Al lector salteado, por su segundo aniversario, Macedonio Fernández

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El pasado viernes 23 de febrero se cumplió el segundo aniversario de este espacio de páginas erráticas y fronteras imprecisas que llamo lector salteado, y lo que empezó como una broma parece haberse convertido en una broma larga.

Cuando después del lore ipsum de rigor publiqué una reseña de Historia abreviada de la literatura portátilde Enrique Vila-Matas, pensé que ya lo había hecho todo. Había abierto un blog, había publicado una reseña anacrónica, no la había leído nadie: ¿qué más se puede pedir?

Sin embargo, vinieron otras, otras muchas, quizás demasiadas. La pantalla blanca e inmaculada comenzó a poblarse de letras, palabras, comentarios más o menos afortunados, títulos de libros y de películas, nombres de autores, autores enteros que se colaban entre las rendijas de ventilación de mi ordenador, bajo las teclas, abriéndose paso entre los píxeles de la pantalla y el código de una web de nombre incierto y resabios gastronómicos tan lejanos como erróneos: lector salteado.

Me gusta la minúscula. En otros lugares lo he dejado por escrito. Nadie podrá negar que he luchado por ella y que solo he usado mayúscula cuando las circunstancias me han obligado. Pero han sido muchas las veces en que las circunstancias me han obligado. Los escritores, como digo, se colaban en el blog saltando directamente desde mi mesilla de noche, y eso ha hecho que también el blog saltara como un trapecista sobre el abismo de redes sociales que han reescrito y referido su nombre con mayúscula: Lector salteado. En cierto modo, es como si habiendo pasado dos años desde su nacimiento el nombre hubiera crecido y esa letra inicial hubiera ganado en altura y anchura sin remedio alguno. Yo me resigno a que el blog tenga dos nombres, uno con minúscula y otro con mayúscula. Son las dos caras de un mismo ser, Jekyll y Hyde, la cara íntima y esquiva vs. la cara social y amigable.

La culpa la tienen siempre los escritores, que campando a sus anchas en mi blog han conseguido que esto parezca el apartamento de la calle Suipacha de Buenos Aires donde el narrador de aquel cuento de Cortázar vomitaba conejitos blancos como un desquiciado. Conejitos y escritores por todos lados. Cocteau, Duras, Orejudo o Lamborghini fueron de los primeros en llegar, pero entonces ni siquiera intuí que como verdaderos saboteadores abrirían la puerta desde dentro para que entraran otros colegas del gremio: algunos clásicos poco frecuentados, como Giovanni Papini y sus furibundas Cartas del papa Celestino Sexto a los hombres, Giorgio Bassani y su extraordinaria novela La garza, Maxim Gorki y su relato El vagabundo filósofoFernando Pessoa y sus Cartas de amor, Georges BatailleLo imposible, Rubén Darío y Los raros.

Así podía haber terminado todo, pero no. La fiesta se descontroló y entraron algunos gigantes de la literatura hispanoamericana contemporánea, como Sergio Pitol, Roberto BolañoAlan Pauls o Rodrigo Fresán, y algunos representes heterodoxos de la narrativa española actual: Alberto Olmos, Julio Fajardo Herrero, Jesús MarchamaloPhil CaminoJorge Carrión o (de nuevo y siempre) Vila-Matas. Todos ellos seguidos de algún que otro raro más o menos desconocido, como Witold Gombrowicz y su Curso de filosofía en seis horas y cuarto, Néstor Sánchez Nosotros dosCarlos Correas y su brutal novela Los jóvenes, el citado Osvaldo Lamborghini con El FiordWolfgang Koeppen y sus extrañas Anotaciones de Jakob Littner desde un agujero bajo tierra.

Pero nadie está dispuesto a quedarse en la calle al pie de una ventana iluminada desde la que se proyectan risas, llantos, música y gemidos. De modo que ni  W. G. Sebald, ni Henry-David Thoreau, ni Thomas Bernhard, ni Samanta Schweblin, ni Álvaro Enrigue, ni Juan Eduardo Zúñiga, ni Max Brod, ni Valeria Luiselli, ni David Shields quisieron perderse detalle de lo que se cocinaba en estos parajes. Hasta Años Nuevo y Carnaval celebraron a mi costa, sin que yo pudiera ni siquiera pronunciarme en contra o a favor. Se atrevieron incluso, con todo el arrojo que puede atribuírsele a un escritor, a invitar sin mi consentimiento a pintores como Giorgio Morandi, fotógrafos como Luigi Ghirri, cineastas tan dispares como Ben Wheatley o Philip Gröning, y ensayistas de verbo incontinente como Mario Aznar.

Hay que decir también que no actuaron solos. Hubo cómplices que sin tapujo alguno colaboraron para llevar a buen fin la ocupación progresiva del blog por parte de escritores de todo género y condición, hombres y mujeres, ensayistas y narradores, filósofos y novelistas, así como de editoriales grandes y pequeñas, de uno y otro lado del Atlántico, como Anagrama, Corregidor, Wunderkammer, Seix Barral, Elba, Caja Negra, Círculo de Tiza, Mondadori, Adriana Hidalgo, Sexto Piso, Tusquets, Nórdica, Errata naturae o Libros del asteroide.

Algunos de estos cómplices tienen nombre propio, como María Ayete Gil y Elena J. Gomariz, que colaron en la fiesta a Sara Mesa y a Julio Fajardo, por un lado, y a Antonio Orejudo y a la sombra de David Foster Wallace, por otro.

Otros compañeros de fechorías, más discretos y multiplicados, son los lectores. Por ellos especialmente reproduzco esta misiva que acabo de recibir del mismísimo Macedonio Fernández. La generosa dedicatoria que el maestro Macedonio ha concedido a nuestro blog quiero hacerla extensible, aquí y ahora, a todos los lectores salteados que por una casual desdicha han tenido a bien perderse entre tanto escritor y tanto título y tanta crítica.

Gracias.

 

AL LECTOR SALTEADO

Confío en que no tendré lector seguido. Sería el que puede causar mi fracaso y despojarme de la celebridad que más o menos zurdamente procuro escamotear para alguno de mis personajes. Y eso de fracasar es un luicimiento que no sienta a la edad.

Al lector salteado me acojo. He aquí que leíste toda mi novela sin saberlo, te tornaste lector seguido e insabido al contártelo todo dispersamente y antes de la novela. El lector salteado es el más expuesto conmigo a leer seguido.

Quise distraerte, no quise corregirte, porque al contrario eres el lector sabio, pues que practicas el entreleer que es lo que más fuerte impresión labra, conforme a mi teoría de que los personajes y los sucesos sólo insinuados, hábilmente truncos, son los que más quedan en la memoria.

Te dedico mi novela, Lector Salteado; me agradecerás una sensación nueva: el leer seguido. Al contrario, el lector seguido tendrá la sensación de una nueva manera de saltear: la de seguir al autor que salta.

 

De Museo de la Novela de la Eterna (primera novela buena)

Macedonio Fernández

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