Walden. Edición 200 aniversario, Henry David Thoreau

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Mientras se celebra el segundo centenario de la muerte del escritor, agrimensor y filósofo norteamericano Henry David Thoreau (1817-1862), hay jóvenes que plantan tomates en sus balcones mientras le roban la conexión wifi al vecino. La historia ya nos la sabíamos, o creíamos saberla: un tipo raro, “medio intelectual-medio depredador salvaje”, se retira al bosque para vivir una vida más plena que la nuestra, es decir, que la del común de los mortales. Por eso a mucha gente le da pereza acercarse a Walden, como les da pereza leer el Peter Pan de Barrie o incluso El Quijote, porque creen que ya se lo saben. ¡Crassus Errare!

El texto de Thoreau está lleno de sorpresas, que gracias a la editorial Errata naturae podemos redescubrir y disfrutar en una nueva edición conmemorativa ilustrada por Michael McCurdy, traducida por Marcos Nava García y prologada por el mismísimo Michael Onfray. Pero antes de nada: la pega. Esta edición, cuidada y detalladamente anotada por el traductor, presenta un texto de contracubierta cuasi ilegible por la confusión que resulta entre la tipografía en negro y la boscosa imagen del fondo. Si lo que se pretendía era producir una metáfora que generase en el lector el efecto visual y metaliterario de estar dentro del bosque o, incluso, significar que el texto y la vida salvaje son de algún modo la misma cosa y que no podemos sustraernos al impulso instintivo de armonizar con el cosmos la naturaleza contradictoriamente cultural de nuestra lectura, no está mal. Por el contrario, si no hay bases neurocientíficas que sustenten la superposición de planos: mal visto, señor diseñador.

En cualquier caso, éstas son minucias que solo un lector exquisito y justo de dineros juzgará seriamente. El texto no desmerece por ello, sino que, sabedor de su protagonismo, se crece y nos impone la mejor de sus lecturas. Empecemos entonces por el principio. Con prejuicios o sin ellos, el lector que se acerque a Walden, publicado originalmente en 1854, se encontrará con una suerte de crónica razonada de la temporada que Thoreau vivió en los bosques cercanos a su ciudad natal, Concord, en Massachusetts, junto a la laguna de Walden, donde él mismo construyó la cabaña que habitó. Si bien es cierto, como señala Onfray en su prólogo, que de Walden pueden extraerse sin dificultad varios principios morales e intelectuales que uno puede aplicar a su propia vida, también es cierto que Thoreau no pretende adoctrinar ni busca seguidores que imiten su conducta.

Precisamente por lo difícil (o lo equívoco) que resulta decir lo que Walden es, prefiero insistir en lo que no es: un horóscopo, un almanaque, un consultorio psicológico, un diccionario, una enciclopedia, un mapa, una hoja de ruta, una aplicación de Google o un libro de filosofía para dummies. Al contrario, muy preocupado por la relación entre teoría y práctica, el autor no se limita a describir su actitud ante la vida, sino que predica con el ejemplo y muestra cómo puede vivirse una “vida filosófica”, en un sentido platónico del término.

 

Hoy en día uno se encuentra con profesores de Filosofía, no con filósofos.

 

Aunque el mito de un Thoreau huraño y misántropo, aislado del mundo y viviendo de forma autosuficiente, parece haberse impuesto en el imaginario colectivo (un colectivo pequeño, claro está), basta leer el prólogo de Onfray o acercarse a la biografía escrita por Robert Richardson (Errata naturae, 2017) para comprobar hasta qué punto el lector ha necesitado extremar las experiencias reales de Thoreau para hacerlas concordar con la profundidad de su pensamiento. Es como si necesitásemos creer que el autor pasó gran parte de su vida encerrado en una cabaña en estado salvaje, porque el hecho de que llegara a conclusiones tan lúcidas y atemporales en apenas dos años de experiencia intermitente en los bosques nos parece un fraude.  No, señores, a Thoreau merece la pena leerlo alejándolo de su sombra mítica, e incluso atemperando sus reflexiones más extremas (todas vigentes), porque solo así es verdaderamente útil.

