Ordesa, Manuel Vilas

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Por Elena J. Gomariz

 

Ordesa o una autobiografía de la sangre.

Contempla, con la pasividad y la ausencia que deja el dolor en los ojos, la luz de la entrada. La antigüedad de los muebles no tiene luz; está apostada en la sombra. Tal vez faltarían algunas cuantas cosas, daños menores, por la persistencia del olvido o la falta de memoria. A todos se nos marcha una sombra, un invierno, de vez en cuando. A todos se nos olvida sacar la basura, fregar los platos o llamar a mamá. A mamá nunca la llamamos (a no ser que necesitemos cualquier nimiedad cotidiana, un plato de comida, qué sé yo). Y a papá aún lo olvidamos más. Tras atravesar el umbral, el corazón necesita más oxígeno y sangre para continuar sin resquebrajarse; sin hacerse trizas, como los espejos en los que reconoceremos nuestro último rostro. Ha entrado, al fin, en Ordesa.

Manuel Vilas (Huesca, 1962), autor de Ordesa (Alfaguara, 2018), estudió filología hispánica y ejerció durante veinte años como profesor de Secundaria, oficio que decidió abandonar para bien de nuestra literatura. Ha escrito (y mucha) poesía, además de ensayos y numerosas novelas, entre las que destacan Aire nuestro (2009) o Lou Reed era español (2016). Por lo demás, y volviendo a Ordesa, el éxito que la avala y sus numerosas ventas nos reconcilian con un tipo de escritura elegante, hermosa y, sobre todo, visceral, que agarra desde la primera palabra.

“La infancia –nos recordaba el belga Jacques Brel– es una noción geográfica”. Precisamente Ordesa –topónimo omitido hasta la página 142, si no me falla la memoria– convoca el amarillo desgastado de una fotografía (todo el libro es una mezcla de letra e imagen, de arte ágrafo y culto al logos) o de un olor, pero sobre todo de un lugar y cierto verano a lo lejos. Más allá de atenerse a una mera recuperación del paraíso perdido, se erige casi símbolo del atavismo español y quiebra todos los cánones del género. El resultado es una confesión, un diario, una autobiografía (individual y colectiva) que consigue romper el pacto de lectura y mezclar los límites entre ficción y no ficción.

La novela de Manuel Vilas es también, y por encima de todo, un homenaje a la literatura y al arte de la memoria de la carne, de nuestros seres queridos, de lo que queda tras la vorágine o la muerte. Será por eso que exige relectura, detenerse en cada capítulo (que no son sino poemas o imágenes arrebatadoras de lo vivido), regresar como regresa el hijo pródigo, narrador mesiánico, sin posibilidad de salvar ya más que la esperanza. Decía Carme Riera al inicio de Tiempo de inocencia que “consustancial a cualquier paraíso es su pérdida, porque, de lo contrario, no sería paraíso. También en la pérdida se fundamentan nuestras vidas”. Y quizás no existan palabras que redefinan mejor, o de forma más aproximada, el corazón que late en Ordesa, su razón de ser. Nuestros lutos son tragedias domésticas que nos ayudan a sobrellevar las pérdidas o la merma de aquello que a nosotros nos parecía sagrado. El duelo que concede la escritura permite recuperar y recrear un orden cósmico, religión alternativa para nuestra fe personal. Ordesa, por todo ello, supone un arte poética sobre el amor más incondicional y puro que se nos ha dado en suerte conocer: una crónica familiar y social que invita a mirarnos dentro, recomenzar o releer, en silencio, nuestra historia, y así evitar, en el futuro terror, equivocarnos en aquello que más queremos.

 

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