Cartas del papa Celestino Sexto a los hombres, Giovanni Papini

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Celestino Sexto no fue ningún papa. Se trata de una invención del escritor florentino Giovanni Papini, nacido en 1881 y muerto en 1956.

Después de la I Guerra Mundial, Papini, hasta el momento furioso, enfurecido y furibundo ateo, dejó atrás su liberalismo radical y se convirtió al catolicismo. Más precisamente, se hizo católico, como reza la vieja solapa de la  edición de Aguilar de 1957, con “los mismos ardores, los mismos entusiasmos, los mismos exclusivismos con que la combatió durante varios años”. Su escritura es satírica y apasionada, vociferante en muchas de sus 244 páginas.

En 1903 funda, junto a Guiseppe Prezzolini, la revista Leonardo. Algunas de sus obras más célebres se publican tras su conversión al catolicismo, y son Gog (1931), El libro negro (1951) o El Diablo (1953). Además de como escritor y periodista, Papini rechazó dos cátedras de literatura italiana en las universidades de Bolonia y de Florencia, y en 1937 publicó el primer y único volumen de su  Historia de la literatura italiana, dedicado sin miramientos  “A Benito Mussolini, amigo de la poesía y de los poetas”.

En 1949 publicó Cartas del papá Celestino Sexto a los hombres, en donde el mismo Papini finge -en línea con la mejor tradición del manuscrito hallado- haber encontrado un puñado de epístolas dirigidas por este particular pontífice  a distintos “sectores” de la humanidad. Papini, que en su “Prólogo del traductor” dice haberlas “vertido al italiano casi literalmente, con todo cuidado, a  pesar de que el texto latino presenta no pocas lagunas”, nos ofrece diecisiete cartas y una “plegaria a Dios”. Entre otros, los destinatarios de esta correspondencia imaginaria son sacerdotes, poetas, ricos, historiadores, regidores de pueblos, súbditos y ciudadanos, hombres de ciencia, mujeres, teólogos… No queda títere con cabeza, pues muy pocos se salvan de las palabras de este ácido y a veces furibundo vicario de Dios.

Borges, inteligente lector de Papini, le dedicó un prólogo de su Biblioteca personal, donde dijo de él que “no sabemos cuál es su cara, porque fueron muchas sus máscaras. Hablar de máscaras es quizá una injusticia. Papini, a lo largo de su larga vida, puede haber sostenido sinceramente doctrinas antagónicas”. Sus textos lo atestiguan, sus fotografías también: los rasgos faciales entre bobos y fieros, el cabello alborotado, el ceño casi siempre fruncido.

El idealismo, el pragmatismo o el fascismo son oscilaciones del pensamiento que no le fueron ajenas. Las Cartas de su Celestino Sexto quizá no representan lo mejor de su obra, pero sí resultan de rabiosa actualidad. Se vuelve necesario poner sobre la mesa un enjuiciamiento público tan lúcido y literariamente eficaz como el de estas epístolas escritas de puño y letra nada menos que por un papa.

En su carta “A los sacerdotes”, Celestino denuncia la cobardía, el acomodamiento y la excesiva cautela de quienes han prometido entregar su vida por el bien de los demás:

 

Sé de la tristeza de las veladas solitarias, mal consoladas por las nostalgias; las asechanzas de la mente inquieta, las languideces de los sentidos, las instigaciones del demonio meridiano, las impaciencias juveniles, las claudicaciones de la vejez, las invitaciones del pecado que pone sitio a la fantasía, las lisonjas de la cómoda vida ordinaria, las miserias de la decadencia y de la indigencia, las rebeliones del orgullo no alentado, pero no siempre dominado; el fraudulento acobardamiento, que nace de la costumbre. Lo sé todo, lo comprendo todo, pero no puedo perdonarlo todo.

 

En la carta “A los ricos” Papini pone en evidencia la pobreza de espíritu y la mezquindad de quienes acumulan bienes que no pueden disfrutar, cuando la verdadera riqueza reside en el disfrute mismo de esos bienes:

 

No tenéis, por lo general, en vuestras cajas más que rectángulos de papel cuyo valor depende únicamente de la credulidad ajena, de las promesas de los Estados , de las vicisitudes de las crisis y las guerras. […] Los árboles del bosque, que os parecen vuestros, pertenecen, en realidad, a los pájaros que hacen allí su nido, a los viandantes que saben gozar el aspecto de las frondas y de la música de sus murmullos; al mendigo que, a sus pies, encuentra ramas secas con que encender un fuego.

