Duelo, Eduardo Halfon

9788417007195

 

Por María Ayete Gil

 

Se llamaba Salomón. Murió cuando tenía cinco años, ahogado en el lago de Amatitlán. Así me decían de niño, en Guatemala. Que el hermano mayor de mi padre, el hijo primogénito de mis abuelos, el que hubiese sido mi tío Salomón, había muerto ahogado en el lago de Amatitlán, en un accidente, cuando tenía mi misma edad, y que jamás habían encontrado su cuerpo.

 

Con estas palabras de tono casi mitológico da comienzo la última novela del guatemalteco Eduardo Halfon, Duelo, publicada en 2017 en la editorial Libros del Asteroide. El autor, sobre cuyas espaldas pesa ya la publicación de un considerable número de títulos, se sirve de las páginas de Duelo para, siguiendo la estela de Monasterio (Libros del Asteroide, 2014) o Signor Hoffman (Libros del Asteroide, 2015), elaborar una indagación personal a partir de un recuerdo familiar. En este caso, es el misterio que gira en torno a la muerte de ese niño Salomón, hermano del padre del narrador, el trágico hueso vertebrador de la novela.

Desde la voz de un otro que comparte nombre y biografía con el autor, Halfon hilvana en poco más de cien páginas un relato que, teñido de sombras, abarca (atención) casi un siglo de la historia de la familia y se desplaza por el mapa geográfico de sus ancestros (Guatemala, Miami, Polonia, Berlín, Nueva York). ¿Cómo ejecutar tal ejercicio de precisión, economía y síntesis? ¿Cómo crear ese mosaico espacio-temporal sin perder al lector? ¿Cómo sin disminuir intensidad? ¿Cómo sin olvidar el centro? En definitiva, ¿cuál es el secreto, no sólo para hacer eso y no morir en el intento, sino para lograrlo y, encima, parir una pequeña joya como es Duelo? La respuesta es llamarse Eduardo Halfon.

La novela arranca en el chalé cerca del lago de Amatitlán, un lugar mágico en el que transcurre parte de la infancia del Halfon-narrador en compañía de la familia y, sobre todo, del hermano menor, cómplice y compañero de aventuras. El lector se transporta entonces a un presente de la mano de un narrador ya adulto que regresa a ese lago en busca de respuestas a la desgracia de Salomón, de la que no se habla. A partir de ese momento, los desplazamientos espacio-temporales se suceden sin descanso, en un vaivén entre distintos flashes del pasado (que dibujan el recorrido biográfico de la familia) y la travesía presente que ha emprendido el adulto en Guatemala.

Pero la novela no se queda en la búsqueda de esa verdad sobre Salomón, sino que con ese algo que nos recuerda al buen uso del realismo mágico, la novela se extiende con personajes y escenas del imaginario guatemalteco, como son el niño que vende café y tortillas en su cayuco, el guardián y jardinero del chalé don Isidoro o la bruja doña Ermelinda. Es, precisamente, en el encuentro del Halfon adulto con este último personaje, hacia el final de la novela, cuando se produce uno de los mejores momentos del texto: esa fantástica enumeración catalogada de niños ahogados en el lago -que es difícil leer sin recordar aquella relación de mujeres asesinadas del Bolaño de 2666-, que viene a ser culmen del rasgo de estilo más característico del autor: el uso de la anáfora. Estas repeticiones logran, por un lado, dotar al discurso de un ritmo vertiginoso y, por el otro, embelesar a un lector al que sólo le queda rendirse a los pies de la belleza de la palabra.

Portadora del efectismo y de la intensidad de los buenos cuentos, Duelo debe leerse de una sentada, ya no por deleite personal (que también), sino para honrar el esfuerzo del autor por buscar la mejor estructura de cara al golpe final al que conducen los retazos breves de los que está urdida la novela: esa última escena, extraordinaria y conmovedora, que cierra circularmente el texto con el nombre de Salomón a orillas del lago del pueblo de Amatitlán. Con la última palabra, “Salomón”, clausura Halfon su corta pero profunda reflexión sobre cómo afrontar el pasado, la historia personal, las raíces y la culpa.

Halfon nació en Guatemala pero emigró a los Estados Unidos a los diez años. Tras la lectura de sus textos (todos ellos escritos en español) es, cuando menos, llamativo escucharle afirmar, tal como ha hecho en más de una entrevista, que el inglés es su espacio de confort, siendo el idioma español un terreno que todavía siente estar recuperando. Y es que si sus novelas son ya una lección de dominio y virtuosismo, me pregunto qué nos encontraremos cuando sea que el guatemalteco dé por concluido su particular ejercicio de rescate.

 

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