Nefando, Mónica Ojeda

nefando

 

Por Mario Aznar

 

Nefando, más que una novela, es un acontecimiento. Acontece el lenguaje, acontecen los temas, acontecen los personajes, acontece el nombre. Por fin, un nombre: Mónica Ojeda. Este libro no está, sino que sucede, ocurre (en cada lector, supongo) de forma tan intempestiva e imprevisible como un brote psicótico.

He empezado mencionando a su autora porque con ella celebro una especie de vuelta a la autoría, hecho que no puedo dejar de destacar. No porque su primera persona se deje oír especialmente en las páginas de este libro (las voces de los personajes son ricas, distintas, impropias), sino porque leyendo Nefando he asistido al tenaz y necesario sabotaje del sistema literario: Nefando no es una novedad, un título más o un éxito efímero; Nefando es una escritura viva, una autora a la que seguir, una voz. Pueba de ello es el recientísimo fenómeno Mandíbula, también de Ojeda y editado por Candaya.

Hacen falta voces que nos guíen incluso a donde nunca hemos querido ir.

Nefando está salpicado de momentos luminosos y por él transitan temas incómodos (quizá los más incómodos), como la automutilación, las filias más desviadas, la violación o la sexualidad infantil. Pero los temas, que impresionan, que subyugan, son lo de menos. Cualquier panfleto de mal gusto puede hacer de la obscenidad un emblema, pero Ojeda propone una fórmula bien distinta, empapada de poesía y arañando el pudor incluso de las imágenes más explícitas y perturbadoras. Los personajes son la clave en este caso, porque Nefando es una novela de ideas, pero también de personajes. Ojeda evita la moralina y el morbo gratuitos al renunciar a un narrador privilegiado que nos cuente los hechos y además los valore. Al contrario, la narración la construyen distintos testimonios, entrevistas, confesiones y documentos que se dicen y se contradicen entre sí, que se aplacan los unos a los otros para no informar una versión autoritaria y, en su lugar, dejar respirar al texto. Entre el lector y el texto se genera ese silencio del que se habla en algún punto de la novela y que no existe más allá del lenguaje, sino en las propias palabras, en la conversación, en su falta de sentido.

El “gran narrador”, el narrador tradicional que quiere (aunque no puede) conocer y dar a conocer los hechos, es al mismo tiempo la voz que pregunta y la voz del lector. En ese personaje anónimo e informe confluyen la voz de Ojeda y la mía propia, interrogando a cada uno de los personajes sobre la Deep Web, la escritura pornográfica, el diseño de demoscene, los traumas infantiles o el mundo turbio y cotidiano de los carteristas de Barcelona. Los escenario son limitados, como en una obra de teatro, y todo sucede en un susurro. Bajo mi punto de vista, uno de los pilares que sustenta la belleza de esta novela es la relación que los hermanos Terán mantienen entre sí, llena de sutilezas y contradicciones. El personaje de El Cuco es “de verdad” y su lugar en el juego de voces es insustituible, Iván Herrera está bien construido, es intenso y necesario, y Kiki Ortega me interesa porque gracias a ella los personajes se multiplican y aparece Nella, otra figura tremenda y maravillosa. Pero los hermanos Terán son un hallazgo, no ellos, sino su relación. En esa intersección humana Nefando juega sus mejores cartas y termina de inclinar la balanza del exhibicionismo hacia la literatura de más alto nivel, hacia la contemplación y la escucha atenta de un mundo demasiado complejo.

El amor que une a Irene, Emilio y Cecilia Terán (por todo y a pesar de todo), es el que nos une a la escritura de Mónica Ojeda. Un amor puro, inocente, pero también envenenado, algo lunático. El amigo que me recomendó este libro me habló de Bolaño y del Marqués de Sade, y es cierto, ambos están ahí, inmersos en un mundo de videojuegos, tecnología y pasiones oscuras. ¿Quién se atreverá a decir si Nefando es un juego de horror, pornografía o amor? Yo me alegro de haber encontrado la voz de Mónica Ojeda. Una voz a la que seguir incluso a donde nunca hemos querido ir.

 

Fotografía de la autora: Lisbeth Salas.

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