales son los menos importantes. El cambio de cosas, corno un delicado menú, por una comida cruda; los duros zapatos de cuero, por el blando y deforme mocasín; la cama de colchón de plumas, por una manta en la nieve; es, después de todo, una cosa fácil. Pero sus apuros vendrán al aprender a modelar su actitud mental ante todas las cosas, y especialmente ante su prójimo. Debe sustituir las gentilezas de la vida corriente por el desinterés, la indulgencia y la tolerancia. Así, y sólo así, puede ganarse lo más preciado de todo: la verdadera camaradería. No debe decir «gracias», sino indicarlo sin abrir la boca, y demostrarlo correspondiendo de la misma manera. En suma, debe sustituir la palabra por el hecho, la letra por el espíritu.

Cuando el mundo se conmovió con la historia del oro ártico v el señuelo del Norte se apoderó de los corazones de los hombres, Carter Weatherbee abandonó su cómodo trabajo ele dependiente, entregó a su mujer la mitad de los ahorros v se compró un equipo con el resto. No había nada romántico en su naturaleza, la esclavitud del comercio lo había destruido todo. Estaba sencilla-mente harto de la incesante rutina y deseaba correr grandes riesgos en espera de grandes recompensas. Al igual que otros muchos locos que desdeñan los viejos caminos utilizados durante años por los pioneros del Norte, se apresuró a llegar a Edmonton en primavera. Y allí, para desgracia de su alma, se unió a una partida de hombres.

No había nada extraño en esta partida, salvo sus planes. Hasta su meta, como la de todas las demás partidas, era el Klondike. Pero la ruta que habían escogido para alcanzar la meta dejaba sin resuello al nativo más duro, nacido y criado en las vicisitudes del noroeste. Quedó sorprendido el mismo Jacques Baptiste, hijo de una mujer chippewa [tribu india del norte de Canadá] y de un renegado voyageur [ hombre empleado por una compañía de pieles para transportar bienes y hombres entre las remotas factorías del norte] (había lanzado sus primeros lloriqueos en una tienda de piel de ciervo, al norte del paralelo sesenta y cinco, y lo habían callado con deliciosos chupetones de sebo crudo). Aunque les vendió sus servicios y aceptó viajar hasta los hielos permanentes, sacudía ominosamente la cabeza cada vez que le pedían consejo.

La mala estrella de Percy Cuthfert debía estar ascendiendo, puesto que también él se unió a este grupo de argonautas. Era un hombre corriente, con una cuenta bancaria tan honda como su cultura, que ya es decir. No tenía ninguna razón para embarcarse en una aventura semejante, ninguna en absoluto, salvo que padecía de un desarrollo anormal de sentimentalismo. Y lo confundió con el verdadero espíritu de romanticismo y aventura. Á muchos otros les ha pasado lo mismo y han cometido el mismo error fatal.

Los primeros deshielos de la primavera encontraron al grupo siguiendo el curso helado del río Elk. Era una flota imponente, pues el equipo era grande e iban acompañados por un contingente escandaloso de voyageurs mestizos con sus mujeres y niños. Día tras día faenaron con los bateaux [francés: embarcación pequeña] y canoas, combatieron los mosquitos y otras plagas semejantes, o sudaban y maldecían en los porteos. Un trabajo duro como éste pone al descubierto las raíces mismas del alma y, antes de que el lago Athabasca se perdiera en el sur, cada miembro de la expedición había revelado su verdadero carácter.

Los dos gandules y gruñones constantes eran Carter Weatherbee y Percy Cuthfert. Todo el resto de la expedición se quejaba menos de sus dolores y sufrimientos que cada uno de ellos. Ni una vez se ofrecieron voluntarios para alguna de las mil pequeñas tareas del campamento. Acarrear un cubo de agua, cortar una brazada extra de madera, lavar y secar los platos, buscar entre el equipo algún artículo indispensable para el momento; y estos dos decadentes vástagos de la civilización descubrían torceduras y ampollas que exigían atención inmediata. Eran los primeros en acostarse por la noche, antes de haber terminado todavía toda una serie de tareas; los últimos en salir por la mañana, cuando la salida debía estar lista antes de empezar el desayuno. Eran los primeros en caer a la hora de comer, los últimos en echar una mano en la cocina; los primeros en lanzarse a una pequeña golosina, los últimos en descubrir que habían añadido a la suya la ración de otro. Si remaban, cortaban astutamente el agua a cada golpe y permitían que el impulso de la barca eludiera la pala. Creían que nadie lo notaba, pero sus compañeros los maldecían por lo bajo y llegaron a odiarlos, mientras que Jacques Baptiste los despreciaba abiertamente y los maldecía desde por la mañana hasta por la noche. Pero Jacques Baptiste no era un caballero.

En el Gran Esclavo compraron perros de la Hudson Bay y la flota se hundió hasta el último con su carga adicional de pescado seco y pemmican [una comida concentrada, utilizada por los indios de Norteamérica, consistente en carne magra desecada, molida y mezclada con grasa derretida]. Canoas y bateaux respondían a la rápida corriente del Mackenzie y penetraron en los Grandes Yermos. Investigaron todo afluente de buen aspecto, pero la esquiva «tierra aurífera» se escurría cada vez más hacia el norte. En el Gran Oso, dominados por el terror normal de las Tierras Desconocidas, sus voyageurs empezaron a desertar, y el Fuerte de Buena Esperanza vio doblarse a los últimos y más valientes bajo las sirgas, mientras bajaban a saltos la corriente que tan peligrosamente habían remontado. Sólo quedaba Jacques Baptiste. ¿No había jurado viajar hasta los hielos eternos?

Consultaban constantemente los mapas falsos, trazados en su mayor parte a base de rumores. Y sintieron la necesidad de apresurarse, pues el sol había pasado ya del solsticio del norte y volvía a dirigir el invierno hacia el sur. Bordearon las costas de la bahía donde el Mackenzie desemboca en el océano Ártico y entraron en la boca del río Little Peel. Allí empezó la ardua tarea de navegar contra corriente, y los dos inútiles lo pasaron peor que nunca. Sirgas y varas, remos y correas, rápidos y porteos: semejantes torturas sirvieron para producirle a uno un asco profundo a los grandes riesgos, y para imprimir en el otro un texto feroz sobre el verdadero romanticismo de la aventura. Un día se mostraron rebeldes y, ante las maldiciones de Jacques Baptiste, se revolvieron contra él como gusanos. Pero el mestizo azotó a los dos y los envió, heridos y sangrantes, a su trabajo. Era la primera vez que los habían maltratado.

Abandonaron su barcaza en el nacimiento del Little Peel y pasaron el resto del verano en el largo porteo que los llevó por la cuenca del Mackenzie hasta West Rat. Esta pequeña corriente desembocaba en el Porcupine, que, a su vez, se unía al Yukón por donde esta grandiosa carretera del norte cruza el Círculo Ártico. Pero habían perdido la carrera contra el invierno y un buen día amarraron sus balsas al espeso hielo de los remolinos y desembarcaron a toda prisa sus bienes. Esa noche el río se heló y desheló varias veces, y, a la mañana siguiente, se había dormido para siempre.

—No podemos estar a más de cuatrocientas millas del Yukón —concluyó Sloper, mientras multiplicaba las uñas del pulgar por la escala del mapa.

El consejo en el que los dos inútiles habían expresado su desacuerdo se acercaba al fin.

—Factoría de la Hudson Bay hace mucho tiempo. No la utilizan ahora.

El padre de Jacques Baptiste había hecho el viaje para la Compañía de Pieles en los viejos tiempos, y había marcado casualmente el camino con un par de dedos del pie congelados.

—¡Santo Dios! —gritó uno de la partida—. ¿No hay blancos?

—Ningún blanco —sentenció Sloper—. Pero sólo hay quinientas millas más por el Yukón hasta Dawson. Digamos que unas mil desde aquí.

Weatherbee y Cuthfert gruñeron a la vez: —¿Cuánto crees que tardaremos, Baptiste? El mestizo calculó por un momento:

—Trabajando como demonios, sin que nadie escurra el bulto, diez, veinte, cuarenta, cincuenta días. Si vienen esos bebés —señaló a los inútiles—, no se sabe. Tal vez cuando se congele el infierno, o tal vez no.

Cesó la fabricación de raquetas de nieve y de mocasines. Alguien llamó a un miembro ausente, que salió de una vieja cabaña situada al borde de la hoguera y se unió a ellos. La cabaña era uno de los muchos misterios que acechaban en los vastos descansos del norte. Nadie podía decir cuándo ni quién la había construido. Dos tumbas cavadas al aire libre cubiertas por un montón de piedras encerraban quizás el secreto de estos primeros exploradores. ¿Pero qué manos habían amontonado las piedras?

Había llegado el momento. Jacques Baptiste se detuvo en el arreglo de un arnés y amarró al perro inquieto a la nieve. El cocinero protestó en silencio por el retraso, tiró un puñado de tocino a una ruidosa perola de judías y prestó atención. Sloper se levantó. Su cuerpo contrastaba ridículamente con el sano físico de’ los inútiles.

Amarillo y débil, huido de unas fiebres suramericanas, no había interrumpido su vuelo por las distintas regiones y todavía era capaz de trabajar con los hombres. Tal vez pesara noventa libras, incluyendo su pesado cuchillo de monte, y su canoso pelo hablaba de una edad viril que ya no existía. Los músculos frescos y jóvenes de Weatherbee o Cuthfert equivalían a diez veces la fuerza de los suyos. Sin embargo, podía dejarlos tirados en el suelo en la caminata de un día. Y durante todo el día había estado animando a sus camaradas más fuertes a aventurarse por las mil millas de las peores penalidades que imaginarse pueda. Era la encarnación de la inquietud de su raza, y la vieja tozudez teutónica, salpicada de la rapidez y la acción del yankee, mantenía la carne sometida al espíritu.

—Todos los que estén a favor de seguir con los perros tan pronto como endurezca el hielo, que digan sí.

—¡Sí! —exclamaron ocho voces, voces destinadas a ensartar un sendero de juramentos a lo largo de cientos de millas de sufrimientos.

—¿Quiénes están en contra?

—¡No!

Por primera vez los inútiles se unieron sin ningún compromiso de intereses personales.

—¿Y qué pensáis hacer? —añadió en tono beligerante Weatherbee.

—¡La mayoría decide! ¡La mayoría decide! —clamó el resto de la partida.

—Sé que la expedición puede fracasar, si no venís —replicó suavemente Sloper—, pero creo que, si hacemos un gran esfuerzo, podemos arreglárnoslas sin vosotros. ¿Qué decís, muchachos?

Los demás se hicieron eco de este sentimiento.

—Ya lo sabéis —se atrevió a decir Cuthfert—. ¿Qué va a hacer un tipo como yo?

—¿No vienes con nosotros?

—Nooo.

—Entonces haz lo que te plazca. No hay más que decir.

—Calculo que podrás arreglarlo con ese compañero tuyo —sugirió un hombre grueso de Dakota, al tiempo que señalaba a Weatherbee—. Seguro que te preguntará qué piensas hacer a la hora de cocinar y recoger madera.

—Entonces consideramos que todo está arreglado —concluyó Sloper—. Partiremos mañana y acamparemos a cinco millas, sólo para preparar las cosas y ver si se nos ha olvidado algo.

Los trineos crujieron en sus patines metálicos y los perros estiraron los arneses en los que habían de morir. Jacques Baptiste se detuvo junto a Sloper para echar un último vistazo a la cabaña. El humo ascendía en volutas patéticas por el tubo de la estufa del Yukón. Los dos inútiles los miraban desde la puerta.

Sloper apoyó una mano en el hombro del otro.

—Jacques Baptiste, ¿has oído hablar alguna vez de los gatos de Kilkenny? El mestizo negó con la cabeza.

—Bueno, mi buen amigo y camarada, los gatos de Kilkenny lucharon hasta que no quedó ni pellejo ni pelo ni maullido. ¿Entiendes? Hasta que no quedó nada. Muy bien. Ahora a estos dos no les gusta trabajar. No trabajarán. Lo sabemos. Estarán solos en la cabaña todo el invierno, un largo y oscuro invierno. Gatos de Kilkenny, ¿eh?

El francés que Baptiste llevaba dentro se encogió de hombros, pero el indio guardó silencio. Sin embargo era un gesto elocuente, preñado de presagios.

Al principio las cosas marchaban bien en la pequeña cabaña. Las toscas burlas de sus compañeros habían hecho que Weatherbee y Cuthfert tomasen conciencia de la responsabilidad mutua que les incumbía. Además, después de todo, no había tanto trabajo que hacer para dos hombres sanos. Y la ausencia del cruel látigo, o en otras palabras, del arrollante mestizo, había producido una reacción jocosa. Al principio cada uno se esforzaba por superar al otro, y ejecutaban pequeñas tareas con una afectación que hubiera asombrado a sus compañeros, los cuales desgastaban ahora cuerpos y almas en el largo camino.

Se despreocuparon por completo. El bosque que los rodeaba por tres lados constituía una leñera inagotable. A unas yardas de su puerta dormía el Porcupine y un agujero hecho con su ropaje de invierno creaba una fuente de agua cristalina y dolorosamente fría. Pero pronto encontraron faltas hasta en eso. El agujero persistía en congelarse, lo que les hacía gastar muchas horas picando hielo. Los desconocidos constructores de la cabaña habían extendido los troncos laterales para sujetar un escondrijo en la parte trasera. Aquí se almacenaban la mayor parte de las provisiones. Sin restricciones, había comida para el triple de los hombres que iban a vivir de ella. La mayor cantidad era de la que daba fuerza muscular y resistencia, pero no estimulaba el paladar. Cierto, había azúcar abundante para dos hombres normales, pero estos dos eran poco menos que niños. Descubrieron pronto las virtudes del agua caliente saturada de azúcar y sumergían pródigamente las tortas y mojaban las cortezas en el rico y blanco almíbar. Luego vinieron las desastrosas incursiones al café, té y, especialmente, a los frutos secos. Las primeras discusiones fueron por la cuestión del azúcar. Y es algo realmente serio que empiecen a reñir dos hombres enteramente dependientes el uno del otro.

A Weatherbee le encantaba lanzar brillantes discursos políticos, mientras que Cuthfert, que se había pasado la vida cortando cupones y había dejado que la Mancomunidad siguiera lo mejor posible, ignoraba el tema o se enfrascaba en sorprendentes epigramas. El dependiente era demasiado obtuso para apreciar estos inteligentes pensamientos, y a Cuthfert le irritaba este despilfarro de munición. Estaba acostumbrado a ofuscar a la gente con su brillantez y le resultaba difícil aceptar esta pérdida de público. Se sentía personalmente ofendido e inconscientemente hacía responsable de ello al cabeza-cuadrada de su compañero.

