Album fotografico di Giorgio Manganelli, Lietta Manganelli

Album fotografico Manganelli

 

No hace mucho que salí con el libro equivocado de la librería Palomar, en la ciudad de Bérgamo. Poco a poco he ido adquiriendo la incómoda manía de entrar en las librerías preguntando por títulos caprichosos, inencontrables, para así acabar comprando algo inesperado. A Palomar entré buscando un libro de Giorgio Manganelli y otro de Alberto Savinio. Ninguno de los dos estaba disponible, pero la librera, ágil e inteligente, salió al paso de mi previsible retirada y en lugar de devolverme el arrivederci de costumbre giró rápidamente en torno al mueble de la caja y me puso en las manos un librito menudo y blanco con el detalle de un pinocho de madera estampado en la portada: Album fotografico di Giorgio Manganelli. Racconto biografico di Lietta Manganelli (Quodlibet, 2010).

Aquel no era exactamente un libro de Manganelli, ni siquiera un libro sobre Manganelli, sino que por alguna extraña razón se trataba del propio Manganelli encerrado en la forma arbitraria y perecedera de un libro. Como reza el subtítulo, se trata de un relato biográfico escrito por la hija del autor de Centuria (1979), pero también, como reza el título, es un álbum fotográfico. Es un álbum, es un relato, es una biografía y es un gabinete de curiosidades. Si entendemos con Nabokov, con Piglia, con Vila-Matas o con David Shields que la mejor parte de la biografía de un escritor es la historia de su estilo, este libro es también un ensayo de crítica literaria. El libro es todo esto y al mismo tiempo es la sucesión cronológica de un conjunto de fotografías personales (la mayoría en blanco y negro, algunas en sepia, muy pocas en color) pertenecientes al escritor, traductor y crítico literario Giorgio Manganelli, nacido en Milán el 15 de noviembre de 1922 y muerto en Roma el 28 de mayo de 1990.

A cada imagen le corresponde un escueto pie de foto en el que Lietta desenvuelve con ternura, ironía y desenfado los secretos de una escena más o menos cotidiana: Manganelli de pequeño vestido como una niña; Manganelli con siete años y vestido con traje de baño; Manganelli escapándose para almorzar durante el descanso de una reunión en la editorial Einaudi (donde “se comía demasiado poco”); Manganelli con la amante de Jung, Toni Wolff; Manganelli con la crítica de arte Lea Vergine; Manganelli en Inglaterra, en Taiwan, en Islandia, en Kuwait…

El libro ofrece una versión muy personal, al mismo tiempo desgarrada y afectuosa –pero sin aspavientos ni sentimentalismo–, de los principales avatares de la vida del escritor, de sus mayores aficiones y manías, de su carácter complejo, su humor inteligente y su temperamento imprevisible, pero, sobre todo, de la inaudita e intermitente relación que mantuvo con su hija, quien a partir de los seis años sufrió la prohibición de acercarse a su padre.

 

 

Manganelli buscó a su hija y trató de reencontrase con ella en varias ocasiones, pero el dictum de Fausta Chiaruttini, la madre, era inamovible: “No, por el amor de Dios, tiene los nervios débiles, tú solo podrías arruinarla, desaparece, esfúmate, mantente lejos”. Sin embargo, ambos se escribieron con cierta asiduidad por mediación de la abuela, que adoraba a su yerno y aprovechaba las ocasiones en que el escritor visitaba Parma por cualquier motivo para disfrazarse como una diva de Hollywood (el fular envolviéndole la cabeza, el sombrero ancho, las enormes gafas de sol) e ir a escucharlo sentada al fondo de la sala, disimulando para no ser reconocida.