Walden, como todos los libros escritos honestamente, es útil porque nos permite enfrentarnos a nuestras propias contradicciones y, en este caso particular, a las zancadillas morales que la vida civilizada nos plantea a todos, por poco que nos paremos a cuestionarla.

Pero sabemos que la palabra utilidad y los libros se llevan tan mal en nuestros días que solo Nuccio Ordine puede hacerlas convivir en un pequeño best seller sin salir malparado. No estamos ante un manual ni ante un libro de autoayuda. Thoreau, definitivamente, no era un gurú ni un coach, sino un tipo inquieto, extraordinariamente curioso e inteligente, que en un momento dado de su vida se propuso poner a prueba el trascendentalismo al que él mismo tanto debía, y del que su amigo y filósofo Ralph Waldo Emerson era líder indiscutible.

 

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome sólo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. […] Quería vivir intensamente y extraer el meollo de la vida, vivir de manera tan dura y espartana como para apartar todo lo que no fuera la vida, surcar una divisoria y llevar la vida hasta un rincón y reducirla a sus elementos básicos, y si resultaba mezquina, obtener entonces toda su genuina mezquindad y hacerla pública al mundo; y si fuera sublime, saberlo por experiencia y poder dar cuenta de ello en mi próxima excursión.

 

El libro está dividido en varios capítulos que se corresponden con más o menos nitidez a los temas o asuntos que se tratan en cada uno de ellos (Economía, Sonidos, Visitantes, Calentar la casa, La laguna en invierno…). Esta estructura nos recuerda que no se trata de un diario, ni de un mero cuaderno de anotaciones, y que Walden se publicó varios años después de que Thoreau abandonara la laguna, dándole tiempo a perfilar los temas, depurar el texto, complementarlo con citas y referencias, y enriquecerlo con reflexiones sosegadas.

Si bien es cierto que al autor le preocupaban especialmente la simplicidad y la sencillez, que valoraba como grandes virtudes encarnadas en distintos episodios y motivos a lo largo del libro (“La vida se nos pierde en los detalles”, escribe), Walden es muchas cosas antes que un texto improvisado o impetuoso. La sencillez nada tiene que ver aquí con la inmediatez o la irreflexión. Al contrario, su escritura es limpia porque su experiencia ha sido tamizada por el tiempo y las lecturas.

Así debería ser también nuestra lectura de Walden, y no una hojeada desesperada como la de un adicto a los tutoriales de Youtube o al foro de Yahoo Respuestas.  Han pasado muchos años y la obra maestra de Thoreau sigue inspirando, evocando y sugiriendo nuevas y mejores formas de vida. Su lectura resulta cada día más recomendable. Sus reflexiones sobre la educación, la economía doméstica o las relaciones humanas son de lo más actuales. Sin embargo, hay un trasfondo vibrante, difícil de identificar, relacionado con lo que Thoreau llama “leyes superiores”, que da verdadero sentido al texto. Si de su teoría (derivada de la práctica) somos capaces de realizar una nueva práctica (y quién sabe si una nueva teoría), esta tendrá que ver, en el sentido humanista, con un espíritu más elevado, más respetuoso, más responsable y más perfecto.

La vía es sencilla y aún hay tiempo. Dado que Thoreau no cree en la caridad ni en la “filantropía”, no lo veremos construyendo para nosotros una cabaña en el bosque.

En cambio, con estas palabras nos presta la mejor de las herramientas posibles:

 

No sé de un hecho más alentador que la incuestionable capacidad del hombre para elevar su vida mediante un esfuerzo consciente. Ya es algo poder pintar un cuadro o esculpir una estatua o embellecer ciertos objetos, pero mucho más glorioso es pintar las atmósfera y esculpir el medio que atraviesan nuestras miradas, lo que resulta un acto moral. Afectar la calidad del día, ésa es la más elevada de las artes. 

 

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