Salvo su existencia, no tenían nada en común, no coincidían en un solo punto. Weatherbee era un empleado que no había conocido otra cosa en toda su vida; Cuthfert era licenciado en filosofía y letras, aficionado a la pintura y había escrito bastante. Uno era hombre de clase baja que se consideraba caballero, y el otro era un caballero que se sabía tal. Aquí puede destacarse que se puede ser caballero sin tener el primitivo instinto de la verdadera camaradería. El dependiente era tan sensual como el otro era esteticista, y sus aventuras amorosas, contadas con todo detalle y sacadas mayormente de su imaginación, afectaban al ultrasensible licenciado de la misma manera que otras tantas bocanadas de gases de cloaca. Consideraba al dependiente bruto, obsceno e ignorante, cuyo lugar estaba en el barro con los cerdos, y así se lo dijo. El, a su vez, recibió la información de que era un mariquita debilucho y un canalla. Weatherbee no hubiera podido definir «canalla» en toda su vida, pero le bastaba para sus intenciones, lo cual, en última instancia, parece ser lo principal.

Weatherbee desafinaba una nota sí y otra no, y, a veces, durante horas enteras cantaba canciones como «El Ladrón de Boston» y «El Efebo de la Cabaña», mientras Cuthfert lloraba de a rabia hasta que ya no podía aguantarlo más y huía al frío externo. Pero no había escapatoria. El intenso frío no podía soportarse por mucho tiempo, y la pequeña cabaña los agobiaba —camas, estufa, mesa, y todo— en un espacio de diez por doce. La presencia misma de cada uno de ellos resultaba una afrenta personal para el otro, y se sumergían en silencios taciturnos que aumentaban, al pasar los días, en duración e intensidad. De vez en cuando se lanzaban una mirada furtiva o levantaban un labio, aunque se esforzaban por ignorarse por completo durante estos períodos mudos. En sus pechos brotó la gran maravilla de cómo Dios llegó a crear al otro.

Como había poco que hacer, el tiempo les resultaba una carga intolerable. Esto, naturalmente, los hizo aún más perezosos. Se hundieron en un letargo físico del que no había escape posible y que los hacía rebelarse ante la tarea más insignificante. Una mañana en que le tocaba preparar el desayuno común, Weatherbee salió de entre las mantas y, entre los ronquidos de su compañero, encendió primero el candil y luego la lumbre. Las perolas estaban heladas y no había agua con que lavarlas. Pero esto no le importó. Mientras esperaba a que se deshelaran, cortó el tocino y se dedicó a la odiosa tarea de hacer pan. Cuthfert lo había estado observando astutamente con los ojos entornados. Como consecuencia de ello tuvieron una disputa, en la que se bendijeron fervientemente el uno al otro y se pusieron de acuerdo en que desde ese momento cada uno se cocinaría lo suyo. Una semana más tarde Cuthfert se olvidó de hacer su lavado matutino, pero se comió complaciente la comida que había preparado. Weatherbee se sonrió. Después de eso perdieron la necia costumbre de lavar.

A medida que menguaba el azúcar y otros lujos, empezaron a temer que no recibían las raciones debidas, y, para que no les robasen, empezaron a atracarse. Los lujos sufrieron con esta competición glotona lo mismo que sufrieron los hombres. Con la falta de verduras frescas y ejercicio se les empobreció la sangre y una repugnante erupción morada les invadió el cuerpo. Sin embargo, no hicieron caso de la advertencia. A continuación se les empezaron a hinchar los músculos y las articulaciones, se les ennegreció la carne, mientras que sus bocas, encías y labios se volvieron de color crema. En vez de unirse en su miseria, cada uno se recreaba con los síntomas del otro, a medida que avanzaba el escorbuto.

Se despreocuparon por completo de su aspecto personal y, por así decirlo, del pudor común. La cabaña se convirtió en una pocilga y nunca más volvieron a hacerse las camas ni a colocar debajo de ellas ramas frescas de pino. Sin embargo no podían permanecer entre las mantas como les hubiera gustado, pues el hielo era inexorable y la lumbre consumía demasiada leña. El pelo de sus cabezas y caras era largo y desaliñado, mientras que sus ropas habrían asqueado a un trapero. Pero no les importaba. Estaban enfermos y nadie los podía ver; además, resultaba muy doloroso moverse.

A todo esto se sumó un nuevo problema: el miedo del Norte. Este miedo era hijo del gran frío y del gran silencio y nació en la oscuridad de diciembre, cuando el sol se hunde para siempre bajo el horizonte sur. A cada uno le afectó según su naturaleza. Weatherbee cayó víctima de groseras supersticiones y hacía todo lo que podía por resucitar a los espíritus que dormían en las olvidadas tumbas. Era algo fascinante. En sus sueños se le acercaban desde el frío y se le metían entre las mantas y le contaban los trabajos y sufrimientos que les había causado la muerte. Se encogía a su contacto viscoso y enredaban en él sus miembros helados y, cuando le susurraban al oído las cosas que todavía habían de venir, la cabaña retumbaba con sus gritos de horror. Cuthfert no entendía, pues hacía tiempo que no se hablaban y, cuando se despertaba, agarraba invariablemente el revólver. Luego se sentaba en la cama, tiritando nerviosamente, apuntando el arma al soñador inconsciente. Cuthfert pensaba que el hombre se estaba volviendo loco y temió por su vida. Su propia enfermedad adoptó una forma menos concreta.

El misterioso artesano que había construido la cabaña tronco a tronco había clavado una veleta a la viga maestra. Cuthfert la veía apuntar siempre al sur, y un día, irritado por su fijación, la giró hacia el este. Observó atento, sin que la moviera un solo soplo. Luego giró la veleta hacia el norte, jurando no volver a tocarla hasta que soplase el viento. Pero lo asustó la calma sobrenatural del aire y se levantaba con frecuencia en mitad de la noche para ver si la veleta había girado: se habría contentado con diez grados. Pero se cernía sobre él tan invariable como el destino. Se le desató la. imaginación, hasta que la veleta se convirtió en un fetiche. A veces seguía la dirección que marcaba por los sombríos dominios y dejaba que su espíritu se saturase de miedo. Meditaba acerca de lo invisible y lo desconocido, hasta que el peso de la eternidad parecía aplastarlo. Todo el norte parecía sucumbir bajo ese peso: la ausencia de vida y movimiento, la oscuridad, la paz infinita de la tierra triste, el espantoso silencio, que convertía en sacrilegio el eco de cada latido del corazón, el bosque solemne que parecía esconder algo horrible e inexpresable que no podían comprender la palabra ni el pensamiento.

Parecía muy lejano el mundo que acababa de dejar con sus naciones laboriosas y sus grandes empresas. Los recuerdos se entremezclaban de vez en cuando, recuerdos de mercados, y galerías y calles llenas de gente, de trajes de noche y actos sociales, de hombres buenos y mujeres queridas que había conocido.

 

Pero eran recuerdos confusos de una vida que había vivido hacía muchos siglos en otro planeta.

Este fantasma era la realidad. Estando de pie bajo la veleta, con los ojos fijos en los cielos polares, no podía creerse que el sur existía realmente y que en ese mismo instante bullía repleto de vida y de acción. No existía el sur, ni hombres nacidos de mujeres, ni matrimonios que se daban y recibían. Más allá de ese horizonte inhóspito se extendían vastas soledades y, más allá de ellas, soledades todavía más vastas. No había tierras bañadas por el sol, cargadas con el perfume de las flores. Esas cosas no eran más que viejos sueños del paraíso. Las tierras soleadas del oeste, las de las especias del este, las arcadias alegres, las felices islas de los bienaventurados.

—¡Ja, ja! —su risa desgarró el vacío y le sorprendió con su inusitado sonido.

No había sol. Este era el universo, muerto, frío y oscuro, y él, su único habitante. ¿Weatherbee? En tales momentos Weatherbee no contaba. Era un calibán, un monstruoso fantasma encadenado a él para toda una eternidad, castigo de algún crimen olvidado.

Vivía con la muerte entre los muertos, mutilado por el sentimiento de su propia insignificancia, aplastado por el dominio pasivo de las edades soñolientas. La magnitud de todo le horrorizaba. Todo era superlativo menos él: la perfecta ausencia de viento y de movimiento, la inmensidad de la desolación cubierta de nieve, la altitud del cielo y la profundidad del silencio. Esa veleta: ¡si sólo se moviera! Si cayera un rayo o si el bosque ardiera en llamas. Si los cielos se enrollaran como un pergamino, si estallara el juicio final: ¡cualquier cosa, cualquier cosa! Pero no, nada se movía. El silencio lo acorralaba y el miedo del Norte se apoderó de su corazón con dedos helados.

Una vez, cual otro Robinsón Crusoe, encontró unas huellas a la orilla del río: una débil huella de liebre de las nieves sobre la delicada corteza de la nieve. Fue una revelación. Existía vida en el norte. La seguiría, la contemplaría, se recrearía en ella. Se olvidó de sus músculos hinchados al lanzarse por la honda nieve en un éxtasis de anticipación. El bosque se lo tragó y el breve crepúsculo de mediodía desapareció, pero persistió en su búsqueda hasta que su exhausta naturaleza se agotó y lo tumbó indefenso en la nieve. ¡Ay!, se quejó, y maldijo su locura. Entonces supo que la huella había sido fruto de su imaginación. Esa noche, ya tarde, se arrastró a gatas hasta la cabaña, con las mejillas heladas y un extraño entumecimiento en los pies. Weatherbee le sonrió malévolamente, pero no se ofreció a ayudarle. Se introdujo agujas en los dedos de los pies y se los descongeló junto a la estufa. Una semana más tarde vino la mortificación.

El dependiente andaba con sus propios problemas. Los muertos salían ahora de sus tumbas con más frecuencia y rara vez lo abandonaban, ya estuviera despierto o dormido. Llegó a esperar y temer su visita, sin poder pasar cerca de los dos montones de piedras y no sentir un escalofrío. Una noche se le acercaron en sueños y le asignaron una tarea. Sobrecogido por un horror mudo, se despertó entre los dos montones de piedras y huyó alocadamente hacia la cabaña. Pero había estado allí cierto tiempo, ya que también se le habían congelado los pies y las mejillas.

A veces se ponía frenético ante su insistente presencia, y bailaba por la cabaña cortando el aire con un hacha y rompiendo todo lo que estaba a su alcance. Durante estos encuentros fantasmagóricos, Cuthfert, se acurrucaba entre las mantas y seguía al hombre con el revólver amartillado, dispuesto a matarlo, si se acercaba demasiado. Al recobrarse una vez de estos ataques, el dependiente descubrió el arma que lo encañonaba. Se despertaron sospechas en él y desde entonces también empezó a temer por su vida. Después de eso se observaban de cerca, se miraban de frente y se sobrecogían cada vez que uno se ponía a la espalda del otro. Esta aprehensión se convirtió en una manía que los dominaba hasta en sueños. Por miedo recíproco, dejaron tácitamente que el candil ardiera toda la noche y comprobaban si había una abundante reserva de grasa de tocino antes de retirarse. El menor movimiento de uno bastaba para despertar al otro, y, durante muchas vigilias, sus miradas se cruzaron mientras temblaban bajo las mantas con el dedo en el gatillo.

Con el miedo del Norte, la tensión mental y los estragos de la enfermedad perdieron toda semejanza humana, adoptando la apariencia de bestias salvajes, cazadas y desesperadas. Como consecuencia de la congelación, se les habían puesto negras las mejillas y las narices. Se les empezaron a caer los dedos congelados por las primeras y segundas articulaciones. Cada movimiento les producía dolor, pero la lumbre era insaciable y sacaba a sus cuerpos miserables toda una serie de torturas. Día tras día exigían su alimento, una verdadera libra de carne, y se arrastraban de rodillas hasta el bosque para cortar leña. Una vez, gateando de esta manera en busca de ramas secas, sin saberlo ninguno de ellos, rodearon el mismo arbusto por lados opuestos. De repente, sin previo aviso, se enfrentaron dos cabezas cadavéricas. Los sufrimientos los habían transformado de tal manera, que era imposible reconocerse. Se levantaron de un salto, gritando aterrorizados, corriendo con sus mutilados muñones y, tropezando en la puerta de la cabaña, se arañaron y clavaron las uñas como demonios hasta que descubrieron su error.

De vez en cuando tenían momentos de lucidez y, durante uno de estos intervalos, dividieron equitativamente la manzana de la discordia: el azúcar. Vigilaban sus respectivos sacos, guardados en el escondrijo, con verdadero celo, pues sólo quedaban unas cuantas tazas y no se fiaban en absoluto el uno del otro. Pero un día Cuthfert se equivocó. Casi incapaz de moverse, enfermó de dolor, mareado y ciego, se deslizó hacia el escondrijo con el bote del azúcar en la mano, y confundió el saco de Weatherbee con el suyo.

Cuando esto ocurrió, hacía unos días que había nacido enero. Hacía algún tiempo que el sol había remontado su punto más bajo por el sur y, situado ahora en el meridiano, lanzaba ostentosos rayos de luz amarilla contra el cielo del norte. Al día siguiente de su equivocación con el saco del azúcar, Cuthfert se sintió mejor tanto física como espiritualmente. Al aproximarse la tarde e iluminarse el día, se arrastró afuera para regalarse con el brillo evanescente, que para él significaba la señal de las intenciones futuras del sol. Weatherbee también se sentía algo mejor y se arrastró a su lado. Se sentaron en la nieve, bajo la inmóvil veleta, y esperaron.

La quietud de la muerte rondaba a su alrededor. En otros climas, cuando la naturaleza cae en tales estados de ánimo, hay un suave aire de expectación, una esperanza de que alguna pequeña voz rompa la tensión. No ocurre así en el Norte. Los dos hombres habían vivido eternidades aparentes en esta paz fantasmal. No recordaban ninguna canción del pasado, ni podían conjurar ninguna canción del futuro. Siempre había existido esta calma extraterrena, el tranquilo silencio de la eternidad.

Sus ojos estaban fijos en el norte. Invisible, a sus espaldas, tras las montañas del sur, el sol marchaba hacia el cenit de otro cielo distinto al suyo. Espectadores únicos del poderoso lienzo, contemplaban el paulatino crecimiento del falso crepúsculo. Empezó a arder una débil llama. Aumentó en intensidad, cambiando enérgicamente del amarillo rojizo al morado y al azafranado. Se hizo tan brillante, que Cuthfert creyó que el sol debía estar tras ella. ¡Un milagro, el sol amanecía en el norte! De repente, sin avisar y sin apagarse gradualmente, el manto desapareció. No quedó ningún color en el cielo. El día se había quedado sin luz. Retuvieron la respiración en un medio sollozo. ¡Y he aquí el resultado! El aire brillaba con partículas de hielo centelleante, y allí, al norte, la veleta trazaba un vago perfil en la nieve. ¡Una sombra, una sombra! Era exactamente mediodía. Giraron apresuradamente las cabezas hacia el sur. Un aro dorado asomó por encima de una montaña nevada, les sonrió por un instante y volvió a desaparecer de su vista.

Tenían lágrimas en los ojos, cuando se miraron. Los invadió una extraña suavidad. Se sintieron irresistiblemente unidos el uno al otro. El sol volvía de nuevo. Estaría con ellos mañana, pasado mañana y al otro. Y cada visita sería más larga, y llegaría el día en que remontaría los cielos día y noche, sin ocultarse una sola vez’ por debajo del horizonte. No habría noche. Se rompería el invierno helado, soplarían los vientos y responderían los bosques; la tierra se bañaría en los benditos rayos solares y la vida renacería. Cogidos de la mano, abandonarían este horrible sueño y volverían a las tierras del sur. Avanzaron ciegos y tambaleantes y sus manos se encontraron, sus pobres manos mutiladas, hinchadas r deformadas bajo las manoplas.

