35. Opuestos reconciliados

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En Roberto Bolaño se da la tensión entre el heroísmo de la vanguardia y la carcajada necesaria que lo sigue. Contradicción entre el nihilismo y la esperanza de que la literatura lo pueda todo. Opuestos reconciliados: el gladiador que se da ánimos pensándose invicto, el samurái que se enfrenta a un poder superior sin echarse atrás, la enfermedad y las ganas de seguir, el dejarse morir y la escritura.

 

Imagen: Dominique González-Foerster, Untittled, 2011. Fotografía de Alejandro García Abreu

34. Las ondas

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Arranqué el motor del coche y empecé a acelerar lentamente. Antes de encender las luces me ajusté el cinturón de seguridad y con la otra mano puse a funcionar la radio desde los mandos del volante. Ya era de noche y las cifras anaranjadas junto al cuentakilómetros señalaban una hora en punto. Eso, según en qué canal de radio, significa noticias, información, novedades. La emisora que sonó primero fue Radio Nacional. A través de las ondas llegó la música magnética de la cabecera de informativos y pronto una voz acelerada disparando titulares a diestro y siniestro. Un niño enterrado en un pozo de veinticinco centímetros de diámetro a más de cien metros de profundidad, un país latinoamericano al borde del conflicto civil y despertando las sombras de la Guerra Fría en busca de su propia dignidad, una anciana aislada junto a su nieta y ocho ovejas muertas a causa de una grave inundación, un proyecto político resquebrajándose en tuits, cartas y ruedas de prensa, las dos grandes capitales del país bloqueadas por una huelga agresiva. Cambié de emisora y volví a escuchar lo mismo. Lo intenté de nuevo, pero nada. Quise cambiar una vez más, pero lo pensé mejor y apagué la radio. Pensé en esas familias que cenan con la televisión encendida y conduje durante un buen rato con el sonido tranquilizador de la combustión del motor de gasolina, perdiendo por el camino las luces de las farolas como si fuesen titulares de un informativo de última hora. A mi alrededor la ciudad parecía seguir un ritmo normal. Gente joven en las calles, trabajadores volviendo a casa, señoras paseando al perro, los comercios cerrando sus persianas. Los semáforos en rojo y el tráfico se detenía, los semáforos en verde y el tráfico continuaba. Todo parecía ir bien, pero las ondas de los medios ya habían hecho su efecto. La información —esa extraña superstición de nuestro tiempo— me había convencido de forma irreversible de que esa calma era solo fachada y de que nadie se acostaría en paz aquella noche. El rugido suave del motor me pareció entonces un consuelo suficiente, incluso necesario, así que seguí acelerando. Sin alternativa posible, afuera todo ocurría desde el fondo de un pozo, en busca de dignidad, aislados entre niños y animales muertos, con las ideas resquebrajadas y el ánimo bloqueado como en una huelga agresiva.

33. La conversación infinita

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A veces uno se cansa de escucharse a sí mismo. En esas ocasiones cobra protagonismo el silencio, pero un silencio descontrolado implica el riesgo de la enfermedad. Por eso existe la alternativa de hallar un interlocutor que participe, que escuche o que al menos sepa fingir que lo hace. En esos momentos la conversación puede ser un bálsamo y no ya un quebradero de cabeza. La figura del interlocutor encierra algo de propio y de ajeno que me seduce y al mismo tiempo me inquieta, porque el interlocutor siempre se lleva algo que nos pertenece. Cada palabra que le dedico es un vuelo, un derroche. En la conversación, la palabra que pronunciamos se diluye dejando un espacio vacío, que a pesar de la difícil convivencia que se da entre el alivio y la angustia es un espacio necesario. Quizá por eso somos animales tendentes a la conversación, a generar infinitas oquedades donde antes hubo sonidos y alientos de café con leche.

Hace unos días me entrevistaron por primera vez. La entrevista es una cosa rara y divertida que parece una conversación pero tiene mucho de monólogo. Al principio pensé: “qué mal momento, ahora que me envuelve el silencio”, pero pronto entendí que un interlocutor puede darte tanto o más de lo que te quita. Quedamos en un bar céntrico, pero estaba cerrado, así que nos fuimos a otro lugar cercano. Ella pidió un desayuno completo y yo solo un café. Luego otro. Hablamos durante un buen rato antes de que la entrevistadora pusiera a funcionar la grabadora, abriera su cuaderno y apareciera un tipo simpático con una potente cámara fotográfica. Los temas se sucedieron, moví las manos para exorcizar el espíritu nervioso que invocan una cámara y una grabadora, guardé silencios y otros los gasté trastabillando, quitándome la palabra a mí mismo en un alarde de confianza que era solo miedo.

