Yonquis de las letras, Jorge Comensal

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Hace unos años que venimos disfrutado de la colección de ensayo breve de la editorial La Huerta Grande, pero hasta ahora ninguno de estos títulos se había inscrito en la tradición del ensayo con mayúsculas con tanta fuerza como Yonquis de las letras (2017), de Jorge Comensal. Tras una portada austera y un formato limpio, el autor mexicano dispara una bala de cañón con este texto inteligente, certero y divertido.

Como el padre de los Ensayos, Jorge Comensal utiliza al texto como pretexto para narrar las peripecias del sujeto, o al sujeto como pretexto para narrar las peripecias del texto: «el ensayo como acto de narcisismo caníbal», ha escrito el propio Comensal. En cualquier caso, este libro elabora la idea central de la adicción literaria por acumulación de experiencias propias o ajenas, verdaderas o apócrifas –qué importa–, para ofrecer un catálogo materialmente breve, pero virtualmente infinito, de casos y causas de dependencia de la letra impresa. Una dependencia de la que ya nos advierten las primeras palabras del libro:

 

De todos los apetitos, leer es el más tramposo. Parece una costumbre inofensiva, pero tiene sus peligros y locuras, excesos y trastornos. Opio, bingo, sexo, tabaco, Biblia, marihuana… Los libros también enganchan la vida a su consumo.

 

De figuras ya conocidas por todos, como Don Quijote o Madame Bovary, a rarezas bibliófilas inenarrables y extraños lectores compulsivos, como Adolf Hitler. Comensal conoce el tema que tiene entre manos, y lo conoce por haber soportado literalmente entre manos aquellos libros que durante años fueron pasto del insomnio, la obsesión y la soledad. Entre páginas que saciarán al más hambriento de referencias librescas y conexiones inauditas, se cuelan íntimas confesiones, guiños privados llenos de ironía, recuerdos más o menos amargos de los que portan consigo la dicha y la desdicha de ser un adicto, un verdadero yonqui de las letras.

 

Por lo pronto reconozco que los excesos me resultan familiares. Mi abuela solía decir «Me gusta la copita» al borde de la congestión alcohólica. Mi padre volvía a casa dando tumbos y me encontraba, como siempre, a solas con un libro. «Estás loco», balbucía. Ninguno de los dos se percataba de cuánto nos parecíamos. Heridos por el mismo fuego, tratábamos de apagarlo con gasolina.

 

Este hecho hace que resulte hermoso y fácil creer en la sintomatología y la casuística que Comensal expone y analiza, como leyendo Opio, de Cocteau, nos dejamos llevar por el olor del humo, el color desdibujado de las alucinaciones y el tacto nebuloso de los almohadones orientales.

 

De vacaciones forzadas en el rancho de un pariente, al calor de una fogata concurrida, un tipo de bigote nietzscheano y cultura paleolítica me preguntó qué quería estudiar cuando fuera a la universidad. «Letras», le respondí con orgullo quinceañero. «Para eso no estudie —me dijo—, que yo se las enseño: a, b, c…». No me ofendió la broma simple sino la carcajada unánime que provocó. Sentí mi soledad elevarse al cuadrado. Para calmarme pensé en Si te dicen que caí de Juan Marsé, la novela que estaba leyendo. En medio del desierto de Coahuila, mi cerebro se fugó a Barcelona con Java y Sarnita; sin ellos el purgatorio de aquellas vacaciones habría sido un infierno. Muchas veces pasó lo mismo. La enfermedad, el luto y el despecho, una adolescencia infame que recuerdo sin odio gracias a los libros. Mi dicha fue con ellos solamente, una vida de mierda con perfume de azahar.

 

«¿Por qué aspiro a leerlo todo?», se pregunta el autor enunciando la clave misma de su libro. Quizá para devolverle a la literatura aquella salvación de infancia, quizá por mero placer, quizá (como hacen la mayoría de fumadores) porque no puede dejarlo. La respuesta es la desgracia de la pregunta, decía Blanchot, y esta duda no puede más que quedar sin solución para que sigamos leyendo, presos de la fiebre y del vicio.

