Crímenes del futuro, Juan Soto Ivars

PORTADA_CRIMENES_FUTURO

 

Por María Ayete Gil

 

¿Y si nuestros nietos terminaran viviendo como lo hicieron nuestros abuelos?

Crímenes del futuro (Candaya, 2018), cuarta novela del periodista y escritor Juan Soto Ivars (Águilas, 1985), imagina un futuro no muy lejano como resultado directo de las políticas socioeconómicas impuestas tras la crisis en los países del primer mundo. En la Europa de Ivars, los estados y la política han dejado de existir tal y como los conocemos. Los grandes empresarios han desmantelado los parlamentos, la sanidad y la educación públicas son algo así como una leyenda, la escolarización es obligatoria hasta los nueve años, el precio de los alimentos fluctúa, en tiempo real, al vaivén de la Bolsa, y la ciudad de Madrid se ha convertido en un Distrito Federal en el que una alta alambrada, no exenta de vigilancia, separa los arrabales de los barrios acomodados. De las democracias no quedan ni los restos. El Ente (constituido por magnates de multinacionales) controla la economía global y el llamado «capitalismo racional» es el sistema al que ha derivado el pasado capitalismo salvaje. Ahora bien, todo esto no es sino mero escenario por el que transitan, sin asombro, los personajes de la novela. Es decir, en un trabajado ejercicio narrativo, al lector se le van deslizando, como por debajo de la mesa, pequeños detalles (ya sea en boca de personajes, ya sea en breves apuntes descriptivos) cuya unión le permite elaborar una visión general de contexto que, lejos de tornarse elemento fundamental de la novela, consigue mantenerse como decorado, concediendo total protagonismo a las historias de quienes habitan en él (la famosa intrahistoria unamuniana).

Estructurada en tres partes, cada una de ellas protagonizada por un personaje femenino distinto, aunque con uno de ellos como enlace entre las tres, la novela narra de forma lineal el desarrollo de un ciclo histórico (revolución – guerra – posguerra). En la primera sección (revolución), asistimos a la llegada de Julia a Madrid desde un pueblo extremeño para cursar estudios de Derecho. Con muchísimo esfuerzo ha conseguido una de las pocas becas universitarias para familias sin recursos, aunque estas ayudas apenas cubren los costes de los disparatados precios de la capital. Allí se enamora de César, un joven revolucionario, de la mano de quien se internará en las profundidades del arrabal. En la segunda (guerra), una modelo de éxito y su pareja, fotógrafo de moda, aterrizan en una isla desierta para pasar una semana de vacaciones y trabajo. Su objetivo: regresar con un suculento reportaje de la chica. La guerra estalla en la civilización, nadie vuelve a recogerlos y nace la barbarie en la isla. El sentido cíclico se cierra en la última parte (posguerra), donde se narra la historia de Pálida. Tras su huida a la región independiente de Euskadi durante la guerra y su posterior captura y condena a cadena perpetua, la ya anciana Pálida se somete a una cirugía experimental que le devolverá la vista y, quizás, la libertad.

El narrador es, indiscutiblemente, uno de los puntos fuertes de la novela de Ivars. Se trata de una voz oral a ratos juguetona, que se dirige al lector con algún que otro destello de humor, a ratos más clásica, pero siempre múltiple y dinámica, que logra unificar un cúmulo de perspectivas no desdeñable. A este narrador hay que sumarle lo que dota, a mis ojos, de valor a Crímenes del futuro. Ya lo apunta el escritor Alberto Olmos en su entrevista al autor publicada en El Confidencial: esa temporalidad extraña del texto que deja en el lector cierta sensación de déjà-vu, resultado de la mezcla del futuro con lo ya vivido en nuestra historia y que se inicia desde la propia portada de la novela con el retrato de esa niña de las barracas del Somorrostro, fotografía hecha en 1958 por Manuel Gausa.

La historia de Ivars es una historia no apta para estómagos delicados. La crueldad asoma por todas partes y pega fuerte a unos personajes de por sí ya miserables. No obstante, pese al halo de pesimismo que cubre la narración (reflejo de los ojos que observan el rumbo que están tomando las cosas en el presente) la solidaridad y el cariño de los individuos sobreviven. Eso nos queda. En todo caso, el ejercicio de imaginar el futuro tomando el presente como punto de partida sin olvidar (¡Benjamin!) el pasado requiere de cierta valentía por parte del autor; la valentía, que no es poca, de analizar y confrontar los problemas vigentes para proyectar lo que libremente y a galope se avecina.

El mundo narrativo de esta ficción, podemos decir, distópica (no es la única en los tiempos que corren), está sin duda bien concebido. Sin embargo, sobran páginas en algunos momentos (pienso, sobre todo, en el capítulo de la isla), el engranaje entre secciones chirría levemente –a pesar de la lograda voz narrativa–, es difícil terminar de conectar con los personajes y el tratamiento de las relaciones de poder dista de aportar algo nuevo. Todo ello además de algún que otro error de carácter ortotipográfico que enturbia la lectura.

A pesar de tales imperfecciones, disfrutar de la novela es sencillo. La urdimbre general de la trama, unida al manejo de la voz narrativa, permiten leer con facilidad un texto que, aunque no por sus cualidades estilísticas, podrá satisfacer el deseo tanto de entusiastas de la ciencia-ficción y de relatos (pos- o pre-) apocalípticos, como de lectores sin predilección fija.

 

Nota: He visto en algún que otro comentario en la red tildar esta novela de «distopía feminista», y no he podido evitar este breve apunte. Seamos claros: que los protagonistas de una novela sean personajes femeninos no significa que nos encontremos ante un texto feminista. Que la protagonista sea una mujer y que en la historia haya algún tipo de acto de resistencia al sistema patriarcal, o que ese personaje se salga de los estereotipos típicos femeninos podrían ser aspectos susceptibles de un análisis bajo las coordenadas feministas. A mí, personalmente, me cuesta dar con esos elementos en la novela de Ivars.

 

Fotografía del autor: Cèlia Atset

 

 

Un comentario en “Crímenes del futuro, Juan Soto Ivars

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