27. La tercera orilla del río, João Guimarães Rosa [Jorge Comensal]

Hasta que el cuento aguante

Un cuento enigmático que me ha ayudado a ser hijo.

 

Recomendación de Jorge Comensal, autor del ensayo Yonquis de las letras (La huerta Grande, 2017) y de la novela La mutaciones (Seix Barral, 2019).

 

“La tercera orilla del río”, de João Guimarães Rosa

Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven y aún de niño, según me testimoniaron diversas personas sensatas, cuando les pedí información. De lo que yo mismo me acuerdo, él no parecía más raro ni más triste que otros conocidos nuestros. Sólo tranquilo. Nuestra madre era quien gobernaba y peleaba a diario con nosotros -mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre mandó hacerse una canoa.

Iba en serio. Encargó una canoa especial, de madera de viñátigo, pequeña, sólo con la tablilla de popa, como para caber justo el remero. Pero tuvo que fabricarse toda con una madera escogida, fuerte y arqueada en seco, apropiada para que durara en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre maldijo la idea. ¿Sería posible que él, que no andaba en esas artes, se fuera a dedicar ahora a pescatas y cacerías? Nuestro padre no decía nada. Nuestra casa, por entonces, aún estaba más cerca del río, ni a un cuarto de legua: el río por allí se extendía grande, profundo, navegable como siempre. Ancho, que no podía divisarse la otra ribera. Y no puedo olvidarme del día en que la canoa estuvo lista.

Sin pena ni alegría, nuestro padre se caló el sombrero y nos dirigió un adiós a todos. No dijo otras palabras, no tomó fardel ni ropa, no hizo ninguna recomendación. Nuestra madre, nosotros pensamos que iba a bramar, pero permaneció blanca de tan pálida, se mordió los labios y gritó: “Se vaya usted o usted se quede, no vuelva usted nunca”. Nuestro padre no respondió. Me miró tranquilo, invitándome a seguirle unos pasos. Temí la ira de nuestra madre, pero obedecí en seguida de buena gana. El rumbo de aquello me animaba, tuve una idea y pregunté: “Padre, ¿me lleva con usted en su canoa?”. Él sólo se volvió a mirarme, y me dio su bendición, con gesto de mandarme a regresar. Hice como que me iba, pero aún volví, a la gruta del matorral, para enterarme. Nuestro padre entró en la canoa y desamarró, para remar. Y la canoa comenzó a irse -su sombra igual como un yacaré, completamente alargada.

Nuestro padre no volvió. No se había ido a ninguna parte. Sólo realizaba la idea de permanecer en aquellos espacios del río, de medio en medio, siempre dentro de la canoa, para no salir de ella, nunca más. Lo extraño de esa verdad nos espantó del todo a todos. Lo que no existía ocurría. Parientes, vecinos y conocidos nuestros se reunieron en consejo.

Nuestra madre, avergonzada, se comportó con mucha cordura; por eso, todos habían pensado de nuestro padre lo que no querían decir: locura. Sólo algunos creían, no obstante, que podría ser también el cumplimiento de una promesa; o que nuestro padre, quién sabe, por vergüenza de padecer alguna fea dolencia, como es la lepra, se retiraba a otro modo de vida, cerca y lejos de su familia. Las voces de las noticias que daban ciertas personas -caminantes, habitantes de las riberas, hasta de lo más apartado de la otra orilla- decían que nuestro padre nunca se disponía a tomar tierra, ni aquí ni allá, ni de día ni de noche, de modo que navegaba por el río, libre y solitario. Entonces, pues, nuestra madre y nuestros parientes habían establecido que el alimento que tuviera, oculto en la canoa, se acabaría; y él, o desembarcaba y se marchaba, para siempre, lo que se consideraba más probable, o se arrepentía, por fin, y volvía a casa.

Se engañaban. Yo mismo trataba de llevarle, cada día, un poco de comida robada: la idea la tuve, después de la primera noche, cuando nuestra gente encendió hogueras en la ribera del río, en tanto que, a la luz de ellas, se rezaba y se le llamaba. Después, al día siguiente, aparecí, con dulce de caña, pan de maíz, penca de bananas. Espié a nuestro padre, durante una hora, difícil de soportar: solo así, él a lo lejos, sentado en el fondo de la canoa, detenida en la tabla del río. Me vio, no remó para acá, no hizo ninguna señal. Le mostré la comida, la dejé en el hueco de piedra del barranco, a salvo de alimaña y al resguardo de lluvia y rocío. Eso, que hice y rehice, siempre, durante mucho tiempo. Sorpresa que tuve más tarde: que nuestra madre sabía de ese mi afán, sólo que simulando no saberlo; ella misma dejaba, a la mano, sobras de comida, a mi alcance. Nuestra madre no era muy expresiva.

Mandó venir a nuestro tío, hermano de ella, para ayudar en la hacienda y en los negocios. Mandó venir al maestro, para nosotros, los niños. Le pidió al cura que un día se revistiera, en la playa de la orilla, para conjurar y gritarle a nuestro padre el deber de desistir de la loca idea. En otra ocasión, por decisión de ella, vinieron dos soldados. Todo lo cual no sirvió de nada. Nuestro padre pasaba de largo, a la vista o escondido, cruzando en la canoa, sin dejar que nadie se acercara a agarrarlo o a hablarle. Incluso cuando fueron, no hace mucho, dos periodistas, que habían traído la lancha y trataban de sacarle una foto, no habían podido: nuestro padre desaparecía hacia la otra banda, guiaba la canoa al brezal, de muchas leguas, el que hay, por entre juncos y matorrales, y sólo él lo conocía, palmo a palmo, en la oscuridad, por entonces.

Tuvimos que acostumbrarnos a aquello. Apenas, porque a aquello, en sí, nunca nos acostumbramos, de verdad. Lo digo por mí que, cuando quería y cuando no, sólo en nuestro padre pensaba: era el asunto que andaba tras de mis pensamientos. Lo difícil era, que no se entendía de ninguna manera, cómo él aguantaba. De día y de noche, con sol o aguaceros, calor, escarcha, y en los terribles fríos del invierno, sin abrigo, sólo con el sombrero viejo en la cabeza, durante todas las semanas, y meses y años -sin darse cuenta de que se le iba la vida. No atracaba en ninguna de las dos riberas, ni en las islas y bajíos del río; no pisó nunca más ni tierra ni hierba. Aunque, al menos, para dormir un poco, él amarrara la canoa en algún islote, en lo escondido. Pero no armaba una hoguerita en la playa, ni disponía de su luz ya encendida, ni nunca más rascó una cerilla. Lo que comía era un apenas; incluso de lo que dejábamos entre las raíces de la ceiba o en el hueco de la piedra del barranco, él recogía poco, nunca lo bastante. ¿No enfermaba? Y la constante fuerza de los brazos, para mantener la canoa, resistiendo, incluso en el empuje de las crecidas, al subir el río, ahí, cuando al impulso de la enorme corriente del río, todo forma remolinos peligrosos, aquellos cuerpos de bichos muertos y troncos de árbol descendiendo -de espanto el encontronazo. Y nunca más habló ni una palabra, con nadie. Tampoco nosotros hablábamos de él. Sólo se pensaba en él. No, de nuestro padre no podíamos olvidarnos; y si, en algunos momentos, hacíamos como que olvidábamos, era sólo para despertar de nuevo, de repente, con su recuerdo, al paso de otros sobresaltos.

Mi hermana se casó; nuestra madre no quiso fiesta. Pensábamos en él cuando comíamos una comida más sabrosa; así como, en el abrigo de la noche, en el desamparo de esas noches de mucha lluvia, fría, fuerte, nuestro padre con sólo la mano y una calabaza para ir achicando la canoa del agua del temporal. A veces, algún conocido nuestro notaba que yo me iba pareciendo a nuestro padre. Pero yo sabía que él ahora se había vuelto greñudo, barbudo, con las uñas crecidas, débil y flaco, renegrido por el sol y la pelambre, con el aspecto de una alimaña, casi desnudo, apenas disponiendo de las ropas que, de vez en cuando, le dejábamos.

Ni quería saber de nosotros, ¿no nos tenía cariño? Pero, por el cariño mismo, por respeto, siempre que, a veces, me elogiaban por alguna cosa bien hecha, yo decía: “Fue mi padre el que un día me enseñó a hacerlo así…”; lo que no era cierto, exacto, sino una mentira piadosa. Porque, si él no se acordaba más, ni quería saber de nosotros, ¿por qué, entonces, no subía o descendía por el río, hacia otros lugares, lejos, en lo no encontrable? Sólo él sabría. Pero mi hermana tuvo un niño, ella se empeñó en que quería mostrarle el nieto. Fuimos, todos, al barranco; fue un día bonito, mi hermana con un vestido blanco, que había sido el de la boda, levantaba en los brazos a la criaturita, su marido sostenía, para proteger a los dos, la sombrilla. Le llamamos, esperamos. Nuestro padre no apareció. Mi hermana lloró, todos nosotros lloramos allí, abrazados.

Mi hermana se mudó, con su marido, lejos de aquí. Mi hermano se decidió y se fue, a una ciudad. Los tiempos cambiaban, en el rápido devenir de los tiempos. Nuestra madre acabó yéndose también, para siempre, a vivir con mi hermana; ya había envejecido. Yo me quedé aquí, el único. Yo nunca pude querer casarme. Yo permanecí, con las cargas de la vida. Nuestro padre necesitaba de mí, lo sé -en la navegación, en el río, en el yermo-, sin dar razón de sus hechos. O sea que, cuando quise saber e indagué en firme, me dijeron que habían dicho que constaba que nuestro padre, alguna vez, había revelado la explicación al hombre que le había preparado la canoa. Pero, ahora, ese hombre ya había muerto; nadie sabría, aunque hiciera memoria, nada más. Sólo en las charlas vanas, sin sentido, ocasionales, al comienzo, en la venida de las primeras crecidas del río, con lluvias que no escampaban, todos habían temido el fin del mundo, decían que nuestro padre había sido elegido, como Noé, que, por tanto, la canoa él la había anticipado; pues ahora medio lo recuerdo. Mi padre, yo no podía maldecirlo. Y ya me apuntaban las primeras canas.

Soy hombre de tristes palabras. ¿De qué era de lo que yo tenía tanta, tanta culpa? Si mi padre siempre estaba ausente; y el río-río-río, el río – perpetuo pesar. Yo sufría ya el comienzo de la vejez -esta vida era sólo su demora. Ya tenía achaques, ansias, por aquí dentro, cansancios, molestias del reumatismo. ¿Y él? ¿Por qué? Debía padecer demasiado. De tan viejo, no habría, día más día menos, de flaquear su vigor, dejar que la canoa volcara o que vagara a la deriva, en la crecida del río, para despeñarse horas después, con estruendo en la caída de la cascada, brava, con hervor y muerte. Me apretaba el corazón. Él estaba allá, sin mi tranquilidad. Soy el culpable de lo que ni sé, de un abierto dolor, dentro de mí. Lo sabría -si las cosas fueran otras. Y fui madurando una idea.

Sin mirar atrás. ¿Estoy loco? No. En nuestra casa, la palabra loco no se decía, nunca más se dijo, en todos aquellos años, no se condenaba a nadie por loco. Nadie está loco. O, entonces, todos. Lo único que hice fue ir allá. Con un pañuelo, para hacerle señas. Yo estaba totalmente en mis cabales. Esperé. Por fin, apareció, ahí y allá, el rostro. Estaba allí, sentado en la popa. Estaba allí, a un grito. Le llamé, unas cuantas veces. Y hablé, lo que me urgía, lo que había jurado y declarado, tuve que levantar la voz: “Padre, usted es viejo, ya cumplió lo suyo… Ahora, vuelva, no ha de hacer más… Usted regrese, y yo, ahora mismo, cuando ambos lo acordemos, yo tomo su lugar, el de usted, en la canoa…”. Y, al decir esto, mi corazón latió al compás de lo más cierto.

Él me oyó. Se puso en pie. Movió el remo en el agua, puso proa para acá, asintiendo. Y yo temblé, con fuerza, de repente: porque, antes, él había levantado el brazo y hecho un gesto de saludo -¡el primero, después de tantos años transcurridos! Y yo no podía… De miedo, erizados los cabellos, corrí, huí, me alejé de allí, de un modo desatinado. Porque me pareció que él venía del Más Allá. Y estoy pidiendo, pidiendo, pidiendo perdón.

Sufrí el hondo frío del miedo, enfermé. Sé que nadie supo más de él. ¿Soy un hombre, después de esa traición? Soy el que no fue, el que va a quedarse callado. Sé que ahora es tarde y temo perder la vida en los caminos del mundo. Pero, entonces, por lo menos, que, en el momento de la muerte, me agarren y me depositen también en una canoíta de nada, en esa agua que no para, de anchas orillas; y yo, río abajo, río afuera, río adentro -el río.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Gran Serón: veredas, de João Guimarães Rosa (Adriana Hidalgo, 2009), en traducción de Claudia Solans. [Aviso legal]

26. Felicidad clandestina, de Clarice Lispector [Marisa López Soria]

Hasta que el cuento aguante

Clarice Linspector no es una narradora de este mundo. En sus Cuentos reunidos de la editorial Siruela hay varias joyas inenarrables. Pero hoy os recomiendo “Felicidad clandestina”. Les gustará infinito a las personas que sienten o han sentido latir el corazón con fuerza ante la perspectiva de adentrarse en las páginas de un libro, a las personas que aman o han amado la lectura de tal modo que la cabeza les daba vueltas o les temblaban las piernas ante la promesa de felicidad, tal que si de un amor. Dice Clarice: “tenía el pecho caliente, el corazón pensativo”… Pero este cuento nos habla también de una maldad que muchos acosadores ejercen para maltratar sicológicamente. De la envidia, por supuesto del  amor intenso por la lectura, del deseo… Todo eso en apenas tres páginas. No se lo pierdan.

 

Recomendación de Marisa López Soria, escritora de literatura infantil y juvenil. Es autora, entre otros, de la serie SuperBerta (EDEBÉ, 2015), El gigante (Kókinos, 2016), Música para melocotoneros (Diquesi, 2019) y Mateo (Narvall, 2019).

 

“Felicidad clandestina”, de Clarice Lispector

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.

No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.

Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicio” y “recuerdos”.

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!

Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:

—Vas a prestar ahora mismo ese libro.

Y a mí:

—Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?

Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cuentos reunidos, de Clarice Lispector (Siruela, 2017), en traducción de Cristina Peri Rossi. [Aviso legal]

25. El chinago, de Jack London [José Bocanegra (La Marca Negra)]

Hasta que el cuento aguante

“El chinago” me enseñó el arte de la paciencia, una virtud esencial estos días para alcanzar la ansiada orilla.

 

Recomendación de José Bocanegra, escritor y editor de La Marca Negra Ediciones. Es autor de Historia de 1 persecución (2014), Corralejo (2016) y Vacas. road novel (2020).

 

“El chinago”, de Jack London

 

El coral medra, la palma crece, pero el  hombre muere.
(Proverbio tahitiano)

 

Ah Cho no entendía el francés. Sentado en la sala abarrotada de gente, cansado y aburrido, escuchaba aquella lengua incesante y explosiva que articulaban un oficial tras otro. Un inagotable parloteo y nada más era a oídos de Ah Cho, quien se maravillaba ante la estupidez de aquellos franceses que tanto tiempo empleaban en investigar quién era el asesino de Chung Ga y ni aún así podían descubrirlo. Los quinientos coolies de la plantación sabían que Ah San era el autor de crimen, y los franceses ni siquiera le habían detenido. Cierto que todos los coolies habían pactado secretamente no prestar testimonio los unos contra los otros, pero el caso era tan sencillo que no entendían cómo los franceses no habían descubierto que Ah San era el hombre que buscaban. Muy estúpidos tenían que ser.

Ah Cho no tenía nada que temer. No había participado en el crimen. Verdad era que lo había presenciado y que Schemmer, el capataz de la plantación, había irrumpido en el interior del barracón poco después de ocurrir el suceso, sorprendiéndole allí junto con otros cuatro o cinco coolies, pero, ¿qué importaba eso? Chung Ga había muerto de dos heridas de arma blanca. Estaba claro que cinco o seis hombres no podían infligir dos puñaladas. Aun en el caso de que cada una se debiera a distinta mano, sólo dos podían ser los asesinos.

