Dog Soldiers, Robert Stone

9788412003000

 

Por Mario Aznar

 

Además de ver una buena película en el cine, leer Dog Soldiers ha sido lo más parecido que he hecho últimamente a ver una buena película en el cine. Todo el mundo guarda silencio y contiene ligeramente la respiración, se apagan las luces de la sala y solo permanecen encendidas las de emergencia y unos pilotos de color verde que guían por la sala a los rezagados. Si esos segundos antes de que empiece la proyección —con las sombras de los que buscan su asiento y el brillo de los teléfonos que tardan demasiado en apagarse— se vivieran bajo los efectos de algún medicamento psicotrópico, la experiencia se convertiría en un viaje hacia territorios cercanos a los que ensaya con maestría la escritura de Robert Stone. Y es que Dog Soldiers es una novela tan cinematográfica que pide ser devorada en las dos horas y media que dura un largometraje.

¿Se trata de una novela experimental? ¿Ofrece algo totalmente nuevo? No necesariamente. Publicada por primera vez a mediados de los setenta (merecedora del National Book Award de 1975 e incluida en el famoso —y manoseado— canon de Harold Bloom), Dog Soldiers ha sido considerada una de las grandes novelas americanas del siglo pasado. Aunque aún se trate de un clásico poco conocido en lengua española, la joven editorial Malas Tierras ha realizado una auténtica declaración de principios rescatando en su primera aventura el texto de Stone, en la certera traducción de Mariano Antolín Rato e Inga Pellisa, contando, además, con el extraordinario prólogo que firma Rodrigo Fresán y en el que el autor argentino demuestra con cada una de sus palabras el amor que profesa por esta obra. ¿Quién dijo que no se puede hablar de lo que se ama? De eso nada. De hecho, hablamos de una novela dedicada en cuerpo y alma a desmontar el sueño americano para después abandonar sus piezas en las cunetas que flanquean los caminos de la droga, la codicia, la corrupción y la violencia. Pero en ella también hay amor y esperanza, aunque envueltas en esa bruma asfixiante que no está en la selva sino dentro de uno mismo.

En numerosas ocasiones se ha dicho de Dog Soldiers que encuentra su inspiración en El corazón de las tinieblas de Conrad y halla su mejor versión en la película Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola. Tan fácil como inútil es establecer esta comparación. Si quizá esta novela no resulta tan impactante ahora es probablemente porque en los años de Woodstock quemó sus mejores cartuchos: ser una de las primeras aproximaciones de gran nivel a uno de los aspectos más oscuros de la guerra de Vietnam. No es tanto el horror de la violencia bélica lo que le interesa retratar a Stone, sino algo en apariencia menos trascendente: la inconsciencia del hombre que vive en el horror hasta el punto de dejarse habitar por él cuando parecería que ya se ha ido. El ambiente asfixiante de la guerra está también en sus páginas —sobre todo en las cien primeras, ambientadas en el país asiático—, pero lo que Dog Soldiers de verdad inaugura es nuestra visión de la retaguardia, con la prostitución, las drogas, el contrabando y, sobre todo, el miedo a volver a una realidad que ha seguido su propio camino. 

Pero el hecho de que el tema no vaya a sorprendernos no significa que Stone no sea capaz de sumergirnos en un thriller palpitante que nos seduce desde la primera página. De fondo aún suenan las detonaciones, pero en Saigón se huele en el ambiente que la guerra toca a su fin. Se oye en los restaurantes, en los prostíbulos y en las dependencias del Tío Sam. La guerra va a terminar y nadie quiere volver a casa con las manos vacías. Cuando John Converse, pésimo periodista y eterno aspirante a escritor, decide introducir en suelo americano un paquete de tres kilos de heroína, lo último que piensa es que las cosas puedan torcerse hasta límites inimaginables. El plan es sencillo: su amigo y marine Ray Hicks debe transportar el cargamento desde Saigón a California y entregárselo a su mujer, Marge, que espera con instrucciones para consumar la transacción con los compradores. Sin embargo, nada es tan sencillo, y menos en un tiempo y un lugar en el que conviven hippies armados, policías corruptos, narcotraficantes mexicanos, veteranos de guerra y tres traficantes amateurs que en realidad no tienen ni puta idea de lo que significa traficar con heroína. 

El polvorín explota en la segunda parte de la novela, ya en el “estado dorado”, donde la acción se vuelve frenética y los diálogos alucinatorios se desgajan de una realidad demasiado cruda, demasiado absurda para ser ficción. Stone hace que los personajes se aferren a sus instintos primarios para que las piezas de este puzle increíble encajen al milímetro y el ritmo de la narración alcance la cadencia de tiro de un M16. No cabe una comparación con Conrad ni con Coppola, porque entonces tendríamos que admitir los vuelos tan desparejos de Taxi Driver, las novelas de Cormac McCarthy y la serie documental Murder Mountain. La novela de Stone no pide un análisis comparativo sino unas cuantas horas seguidas en el sillón. Es una novela disfrutable —adjetivo que me atrevo a reivindicar— y magistralmente escrita. Si te atreves a leerla y no temes la adicción más salvaje (sin tregua, Malas Tierras ya le ha soltado la cadena a Mi padre el pornógrafo, de Chris Offutt)  notarás cómo hacia el final de la novela, que sabe a polvo y a sangre seca, se te dibuja en la cara una media sonrisa que tiene mucho de satisfacción y un punto —placentero— de locura.

 

 

Fotografía del autor: Axel Dupeux

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