Pero la promesa no llegaría a cumplirse. El Norte es el Norte los hombres se desgastan el alma con leyes extrañas que no pueden comprender otros hombres que no hayan viajado a tierras extrañas.

 

Una hora más tarde Cuthfert introdujo una sartén de pan en el horno y especuló acerca de lo que podían hacer los médicos con sus pies cuando regresara. El hogar no parecía ahora tan lejano. Weatherbee rebuscaba en el escondrijo. De repente lanzó un torbellino de blasfemias, que, a su vez, cesaron con sorprendente brusquedad. El otro le había robado su saco de azúcar. Las cosas podían haber ocurrido de otra manera distinta si los dos muertos no hubieran salido de debajo de las piedras y hubieran acallado las ardientes palabras en su garganta. Lo sacaron suavemente del escondrijo, que se olvidó de cerrar. Los hechos se habían consumado; estaba a punto de ocurrir lo que le habían susurrado en sueños. Lo condujeron suavemente, muy suavemente, hacia el montón de leña y le colocaron el hacha en las manos. Luego le ayudaron a abrir la puerta de la cabaña, estando seguro de que la habían cerrado tras él: al menos oyó el portazo y la cerradura al ajustarse en su sitio. Sabía que estaban esperando fuera, esperando a que realizase su tarea.

—¡Carter! ¡Oye, Carter!

Percy Cuthfert se asustó al ver la cara del dependiente y se apresuró a interponer la mesa entre ellos.

Carter Weatherbee lo siguió sin prisas y sin entusiasmo. Su rostro no mostraba la menor piedad ni cólera, sino la mirada paciente e imperturbable del que tiene una tarea que realizar y la hace metódicamente. —¡Oye! ¿Qué ocurre?

El dependiente se echó hacia atrás, cortándole la retirada de la puerta, pero sin abrir la boca.

—¡Escucha, Carter! ¡Escucha! ¡Hablemos! ¡Eres un buen chico!

El licenciado pensaba rápidamente, trazando un hábil movimiento lateral hacia la cama, donde guardaba su Smith & Wesson. Sin apartar los ojos del loco, rodó sobre el camastro al tiempo que empuñaba la pistola.

—¡Carter!

La pólvora le dio de lleno a Weatherbee en la cara, pero blandió su arma y dio un salto adelante. El hacha se hundió en la’ base de la espina dorsal y Percy Cuthfert sintió cómo le abandonaba toda conciencia en sus extremidades inferiores. El dependiente cayó pesadamente sobre él, agarrándolo de la garganta con dedos débiles. El agudo mordisco del hacha había obligado a Cuthfert a soltar la pistola y, mientras sus pulmones pugnaban por atrapar el aire, la buscó revolviendo entre las mantas. Luego recordó. Deslizó una mano por el cinturón del empleado hasta dar con el cuchillo de monte. Se acercaron mucho en ese último abrazo.

Percy Cuthfert sintió que las fuerzas lo abandonaban. La parte inferior de su cuerpo era inservible. El peso inerte de Weatherbee lo aplastaba, lo aplastaba y lo retenía como un oso en una trampa. La cabaña se llenó de un olor familiar y supo que se estaba quemando el pan. Sin embargo, ¿qué importaba? Ya no lo necesitaría. Y todavía quedaban seis tazas de azúcar en el escondrijo: de haberlo sabido no habría sido tan ahorrativo en los últimos días. ¿Se movería alguna vez la veleta? Quizás girase en esos momentos. ¿Por qué no? ¿No había visto hoy el sol? Iría a ver. No, era imposible moverse. No creía que el dependiente, fuera tan pesado.

¡Con qué rapidez se enfriaba la cabaña! El fuego debía haberse apagado. El frío se abría camino. Ya debían estar bajo cero. El hielo estaría deslizándose por la rendija de la puerta. No podía verlo, pero su pasada experiencia le permitía calcular su avance por la temperatura de la cabaña. La bisagra inferior estaría ya blanca. ¿Llegaría esta historia alguna vez al mundo? ¿Cómo se lo tomarían sus amigos? Lo más probable es que lo leyeran al tomarse el café y lo comentasen en los clubs.

 

Los veía con toda claridad ¡Pobre Cuthfert!, murmurarían. ¡Después de todo no era mal chico! Sonrió ante los elogios y luego siguió en busca de un baño turco. Siempre había la misma multitud en las calles. ¡Qué extraño! No notaba sus mocasines de piel de alce ni sus deshilachados calcetines alemanes. Tomaría un taxi. Después de todo, no le vendría mal un baño y un afeitado. No. Primero comería. Filetes, patatas, verdura: ¡qué fresco era todo! ¿Y qué era eso? Miel, ¡ámbar líquido y chorreante! ¿Por qué le traían tanta? ¡Ja, ja! Nunca se la podría comer toda. ¡Limpia! Por supuesto. Colocó el pie encima de la caja. El limpiabotas lo miró con curiosidad, recordó sus mocasines de piel de alce y se marchó a toda prisa.

¡Escucha! La veleta giraba, seguro que giraba. No, era un mero zumbido de sus oídos. Eso era todo, un simple zumbido. Para entonces, el hielo debía haber rebasado la cerradura. Lo más seguro es que hubiera cubierto ya la bisagra superior. Entre los resquicios musgosos de los troncos del techo empezaron a aparecer pequeñas puntas de hielo. ¡Con qué lentitud crecían! No, no tan lentamente. Ahí estaba otra nueva, y allí otra. Dos, tres, cuatro, aparecían demasiado deprisa para poderlas contar. Ahí se habían juntado dos. Y allí se había unido una tercera. Ya no quedaban resquicios. Se habían unido todas para formar una, sábana.

Bueno, estaría acompañado. Si San Gabriel rompía alguna vez el silencio del Norte, estarían juntos, cogidos de la mano, ante el gran trono blanco. Y Dios los juzgaría. ¡Dios los juzgaría! Luego Percy Cuthfert cerró los ojos y se durmió.

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Once cuentos de Klondike, de Jack London (Eterna Cadencia, 2017), en traducción de Jorge Fondebrider. [Aviso legal]

25. El chinago, de Jack London [José Bocanegra (La Marca Negra)]

Hasta que el cuento aguante

“El chinago” me enseñó el arte de la paciencia, una virtud esencial estos días para alcanzar la ansiada orilla.

 

Recomendación de José Bocanegra, escritor y editor de La Marca Negra Ediciones. Es autor de Historia de 1 persecución (2014), Corralejo (2016) y Vacas. road novel (2020).

 

“El chinago”, de Jack London

 

El coral medra, la palma crece, pero el  hombre muere.
(Proverbio tahitiano)

 

Ah Cho no entendía el francés. Sentado en la sala abarrotada de gente, cansado y aburrido, escuchaba aquella lengua incesante y explosiva que articulaban un oficial tras otro. Un inagotable parloteo y nada más era a oídos de Ah Cho, quien se maravillaba ante la estupidez de aquellos franceses que tanto tiempo empleaban en investigar quién era el asesino de Chung Ga y ni aún así podían descubrirlo. Los quinientos coolies de la plantación sabían que Ah San era el autor de crimen, y los franceses ni siquiera le habían detenido. Cierto que todos los coolies habían pactado secretamente no prestar testimonio los unos contra los otros, pero el caso era tan sencillo que no entendían cómo los franceses no habían descubierto que Ah San era el hombre que buscaban. Muy estúpidos tenían que ser.

Ah Cho no tenía nada que temer. No había participado en el crimen. Verdad era que lo había presenciado y que Schemmer, el capataz de la plantación, había irrumpido en el interior del barracón poco después de ocurrir el suceso, sorprendiéndole allí junto con otros cuatro o cinco coolies, pero, ¿qué importaba eso? Chung Ga había muerto de dos heridas de arma blanca. Estaba claro que cinco o seis hombres no podían infligir dos puñaladas. Aun en el caso de que cada una se debiera a distinta mano, sólo dos podían ser los asesinos.

Tal había sido el razonamiento de Ah Cho cuando, junto con sus cuatro compañeros; había mentido, trabucado y confundido al tribunal con su declaración respecto a lo ocurrido. Habían oído ruidos y, como Schemmer, habían corrido al lugar de donde procedían. Habían llegado antes que el capataz, eso era todo. Era cierto también que Schemmer había declarado que, si bien había oído ruidos de pelea al pasar por las cercanías del lugar del suceso, había tardado al menos cinco minutos en entrar al barracón. Que había hallado en el interior a los prisioneros y que éstos no habían podido entrar inmediatamente antes porque él los habría visto, dado que se hallaba junto a la única puerta de la construcción. Pero, aun así, ¿qué? Ah Cho y sus cuatro compañeros de prisión habían afirmado que Schemmer se equivocaba. Al final les dejarían en libertad. Estaban seguros de ello. No podían decapitar a cinco hombres por sólo dos puñaladas. Además, ningún demonio extranjero había presenciado el crimen. Pero eran tan estúpidos aquellos franceses… En China, como Ah Cho sabía muy bien, el juez ordenaría que los torturaran a todos y averiguarían quién era el culpable. Era fácil descubrir la verdad por medio de la tortura. Pero los franceses nunca torturaban. ¡Dónde se había visto mayor estupidez! Por eso nunca sabrían quién había matado a Chung Ga.

Pero Ah Cho no lo entendía todo. La compañía inglesa dueña de la plantación había llevado a Tahití a quinientos coolies pagando por ello un alto precio. Los accionistas exigían dividendos y la compañía aún no había pagado el primero. De ahí que no quisiera que aquellos trabajadores que tan caros le habían salido, se dieran a la práctica de matarse entre ellos. Por otro lado estaban los franceses, ansiosos de imponer a los chinagos las virtudes y excelencias de la ley francesa. Nada mejor que un buen escarmiento de vez en cuando, y, además, ¿qué utilidad podía tener Nueva Caledonia si no era la de poder mandar allí a los condenados para que pasaran sus días hundidos en la miseria y en el dolor en castigo por ser frágiles y humanos?

Ah Cho todo eso no lo entendía. Sentado en la sala, esperaba la decisión del juez que les dejaría libres a él y a sus compañeros para volver a la plantación y cumplir las condiciones del contrato. Pronto se pronunciaría sentencia. El proceso estaba llegando a su fin. No más testigos, no más verborrea ininteligible. Los demonios franceses también estaban cansados y, evidentemente, esperaban la sentencia. Y Ah Cho, mientras aguardaba, retrocedió con la memoria hasta el momento en que había firmado el contrato y se había embarcado para Tahití. Corrían malos tiempos en su aldea marítima y el día en que se enroló comprometiéndose a trabajar durante cinco años en los Mares del Sur a cambio de un jornal de cincuenta centavos mejicanos, se consideró afortunado. Había hombres en su pueblo que trabajaban un año entero para ganar diez dólares, y mujeres que hacían redes día tras día por cinco dólares anuales, y criadas en casas de comerciantes que recibían cuatro dólares por sus servicios. Y a él iban a darle cincuenta centavos diarios. Sólo por un día de trabajo iban a pagarle esa fortuna. ¿Qué importaba si la tarea era dura? A los cinco años volvería a su casa ––así lo decía el contrato–– y ya nunca tendría que volver a trabajar. Sería rico hasta el fin de su vida. Tendría una casa propia, una esposa, e hijos que crecerían y le respetarían. Sí. Y a espaldas de la casa tendría un jardín, un lugar de meditación y de reposo con un lago pequeño lleno de peces de colores y campanitas colgadas de los árboles que tintinearían con el viento y una tapia muy alta todo alrededor para que nadie interrumpiera ni su meditación ni su reposo.

Habían pasado tres de los cinco años que se había comprometido a trabajar. Con lo que había ganado podía considerarse un hombre rico en su país. Sólo dos años más separaban aquella plantación de algodón en Tahití de la meditación y el reposo que le esperaban. Pero en ese preciso momento estaba perdiendo dinero, y todo por la desgraciada casualidad de haber presenciado el asesinato de Chung Ga. Por cada día de las tres semanas pasadas en la cárcel, había perdido cincuenta centavos. Pero ya pronto el juez pronun-ciaría sentencia y podría volver a trabajar.

Ah Cho tenía veintidós años. Era por naturaleza alegre, bien dispuesto y propenso a sonreír. Mientras que su cuerpo tenía la delgadez propia de los asiáticos, su rostro era rotundo, redondo como la luna, e irradiaba una especie de complacencia suave, una dulce disposición de ánimo poco común entre sus compatriotas. Y su conducta no contradecía su apariencia. Jamás provocaba un conflicto ni participaba en pendencias. No jugaba. Carecía del espíritu fuerte del jugador. Se contentaba con las cosas pequeñas, con los placeres más nimios. La tranquilidad y el silencio del crepúsculo que seguían al trabajo en los campos de algodón bajo un sol ardiente, representaban para él una inmensa satisfacción. Podía permanecer sentado durante horas y horas contemplando una flor solitaria y filosofando acerca de los misterios y los enigmas que supone la existencia. Una garza azul posada sobre la arena de la playa, el relámpago plateado de un pez volador, o una puesta de sol rosa y nacarada al otro lado de la laguna, bastaban para hacerle olvidar la procesión de días fatigosos y el pesado látigo de Schemmer.

Schemmer, Karl Schemmer, era una bestia, una bestia embrutecida. Pero se ganaba el sueldo que le daban. Sabía extraer hasta la última partícula de energía de aquellos quinientos esclavos, porque esclavos eran y serían hasta el final de sus cinco años de contrato. Schemmer trabajaba a conciencia para extraer la fuerza de aquellos quinientos cuerpos sudorosos y transformarla en balas de mullido algodón, listas para la exportación. Su bestialidad dominante, férrea, primigenia era lo que le permitía llevar a cabo esa transformación. Le ayudaba en su tarea un grueso látigo de cuero de tres pulgadas de anchura y una yarda de longitud, látigo que llevaba siempre consigo y que, en ocasiones, caía sobre la espalda desnuda de un coolie agazapado con un estampido seco, como un disparo de pistola. Aquel sonido era frecuente cuando Schemmer recorría a caballo los campos arados.

Una vez, al principio del primer año de contrato, había matado a un coolie de un solo puñetazo. No le había aplastado exactamente la cabeza como si de una cáscara de huevo se tratara, pero el golpe había bastado para pudrir lo que aquel cráneo tenía dentro y al cabo de una semana el hombre había muerto. Pero los chinos no se habían quejado a los demonios franceses que gobernaban Tahití. Aquello era asunto suyo. Schemmer era un problema que sólo a ellos concernía. Tenían que evitar sus iras como evitaban el veneno de los centípedos que acechaban entre la hierba o reptaban en las noches lluviosas al interior de los barracones donde dormían. Y así los chinagos, como les llamaban los nativos cobrizos e indolentes de la isla, tenían buen cuidado de no disgustar a Schemmer, lo cual significaba rendir al máximo con un trabajo eficiente. Aquel puñetazo había representado para la compañía una ganancia de miles de dólares y, en consecuencia, a Schemmer no le había ocurrido nada.