Tal había sido el razonamiento de Ah Cho cuando, junto con sus cuatro compañeros; había mentido, trabucado y confundido al tribunal con su declaración respecto a lo ocurrido. Habían oído ruidos y, como Schemmer, habían corrido al lugar de donde procedían. Habían llegado antes que el capataz, eso era todo. Era cierto también que Schemmer había declarado que, si bien había oído ruidos de pelea al pasar por las cercanías del lugar del suceso, había tardado al menos cinco minutos en entrar al barracón. Que había hallado en el interior a los prisioneros y que éstos no habían podido entrar inmediatamente antes porque él los habría visto, dado que se hallaba junto a la única puerta de la construcción. Pero, aun así, ¿qué? Ah Cho y sus cuatro compañeros de prisión habían afirmado que Schemmer se equivocaba. Al final les dejarían en libertad. Estaban seguros de ello. No podían decapitar a cinco hombres por sólo dos puñaladas. Además, ningún demonio extranjero había presenciado el crimen. Pero eran tan estúpidos aquellos franceses… En China, como Ah Cho sabía muy bien, el juez ordenaría que los torturaran a todos y averiguarían quién era el culpable. Era fácil descubrir la verdad por medio de la tortura. Pero los franceses nunca torturaban. ¡Dónde se había visto mayor estupidez! Por eso nunca sabrían quién había matado a Chung Ga.

Pero Ah Cho no lo entendía todo. La compañía inglesa dueña de la plantación había llevado a Tahití a quinientos coolies pagando por ello un alto precio. Los accionistas exigían dividendos y la compañía aún no había pagado el primero. De ahí que no quisiera que aquellos trabajadores que tan caros le habían salido, se dieran a la práctica de matarse entre ellos. Por otro lado estaban los franceses, ansiosos de imponer a los chinagos las virtudes y excelencias de la ley francesa. Nada mejor que un buen escarmiento de vez en cuando, y, además, ¿qué utilidad podía tener Nueva Caledonia si no era la de poder mandar allí a los condenados para que pasaran sus días hundidos en la miseria y en el dolor en castigo por ser frágiles y humanos?

Ah Cho todo eso no lo entendía. Sentado en la sala, esperaba la decisión del juez que les dejaría libres a él y a sus compañeros para volver a la plantación y cumplir las condiciones del contrato. Pronto se pronunciaría sentencia. El proceso estaba llegando a su fin. No más testigos, no más verborrea ininteligible. Los demonios franceses también estaban cansados y, evidentemente, esperaban la sentencia. Y Ah Cho, mientras aguardaba, retrocedió con la memoria hasta el momento en que había firmado el contrato y se había embarcado para Tahití. Corrían malos tiempos en su aldea marítima y el día en que se enroló comprometiéndose a trabajar durante cinco años en los Mares del Sur a cambio de un jornal de cincuenta centavos mejicanos, se consideró afortunado. Había hombres en su pueblo que trabajaban un año entero para ganar diez dólares, y mujeres que hacían redes día tras día por cinco dólares anuales, y criadas en casas de comerciantes que recibían cuatro dólares por sus servicios. Y a él iban a darle cincuenta centavos diarios. Sólo por un día de trabajo iban a pagarle esa fortuna. ¿Qué importaba si la tarea era dura? A los cinco años volvería a su casa ––así lo decía el contrato–– y ya nunca tendría que volver a trabajar. Sería rico hasta el fin de su vida. Tendría una casa propia, una esposa, e hijos que crecerían y le respetarían. Sí. Y a espaldas de la casa tendría un jardín, un lugar de meditación y de reposo con un lago pequeño lleno de peces de colores y campanitas colgadas de los árboles que tintinearían con el viento y una tapia muy alta todo alrededor para que nadie interrumpiera ni su meditación ni su reposo.

Habían pasado tres de los cinco años que se había comprometido a trabajar. Con lo que había ganado podía considerarse un hombre rico en su país. Sólo dos años más separaban aquella plantación de algodón en Tahití de la meditación y el reposo que le esperaban. Pero en ese preciso momento estaba perdiendo dinero, y todo por la desgraciada casualidad de haber presenciado el asesinato de Chung Ga. Por cada día de las tres semanas pasadas en la cárcel, había perdido cincuenta centavos. Pero ya pronto el juez pronun-ciaría sentencia y podría volver a trabajar.

Ah Cho tenía veintidós años. Era por naturaleza alegre, bien dispuesto y propenso a sonreír. Mientras que su cuerpo tenía la delgadez propia de los asiáticos, su rostro era rotundo, redondo como la luna, e irradiaba una especie de complacencia suave, una dulce disposición de ánimo poco común entre sus compatriotas. Y su conducta no contradecía su apariencia. Jamás provocaba un conflicto ni participaba en pendencias. No jugaba. Carecía del espíritu fuerte del jugador. Se contentaba con las cosas pequeñas, con los placeres más nimios. La tranquilidad y el silencio del crepúsculo que seguían al trabajo en los campos de algodón bajo un sol ardiente, representaban para él una inmensa satisfacción. Podía permanecer sentado durante horas y horas contemplando una flor solitaria y filosofando acerca de los misterios y los enigmas que supone la existencia. Una garza azul posada sobre la arena de la playa, el relámpago plateado de un pez volador, o una puesta de sol rosa y nacarada al otro lado de la laguna, bastaban para hacerle olvidar la procesión de días fatigosos y el pesado látigo de Schemmer.

Schemmer, Karl Schemmer, era una bestia, una bestia embrutecida. Pero se ganaba el sueldo que le daban. Sabía extraer hasta la última partícula de energía de aquellos quinientos esclavos, porque esclavos eran y serían hasta el final de sus cinco años de contrato. Schemmer trabajaba a conciencia para extraer la fuerza de aquellos quinientos cuerpos sudorosos y transformarla en balas de mullido algodón, listas para la exportación. Su bestialidad dominante, férrea, primigenia era lo que le permitía llevar a cabo esa transformación. Le ayudaba en su tarea un grueso látigo de cuero de tres pulgadas de anchura y una yarda de longitud, látigo que llevaba siempre consigo y que, en ocasiones, caía sobre la espalda desnuda de un coolie agazapado con un estampido seco, como un disparo de pistola. Aquel sonido era frecuente cuando Schemmer recorría a caballo los campos arados.

Una vez, al principio del primer año de contrato, había matado a un coolie de un solo puñetazo. No le había aplastado exactamente la cabeza como si de una cáscara de huevo se tratara, pero el golpe había bastado para pudrir lo que aquel cráneo tenía dentro y al cabo de una semana el hombre había muerto. Pero los chinos no se habían quejado a los demonios franceses que gobernaban Tahití. Aquello era asunto suyo. Schemmer era un problema que sólo a ellos concernía. Tenían que evitar sus iras como evitaban el veneno de los centípedos que acechaban entre la hierba o reptaban en las noches lluviosas al interior de los barracones donde dormían. Y así los chinagos, como les llamaban los nativos cobrizos e indolentes de la isla, tenían buen cuidado de no disgustar a Schemmer, lo cual significaba rendir al máximo con un trabajo eficiente. Aquel puñetazo había representado para la compañía una ganancia de miles de dólares y, en consecuencia, a Schemmer no le había ocurrido nada.

Los franceses, carentes de instinto de colonización, ineficientes en su juego infantil de explotar las riquezas de la isla, estaban encantados de ver triunfar a la compañía inglesa. ¿Qué les importaba Schemmer y su famoso puño? ¿Qué había muerto un chinago? Bueno, ¿qué más daba? Además había fallecido de insolación. Así lo decía el certificado médico. Era cierto que en toda la historia de Tahití nadie había perecido jamás de insolación, pero eso precisamente era lo que hacía única su muerte. Asimismo lo decía el médico en su certificado. Era un ingenuo. Pero había que pagar dividendos. De otro modo tendrían que añadir un fallo más a la larga lista de fracasos en Tahití.

No había forma de entender a aquellos demonios blancos. Ah Cho ponderaba su inescrutabilidad mientras permanecía sentado en la sala esperando la sentencia. Era imposible saber qué pensaban. Había a unos cuantos. Eran todos iguales, los oficiales y los marineros del barco, los franceses y los pocos blancos de la plantación, incluido Schemmer. Sus mentes funcionaban de una forma misteriosa que era imposible descifrar. Se enfurecían sin causa aparente y su ira era siempre peligrosa. En esas ocasiones eran como animales salvajes. Se preocupaban por las cosas más nimias y, en ocasiones, podían trabajar más que los chinagos. No eran comedidos como éstos. Eran auténticos glotones que comían prodigiosamente y bebían más prodigiosamente todavía. Los chinagos nunca sabían cuándo sus acciones iban a agradarles o a levantar una auténtica tormenta de cólera. Era imposible predecirlo. Lo que una vez les complacía, a la siguiente provocaba en ellos un acceso de ira. Tras los ojos de los demonios blancos se cernía una cortina que ocultaba sus mentes a la mirada del chinago. Y para colmo estaba su terrible eficiencia, esa habilidad suya para hacerlo todo, para conseguir que las cosas funcionaran, para lograr resultados, para someter a su voluntad todo lo que reptaba y se arrastraba y hasta a los mismos elementos. Sí, los hombres blancos eran extraños y maravillosos. Eran demonios. No había más que ver a Schemmer.

Ah Cho se preguntaba por qué tardarían tanto en pronunciar sentencia. Ninguno de los acusados había tocado siquiera a Chung Ga. Le había matado Ah San. Él solo lo había hecho, obligándole a bajar la cabeza tirándole de la coleta con una mano y clavándole el cuchillo por la espalda con la otra. Dos veces se lo había clavado. Allí mismo, en la sala y con los ojos cerrados, Ah Cho revivió de nuevo el crimen, vio de nuevo la lucha, oyó las viles palabras que se habían cruzado, los insultos arrojados sobre antepasados venerables, las maldiciones lanzadas sobre generaciones por nacer, recordó el arrebato de Ah San, que había cogido a Chung Ga por la coleta, el cuchillo hundido por dos veces en la carne, la puerta abriéndose de pronto, la irrupción de Schemmer, la huida hacia la salida, la fuga de Ah San, el látigo volador del capataz obligando a los demás a apiñarse en un rincón y el disparo del revólver, señal con que había pedido ayuda. Ah Cho se estremeció al recordar la escena. Un latigazo le había magullado la mejilla arrancándole parte de la piel. Schemmer había señalado esos cardenales cuando, desde la tribuna de los testigos, había identificado a Ah Cho. Ahora las marcas ya no eran visibles. Pero había sido todo un latigazo. Media pulgada más hacia el centro de la cara y le habría sacado un ojo. Después, Ah Cho olvidó todo lo ocurrido al imaginar el jardín de reposo y meditación que sería suyo cuando volviera a su país.

Escuchó con rostro impasible la sentencia del magistrado. Igualmente impasibles estaban los de sus cuatro companeros. E impasibles siguieron cuando el intérprete les explicó que los cinco eran culpables de la muerte de Chung Ga, que Ah Chow sería decapitado, que Ah Cho pasaría veinte años en la prisión de Nueva Caledonia, Wong Li doce, y Ah Tong diez. Era inútil alterarse por ello. Hasta Ah Chow escuchó imperturbable, como una momia, aunque era a él a quien iban a cortar la cabeza. El magistrado añadió unas palabras y el intérprete explicó entonces que el hecho de que el rostro de Ah Chow fuera el que más hubiera sufrido los efectos del látigo de Schemmer hacía la identificación tan segura que, puesto que uno de los hombres había de morir, justo era que él fuese el elegido. El que la cara de Ah Cho hubiera sido también severamente magullada, probando así de forma terminante su presencia en el lugar del crimen y su indudable participación en éste, le había merecido los veinte años de prisión en el penal. Así fue explicando las sentencias una por una, hasta llegar a los diez años de reclusión de Ah Tong. Que aprendieran los chinos la lección, dijo después el juez, porque la ley habría de cumplirse en Tahití aunque se hundiera el mundo.

Volvieron a conducir a la cárcel a los cinco chínagos. No estaban ni sorprendidos ni apenados. Lo inusitado de la sentencia no les asombraba después de tratar a los demonios blancos. No esperaban de ellos sino lo inesperado. Aquel terrible castigo por un crimen que no habían cometido no era más de extrañar que la infinidad de cosas raras que hacían continuamente. Durante las semanas siguientes, Ah Cho contempló a menudo a Ah Chow con leve curiosidad. Iban a decapitarle con la guillotina que estaban alzando en la plantación. Ya no habría para él años de reposo ni jardines de tranquilidad. Ah Cho filosofaba y especulaba sobre la vida y la muerte. Su destino no le preocupaba. Veinte años eran sólo veinte años. Tantos más que le separaban de su jardín, eso era todo. Era joven y llevaba en sus huesos la paciencia de Asia. Podía esperar. Cuando esos veinte años hubieran transcurrido, los ardores de su sangre se habrían aplacado y estaría mejor preparado para aquel jardín suyo de calma y de delicias. Se le ocurrió un nombre para bautizarlo. Lo llamaría «El jardín de la calma matinal». Aquel pensamiento le alegró todo el día y le inspiró de tal modo que hasta inventó una máxima moral sobre la virtud de la paciencia, máxima que proporcionó un gran consuelo a sus compañeros, especialmente a Wong Li y a Ah Tong. A Ah Chow, sin embargo, no le importó mucho la máxima. Iban a cortarle la cabeza dentro de muy poco tiempo y no necesitaba paciencia para esperar el acontecimiento. Fumaba bien, comía bien, dormía bien y no le preocupaba el lento transcurrir del tiempo.

Cruchot era gendarme. Había trabajado durante veinte años recorriendo las colonias, desde Nigeria y Senegal hasta los Mares del Sur, veinte años que no habían logrado agudizar de forma perceptible su mente roma. Seguía siendo tan torpe y tan lerdo como en sus días de campesino en el sur de Francia. Estaba imbuido de disciplina y de temor a la autoridad, y entre Dios y su sargento la única diferencia que existía para él era la medida de obediencia servil que debía otorgarles. De hecho, el sargento contaba en su cabeza más que Dios, a excepción de los domingos, cuando los portavoces de este último elevaban su voz. Dios, por lo general, le resultaba un ser remoto, mientras que el sargento solía estar muy a mano.

Cruchot fue quien recibió la orden del presidente del tribunal en la cual se indicaba al carcelero que entregara al gendarme la persona de Ah Chow. Pero ocurrió que el presidente del tribunal había ofrecido un banquete la noche anterior al capitán y a la oficialidad de un buque de guerra francés. Su mano temblaba al escribir la orden y, por otra parte, los ojos le escocían tanto que no se molestó en leerla. Al fin y al cabo se trataba solamente de la vida de un chinago. Por eso no se dio cuenta dé que al escribir el nombre de Ah Chow había omitido la última letra. Así, pues, la orden decía Ah Cho, y cuando Cruchot presentó el documento al carcelero, éste le entregó a la persona que correspondía a ese nombre. Cruchot instaló a esa persona a su lado, en el pescante de la carreta, detrás de las dos mulas, y se la llevó.

Ah Cho se alegró de ver la luz del sol. Sentado al lado del gendarme, resplandecía de felicidad. Y resplandeció aún más cuando vio que las mulas se dirigían al sur, hacia Atimaono. Era indudable que Schemmer había pedido que le devolvieran a la plantación. Quería que trabajara. Pues muy bien, trabajaría. Schemmer no tendría el menor motivo de queja. Era un día caluroso. Los vientos habían amainado. Las mulas sudaban, Cruchot sudaba y Ah Cho sudaba. Pero era este último quien mejor soportaba el calor. Tres años había trabajado en la plantación bajo aquel sol. De tal modo resplandecía y tan alegre era su expresión, que hasta la torpe mente de Cruchot se asombró.

––Eres muy raro ––le dijo al fin.

Ah Cho afirmó con la cabeza y resplandeció aún más. A diferencia del magistrado, Cruchot le hablaba en la lengua de los canacas, que Ah Cho conocía, al igual que todos los chinagos y todos los demonios extranjeros.

