TPR #8 | Isak Dinesen

Café Con/suelo, The Paris Review
[Diario de lectura de las entrevistas aparecidas en The Paris Review entre 1953 y 2012]

Esta no es una entrevista al uso, sino más bien una conversación. La escritora Isak Dinesen, que en realidad es la baronesa danesa Karen Christentze Blixen-Finecke, tiene ya 71 años y ha estado en una clínica de reposo, enferma, más de un año. Las pausas se vuelven necesarias y el entrevistador Eugene Walter las respeta de forma estricta. Estas pausas le llevan a dividir la conversación en cuatro «escenas» no exentas de cierta condición teatral o incluso cinematográfica. Antes de comenzar, Walter —del que Wikipedia nos dice que fue un guionista, poeta, cuentista, actor, marionetista, chef gourmet, criptógrafo, traductor, editor y diseñador de vestuario estadounidense— recuerda que Dinesen fue interpretada por primera vez en la pantalla por Greta Garbo y que publicó muchos de sus libros bajo seudónimo, lo que favoreció la propagación de multitud de leyendas sobre su persona: «se dice que en realidad es un hombre, que en realidad es una mujer, que quienes firman como Isak Dinesen son un hermano y una hermana, que Isak Dinesen llegó a Estados Unidos en la década de 1870, que es en realidad una parisina que vive en Elsinore, que pasa la mayor parte del tiempo en Londres, que es una monja, que es muy hospitalaria, que recibe a jóvenes escritores, que es difícil de ver y vive como una reclusa, que escribe en francés, no, en inglés, no, en danés, que en realidad es… los rumores no han cesado nunca». Lo que sí sabemos es que Isak Dinesen es autora de una obra ligeramente anacrónica, formada en su gran mayoría por libros de cuentos, y que Hemingway, al aceptar el premio Nobel, dijo que tendrían que habérselo dado a ella.

La primera de estas escenas trascurre en Roma, a principios del verano de 1956, cuando ambos se encuentran, junto a Clara Svendsen —secretaria y compañera de viaje de la escritora— para almorzar en una terraza de la piazza Navona. «Delgada, seria, elegante, vestida de negro, con guantes largos y un sombrero también negro cuya ala cae sobre su rostro como queriendo ocultar unos ojos extraordinarios, más claros por arriba que por abajo». La baronesa muestra una actitud relajada, calculadamente frívola, mientras que el embelesamiento de Walter ante su presencia es constante a lo largo de toda la conversación. En un momento dado, en un restaurante de moda justo encima de la piazza del Popolo, la escritora se sobresalta por la presencia de un cuadro torcido en la sala. Walter primero se alarma y luego, con actitud servicial, se ofrece a enderezarlo para asombro de los «dos solemnes caballeros sentados debajo del retrato».

«¿Conoce bien Roma? ¿Cuándo estuvo por última vez?», le pregunta Walter para iniciar la conversación, a lo que la autora responde: «Hace unos años, cuando tuve una audiencia con el papa. La primera vez que vine era joven, en 1912, y estuve con mi prima y mejor amiga, que estaba casada con el embajador danés en Roma. Paseábamos cada día a caballo por los jardines de Villa Borghese. Había carruajes donde se exhibían las bellezas del momento; nos parábamos y charlábamos con ellas. Era delicioso». Este adjetivo, delicioso, recorre silenciosamente toda la entrevista, hasta el punto de que para un lector actual las referencias tan familiares al lujo y la distinción de clases se vuelven por momentos algo incómodas. Yo, al menos, he cambiado de postura en la silla un par de veces, lo cual no dice absolutamente nada de la escritora y sí —en todo caso— de mi kafkiana culpabilidad sin culpa.

Delicioso es cuando el entrevistador le pregunta por la novela Vengadores angelicales y Dinesen responde que su escritura se debió a un ataque de aburrimiento durante la ocupación alemana de Dinamarca, cuando creía que se iba a volver loca de aburrimiento: «Tenía muchas ganas de divertirme, de que me divirtieran, y además andaba corta de dinero, así que fui a ver a mis editores de Copenhague y les dije: ‘Oigan, ¿me darían un anticipo por una novela y me enviarían una taquígrafa para que se la dicte?'». Naturalmente, le dijeron que sí. O cuando la escritora recuerda los años vividos en África, en las tierras altas de Kenia, cerca de Nairobi, donde compró una granja para probar suerte con el cultivo de café: «La vida allí se parecía a la de la Inglaterra del siglo dieciocho; a veces lo pasabas mal por falta de dinero, pero la vida seguía siendo rica en muchos sentidos, en aquel paisaje tan bello, rodeados de caballos y perros, y multitud de sirvientes».

Allí, rodeada de ingleses y viendo pasar las nubes sobre las colinas de Ngong, fue donde Dinesen aprendió a contar cuentos gracias a la buena disposición del público: «Los blancos ya no aguantan que les cuenten historias, se remueven inquietos o se quedan dormidos. Pero como a los nativos todavía les gusta, les contaba toda clase de historias, lo que se me ocurría, por disparatado que fuese: Les decía: ‘Había una vez un hombre que tenía un elefante con dos cabezas…’, y de inmediato querían saber cómo seguía. ‘Pero, memsahib —decían—, ¿cómo lo encontró?, ¿cómo se las arreglaba para alimentarlo?’, esas cosas me preguntaban, les gustaban esas invenciones». A ese público nativo —»mis amigos», los llama la escritora— también los deleitaba con rimas, incluso en swahili, y ellos, entusiasmados, le pedían más: «Por favor, memsahib, habla como la lluvia».

