Imposible salir de la tierra, Alejandra Costamagna

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Por Mario Aznar

Imposible salir de la tierra es un libro de cuentos. Es un libro de cuentos y también un gran título. Es un libro que encierra algunos de los mejores cuentos de la autora chilena Alejandra Costamagna, escritos entre 2005 y 2015, y es un gran título publicado en España por Barrett, una editorial independiente que viene dando guerra desde Sevilla con títulos de Llucía Ramis, Rosa Moncayo o Fernando Mansilla, por citar solo algunos de la colección de narrativa que me resultan (Boyero al aparato) especialmente estimulantes.

Entre las iniciativas más interesantes de esta editorial con firme vocación de freno de mano (detener el ritmo frenético con que desaparecen algunos libros que no lo merecen es una de sus principales razones de ser), se cuentan la edición de un genial ensayo sobre Benidorm, el premio de fanzine ¡PAF!, organizado junto a La Fuga Librerías, y la serie de libros “apadrinados” por un editor esporádico: ahí están Madrid es una mierda, de Martín Rejtman, presentado por Patricio Pron; Treinta y seis metros, de Santiago Ambao, presentado por Sara Mesa; y el inminente Panza de burro, de Andrea Abreu, presentado por Sabina Urraca.

Que una pequeña gran editorial guerrillera puede sorprenderte, ya lo sabías, pero que además puede hacerlo con la colección de cuentos de una de las escritoras más aclamadas de la literatura hispanoamericana actual, eso es otra historia. En Imposible salir de la tierra hay once relatos brutales y un glosario algo delirante, que, si bien puede ayudarnos a encontrar el significado de ciertas palabras desconocidas, también nos hará perdernos en un mundo desbordado de albarrotes, cafiches, schops, peladeros y macanas. Y es que todas las historias narradas en este libro salen de Santiago al mundo para no salir nunca de la Tierra.

Al estilo depurado, a la escritura pulida y precisa de Costamagna —reciente finalista del Premio Herralde de Novela por El sistema del tacto (2018), la acompañan historias muy diversas entre sí, pero que guardan un vínculo profundo a través de los espacios cotidianos, del realismo casi siempre aplastante y de la idea de fractura que atraviesa todo el libro.

Lo que veía ahora no era una persona. Era una mudanza, una evaporación, otra cosa. Supuso entonces que eso era morirse: apagarse de poco a poco, como un solcito de otoño […] Les dicen cuerpos. De un minuto a otro dejan de ser personas y pasan a ser cuerpos.

La muerte, el cansancio, la separación y la inercia saltan de un relato a otro —también desde cuentos anteriores, como “El olor de los claveles” o “Cielo raso”— en forma de obsesiones personales y derrotas que de alguna forma no lo parecen porque el éxito nunca estuvo a la vista. La normalidad de los personajes desemboca, generalmente, en tragedia, y, al contrario de lo que suele suceder con muchos textos breves, no es difícil empatizar con estos seres perdidos, conmovedores, cuyas frágiles existencias el lector no podrá abandonar hasta la última de todas las páginas.

Pero no nos llevemos a engaño: que su lectura sea ágil no implica una lectura cómoda. Hay miedo en estos relatos, hay vértigo, pero sobre todo hay desesperación y desesperanza. El título del libro, que deriva del tercer cuento de la colección —el mejor, quizá, junto a “Are you ready?” y “Cuadrar las cosas”—, es claro como el agua clara. La imposibilidad de salir de esa Tierra alegórica aleja seguramente la posibilidad misma de la alegría, pero no de la ternura, con la que Costamagna riega algunas escenas memorables de esta colección necesariamente irregular.

La ternura, sin embargo, es corporal, sensorial —visceral incluso—, y no subsana con su presencia la falta de un fondo emocional en el que pisar firme. El lector que note este desapego, este radical extrañamiento, corre el peligro de desorientarse, pues una cierta pátina onírica en la escritura de Costamagna promueve la sensación de lejanía, de distancia. Como escribió Horacio Quiroga en ese decálogo quizá menos desfasado de los que parece: “No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego”. Costamagna desarrolla, sin tener que decirlo, su propio decálogo del perfecto cuentista, con sus estrategias, manías y contradicciones. Sin embargo, la autora tampoco permite que la narración malviva bajo el imperio de la emoción, sino que la somete hasta volverla un fantasma de sí misma. Alejandra Costamagna no relata con ayuda del lenguaje, sino que relata en el lenguaje, y ahí es donde sobrevive la esperanza: solo en el resquicio de la escritura se puede uno alejar de la emoción. Por lo demás, es imposible alejarse de estas historias, salir de ellas, como es imposible salir de la Tierra.

Fotografía de la autora: Alejandra Costamagna

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