––Ríes demasiado ––le reprendió Cruchot––. Deberías tener el corazón lleno de lágrimas en un día como hoy. ––Me alegro de haber salido de la cárcel.

––¿Eso es todo? ––dijo el gendarme, encogiéndose de hombros.

––¿No es bastante? ––preguntó él.

––Entonces, ¿no te alegras de que vayan a cortarte la cabeza?

Ah Cho le miró con súbita perplejidad y le dijo:

––Vuelvo a Atimaono, a trabajar para Schemmer en la plantación. ¿No es allí adonde me llevas? Cruchot se acarició, pensativo, los largos bigotes.

––¡Vaya, vaya, vaya! ––dijo finalmente, propinando a la mula un suave latigazo––. Así que no lo sabes…

––¿Qué no sé? ––Ah Cho comenzaba a experimentar una vaga sensación de alarma––. ¿Es que Schemmer no va a dejarme trabajar más para él?

––A partir de hoy, no ––dijo Cruchot con una carcajada. La cosa tenía gracia––. De hoy en adelante ya no podrás trabajar. Un hombre decapitado no puede hacer nada, ¿no?

Le dio un codazo al chinago en las costillas y volvió a reír.

Ah Cho guardó silencio mientras las mulas trotaban a lo largo de una milla calurosa. Luego habló:

––¿Va a cortarme la cabeza Schemmer?

Cruchot sonrió, afirmando con la cabeza.

––Ha habido un error ––dijo Ah Cho gravemente––. Yo no soy el chinago a quien han de decapitar. Yo soy Ah Cho. El honorable juez ha decretado que pase veinte años en Nueva Caledonia.

El gendarme se echó a reír. Tenía gracia aquel chinago tan raro que trataba de engañar a la guillotina. Las mulas cruzaron al trote un grupo de cocoteros y recorrieron media milla junto al mar resplandeciente antes de que Ah Cho hablara de nuevo.

––Te digo que no soy Ah Chow. El honorable juez no dijo que hubieran de cortarme la cabeza.

––No tengas miedo ––dijo Cruchot, guiado de la filantrópica intención de hacerle el trance más fácil al prisionero––. No es una muerte dolorosa. ––Chascó los dedos––. Visto y no visto. Así. No es como cuando te ahorcan y te quedas colgando de la soga, pataleando y haciendo visajes durante cinco minutos enteros. Es más bien como cuando matan a un pollo con un hacha. Le cortan la cabeza de un tajo y asunto termi-nado. Pues lo mismo con los hombres. ¡Zas!, y se acabó. No te dará tiempo ni a pensar si duele. No se piensa nada. Te dejan sin cabeza, o sea, que no puedes pensar. Es una buena forma de morir. Así me gustaría morirme a mí, rápido, rápido. Has tenido suerte. Podías haber cogido la lepra y desmoronarte poco a poco, primero un dedo, luego otro, después un pulgar y, finalmente, los dedos de los pies. Conocía a un hombre que se abrasó con agua hirviendo. Dos días tardó en morir. Se le oía gritar a un kilómetro a la redonda. Pero ¿tú? Muerte más fácil… ¡Zas! La cuchilla te corta el cuello y se acabó. Hasta puede que te haga cosquillas. ¡Quién sabe! Nadie que haya muerto de ese modo ha vuelto al mundo para contarlo.

Esta última frase le pareció muy graciosa y durante medio minuto se estremeció de risa. Parte de su alborozo era fingido, pero consideraba un deber humanitario animar al chinago. –

–Pero te digo que yo soy Ah Cho ––insistió el otro––. No quiero que me corten la cabeza.

Cruchot frunció el ceño. El chinago llevaba la cosa demasiado lejos.

––No soy Ah Chow.. ––comenzó a decir Ah Cho.

––¡Basta! ––le interrumpió el gendarme. Hinchó los carrillos y trató de adoptar un aire fiero.

––Te digo que no soy… ––empezó de nuevo Ah Cho.

––¡Calla! ––bramó Cruchot.

Avanzaron un rato en silencio. Entre Papeete y Atimaono había veinte millas de distancia, y habían cubierto ya más de la mitad del recorrido cuando el chinago se atrevió a volver a hablar.

––Tú estabas en la sala cuando el honorable juez investigaba si habíamos cometido algún delito ––comenzó––. ¿Te acuerdas de Ah Chow, el hombre a quien van a cortar la cabeza? ¿Recuerdas que Ah Chow era alto? Pues mírame a mí.

Se puso en pie de pronto y Cruchot comprobó que era de baja estatura. Y en ese mismo instante asomó por un momento a la memoria del gendarme la imagen de Ah Chow y era ésta la imagen de un hombre alto. A Cruchot todos los chinagos le parecían iguales. La cara de uno le resultaba exacta a la de cualquier otro. Pero en cuestión de estaturas sí sabía diferenciar e inmediatamente cayó en la cuenta de que el que llevaba en el pescante no era el condenado. Tiró de las riendas de pronto, deteniendo a las mulas.

––¿Lo ve? Ha sido un error ––dijo Ah Cho con una amable sonrisa.

Pero Cruchot estaba cavilando. Incluso sentía ya haber parado la carreta. Ignoraba que el presidente del tribunal se había equivocado y, por tanto, no se explicaba cómo había ocurrido aquello. Pero sí sabía que le habían entregado al chinago para que le llevara a Atimaono y que su deber era conducirle allí. ¿Qué importaba si le cortaban la cabeza sin ser el condenado? Al fin y al cabo era sólo un chinago. Y ¿qué importaba un chinago más o menos? Además, quizá no fuera un error. Desconocía lo que pasaba en el interior de las cabezas de sus superiores. Pero ellos sabían lo que hacían. ¿Quién era él para enmendarles la plana? Una vez, hacía mucho tiempo, había tratado de pensar por sus oficiales y el sargento le había dicho: «Cruchot, ¿es que se ha vuelto usted loco? Cuanto antes lo aprenda, mejor para usted. No está aquí para pensar. Está para obedecer y dejar que piensen los que saben hacerlo mejor que usted». Sintió un aguijón de irritación al recordar aquello. Además, si regresaba a Papeete retrasaría la ejecución de Atiamono, y si luego resultaba que había vuelto sin motivo, le reprendería el sargento que esperaba en la plantación al prisionero. Para colmo, le reprenderían también en Papeete.

Tocó a las mulas con el látigo y éstas siguieron adelante. Consultó su reloj. Llevaban media hora de retraso y el sargento debía de estar furioso. Obligó a los animales a trotar más de prisa. Cuanto más insistía Ah Cho en explicarle el error, más testarudo se mostraba Cruchot. La seguridad de que aquél no era el condenado no mejoró su humor. Por otra parte, el conocimiento de que no era él quien había cometido el error le afirmaba en la creencia de que lo que hacía estaba bien. En cualquier caso, antes que incurrir en las iras del sargento habría llevado a la muerte a una docena de chinagos inocentes.

En cuanto a Ah Cho, cuando el gendarme le pegó en la cabeza con la empuñadura del látigo y le ordenó en voz baja que callara, no tuvo más remedio que obedecerle. Continuaron en silencio el largo recorrido. Ah Cho meditó sobre el extraño modo de proceder de aquellos demonios extranjeros. No había forma de explicarse sus acciones. Lo que estaban haciendo con él respondía a su conducta habitual. Primero, declaraban culpables a cinco hombres inocentes y, a renglón seguido, cortaban la cabeza a uno que, aun ellos, en su oscura ignorancia, juzgaban merecedor de sólo veinte años de cárcel. Y él, Ah Cho, no podía hacer nada. No podía hacer más que permanecer sentado ocioso y tomar lo que le daban los amos de la vida. Una vez se dejó dominar por el pánico y se le heló el sudor que cubría su cuerpo, pero pronto logró liberarse del miedo. Se propuso resignarse a su destino recordando y repitiendo determinados pasajes del Yin Chih Wen (Tratado de la Serenidad), pero una y otra vez le asaltaba a la mente la imagen del jardín de meditación y de reposo. La visión le torturó hasta que se abandonó al sueño y se vio sentado en su jardín escuchando el tintineo de las campanillas que pendían de los árboles. Y hete aquí que así sentado, en medio de su sueño, logró al fin recordar y repetir varios pasajes del Tratado de la Serenidad.

Así transcurrió el tiempo amablemente hasta que llegaron a Atimaono y las mulas trotaron hasta el pie mismo del patíbulo a cuya sombra esperaba impaciente el sargento. Subieron a Ah Cho a toda prisa por los escalones que conducían a lo alto de la plataforma. A sus pies, a un lado, vio reunidos a todos los coolies de la plantación. Schemmer había decidido que la ejecución debía constituir un escarmiento y, en consecuencia, había hecho venir a los coolies de los campos, obligándoles a presenciarla. Cuando vieron a Ah Cho comenzaron a murmurar. Se dieron cuenta de que se había cometido un error, pero sólo lo comentaron entre ellos. Indudablemente, aquellos inexplicables demonios blancos habían cambiado de pa-recer. En vez de quitarle la vida a un inocente, se la quitaban a otro. Ah Chow o Ah Cho, ¿qué más daba uno que otro? Entendían a los perros blancos tan poco como los perros blancos les entendían a ellos. Ah Cho iba a morir en la guillotina, pero ellos, sus compañeros, cuando transcurrieran los dos años de trabajo que les quedaban por cumplir, volverían a China.

Schemmer había construido la guillotina con sus propias manos. Era un hombre muy mañoso, y aunque nunca había visto instrumento semejante, los franceses le habían explicado el principio en que se basaba. Fue él quien aconsejó que la ejecución se celebrara en Atimaono y no en Papeete. El castigo debía efectuarse en el lugar donde había tenido lugar el crimen, afirmaba, y, por otra parte, el hecho de presenciar la ejecución tendría una influencia muy beneficiosa sobre el medio millar de chinagos de la plantación. Él mismo se había prestado para actuar como verdugo, y en calidad de tal se hallaba ahora sobre el patíbulo experimentando con el instrumento que se había ingeniado. Un tronco de guineo del grosor y la consistencia de un cuello humano, se hallaba bajo la guillotina. Ah Cho lo miraba con ojos fascinados. El alemán hizo girar una manivela, levantó la cuchilla hasta lo alto del castillete que había construido, tiró bruscamente de una gruesa cuerda y el acero bajó como un rayo cortando limpiamente el tronco del árbol.

––¿Qué tal funciona?

Era el sargento, que en aquel momento aparecía en lo alto del patíbulo, quien había formulado la pregunta.

––De mil maravillas ––fue la respuesta exultante de Schemmer–. Déjeme que le enseñe.

Volvió a hacer girar la manivela, tiró de la cuerda y de nuevo cayó la cuchilla. Pero esta vez no cortó más que dos terceras partes del tronco.

El sargento frunció el ceño.

––No va a servir ––dijo. Schemmer se enjugó el sudor que perlaba su frente.

––Necesita más peso ––anunció.

Se acercó al borde del patíbulo y ordenó al herrero que le trajera un pedazo de hierro de veinticinco libras. Mientras se agachaba para atarlo al extremo de la cuchilla, Ah Cho miró al sargento y vio la oportunidad que esperaba.

––El honorable juez dijo que decapitaran a Ah Chow ––comenzó.

El sargento afirmó con impaciencia. Pensaba en el camino de quince millas que debía recorrer aquella tarde para llegar a la costa barlovento de la isla, y pensaba en Berthe, una linda mulata hija de Lafière, el comerciante en perlas, que le esperaba al final de aquel recorrido.

––Yo no soy Ah Chow. Soy Ah Cho. El honorable carcelero se ha equivocado. Ah Chow es un hombre alto, y yo, como ve, soy bajo.

El sargento le miró y se dio cuenta del error.

––Schemmer ––dijo imperiosamente––. Venga aquí.

El alemán gruñó, pero siguió inclinado sobre su trabajo hasta que el pedazo de hierro quedó atado tal y como él deseaba.

––¿Está listo el chinago? ––preguntó.

––Mírele ––fue la respuesta––. ¿Es éste?

Schemmer se sorprendió. Durante unos segundos profirió limpiamente unos cuantos juramentos. Luego miró con tristeza al instrumento que había fabricado con sus propias manos y que estaba ansioso de ver funcionar.

––Oiga ––dijo finalmente––, no podemos retrasar la ejecución. Ya hemos perdido tres horas de trabajo de quinientos chinagos. No podemos perder otras tantas cuando traigan al condenado. Celebremos la ejecución como habíamos planeado. Al fin y al cabo, se trata solamente de un chinago.

El sargento recordó el largo camino que le esperaba, recordó a la hija del comerciante en perlas, y debatió consigo mismo en su interior.

––Si lo descubren, le echarán la culpa a Cruchot ––le apremió el alemán––. Pero hay pocas probabilidades de que lleguen a averiguarlo. Puede estar seguro de que Ah Chow no va a decir nada.

––Tampoco echarán la culpa a Cruchot ––dijo el sargento––. Debe de ser un error del carcelero.

––Entonces, prosigamos. A nosotros no pueden culparnos. ¿Quién es capaz de distinguir a un chinago de otro? Podemos decir que nos limitamos a cumplir la orden con el que nos entregaron. Además, insisto en que no puedo volver a interrumpir el trabajo de estos coolies.

Hablaban en francés, por lo que Ah Cho no pudo entender una sola palabra de lo que decían, pero sí se dio cuenta de que estaban decidiendo su destino. Supo también que era al sargento a quien correspondía decir la última palabra y, en consecuencia, no perdía de vista los labios del oficial.

––Está bien ––anunció el sargento––. Adelante con la ejecución. Después de todo no es más que un chinago.

––Voy a probarla una vez más. Sólo para asegurarme. Schemmer movió el tronco de guineo hacia delante hasta colocarlo bajo la cuchilla que había subido a lo más alto del castillete. Ah Cho trató de recordar alguna máxima del Tratado de la Serenidad. «Vive en paz y concordia con tus semejantes», fue la que acudió a su memoria, pero no venía al caso. Él no iba a vivir. Iba a morir. No, esa máxima no le servía. «Perdona la malicia.» Ésa ya estaba mejor, pero ahí no había malicia que perdonar. Schemmer y sus compañeros obraban de buena fe. Para ellos la ejecución era un trámite que tenían que cumplir, una tarea más, igual que talar la jungla, construir una acequia o plantar algodón. Schemmer soltó la cuerda y Ah Cho olvidó el Tratado de la Serenidad. La cuchilla cayó con un ruido seco cortando el tronco en dos de un solo tajo.

––¡Perfecto! ––exclamó el sargento interrumpiendo el proceso de encender un cigarrillo––. Perfecto, amigo mío. A Schemmer le gustó el elogio.

––Vamos, Ah Chow––dijo en lengua tahitiana.

––Yo no soy Ah Chow. ––comenzó a decir Ah Cho.

––¡Silencio! ––fue la respuesta––. Si vuelves a abrir la boca, te rompo la cabeza.

El capataz le amenazó con un puño cerrado y Ah Cho guardó silencio. ¿De qué servía protestar? Los demonios extranjeros siempre se salían con la suya. Dejó que le ataran a la tabla vertical que tenía la longitud de su cuerpo. Schemmer tensó tanto las cuerdas que éstas se hundieron en su carne lastimándole, pero no se quejó. El dolor no duraría. Sintió que la tabla se movía hasta quedar en posición horizontal y cerró los ojos. Y en aquel momento vio fugazmente y por última vez su jardín de meditación y de reposo. Le pareció estar sentado en medio de él. Corría una brisa fresca y las campanitas que colgaban de los árboles tintineaban levemente. Los pájaros piaban somnolientos, y desde el otro lado de la tapia llegaban hasta sus oídos, amortiguados, los sonidos del pueblo.

Tuvo conciencia de que la tabla se había detenido y, de las tensiones y presiones a que estaban sometidos sus músculos, dedujo que yacía sobre la espalda. Abrió los ojos. Justo encima de su cabeza, la cuchilla brillaba a la luz del sol suspendida en el aire. Vio el peso que había añadido Schemmer y reparó en que uno de los nudos se había deshecho. Luego oyó la voz aguda del sargento que daba la orden. Ah Cho cerró los ojos apresuradamente. No quería ver descender la cuchilla. Pero sí la sintió. La sintió durante un vasto instante fugaz, un instante en que recordó a Cruchot y recordó lo que éste le había dicho. Pero el gendarme se había equivocado. La cuchilla no hacía cosquillas. Eso fue lo último que supo antes de dejar de saber nada.