Los franceses, carentes de instinto de colonización, ineficientes en su juego infantil de explotar las riquezas de la isla, estaban encantados de ver triunfar a la compañía inglesa. ¿Qué les importaba Schemmer y su famoso puño? ¿Qué había muerto un chinago? Bueno, ¿qué más daba? Además había fallecido de insolación. Así lo decía el certificado médico. Era cierto que en toda la historia de Tahití nadie había perecido jamás de insolación, pero eso precisamente era lo que hacía única su muerte. Asimismo lo decía el médico en su certificado. Era un ingenuo. Pero había que pagar dividendos. De otro modo tendrían que añadir un fallo más a la larga lista de fracasos en Tahití.

No había forma de entender a aquellos demonios blancos. Ah Cho ponderaba su inescrutabilidad mientras permanecía sentado en la sala esperando la sentencia. Era imposible saber qué pensaban. Había a unos cuantos. Eran todos iguales, los oficiales y los marineros del barco, los franceses y los pocos blancos de la plantación, incluido Schemmer. Sus mentes funcionaban de una forma misteriosa que era imposible descifrar. Se enfurecían sin causa aparente y su ira era siempre peligrosa. En esas ocasiones eran como animales salvajes. Se preocupaban por las cosas más nimias y, en ocasiones, podían trabajar más que los chinagos. No eran comedidos como éstos. Eran auténticos glotones que comían prodigiosamente y bebían más prodigiosamente todavía. Los chinagos nunca sabían cuándo sus acciones iban a agradarles o a levantar una auténtica tormenta de cólera. Era imposible predecirlo. Lo que una vez les complacía, a la siguiente provocaba en ellos un acceso de ira. Tras los ojos de los demonios blancos se cernía una cortina que ocultaba sus mentes a la mirada del chinago. Y para colmo estaba su terrible eficiencia, esa habilidad suya para hacerlo todo, para conseguir que las cosas funcionaran, para lograr resultados, para someter a su voluntad todo lo que reptaba y se arrastraba y hasta a los mismos elementos. Sí, los hombres blancos eran extraños y maravillosos. Eran demonios. No había más que ver a Schemmer.

Ah Cho se preguntaba por qué tardarían tanto en pronunciar sentencia. Ninguno de los acusados había tocado siquiera a Chung Ga. Le había matado Ah San. Él solo lo había hecho, obligándole a bajar la cabeza tirándole de la coleta con una mano y clavándole el cuchillo por la espalda con la otra. Dos veces se lo había clavado. Allí mismo, en la sala y con los ojos cerrados, Ah Cho revivió de nuevo el crimen, vio de nuevo la lucha, oyó las viles palabras que se habían cruzado, los insultos arrojados sobre antepasados venerables, las maldiciones lanzadas sobre generaciones por nacer, recordó el arrebato de Ah San, que había cogido a Chung Ga por la coleta, el cuchillo hundido por dos veces en la carne, la puerta abriéndose de pronto, la irrupción de Schemmer, la huida hacia la salida, la fuga de Ah San, el látigo volador del capataz obligando a los demás a apiñarse en un rincón y el disparo del revólver, señal con que había pedido ayuda. Ah Cho se estremeció al recordar la escena. Un latigazo le había magullado la mejilla arrancándole parte de la piel. Schemmer había señalado esos cardenales cuando, desde la tribuna de los testigos, había identificado a Ah Cho. Ahora las marcas ya no eran visibles. Pero había sido todo un latigazo. Media pulgada más hacia el centro de la cara y le habría sacado un ojo. Después, Ah Cho olvidó todo lo ocurrido al imaginar el jardín de reposo y meditación que sería suyo cuando volviera a su país.

Escuchó con rostro impasible la sentencia del magistrado. Igualmente impasibles estaban los de sus cuatro companeros. E impasibles siguieron cuando el intérprete les explicó que los cinco eran culpables de la muerte de Chung Ga, que Ah Chow sería decapitado, que Ah Cho pasaría veinte años en la prisión de Nueva Caledonia, Wong Li doce, y Ah Tong diez. Era inútil alterarse por ello. Hasta Ah Chow escuchó imperturbable, como una momia, aunque era a él a quien iban a cortar la cabeza. El magistrado añadió unas palabras y el intérprete explicó entonces que el hecho de que el rostro de Ah Chow fuera el que más hubiera sufrido los efectos del látigo de Schemmer hacía la identificación tan segura que, puesto que uno de los hombres había de morir, justo era que él fuese el elegido. El que la cara de Ah Cho hubiera sido también severamente magullada, probando así de forma terminante su presencia en el lugar del crimen y su indudable participación en éste, le había merecido los veinte años de prisión en el penal. Así fue explicando las sentencias una por una, hasta llegar a los diez años de reclusión de Ah Tong. Que aprendieran los chinos la lección, dijo después el juez, porque la ley habría de cumplirse en Tahití aunque se hundiera el mundo.

Volvieron a conducir a la cárcel a los cinco chínagos. No estaban ni sorprendidos ni apenados. Lo inusitado de la sentencia no les asombraba después de tratar a los demonios blancos. No esperaban de ellos sino lo inesperado. Aquel terrible castigo por un crimen que no habían cometido no era más de extrañar que la infinidad de cosas raras que hacían continuamente. Durante las semanas siguientes, Ah Cho contempló a menudo a Ah Chow con leve curiosidad. Iban a decapitarle con la guillotina que estaban alzando en la plantación. Ya no habría para él años de reposo ni jardines de tranquilidad. Ah Cho filosofaba y especulaba sobre la vida y la muerte. Su destino no le preocupaba. Veinte años eran sólo veinte años. Tantos más que le separaban de su jardín, eso era todo. Era joven y llevaba en sus huesos la paciencia de Asia. Podía esperar. Cuando esos veinte años hubieran transcurrido, los ardores de su sangre se habrían aplacado y estaría mejor preparado para aquel jardín suyo de calma y de delicias. Se le ocurrió un nombre para bautizarlo. Lo llamaría «El jardín de la calma matinal». Aquel pensamiento le alegró todo el día y le inspiró de tal modo que hasta inventó una máxima moral sobre la virtud de la paciencia, máxima que proporcionó un gran consuelo a sus compañeros, especialmente a Wong Li y a Ah Tong. A Ah Chow, sin embargo, no le importó mucho la máxima. Iban a cortarle la cabeza dentro de muy poco tiempo y no necesitaba paciencia para esperar el acontecimiento. Fumaba bien, comía bien, dormía bien y no le preocupaba el lento transcurrir del tiempo.

Cruchot era gendarme. Había trabajado durante veinte años recorriendo las colonias, desde Nigeria y Senegal hasta los Mares del Sur, veinte años que no habían logrado agudizar de forma perceptible su mente roma. Seguía siendo tan torpe y tan lerdo como en sus días de campesino en el sur de Francia. Estaba imbuido de disciplina y de temor a la autoridad, y entre Dios y su sargento la única diferencia que existía para él era la medida de obediencia servil que debía otorgarles. De hecho, el sargento contaba en su cabeza más que Dios, a excepción de los domingos, cuando los portavoces de este último elevaban su voz. Dios, por lo general, le resultaba un ser remoto, mientras que el sargento solía estar muy a mano.

Cruchot fue quien recibió la orden del presidente del tribunal en la cual se indicaba al carcelero que entregara al gendarme la persona de Ah Chow. Pero ocurrió que el presidente del tribunal había ofrecido un banquete la noche anterior al capitán y a la oficialidad de un buque de guerra francés. Su mano temblaba al escribir la orden y, por otra parte, los ojos le escocían tanto que no se molestó en leerla. Al fin y al cabo se trataba solamente de la vida de un chinago. Por eso no se dio cuenta dé que al escribir el nombre de Ah Chow había omitido la última letra. Así, pues, la orden decía Ah Cho, y cuando Cruchot presentó el documento al carcelero, éste le entregó a la persona que correspondía a ese nombre. Cruchot instaló a esa persona a su lado, en el pescante de la carreta, detrás de las dos mulas, y se la llevó.

Ah Cho se alegró de ver la luz del sol. Sentado al lado del gendarme, resplandecía de felicidad. Y resplandeció aún más cuando vio que las mulas se dirigían al sur, hacia Atimaono. Era indudable que Schemmer había pedido que le devolvieran a la plantación. Quería que trabajara. Pues muy bien, trabajaría. Schemmer no tendría el menor motivo de queja. Era un día caluroso. Los vientos habían amainado. Las mulas sudaban, Cruchot sudaba y Ah Cho sudaba. Pero era este último quien mejor soportaba el calor. Tres años había trabajado en la plantación bajo aquel sol. De tal modo resplandecía y tan alegre era su expresión, que hasta la torpe mente de Cruchot se asombró.

––Eres muy raro ––le dijo al fin.

Ah Cho afirmó con la cabeza y resplandeció aún más. A diferencia del magistrado, Cruchot le hablaba en la lengua de los canacas, que Ah Cho conocía, al igual que todos los chinagos y todos los demonios extranjeros.

––Ríes demasiado ––le reprendió Cruchot––. Deberías tener el corazón lleno de lágrimas en un día como hoy. ––Me alegro de haber salido de la cárcel.

––¿Eso es todo? ––dijo el gendarme, encogiéndose de hombros.

––¿No es bastante? ––preguntó él.

––Entonces, ¿no te alegras de que vayan a cortarte la cabeza?

Ah Cho le miró con súbita perplejidad y le dijo:

––Vuelvo a Atimaono, a trabajar para Schemmer en la plantación. ¿No es allí adonde me llevas? Cruchot se acarició, pensativo, los largos bigotes.

––¡Vaya, vaya, vaya! ––dijo finalmente, propinando a la mula un suave latigazo––. Así que no lo sabes…

––¿Qué no sé? ––Ah Cho comenzaba a experimentar una vaga sensación de alarma––. ¿Es que Schemmer no va a dejarme trabajar más para él?

––A partir de hoy, no ––dijo Cruchot con una carcajada. La cosa tenía gracia––. De hoy en adelante ya no podrás trabajar. Un hombre decapitado no puede hacer nada, ¿no?

Le dio un codazo al chinago en las costillas y volvió a reír.

Ah Cho guardó silencio mientras las mulas trotaban a lo largo de una milla calurosa. Luego habló:

––¿Va a cortarme la cabeza Schemmer?

Cruchot sonrió, afirmando con la cabeza.

––Ha habido un error ––dijo Ah Cho gravemente––. Yo no soy el chinago a quien han de decapitar. Yo soy Ah Cho. El honorable juez ha decretado que pase veinte años en Nueva Caledonia.

El gendarme se echó a reír. Tenía gracia aquel chinago tan raro que trataba de engañar a la guillotina. Las mulas cruzaron al trote un grupo de cocoteros y recorrieron media milla junto al mar resplandeciente antes de que Ah Cho hablara de nuevo.

––Te digo que no soy Ah Chow. El honorable juez no dijo que hubieran de cortarme la cabeza.

––No tengas miedo ––dijo Cruchot, guiado de la filantrópica intención de hacerle el trance más fácil al prisionero––. No es una muerte dolorosa. ––Chascó los dedos––. Visto y no visto. Así. No es como cuando te ahorcan y te quedas colgando de la soga, pataleando y haciendo visajes durante cinco minutos enteros. Es más bien como cuando matan a un pollo con un hacha. Le cortan la cabeza de un tajo y asunto termi-nado. Pues lo mismo con los hombres. ¡Zas!, y se acabó. No te dará tiempo ni a pensar si duele. No se piensa nada. Te dejan sin cabeza, o sea, que no puedes pensar. Es una buena forma de morir. Así me gustaría morirme a mí, rápido, rápido. Has tenido suerte. Podías haber cogido la lepra y desmoronarte poco a poco, primero un dedo, luego otro, después un pulgar y, finalmente, los dedos de los pies. Conocía a un hombre que se abrasó con agua hirviendo. Dos días tardó en morir. Se le oía gritar a un kilómetro a la redonda. Pero ¿tú? Muerte más fácil… ¡Zas! La cuchilla te corta el cuello y se acabó. Hasta puede que te haga cosquillas. ¡Quién sabe! Nadie que haya muerto de ese modo ha vuelto al mundo para contarlo.

Esta última frase le pareció muy graciosa y durante medio minuto se estremeció de risa. Parte de su alborozo era fingido, pero consideraba un deber humanitario animar al chinago. –

–Pero te digo que yo soy Ah Cho ––insistió el otro––. No quiero que me corten la cabeza.

Cruchot frunció el ceño. El chinago llevaba la cosa demasiado lejos.

––No soy Ah Chow.. ––comenzó a decir Ah Cho.

––¡Basta! ––le interrumpió el gendarme. Hinchó los carrillos y trató de adoptar un aire fiero.

––Te digo que no soy… ––empezó de nuevo Ah Cho.

––¡Calla! ––bramó Cruchot.

Avanzaron un rato en silencio. Entre Papeete y Atimaono había veinte millas de distancia, y habían cubierto ya más de la mitad del recorrido cuando el chinago se atrevió a volver a hablar.

––Tú estabas en la sala cuando el honorable juez investigaba si habíamos cometido algún delito ––comenzó––. ¿Te acuerdas de Ah Chow, el hombre a quien van a cortar la cabeza? ¿Recuerdas que Ah Chow era alto? Pues mírame a mí.

Se puso en pie de pronto y Cruchot comprobó que era de baja estatura. Y en ese mismo instante asomó por un momento a la memoria del gendarme la imagen de Ah Chow y era ésta la imagen de un hombre alto. A Cruchot todos los chinagos le parecían iguales. La cara de uno le resultaba exacta a la de cualquier otro. Pero en cuestión de estaturas sí sabía diferenciar e inmediatamente cayó en la cuenta de que el que llevaba en el pescante no era el condenado. Tiró de las riendas de pronto, deteniendo a las mulas.

––¿Lo ve? Ha sido un error ––dijo Ah Cho con una amable sonrisa.

Pero Cruchot estaba cavilando. Incluso sentía ya haber parado la carreta. Ignoraba que el presidente del tribunal se había equivocado y, por tanto, no se explicaba cómo había ocurrido aquello. Pero sí sabía que le habían entregado al chinago para que le llevara a Atimaono y que su deber era conducirle allí. ¿Qué importaba si le cortaban la cabeza sin ser el condenado? Al fin y al cabo era sólo un chinago. Y ¿qué importaba un chinago más o menos? Además, quizá no fuera un error. Desconocía lo que pasaba en el interior de las cabezas de sus superiores. Pero ellos sabían lo que hacían. ¿Quién era él para enmendarles la plana? Una vez, hacía mucho tiempo, había tratado de pensar por sus oficiales y el sargento le había dicho: «Cruchot, ¿es que se ha vuelto usted loco? Cuanto antes lo aprenda, mejor para usted. No está aquí para pensar. Está para obedecer y dejar que piensen los que saben hacerlo mejor que usted». Sintió un aguijón de irritación al recordar aquello. Además, si regresaba a Papeete retrasaría la ejecución de Atiamono, y si luego resultaba que había vuelto sin motivo, le reprendería el sargento que esperaba en la plantación al prisionero. Para colmo, le reprenderían también en Papeete.

