Las hogueras azules, de Juan F. Rivero e Historia de la leche, de Mónica Ojeda

Por Jöel López

Apostar en verso

Dice Juan F. Rivero que “la amistad está por encima de la literatura”. Y lo dice porque él y Mónica Ojeda son amigos. Ese hilo invisible les hace sonreír cuando se citan, se leen y se explican en el acto de presentación de sus dos poemarios que Candaya ha publicado de manera consecutiva. En junio Las hogueras azules, de Juan F. Rivero, e Historia de la leche, de Mónica Ojeda, en agosto.

El consejo de una librera me puso delante las dos novedades cuando le pedí poesía actual en español. Ella apostó, yo aposté y ahora estoy contando el viaje de una doble apuesta en verso. Porque la poesía “debe ser un juego con las palabras” —dice Rivero—, pero también una apuesta a caballo perdedor, casi siempre. Precisamente, Ojeda hablaba del libro de Rivero con la imagen del caballero que es designado para custodiar un trozo de hielo bajo el sol: “Fracasará en su misión pero no puede dejarla a medias”. Porque Rivero trata de abarcar el infinito fijándose en lo pequeño, en lo cotidiano. Fracasa, afortunadamente para los lectores.

Juan F. Rivero construye un lugar donde gracias a antiguos materiales procedentes de oriente da vuelo a una voz actual conectada con la gran ciudad que es hoy el presente. El poeta sevillano ha destilado años y años de lecturas y estudios sobre la literatura oriental —”primero japonesa, luego asiática”— a través del alambique de una voz occidental y propia. Para descansar de la escritura de otro libro decidió “respirar” a través de la poesía breve. El alivio se convirtió en oficio y trasladó la idea del primero a la ligereza y brevedad de la respiración aliviada. Ahí nace Las hogueras azules.

Esa casa nueva que huele a hogar ancestral atesora ventanas casi en cada rincón: “La tarde extensa”; “sobre la piel del mundo”; “los colores del cielo no se dejan decir; “el vacío de las horas perfectas”; “las cosas son tan bellas que se rompen”. Versos dentro de poemas que abren ideas nuevas, conceptos sobre los que quedarse mirando como un paisaje vasto, otra vez inasible, pero bello. Como títulos de poemarios que aún no se han escrito, o sí. Ventanas que hacen que la casa se levante sobre el suelo. Porque Juan cuando escribe, vuela.

Historia de la leche germina en tus manos cuando lo lees”. No hay mejor definición del libro de Mónica Ojeda como la que Rivero pronunció en el encuentro virtual de los dos poetas ante más de treinta lectores, escritoras y amigos. A Ojeda también le gusta jugar, y apostar. Dijo la poeta y novelista: “Quería contar una historia de destrucción”. Una historia, sin embargo, que no deja de palpitar en ningún momento. “Encajada con naturalidad”, que dijo Rivero, en la trayectoria de la autora de Nefando o Mandíbula, donde se ven trazos comunes, Historia de la leche es un poemario pero podría haber sido otra cosa: “Me gusta emborronar los límites de los géneros; puedes encontrar poesía en mis novelas y narrativa en este poemario”.

Aquí se sirve de la historia de Caín y Abel para subvertirla, cambiar el género y hacer hablar a una mujer que ha matado a su hermana Mabel ante una madre “totémica” que odia a una hija asesina que vive con el cuerpo de la hermana muerta pegado a sus huesos desde donde nace algo nuevo. Ojeda ofrece un viaje torrencial pero sólido, sostenido. Provoca pero no busca el susto o el asco del lector. Busca y busca en un laberinto de “mazorcas de dientes, de uñas que pelean rinocerontes machos que rasgan telas de mi corazón”, una respuesta ante la necesidad de destruir para nacer, de odiar para mantener la identidad, de ver cómo, a veces, la redención no es posible, la comprensión es inútil y la relación es imposible: “Madre e hija es una antinomia”.


Cuando el poeta se explica

Rivero y Ojeda se leen y encuentran conexiones de ambos en sus viajes poéticos. Y las explican, y se explican. Entonces soy yo quien relaciona un aspecto que vi pero no conecté hasta ver a los dos poetas en la pantalla. Es la necesidad del poeta de explicarse dentro del libro. En los dos libros está la voz del poeta, al margen de la voz poética desarrollada en sendos viajes, dando explicaciones de por qué está donde está. En Las hogueras azules, además del precioso “Prosopoema de una gota de lluvia” —que es una poética propia en forma de poema con mimbres orientales— y del prólogo, que no escribe Rivero, claro, pero que también explica el camino por venir, al final el autor escribe una nota donde aclara ciertos aspectos técnicos referentes a la poesía japonesa. Y el de Ojeda, tras ese viaje duro, violento, emocionante y sólido, con una voz poética de una pieza —llena de grietas pero de una pieza— termina con un decálogo de nueve puntos donde, ya la autora, habla de la escritura, la poesía, las metáforas y todo el viaje poético a través de la leche.

Y reflexiono si el autor, hoy, tiene esa necesidad de explicarse, de que quede todo claro por si acaso, más que en otra época. Quizás el miedo a no ser entendido. Quizás el mal poeta se pueda sentir obligado a mostrarse más allá de lo que escribe porque con lo que escribe no le alcance, pero este no es el caso ni de Rivero ni de Ojeda. Puedo intuir alguna motivación, pero no es necesario nada más que sus versos; que sus apuestas destinadas a fracasar. Son dos voces que no necesitan prólogos, ni explicaciones, ni algodones. Lo dicen todo con sus poemas. Y así debe ser. Cuando Juan y Mónica hacen poesía el trozo de hielo bajo el sol retrasa su final líquido al menos un instante. Misión cumplida.

Fotografía de Juan F. Rivero: Enrique Fuenteblanca

Fotografía de Mónica Ojeda: Sergio Cadierno

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