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Relatos de los mares del sur, de Jack London (Alianza, 2008), en traducción de Carmen Criado Fernández. [Aviso legal]

24. En lo alto para siempre, de David Foster Wallace [Diego Sánchez Aguilar]

Hasta que el cuento aguante

¿Se pude contar el instante exacto en que se pasa de niño a adolescente? De eso va este relato: de un instante, que se agranda y se expande en una catarata de sensaciones (auditivas, visuales, sonoras…) en un prodigio narrativo en el que no pasa nada, y pasa todo.

 

Recomendación de Diego Sánchez Aguilar, narrador y poeta. Es autor del libro de relatos Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino (Balduque, 2016) y de la novela Factbook. El libro de los hechos (Candaya, 2018). Como poeta ha publicado Diario de las bestias blancas (Premio Internacional del Poesía Dionisia García, 2008) y Las célebres órdenes de la noche (2016). También es autor de la edición crítica de la obra de Roberto Juarroz Poesía vertical (Cátedra, 2012), y ha publicado reseñas y artículos de crítica literaria en revistas como Quimera o El coloquio de los perros.

 

“En lo alto para siempre”, de David Foster Wallace

Feliz cumpleaños. Tu decimotercer cumpleaños es importante. Tal vez sea tu primer día realmente público. Tu decimotercer cumpleaños es la ocasión para que la gente se dé cuenta de que te están pasando cosas importantes.
Te han estado pasando cosas durante el último medio año. Ahora tienes siete pelos en tu axila izquierda. Doce en la derecha. Espirales duras y amenazadoras de pelo negro y encrespado. Un pelo crujiente, animal. Alrededor de tus partes íntimas te han salido más pelos duros y rizados de los que puedes contar sin perderte. Y otras cosas. Tu voz es llena y rasposa y se mueve entre octavas sin previo aviso. Tu cara empieza a brillar cuando no te la lavas. Y dos semanas de dolor profundo y temible la pasada primavera hicieron que algo se te descolgara desde dentro: tu saco se ha llenado y se ha vuelto vulnerable, un articulo de lujo que tienes que proteger. Levantado y amarrado por unos suspensorios prietos que te dejan rayas rojas en las nalgas. Te ha brotado una nueva fragilidad.
Y sueños. Durante meses has tenido sueños que no se parecían a nada que hubieras visto antes: húmedos, trepidantes y distantes, llenos de curvas cimbreantes, de pistones frenéticos, de calor y de un vértigo tremendo. Y te has despertado con los párpados convulsos al ritmo de una descarga, un borbotón y un espasmo que te ha sacudido desde el cuero cabelludo hasta los dedos de los pies procedente de una zona en las profundidades de tu interior que nunca imaginabas que tuvieras, estremecimientos producidos por un dolor profundo y dulce, las farolas del otro lado de las persianas de tus ventanas proyectando estrellas brillantes en el techo negro del dormitorio, y una gelatina blanca y densa rezumándote entre las piernas, goteando y pegándose, enfriándose sobre ti, endureciéndose y aclarándose hasta que no queda nada más que nudos retorcidos de pelo animal duro y pálido en la ducha matinal y en esa maraña húmeda persiste un olor dulce y limpio que no puedes creer que proceda de nada que tú hayas creado en tu interior.

Más que a ninguna otra cosa, el olor se parece a esta piscina: una sal dulce mezclada con lejía, una flor de pétalos químicos. La piscina tiene un fuerte olor azul claro, aunque ya se sabe que el olor nunca es tan fuerte como cuando uno está dentro del azul, como tú ahora, recién salido del agua, descansando en la parte menos profunda de la piscina, con el agua a la altura de las caderas lamiéndote esa zona que te ha cambiado.
La terraza de esta vieja piscina pública situada en el extremo occidental de Tucson está rodeada por una verja Cyclone del color del peltre, decorada con un enredo brillante de bicicletas sujetas con cadenas. Detrás de la verja hay un aparcamiento negro y caluroso lleno de líneas blancas y coches resplandecientes. Un prado indistinto de hierba seca y matojos duros, cabezas aterciopeladas de viejos dientes de león que estallan y flotan como copos de nieve en el viento que se levanta. Y más allá de todo esto, doradas por un redondo y lento sol de septiembre, están las montañas, dentadas, con los ángulos agudos de sus picos recortándose contra una luz cansina de color rojo intenso. Sobre el fondo rojo sus picos afilados y conectados trazan una línea serrada, el electrocardiograma del día que agoniza.
Las nubes se tiñen de color en el borde del cielo. Flotan lentejuelas en el azul claro del agua, a esa temperatura cálida propia de las cinco de la tarde, y el olor de la piscina, igual que el otro olor, conecta con una niebla química que hay dentro de ti, una penumbra interior que desvía la luz hacia los bordes y difumina la distinción entre lo que termina y lo que empieza.
Tu fiesta es esta noche. Esta tarde, la tarde de tu cumpleaños, has pedido permiso para venir a la piscina. Querías venir solo, pero un cumpleaños es un día familiar, tu familia quiere estar contigo. Es amable por parte de ellos, no sabes explicar por qué querías venir solo, y la verdad es que tal vez no quisieras estar realmente solo, de manera que han venido. Están tomando el sol. Tu padre y tu madre toman el sol. Sus hamacas han estado señalando la hora toda la tarde, siguiendo la curva del sol a través de un cielo despejado y tan recalentado que ha adquirido la textura de una película gelatinosa. Tu hermana juega a Marco Polo cerca de ti en la parte menos profunda con un grupo de niñas flacas de su curso. Le toca a ella quedar, dice «Marco» y ha de perseguir a ciegas a quienes le replican chillando «Polo». Tiene los ojos cerrados y va dando vueltas al compás de un coro de gritos, girando en el centro de una rueda de niñas chillonas con gorros de baño. De su gorro sobresalen flores de goma. Los pétalos de color rosa viejos y flácidos tiemblan cada vez que ella se abalanza en dirección a los ruidos invisibles.
En el otro extremo de la piscina están el «tanque», la zona destinada a saltos, y la torre elevada del trampolín. En la terraza de detrás está la CAFETERÍA, y a ambos lados de la misma, atornillados sobre las entradas de cemento de las duchas oscuras y húmedas y los vestuarios, están los megáfonos de metal gris que emiten el hilo musical de la piscina, ese ruidito metálico y mortecino.
Caes bien a tu familia. Eres inteligente y callado, respetuoso con los mayores, aunque no te faltan agallas. Te portas bien en general. Vigilas a tu hermana pequeña. Eres su aliado. Tenías seis años cuando ella tenía cero y estabas enfermo de paperas cuando la trajeron a casa envuelta en una manta amarilla muy suave; le diste un beso de bienvenida en los pies por miedo a contagiarle las paperas. Tus padres dijeron que aquello era un buen augurio. Que marcaba la tónica. Ahora creen que tenían razón. Están orgullosos de ti y satisfechos en todos los sentidos y se han retirado a esa distancia afable en la que se mueven el orgullo y la satisfacción. Os lleváis bien.

Feliz cumpleaños. Es un gran día, tan grande como la bóveda del cielo del suroeste. Lo has estado cavilando. Ahí arriba está el trampolín. Pronto querrán marcharse. Súbete y hazlo.
Te sacudes de encima la limpieza azul. Estás lleno de cloro, suave y resbaladizo, reblandecido, con las yemas de los dedos arrugadas. La niebla de olor demasiado limpio de la piscina se te ha metido en los ojos; descompone la luz en colores suaves. Te golpeas la cabeza con la base de la mano. En un lado de la cabeza suena un eco fofo. Inclinas la cabeza hacia ese lado y das un saltito, un calor repentino en tu oído, delicioso, mientras el agua calentada en tu cerebro se enfría en el nautilo exterior de tu oreja. Ahora oyes la música más nítida y metálica, los gritos más cercanos, mucho movimiento en mucha agua.
La piscina está llena para ser tan tarde. Hay chicos flacos, hombres peludos como animales. Chicos desproporcionados, todo cuello, piernas y articulaciones huesudas, estrechos de pecho y vagamente parecidos a pájaros. Como tú. Hay ancianos que se mueven a tientas por la parte menos profunda con las piernas rígidas como patas de palo, palpando el agua con las manos, fuera de todos los elementos a la vez.
Y niñas-mujeres, mujeres, curvilíneas como instrumentos o como frutas, con la piel barnizada de color castaño oscuro, la parte superior de sus bañadores sostenida por frágiles nudos de cordón de colores delicados que aguantan el peso de cargas misteriosas, la parte inferior encabalgada sobre las suaves prominencias de unas caderas totalmente distintas a las tuyas, hinchazones desmedidas y giratorias que se funden bajo la luz con un espacio circundante que sostiene y acomoda sus curvas suaves como si fueran objetos preciosos. Casi lo puedes entender.
La piscina es un sistema de movimientos. Aquí y ahora se ven: chapoteos, combates de salpicaduras, zambullidas, acorralamientos en las esquinas, Tiburones y Sardinas, caídas desde lo alto, Marco Polo (tu hermana todavía Lo es, medio llorosa, hace demasiado rato que Lo es, el juego rayano en la crueldad, pero no te compete defenderla ni avergonzarla). Dos chicos de color blanco brillante con toallas de algodón atadas como si fueran capas corren por el borde de la piscina hasta que el socorrista les hace detenerse en seco gritando por el megáfono. El socorrista es de color castaño como un árbol, el vello rubio le forma una línea vertical sobre el estómago, lleva un sombrero de explorador de la selva y su nariz es un triángulo blanco de crema. Una niña rodea con el brazo una de las patas de su torreta. Está aburrido.
Ahora sales y pasas junto a tus padres, que están tomando el sol y leyendo y no te miran. Olvídate de tu toalla. Detenerse a recoger la toalla significa hablar y hablar requiere pensar. Has decidido que el miedo lo causa básicamente el hecho de pensar. Sigue adelante, hacia el tanque que hay en el extremo hondo de la piscina. Al borde de tanque hay una torre enorme de hierro de color blanco sucio. Un trampolín sobresale de la alto de la torre como una lengua. La terraza de cemento de la piscina es áspera y está caliente al tacto de tus pies llenos de cloro. Cada una de las huellas que dejas es más fina y tenue. Va menguando detrás de ti sobre la piedra caliente hasta desaparecer.

Flotan hileras de salchichas de plástico alrededor del tanque, que es un mundo en sí mismo, ajeno al ballet convulsivo de cabezas y brazos del resto de la piscina. El tanque es azul como la energía, pequeño y profundo y perfectamente cuadrado, flanqueado por las calles de la piscina y por la CAFETERÍA y la terraza áspera y caliente y la sombra inclinada bajo la luz del atardecer de la torre y el trampolín. El tanque está silencioso y tranquilo y quieto en el lapso entre dos zambullidas.
Tiene un ritmo propio. Como la respiración. Como una máquina. La cola de quienes esperan para subir al trampolín forma una curva que retrocede desde la escalera de la torre. La cola se tuerce gradualmente y se endereza al acercarse a la torre. Uno por uno, van llegando a la escalera y suben. Uno por uno, separados por un latido del corazón, alcanzan la lengua del trampolín que hay en lo alto. Y una vez en el trampolín, hacen una pausa, siempre exactamente la misma pausa que se prolonga durante un latido del corazón. Sus piernas los llevan hasta el extremo, donde todos dan el mismo bote para impulsarse y trazan una curva con los brazos como si estuvieran dibujando algo circular y total. Pisan con fuerza el extremo de la tabla y hacen que esta los lance hacia arriba y afuera.
Es una máquina de descensos en picado, de líneas de movimiento discontinuas a través de la dulce neblina de cloro del atardecer. Uno puede contemplar desde la terraza cómo golpean la superficie fría y azul del tanque. Cada zambullida crea un penacho blanco que se eleva, se desploma sobre sí mismo, se extiende y se deshace en forma de espuma. Luego aparece un azul puro en medio de la mancha blanca y crece como un pudín, hasta limpiarlo todo de nuevo. El tanque se cura a sí mismo. Tres veces mientras tú recorres el camino.
Estás en la cola. Mira a tu alrededor. Tienes que parecer aburrido. En la cola casi nadie habla. Todos parecen ensimismados. La mayoría miran la escalera y parecen aburridos. Casi todos tenéis los brazos cruzados y estáis congelados por un viento vespertino que se está levantando y que golpea las constelaciones de partículas de cloro azul puro que cubren vuestras espaldas y vuestros hombros. Parece imposible que todo el mundo pueda estar tan aburrido. A tu lado tienes el extremo de la sombra de la
torre, la lengua negra inclinada que es el reflejo del trampolín. La sombra es un sistema enorme, largo, escorado a un lado y unido a la base de la torre formando un ángulo oblicuo y agudo.
Casi todos los que están en la cola del trampolín miran la escalera. Los chicos mayores miran el trasero a las chicas mayores que suben. Los traseros están enfundados en una tela suave y fina, en nilón ajustado y elástico. Los buenos traseros ascienden por la escalera como péndulos sumergidos en líquido, siguiendo un código lento e indescifrable. Las piernas de las chicas te hacen pensar en ciervos. Tienes que parecer aburrido.
Mira más allá. Mira al otro lado. Puedes ver perfectamente. Tú madre está en su hamaca, leyendo, con los ojos entornados, con la cara inclinada hacia arriba para recibir la luz del sol en las mejillas. No ha mirado para ver dónde estás. Da un sorbo de alguna bebida dulzona de una lata. Tu padre está tumbado sobre su enorme panza, su espalda parece una cresta en el lomo de una ballena, los hombros cubiertos de rizos de pelo animal, la piel untada de aceite y de color castaño oscuro por culpa del exceso de sol. Tu toalla está colgando de la silla y ahora se mueve una punta de la tela: tu madre la ha golpeado al espantar a una abeja a la que parece gustarle lo que ella tiene en la lata. La abeja vuelve enseguida y parece flotar inmóvil sobre la lata trazando un suave borrón. Tu toalla tiene una cara enorme del oso Yogi.
En algún momento ha tenido que haber más gente en la cola detrás de ti que delante. Ahora no hay nadie por delante excepto tres personas que suben por la estrecha escalerilla. La mujer que hay delante de ti está en los travesaños de abajo, mirando hacia arriba. Lleva un bañador ajustado de nilón negro de una sola pieza. Asciende. Desde lo alto llega un retumbo, luego una caída tremenda, un penacho y el tanque se cura a sí mismo. Ahora quedan dos personas en la escalera. Las normas de la piscina dicen que solamente puede haber una persona en la escalera, pero el socorrista nunca grita a los que suben. El socorrista es quien dicta las verdaderas normas gritando o dejando de gritar.
La mujer que hay por encima de ti no tendría que llevar un bañador tan ajustado. Es tan mayor como tu madre e igual de corpulenta. Es demasiado corpulenta y está demasiado blanca. Su bañador rebosa. La parte posterior de sus muslos queda constreñida por el bañador y tiene un aspecto parecido al queso. Sus piernas están marcadas con los garabatos pequeños y abruptos de las venas varicosas y azules que circulan por debajo de la piel blanca, como si sus piernas tuvieran algo roto o herido. Parece que sus piernas tendrían que doler si uno las apretara, de tan llenas como están de garabatos árabes retorcidos de un azul roto y frío. Sus piernas hacen que te duelan las tuyas.