La relación epistolar entre Manganelli y su hija comenzó cuando esta le envió su primera carta con catorce años, y fue lo que posibilitó el reencuentro posterior. Lietta se vio de pronto frente a un señor grueso, calvo y en tirantes, al que apenas reconocía, y le preguntó: “Disculpe, ¿es usted el señor Manganelli?”, a lo que este contestó: “Sí”. “Entonces yo soy su hija”, repuso ella. Al poco de este manganelliano saludo apareció el escritor Carlo Emilio Gadda, visiblemente agitado, y Manganelli pidió a su hija que esperara en la terraza, donde aguardó más de una hora. Cuando Gadda se fue, el padre se excusó: “Nada, perdona, era un colega con problemas de nervios”. Al parecer, la discusión había tenido lugar por una cuestión de egos, plagios, irreverencias y superposiciones entre Hilarotragoedia (1964), de Manganelli, y La cognizione del dolore (1963), de Gadda. Nada serio.

El valor documental del libro es indudable, pero también resulta totalmente secundario o lateral. Es cierto que Lietta exhibe las fotografías de la nonna Amelia y del abuelo Paolo Manganelli, que vemos las instantáneas oficiales del escritor en la escuela, en el instituto y en la universidad –donde se observa un curioso parecido con Pavese–, o que seguimos en imágenes el recorrido de una Lietta Manganelli que pasa de ser casi un bebé sentado en un cañaveral de Roccabianca a ser una mujer de dieciocho años, prácticamente desconocida para su padre. Esta última secuencia es particularmente expresiva, pues permite adivinar el hueco, la página en blanco de una relación filial que este libro en cierto modo escribe o reescribe con signos que están más allá de las palabras.

 

Giorgio Manganelli y su hija Lietta

Giorgio Manganelli y su hija Lietta, octubre de 1970

 

El valor documental es secundario porque se trata de un comentario o discurso en segundo grado, pero también es lateral (o hipotético, o conjetural, o abiertamente ficticio) porque si no conociéramos a Giorgio Manganelli, si Manganelli no existiese, este sería un relato valioso en sí mismo por la calidad singular de su escritura entrecortada y honesta, por la sintaxis fragmentaria de las imágenes que unen y desunen las piezas de este retrato oblicuo y sesgado. También porque, no lo olvidemos, Lietta relata buena parte de una historia que nunca conoció, como Borges, en su particular y tardío “libro de viajes” titulado Atlas, acompañó las fotografías de María Kodama con textos sobre lugares que pisó, pero que nunca vio.

El personaje que dibujan el texto y las fotografías de este libro es un tal Giorgio Manganelli que orbitó en torno al Grupo ’63 y que mantuvo una relación especial con Italo Calvino, con Pietro Citati y con Augusto Frassineti, que consideraba que la comida era un rito y no soportaba esperar sentado a la mesa, que odiaba la playa y que desconoció la armonía del matrimonio perfecto. Para ese tal Manganelli eran importantes su tío Mario, su psicoanalista Ernst Bernhard y la poeta Alda Merini, pero siempre le fue antipático Pasolini, por quien lamentaba “no poder decirle siquiera que escribe mal, porque sería mentira”. Se trata de un Manganelli libre, comprometido con la singularidad de su obra, obsesivamente solitario.

Hay en este libro confesiones tortuosas, comentarios sagaces y profundamente irónicos, pero hay lugar también para la melancolía y para observar indiscretamente el lugar de trabajo de Manganelli, un escritorio caótico y vertiginoso: “uno de los lugares más enmarañados de Europa”. Según cuenta Lietta Manganelli, uno entraba en el reino de su padre y preguntaba: “¿Me siento aquí?”. A lo que él respondía: “No, porque están los discos… no, porque están los libros…”. “¿Me siento en el suelo?”. “No, porque…”. El suyo era un territorio al mismo tiempo sagrado y tremendamente mundano, analogía material de su escritura de orfebre alucinado. Su escritorio indistinguible, la ropa amontonada sobre la silla y las pilas de libros, periódicos y revistas creciendo en el suelo eran la representación visual y matérica, casi escultórica, de la forma de lo informe que Manganelli exploró en La palude definitiva (1991) y en Nuovo commento (1993), el humor y la multiplicación de sus “cien pequeñas novelas río” y de su Pinocchio paralelo (1977).