Montaigne, quien sin duda alguna habría disfrutado este texto, escribió en el octavo capítulo de sus Ensayos que la melancolía –afección que aborrecía– lo asaltaba en momentos de tedio y ociosidad sin que pudiera hacer nada para evitarlo, y que fue ese mismo humor melancólico lo que primeramente le metió en la cabeza «el desvarío de empezar a escribir». ¿Qué otro humor es capaz de meternos en la cabeza el desvarío de empezar a leer? ¿Qué humor, si es que existe alguno, es capaz de curarnos ese desvarío?

La melancolía, como la manía, el ataque de nervios o la histeria, son males o afecciones que se mueven en un limbo pre-clínico. Hace tiempo que sabemos que no tienen nada que ver con el color de las secreciones del hígado o con el temple del alma, y, sin embargo, hablar de depresión clínica exige una rotundidad que ciertos caracteres dados al ensimismamiento, la soledad y el silencio no toleran.

La adicción a la lectura, tal y como el autor de este libro la plantea, sobrevuela los campos del delirio, el trastorno, la obsesión, la vasta locura y la humilde timidez. Es un mal inclasificable, siquiera como «mal». Como el «mal de Montano», aquella enfermedad de la literatura ideada por Enrique Vila-Matas en una de sus mejores novelas, cuyas consecuencias sobre quien la padece son que no puede dejar de vivir su vida a través del tamiz de lo literario.

El tema, ya de por sí, es interesante, sobre todo para quien acarrea en su interior, más o menos latente, ese mal de la literatura o de la lectura que tanto bien hace. Un veneno balsámico. Un verdadero pharmakon. Sin embargo, ¿qué mérito tiene disponer ante el humilde lector un tema interesante, más aún si el lector ya cuenta con esa predisposición patológica a disfrutar del tema libresco? Bueno, el mérito ciertamente existe, aunque algunos vean en él un mérito estratégico como el de un experto en marketing y en Big Data. Pero el punto fuerte de Yonkis de las letras no es la elección del tema sino su realización, su formalización.

Un libro que habla de adictos a la lectura o de lectores compulsivos podría haber sido una verdadera chapuza. En cambio, Yonkis de las letras es una apuesta enorme y brutal por la conjunción perfecta de la pasión lectora y el talento literario de su autor. Desde Borges, muchos son los autores que han querido definirse mejores lectores que escritores, en un ejercicio táctico de humildad que libere de algún modo el peso de sus responsabilidades literarias, como queriendo hacer creer a los lectores que la escritura de un poemario, una novela o un ensayo es fruto del azar, o cuando menos una actividad secundaria y lateral respecto de la lectura.

Por el contrario, son pocos los autores que, como Borges, han sabido desmentir y desmontar en la práctica su propia estrategia publicitaria, siendo igual o mejores escritores que lectores. Octavio Paz, Alfonso Reyes y Sergio Pitol –los tres mexicanos– se cuentan entre estos seres excepcionales. También Cervantes –si se me permite–, o el citado Vila-Matas, o Roberto Bolaño, o el propio Jorge Comensal.

No debe ser fácil abordar un texto como este con las expectativas de volverlo legible y, menos aún, ameno y entretenido. Sin embargo, Jorge Comensal lo ha conseguido. El lector que se atreva con Yonquis de las letras no se arrepentirá, y tendrá entre sus manos todo el peso de la literatura, pero con la ligereza y la sencillez –que no simpleza– de un chute de heroína. La sangre hierve –dicen–, los ojos se vuelven –dicen– y el espíritu se adormece –dicen– extasiado en un pasar las páginas sin freno, sin fin, hasta que este ensayo, que te agarra con las zarpas de una buena novela, entra en ti y ya no te abandona.

 

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