Austerlitz, W. G. Sebald

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W. G. Sebald se murió demasiado pronto. Nació en Alemania en 1944 y falleció en Norfolk, Reino Unido, al chocar su automóvil con un camión en 2001. Aunque se ha hablado también de un ataque cardíaco al volante, no quiero ni me interesa comprobarlo. Esta muerte anticipada, aunque la muerte siempre es anticipada, detonó en los ambientes académicos –y no tanto-–un velocísimo proceso de canonización del autor que aún dura (por algo será) y que Rodrigo Fresán criticó –algo provocadoramente aunque no exento de razones– en un artículo de 2003 titulado “El caso Sebald“.

Hoy, 14 de diciembre de 2016, se cumplen exactamente quince años de la desaparición del escritor, han pasado trece desde que Fresán publicara su crítica-advertencia-desafío en la revista Letras Libres, y la gente en la calle, en los bares, jugando al billar, se pregunta: ¿merece la pena volver sobre Sebald? ¿Merece la pena ir hacia Sebald? ¿Merece la pena llegar a Sebald?

Siendo el viaje -físico, mental, intelectual, espiritual, voluntario, forzoso…- tema central de su literatura, no se puede no intentar emprender también un viaje y acercarnos a la figura de este -ahora sí- gran autor de la literatura europea contemporánea. Pues Sebald, quien falleció muy poco después de publicar la que seguramente es su mejor obra: Austerlitz, se yergue aún hoy entre aquellos pocos escritores de culto cuya obra responde con intensidad y belleza a las expectativas del lector.

Tras una breve estancia en Suiza, W. G. Sebald, huyendo de la oprimente atmósfera de la posguerra alemana, emigró con veintiún años a Inglaterra, donde impartió clases de literatura europea y escritura creativa en la Universidad de East Anglia hasta terminar su días con tan desafortunado accidente. A pesar de haber vivido en Reino Unido gran parte sus años de madurez, Sebald siempre escribió en su idioma natal y mantuvo hasta el final un sentimiento de desarraigo que supo reproducir en sus ficciones con un lenguaje preciso, una sintaxis compleja y una elegancia literaria inaudita, sin estridencias ni aspavientos.

Además del estilo de su escritura, los temas que pueblan sus libros más conocidos –Vértigo, Los emigrados, Los anillos de Saturno– remiten al problema del desplazamiento y de la identidad del desplazado, ya sea en el espacio o en el tiempo: los muertos, la memoria, el exilio. Tal y como ocurre de forma paradigmática en la novela que nos ocupa, Austerlitz, publicada originalmente en 2001 y editada un año más tarde por Anagrama en la excelente traducción española de Miguel Sáenz (genial traductor de Thomas Bernhard).

 

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Una de las fotografías que acompañan el texto de “Austerlitz”

 

El último libro de Sebald narra la historia de un hombre, Jacques Austerlitz, al que la tierra se le mueve bajo los pies como si se tratase de un riachuelo vaporoso e inasible. El personaje que protagoniza este magnífico relato es la personificación del desarraigado, de quien no conoce una patria ni un idioma propios, y al que de niño se le niega incluso la realidad de su verdadero nombre. ¿Quién es Jacques Austerlitz? Un extranjero en todas partes, un hombre solitario que emprende la búsqueda de su origen a través de un intrincado ejercicio de deconstrucción de la identidad. ¿De dónde viene Jacques Austerlitz? No seré yo quien lo diga, pero sí diré que Sebald, con la escritura de esa búsqueda difícil y necesaria, nos demuestra, como si se tratara del correlato historiográfico del psicoanálisis, de qué manera la recuperación de los recuerdos nos conduce a la comprensión. En definitiva, cómo Austerlitz es un hombre solitario porque su origen, el origen de su memoria y el de toda historia, está marcado por la soledad.

 

Recuerdo sólo que, al ver al chico sentado en el banco, tuve conciencia, por su estupor apático, de la destrucción que el estar solo había producido en mí en el curso de tantos años, y me invadió un terrible cansancio al pensar que nunca había estado realmente vivo, o que acababa de nacer ahora, en cierto modo en vísperas de mi muerte.

 

La escritura de Sebald es célebre por la confluencia de diversos registros y géneros como la crónica de viajes, el ensayo o el reportaje, y en Austerlitz no faltan esos retazos de diversas escrituras que la voz de un narrador desconocido y nunca justamente valorado amalgama con fluidez y precisión. Este narrador, que hace muchos años conoció al protagonista en la estación de tren de Amberes, mantiene largas conversaciones con Austerlitz y reproduce para nosotros no sólo sus propias palabras, sino también las de su interlocutor y las de todos aquellos personajes a los que Austerlitz invoca en sus intervenciones. Voces como matrioskas.

 

¿Puedes decirme, dijo ella, dijo Austerlitz, cuál es la razón de que seas tan inaccesible?

 

A este carácter polifónico hay que sumar la célebre e interesante –aunque no necesariamente original– costumbre sebaldiana de insertar fotografías en el texto. Fotografías que no ilustran tanto como sugieren, evocan o despiertan.

 

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Páginas sueltas de la novela “Austerlitz”

 

No me parece, dijo Austerlitz, que comprendamos las leyes que rigen el retorno del pasado, pero cada vez me parece más como si no hubiera tiempo, sino diversos espacios, imbricados entre sí, en los que los vivos y los muertos, según el talante en que se encuentran, van de un lado a otro, y cuanto más lo pienso tanto más me parece que nosotros, los que todavía nos encontramos con vida, a los ojos de los muertos somos irreales y sólo a veces, en determinadas condiciones de luz y requisitos atmosféricos, resultamos visibles.

 

Esta novela es, de alguna manera, una novela de espíritus y de fantasmas, de voces sin cuerpo y de recuerdos largo tiempo olvidados. Qué fácil resulta decir que Sebald es un escritor de la memoria y que Austerlitz es su incursión literariamente más lograda en ese proceso cognitivo que tanto evocamos y del que tan poco sabemos. Pero qué difícil, al mismo tiempo, reconocer y callar que Sebald ha escrito una de las metáforas más hermosas del funcionamiento de la memoria. Leemos Austerlitz como recordamos. Leer Austerlitz es hacer un ejercicio intelectual para disipar el olvido y recordar quiénes somos. Recordar, algo sorprendidos, que somos Jacques Austerlitz.

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