La velocidad de las cosas, Rodrigo Fresán

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Rodrigo Fresán (1962) nació en Buenos Aires y es escritor. Su primer libro fue Historia argentina (1991) y el último La parte inventada (2014). Además de por su estrecha relación con Bolaño y con Vila-Matas, Fresán nos gusta porque escribe de puta madre. Él mismo ha dicho que “el único recurso que le queda a la literatura en la era digital es el estilo”, y Fresán tiene estilo. Escribe con ritmo y elegancia -lo cual siempre se agradece- y el mejor vidrio de reloj desde donde poder observar y disfrutar de su estilo es La velocidad de las cosas, publicado por Tusquets en 1998 y reeditado por Mondadori (versión aumentada y corregida por el autor) en 2002.

La velocidad de las cosas es brutal. No es una novela ni un libro de cuentos. Son, como reza la contraportada, “catorce relatos que esconden la trama secreta de una novela para armar”. Fresán no es un Cortázar cibernético, tampoco “un Borges pop“, como se le llamó hace algunos años, porque Borges ya era pop. Es sencillamente Fresán. FRESÁN con mayúsculas y con toda su artillería de influencias musicales, televisivas, cinematográficas e historietescas. De Bob Dylan a Tarzán pasando por Vogue, los cómics de Marvel, las películas de serie B o El gran Gatsby de F. S. Fitzgerald.

En la edición DEBOLS!LLO son 601 páginas y aún así -me la juego- son pocas (me tiemblan las manos al escribirlo y pensar en los poquísimos libros existentes de los que el lector no recortaría algunas frases, párrafos, páginas e incluso capítulos enteros).  Debajo de su estética -irónicamente- sofisticada, Fresán da rienda suelta al monstruo de la literatura en una vorágine de historias y digresiones atravesadas como un espeto malagueño por el tema de la Muerte (desde todos sus ángulos) y otros Grandes Temas como son el Mal o el Universo. En muchos sentidos se trata de un libro de ficción ensayística en el que el tono reflexivo hace de la trama un ir y venir de ideas, hipótesis, antítesis y argumentos (conclusiones, ninguna).

Se trata de una escritura con grandes dosis de autobiografismo, pero para quien no sea amigo íntimo del autor (yo, por suerte o por desgracia, no lo soy) esto no importa. En todo caso, Fresán se ríe de sí mismo y de lo argentino (todo lo que viene de la Argentina), en un contexto de fin de milenio, fin de época, fin de una cultura, fin del mundo, al fin y al cabo. Y lo hace con un texto cargado de humor y frescura en el que historias de lo más singulares -la decadencia de un party animal, el relato de algún modo epifánico de un “hijo de puta”, la historia del hombre que interpretó a uno de los monos del comienzo de 2001: Odisea en el espacio (del espacio, en Hispanoamérica)…- se entremezclan con algunas teorías y disquisiciones sobre la lectura y la escritura que resultan de lo más interesantes. Ya sea con destellos de esencial claridad:

 

Toda vida -insisto- puede llegar a parecer dramática si al narrarla se omiten ciertos detalles decisivos. Cuando se lo cuenta todo, cuando se subrayan ciertas situaciones, cualquier existencia parece volverse más vulgar y comprensible. Saber contar, entonces, no es más que aprender a distinguir y descartar aquello que no debe ser contado.

 

O bien con perlas cegadoras como ésta:

 

Aquello que con el tiempo damos en llamar memoria es el motor que mueve toda manifestación más o menos artística, el sonido que hacen los espejos cuando conversan entre sí. Resignarse a la aceptada y por momentos bien vista capacidad para el olvido es resignarse a renunciar a toda posibilidad de desarrollarse como artista.

 

En La velocidad de las cosas hay, sí, metaliteratura (es decir, en el libro se habla de literatura), pero no se asusten, esto no quita que todas y cada una de las historias aquí narradas nos arrastren por sendas oscuras y absorbentes en las que, pasado el primer susto, nos gustaría quedarnos a vivir.

En este volumen los personajes, las anécdotas y los temas saltan de un relato a otro en un ejercicio magistral de intertextualidad interna, del mismo modo en que con el paso de las páginas nos encontramos metáforas leídas previamente pero insertas ahora en contextos nuevos, generando impredecibles significados de estreno.

Si aceptamos que todos los libros de ficción incluyen -casi siempre de forma implícita- una teoría sobre sí mismos, hemos de advertir que La velocidad de las cosas incluye entre luces de neón su propia crítica, se autoanaliza, se autodisecciona. Como si se tratase de una autopsia en carne propia, el libro de Fresán nos habla de sus puntos débiles y sus puntos fuertes -o de sus puntos débiles convertidos en puntos fuertes-, estetizando así tumores y orificios de bala:

 

Falta de práctica, terror de décadas y un espíritu y una estética claramente líquida o gaseosa -nunca sólida- definirán las páginas que siguen.

 

Así, advierte el narrador, el libro está dotado de “una cierta voluntad atómica e invertebrada”. Una forma, al fin y al cabo, en constante movimiento, cambio, metamorfosis, que busca adaptarse desesperadamente a “la velocidad de las cosas”: ¿la vida? ¿la realidad? ¿la conciencia? No lo sabemos. No sabemos siquiera si queremos saberlo. Se trata, eso sí, de un libro vertiginoso sobre las infinitas posibilidades de lo posible.

 

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