Diez lunas blancas, Phil Camino

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Diez lunas blancas dicen que tarda el vientre de una mujer en gestar una nueva criatura.

Diez lunas llenas.

También dicen que no hay lunas suficientes para hacer que una madre olvide a su hijo, aunque haya muerto.

La editora y escritora hispano-francesa Phil Camino (Madrid, 1972) deja constancia de ello en este breve y hermosos libro que llega a nuestras manos cabalgando entre las convenciones de la novela, el diario íntimo, el libro de memorias y el ensayo.

 

Escribí la mayor parte de esta especie de diario, o confesión, o comoquiera que se deban catalogar estas líneas, el año en que viví en Nueva York. Cuando comencé a redactarlo no imaginaba cuánto amaría esta ciudad.

 

Así comienza Diez lunas blancas (Elba, 2017). Un comienzo en el que están ya prefiguradas las líneas de fuga del cuadro; un comienzo en el que la ausencia cobra protagonismo con la pensada omisión del tema central. Como si jugara al despiste para evidenciar, precisamente, su lado más auténtico,  el libro se propone a sí mismo como un diario, una confesión, unas “líneas” escritas al vuelo, tal vez la respuesta a la pregunta algo impertinente de una desconocida (“¿Por qué has tenido tantos hijos?”) o una epístola extraviada cuyo destino original y verdadero fueran los hijos de la autora –solo ellos–, pero que por alguna extraña y necesaria razón ha llegado a nuestras manos.

Diez lunas blancas es bajo todas estas etiquetas un texto autoconsciente, sabedor de sí mismo y de sus profundidades abisales. Y quizá por eso estas primeras líneas hablan de escribir, de Nueva York y de amar una ciudad pasajera. Quizá por eso este comienzo se viste de cuaderno de viajes y sofoca el latido vertebrador del libro bajo el ajetreo y el ruido de la ciudad-delirio. En definitiva, Diez lunas blancas ensaya lo inefable: la muerte de una hija, su memoria que se pierde, se recuerda y se inventa al mismo tiempo. De forma paralela a como la escritura de estas páginas se presenta terapéutica y vivificadora, su lectura deja el regusto de un renacimiento o de un amanecer.

Por todo ello me atrevo a decir que Nueva York es aquí un pretexto. No es la ciudad caminable de las novelas de Paul Auster o de Teju Cole. No es un entramado de rascacielos, chimeneas de ladrillo y vidas anónimas, sino una entidad abstracta que significa por oposición. En el libro de Phil Camino la ciudad de Nueva York es más un símbolo que una coordenada espacial, es el muro necesario donde proyectar una sombra, es el rumor obligado contra el que construir un silencio. Pero no un silencio cualquiera, sino aquel que se disipa en varias direcciones: la hija que no está, la madre que ya no puede estar, el lector que busca enfebrecido las huellas de una historia que el mismo texto evita.

En un momento dado leemos una cita de W. B. Yeats que impunemente podría ser apócrifa en la que el poeta irlandés confía únicamente al “hombre desgarrado” la facultad de ser un hombre. La voz narradora, en ese instante, hace acto de presencia con la grandeza de su sencillez:

 

La muerte de mi hija es un desgarro. Pero me ha construido.

 

Este es, sin duda, el tema central de un texto al que podemos tratar de disidente, pues no ofrece asilo al hurgador morboso ni complace las siestas del lector sentimental. El abanico de emociones que Diez lunas blancas dibuja resuena en la lágrima, pero también en el puño cerrado, en la caricia cómplice y en la duda absoluta. La paradoja del desgarro edificante puede ser el motivo simbólico que Phil Camino ha elegido para investir a su libro de grandes matices. Como esa imagen, proyectada por el joven Cortázar, del túnel que destruye para construir.

Hay aquí un lirismo inspirado que recorre el libro desde el mismo título hasta aquellos versos que no son versos (“Niños azules. Niños de luz pálida. Niños que brillan“), pero también hay la frialdad de las salas de espera y la precisión quirúrgica; la estridencia de las onomatopeyas, las palabras en inglés y las metáforas bursátiles; la cotidianidad del susurro materno, del consuelo carnal y de un nombre frágil: Jimena.

Un hijo puede vivir el duelo de una madre, como Barthes, y un padre vivir el duelo de un hijo, como Umbral, pero la narradora que Phil Camino construye no vive, ni llora, ni sufre el duelo de su hija. Lo que hace es relatar el recuerdo nebuloso, sereno ya, de un hecho que para el lector podría o no haber sucedido. Y es que la estructura voluble del libro nos invita a desplazarnos continuamente entre el testimonio de una madre incrédula y abstraída (un poco como el Meursault indolente del libro de Camus), las lúcidas reflexiones sobre la maternidad y la escritura, o la crónica emocional de una despedida que no termina, que no se va, que siempre vuelve:

 

Jimena. Vuelvo a ella. Vuelvo a ti, mi hija. No puedo verte. Pero sí sentirte. La noche y la soledad siempre han estado íntimamente enlazadas y son buenas compañeras de la confesión. La noche de Nueva York me asola y a la vez me arropa con los recuerdos.

 

En cierta ocasión, el filósofo francés Henri Bergson comentó que la naturaleza del humor corresponde a una ruptura en la lógica de los acontecimientos: alguien que camina por un sendero cae en una zanja y nos reímos, porque lo lógico era que continuara caminando por el mismo sendero. Sin embargo, hay ocasiones en las que incluso los fallos de la lógica fallan. Un ser que por lógica debería crecer se desvanece y se convierte en el argumento de un libro. Por ilógico que parezca, no hay humor en esta ruptura, en este rompimiento:

 

Nunca pensé en ser madre para serlo de una hija muerta.

 

Sin embargo, que tampoco nos lleve a engaño la dureza de estos términos, pues no se trata de un melodrama que mueva al llanto. Como las aves en la hermosa foto de portada obra de Patricia Romero– el dolor queda aquí como suspendido en un clima de familiaridad, de confianza, de susurro afectuoso que nos recuerda el carácter omnipotente de la vida. De dar vida. Si el escepticismo y el por qué me has abandonado recorren las páginas más amargas de este relato, una inquebrantable fe en el afecto y en las relaciones humanas prevalece en cada cala, en cada grieta, en cada hendidura de sus páginas.

El latino Lucrecio escribió en De rerum natura que “no hay cosa que se engendre a partir de nada por obra divina jamás”, es decir, que nada nace por generación espontánea, sino que se necesita de la simiente, de la semilla que encierra en potencia todo el proceso de su maduración. Así los hijos, como las plantas. Muchos siglos después, Satish Kumar repite que “todas y cada una de las semillas llevan incorporado el árbol que serán“. Phil Camino parece inscribirse en esta línea cuando explora los caminos de una maternidad terrosa y arada, que establece vínculos radicales con aquello que forma y que alimenta, hasta el punto de negar o refundar el simbolismo de los adioses convencionales.

Su nitidez, su falta de dogmatismo, su cercanía y su sinceridad hacen de Diez lunas blancas un libro al que merece la pena asomarse, no sólo como madre o como mujer, sino como hombre y como hijo (seguramente también como padre). El vértigo es un riesgo asumible, sobre todo por la experiencia invaluable de revivir, de forma desautomatizada, nuestra relación con el corazón y la entraña maternos. Cuando habíamos dado por sabido lo que significaba nacer, alumbrar, morir… Phil Camino nos propone empezar de cero, dudar para preguntar y conocer, morir con Jimena y volver a la vida en estas páginas escritas en un hotel de Nueva York, en un café de Madrid o en cualquier otro lugar sin nombre.

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