 

Manganelli desk

El escritorio de Giorgio Manganelli

 

Aunque quizá sea ver más allá de lo que un brevísimo relato biográfico ilustrado podría dar de sí en una primera lectura, este Album fotografico presenta a mis ojos de comprador desviado al menos un par de relatos sumergidos, paralelos también. Por un lado, Lietta comenta las fotografías de su padre, de familiares y de amigos que dan cuenta de la vida del personaje Giorgio Manganelli, o mejor, de su actitud ante la vida. Por otro lado, Lietta diseña la figura de una mujer (de una hija) y de su compleja relación con el padre. Mientras que, por último, Lietta relata por alusiones el proceso mismo de composición de los dos niveles anteriores.

“Toda la historia de la vida de un hombre está en su actitud”, escribió Julio Torri. Mientras leemos la historia de la vida de Manganelli leemos también las introducciones referenciales de Lietta. Son frases breves en las que se apoya la narradora para establecer un vínculo casi físico con las imágenes del texto: “Foto en el jardín de la Guastalla de Milán”, “Aquí en una foto posterior, de 1954, con Terranova”, “Esta soy yo con mi abuela paterna, mi madre, mi padre”, “Esta que tiene en la mano es la primera carta que he escrito a mi padre”… Primero Lietta Manganelli resume en una o dos líneas esa conexión verosímil entre la fotografía y la idea o el hecho, y pasa luego a ensayar una descripción, recordar una escena, esbozar una conjetura.

Mientras leemos, es fácil imaginar que Lietta Manganelli va sacando una a una esas viejas fotografías de una caja de cartón agrietado, olvidada durante años en el fondo de un armario, para enseñárnoslas con generosidad, pero no sin cierta turbación. Esa sensación que el libro transmite, ese peculiar efecto de realidad, es solo una dimensión más que agradecer al texto cercano y familiar del Album fotografico di Giorgio Manganelli, que revitaliza las figuras anquilosadas del archivo y del recuerdo, y que nos deja durante unos minutos volver a pensar en una escritura manual, íntima y apretada, en el olor del polvo y en el tacto de una esquina doblada.

En España, hace ya algunos años que MuchnikSiruela y Anagrama editaron algunos de los libros de este extraordinario escritor, gran desconocido, a pesar de todo, en nuestros ilustres estantes colmados de ferrantes y knausgårds. Pocas son las figuras que en esta tierra le han prestado atención, aunque entre ellas se cuenta a grandes escritores como Enrique Vila-Matas y a importantes críticos como Mercedes Monmany. Recientemente, Gatopardo ha editado Vida de Samuel Johnson, la hermosa semblanza del intelectual inglés que Manganelli escribió en 1961, y la editorial Dioptrías, con un coraje inestimable, ha puesto a disposición del lector español La literatura como mentira, la imprescindible colección de ensayos críticos que Manganelli publicó originalmente en 1967. Al otro lado del charco, la editorial argentina El cuenco de plata ha traducido Experimento con la India, libro de pensamientos e impresiones sobre el país de Shivá, publicado por primera vez en 1992.

 

 

Yo me equivoqué de libro al salir de la librería Palomar, en la ciudad de Bérgamo, y me llevé este magnífico Album fotografico de Giorgio Manganelli. Para enmendar mi error quisiera traducirlo al español y que otros muchos lectores pudieran ayudarme a comprender si fue una equivocación o un golpe de suerte. Sin embargo, me han dicho que traducir este libro en nuestro país sería un suicidio, que aquí no interesa, que Manganelli no tiene lectores. Como cree el ladrón que todos son de su condición, yo, que soy dado al equívoco, quiero pensar que quien esto dice también se equivoca. Y que si Manganelli no tiene aún suficientes lectores los tendrá pronto, y que estos querrán hurgar en la caja de sus fotografías personales y disfrutar el relato biográfico de su hija Lietta, y que podré traducirlo, y que alguien le dirá algún día a la librera de Palomar que hizo bien en no devolverme el arrivederci de costumbre y en forzar, en cambio, este hermoso equívoco.

 

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