Los travesaños son muy delgados. No te lo esperabas. Cilindros delgados de hierro envueltos en fieltro de seguridad mojado y resbaladizo. El olor del hierro mojado a la sombra te hace sentir un sabor metálico. Cada travesaño se te clava en las plantas de los pies y te deja una marca. Las marcas se clavan hondo y duelen. Te sientes pesado. Cómo debe de sentirse la mujer corpulenta que tienes por encima. Los pasamanos a los lados de la escalera también son muy delgados. Parece que no puedan sostenerte. Confías en que la mujer también se coja bien. Y, por supuesto, desde lejos parecía que hubiera menos travesaños. No eres estúpido.
Subes hasta la mitad, a la vista de todos, la mujer corpulenta por delante de ti, un hombre robusto, calvo y musculoso bajo tus pies. El trampolín todavía está lejos en lo alto y es invisible desde aquí. La tabla retumba y hace un ruido batiente, y un chico al que puedes ver a lo largo de unos cuantos pies a través de los finos travesaños de la escalera cae trazando una línea resplandeciente, con una rodilla abrazada contra el pecho, y se zambulle al estilo bomba. Un enorme signo de exclamación de espuma aparece en tu campo visual, se disgrega y se desmorona sobre el enorme borbotón. Luego, el murmullo del tanque curando de nuevo su superficie azul.
Más travesaños delgados. Agárrate fuerte. La radio se oye más alta aquí, uno de los altavoces colocado sobre una de las entradas de cemento de los vestuarios te queda a la altura de los oídos. Un tufillo húmedo y frío sale del interior del vestuario. Te agarras fuerte a las barras de hierro, te doblas, miras hacia abajo y a tu espalda y puedes ver a la gente comprando chucherías y refrescos allí abajo. Puedes verlo todo desde arriba: la cima blanca y limpia de la gorra del vendedor, los envases de helado, las neveras de latón humeantes, los tanques de sirope, las serpientes de las mangueras de soda, las cajas abultadas de palomitas saladas recalentadas por el sol. Ahora que estás en lo alto puedes verlo todo.
Hace viento. Cuanto más alto llegas más viento hace. El viento es fino; cuando sopla a la sombra te enfría la piel mojada. Con el fondo de la escalera y a la sombra tu piel se ve muy blanca. El viento te produce un silbido agudo en los oídos. Faltan cuatro travesaños para el final de la escalera. Los travesaños te hacen daño en los pies. Son delgados y te demuestran cuánto pesas. En la escalera pesas mucho. El suelo te quiere de vuelta.
Por fin puedes ver lo que hay por encima de la escalera. Ves el trampolín. La mujer está ahí. Tiene dos caballones de callos rojos y de aspecto doloroso en la parte posterior de los tobillos. Está de pie al principio del trampolín y le miras los tobillos. Ahora estás por encima de la sombra de la torre. El hombre corpulento que hay debajo de ti está mirando por entre los travesaños de la escalera el espacio que la mujer tiene que atravesar.
Ella se detiene durante el instante que dura un latido del corazón. No hay ni rastro de lentitud. Te quedas helado. En un abrir y cerrar de ojos llega al final del trampolín, toma impulso hacia arriba, luego hacia abajo, el trampolín se comba hacia abajo como si no la quisiera. Luego asiente, rebota y la arroja violentamente hacia arriba y hacia fuera. Sus brazos se abren para trazar el círculo y de pronto desaparece. Se esfuma en un parpadeo oscuro. Y pasa tiempo antes de que oigas el impacto allí abajo.
Escucha. No parece apropiado, esa manera de desaparecer durante el tiempo que transcurre hasta que se oye el ruido. Como cuando tiras una piedra en un pozo. Pero te da la impresión de que ella no piensa lo mismo. Ella era parte de un ritmo que excluye el pensamiento. Y ahora tú también te has convertido en parte de él. El ritmo parece ciego. Como las hormigas. Como una máquina.
Decides que es necesario pensar en esto. Después de todo, puede ser apropiado hacer algo temible sin pensarlo, pero no cuando lo temible es el propio hecho de no pensar, Ion cuando resulta que el penar es inapropiado. En algún momento los detalles inapropiados se han amontonado hasta cegarte; el aburrimiento fingido, el peso, los travesaños finos, el dolor en los pies, el espacio segmentado por la escalera en encuadres unidos solamente mediante una desaparición en el tiempo. El viento en la escalera que nadie hubiera esperado. La manera en que el trampolín sobresale de la sombra para entrar en la luz y no puedes ver más allá de su extremo. Cuando todo resulta distinto a lo esperado uno tendría que ponerse a pensar. Es lo que habría que hacer.
La escalera está atestada debajo de ti. La gente está apilada, separados los unos de los otros por unos pocos travesaños. La escalera está conectada a una nutrida cola que retrocede y traza una curva hasta la oscuridad de la sombra escorada de la torre. La gente de la cola tiene los brazos cruzados. Los que están al pie de la escalera están ansiosos y miran todos hacia arriba. Es una máquina que solamente se mueve hacia delante.

Subes a la lengua de la torre. El trampolín resulta ser muy largo. Tan largo como el tiempo que pasas en él. El tiempo se ralentiza. Se condensa a tu alrededor mientras tu corazón late cada vez más veces por segundo y sus latidos abarcan todos los movimientos del sistema de la piscina allí abajo.
El trampolín es largo. Desde donde estás parece estrecharse hasta la nada. Te va a enviar a alguna parte que su propia longitud te impide ver y parece inadecuado entregarse a esto sin pararse a pensar.
Mirado de otro modo, el mismo trampolín no es más que una cosa larga, plana y delgada cubierta con una sustancia plástica blanca y áspera. La superficie blanca es muy áspera y tiene motas y rayas de un color rojo pálido y acuoso que sin embargo nunca deja de ser rojo para convertirse en rosa: viejas gotas de agua de la piscina que atrapan la luz del sol vespertino sobre las montañas escarpadas. La sustancia blanca y áspera del trampolín está mojada. Y fría. Los pies te duelen por culpa de los travesaños delgados y tienen una sensibilidad exacerbada. Se resienten de tu peso. Hay barandillas en el principio del trampolín. No son como las barras laterales de la escalera. Son gruesas y están muy bajas, de modo que casi tienes que agacharte para cogerte a ellas. Solamente son de adorno, nadie se coge a ellas.. Agarrarse lleva tiempo y altera el ritmo de la máquina.
Es un trampolín largo, frío, áspero y blanco de plástico o fibra tic vidrio, veteado del mismo color triste cercano al rosa que las golosinas baratas.

Pero al final del trampolín blanco, en su extremo, en donde te apoyas con todo tu peso para hacer que te arroje lejos, hay dos zonas de oscuridad. Dos sombras planas bajo la luz del sol. Dos formas ovales difusas y negras. El final del trampolín tiene dos manchas sucias.
Son de toda la gente que ha pasado antes que tú. Mientras estás aquí de pie tus pies están reblandecidos y marcados, doloridos por la superficie áspera y mojada, y ves que las dos manchas oscuras las ha hecho la piel de la gente. Es piel erosionada de los pies por la violencia de la desaparición de gente provista de un peso real. Más gente de la que podrías contar sin perderte. El peso y la erosión causada por su desaparición deja trocitos de pies reblandecidos, migas, grumos y tiras de una piel sucia, oscurecida y morena cuyos trocitos diminutos y deslavados se ven a la luz del sol al final del trampolín. Se amontonan, se deslavan y se mezclan. Se oscurecen formando dos círculos.

Fuera de ti el tiempo no transcurre en absoluto. Es asombroso. El ballet vespertino que tiene lugar allí abajo se mueve a cámara lenta, con los movimientos pesados de mimos sumergidos en jalea azul. Si quisieras podrías quedarte aquí encima para siempre, vibrando tan deprisa por dentro que flotarías inmóvil en el tiempo, como una abeja flotando sobre alguna sustancia dulce. Pero tendrían que limpiar el trampolín. Cualquiera que lo piense un segundo se dará cuenta de que tendrían que limpiar del extremo del trampolín toda esa piel de la gente, esas dos huellas negras de lo que queda del pasado, esas manchas que desde aquí detrás parecen ojos, ojos ciegos y bizcos.
El sitio donde estás ahora es tranquilo y silencioso. La radio grita al viento y chapotea en otra parte. No hay tiempo ni más sonido real que tu sangre chillándote en la cabeza.
Estar aquí en lo alto comporta visiones y olores. Los olores son íntimos, recién blanqueados. Es ese peculiar aroma floral de la lejía, pero de su interior emanan otras cosas hacia ti como una nieve sembrada de hierba. Notas un olor intenso a palomitas amarillas. A un aceite dulce y tostado como el de los cocos calientes. Deben de ser perritos calientes o maíz tostado. Un rastro diminuto y cruel de Pepsi muy oscura en vasos de papel. Y ese olor especial a toneladas de agua emanando de toneladas de piel, elevándose como el humo de un baño reciente. Calor animal. Desde lo alto es más real que nada.
Míralo. Puedes verlo todo en toda su complejidad, azul y blanco, marrón y blanco, bañado en un destello acuoso de color rojo cada vez más intenso. Todo el mundo. Esto es lo que la gente llama una vista. Y sabías que desde abajo no te podía parecer que estuvieras tan alto aquí arriba. Ahora ves qué alto te encuentras. Sabías que desde abajo no se puede saber.
El tipo que tienes debajo te dice, con la vista clavada en tus tobillos, el hombre calvo y corpulento: Eh, chico. Quieren saber. ¿Tienes pensado pasarte todo el día aquí o qué te pasa exactamente? Eh, chico, ¿estás bien?
Todo este tiempo ha habido tiempo. No puedes matar al tiempo con el corazón. Todo ocupa tiempo. Las abejas tienen que moverse muy deprisa para permanecer quietas.
Eh, chico, te dice. Eh, chico, ¿estás bien?
Brotan flores metálicas en tu lengua. Ya no hay tiempo para pensar. Ahora que hay tiempo no tienes tiempo.
Eh.
Lentamente ahora, atravesándolo todo, surge una mirada que se extiende como las ondas que aparecen en el agua cuando lanzas algo. Mira cómo se extiende desde la escalera. Tu hermana, a la que acabas de ver, y sus amigas blancas y delgadas, señalándote. Tu madre mira hacia la parte menos profunda de la piscina donde estabas antes y pone la mano en forma de visera. La ballena se agita y se sacude. El socorrista levanta la vista, la niña que le agarra la pierna levanta la mirada, echa mano al megáfono.
Debajo para siempre hay una terraza áspera, chucherías, música tenue y metálica, ahí abajo donde solías estar. La cola está abarrotada y no permite marcha atrás. Y el agua, por supuesto, solamente es blanda cuando estás en su interior. Mira hacia abajo, Ahora se mueve bajo el sol, llena de monedas duras de luz dotadas de un resplandor rojizo a medida que se alejan y se funden con una niebla que es la sal de tu propio sudor. Las monedas estallan formando lunas nuevas, cascotes alargados procedentes de los corazones de estrellas tristes. El tanque cuadrado es una sabana fría y azul. Lo frío es una modalidad de lo duro. Una modalidad de la ceguera. Te han pillado desprevenido. Feliz cumpleaños. ¿Creías que ya había pasado? Sí y no. Eh, chico.
Dos manchas negras, un momento de violencia y desapareces en el pozo del tiempo. La altura no es el problema. Todo cambia cuando vuelves abajo. Cuando impactas con todo tu peso.
Entonces, ¿cuál es la mentira? ¿Lo duro o lo blando? ¿El silencio o el tiempo?
La mentira es que haya que elegir entre una cosa y otra. Una abeja quieta y flotante se mueve demasiado deprisa para pensar. Desde lo alto la dulzura la hace enloquecer.
El trampolín asentirá y tú saldrás despedido, y los ojos de piel podrán cruzar a ciegas un cielo empañado de nubes, la luz horadada se vaciará detrás de esa piedra afilada que es la eternidad. Que es la eternidad. Pisa la piel y desaparece.
Hola.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Entrevistas breves con hombres repulsivos (Literatura Mondadori, 2016), en traducción de Javier Calvo. [Aviso legal]

23. El jardinero, de Rudyard Kipling [Mercedes Monmany]

Hasta que el cuento aguante

No es de extrañar que Borges dijera que este era uno de los cuentos que más le habían conmovido. Con el trasfondo de la Primera Guerra Mundial, y tras haber perdido a su hijo en aquella contienda, Kipling alcanza una de sus más altas cumbres como escritor, dotando a su relato de una insoportable y desgarradora melancolía desde las primeras páginas. La frialdad de los sentimientos inexpresados, la devastación por las pérdidas de los más jóvenes y llenos de vida, los adioses llenos de un pesar irrevocable, lo convierten en una pequeña pieza sobrecogedora e inolvidable.

 

Recomendación de Mercedes Monmany, escritora, traductora y crítica literaria. Es colaboradora de ABC Cultural y autora de Por las fronteras de Europa (Galaxia Gutenberg, 2016) y Ya sabes que volveré (Galaxia Gutenberg, 2017). También ha traducido a autores como Leonardo Sciascia, Attilio Bertolucci, Francis Ponge o Valerio Magrelli.

 

“El jardinero”, de Rudyard Kipling

En el pueblo todos sabían que Helen Turrell cumplía sus obligaciones con todo el mundo, y con nadie de forma más perfecta que con el pobre hijo de su único hermano. Todos los del pueblo sabían, también, que George Turrell había dado muchos disgustos a su familia desde su adolescencia, y a nadie le sorprendió enterarse de que, tras recibir múltiples oportunidades y desperdiciarlas todas, George, inspector de la policía de la India, se había enredado con la hija de un suboficial retirado y había muerto al caerse de un caballo unas semanas antes de que naciera su hijo. Por fortuna, los padres de George ya habían muerto, y aunque Helen, que tenía treinta y cinco años y poseía medios propios, se podía haber lavado las manos de todo aquel lamentable asunto, se comportó noblemente y aceptó la responsabilidad de hacerse cargo, pese a que ella misma, en aquella época, estaba delicada de los pulmones, por lo que había tenido que irse a pasar una temporada al sur de Francia. Pagó el viaje del niño y una niñera desde Bombay, los fue a buscar a Marsella, cuidó al niño cuando tuvo un ataque de disentería infantil por culpa de un descuido de la niñera, a la cual tuvo que despedir y, por último, delgada y cansada, pero triunfante, se llevó al niño a fines de otoño, plenamente restablecido a su casa de Hampshire.

Todos esos detalles eran del dominio público, pues Helen era de carácter muy abierto y mantenía que lo único que se lograba con silenciar un escándalo era darle mayores proporciones. Reconocía que George siempre había sido una oveja negra, pero las cosas hubieran podido ir mucho peor si la madre hubiera insistido en su derecho a quedarse con el niño. Por suerte parecía que la gente de esa clase estaba dispuesta a hacer casi cualquier cosa por dinero, y como George siempre había recurrido a ella cuando tenía problemas, Helen se sentía justificada —y sus amigos estaban de acuerdo con ella— al cortar todos los lazos con la familia del suboficial y dar al niño todas las ventajas posibles. Lo primero fue que el pastor bautizara al niño con el nombre de Michael. Nada indicaba hasta entonces, decía la propia Helen, que ella fuera muy aficionada a los niños, pero pese a todos los defectos de George siempre lo había querido mucho, y señalaba que Michael tenía exactamente la misma boca que George, lo cual ya era un buen punto de partida. De hecho, lo que Michael reproducía con más fidelidad era la frente, amplia, despejada y bonita de los Turrell. La boca la tenía algo mejor trazada que el tipo familiar. Pero Helen, que no quería reconocer nada por el lado de la madre, juraba que era un Turrell perfecto, y como no había nadie que se lo discutiera, la cuestión del parecido quedó zanjada para siempre.

En unos años Michael pasó a formar parte del pueblo, tan aceptado por todos como siempre lo había sido Helen: intrépido, filosófico y bastante guapo. A los seis años quiso saber por qué no podía llamarle «mamá», igual que hacían todos los niños con sus madres. Le explicó que no era más que su tía, y que las tías no eran lo mismo que las mamás, pero que si quería podía llamarle «mamá» al irse a la cama, como nombre cariñoso y secreto entre ellos dos. Michael guardó fielmente el secreto, pero Helen, como de costumbre, se lo contó a sus amigos, y cuando Michael se enteró se puso furioso.

—¿Por qué se lo has dicho? ¿Por qué? —preguntó al final de la rabieta.

—Porque lo mejor es decir siempre la verdad —respondió Helen, que lo tenía abrazado mientras él pataleaba en la cuna.

—Bueno, pero cuando la verdad es algo feo no me parece bien.