Las menciones a la servidumbre, los paseos a caballo por Villa Borghese, la influencia de ciertos amigos en el gobierno británico, los estudios de pintura en París, las audiencias con el papa, las partidas de caza en África… dificultan —en mi lectura— el retrato de una autora sagaz, reflexiva e irónica; una mujer mucho más moderna de lo que sus cuentos góticos y sus lecturas victorianas dejan entrever. Tras recordar su primer viaje a Roma y esos paseos a caballo junto a la mujer del embajador danés, Dinesen desprecia el rugido de los coches y las motocicletas que a mediados de los cincuenta ya poblaban la capital italiana, y dedica luego pensamientos lúcidos y agudos a la brecha generacional que distancia su niñez de la actual. Aunque se refiere al año 1956, quizá el cambio en la civilización que la escritora intuye pueda rastrearse aún 65 años después:

«En mis tiempos los niños vivían de forma muy diferente. Teníamos pocos juguetes, incluso en las grandes mansiones. Esos juegos mecánicos modernos, que se mueven solos, no existían. Los nuestros eran juguetes sencillos que nosotros mismos teníamos que mover. […] Naturalmente existían caballos de juguete, pero nosotros preferíamos un palo lleno de nudos recogido en el bosque, que nuestra imaginación transformaba en Bucéfalo o Pegaso. A diferencia de los niños de hoy, que se conforman desde que nacen con ser observadores, nosotros éramos creadores [la cursiva es mía]. Los jóvenes de hoy no están familiarizados, no tienen contacto, con los elementos. Todo es mecánico y urbano: los niños se educan sin conocer el fuego de verdad, el agua de verdad, la tierra. Los jóvenes quieren romper con el pasado, odian el pasado, no quieren siquiera oír hablar de él, y en parte es comprensible: para ellos el pasado cercano no es sino una larga historia de guerras que carece de interés. Puede que estemos viviendo el final de algo, de un tipo de civilización».

Su observaciones sobre literatura o sobre su propia escritura son mínimas, aunque valiosas. «Primero tengo cierto aroma del cuento, y luego se me presentan los personajes y ellos se encargan del resto, urden la trama, yo me limito a dejar que se muevan libremente. Ahora, tanto en la vida moderna como en la ficción moderna, hay algo así como un clima, y sobre todo, un movimiento interno —en el interior de los personajes— diferente». Frente a la soledad, que Dinesen considera el tema universal de su tiempo, ella prefiere la interacción entre personajes, sus movimientos en una determinada trama a la que ella, además, da mucha importancia. Ante quienes dicen que nunca escribe sobre los tiempos modernos, la escritora comenta que el tiempo de sus cuentos es flexible y que, por otro lado, autores que creemos que hablan sobre la época en la que publican sus libros ambientan sus libros, en realidad, en épocas anteriores, «más o menos una generación atrás» —y menciona a Dickens, Faulkner, Tolstói o Turhéniev.

Una vez más, apartado el velo de la frivolidad, su argumento es sólido: «El presente siempre es inestable, nadie está en condiciones de contemplarlo con detenimiento. Fui pintora antes que escritora…, ningún pintor quiere tener el objeto que pinta pegado a la nariz, sino mantenerse a distancia para poder examinar el paisaje con los ojos entornados». Sin embargo, más allá de unas pocas pinceladas, Dinesen no se retrata a sí misma como una «mujer literaria» —rescatando la expresión de Faulkner. Cuando Walter trata de entrar a fondo en la construcción de uno de sus cuentos, «El diluvio en Norderney», ella sonríe maliciosa y le sugiere que lo lea («Léalo, léalo y verá cómo está escrito»). En ningún momento parece querer entrar en el juego de las interpretaciones y las estrategias del oficio. Sin ir más lejos, cuando le preguntan por lo que simboliza o representa tal cosa, la autora contesta: «Sería un desastre que la explicación de la obra estuviera fuera de la obra». Con estas palabras se enemistaría hoy en día con buena parte de la literatura actual —incluida la crítica—, pero a la escritora le gustaría convencer a sus lectores de que en sus textos pretendía decir exactamente lo que dijo como lo dijo, nada más. Y ser recordada, si es posible, por la comicidad de sus cuentos.

No en vano, el nombre Isak significa «risa». Cuando el entrevistador le pregunta por los escritores de cuentos a los que admira, Dinesen invoca una larga lista que incluye a E. T. A. Hoffman, Hans Andersen, Barbey d’Aurevilly, La Motte Fouqué, Chamisso, Turguéniev, Hemingway, Maupassant, Stendhal, Chéjov, Conrad, Voltaire, Melville… «¡Caramba, los ha leído a todos!», se sorprende Eugen Walter. Ella confiesa, rotunda: «En realidad tengo tres mil años y cené con Sócrates».

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