Tocó a las mulas con el látigo y éstas siguieron adelante. Consultó su reloj. Llevaban media hora de retraso y el sargento debía de estar furioso. Obligó a los animales a trotar más de prisa. Cuanto más insistía Ah Cho en explicarle el error, más testarudo se mostraba Cruchot. La seguridad de que aquél no era el condenado no mejoró su humor. Por otra parte, el conocimiento de que no era él quien había cometido el error le afirmaba en la creencia de que lo que hacía estaba bien. En cualquier caso, antes que incurrir en las iras del sargento habría llevado a la muerte a una docena de chinagos inocentes.

En cuanto a Ah Cho, cuando el gendarme le pegó en la cabeza con la empuñadura del látigo y le ordenó en voz baja que callara, no tuvo más remedio que obedecerle. Continuaron en silencio el largo recorrido. Ah Cho meditó sobre el extraño modo de proceder de aquellos demonios extranjeros. No había forma de explicarse sus acciones. Lo que estaban haciendo con él respondía a su conducta habitual. Primero, declaraban culpables a cinco hombres inocentes y, a renglón seguido, cortaban la cabeza a uno que, aun ellos, en su oscura ignorancia, juzgaban merecedor de sólo veinte años de cárcel. Y él, Ah Cho, no podía hacer nada. No podía hacer más que permanecer sentado ocioso y tomar lo que le daban los amos de la vida. Una vez se dejó dominar por el pánico y se le heló el sudor que cubría su cuerpo, pero pronto logró liberarse del miedo. Se propuso resignarse a su destino recordando y repitiendo determinados pasajes del Yin Chih Wen (Tratado de la Serenidad), pero una y otra vez le asaltaba a la mente la imagen del jardín de meditación y de reposo. La visión le torturó hasta que se abandonó al sueño y se vio sentado en su jardín escuchando el tintineo de las campanillas que pendían de los árboles. Y hete aquí que así sentado, en medio de su sueño, logró al fin recordar y repetir varios pasajes del Tratado de la Serenidad.

Así transcurrió el tiempo amablemente hasta que llegaron a Atimaono y las mulas trotaron hasta el pie mismo del patíbulo a cuya sombra esperaba impaciente el sargento. Subieron a Ah Cho a toda prisa por los escalones que conducían a lo alto de la plataforma. A sus pies, a un lado, vio reunidos a todos los coolies de la plantación. Schemmer había decidido que la ejecución debía constituir un escarmiento y, en consecuencia, había hecho venir a los coolies de los campos, obligándoles a presenciarla. Cuando vieron a Ah Cho comenzaron a murmurar. Se dieron cuenta de que se había cometido un error, pero sólo lo comentaron entre ellos. Indudablemente, aquellos inexplicables demonios blancos habían cambiado de pa-recer. En vez de quitarle la vida a un inocente, se la quitaban a otro. Ah Chow o Ah Cho, ¿qué más daba uno que otro? Entendían a los perros blancos tan poco como los perros blancos les entendían a ellos. Ah Cho iba a morir en la guillotina, pero ellos, sus compañeros, cuando transcurrieran los dos años de trabajo que les quedaban por cumplir, volverían a China.

Schemmer había construido la guillotina con sus propias manos. Era un hombre muy mañoso, y aunque nunca había visto instrumento semejante, los franceses le habían explicado el principio en que se basaba. Fue él quien aconsejó que la ejecución se celebrara en Atimaono y no en Papeete. El castigo debía efectuarse en el lugar donde había tenido lugar el crimen, afirmaba, y, por otra parte, el hecho de presenciar la ejecución tendría una influencia muy beneficiosa sobre el medio millar de chinagos de la plantación. Él mismo se había prestado para actuar como verdugo, y en calidad de tal se hallaba ahora sobre el patíbulo experimentando con el instrumento que se había ingeniado. Un tronco de guineo del grosor y la consistencia de un cuello humano, se hallaba bajo la guillotina. Ah Cho lo miraba con ojos fascinados. El alemán hizo girar una manivela, levantó la cuchilla hasta lo alto del castillete que había construido, tiró bruscamente de una gruesa cuerda y el acero bajó como un rayo cortando limpiamente el tronco del árbol.

––¿Qué tal funciona?

Era el sargento, que en aquel momento aparecía en lo alto del patíbulo, quien había formulado la pregunta.

––De mil maravillas ––fue la respuesta exultante de Schemmer–. Déjeme que le enseñe.

Volvió a hacer girar la manivela, tiró de la cuerda y de nuevo cayó la cuchilla. Pero esta vez no cortó más que dos terceras partes del tronco.

El sargento frunció el ceño.

––No va a servir ––dijo. Schemmer se enjugó el sudor que perlaba su frente.

––Necesita más peso ––anunció.

Se acercó al borde del patíbulo y ordenó al herrero que le trajera un pedazo de hierro de veinticinco libras. Mientras se agachaba para atarlo al extremo de la cuchilla, Ah Cho miró al sargento y vio la oportunidad que esperaba.

––El honorable juez dijo que decapitaran a Ah Chow ––comenzó.

El sargento afirmó con impaciencia. Pensaba en el camino de quince millas que debía recorrer aquella tarde para llegar a la costa barlovento de la isla, y pensaba en Berthe, una linda mulata hija de Lafière, el comerciante en perlas, que le esperaba al final de aquel recorrido.

––Yo no soy Ah Chow. Soy Ah Cho. El honorable carcelero se ha equivocado. Ah Chow es un hombre alto, y yo, como ve, soy bajo.

El sargento le miró y se dio cuenta del error.

––Schemmer ––dijo imperiosamente––. Venga aquí.

El alemán gruñó, pero siguió inclinado sobre su trabajo hasta que el pedazo de hierro quedó atado tal y como él deseaba.

––¿Está listo el chinago? ––preguntó.

––Mírele ––fue la respuesta––. ¿Es éste?

Schemmer se sorprendió. Durante unos segundos profirió limpiamente unos cuantos juramentos. Luego miró con tristeza al instrumento que había fabricado con sus propias manos y que estaba ansioso de ver funcionar.

––Oiga ––dijo finalmente––, no podemos retrasar la ejecución. Ya hemos perdido tres horas de trabajo de quinientos chinagos. No podemos perder otras tantas cuando traigan al condenado. Celebremos la ejecución como habíamos planeado. Al fin y al cabo, se trata solamente de un chinago.

El sargento recordó el largo camino que le esperaba, recordó a la hija del comerciante en perlas, y debatió consigo mismo en su interior.

––Si lo descubren, le echarán la culpa a Cruchot ––le apremió el alemán––. Pero hay pocas probabilidades de que lleguen a averiguarlo. Puede estar seguro de que Ah Chow no va a decir nada.

––Tampoco echarán la culpa a Cruchot ––dijo el sargento––. Debe de ser un error del carcelero.

––Entonces, prosigamos. A nosotros no pueden culparnos. ¿Quién es capaz de distinguir a un chinago de otro? Podemos decir que nos limitamos a cumplir la orden con el que nos entregaron. Además, insisto en que no puedo volver a interrumpir el trabajo de estos coolies.

Hablaban en francés, por lo que Ah Cho no pudo entender una sola palabra de lo que decían, pero sí se dio cuenta de que estaban decidiendo su destino. Supo también que era al sargento a quien correspondía decir la última palabra y, en consecuencia, no perdía de vista los labios del oficial.

––Está bien ––anunció el sargento––. Adelante con la ejecución. Después de todo no es más que un chinago.

––Voy a probarla una vez más. Sólo para asegurarme. Schemmer movió el tronco de guineo hacia delante hasta colocarlo bajo la cuchilla que había subido a lo más alto del castillete. Ah Cho trató de recordar alguna máxima del Tratado de la Serenidad. «Vive en paz y concordia con tus semejantes», fue la que acudió a su memoria, pero no venía al caso. Él no iba a vivir. Iba a morir. No, esa máxima no le servía. «Perdona la malicia.» Ésa ya estaba mejor, pero ahí no había malicia que perdonar. Schemmer y sus compañeros obraban de buena fe. Para ellos la ejecución era un trámite que tenían que cumplir, una tarea más, igual que talar la jungla, construir una acequia o plantar algodón. Schemmer soltó la cuerda y Ah Cho olvidó el Tratado de la Serenidad. La cuchilla cayó con un ruido seco cortando el tronco en dos de un solo tajo.

––¡Perfecto! ––exclamó el sargento interrumpiendo el proceso de encender un cigarrillo––. Perfecto, amigo mío. A Schemmer le gustó el elogio.

––Vamos, Ah Chow––dijo en lengua tahitiana.

––Yo no soy Ah Chow. ––comenzó a decir Ah Cho.

––¡Silencio! ––fue la respuesta––. Si vuelves a abrir la boca, te rompo la cabeza.

El capataz le amenazó con un puño cerrado y Ah Cho guardó silencio. ¿De qué servía protestar? Los demonios extranjeros siempre se salían con la suya. Dejó que le ataran a la tabla vertical que tenía la longitud de su cuerpo. Schemmer tensó tanto las cuerdas que éstas se hundieron en su carne lastimándole, pero no se quejó. El dolor no duraría. Sintió que la tabla se movía hasta quedar en posición horizontal y cerró los ojos. Y en aquel momento vio fugazmente y por última vez su jardín de meditación y de reposo. Le pareció estar sentado en medio de él. Corría una brisa fresca y las campanitas que colgaban de los árboles tintineaban levemente. Los pájaros piaban somnolientos, y desde el otro lado de la tapia llegaban hasta sus oídos, amortiguados, los sonidos del pueblo.

Tuvo conciencia de que la tabla se había detenido y, de las tensiones y presiones a que estaban sometidos sus músculos, dedujo que yacía sobre la espalda. Abrió los ojos. Justo encima de su cabeza, la cuchilla brillaba a la luz del sol suspendida en el aire. Vio el peso que había añadido Schemmer y reparó en que uno de los nudos se había deshecho. Luego oyó la voz aguda del sargento que daba la orden. Ah Cho cerró los ojos apresuradamente. No quería ver descender la cuchilla. Pero sí la sintió. La sintió durante un vasto instante fugaz, un instante en que recordó a Cruchot y recordó lo que éste le había dicho. Pero el gendarme se había equivocado. La cuchilla no hacía cosquillas. Eso fue lo último que supo antes de dejar de saber nada.

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Relatos de los mares del sur, de Jack London (Alianza, 2008), en traducción de Carmen Criado Fernández. [Aviso legal]

14. Por un bistec, de Jack London [David Becerra Mayor]

Hasta que el cuento aguante

Con su acostumbrada habilidad para retratar la vida de los barrios obreros, Jack London nos hace recorrer en “Por un bistec” las calles que conducen a Tom King, un viejo boxeador, decadente y huraño, de su casa al ring. Le acompaña la nostalgia por las glorias pasadas, los combates ganados en la juventud contra otros que eran como él es ahora, débil, fatigado y hambriento. Las deudas asfixian su economía doméstica y necesita ganar el combate para poder comerse un bistec con el dinero del premio. Pero necesita comer el bistec antes del combate para disponer de la energía suficiente con la que golpear con fuerza y vencer al boxeador que, joven y elástico, como lo era él en el pasado, se le encarará en el ring. En el boxeo, como en los negocios, sin inversión no hay resultados, y los carniceros del barrio ya no le fían. El relato de London, como sucede en el cuadrilátero, enfrenta la juventud que despunta y la vejez que decae, la fuerza y la fogosidad de los jóvenes contra la estrategia y la experiencia de los púgiles maduros, pero también nos recuerda que solamente pueden ganar los combates aquellos que han podido invertir en su victoria, que toda lucha es desigual porque nunca nos encontramos en el mismo punto de partida.

 

Recomendación de David Becerra Mayor, profesor de literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona, autor de La Guerra Civil como moda literaria (Clave intelectual, 2015) y director de la colección de ensayo de Hoja de Lata Editorial.

 

“Por un bistec”, de Jack London

Tom King rebañó el plato con el último trozo de pan para recoger la última partícula de gachas, y masticó aquel bocado final lentamente y con semblante pensativo. Cuando se levantó de la mesa, le embargaba una inconfundible sensación de hambre. Él era el único que había cenado. Los dos niños estaban acostados en la habitación contigua. Los habían llevado a la cama antes que otros días para que el sueño no les dejara pensar en que se habían ido a dormir sin probar bocado.La esposa de Tom King no había cenado tampoco. Se había sentado frente a él y lo observaba en silencio, con mirada solícita. Era una mujer de clase humilde, flaca y agotada por el trabajo, pero cuyas facciones conservaban restos de una antigua belleza. La vecina del piso de enfrente le había prestado la harina para las gachas. Los dos medio peniques que le quedaban los había invertido en pan.Tom King se sentó junto a la ventana, en una silla desvencijada que crujió al recibir su peso. Con un movimiento maquinal, se llevó la pipa a la boca e introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta. Al no encontrar tabaco, se dio cuenta de su distracción y, lanzando un gruñido de contrariedad, se guardó la pipa. Sus movimientos eran lentos y premiosos, como si el extraordinario volumen de sus músculos le abrumara. Era un hombre macizo, de rostro impasible y aspecto nada simpático. Llevaba un traje viejo y lleno de arrugas, y sus destrozados zapatos eran demasiado endebles para soportar el peso de las gruesas suelas que les había puesto él mismo hacía ya bastante tiempo. Su camisa de algodón (un modelo de no más de dos chelines) tenía el cuello deshilachado y unas manchas de pintura que no se quitaban con nada.

Bastaba verle la cara a Tom King para comprender cuál era su profesión. Aquel rostro era el típico del boxeador, del hombre que ha pasado muchos años en el cuadrilátero y que, a causa de ello, ha desarrollado y subrayado en sus facciones los rasgos característicos del animal de lucha. Era una fisonomía que intimidaba, y para que ninguno de aquellos rasgos pasara inadvertido iba perfectamente rasurado. Sus labios informes, de expresión extremadamente dura, daban la impresión de una cuchillada que atravesara su rostro. Su mandíbula inferior era maciza, agresiva, brutal. Sus ojos, de perezosos movimientos y dotados de gruesos párpados, apenas tenían expresión bajo sus tupidas y aplastadas cejas. Estos ojos, lo más bestial de su semblante, realzaban el aspecto de brutalidad del conjunto. Parecían los ojos soñolientos de un león o de cualquier otro animal de presa. La frente hundida y angosta lindaba con un cabello que, cortado al cero, mostraba todas las protuberancias de aquella cabeza monstruosa. Una nariz rota por dos partes y aplastada a fuerza de golpes, y una oreja deforme, que había crecido hasta adquirir el doble de su tamaño y que hacía pensar en una coliflor, completaban el cuadro. Y en cuanto a su barba, aunque recién afeitada, apuntaba bajo la piel, dando a su tez un tono azulado negruzco.