—¿No te parece bien?

—No, y además —y Helen sintió que se ponía tenso—, además, ahora que lo has dicho ya no te voy a llamar «mamá» nunca, ni siquiera al acostarme.

—Pero ¿no te parece una crueldad? —preguntó Helen en voz baja.

—¡No me importa! ¡No me importa! Me has hecho daño y ahora te lo quiero hacer yo. ¡Te haré daño toda mi vida!

—¡Vamos, guapo, no digas esas cosas! No sabes lo que…

—¡Pues sí! ¡Y cuando me haya muerto te haré todavía más daño!

—Gracias a Dios yo me moriré mucho antes que tú, cariño.

—¡Ja! Emma dice que nunca se sabe —Michael había estado hablando con la anciana y fea criada de Helen—. Hay muchos niños que se mueren de pequeños, y eso es lo que voy a hacer yo. ¡Entonces verás!

Helen dio un respingo y fue hacia la puerta, pero los llantos de «¡mamá, mamá!» le hicieron volver y los dos lloraron juntos.

Cuando cumplió los diez años, tras dos cursos en una escuela privada, algo o alguien le sugirió la idea de que su situación familiar no era normal. Atacó a Helen con el tema, y derribó sus defensas titubeantes con la franqueza de la familia.

—No me creo ni una palabra —dijo animadamente al final—. La gente no hubiera dicho lo que dijo si mis padres se hubieran casado. Pero no te preocupes, tía. He leído muchas cosas de gente como yo en la historia de Inglaterra y en las cosas de Shakespeare. Para empezar, Guillermo el Conquistador y… bueno, montones más, y a todos les fue estupendo. A ti no te importa que yo sea… eso, ¿verdad?

—Como si me fuera a… —empezó ella.

—Bueno, pues ya no volvemos a hablar del asunto si te hace llorar.

Y nunca lo volvió a mencionar por su propia voluntad, pero dos años después, cuando contrajo las anginas durante las vacaciones, y le subió la temperatura hasta los 40 grados, no habló de otra cosa hasta que la voz de Helen logró traspasar el delirio, con la seguridad de que nada en el mundo podía hacer que cambiaran las cosas entre ellos.

Los cursos en su internado y las maravillosas vacaciones de Navidades, Semana Santa y verano se sucedieron como una sarta de joyas variadas y preciosas, y como tales joyas las atesoraba Helen. Con el tiempo, Michael fue creándose sus propios intereses, que fueron apareciendo y desapareciendo sucesivamente, pero su interés por Helen era constante y cada vez mayor. Ella se lo devolvía con todo el afecto del que era capaz, con sus consejos y con su dinero, y como Michael no era ningún tonto, la guerra se lo llevó justo antes de lo que prometía ser una brillante carrera.

En octubre tenía que haber ido a Oxford con una beca. A fines de agosto estaba a punto de sumarse al primer holocausto de muchachos de los internados privados que se lanzaron a la primera línea del combate, pero el capitán de su compañía de milicias estudiantiles, en la que era sargento desde hacía casi un año, lo persuadió y lo convenció para que optara a un despacho de oficial en un batallón de formación tan reciente que la mitad de sus efectivos seguía llevando la guerrera roja, del antiguo ejército, y la otra mitad estaba incubando la meningitis debido al hacinamiento en tiendas de campaña húmedas. A Helen le había estremecido la idea de que se alistara directamente.

—Pero es la costumbre de la familia —había reído Michael.

—¿No me irás a decir que te has seguido creyendo aquella vieja historia todo este tiempo? —dijo Helen (Emma, la criada, había muerto hacía años)—. Te he dado mi palabra de honor, y la repito, de que… que… no pasa nada. Te lo aseguro.

—Bah, a mí no me preocupa eso. Nunca me ha preocupado —replicó Michael indiferente—. A lo que me refería era a que de haberme alistado ya habría entrado en faena… Igual que mi abuelo.

—¡No digas esas cosas! ¿Es que tienes miedo de que acabe demasiado pronto?

—No caerá esa breva. Ya sabes lo que dice K.

—Sí, pero el lunes pasado me dijo mi banquero que era imposible que durase hasta después de Navidad. Por motivos financieros.

—Ojalá tenga razón. Pero nuestro coronel, que es del ejército regular, dice que va a ir para largo.

El batallón de Michael tuvo buena suerte porque, por una casualidad que supuso varios «permisos», fue destinado a la defensa costera en trincheras bajas de la costa de Norfolk; de ahí lo enviaron al norte a vigilar un estuario escocés, y por último lo retuvieron varias semanas con rumores infundados de un servicio en algún lugar apartado. Pero, el mismo día en que Michael iba a pasar con Helen cuatro horas enteras en una encrucijada ferroviaria más al norte, lanzaron al batallón al combate a raíz de la matanza de Loos y no tuvo tiempo más que para enviarle un telegrama de despedida.

En Francia, el batallón volvió a tener suerte. Lo destacaron cerca del Saliente, donde llevó una vida meritoria y sin complicaciones, mientras se preparaba la batalla del Somme, y disfrutó de la paz de los sectores de Armentieres y de Laventie cuando empezó aquella batalla. Un jefe de unidad avisado averiguó que el batallón estaba bien entrenado en la forma de proteger sus flancos y de atrincherarse, y se lo robó a la División a la que pertenecía, so pretexto de ayudar a poner líneas telegráficas, y lo utilizó en general en la zona de Ypres.

Un mes después, y cuando Michael acababa de escribir a Helen que no pasaba nada especial y por lo tanto no había que preocuparse, un pedazo de metralla que cayó en una mañana de lluvia lo mató instantáneamente. El proyectil siguiente hizo saltar lo que hasta entonces habían sido los cimientos de la pared de un establo, y sepultó el cadáver con tal precisión que nadie salvo un experto hubiera podido decir que había pasado algo desagradable.

Para entonces el pueblo ya tenía mucha experiencia de la guerra y, en plan típicamente inglés, había ido elaborando un ritual para adaptarse a ella. Cuando la jefa de correos entregó a su hija de siete años el telegrama oficial que debía llevar a la señorita Turrell, observó al jardinero del pastor protestante:

—Le ha tocado a la señorita Helen, esta vez.

Y él replicó, pensando en su propio hijo:

—Bueno, ha durado más que otros.

La niña llegó a la puerta principal toda llorosa, porque el señorito Michael siempre le daba caramelos. Al cabo de un rato, Helen se encontró bajando las persianas de la casa una tras otra y diciéndole a cada ventana:

—Cuando dicen que ha desaparecido significa siempre que ha muerto.

Después ocupó su lugar en la lúgubre procesión que había de pasar por una serie de emociones estériles. El pastor protestante, naturalmente, predicó la esperanza y profetizó que muy pronto llegarían noticias de algún campo de prisioneros. Varios amigos también le contaron historias completamente verdaderas, pero siempre de otras mujeres a las que al cabo de meses y meses de silencio, les habían devuelto sus desaparecidos. Otras personas le aconsejaron que se pusiera en contacto con secretarios infalibles de organizaciones que podían comunicarse con neutrales benévolos y podían extraer información incluso de los comandantes más reservados de los hunos. Helen hizo, escribió y firmó todo lo que le sugirieron o le pusieron delante de los ojos. Una vez, en uno de sus permisos, Michael la había llevado a una fábrica de municiones, donde vio cómo iba pasando una granada por todas las fases, desde el cartucho vacío hasta el producto acabado. Entonces le había asombrado que no dejaran de manosear en un solo momento aquel objeto horrible, y ahora, al preparar sus documentos, pensaba: «Me están transformando en una afligida pariente».

En su momento, cuando todas las organizaciones contestaron diciendo que lamentaban profunda o sinceramente no poder hallar, etc., algo en su fuero interno cedió y todos sus sentimientos —salvo el de agradecimiento por esta liberación— acabaron en una bendita pasividad. Michael había muerto, y su propio mundo se había detenido, y ella se había parado con él. Ahora ella estaba inmóvil y el mundo seguía adelante, pero no le importaba: no le afectaba en ningún sentido. Se daba cuenta por la facilidad con la que podía pronunciar el nombre de Michael en una conversación e inclinar la cabeza en el ángulo apropiado, cuando los demás pronunciaban el murmullo apropiado de condolencia.

Cuando por fin comprendió que aquello era que se estaba empezando a consolar, el armisticio con todos sus repiques de campanas le pasó por encima y no se enteró. Al cabo de un año más había superado todo su aborrecimiento físico a los jóvenes vivos que regresaban, de forma que ya podía darles la mano y desearles todo género de venturas casi con sinceridad. No le interesaba para nada ninguna de las consecuencias de la guerra, ni nacionales ni personales; sin embargo, sintiéndose inmensamente distante, participó en varios comités de socorro y expresó opiniones muy firmes —porque podía escucharse mientras hablaba— acerca del lugar del monumento a los caídos del pueblo que éste proyectaba construir.

Después le llegó, como pariente más próxima, una comunicación oficial —que respaldaban una carta dirigida a ella en tinta indeleble, una chapa de identidad plateada y un reloj— en la que se le notificaba que se había encontrado el cadáver del teniente Michael Turrell y que, tras ser identificado, se le había vuelto a enterrar en el Tercer Cementerio Militar de Hagenzeele, con indicación de la letra de la fila y el número de la tumba.

De manera que ahora Helen se vio empujada a otro proceso de la transformación: a un mundo lleno de parientes contentos o destrozados, seguros ya de que existía un altar en la tierra en el que podían consagrar su cariño. Y éstos pronto le explicaron, y le aclararon con horarios transparentes, lo fácil que era y lo poco que perturbaría su vida el ir a ver la tumba de su propio pariente.

—No es lo mismo —como dijo la mujer del pastor protestante— que si lo hubieran matado en Mesopotamia, o incluso en Gallípoli.

La agonía de que la despertaran a una especie de segunda vida llevó a Helen a cruzar el Canal de la Mancha, donde, en un nuevo mundo de títulos abreviados, se enteró de que a Hagenzeele—Tres se podía llegar cómodamente en un tren de la tarde que enlazaba con el transbordador de la mañana, y de que había un hotelito agradable a menos de tres kilómetros del propio Hagenzeele, donde se podía pasar una noche con toda comodidad y ver a la mañana siguiente la tumba del caído. Todo esto se lo comunicó una autoridad central que vivía en una chabola de tablas y cartón en las afueras de una ciudad destruida, llena de polvareda de cal y de papeles agitados por el viento.

—A propósito —dijo la autoridad—, usted sabe dónde está su tumba, evidentemente.

—Sí, gracias —dijo Helen, y mostró la fila y el número escritos en la máquina de escribir portátil del propio Michael. El oficial hubiera podido comprobarlo en uno de sus múltiples libros, pero se interpuso entre ellos una mujerona de Lancashire pidiéndole que le dijera dónde estaba su hijo, que había sido cabo del Cuerpo de Transmisiones. En realidad se llamaba Anderson, pero como era de una familia respetable se había alistado, naturalmente, con el nombre de Smith, y había muerto en Dickiebush, a principios de 1915. No tenía el número de su chapa de identidad ni sabía cuál de sus dos nombres de pila podía haber utilizado como alias, pero a ella le habían dado en la Agencia Cook un billete de turista que caducaba al final de Semana Santa y, si no encontraba a su hijo antes, podía volverse loca. Al decir lo cual cayó sobre el pecho de Helen, pero rápidamente salió la mujer del oficial de un cuartito que había detrás de la oficina y entre los tres, llevaron a la mujer a la cama turca.

—Esto pasa muy a menudo —dijo la mujer del oficial, aflojando el corsé de la desmayada—. Ayer dijo que lo habían matado en Hooge. ¿Está usted segura de que sabe el número de su tumba? Eso es lo más importante.

—Sí, gracias —dijo Helen, y salió corriendo antes de que la mujer de la cama turca empezara a sollozar de nuevo.

El té que se tomó en una estructura de madera a rayas malvas y azules, llena hasta los topes y con una fachada falsa, le hizo sentirse todavía más sumida en una pesadilla. Pagó su cuenta junto a una inglesa robusta de facciones vulgares que, al oír que preguntaba el horario del tren a Hagenzeele, se ofreció a acompañarla.

—Yo también voy a Hagenzeele —explicó—. Pero no a Hagenzeele—Tres; el mío está en la Fábrica de Azúcar, pero ahora lo llaman La Rosiére. Está justo al sur de Hagenzeele—Tres. ¿Tiene ya habitación en el hotel de aquí?

—Sí, gracias. Les envié un telegrama.

—Estupendo. A veces está lleno y otras veces casi no hay un alma. Pero ahora ya han puesto cuartos de baño en el antiguo Lion d’Or, el hotel que está al oeste de la Fábrica de Azúcar, y por suerte también se lleva una buena parte de la clientela.

—Yo soy nueva aquí. Es la primera vez que vengo.

—¿De verdad? Yo ya he venido nueve veces desde el Armisticio. No por mí. Yo no he perdido a nadie, gracias a Dios, pero me pasa como a tantos, que tienen muchos amigos que sí. Como vengo tantas veces, he visto que les resulta de mucho alivio que venga alguien para ver… el sitio y contárselo después. Y además se les pueden llevar fotos. Me encargan muchas cosas que hacer —rió nerviosa y se dio un golpe en la Kodak que llevaba en bandolera—. Ya tengo dos o tres que ver en la Fábrica de Azúcar, y muchos más en los cementerios de la zona. Mi sistema es agruparlas y ordenarlas, ¿sabe? Y cuando ya tengo suficientes encargos de una zona para que merezca la pena, doy el salto y vengo. Le aseguro que alivia mucho a la gente.

—Claro. Supongo —respondió Helen, temblando al entrar en el trenecillo.

—Claro que sí. Qué suerte encontrar asientos junto a las ventanillas, ¿verdad? Tiene que ser así, porque si no no se lo pedirían a una, ¿no? Aquí mismo llevo por lo menos 10 ó 15 encargos —y volvió a golpear la Kodak—. Esta noche tengo que ponerlos en orden. ¡Ah! Se me olvidaba preguntarle. ¿Quién era el suyo?

—Un sobrino —dijo Helen—. Pero lo quería mucho.

—¡Claro! A veces me pregunto si sienten algo después de la muerte. ¿Qué cree usted?

—Bueno, yo no… No he querido pensar mucho en ese tipo de cosas —dijo Helen casi levantando las manos para rechazar a la mujer.

—Quizá sea mejor —respondió ésta—. Supongo que ya debe de bastar con la sensación de pérdida. Bueno, no quiero preocuparla más.

Helen se lo agradeció, pero cuando llegaron al hotel, la señora Scarsworth (ya se habían comunicado sus nombres) insistió en cenar a la misma mesa que ella, y después de la cena, en un saloncito horroroso lleno de parientes que hablaban en voz baja, le contó a Helen sus «encargos», con las biografías de los muertos, cuando las sabía, y descripciones de sus parientes más cercanos. Helen la soportó hasta casi las nueve y media, antes de huir a su habitación.

Casi inmediatamente después sonó una llamada a la puerta y entró la señora Scarsworth, con la horrorosa lista en las manos.

—Sí… sí…, ya lo sé —comenzó—. Está usted harta de mí, pero quiero contarle una cosa. Usted… usted no está casada, ¿verdad? Bueno, entonces quizá no… Pero no importa. Tengo que contárselo a alguien. No puedo aguantar más.

—Pero, por favor…

La señora Scarsworth había retrocedido hacia la puerta cerrada y estaba haciendo gestos contenidos con la boca.

—Dentro de un minuto —dijo—. Usted… usted sabe lo de esas tumbas mías que le estaba hablando abajo, ¿no? De verdad que son encargos. Por lo menos algunas —paseó la vista por la habitación—. Qué papel de pared tan extraordinario tienen en Bélgica, ¿no le parece? Sí, juro que son encargos. Pero es que hay una… y para mí era lo más importante del mundo. ¿Me entiende?

Helen asintió.

—Más que nadie en el mundo. Y, claro, no debería haberlo sido. No tendría que representar nada para mí. Pero lo era. Lo es. Por eso hago los encargos, ¿entiende? Por eso.

—Pero ¿por qué me lo cuenta a mí? —preguntó Helen desesperada.