Es curioso que en una mañana fría y borrosa alguien se despierte y pueda llegar a imaginarse lúcido, rápido, interesante, incluso gracioso, y luego descubrir que es un entrechocar de piedras, un roce de hojas secas, un borbotón de agua… Fue estimulante hablar como dirigido por una serie de preguntas inesperadas, hilando tonterías y confesiones impensadas —dejándome hablar por el interlocutor—, pero me asusta la sensación final de perder por completo el control sobre mis palabras. Esta reflexión me hace pensar en la vieja superstición que ve en la fotografía el robo de un alma, y que seguramente costó más de una vida en el corazón de alguna tribu aborigen. Ahora la entrevistadora —que es, para mí, el interlocutor— tiene una conversación de más de dos horas grabada y puede sacar de allí la versión de mí mismo que ella prefiera. A pesar de su tiempo limitado, es de algún modo una conversación infinita. Cualquiera de esas versiones seré yo y al mismo tiempo otro que con toda probabilidad me costará reconocer. Será, también, el interlocutor.

No sé cuál de los tres escribe esta página.

 

 

Imagen: Robert Wilson, The Old Woman, 2013

32. Escalar en el espacio exterior

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Escalar una pared de roca es una de las mil maneras que hay de constatar lo inútiles que somos cuando nos arrebatan nuestras coordenadas más elementales. Flotar, andar boca abajo, desplazarnos horizontalmente. En su diario de formación, la astronauta italiana Samantha Cristoforetti —con un récord de permanencia en órbita de doscientos días—, escribe que al llegar a la Estación Espacial Internacional (ISS) su cerebro tardó varios días en reconfigurarse para entender que ya no podía confiar en lo que veía a la izquierda, la derecha, arriba o abajo. Esa es la verdadera relatividad del espacio. Para no perderse, debió componer un mapa mental de la estación y aprender a orientarse a través de él. De alguna manera así es como opera el cerebro de un escalador, pero en cuestión de segundos. Las piernas dejan de ser las raíces que nos unen necesariamente al mundo, no hay más adelante que un hacia arriba, y en muchas ocasiones ir hacia arriba implica un desplazamiento lateral. ¿Hacia dónde vamos? ¿De dónde venimos? Desde luego, no de la izquierda, de la derecha, de arriba ni de abajo.

 

 

Imagen: La escaladora española Dalia Ojeda en la via Tom et Je Ris (8b+/5.14a) en el Verdon, Francia

30. El descenso (otra biografía capitalista)

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He perdido dinero por un chicle.

He perdido dinero por un cómic.

He perdido dinero por un hijo de puta más grande que yo.

He perdido dinero por una cena.

He perdido dinero por unos Montana.

He perdido dinero por una película en pantalla grande.

He perdido dinero por un Discman.

He perdido dinero por un libro.

He perdido dinero por un Spalding.

He perdido dinero por un café.

He perdido dinero por una cerveza.

He perdido dinero por un poco de marihuana.

He perdido dinero por un concierto.

He perdido dinero por una mesa de mezclas.

He perdido dinero por una obra de teatro.

He perdido dinero por unas fotocopias.

He perdido dinero por la matrícula de un curso.

He perdido dinero por un abono de transporte.

He perdido dinero por media docena de huevos.

He perdido dinero por un depósito de gasolina.

He perdido dinero por una habitación de hotel.

He perdido dinero por un billete de avión.

He perdido dinero por […].

 

 

Imagen: Cien dólares ($) estadounidenses ardiendo.

29. A bordo de Los Editores

Café Con/suelo

Antes de ayer se cumplieron tres años desde la apertura en Madrid de la librería Los Editores. Prácticamente desde entonces me he sentido parte de la tripulación, aunque no fuera más que un grumete o un polizón. Y es que me empeño en utilizar la metáfora del barco para referirme a la librería hasta el punto absurdo en que me digo: Mario, qué pesao, para ya con lo de embarcarte, la tripulación, el velamen y demás historias. Para disculparme pienso que esa tontería mía algo tendrá que ver con el modo contradictorio en que suelo relacionarme conmigo mismo y con el grupo, siempre en esa cuerda floja que pende entre la soledad más absoluta y la necesidad de “hacer familia”. Así que pensar en mis compañeras como en parte de una tripulación es una forma de unión, de no pensar en los términos burocráticos del trabajo temporal y, en su lugar, hacerlo en los de una empresa de gran envergadura, una misión, una aventura.

Este delirio sano me ha permitido incluso disfrutar de una compañera librera a la que no conozco, lo cual no quiere decir que no exista. En lugar de por un olor o por cierta temperatura de la piel, la idea que tengo de ella como parte indeleble de la tripulación se la debo a una foto de perfil de Facebook y a una mezcla de rumores y leyendas que la definen a la perfección, o eso creo yo, que no la conozco. Por otra parte, ¿no es esa la manera en que conocemos a la mayoría de personas que creemos conocer? Una imagen y un anecdotario. En Los Editores tengo muchas imágenes y un anecdotario bastante generoso también.