Si bien aquella fisonomía era la de uno de esos hombres con los que no deseamos encontrarnos a solas en un callejón oscuro o en un lugar apartado, Tom King no era un criminal ni había cometido nunca una mala acción. Dejando aparte las reyertas en que se había visto mezclado y que eran cosa corriente en los medios que frecuentaba, no había hecho daño a nadie. No se le consideraba un pendenciero. Era un profesional de la contienda y reservaba toda su combatividad para sus apariciones en el ring. Fuera del tablado, era un hombre bonachón, de movimientos tardos, y en su juventud, cuando ganaba el dinero a espuertas, había sido, no ya generoso, sino despilfarrador. Para él el boxeo era un negocio. Cuando estaba en el cuadrilátero, pegaba con intención de hacer daño, de lesionar, de destruir; pero no había animosidad en sus golpes: era una simple cuestión de intereses. El público acudía y pagaba para ver cómo dos hombres se vapuleaban hasta que uno de ellos quedaba inconsciente. El vencedor se quedaba con la parte del león de la bolsa. Hacía veinte años, cuando Tom King se enfrentó con el «Salta Ojos», de Woolloomoolloo, sabía que la mandíbula de su contrincante sólo estaba firme desde hacía cuatro meses, pues anteriormente se la habían partido en un combate celebrado en Newcastle. Por eso dirigió todos sus golpes contra ella, y consiguió fracturarla nuevamente en el noveno asalto. No lo movía ningún resentimiento contra su adversario: procedió así porque era el medio más seguro de dejar fuera de combate a aquel hombre y, de este modo, ganar la mayor parte de la bolsa ofrecida. En cuanto al «Salta Ojos», no le guardó rencor alguno. Ambos sabían que así era el boxeo, y había que atenerse a sus reglas.

Tom King no era nada hablador. En aquel momento en que permanecía sentado junto a la ventana, se hallaba sumido en un huraño silencio, mientras se miraba las manos. En el dorso de ellas se destacaban las venas gruesas e hinchadas. El aspecto de los nudillos, aplastados, estropeados, deformes, atestiguaba el empleo que había hecho de ellos. Tom no había oído decir nunca que la vida de un hombre dependía de sus arterias, pero sabía muy bien lo que significaban aquellas venas prominentes, dilatadas. Su corazón había hecho correr demasiada sangre por ellas a una presión excesiva. Ya no funcionaban bien. Habían perdido la elasticidad, y su distensión había acabado con su antigua resistencia. Ahora se fatigaba fácilmente. Ya no podía resistir un combate a veinte asaltos con el ritmo acelerado de antes, con fuerza y violencia sostenidas, luchando infatigablemente desde que sonaba el gong, acosando sin cesar a su adversario, retrocediendo hasta las cuerdas o llevando a su oponente hacia ellas, recibiendo golpes y devolviéndolos. Ya no multiplicaba su acometividad y la rapidez de sus golpes en el vigésimo y último asalto, levantando al público de sus asientos y provocando sus aclamaciones, cuando él acometía, pegaba, esquivaba, hacía caer una lluvia de golpes sobre su adversario y recibía otra igual mientras su corazón no dejaba de enviar, con impetuosa fidelidad, sangre a sus venas jóvenes y elásticas. Sus arterias, dilatadas durante el combate, se encogían de nuevo, pero no del todo; al principio, esta diferencia era imperceptible, pero cada vez quedaban un poco más distendidas que la anterior. Se contempló las venas y los estropeados nudillos. Por un momento le pareció ver los magníficos puños que tenía en su juventud, antes de romperse el primer nudillo contra la cabeza de Benny Jones, apodado el «Terror de Gales».

Experimentó de nuevo la sensación de hambre.

—¡Lo que daría yo por un buen bistec! —murmuró, cerrando sus enormes puños y lanzando un juramento en voz baja.

—He ido a la carnicería de Burke y luego a la de Sawley —dijo la mujer en son de disculpa.

—¿Y no te quisieron fiar?

—Ni medio penique. Burke me dijo que…

Vacilaba, no se atrevía a seguir.

—¡Vamos! ¿Qué dijo?

—Que como esta noche Sandel te zurraría de lo lindo, no quería aumentar tu cuenta, ya es bastante crecida.

Tom King lanzó un gruñido por toda respuesta. Se acordaba del bulldog que tuvo en su juventud, al que echaba continuamente bistecs crudos. En aquella época, Burke le habría concedido crédito para mil bistecs. Pero los tiempos cambian. Tom King estaba envejecido, y un viejo que tenía que enfrentarse con un boxeador joven en un club de segunda categoría, no podía esperar que ningún comerciante le fiase.

Aquella mañana se había levantado con el deseo de comer un bistec, y aquel deseo no lo había abandonado. No había podido entrenarse debidamente para aquel combate. En Australia el año había sido de sequía y los tiempos eran difíciles. Había dificultades para encontrar trabajo, fuera de la índole que fuere. No había tenido sparring, no siempre había comido los alimentos debidos y en la cantidad necesaria. Había trabajado varios días como peón en una obra, y algunas mañanas había corrido para hacer piernas. Pero era difícil entrenarse sin compañero y teniendo que atender a las necesidades de una esposa y dos hijos. Cuando se anunció su combate con Sandel, los tenderos apenas le concedieron un poco más de crédito. El secretario del Gayety Club le adelantó tres libras —la cantidad que percibiría si perdía el combate—, y se negó a darle un céntimo más. De vez en cuando consiguió que sus antiguos compañeros le prestasen unos centavos, pero no pudieron prestarle más, porque corrían malos tiempos y ellos también pasaban sus apuros. En resumen, que era inútil tratar de ocultarse que no estaba debidamente preparado para la pelea. Le había faltado comida y le habían sobrado preocupaciones. Además, ponerse «en forma» no es tan fácil para un hombre de cuarenta años como para otro de veinte.

—¿Qué hora es, Lizzie? – preguntó.

Su mujer fue a preguntarlo a la vecina y, al regresar, le dio la respuesta.

—Las ocho menos cuarto.

—El primer match empezará dentro de unos minutos —observó Tom—. No es más que un combate de prueba. Después hay un encuentro a cuatro asaltos entre Dealer Wells y Gridley, y luego uno a diez asaltos entre Starlight y un marinero. Yo aún tengo para una hora.

Otros diez minutos de silencio y Tom se puso en pie.

—La verdad es, Lizzie, que no me he entrenado todo lo que debía.

Cogió el sombrero y se dirigió a la puerta. No le pasó por la mente besar a su mujer —nunca la besaba al marcharse—, pero aquella noche ella lo hizo por su cuenta y riesgo: le echó los brazos al cuello y lo obligó a inclinarse hacia su rostro. Se veía menudita y frágil junto al macizo corpachón de su marido.

—Buena suerte, Tom —le dijo—. Tienes que ganar.

—Sí, tengo que ganar —repitió él—. Ni más ni menos.

Se echó a reír, tratando de mostrarse despreocupado, mientras ella se apretaba más contra él. Tom contempló la desnuda estancia por encima del hombro de su esposa. Aquel cuartucho, del que debía varios meses de alquiler, era, con Lizzie y los niños, cuanto tenía en el mundo. Y aquella noche salía en busca de comida para su hembra y sus cachorros, no como el obrero de hoy que va a la fábrica, sino al estilo antiguo, primitivo, arrogante y animal de las bestias de presa.

—Tengo que ganar —volvió a decir a su esposa, esta vez con un rictus de desesperación—. Si gano, son treinta libras, con lo que podré pagar todas las deudas y, además, verme un buen sobrante en el bolsillo. Si pierdo, no me darán nada, ni un penique para tomar el tranvía de vuelta, pues el secretario ya me ha dado todo lo que me correspondería en caso de perder. Adiós, mujercita. Si gano, volveré inmediatamente.

—Te espero —dijo ella cuando Tom estaba ya en el rellano.

Había más de tres kilómetros hasta el Gayety y, mientras los recorría, recordó sus días de triunfo, cuando era el campeón de pesos pesados de Nueva Gales del Sur. Entonces habría tomado un coche de punto para ir al combate, y con toda seguridad alguno de sus admiradores se habría empeñado en pagar el coche para tener el privilegio de acompañarlo. Entre estos admiradores se contaban Tommy Burns y el yanqui Jack Johnson, que poseían automóvil propio. ¡Y ahora tenía que ir a pie! Como todo el mundo sabe, una marcha de tres kilómetros no es la mejor preparación para un combate. Él era un viejo para el pugilismo, y el mundo no trata bien a los viejos. Él sólo servía ya para picar piedra, e incluso para esto era un obstáculo su nariz rota y su oreja hinchada. Ojalá hubiera aprendido un oficio. A la larga, habría sido mejor. Pero nadie se lo había enseñado. Por otra parte, una voz interior le decía que él no habría prestado atención si alguien hubiera tratado de enseñárselo. Su vida fue demasiado fácil. Ganó mucho dinero. Tuvo combates duros y magníficos, separados por períodos de descanso y holgazanería. Estuvo rodeado de aduladores que se desvivían por acompañarle, por darle palmadas en la espalda, por estrecharle la mano; de petimetres que lo invitaban a beber para tener el privilegio de charlar con él cinco minutos. Además, ¡aquellos magníficos combates ante un público delirante de entusiasmo! ¡Y aquel último asalto en que se lanzaba a fondo como un torbellino y el árbitro lo proclamaba vencedor! ¡Y leer su nombre en las secciones deportivas de todos los periódicos al día siguiente…!

¡Ah, qué tiempos aquéllos! Pero, de pronto, su mente tarda y premiosa comprendió que en aquellos lejanos días él dejaba fuera de combate a los viejos. Él era entonces la juventud que despuntaba, y sus adversarios la vejez que decaía. Era natural que resultara fácil para él: ellos tenían las venas hinchadas, los nudillos rotos y los huesos desvencijados por una larga serie de combates. Recordaba el día en que «noqueó» al maduro Stowsher Bill en Rush—Cutters Bay al decimoctavo asalto y luego lo vio llorando en los vestuarios, llorando como un niño. Acaso el viejo Bill debía también varios meses de alquiler, y acaso lo esperaban en su casa su mujer y sus hijos. ¡Y quién sabe si aquel mismo día, el del combate, había sentido el deseo de comerse un buen bistec! Bill combatió valientemente, recibiendo a pie firme una soberana paliza. Ahora que él pasaba el mismo calvario, comprendía que aquella noche de hacía veinte años Bill luchó por algo más importante que su adversario, el joven Tom King, que sólo trataba de ganar dinero y gloria fácilmente. No era extraño que Stowsher Bill hubiese llorado en los vestuarios amargamente después del combate.

No cabía duda de que cada púgil podía soportar un número limitado de combates. Era una ley inflexible del boxeo. Unos podían librar cien encuentros durísimos, otros sólo veinte. Cada cual, según sus dotes físicas, podía subir al ring tantas o cuantas veces. Después, quedaba al margen.

Él se había pasado de la raya, había librado más combates encarnizados de los que debía, encuentros en que el corazón y los pulmones parecía que iban a estallar; contiendas que hacían perder elasticidad a las arterias y convertían un cuerpo esbelto y juvenil en un montón de músculos nudosos; combates que desgastaban los nervios y los músculos, el cerebro y los huesos, por obra del esfuerzo. Sí, él había resistido más que nadie. No quedaba ya ni uno solo de sus antiguos compañeros. Él era el último de la vieja guardia. Había visto cómo iban cayendo todos y había contribuido a poner punto final a la carrera de algunos de ellos.

Lo opusieron a los boxeadores ya viejos y él los fue liquidando uno tras otro. Y después, cuando los veía llorar en los vestuarios, como había llorado el viejo Stowsher Bill, se reía. Pero ahora el viejo era él, y a su vez tenía que enfrentarse con los jóvenes. Con Sandel, por ejemplo. Había llegado de Nueva Zelanda precedido de un brillante historial. Pero como en Australia aún era un desconocido, se acordó enfrentarlo con el viejo Tom King. Si Sandel hacía un buen combate, se le opondrían mejores púgiles y las bolsas serían más crecidas. Así, pues, era de esperar que luchara como un demonio. Aquel combate era decisivo para él, ya que si ganaba tendría dinero, cobraría nombre y habría dado el primer paso de una brillante carrera. Tom King no era para él más que el muro viejo que le cerraba el paso a la fama y la fortuna. En cambio, a lo único que Tom King podía aspirar era a recibir treinta libras, que le servirían para pagar al dueño de la casa y a los tenderos. Y mientras cavilaba así, Tom King vio alzarse ante sus ojos hinchados el cuadro de la juventud triunfadora, exuberante e invencible, de músculos suaves y piel sedosa, de corazón y pulmones que no sabían lo que era el cansancio y se reían del jadeo de los viejos. Los jóvenes destruían a los viejos sin pensar que, al hacerlo, se destruían a sí mismos, dilatando sus arterias y aplastando sus nudillos, para ser, al fin, aniquilados por una nueva generación de jóvenes. Pues la juventud ha de ser siempre joven.

Al llegar a la calle de Castlereagh dobló a la izquierda y, después de recorrer tres manzanas, llegó al Gayety. Una multitud de golfillos apiñados frente a la puerta se apartaron respetuosamente al verle y oyó que decían:

—¡Es Tom King!

Una vez dentro, cuando se dirigía a los vestuarios, encontró al secretario, un joven de mirada viva y expresión astuta, que le estrechó la mano.

—¿Cómo te encuentras, Tom? – le preguntó.

—Estupendamente —respondió King, a sabiendas de que mentía y de que le hacía tanta falta un buen bistec, que si tuviera una libra la daría a cambio de él sin vacilar.

Cuando salió de los vestuarios, seguido por sus segundos, y se dirigió al cuadrilátero, que se alzaba en el centro de la sala, estalló una tempestad de aplausos y vítores en el público. Él respondió saludando a derecha e izquierda, aunque conocía muy pocas de aquellas caras. En su mayoría, eran muchachos que aún tenían que nacer cuando él cosechaba sus primeros laureles en el ring. Saltó con ligereza a la alta plataforma y, después de pasar entre las cuerdas, se dirigió a su ángulo y se sentó en un taburete plegable. Jack Ball, el árbitro, se acercó a él para estrecharle la mano. Ball era un boxeador fracasado que desde hacía diez años no pisaba el ring como púgil. King se alegró de tenerlo por árbitro. Ambos eran veteranos. Si él apretaba las tuercas a Sandel algo más de lo que permitía el reglamento, sabía que Ball haría la vista gorda.

Subieron al tablado, uno tras otro, varios jóvenes aspirantes a la categoría de pesos pesados, y el árbitro los fue presentando sucesivamente al público. Asimismo, expuso sus carteles de desafío.

—Young Pronto —anunció Ball—, de Sidney del Norte, reta al ganador por cincuenta libras.

El público aplaudió y los aplausos se renovaron cuando Sandel trepó ágilmente al ring y fue a sentarse en su rincón. Tom King, desde el ángulo opuesto, lo miró con curiosidad, pensando que minutos después ambos estarían enzarzados en implacable combate, y pondrían todo su empeño en noquearse. Pero apenas pudo ver nada, pues Sandel llevaba, como él, un mono de entrenamiento sobre su calzón corto de pugilista. Su cara era muy atractiva. Estaba coronada por un mechón rizado de pelo rubio, y su cuello grueso y musculoso anunciaba un cuerpo de atleta verdaderamente magnífico.

