Cuatro por cuatro, Sara Mesa

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Por María Ayete Gil

 

Para el emblemático y omnipresente Michel Foucault, el poder es una relación de fuerzas inmanente a todo sistema social, un atributo inherente al hombre que recorre todos y cada uno de los resquicios de la vida en sociedad. Utópico es tratar de encontrar su núcleo, dado que, cual ente tentacular, el poder permea la totalidad del habitus humano provocando una desencialización tal que impide su localización en un centro desde el cual nace o se ejerce. Con esta difuminación del poder se anula todo corte de raíz posible, algo que expulsa al hombre hacia un campo estratégico preestablecido en donde no le queda otra que desenvolverse entablando sus microluchas particulares.

El porqué de empezar estos breves apuntes sobre Cuatro por cuatro (2012) con tales reflexiones del filósofo francés tiene fácil respuesta: porque si hay algo sobre lo que indague la mejor novela hasta el momento, a juicio de quien esto escribe, de Sara Mesa (Madrid, 1976), es precisamente sobre el poder y sus relaciones en un espacio institucional, en este caso educativo, cerrado sobre sí mismo. ¿Qué es interesante de la novela aparte de esto? Todo: desde su estructura hasta su estilo, pasando por sus múltiples focalizaciones y variedad de personajes. Pero vayamos por partes.

Cuatro por cuatro narra la vida en un colegio internado de élite aislado de la sociedad. En él habitan alumnos pudientes junto a estudiantes becados, cuyos padres trabajan en labores varias dentro del recinto. Junto a ellos, un elenco de profesores y dirigentes patrullan el lugar. La novela está dividida en dos partes más un epílogo. En la primera de ellas, el lector se acerca a la rutina del centro de la mano del personaje de Celia, estudiante becada insatisfecha con el colich, y de Ignacio, niño de familia adinerada, cojo, débil y afeminado. La brevedad de los capítulos que constituyen esta primera mitad dota de gran dinamismo a la novela, cuya narración focaliza a veces la subjetividad de Celia y, otras, una fría voz de carácter omnisciente. Esta sección concede al lector una visión parcial de lo que sucede en el colegio, visión que se completa con la segunda parte del texto, escrita en forma de diario íntimo por un profesor sustituto que irrumpe a  mitad de curso en la vida de la escuela, y gracias a la que llegamos a hilar las insinuaciones, los secretos y los silencios que han poblado el texto desde su inicio. Finalmente, el epílogo lo constituyen unos papeles del profesor al que viene a sustituir el diarista, formados por una serie de fragmentos que conforman la historia de una ciudad en cuyo subsuelo residen niños y niñas encerrados en pequeñas celdas. Héroes y mercenarios es el título de dicha historia, alegoría de la vida en el colegio, broche de oro a las dos partes anteriores y jarro de agua fría para un horrorizado lector al que no puede caberle duda alguna, llegado a ese punto, del funcionamiento interno de la institución.

 

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De Chirico, “La matinée angoissante”, 1912

 

Basándose en los pares dicotómicos interior-exterior y escuela-mundo, sobre los que pivota continuamente el texto, la novela de Mesa indaga acerca de las relaciones de poder que se llevan a cabo en todos aquellos lugares que, valiéndose de un discurso manipulado sobre los peligros del exterior, terminan creando monstruos en su interior. Pero este poder no es un poder unidireccional (sería simple y demasiado obvio el poder ejercido desde la cúpula hacia abajo), sino que se trata de unas relaciones de fuerza que funcionan tanto vertical como horizontalmente, que juegan con lo visible y con lo invisible, con lo discreto y con lo indiscreto, formando un panoptismo que anula toda posibilidad de resistencia y lucha, lo que deja a los sujetos ante dos posibilidades: o bien participar de los privilegios del sistema, y lo que ello supone, o bien perecer. El microcosmos creado por Mesa es un universo atravesado y configurado por relaciones de poder tan profundas y engarzadas entre ellas que cualquier movimiento de los sujetos en el campo resulta en la perpetuación de la degeneración y deshumanización de un poder llevado al límite.

Pero Cuatro por cuatro no se acaba ahí: las diferencias de clase, la corrupción, la impostura, la vigilancia y el silencio son elementos que juegan un papel fundamental en el texto, sobre el que no sólo es posible, sino imperativo, deducir una sutil –que no por ello edulcorada– crítica a las políticas de esta última década, a las desigualdades sociales a las que han conducido y a las organizaciones e individuos que se han beneficiado de la situación a costa de los más desfavorecidos.

Si a todo esto le añadimos un excelente manejo del idioma, un estilo impoluto, alejado de largas parrafadas, huecas digresiones y demás parafernalias; es decir, un lenguaje caracterizado por una concisión que ralla la extenuación, al que ni le sobra ni le falta absolutamente nada, nos topamos con una bomba literaria de una calidad a todas luces innegable. Una técnica a la que le bastan tres palabras para describir una atmósfera que nos pone los pelos de punta, que nos incomoda hasta el extremo, que nos sacude y repele pero que nos insta a seguir leyendo. Pero a seguir leyendo con nuevos ojos, con los ojos de un lector que, desasosegado, pasa página tras página tratando de escudarse en lo ficcional de ese ajeno relato porque cree intuir, porque algo le suena, porque percibe cierta familiaridad en lo sórdido, lascivo y enviciado de unos personajes y de un espacio que lo impulsan a verse las caras, una y otra vez, con una descarada ficción que es muy, pero que muy real.

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