Cara de pan, Sara Mesa

 

Por María Ayete Gil

 

Yo, que muy a mi pesar, ando bastante rezagada en cuanto a lo que a novedades literarias se refiere, debo confesar que, cuando leí hace unos meses el último párrafo de una entrevista a Sara Mesa (1976) en el diario Crónica Global, casi se me para el corazón. Y es que el entrevistador, un hombre a todas luces mucho más informado que quien esto escribe, le preguntaba a Mesa, así, a bocajarro, sobre su próxima novela, Cara de pan, que vería la luz a finales de septiembre de este mismo año. ¿Cómo? ¿Nueva novela? ¿Desde cuándo? Me apresuré a verificar la información: sí, Sara Mesa tenía libro nuevo. Sí, se titulaba Cara de pan. Sí, estaría en las librerías a partir del 26 de septiembre.

A quien las líneas anteriores sorprendan, poco o nada sabe del nerviosismo y la agitación que invaden a todo lector ante la inminente publicación de una novedad por parte de un escritor o escritora al que sigue (o intenta seguir) de cerca. Sin embargo, eso que bien podemos llamar expectativa es un arma de doble filo: si bien nos insufla esperanza, y todo lo que ello conlleva, ser precavido es a veces un don, pues una mala autogestión de tanta promesa puede dar como resultado un fiasco de dimensiones considerables. Bien, dejen la prudencia de lado, porque estamos ante una novela que supera (¿puedo decir que con creces?) a la tan elogiada por la crítica Cicatriz (2015) y a la reeditada Un incendio invisible (2017). Con Cuatro por cuatro (2012) tengo mis dudas, eso serían palabras mayores, y ya me parece haber dicho suficiente.

Con una escritura que no decepcionará a sus adeptos, pues sigue fiel a su ya característico estilo (emborronamiento, ambigüedad, silencio, elipsis y concesión), en Cara de pan nos topamos de nuevo con dos de las grandes particularidades de la narrativa de Mesa: un limitado número de personajes (dos) y un espacio reducido (un rincón, escondido entre los arbustos, de un parque). A lo largo de las 136 páginas que conforman el texto se relata, sin un solo diálogo, la relación entre Casi, una niña de casi catorce años, gordita, con granos en los brazos y ropa ancha, y el Viejo, un señor de cincuenta y pocos, apasionado de los pájaros y de Nina Simone. ¿Quiénes son esos personajes? ¿Cómo se conocen? ¿Qué hacen? ¿Por qué se relacionan? Pero, sobre todo, ¿qué tipo de relación mantienen? Solo diré que los encuentros tienen lugar durante las mañanas, lo que debería ser sin duda señal de la rareza de estos dos seres. Para saber la respuesta al resto de las peguntas, lean la novela.

Vayamos por otros derroteros. En primer lugar, la voz narrativa es una voz a la que ha recurrido Mesa en otras ocasiones (estoy pensando en algún que otro cuento del volumen Mala letra, por ejemplo, o en los ojos del personaje de Celia en Cuatro por cuatro). Me refiero a un tipo de narrador externo no omnisciente, que se sitúa, en el caso de Cara de pan, en la mirada de la niña, obligando al lector, entre otras cosas, a confiar en ese único punto de vista. En segundo lugar, decía Mesa hace poco en otra entrevista que el recurso de la elipsis es, a su parecer, una cortesía con el lector. El excelente manejo de las elisiones (hay que decir que menos recurrentes que en otras de sus narraciones), la capacidad de concisión de su escritura y la brevedad del relato convierten la novela en un texto muy compacto, ágil y de gran intensidad. Cortázar solía comparar el cuento con la noción de la esfera, esa forma geométrica perfecta totalmente cerrada en sí misma. Mesa, buena conocedora de los mecanismos del género cuentístico, es capaz de aunar intensidad y tensión en el centro de la esfera, finamente trazadas mediante un lenguaje en el que nada sobra, pues cada palabra ha sido minuciosamente cuidada, y de proyectar, fuera de ella, una vibración de naturaleza diferente que apunta, cual flecha hacia la diana, a intranquilizar al lector, a sacudir sus prejuicios, a poner en tela de juicio su concepto de normalidad, a dinamitar generalidades y polarizaciones; en definitiva, a poner en evidencia la ambigüedad moral de una sociedad occidental, la nuestra, que, a pesar de jactarse de tolerancias y progresismos y buenrollismos, gusta en sancionar (socialmente y de antemano, claro) lo diferente.

Y es que Cara de pan, cuyo sustento se erige en el paulatino establecimiento de vínculos entre dos personajes tan dispares como semejantes, juega con el perverso imaginario del lector, pero también con el de los propios personajes, demostrando ante nuestros recelosos ojos que, a pesar de estar frente a un relato que roza cuestiones de espeluznante actualidad, como lo son el acoso escolar o el abuso sexual, se torna alegato en defensa de lo anormal y guantazo a nuestros convencionalismos. Todo ello circundado por una serie de elementos esenciales en la poética de Mesa hasta el momento, y sobre cuyas consecuencias no renuncia a indagar: las dinámicas de poder, el exceso de vigilancia y los claroscuros propios de la contradicción.

Nos encontramos, así, ante un texto que no tiene desperdicio ninguno; una novela de lectura urgente, por incómoda, y de gran complejidad a lo que cabe añadir, como apunta Pozuelo Yvancos en su comentario sobre la misma aparecido en el periódico ABC, el inteligente uso que hace la autora de la imaginación como forma de vida. Una imaginación que va arrinconándose conforme se acerca la edad adulta pero que, en cualquier caso –y quien lea la novela bien lo sabrá–, tiene sus ventajas, pero también sus riesgos. Sobre todo, cuando ciertas fabulaciones se dejan por escrito.

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