El oso Ondo, Alejandro Fernandez Aldasoro

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Por Jöel López

El mejor ajuste de cuentas es el que empieza por uno mismo. En El oso Ondo, Alejandro Fernández Aldasoro (Bilbao, 1970) se pone a parir. No deja títere con cabeza y el primer guiñol a descabezar es el propio escritor bilbaíno. O mejor dicho, Pedro Egaña. “No es posible ser menos de lo que se ha sido sin pagar el precio de la decepción”, arranca Alejandro sobre Pedro, o viceversa. La obra, la tercera novela de este creativo publicitario residente en San Sebastián, narra la vida de Egaña, un creativo publicitario en tres momentos concretos de su vida a lo largo de veinte años. Tiempo en el que Aldasoro da un repaso, nunca mejor dicho, al mundo publicitario: “La publicidad es un oficio acomplejado”, y a la gente que lo habita: “Los creativos veteranos se dividen en sicópatas, autistas o cínicos”. Y lo hace, como digo, poniéndose delante: “Pedro Egaña era el invitado que estaba retardando demasiado su salida. El mueble que su mujer apartaba cuando pasaba la aspiradora”, recibiendo él primero los golpes de un deterioro personal y profesional que Aldasoro disecciona con un cinismo y lucidez que solo el humor puede hacer digerible y solo el amor puede salvarle de sucumbir a dicho deterioro masivo. Como una píldora azul con sabor a piña que evite el colapso multiórganico definitivo.

Alejandro Fernández Aldasoro dice que no le gusta escribir, que no tiene método ni rutinas. Cuando siente la necesidad de escribir, simplemente escribe. “A veces le había dado por escribir cuando se sentía angustiado. Prácticamente se hacía los textos encima”, leemos en su última novela, publicada en 2019 por el sello vasco Txertoa. “Egaña solo pensaba al escribir”, concluye.

Aldasoro ha escrito un mapa. Un mapa múltiple. Es un recorrido cartográfico por la publicidad, con sus cumbres y depresiones pero también es un mapa del tesoro en el que buscar una salida, una solución, un despertar definitivo entre tanta hibernación social y personal. Y, por supuesto, también es una hoja de ruta. Una guía de Alejandro/Pedro por un mundo sin salvación posible en el que se inventa, o no, un destino, un objetivo, un propósito. Al fin y al cabo, ese es el cometido de la ficción: convertir, con un poco de tiza, una grieta en la pared en una sonrisa. El oso Ondo condensa lo mejor de la narrativa de Aldasoro, que merece ser descubierta más allá de las fronteras de Euskadi. Es autor, también en Txertoa, de Un viajante y Tal vez sea suficiente, dos novelas finalistas del Premio Euskadi de literatura y de Aversiones, un retorcido y divertido libro de relatos.

El primer guiño de la historia llega desde la portada: una portada que habla. Es uno de los pocos libros que se empiezan a leer sin necesidad de abrirlo. El título, El oso Ondo, propone un juego de palabras entre el euskera y el español. “Oso ondo”, en euskera, significa “muy bien”. Cuando se cruza esa expresión con el plantígrado patrio nace un título equívoco pero divertido que descoloca al lector. Primer punto para Aldasoro. El segundo guiño es el del oso de la portada. Una ilustración realizada por Elena Odriozola que muestra un animal grande y en pijama con un ojo abierto y otro cerrado. Hace referencia, lo sabremos después, a una campaña que realiza Pedro Egaña junto a Juliana, la directora de Arte con la que colabora. No sabes si el oso está medio dormido, medio despierto o simplemente te está guiñando el ojo. No es la primera vez que Odriozola colabora con Aldasoro en sus libros, de hecho siempre lo hace. La diferencia es que esta vez la imagen es reflejo del proceso del protagonista. La imagen no cambia, pero Pedro sí y nosotros, lectores, también. Al cerrar el libro, la imagen del oso Ondo no es la misma. Puede que sí, pero no. Es uno de los sutiles hallazgos narrativos de esta novela.

Otro es la voz insolente del narrador, que, de vez en cuando, levanta la mirada de lo que está contando y  reflexiona y se desnuda ante nosotros. Como esos actores que están hablando y de repente miran a cámara y se dirigen al espectador directamente. Al principio desconcierta un poco, pero luego no quieres que pare. Y todo esto en menos de 140 páginas. Dice Aldasoro que suele tender a las estructuras circulares, a la repetición, a volver al mismo sitio una y otra vez. La ilustración de portada es un buen ejemplo de ello, pero, cuando parece que empieza a sobreexplicarse, Aldasoro decide acabar la novela. Como esos amigos que comienzan a hablar y notan que están aburriendo y se callan. No abundan, es cierto, pero existen y es de agradecer.

Fotografía del autor: Diego Zarrabeitia

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