—Porque estoy tan harta de mentir. Harta de mentir… siempre mentiras… año tras año. Cuando no estoy mintiendo, tengo que estar fingiendo, y siempre tengo que inventarme algo, siempre. Usted no sabe lo que es eso. Para mí era todo lo que no tenía que haber sido… lo único verdadero… lo único importante que me había pasado en la vida, y tenía que hacer como que no era nada. Tenía que pensar cada palabra que decía y pensar todas las mentiras que iba a inventar a la próxima ocasión ¡y esto años y años!

—¿Cuántos años? —preguntó Helen.

—Seis años y cuatro meses antes y dos y tres cuartos después. Desde entonces he venido a verle ocho veces. Mañana será la novena y… y no puedo… no puedo volver a verle sin que nadie en el mundo lo sepa. Quiero decirle la verdad a alguien antes de ir. ¿Me comprende? No importo yo. Siempre he sido una mentirosa, hasta de pequeña. Pero él no se merece eso. Por eso… por eso… tenía que decírselo a usted. No puedo aguantar más. ¡No puedo, de verdad!

Se llevó las manos juntas casi a la altura de la boca y luego las bajó de repente, todavía juntas, lo más abajo posible, por debajo de la cintura. Helen se adelantó, le tomó las manos, inclinó la cabeza ante ellas y murmuró:

—¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla!

La señora Scarsworth dio un paso atrás, pálida.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Así es como se lo toma usted?

Helen no supo qué decir y la otra mujer se marchó, pero Helen tardó mucho tiempo en dormirse.

A la mañana siguiente la señora Scarsworth se marchó muy de mañana a hacer su ronda de encargos y Helen se fue sola a pie a Hagenzeele—Tres. El cementerio todavía no estaba terminado, y se hallaba a casi dos metros de altura sobre el camino que lo bordeaba a lo largo de centenares de metros. En lugar de entradas había pasos por encima de una zanja honda que circundaba el muro limítrofe sin acabar. Helen subió unos escalones hechos de tierra batida con superficie de madera y se encontró de golpe frente a miles de tumbas. No sabía que en Hagenzeele—Tres ya había 21,000 muertos. Lo único que veía era un mar implacable de cruces negras, en cuyos frontis había tiritas de estaño grabado que formaban ángulos de todo tipo, No podía distinguir ningún tipo de orden ni de colocación en aquella masa; nada más que una maleza hasta la cintura, como de hierbas golpeadas por la muerte, que se abalanzaban hacia ella. Siguió adelante, hacia su izquierda, después a la derecha, desesperada, preguntándose cómo podría orientarse hacia la suya. Muy lejos de ella había una línea blanca. Resultó ser un bloque de 200 ó 300 tumbas que ya tenían su losa definitiva, en torno a las cuales se habían plantado flores, y cuya hierba recién sembrada estaba muy verde. Allí pudo ver letras bien grabadas al final de las filas y al consultar su papelito vio que no era allí donde tenía que buscar.

Junto a una línea de losas había arrodillado un hombre, evidentemente un jardinero, porque estaba afirmando un esqueje en la tierra blanda. Helen fue hacia él, con el papelito en la mano. Él se levantó al verla y, sin preludio ni saludos, preguntó:

—¿A quién busca?

—Al teniente Michael Turrell… mi sobrino —dijo Helen lentamente, palabra tras palabra, como había hecho miles de veces en su vida.

El hombre levantó la vista y la miró con una compasión infinita antes de volverse de la hierba recién sembrada hacia las cruces negras y desnudas.

—Venga conmigo —dijo—, y le enseñaré dónde está su hijo.

Cuando Helen se marchó del cementerio se volvió a echar una última mirada. Vio que a lo lejos el hombre se inclinaba sobre sus plantas nuevas y se fue convencida de que era el jardinero.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cuentos de la Gran Guerra, de VV.AA. (Alpha Decay, 2008), en traducción de Juan Gabriel López Guix. [Aviso legal]

 

22. El ahogado más hermoso del mundo, de Gabriel García Márquez [Pablo Gutiérrez]

Hasta que el cuento aguante

Este cuento es tan emocionante como las mejores páginas de sus Cien años de soledad, y al mismo tiempo es una píldora que contiene en miniatura toda una teoría literaria.

 

Recomendación de Pablo Gutiérrez, escritor. Es autor, entre otros, de las novelas Democracia (Seix Barral, 2012), Los libros repentinos (Seix Barral, 2015) y Cabezas cortadas (Seix Barral, 2018).

 

“El ahogado más hermoso del mundo”, de Gabriel García Márquez

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

—Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, de Gabriel García Márquez (Literatura Random House, 2014). [Aviso legal]

 

106.

Café Con/suelo

Hoy sí he salido a aplaudir y hemos tarareado Resistiré. Luego ha sonado a lo lejos música de Semana Santa y como cangrejos ermitaños nos hemos ido retirando todos los vecinos, poco a poco, hacia el interior de nuestras conchas. Me he sentido como esos conductores que se saltan un semáforo en rojo pero lo hacen muy despacio, pisando apenas el acelerador y no por precaución, sino por la ilusión más o menos pueril —que todos alimentamos— acerca de que el otro es tonto.

Pero es que el otro siempre es más tonto. Lo gracioso es que todos somos siempre el otro de otro —el tonto de otro— y eso no nos impide vivir felices y abrir una lata de mejillones en escabeche detrás de otra hasta confundir el desayuno con el aperitivo.

La ironía y el sarcasmo pueden ser parte de una buena defensa, pero seamos sinceros, caer en la cuenta de que soy el tonto de otro me ha dejado tocado. Así que ahora voy a coger un vaso y voy a echarle un par de hielos y un chorrito de whisky. Mañana os cuento cómo acaba esto. De momento puedo decir que hoy han salido para no volver un par de libros de Cela, una mierda de edición de Ovidio, las Cartas marruecas de Cadalso, un libro de Julio Llamazares y un ejemplar roído de Zweig. Quien se los quede será borgeanamente (borgianamente o  —Dios mío— borgesianamente) más tonto que yo y menos tonto que yo, sin superposición y sin transparencia.

21. Wakefield, de Nathaniel Hawthorne [Aníbal Cristobo (Kriller71)]

Hasta que el cuento aguante

Una pequeña joya sobre otra forma de aislamiento y proximidad, sobre el quiebre de la rutina y la construcción de una nueva cotidianeidad, no menos extraña.

 

Recomendación de Aníbal Cristobo, poeta, traductor y editor de Kriller71, donde han visto la luz libros de Mario Montalbetti, Gonçalo M. Tavares, Peter Greenaway, Martín Caparrós, Ted Garrigan o Robin Myers.

 

“Wakefield”, de Nathaniel Hawthorne

Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre —llamémoslo Wakefield— que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco —sin una adecuada discriminación de las circunstancias— debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal —una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.

Este resumen es todo lo que recuerdo. Pero pienso que el incidente, aunque manifiesta una absoluta originalidad sin precedentes y es probable que jamás se repita, es de esos que despiertan las simpatías del género humano. Cada uno de nosotros sabe que, por su propia cuenta, no cometería semejante locura; y, sin embargo, intuye que cualquier otro podría hacerlo. En mis meditaciones, por lo menos, este caso aparece insistentemente, asombrándome siempre y siempre acompañado por la sensación de que la historia tiene que ser verídica y por una idea general sobre el carácter de su héroe. Cuando quiera que un tema afecta la mente de modo tan forzoso, vale la pena destinar algún tiempo para pensar en él. A este respecto, el lector que así lo quiera puede entregarse a sus propias meditaciones. Mas si prefiere divagar en mi compañía a lo largo de estos veinte años del capricho de Wakefield, le doy la bienvenida, confiando en que habrá un sentido latente y una moraleja, así no logremos descubrirlos, trazados pulcramente y condensados en la frase final. El pensamiento posee siempre su eficacia; y todo incidente llamativo, su enseñanza.

¿Qué clase de hombre era Wakefield? Somos libres de formarnos nuestra propia idea y darle su apellido. En ese entonces se encontraba en el meridiano de la vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie de pereza mantenía en reposo a su corazón dondequiera que lo hubiera asentado. Era intelectual, pero no en forma activa. Su mente se perdía en largas y ociosas especulaciones que carecían de propósito o del vigor necesario para alcanzarlo. Sus pensamientos rara vez poseían suficientes ímpetus como para plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido correcto del vocablo, no figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un corazón frío, pero no depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada por la calentura de ideas turbulentas ni aturdida por la originalidad, ¿quién se hubiera imaginado que nuestro amigo habría de ganarse un lugar prominente entre los autores de proezas excéntricas? Si se hubiera preguntado a sus conocidos cuál era el hombre que con seguridad no haría hoy nada digno de recordarse mañana, habrían pensado en Wakefield. Únicamente su esposa del alma podría haber titubeado. Ella, sin haber analizado su carácter, era medio consciente de la existencia de un pasivo egoísmo, anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad, su más incómodo atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez había producido efectos más positivos que el mantenimiento de secretos triviales que ni valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba “algo raro” en el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y puede que no exista.

Ahora imaginémonos a Wakefield despidiéndose de su mujer. Cae el crepúsculo en un día de octubre. Componen su equipaje un sobretodo deslustrado, un sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y un maletín en la otra. Le ha comunicado a la señora de Wakefield que debe partir en el coche nocturno para el campo. De buena gana ella le preguntaría por la duración y objetivo del viaje, por la fecha probable del regreso, pero, dándole gusto a su inofensivo amor por el misterio, se limita a interrogarlo con la mirada. Él le dice que de ningún modo lo espere en el coche de vuelta y que no se alarme si tarda tres o cuatro días, pero que en todo caso cuente con él para la cena el viernes por la noche. El propio Wakefield, tengámoslo presente, no sospecha lo que se viene. Le ofrece ambas manos. Ella tiende las suyas y recibe el beso de partida a la manera rutinaria de un matrimonio de diez años. Y parte el señor Wakefield, en plena edad madura, casi resuelto a confundir a su mujer mediante una semana completa de ausencia. Cierra la puerta. Pero ella advierte que la entreabre de nuevo y percibe la cara del marido sonriendo a través de la abertura antes de esfumarse en un instante. De momento no le presta atención a este detalle. Pero, tiempo después, cuando lleva más años de viuda que de esposa, aquella sonrisa vuelve una y otra vez, y flota en todos sus recuerdos del semblante de Wakefield. En sus copiosas cavilaciones incorpora la sonrisa original en una multitud de fantasías que la hacen extraña y horrible. Por ejemplo, si se lo imagina en un ataúd, aquel gesto de despedida aparece helado en sus facciones; o si lo sueña en el cielo, su alma bendita ostenta una sonrisa serena y astuta. Empero, gracias a ella, cuando todo el mundo se ha resignado a darlo ya por muerto, ella a veces duda que de veras sea viuda.

Pero quien nos incumbe es su marido. Tenemos que correr tras él por las calles, antes de que pierda la individualidad y se confunda en la gran masa de la vida londinense. En vano lo buscaríamos allí. Por tanto, sigámoslo pisando sus talones hasta que, después de dar algunas vueltas y rodeos superfluos, lo tengamos cómodamente instalado al pie de la chimenea en un pequeño alojamiento alquilado de antemano. Nuestro hombre se encuentra en la calle vecina y al final de su viaje. Difícilmente puede agradecerle a la buena suerte el haber llegado allí sin ser visto. Recuerda que en algún momento la muchedumbre lo detuvo precisamente bajo la luz de un farol encendido; que una vez sintió pasos que parecían seguir los suyos, claramente distinguibles entre el multitudinario pisoteo que lo rodeaba; y que luego escuchó una voz que gritaba a lo lejos y le pareció que pronunciaba su nombre. Sin duda alguna una docena de fisgones lo habían estado espiando y habían corrido a contárselo todo a su mujer. ¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco sabes de tu propia insignificancia en este mundo inmenso! Ningún ojo mortal fuera del mío te ha seguido las huellas. Acuéstate tranquilo, hombre necio; y en la mañana, si eres sabio, vuelve a tu casa y dile la verdad a la buena señora de Wakefield. No te alejes, ni siquiera por una corta semana, del lugar que ocupas en su casto corazón. Si por un momento te creyera muerto o perdido, o definitivamente separado de ella, para tu desdicha notarías un cambio irreversible en tu fiel esposa. Es peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez.

Casi arrepentido de su travesura, o como quiera que se pueda llamar, Wakefield se acuesta temprano. Y, despertando después de un primer sueño, extiende los brazos en el amplio desierto solitario del desacostumbrado lecho.

—No —piensa, mientras se arropa en las cobijas—, no dormiré otra noche solo.

Por la mañana madruga más que de costumbre y se dispone a considerar lo que en realidad quiere hacer. Su modo de pensar es tan deshilvanado y vagaroso, que ha dado este paso con un propósito en mente, claro está, pero sin ser capaz de definirlo con suficiente nitidez para su propia reflexión. La vaguedad del proyecto y el esfuerzo convulsivo con que se precipita a ejecutarlo son igualmente típicos de una persona débil de carácter. No obstante, Wakefield escudriña sus ideas tan minuciosamente como puede y descubre que está curioso por saber cómo marchan las cosas por su casa: cómo soportará su mujer ejemplar la viudez de una semana y, en resumen, cómo se afectará con su ausencia la reducida esfera de criaturas y de acontecimientos en la que él era objeto central. Una morbosa vanidad, por lo tanto, está muy cerca del fondo del asunto. Pero, ¿cómo realizar sus intenciones? No, desde luego, quedándose encerrado en este confortable alojamiento donde, aunque durmió y despertó en la calle siguiente, está efectivamente tan lejos de casa como si hubiera rodado toda la noche en la diligencia. Sin embargo, si reapareciera echaría a perder todo el proyecto. Con el pobre cerebro embrollado sin remedio por este dilema, al fin se atreve a salir, resuelto en parte a cruzar la bocacalle y echarle una mirada presurosa al domicilio desertado. La costumbre —pues es un hombre de costumbres— lo toma de la mano y lo conduce, sin que él se percate en lo más mínimo, hasta su propia puerta; y allí, en el momento decisivo, el roce de su pie contra el peldaño lo hace volver en sí. ¡Wakefield! ¿Adónde vas?

En ese preciso instante su destino viraba en redondo. Sin sospechar siquiera en la fatalidad a la que lo condena el primer paso atrás, parte de prisa, jadeando en una agitación que hasta la fecha nunca había sentido, y apenas sí se atreve a mirar atrás desde la esquina lejana. ¿Será que nadie lo ha visto? ¿No armarán un alboroto todos los de la casa —la recatada señora de Wakefield, la avispada sirvienta y el sucio pajecito— persiguiendo por las calles de Londres a su fugitivo amo y señor? ¡Escape milagroso! Cobra coraje para detenerse y mirar a la casa, pero lo desconcierta la sensación de un cambio en aquel edificio familiar, igual a las que nos afectan cuando, después de una separación de meses o años, volvemos a ver una colina o un lago o una obra de arte de los cuales éramos viejos amigos. ¡En los casos ordinarios esta impresión indescriptible se debe a la comparación y al contraste entre nuestros recuerdos imperfectos y la realidad. En Wakefield, la magia de una sola noche ha operado una transformación similar, puesto que en este breve lapso ha padecido un gran cambio moral, aunque él no lo sabe. Antes de marcharse del lugar alcanza a entrever la figura lejana de su esposa, que pasa por la ventana dirigiendo la cara hacia el extremo de la calle. El marrullero ingenuo parte despavorido, asustado de que sus ojos lo hayan distinguido entre un millar de átomos mortales como él. Contento se le pone el corazón, aunque el cerebro está algo confuso, cuando se ve junto a las brasas de la chimenea en su nuevo aposento.

