El antropoide, Fernando Parra Nogueras

Por Maria Ayete Gil

Creo que una de las mejores y más interesantes aproximaciones a la última novela de Fernando Parra Nogueras, El antropoide (Candaya, 2021), es la proveniente del psicoanálisis lacaniano. No es mi intención enredarme aquí con los tallos infinitos y espinosos de un pensamiento que, a buen seguro, ni siquiera atisbo a entender, sino simplemente apuntar un par de reflexiones que espero puedan despertar en el hipotético lector de estas líneas las ganas de acercarse a la obra de quien en 2019 fue finalista del Premio Azorín con Persianas (Funambulista, 2019), algo así como un relato de descampado –que diría Isaac Rosa– en la estela de Nada es crucial, de Pablo Gutiérrez (reeditado por La navaja suiza en 2020) o La última vez que fue ayer (Candaya, 2019), de Agustín Márquez.

De acuerdo con Lacan, los seres humanos somos sujetos horadados, es decir, sujetos de los que únicamente es visible una parte. Somos, también, incapaces de observar esos agujeros, la nada, el conjunto vacío que nos constituye. Por este motivo, a la hora de hacer frente a la otredad y a uno mismo tendemos a operar llenando los agujeros hasta completar la imagen. En otras palabras, completamos nuestro retrato de “persona” en tres dimensiones con el relleno que más nos convence, del mismo modo en que completamos el del otro con la ficción más acorde a la imagen que proyecta hacia el exterior. Un buen resumen de esto podría ser que nos contamos una historia sobre nosotros mismos y sobre los demás. Creo que El antropoide de Parra Nogueras es, en esta línea, el relato de lo que decidimos mostrar y de lo que no o, mejor dicho, el relato de la lucha de Eduardo, su protagonista, por evitar llenar esos huecos con lo que preferimos ocultar: nuestro yo más animal, el antropoide que todos llevamos dentro.

Eduardo es un niño de papá acomodado, misántropo y deprimido que, a pesar de su talento para las letras, trabaja en el periódico de provincias de su tío como corrector de la sección de anuncios clasificados. Seducido por los excesos de la carne, mantiene una doble vida: de día trabajador en la redacción del diario, de noche conjunto de materia y fluidos domeñado por las pulsiones sexuales. La dualidad entre quienes queremos ser y quienes somos en realidad es aquí la dualidad entre el doctor Jekyll y Mr. Hyde, entre la persona que se asoma al espejo y el reflejo que este le devuelve, el Doppelgänger fantasmagórico que nos saluda en la oscuridad al doblar la esquina y contra el que la moral heredada nos dicta tener que enfrentarnos. La pugna entre los dos extremos es en la novela apoteósica, como apoteósica es la culpa que atraviesa de principio a fin el texto, esa culpa judeocristiana que tan bien desmenuza y desenmascara Nietzsche en su Genealogía de la moral y que hunde lentamente al personaje. Porque la redención que cifra Eduardo en el amor y en la cultura parece no llegar nunca, convirtiéndose su existencia en una caída libre hacia el mismísimo centro de los infiernos. Frente a la imposibilidad de la trascendencia -parece decirnos el personaje-, solo nos queda la degradación.

Pero en un mundo carente de asideros, sometido a la tiranía de la imagen y de la falsa transparencia, y sujeto a la lógica del capitalismo más feroz, acaso la única certeza sea la carne, el cuerpo y su deterioro, la enfermedad, las entrañas que lo componen, sus viscosidades, los excrementos, el sudor, la saliva, el hambre y la sed. Al fin y al cabo, qué compartimos con el vecino sino de vez en cuando el placer y diariamente las deposiciones que recorren raudas el camino de las cañerías; la tos en el vagón del metro y las ventosidades, la pestilencia que asciende desde los pies de quien ocupa el asiento adyacente o el fastidioso sorberse los mocos de aquel cuya mano recién nos roza en la barra del autobús. La animalidad, en definitiva, que no por compartida deja de incomodarnos en público. Porque es asquerosa. Porque está mal mostrarla, porque pertenece a lo privado, al reflejo, al antropoide, al otro. 

Es difícil terminar sin hacer referencia a lo que yo creo es el mayor logro de El antropoide: el contrapunto en muchas escenas entre la sordidez de lo que se narra y el lenguaje con el que eso mismo se narra, un lenguaje elevado, en algunos momentos barroco, que no puede sino descolocar al lector. La literatura de Parra Nogueras es lingüísticamente exigente, pero los que hemos leído Persianas sabemos que, lejos de impostura, esta búsqueda incansable de la palabra precisa por entre los diccionarios es seña de identidad del autor. 

El antropoide es en el fondo una tragedia. Ahora bien, leerla como tal y con todo lo que ello implica pasa por mirarnos sin máscaras y al desnudo.

Fotografía del autor: Candaya

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