Por eso no es tan raro que hable de un barco para referirme a la librería. Pienso ahora que esa idea la motivaron en un principio las escaleras de madera de la entrada, pero esas escaleras ya no están y lo que sigue alimentando la imagen del barco es la resistencia, su flotabilidad. Es el hecho de haber cumplido ya tres años lo que enciende mis ensueños de aventura, que el resto de la tripulación —he de decirlo— ha alimentado con igual capacidad de delirio, haciendo bailar sobre la cubierta de intemperie el buen humor, la música, el café, el cariño o la inteligencia. Hace unos días fui llamado a subir a bordo, pero tuve que decir que no. Solo he rechazado dos veces en mi vida subir  a un barco, y cualquiera que haya nacido y crecido junto al Mediterráneo sabe lo difícil que es pronunciar ese no. Por suerte, uno no deja de ser marinero porque pase temporadas en tierra, igual que una librería no deja de ser un barco por más tripulantes que le falten.

Yo las he visto desplegar las velas y sé que van a por el cuarto. No sé muy bien cómo lo hacen: levar el ancla, manejar el timón, mantener el orden, mirar al horizonte… Todo con muy pocas manos y siempre un poco a merced del viento. Ser librero no es siempre faenar en aguas tranquilas, aunque el mundo del libro sea para el lector común tan desconocido como las profundidades abisales del océano. Tres años navegando es mucho tiempo ya. Tanto, que es fácil imaginar que a veces la tripulación tenga ganas de abandonar la nave a la deriva y nadar hasta el puerto más cercano para emborracharse, pero, a pesar de lo que parece en las películas, abandonar un barco no es algo que se haga a la primera de cambio. Si no, Los Editores no habría cumplido tres años.

Antes de ayer lo celebraron, imagino que con ron, mariscos todavía vivos y alguna de ellas subida al mástil más alto para cantar una ranchera a voz en grito. Yo no pude estar en la fiesta y por eso lo celebro ahora, solo y en grupo. Cuando se dice que el ser humano es un animal social no se dice nunca que por un lado es animal y por el otro social, que las cosas no van tan juntas como quisiéramos. Pero estando solo y animal estas compañeras me invitaron a su sociedad secreta, y eso lo significa todo. Sería redundante agradecer aquí que esta tripulación me haya permitido faenar en sus aguas, tranquilas y revueltas a un tiempo. Sería inútil decir nada serio en un mensaje metido dentro de una botella que quién sabe dónde acabará. Pero no quiero seguir pensando ahora. Solo quiero celebrar, y que sople el viento.

 

 

Imagen: Librería Acqua Alta, Venecia

 

 

28. Silencio de tiempo

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Tiempo de silencio es una novela de Luis Martín-Santos y también el título de mis últimos diez días. Después del papeleo viene la extenuación, y más tarde las listas y los mejores del año. La gente ya empieza a hablar con un polvorón metido en la boca. Pronto se oirá a los primeros graciosos decir “hasta el año que viene”, estrechando nuestra mano y jugando con un guiño idiota a la especulación metafísica del tiempo. Pronto será fiesta y habrá banquetes y vómito y alcohol y matasuegras. Vuelven a escucharse las Zambombas del Apocalipsis, aunque hace tiempo que las luces están encendidas. Mejor las luces, siempre, que muchas negruras que leo y escucho a diario. Así mejor el vómito y los matasuegras. O sea que el silencio es siempre necesario. Eso digo para justificar estos últimos diez días de madriguera en madriguera, de madrugón en madrugón. Ni obligarme a escribir me cura a veces de la desidia, por eso me culpo. Ni el compromiso con los otros ni conmigo mismo. Bueno, a veces pasa. Es cuestión de tiempo. Silencio de tiempo. No todo el mundo sabe que hay que escupirse en la mano para hacer sonar una zambomba.

 

 

Imagen: Juan Muñoz, The Wasteland, 1987

27. El ascenso (una biografía capitalista)

Café Con/suelo

He recibido dinero por nada.

He recibido dinero por sacar al perro.

He recibido dinero por limpiar un coche.

He recibido dinero por cantar villancicos.

He recibido dinero por pedir para el Domund.

He recibido dinero por vender papeletas para el sorteo de un reproductor DVD.

He recibido dinero por vender pan y dulces en un puesto del mercado.

He recibido dinero por vender un reproductor Mp3.

He recibido dinero por repartir publicidad en los buzones.

He recibido dinero por un pellizco de hachís.

He recibido dinero por descargar camiones.

He recibido dinero por habérmelo encontrado.

He recibido dinero por repartir publicidad en la calle.

He recibido dinero por contar la recaudación de máquinas expendedoras.

