El arte de la fuga, Sergio Pitol

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Sergio Pitol nació en Puebla, México, en 1933. Además de su obra narrativa, Pitol es padre de varias traducciones del inglés de autores clásicos como Joseph Conrad, Lewis Carroll o Jane Austen. Como Borges, Segio Pitol parece haberlo leído todo, pero es que, además, también parece haberlo vivido todo.

En 2005, la editorial Anagrama publicó una suerte de antología titulada Los mejores cuentos. El volumen contaba con una presentación de Enrique Vila-Matas, quien en diversas ocasiones ha reconocido al autor mexicano como su maestro. Estos cuentos reunidos han auspiciado, sin duda, una mejor recepción -al menos en España- de la obra de Pitol, quien también se ha visto favorecido por el aumento progresivo del reconocimiento que crítica y público vienen otorgando, desde hace ya algunos años, al autor de Bartleby y compañía (2000).

La obra literaria de Pitol es abundante y está repleta de títulos extraordinarios. A pesar de las numerosas distinciones que se le han dedicado -el Premio Juan Rulfo y el Premio Herralde de Novela, entre otras- Pitol sigue siendo un escritor de minorías. Admirado por muchos y obviado por otros, Pitol representa lo mejor de la literatura contemporánea escrita en español. En su obra, el sentido del humor, la poesía de lo cotidiano y la cotidianidad de la Poesía (léase pintura, música, cine…) hacen de red sobre la que saltar a ciegas.

Probablemente, la mejor expresión de esta manera de hacer sean sus ficciones ensayísticas, o sus ensayos biográficos, o sus crónicas literarias de viajes. Da lo mismo. Los géneros son etiquetas y, como tal, cambian con el tiempo y en relación al grupo social que decidió ponerlas. En cualquier caso, de esta modalidad de escritura son maravillosos ejemplos -recientes- El viaje (2000), El mago de Viena  (2005) o el libro que nos ocupa, El arte de la fuga (1996).  No en vano, en el año 2007 estas tres obras pasaron a conformar un único libro bajo el título de Trilogía de la memoria.

 

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El arte de la fuga es un libro inclasificable. Memoria, ensayo, novela, libro de viajes imposibles y atomizados entre Siena, Roma, Varsovia, Praga, Venecia, Barcelona y Chiapas… Viajes en el espacio y en el tiempo (en el tiempo de la historia y en el espacio de la memoria). Viajes a través de callejones, sótanos, cafés y trattorie que urbanizan y enloquecen el espíritu.

Pitol derrocha inteligencia y generosidad al narrar sus recuerdos y dibujar para el lector un pasado hermoso y cautivador. Sin embargo, rechaza la opción de apelar únicamente a la mirada nostálgica de la retrospección. Al contrario, el escritor nos abre su mochila de viaje: la que ha portado durante tantos años de escritura y de labor diplomática, llenándola de experiencias enriquecedoras que en muchas ocasiones derivan de su amor por la pintura, por la conversación, por el paseo.

 

Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas.

 

El libro comienza con un narrador que cree haber perdido sus gafas y se mueve por Venecia contemplando un presente borroso, impresionista, en el que todas las paredes y todos los rostros se deben a la paleta de colores de un Tiziano, un Tintoretto o un Veronese. Qué hermosa puede ser una vida miope… Y qué gran metáfora puede ser la miopía para hablar de un tiempo lejano y, por tanto, un poco extraño, difuminado, como vivido por alguien que no eres tú.

El optimismo y la vitalidad son quizá las claves para entender esta obra estructuralmente fragmentaria, pero cuya unidad, sin embargo, es indudable. El libro se divide en cuatro apartados titulados “Memoria”, “Escritura”, “Lectura” y “Final” (Viaje a Chiapas). De tal modo que la admiración por todo lo que hay de interesante y de hermoso en el mundo, la actividad creadora, el homenaje a autores universales y la idea del desplazamiento como detonante de cambios y favorecedora del entendimiento más lúcido confluyen en El arte de la fuga.

 

La memoria trabaja con la misma lógica oblicua y rebelde de los sueños. Hurga en los pozos ocultos y de ellos extrae visiones que, a diferencia de las de los sueños, son casi siempre placenteras. La memoria puede, a voluntad de su poseedor, teñirse de nostalgia, y la nostalgia sólo por excepción produce monstruos. La nostalgia vive de las galas de un pasado confrontado a un presente carente de atractivos. Su figura ideal es el oxímoron: convoca incidentes contradictorios, los entrevera, llega a sumarlos, ordena desordenadamente el caos.

 

Aunque la fuga es siempre -y al mismo tiempo- física, intelectual y emocional, en este caso particular la polifonía musical de la fuga barroca es lo que posibilita el encuentro contrapuntístico de ideas y temas tan variados. “Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces”, ha escrito Sergio Pitol en este libro. En ese caso -y sólo en ese caso- El arte de la fuga es una novela, la mejor de las novelas posibles, donde vida y literatura se abrazan sin enfrentamientos, con serenidad e inteligencia en una conversación de infinitas voces.

No es de extrañar que Pitol confiese haber disfrutado la lectura de alguien como Bajtin.

En uno de los textos centrales del libro, titulado ¿Un Ars Poetica?, leemos:

 

Recibí una invitación para asistir a la bienal de Narradores de Mérida, Venezuela, donde cada uno de los participantes debía exponer su propio concepto de Ars Poetica. Viví en el terror durante semanas. ¿Qué podría decir al respecto? A lo más que podría llegar, sospechaba, sería a bosquejar un Ars Combinatoria; más modestamente, a enumerar ciertos temas y circunstancias que de alguna manera definen mi escritura.

 

Contradiciendo su natural modestia, El arte de la fuga puede ser leído, de algún modo, como la realización de esa conferencia en Venezuela, como la puesta en práctica de una de las poéticas más personales e interesantes de la literatura escrita en español.

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