Young Pronto se dirigió sucesivamente a los dos ángulos y, después de estrechar las manos a los boxeadores, salió del ring. Continuaron los desafíos. Un joven tras otro pasaba entre las cuerdas. Aquellos muchachos desconocidos pero ambiciosos estaban convencidos, y así lo pregonaban, de que con su fuerza y destreza eran capaces de medirse con el vencedor. Unos años antes, cuando su carrera se hallaba en su apogeo y él se consideraba invencible, aquellos preliminares hubieran divertido y aburrido a Tom King. Pero a la sazón los contemplaba fascinado, incapaz de apartar de sus ojos la visión de la juventud. Siempre existirían aquellos jóvenes que subían al ring, y saltaban por las cuerdas para lanzar su reto a los cuatro vientos; y siempre tendrían que caer ante ellos los boxeadores gastados. Ascendían hacia el éxito trepando sobre los cuerpos de los viejos púgiles. Y continuaban afluyendo en número creciente, como una oleada de juventud incontenible que arrollaba a los viejos, para envejecer a su vez y seguir el camino descendente, a impulsos de la juventud eterna, de los nuevos mozos que desarrollaban sus músculos y derribaban a sus mayores, mientras tras ellos se formaba una nueva masa de jóvenes. Y así ocurriría hasta el fin de los tiempos, pues aquella juventud voluntariosa era algo inseparable de la humanidad.

King dirigió una mirada al palco de la prensa y saludó con un movimiento de cabeza a Morgan, del Sportsman, y a Corbett, del Referee. Luego tendió las manos para que Sid Sullivan y Charles Bates, sus segundos, le pusieran los guantes y se los atasen fuertemente, bajo la atenta fiscalización de uno de los segundos de Sandel, que ya había examinado con ojo crítico las vendas que cubrían los nudillos de King. Uno de los segundos de Tom cumplía la misma misión en el ángulo ocupado por Sandel. Este levantó las piernas para que le despojasen de los pantalones del mono y luego se levantó para que acabaran de quitarle la prenda por la cabeza. Tom King vio entonces ante sí una encarnación de la juventud, un pecho ancho y desbordante de vigor, unos músculos elásticos que se movían como seres vivos bajo la piel blanca y satinada. Todo aquel cuerpo estaba pletórico de vida, de una vida que aún no había dejado escapar nada de ella por los doloridos poros en los largos combates en que la juventud ha de pagar su tributo, dejando algo de ella misma en los tablados.

Los dos púgiles avanzaron hacia el centro del cuadrilátero y cuando los segundos saltaron por las cuerdas, llevándose los taburetes plegables, ellos simularon estrecharse las manos enguantadas e inmediatamente se pusieron en guardia. Acto seguido, como un mecanismo de acero puesto en marcha por un fino resorte, Sandel se lanzó al ataque. Asestó a Tom un gancho de izquierda al entrecejo y un derechazo a las costillas. Luego, entre fintas y sin cesar de saltar sobre las puntas de los pies, se alejó ligeramente de su contrincante para volverse a acercar en seguida, ágil y agresivo. Era un boxeador rápido e inteligente, que había iniciado la pelea con una espectacular exhibición. El público vociferaba entusiasmado. Pero King no se dejó impresionar. Había librado demasiados encuentros y había visto a demasiados jóvenes. Supo apreciar el verdadero valor de aquellos golpes: eran demasiado rápidos y hábiles para ser peligrosos. Evidentemente, Sandel trataba de forzar el curso del combate desde el comienzo. No le sorprendió. Esto era muy propio de la juventud, inclinada a malgastar sus espléndidas facultades en furiosos ataques y locas acometidas, alentada por un ilimitado deseo de gloria que redoblaba sus fuerzas.

Sandel atacaba, retrocedía, estaba aquí y allá, en todas partes. Con pies ligeros y corazón vehemente, deslumbrante con su carne blanca y sus potentes músculos, tejía un ataque maravilloso, saltando y deslizándose como una ardilla, eslabonando mil movimientos ofensivos, todos ellos encaminados a la destrucción de Tom King, del hombre que se alzaba entre él y la fortuna. Y Tom King soportaba pacientemente el chaparrón. Conocía su oficio y sabía cómo era la juventud, ahora que la había perdido. Se dijo que tenía que esperar a que su oponente fuese perdiendo fogosidad, y sonrió para sus adentros mientras se agachaba para parar un fuerte directo con la base del cráneo. Era una argucia innoble, pero correcta, según el reglamento del pugilismo. El boxeador tenía que velar por sus nudillos y, si se empeñaba en golpear a su adversario en la cabeza, allá él. King podía haberse agachado más para que el golpe no lo alcanzara, pero se acordó de sus primeros encuentros y de cómo se partió por primera vez un nudillo contra la cabeza del «Terror de Gales». Aun ajustándose a las reglas del juego, al agacharse había atentado contra los nudillos de Sandel. De momento, éste no lo notaría. Seguro de sí mismo e indiferente, seguiría propinando golpes con la misma fuerza durante todo el combate. Pero, andando el tiempo, cuando en su historial tuviera muchos encuentros, el nudillo lesionado se resentiría, y entonces él, volviendo la vista atrás, recordaría el potente golpe asestado a la cabeza de Tom King.

El primer asalto lo ganó Sandel por puntos. El joven boxeador mantuvo a la sala en vilo con sus fulminantes arremetidas. Lanzó sobre King un verdadero diluvio de golpes, y King no devolvió ni uno solo: se limitó a cubrirse, mantener una guardia cerrada, esquivar y llegar a veces al cuerpo a cuerpo para eludir el castigo. De vez en cuando hacía alguna finta, movía la cabeza cuando encajaba un directo, e iba evolucionando imperturbable por el ring, sin saltar ni bailar para no malgastar ni un átomo de energías. Debía dejar que Sandel desahogara el ardor de su juventud y sólo entonces replicarle, pues no debía olvidar sus cuarenta años.

Los movimientos de King eran lentos y metódicos. Sus ojos, casi inmóviles bajo los gruesos párpados, le daban el aspecto de un hombre adormilado y aturdido. Sin embargo, no se le escapaba ningún detalle: su experiencia de más de veinte años le permitía verlo todo.

Sus ojos no pestañeaban ni se desviaban al recibir un golpe, porque así podían ver y medir mejor las distancias.

Cuando, al terminar el asalto, fue a sentarse en su rincón para descansar, se recostó con las piernas extendidas y apoyó los brazos en el ángulo recto que formaban las cuerdas. Entonces su pecho y su abdomen empezaron a subir y a bajar en profundas aspiraciones, mientras le acariciaban el rostro el aire de las toallas con que le abanicaban sus segundos.

Con los ojos cerrados, Tom King escuchaba el clamoreo del público.

—¿Por qué no luchas, Tom? —le gritaron— ¿Es que tienes miedo?

—Le pesan los músculos —oyó que comentaba un espectador de primera fila—. No puede moverse con más rapidez. ¡Dos libras contra una a favor de Sandel!

Sonó el gong y los dos púgiles abandonaron sus rincones. Sandel recorrió tres cuartas partes del cuadrilátero, ansioso de reanudar la contienda. King apenas se apartó de su rincón. Esto formaba parte de su plan de ahorro de fuerzas. No había podido entrenarse como era debido, no había comido lo suficiente, y el menor movimiento innecesario tenía su importancia. Además, había que tener en cuenta que había recorrido a pie más de tres kilómetros antes de subir al ring. Aquel asalto fue una repetición del primero: Sandel atacaba en tromba y el público, indignado, abucheaba a King al ver que no combatía. Aparte algunas fintas y varios golpes lentos e ineficaces, se limitaba a mantener una guardia cerrada, parar golpes y agarrarse al adversario. Sandel deseaba acelerar el ritmo del combate, y King, hombre de experiencia, se negaba a secundarlo. En su rostro deformado por los golpes había una melancólica sonrisa, y Tom seguía economizando fuerzas celosamente, como sólo puede hacerlo un boxeador maduro. Sandel era joven y derrochaba sus energías con la prodigalidad propia de su juventud. El generalato del ring correspondía a Tom, y suya era también la sabiduría cosechada a costa de largos y dolorosos combates. Observaba a su adversario con mirada fría y ánimo sereno, moviéndose lentamente, en espera de que se agotara el ardor de Sandel. Para la mayoría de espectadores, aquello era buena prueba de que King era incapaz de medirse con su joven adversario, opinión que expresaban en voz alta, apostando a razón de tres a uno a favor de Sandel. Pero aún quedaban algunos espectadores prudentes que conocían a King desde hacía años y aceptaban estas ofertas, con grandes esperanzas de ganar.

El tercer asalto comenzó como los anteriores. Sandel llevaba la iniciativa y castigaba duramente a su adversario. Pero, cuando aún no había transcurrido medio minuto, el joven, excesivamente confiado, se olvidó de cubrirse, y los ojos de King centellearon a la vez que su brazo derecho se lanzaba como un rayo hacia adelante. Fue su primer golpe de verdad: un gancho reforzado, no sólo por el hábil movimiento del brazo, sino por el peso de todo el cuerpo. El león adormecido acababa de lanzar un imprevisto zarpazo. Sandel, tocado en un lado de la mandíbula, cayó como un buey abatido por el matarife. El público se quedó pasmado: algunos aplaudieron tímidamente, mientras por toda la sala corrían murmullos de admiración. ¡Caramba, caramba! King no tenía los músculos tan embotados como se creía, sino que era capaz de asestar verdaderos mazazos.

Sandel quedó casi inconsciente, hizo girar su cuerpo hasta ponerse de costado e intentó levantarse, pero, al oír los gritos de sus segundos que le aconsejaban esperar hasta el último instante, no acabó de ponerse en pie, sino que quedó con una rodilla en el suelo. El árbitro se inclinó hacia él y empezó a contar los segundos con voz estentórea junto a su oído. Cuando oyó decir «¡nueve!» Sandel se levantó con gesto agresivo y Tom King hubo de hacerle frente, mientras se lamentaba de no haberle dado el golpe un par de centímetros más cerca del mentón, pues entonces habría conseguido el fuera de combate y vuelto a casa con treinta libras para su mujer y sus hijos.

El asalto continuó hasta que se cumplieron los tres minutos reglamentarios. Sandel empezó a mirar con respeto a su oponente. Por su parte, King seguía moviéndose con lentitud y su mirada aparecía tan soñolienta como antes. Cuando el asalto estaba a punto de terminar, King se dio cuenta de ello al ver a los segundos agazapados junto al cuadrilátero. Estaban preparados para subir, pasando entre las cuerdas. Entonces llevó el combate hacia su rincón, y, cuando sonó el gong, pudo sentarse inmediatamente en el taburete que ya tenían preparado. En cambio, Sandel tuvo que cruzar de ángulo a ángulo todo el ring para llegar a su sitio. Esto era una pequeñez, pero muchas pequeñeces juntas pueden formar algo importante. Al verse obligado a dar aquellos pasos de más, Sandel perdió no sólo cierta cantidad de energía, sino una parte de los preciosos sesenta segundos de descanso. Al principio de cada asalto King salía perezosamente de su rincón, con lo que obligaba a su adversario a recorrer una distancia mayor, y cuando el asalto terminaba, King estaba en su sitio y podía sentarse inmediatamente.

Transcurrieron otros dos asaltos en los que King economizó sus fuerzas con toda parsimonia, mientras Sandel derrochaba energías. Los esfuerzos que el joven púgil hacía por imponer un ritmo más vivo a la lucha resultaron bastante enojosos para King, que hubo de encajar una parte bastante crecida del diluvio de golpes que cayó sobre él. Sin embargo, King mantuvo su deliberada lentitud, sin importarle el griterío de los jóvenes vehementes que querían verle pelear.

En el sexto asalto, Sandel volvió a tener un descuido, y la terrible derecha de Tom King lanzó un nuevo disparo contra su mandíbula. Otra vez contó el árbitro hasta nueve.

Al comenzar el séptimo asalto se vio claramente que el ardor de Sandel se había esfumado. El joven boxeador se percataba de que estaba librando el combate más duro de su carrera. Tom King era un boxeador gastado, pero el de más calidad que se le había opuesto hasta entonces; un boxeador maduro que no perdía la cabeza, que se defendía con extraordinaria habilidad, cuyos golpes eran verdaderos mazazos y que tenía un fuera de combate en cada puño. Pero Tom King no se atrevía a utilizar estos potentes puños demasiado, pues no se olvidaba de que tenía los nudillos lesionados y sabía que, para que pudieran resistir todo el combate, tenía que racionar los golpes prudentemente.

Mientras permanecía sentado en su rincón, mirando a su adversario, pensó que la unión de su experiencia y de la juventud de Sandel producirían un campeón mundial. Pero esta mezcla era imposible. Sandel no sería campeón del mundo. Le faltaba experiencia y ésta sólo podía obtenerse a costa de la juventud. Cuando Sandel tuviera experiencia, advertiría que había gastado su juventud para adquirirla.

King recurrió a todas las tretas y argucias. No desaprovechaba ocasión de agarrarse a su adversario y, cada vez que llegaba al cuerpo a cuerpo, clavaba con fuerza el hombro en las costillas de Sandel. En la teoría pugilística no había diferencia entre un hombro y un puño si con ambos podía hacerse el mismo daño, y el hombro aventajaba al puño en lo concerniente a la pérdida de energías. Asimismo, cuando se agarraban los dos púgiles, King descargaba todo el peso de su cuerpo sobre su contrincante y se resistía a soltarse. Esto obligaba al árbitro a intervenir para separarlos, en lo cual hallaba las mayores facilidades por parte de Sandel, que todavía no había aprendido a descansar de este modo. El joven no podía dejar de emplear sus magníficos brazos ni su lozana musculatura. Cuando King se aferraba a él, clavándole el hombro en las costillas e introduciendo la cabeza bajo su brazo izquierdo, Sandel le golpeaba el rostro pasando su brazo derecho por detrás de su espalda. Era un castigo espectacular que provocaba murmullos de admiración en el público, pero sin ninguna eficacia. Por el contrario, sólo servía para hacer perder energías a Sandel. Éste, incansable, no se daba cuenta de que todo tiene un límite. King sonreía y no se apartaba de su prudente táctica.

Sandel asestó un sonoro derechazo al cuerpo de King, que la masa de espectadores consideró como un rudo castigo, pero los pocos expertos que había en la sala percibieron el hábil movimiento del guante izquierdo de Tom, que tocó el bíceps de Sandel en el momento en que éste lanzaba el fuerte derechazo. Sandel repitió una y otra vez este golpe, consiguiendo que siempre llegara a su destino, pero nunca con eficacia, debido al ligero contragolpe de King.

En el noveno asalto, y en un solo minuto, Tom alcanzó con tres ganchos de derecha la mandíbula de Sandel, y las tres veces el corpachón del joven besó la lona y el árbitro hubo de contar hasta nueve. Sandel quedó aturdido y ligeramente conmocionado, pero conservaba las energías. Había perdido velocidad y economizaba sus fuerzas. Tenía el ceño fruncido, pero seguía contando con el arma más importante del boxeador: la juventud. El arma principal de King era la experiencia. Cuando empezó el declive de su vitalidad, cuando su vigor empezó a disminuir, lo reemplazó con la astucia, la sabiduría cosechada en mil combates y una escrupulosa economía de sus fuerzas. King no era el único que sabía eludir los movimientos superfluos, pero nadie como él poseía el arte de incitar al adversario a despilfarrar sus energías.

Una y otra vez, haciendo fintas con los pies, los puños y el cuerpo, siguió engañando a Sandel: obligándolo a saltar hacia atrás sin motivo, a esquivar golpes imaginarios, a lanzar inútiles contraataques. King descansaba, pero no daba descanso a su rival. Era la estrategia de un boxeador maduro.