He recibido dinero por escribir un relato.

He recibido dinero por enseñar español.

He recibido dinero por corregir y revisar un libro.

He recibido dinero por vender libros.

He recibido dinero por traducir un texto.

He recibido dinero por escribir sobre un libro.

He recibido dinero por hablar de literatura.

He recibido dinero por […].

 

 

Imagen: Un dólar ($) estadounidense.

 

 

26. El agonías

Café Con/suelo

En los más reputados círculos científicos se sabe que, más allá de la forma plural del “estado que precede a la muerte”, utilizamos el término agonías para referirnos a una persona que actúa de determinada forma bajo ciertas circunstancias. Se sabe, también, que hay muchos tipos de agonías. Sin embargo, es difícil definir a qué nos referimos cuando clasificamos a alguien con esta palabra: agonías. Mi yo más positivista no renuncia a la posibilidad de descubrir y demostrar el significado verdadero del término. Varios aspectos confluyen en la manifestación fenoménica derivada del comportamiento de aquellos individuos diagnosticados como agonías: algunos de ellos son la redundancia, la inutilidad y la vanidad. No obstante, ante la imposibilidad de su definición, quizá resulte útil exponer apenas tres casos a modo de exempla:

1. Quien camina un día lluvioso con el paraguas abierto y pegado a la pared, buscando además la protección de las repisas, y obligando a que los paseantes sin paraguas se desplacen sin remedio hacia el espacio más desprotegido de la acera: agonías.

2. Quien espera a que empiece una mesa redonda sobre un escritor (Bolaño, por ejemplo) leyendo el libro más representativo del escritor en cuestión (Los detectives salvajes, por ejemplo) para luego hacerse pasar en el turno de preguntas por un especialista en el escritor y en el libro en cuestión: agonías.

3. Quien participa en una mesa redonda en homenaje a un escritor fallecido (Bolaño, por ejemplo) en calidad extraliteraria (amigo, por ejemplo) para acabar concluyendo con algo que podría haber dicho cualquiera (era buena persona, por ejemplo): agonías.

Advertencia: la vida es una agonía, que podría haber dicho Quevedo. Esto quiere decir que nadie está libre de encontrarse, aun sin proponérselo, en el punto en que confluyen la redundancia, la inutilidad y la vanidad. Si fuésemos inmortales, que diría Borges, lo imposible sería no encontrarse alguna vez en ese punto. Todos somos un poco agonías. Lo importante, lo que hay que evitar, es ser El agonías.

 

 

Imagen: M. C. Escher, Drawing Hands, 1948

25. Kafka de Black Friday

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“Todos los días tengo que escribir por lo menos una frase en mi contra”, escribió Franz Kafka. Ni ganas de escribir eso tengo hoy. Será porque el frío se me ha metido en el cuerpo. Seguramente ha sido al salir del Café Comercial con María, cuando ha sonado la sirena que avisa del cambio de turno —la merienda— y han empezado a entrar ancianas en grupos de tres y de cuatro, ávidas de churros y café con leche. Nosotros nos hemos levantado, hemos pagado en la barra —nos han cobrado de menos— y hemos salido a la calle donde corría un aire helado. De dos cafés calientes al frío húmedo de un día lluvioso hay apenas una puerta de cristal y madera. El frío afecta al humor y aprieta las carnes. He caminado hasta mi casa esquivando transeúntes adictos al Black Friday de los martes, agradecido porque Carmena haya ampliado las aceras. Después de resistirme a la idea de comprar algo de cena, he abierto la puerta, he comprobado el buzón —nada— y me he sentado a pensar. Me ha costado entrar en calor. He pensado en esa frase de Kafka y en si no será lo mismo decir “todos los días tengo que escribir”. ¿Acaso todo lo que escribo no va de alguna forma en mi contra? El otro día decidí que no escribiré los sábados, ni los domingos, ni los días de guardar, como un funcionario gris. Tampoco escribiré cuando publique una reseña (lo haré cuando me dé la gana). Entre otras cosas, hoy no tenía ganas de escribir porque se me ha metido el frío en el cuerpo, pero no es sábado, ni domingo, ni día de guardar. Luego he pensado en Kafka y en esa imposición suya de escribir por lo menos una frase diaria. He pensado también en esa otra frase de Kafka que cita Vila-Matas —y que a saber si no es de ninguno—: “un escritor que no escribe es, de hecho, un monstruo merodeando la locura”. He comparado las dos frases y he sopesado su carácter obligatorio (la salvación por la escritura), pero ninguna me ha convencido. La motivación que necesitaba estaba todavía más cerca: hoy no es sábado, ni domingo, ni día de guardar, y yo no soy como esos que salen de Black Friday un martes. Kafka tampoco.

 

 

Imagen: Robert Crumb, Kafka, 1993