 

“A los pobres” invita a no rendirse, a no caer en la desidia, a comprender su riqueza igual que a los ricos su pobreza. A no envidiar los tesoros sucios y mediocres de los poseedores:

 

¿Qué ignorante estupidez os lleva a desear ardientemente el oro y las piedras preciosas? Alzad los ojos al cielo sereno de la noche, en el que brillan las constelaciones con más viveza y esplendor que los zafiros vendidos por los joyeros. Id a un prado, al despuntar el día, cuando cada hoja alberga su gota de rocío, que brilla como el diamante más puro de las coronas imperiales. Coged de un seto vivo una flor silvestre, miradla a contraluz y veréis un rojo más ardiente que el de los rubíes.

 

Las cartas son muchas y variadas. Todas son intensas, algunas no están libres de cierta ingenuidad, casi todas son verdaderas.

Es imposible que yo termine esta breve reseña, en el día en que murieron  Miguel de Cervantes y William Shakespeare, sin pararme a beber de la carta “A los poetas” -quizá la más universal de todas ellas. Giovanni Papini, por voz de su pontífice -tan utópico y fantástico como los ideales que persigue-, denuncia la desaparición de la poesía en el escenario mísero y mediocre que más la necesita.

 

Pero ¿hay aún poetas en el mundo? No los distingo, no oigo levantarse en parte alguna la voz que espero y que quizá millones de almas, igual que yo, esperan en vano. […] Hoy reina en todas partes el silencio.

 

Si los poetas son culpables de esta falta, también lo es el resto de los hombres, que no exige lo que resultaría necesario: “¿Acaso los hombres se han vuelto tan torpes e insensatos que ya nada piden a los poetas?”.

 

Los hombres ya no invocan la caridad de la poesía. Y,sin embargo, nunca como hoy necesitarían ser transfigurados, rescatados, elevados por ella. Para las catástrofes de orden material no se pueden esperar resacas ni desquites más que en el orden del espíritu. La voz de los poetas fue siempre la voz del pueblo. Si los poetas callan, quiere decir que los pueblos están ya en el coma de la agonía, que no les queda fuerza ni para gemir.

 

Celestino Sexto, en cambio, sigue viendo a hombres que “se llaman mutuamente poetas: fabricantes de ramilletes de versos, capaces de hacerlos hasta a oscuras, que echan a suertes las palabras, con la esperanza, casi siempre frustrada, de ganar el premio de la poesía”. Son poetas que han olvidado la misión “humana o divina” de su arte, simples orfebres de la palabra que usando y abusando del diccionario dan a luz mero “serrín de poesía”.

Si la poesía agoniza, nos dice Celestino Sexto, significa que el mundo agoniza. Giovanni Papini ha comprendido perfectamente que somos lenguaje, que somos nuestro lenguaje, y que, como diría Wittgenstein en 1921, los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo.

¿Qué tipo de mundo puede aspirar a ser un mundo sin poesía, sin el arte del lenguaje?

La voz que construye estas cartas es atronadora. Si algunos tintes del tono eclesiástico o gran parte del trasfondo ideológico suenan ya trasnochados, ciertamente descoloridos, la fuerza poética de estos mensajes es clara y aún capaz de conmover. Todas las invectivas que componen este libro podrían resonar hoy en un telediario o en cualquier boletín de actualidad (si el mundo no fuese el que es). Son textos publicados hace casi setenta años, pero que aún hoy nos hacen pensar en lo extraño del paso del tiempo, en si acaso no pasa nada y el devenir es sólo silencio.

Quizá ya nada podamos esperar de los ricos, ni de los regidores de pueblos, ni de los sacerdotes… Pero después de Auswitch -y a pesar los malentendidos- sólo nos queda la palabra del poeta:

 

¿Por qué, pues, os ocultáis en el silencio, precisamente en esta época que necesitaría un grito tan potente que pusiese en pie hasta a los moribundos?

 

Papini

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