Al iniciarse el décimo asalto, King detuvo las embestidas de Sandel con directos de izquierda a la cara, y Sandel, que ahora procedía con cautela, respondió esgrimiendo su izquierda, para bajarla en seguida, mientras lanzaba un gancho de derecha a la cara de Tom King. El golpe fue demasiado alto para resultar decisivo, pero King notó que ese negro velo de inconsciencia tan conocido por los boxeadores se extendía sobre su mente. Durante una fracción casi inapreciable de tiempo, Tom dejó de luchar. Momentáneamente, desaparecieron de su vista su adversario y el telón de fondo formado por las caras blancas y expectantes del público…, pero sólo momentáneamente. Le pareció que abría los ojos tras un sueño fugaz. El intervalo de inconsciencia fue tan breve, que no tuvo tiempo de caer. El público sólo lo vio vacilar y doblar las rodillas. Inmediatamente, Tom King se recuperó y ocultó más su barbilla en el refugio que le ofrecía su hombro izquierdo.

Sandel repitió varias veces este golpe, aturdiendo parcialmente a King. Pero el experto boxeador consiguió elaborar su defensa, que fue también una forma de contraatacar. Retrocediendo ligeramente sin dejar de hacer fintas con el brazo izquierdo, lanzó a Sandel un uppercut con toda la potencia de su puño derecho. Lo calculó con tanta precisión, que consiguió alcanzar de pleno la cara de Sandel cuando éste se agachaba haciendo un regate. El joven, levantado en vilo, cayó hacia atrás y fue a dar en la lona con la cabeza y la espalda. King repitió este golpe dos veces. Después dio rienda suelta a su acometividad y acorraló a su adversario contra las cuerdas, lanzando sobre él una lluvia de golpes. Sus puños funcionaron sin cesar hasta que el público, puesto en pie, le tributó una estruendosa salva de aplausos. Pero Sandel poseía una energía y una resistencia inagotables, y se mantenía en pie. Se mascaba el knock—out. Un capitán de policía, impresionado por el terrible castigo que recibía Sandel, se acercó al cuadrilátero para suspender el combate, pero en este preciso instante sonó el gong, señalando el fin del asalto, y Sandel regresó tambaleándose a su rincón, donde aseguró al capitán que estaba bien y conservaba las fuerzas. Para demostrarlo, dio un par de saltos, y el policía, convencido, volvió a sentarse.

Tom King, mientras descansaba en su rincón, jadeante, se decía, contrariado, que si el combate se hubiera suspendido, el árbitro se habría visto obligado a declararlo vencedor y la bolsa hubiera ido a parar a sus manos. A diferencia de Sandel, él no luchaba por la gloria ni para abrirse paso, sino para ganar treinta libras esterlinas. En aquel minuto de descanso, Sandel se recuperaría.

La juventud será servida… Esta frase cruzó como un relámpago por el cerebro de King. Se acordó también de la ocasión en que la oyó: fue la noche en que dejó fuera de combate a Stowsher Bill. El señorito que la había pronunciado tenía razón. Aquella noche, tan lejana ya, él encarnaba a la juventud. «Pero esta noche —se dijo— la juventud se sienta en el rincón de enfrente.» Ya llevaba media hora de pelea y los años le pesaban. Si hubiese luchado como Sandel, no hubiera resistido ni quince minutos. Lo peor era que no se recuperaba. Sus venas hinchadas y su corazón fatigado no le permitían recobrar las perdidas fuerzas en los descansos entre asalto y asalto. Las energías le faltarían ya desde el comienzo de los asaltos. Notaba las piernas pesadas y empezaba a sentir calambres. No debió haber hecho a pie aquellos tres kilómetros que mediaban desde su casa a la sala de deportes. Y para colmo de desdichas, aquel bistec que no se había podido comer aquella mañana y que tanto había deseado. Se despertó en él un odio terrible contra los carniceros que se habían negado a fiarle. Un hombre de sus años no podía boxear sin haber comido lo suficiente. ¿Qué era, al fin y al cabo, un bistec? Una insignificancia que valía unos cuantos peniques. Sin embargo, para él significaba treinta libras esterlinas.

Cuando el gong señaló el comienzo del undécimo asalto, Sandel se levantó impetuosamente, aparentando una gallardía que estaba muy lejos de poseer. King supo apreciar el justo valor de semejante actitud: se trataba de un farol tan antiguo como el mismo boxeo. Para no gastar fuerzas en balde, Tom se abrazó a su adversario. Luego, cuando lo soltó, permitió que el joven se pusiera en guardia. Esto era lo que King esperaba. Hizo una finta con la izquierda, consiguió que su contrincante se agachara para rehuirla, y al mismo tiempo le lanzó un gancho de derecha. Seguidamente King, retrocediendo un poco, asestó a Sandel un uppercut que lo alcanzó en plena cara y lo derribó. Después no le dio punto de reposo. Encajó mucho, pero pegó mucho más. Acorraló a Sandel contra las cuerdas mediante una serie de ganchos y con toda clase de golpes. Después de desprenderse de sus brazos, le impidió que lo volviera a abrazar, propinándole un directo cada vez que lo intentaba. Y cuando Sandel iba a caer, lo sostenía con una mano y lo golpeaba inmediatamente con la otra para arrojarlo contra las cuerdas, donde no le era posible desplomarse.

El público parecía haber enloquecido. Todos los espectadores, puestos en pie, lo animaban con sus gritos.

—¡Duro con él, Tom! ¡Ya es tuyo! ¡Lo tienes en el bolsillo!

Querían que el combate terminara con una lluvia de golpes irresistibles. Esto era lo que deseaban ver; para esto pagaban.

Y Tom King, que durante media hora había economizado sus fuerzas, las derrochó a manos llenas en lo que debía ser el esfuerzo final, un esfuerzo que no podría repetir. Era su única oportunidad. ¡Ahora o nunca! Las fuerzas lo abandonaban rápidamente, y todas sus esperanzas se cifraban en que, antes de que lo abandonasen del todo, habría conseguido que su adversario permaneciera tendido en la lona durante diez segundos. Y mientras seguía pegando y atacando, calculando fríamente la fuerza de sus golpes y el daño que causaban, comprendió lo difícil que era dejar a Sandel fuera de combate. La resistencia de aquel hombre, realmente extraordinaria, era la resistencia virgen de la juventud. Desde luego, Sandel tenía ante sí un futuro lleno de promesas. Él también lo tuvo. Todos los buenos boxeadores poseían el temple que demostraba Sandel.

Sandel retrocedía dando traspiés, perseguido por King, que empezaba a sentir calambres en las piernas y cuyos nudillos comenzaban a resentirse. Sin embargo, siguió asestando sus terribles golpes, sin detenerse ante el dolor que cada uno de ellos producía en sus manos, en sus pobres manos, viejas y torturadas. Aunque en aquellos momentos no recibía ninguna réplica de su adversario, King se debilitaba a toda prisa, de modo que pronto su estado igualaría el de Sandel. No fallaba un solo golpe, pero éstos ya no poseían la potencia de antes y cada uno de ellos suponía para Tom un esfuerzo extraordinario. Sus piernas parecían de plomo y se arrastraban visiblemente por el ring. Los partidarios de Sandel lo advirtieron y empezaron a dirigir gritos de aliento al joven boxeador.

Esto decidió a King a realizar un postrer esfuerzo y asestó dos golpes casi simultáneos: uno con la izquierda, dirigido al plexo solar y que resultó un poco alto, y otro con la derecha a la mandíbula. Estos golpes no fueron demasiado fuertes, pero Sandel estaba ya tan conmocionado, que cayó en la lona, donde quedó debatiéndose. El árbitro se inclinó sobre él y empezó a contarle al oído los segundos fatales. Si antes del décimo no se levantaba, habría perdido el combate. En la sala reinaba un silencio de muerte. King apenas se mantenía en pie sobre sus piernas temblorosas. Se había apoderado de él un mortal aturdimiento y, ante sus ojos, el mar de caras se movía y se balanceaba mientras a sus oídos llegaba, al parecer desde una distancia remotísima, la voz del árbitro que contaba los segundos. Pero consideraba el combate suyo. Era imposible que un hombre tan castigado pudiera levantarse.

Solamente la juventud se podía levantar… Y Sandel se levantó. Al cuarto segundo, dio media vuelta, quedando de bruces, y buscó a tientas las cuerdas. Al séptimo segundo ya había conseguido incorporarse hasta quedar sobre una rodilla, y descansó un momento en esta postura, mientras su aturdida cabeza se bamboleaba sobre sus hombros. Cuando el árbitro gritó «¡nueve!» Sandel se levantó del todo, adoptando la adecuada posición de guardia, cubriéndose la cara con el brazo izquierdo y el estómago con el derecho. Así defendía sus puntos vitales, mientras avanzaba agachado hacia King, con la esperanza de agarrarse a él para ganar más tiempo.

Tan pronto como Sandel se levantó, King se le echó encima, pero los dos golpes que le envió tropezaron con los brazos protectores. Acto seguido, Sandel se aferró a él desesperadamente, mientras el árbitro se esforzaba por separarlo, ayudado por King. Éste sabía con cuánta rapidez se recobraba la juventud y, al mismo tiempo, estaba seguro de que Sandel sería suyo si podía evitar que se repusiera. Un enérgico directo lo liquidaría. Tenía a Sandel en su poder, no cabía duda. Él había llevado la iniciativa del combate, había demostrado mayor experiencia que su contrincante, le llevaba ventaja de puntos. Sandel se desprendió del cuerpo de King, tambaleándose, vacilando entre la derrota y la supervivencia. Un buen golpe lo derribaría definitivamente, y, ante esta idea, Tom King, presa de súbita amargura, se acordó del bistec. ¡Ah, si lo hubiera tenido y contara con su fuerza para el golpe que iba a asestar! Concentró sus últimas energías en el golpe decisivo, pero éste no fue bastante fuerte ni bastante rápido. Sandel se tambaleó, pero no llegó a caer. Con paso vacilante, retrocedió hacia las cuerdas y se aferró a ellas. King, también tambaleándose, lo siguió y, experimentando un dolor indescriptible, le asestó un nuevo golpe. Pero las fuerzas lo habían abandonado. Únicamente le quedaba su inteligencia de luchador, turbia, oscurecida por el cansancio. Había dirigido el puño a la mandíbula, pero tropezó en el hombro. Su intención había sido darlo más alto, pero sus cansados músculos no lo obedecieron. Y, por efecto del impacto, el propio Tom King retrocedió, dando traspiés. Poco faltó para que cayera. De nuevo lo intentó. Esta vez su directo ni siquiera alcanzó a Sandel. Era tal su debilidad que cayó sobre el joven y se abrazó a su cuerpo, para no desplomarse definitivamente a sus pies.

King ya no hizo nada por separarse. Había puesto toda la carne en el asador: ya no podía hacer más. La juventud se había impuesto. Incluso en aquel abrazo notaba cómo Sandel iba recuperando sus fuerzas. Cuando el árbitro los separó, King vio claramente cómo se recobraba su joven adversario. Segundo a segundo, Sandel se iba mostrando más fuerte. Sus directos, débiles y vacilantes al principio, cobraron dureza y precisión. Los ofuscados ojos de Tom King vieron el guante que se acercaba a su mandíbula y se propuso protegerla alzando el brazo. Vio el peligro, deseó parar el golpe, pero el brazo le pesaba demasiado y no pudo: le pareció que tenía que levantar un quintal de plomo. El brazo no quería levantarse y él deseó con toda su alma levantarlo. El guante de Sandel ya le había llegado a la cara. Oyó un agudo chasquido semejante al de un chispazo eléctrico y el negro velo de la inconsciencia envolvió su mente.

Cuando abrió de nuevo los ojos, se encontró sentado en su rincón y oyó el clamoreo del público, semejante al rumor del oleaje de la playa de Bondi. Alguien le oprimía una esponja empapada contra la base del cráneo, y Sid Sullivan le rociaba la cara y el pecho con agua fría. Le habían quitado ya los guantes y Sandel, inclinado sobre él, le estrechaba la mano. No sintió rencor alguno hacia el hombre que lo había dejado fuera de combate, y le devolvió el apretón de manos tan cordialmente que sus nudillos se resintieron. Luego Sandel se dirigió al centro del cuadrilátero y el griterío del público se acalló para oírle decir que aceptaba el desafío de Young Pronto, y que proponía aumentar la apuesta a cien libras. King lo contemplaba, indiferente, mientras sus segundos secaban el agua que corría a raudales por su cuerpo, le pasaban una esponja por la cara y lo preparaban para abandonar el cuadrilátero. King sentía hambre; no era aquélla la sensación de hambre ordinaria, sino una gran debilidad, una serie de palpitaciones en la boca del estómago que repercutían en todo su cuerpo. Se acordó del momento en que había tenido ante él a Sandel tambaleándose, al borde del knock—out. ¡Ah, si hubiese tenido aquel bistec en el cuerpo! Entonces nada habría salvado a Sandel. Le había faltado sólo esto para asestar el golpe decisivo con eficacia. Había perdido por culpa de aquel bistec.

Sus segundos trataron de ayudarlo a pasar entre las cuerdas, pero él los apartó, se agachó y saltó solo al piso de la sala. Precedido por sus cuidadores, avanzó por el pasillo central abarrotado de público. Poco después, cuando salió de los vestuarios y se dirigió a la calle, se encontró con un muchacho que le dijo:

—¿Por qué no le pegaste de firme cuando lo tenías atontado?

—¡Vete al diablo! —le respondió Tom King mientras bajaba los escalones del portal.

Las puertas de la taberna de la esquina estaban abiertas de par en par. Tom King vio las luces cegadoras del local y las sonrientes camareras, y, entre el alegre tintineo de las monedas que saltaban en el mármol del mostrador, oyó diversas voces que comentaban el combate. Alguien lo llamó para invitarlo a una copa, pero él rechazó la invitación y siguió su camino.

No llevaba un céntimo encima. Los tres kilómetros que lo separaban de su casa le parecieron muy largos. Era evidente que envejecía. Cuando cruzaba el Dominio, se dejó caer de pronto en un banco. La idea de que su mujer estaría esperándolo, ansiosa de saber cómo había terminado el encuentro, lo sumió en una angustiosa desesperación. Esto era peor que un knock—out: no se sentía con fuerzas para mirarla a la cara.

Estaba desfallecido y amargado. El vivo dolor que sentía en los nudillos le hizo comprender que, aunque encontrase trabajo como peón de albañil, tardaría lo menos una semana en poder empuñar la pala o el pico. Las palpitaciones que le producía el hambre en la boca del estómago le hacían sentir náuseas. Una profunda desolación se apoderó de él y notó que sus ojos se llenaban de lágrimas incontenibles. Se cubrió la cara con las manos y lloró. Y mientras lloraba se acordó de la paliza que propinó a Stowsher Bill una noche ya lejana. ¡Pobre Stowsher Bill! Ahora comprendía por qué lloró aquella noche en los vestuarios.

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Knock-out: Tres historias de boxeo, de Jack London (El Zorro Rojo, 2016), en traducción de Patricia Wilson y con ilustraciones de Enrique Breccia. [Aviso legal]