La otra verdad, Alda Merini

978841200801

 

Por María Ayete Gil

 

La primera vez que la poeta Alda Merini (Milán, 1931 – 2009) ingresó en un manicomio lo hizo para no salir, de forma indefinida, en los diez siguientes años. Su internamiento fue poco después de la publicación de Tu sei Pietro (1961), su cuarto libro de poemas, cuando todavía «era poco menos que una niña, [pero] tenía eso sí dos hijas y algunas esperanzas a cuestas». A partir de entonces, las entradas y salidas del hospital psiquiátrico emborronarán una vida, la suya, en perpetua lucha contra el estigma de la locura. La psiquiatría de los años sesenta creía en los beneficios de las terapias con electrochoques, la salvación por fármacos (Haloperidol, Pentothal, Ciclobarbital, Largactil, Valium, Mogadon…) y la deshumanización paulatina de unos enfermos cuya pasividad era síntoma de mejora.

Como si de rápidas instantáneas se tratara, La otra verdad. Diario de una diversa (Mármara, 2019) disecciona, con una prosa lírica sin ambages, las experiencias de la autora en el centro psiquiátrico milanés Paolo Pini. Escrito en primera persona, a mediados de los ochenta, y en un formato nada canónico de diario, Merini da voz al subalterno para retratar los abusos de los que fue testigo y víctima, la violencia sistémica, tanto física como psicológica, del lugar perpetrada por el personal sanitario, la desprotección de lo internos, sin apenas derecho a la higiene, la vigilancia panóptica, la suciedad, los gritos, el hedor de las heces, las electroconvulsiones o el desafecto instantáneo de los familiares tan pronto como se procedía a la “institucionalización” del enfermo (quien haya leído a Cristina Morales sabrá de lo que hablo).

Si hay dos temas que atraviesan el diario estos son, sin lugar a duda, el amor y la locura. Por un lado, destaca la búsqueda del amor como refugio en el horror del manicomio, una búsqueda que halla en otro interno su fruto y que concluye con un embarazo, hecho del que se deriva uno de los pasajes más desgarradores de la narración. Tras las miserias de una gestación y de un parto en aislamiento, Merini regresa a su casa para toparse con un marido que no solo la repudia, sino que reniega de la criatura, obligando a la madre a darla en adopción. «No teniendo más motivo para vivir, volví a presentarme en el manicomio donde había decidido pasar el resto de mis días y también, si fuera preciso, morir», sentencia en el diario tras la visita al orfanato. Sin embargo, aparece también el amor a la poesía y a su escritura, una práctica cuya persistencia en los años de internamiento permite a Merini sortear los altibajos de su ánimo y trazar en versos lo inenarrable sobre el diván de la clínica.

Por el otro, la locura y su encierro. «Ignoraba la existencia de hospitales psiquiátricos pues nunca los había visto, pero cuando me encontré dentro creo que enloquecí en el mismo momento en que me di cuenta de haber entrado en un laberinto del cual tendría muchas dificultados para salir». Y es que La otra verdad parece revelar, como lo hiciera también Foucault, que esa forma de visibilidad «manicomio» engendra comportamientos, palabras y silencios que, lejos de curar, crean y prorrogan la locura. La escritura de Merini lucha por reducir la distancia entre lo visible y lo enunciable mientras trata de aumentar la que separa la percepción del loco del discurso médico, todo ello en un texto donde las repeticiones, el desorden, la hibridación y la fragmentariedad parecen reproducir en retrospectiva los estados anímicos de la autora.

Para quienes disfruten con la poesía de Merini, en este diario hallarán, además de poemas inéditos, una llave que sin duda les permitirá aproximarse todavía más al universo de la autora. Para quienes, por el contrario, nunca hayan leído un verso de la italiana, la lectura de La otra verdad les abrirá las puertas a una escritura de intensidad, desgarro y lirismo extenuantes, capaz de aunar horror y belleza a partes iguales. Todos ellos, eso sí, bajarán de su mano a los infiernos.

 

 

Fotografía de la autora: desconocido

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