Eso en cuanto al comienzo de este largo capricho. Después de la concepción inicial y de haberse activado el lerdo carácter de este hombre para ponerlo en práctica, todo el asunto sigue un curso natural. Podemos suponerlo, como resultado de profundas reflexiones, comprando una nueva peluca de pelo rojizo y escogiendo diversas prendas del baúl de un ropavejero judío, de un estilo distinto al de su habitual traje marrón. Ya está hecho: Wakefield es otro hombre. Una vez establecido el nuevo sistema, un movimiento retrógrado hacia el antiguo sería casi tan difícil como el paso que lo colocó en esta situación sin paralelo. Además, ahora lo está volviendo testarudo cierto resentimiento del que adolece a veces su carácter, en este caso motivado por la reacción incorrecta que, a su parecer, se ha producido en el corazón de la señora de Wakefield. No piensa regresar hasta que ella no esté medio muerta de miedo. Bueno, ella ha pasado dos o tres veces ante sus ojos, con un andar cada vez más agobiado, las mejillas más pálidas y más marcada de ansiedad la frente. A la tercera semana de su desaparición, divisa un heraldo del mal que entra en la casa bajo el perfil de un boticario. Al día siguiente la aldaba aparece envuelta en trapos que amortigüen el ruido. Al caer la noche llega el carruaje de un médico y deposita su empelucado y solemne cargamento a la puerta de la casa de Wakefield, de la cual emerge después de una visita de un cuarto de hora, anuncio acaso de un funeral. ¡Mujer querida! ¿Irá a morir? A estas alturas Wakefield se ha excitado hasta provocarse algo así como una efervescencia de los sentimientos, pero se mantiene alejado del lecho de su esposa, justificándose ante su conciencia con el argumento de que no debe ser molestada en semejante coyuntura. Si algo más lo detiene, él no lo sabe. En el transcurso de unas cuantas semanas ella se va recuperando. Ha pasado la crisis. Su corazón se siente triste, acaso, pero está tranquilo. Y, así el hombre regrese tarde o temprano, ya no arderá por él jamás. Estas ideas fulguran cual relámpagos en las nieblas de la mente de Wakefield y le hacen entrever que una brecha casi infranqueable se abre entre su apartamento de alquiler y su antiguo hogar.

—¡Pero si sólo está en la calle del lado! —se dice a veces.

¡Insensato! Está en otro mundo. Hasta ahora él ha aplazado el regreso de un día en particular a otro. En adelante, deja abierta la fecha precisa. Mañana no… probablemente la semana que viene… muy pronto. ¡Pobre hombre! Los muertos tienen casi tantas posibilidades de volver a visitar sus moradas terrestres como el autodesterrado Wakefield.

¡Ojalá yo tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo de una docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia que escapa a nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo urde con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está hechizado. Tenemos que dejarlo que ronde por su casa durante unos diez años sin cruzar el umbral ni una vez, y que le sea fiel a su mujer, con todo el afecto de que es capaz su corazón, mientras él poco a poco se va apagando en el de ella. Hace mucho, debemos subrayarlo, que perdió la noción de singularidad de su conducta.

Ahora contemplemos una escena. Entre el gentío de una calle de Londres distinguimos a un hombre entrado en años, con pocos rasgos característicos que atraigan la atención de un transeúnte descuidado, pero cuya figura ostenta, para quienes posean la destreza de leerla, la escritura de un destino poco común. Su frente estrecha y abatida está cubierta de profundas arrugas. Sus pequeños ojos apagados a veces vagan con recelo en derredor, pero más a menudo parecen mirar adentro. Agacha la cabeza y se mueve con un indescriptible sesgo en el andar, como si no quisiera mostrarse de frente entero al mundo. Obsérvelo el tiempo suficiente para comprobar lo que hemos descrito y estará de acuerdo con que las circunstancias, que con frecuencia producen hombres notables a partir de la obra ordinaria de la naturaleza, han producido aquí uno de estos. A continuación, dejando que prosiga furtivo por la acera, dirija su mirada en dirección opuesta, por donde una mujer de cierto porte, ya en el declive de la vida, se dirige a la iglesia con un libro de oraciones en la mano. Exhibe el plácido semblante de la viudez establecida. Sus pesares o se han apagado o se han vuelto tan indispensables para su corazón que sería un mal trato cambiarlos por la dicha. Precisamente cuando el hombre enjuto y la mujer robusta van a cruzarse, se presenta un embotellamiento momentáneo que pone a las dos figuras en contacto directo. Sus manos se tocan. El empuje de la muchedumbre presiona el pecho de ella contra el hombro del otro. Se encuentran cara a cara. Se miran a los ojos. Tras diez años de separación, es así como Wakefield tropieza con su esposa.

Vuelve a fluir el río humano y se los lleva a cada uno por su lado. La grave viuda recupera el paso y sigue hacia la iglesia, pero en el atrio se detiene y lanza una mirada atónita a la calle. Sin embargo, pasa al interior mientras va abriendo el libro de oraciones. ¡Y el hombre! Con el rostro tan descompuesto que el Londres atareado y egoísta se detiene a verlo pasar, huye a sus habitaciones, cierra la puerta con cerrojo y se tira en la cama. Los sentimientos que por años estuvieron latentes se desbordan y le confieren un vigor efímero a su mente endeble. La miserable anomalía de su vida se le revela de golpe. Y grita exaltado:

—¡Wakefield, Wakefield, estás loco!

Quizás lo estaba. De tal modo debía de haberse amoldado a la singularidad de su situación que, examinándolo con referencia a sus semejantes y a las tareas de la vida, no se podría afirmar que estuviera en su sano juicio. Se las había ingeniado (o, más bien, las cosas habían venido a parar en esto) para separarse del mundo, hacerse humo, renunciar a su sitio y privilegios entre los vivos, sin que fuera admitido entre los muertos. La vida de un ermitaño no tiene paralelo con la suya. Seguía inmerso en el tráfago de la ciudad como en los viejos tiempos, pero las multitudes pasaban de largo sin advertirlo. Se encontraba —digámoslo en sentido figurado— a todas horas junto a su mujer y al pie del fuego, y sin embargo nunca podía sentir la tibieza del uno ni el amor de la otra. El insólito destino de Wakefield fue el de conservar la cuota original de afectos humanos y verse todavía involucrado en los intereses de los hombres, mientras que había perdido su respectiva influencia sobre unos y otros. Sería un ejercicio muy curioso determinar los efectos de tales circunstancias sobre su corazón y su intelecto, tanto por separado como al unísono. No obstante, cambiado como estaba, rara vez era consciente de ello y más bien se consideraba el mismo de siempre. En verdad, a veces lo asaltaban vislumbres de la realidad, pero sólo por momentos. Y aun así, insistía en decir “pronto regresaré”, sin darse cuenta de que había pasado veinte años diciéndose lo mismo.

Imagino también que, mirando hacia el pasado, estos veinte años le parecerían apenas más largos que la semana por la que en un principio había proyectado su ausencia. Wakefield consideraría la aventura como poco más que un interludio en el tema principal de su existencia. Cuando, pasado otro ratito, juzgara que ya era hora de volver a entrar a su salón, su mujer aplaudiría de dicha al ver al veterano señor Wakefield. ¡Qué triste equivocación! Si el tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras favoritas, todos seríamos jóvenes hasta el día del juicio.

Cierta vez, pasados veinte años desde su desaparición, Wakefield se encuentra dando el paseo habitual hasta la residencia que sigue llamando suya. Es una borrascosa noche de otoño. Caen chubascos que golpetean en el pavimento y que escampan antes de que uno tenga tiempo de abrir el paraguas. Deteniéndose cerca de la casa, Wakefield distingue a través de las ventanas de la sala del segundo piso el resplandor rojizo y oscilante y los destellos caprichosos de un confortable fuego. En el techo aparece la sombra grotesca de la buena señora de Wakefield. La gorra, la nariz, la barbilla y la gruesa cintura dibujan una caricatura admirable que, además, baila al ritmo ascendiente y decreciente de las llamas, de un modo casi en exceso alegre para la sombra de una viuda entrada en años. En ese instante cae otro chaparrón que, dirigido por el viento inculto, pega de lleno contra el pecho y la cara de Wakefield. El frío otoñal le cala hasta la médula. ¿Va a quedarse parado en ese sitio, mojado y tiritando, cuando en su propio hogar arde un buen fuego que puede calentarlo, cuando su propia esposa correría a buscarle la chaqueta gris y los calzones que con seguridad conserva con esmero en el armario de la alcoba? ¡No! Wakefield no es tan tonto. Sube los escalones, con trabajo. Los veinte años pasados desde que los bajó le han entumecido las piernas, pero él no se da cuenta. ¡Detente, Wakefield! ¿Vas a ir al único hogar que te queda? Pisa tu tumba, entonces. La puerta se abre. Mientras entra, alcanzamos a echarle una mirada de despedida a su semblante y reconocemos la sonrisa de astucia que fuera precursora de la pequeña broma que desde entonces ha estado jugando a costa de su esposa. ¡Cuán despiadadamente se ha burlado de la pobre mujer! En fin, deseémosle a Wakefield buenas noches.

El suceso feliz —suponiendo que lo fuera— sólo puede haber ocurrido en un momento impremeditado. No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral. Nos ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual puede prestar su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen. En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Wakefield, deNathaniel Hawthorne (Nórdica, 2011), en traducción de María José Chuliá García e ilustraciones de Ana Juan Carmilla. [Aviso legal]

105.

Café Con/suelo

Solo sé que no sé nada cuando leo los obituarios de personas ilustres en redes sociales.

Todo el mundo admira con fervor unánime a Luis Eduardo Aute, Karl Lagerfeld, José Luis Cuerda, Stephen Hawking, Aretha Franklin, Stan Lee, Yannis Behrakis, Rafael Sánchez Ferlosio, Niki Lauda, Doris Day, Eduard Punset, Arturo Fernández o Joao Gilberto, por mencionar solo a algunos recientemente desaparecidos. Y esto me hace recordar ese vídeo que circula por internet estos días donde, con la vena cava a punto de explotar, el alcalde de un pueblecito de Sicilia regaña y pone firmes a sus conciudadanos por saltarse el confinamiento obligatorio para merendar con los vecinos en los espacios comunes del edificio. El alcalde, que parece conocer bien a su gente, se pregunta si es que ahora, en tiempos de pandemia, va a resultar que esos vecinos que no se soportaban sienten la irrefrenable necesidad de abrazarse y celebrar soirées comunales. Un poco como esas personas que antes se pasaban el día bebiendo cerveza tiradas en el sofá y ahora se les cae el pelo del estrés porque no pueden salir a hacer deporte al aire libre.

Pero lo más sorprendente no es que Aute o Lagerfeld tengan admiradores hasta debajo de las piedras. Ni siquiera lo más sorprendente es que estos admiradores solo se manifiesten cuando el admirado ya está frío. Lo más sorprendente es que el admirador fervoroso de Aute, una vez develado por el fallecimiento del admirado en cuestión, resulta ser el mismo admirador fervoroso de Karl Legerfeld, Stan Lee o Arturo Fernández.

Pero hoy he venido a hablar de otra cosa. Día 25 o 26 del estado de alarma. Las cosas siguen más o menos igual. Me he propuesto deshacerme de varios libros que no leeré nunca y no sé si dejarlos en una bolsa grande junto al portal del edificio o si tirarlos directamente por la ventana. ¿Se los llevará alguien de camino a la farmacia o al supermercado? ¿Serán los dueños de perros los únicos custodios de las bibliotecas del futuro?

Acaba de pasar una ambulancia cerca de mi casa y me ha recordado lo que me cuesta recordar que aún hay gente que sufre ataques al corazón, fracturas de cadera, derrames cerebrales o cáncer de colon. Cuando cierro los ojos el mundo es un hospital de campaña con enfermos a los que les cuesta respirar (con la salvedad de que las palomas miran raro, sospechan, elucubran, especulan y conspiran).

Mis padres viven cerca del monte y ahí (cuentan) se escuchan aves y animalillos de todo tipo. Yo lo más salvaje que veo desde mi ventana es a mi vecina en su bata de guatiné y con los rulos puestos aplaudiendo como un auténtico pinnípedo.

No hace falta que lo busques:

Del lat. pinna ‘ala’, ‘aleta’ y ‒́pedo.

1. adj. Zool. Dicho de un mamífero marino: Que tiene el cuerpo algo pisciforme, con las patas anteriores provistas de membranas interdigitales y las posteriores ensanchadas en forma de aletas, a propósito para la natación, pero con uñas, con tejido adiposo subcutáneo muy abundante y la piel revestida de un pelaje espeso, y que se alimenta exclusivamente de peces.

Lo que viene siendo una foca (y similares).

A. y yo hemos empezado a decir “salir a la calle” para referirnos al momento en que salimos a aplaudir al balcón. Ayer no salí aplaudir. Cuando se acercaban las 20:00 le dije que iba a ducharme. ¿No aplaudes?, me dijo. No, hoy no tengo ganas. Y me fui a la ducha con una extraña sensación de culpabilidad. No me sentía culpable por lo que coño pudiera pensar un vecino, como algunos dicen, sino porque había abandonado a A. y ella no se merece que nadie la abandone. A. es el alma de la calle y cuando llega la hora del aplauso utiliza mi altavoz inalámbrico para reproducir Resistiré o cualquier otra canción animosa. Ayer, mientras yo estaba en la ducha y el agua hirviendo me bañaba la cara, sonó Resistiré y luego La bamba de Los Lobos. Sé que los vecinos le siguen la marcha y agradecen que A. anime un poco el cotarro. Sé que no está sola, pero yo la abandoné igualmente batiéndome en retirada por un puñado de pompas de jabón. Me excuso pensando que no estoy cómodo siendo el centro de atención, más ahora que con el cambio horario las palmas se baten a plena luz del día. Pero supongo que es solo una excusa y que en realidad todo tiene más que ver con el desánimo o con la falta de fe.

Con la puerta del cuarto de baño cerrada y el agua cayendo fuerte, la música me llegaba tamizada de mil maneras, sorda. Estando aún en la ducha, un residuo de aplauso, música tradicional mexicana y salvación colectiva se me pegó a la piel y por primera vez en muchos días me visitó una sensación parecida a la tristeza.

 

20. El aljibe, de Mariana Henríquez [Sara Mesa]

Hasta que el cuento aguante

¿Por qué? Porque ella es una maestra en mezclar el terror sobrenatural, o sobrehumano, con un terror muy, muy humano. Y porque escribe con una delicadeza muy dura, o con una dureza muy delicada, como lo quieras ver.

 

Recomendación de Sara Mesa, escritora y periodista. Es autora, entre otras, de las novelas Cuatro por cuatro (Anagrama, 2012), Cicatriz (Anagrama, 2015), Mala letra (Anagrama, 2016), Cara de pan (Anagrama, 2018) y del ensayo Silencio administrativo (Anagrama, 2019).

 

“El aljibe”, de Mariana Henríquez

I am terrified by this dark thing
That sleeps in me;
All day I feel its soft, feathery turnings, its malignity.
Sylvia Plath

 

Josefina recordaba el calor y el hacinamiento dentro del Renault 12 como si el viaje

hubiera sucedido apenas unos días atrás y no cuando ella tenía seis años, pocos días

después de Navidad, bajo el asfixiante sol de enero. Su padre manejaba, casi sin hablar;

su madre iba en el asiento de adelante y en el de atrás había quedado atrapada entre su

hermana y su abuela Rita, que pelaba mandarinas e inundaba el auto con el olor de la

fruta recalentada. Iban de vacaciones a Corrientes, a visitar a los tíos maternos, pero eso

era sólo una parte del gran motivo del viaje, que Josefina no podía adivinar. Recordaba

que ninguno hablaba mucho; su abuela y su madre llevaban anteojos oscuros y sólo

abrían la boca para alertar sobre algún camión que pasaba demasiado cerca del auto, o

para pedirle a su padre que disminuyera la velocidad, tensas y alertas a la espera de un

accidente.

 

Tenían miedo. Siempre tenían miedo. En verano, cuando Josefina y Mariela querían

bañarse en la Pelopincho, la abuela Rita llenaba la pileta con apenas diez centímetros de

agua y vigilaba cada chapoteo sentada en una silla bajo la sombra del limonero del

patio, para llegar a tiempo si sus nietas se ahogaban. Josefina recordaba que su madre

lloraba y llamaba a médicos y ambulancias de madrugada si ella o su hermana tenían

unas líneas de fiebre. O las hacía faltar a la escuela ante un inofensivo catarro. Nunca

les daba permiso para dormir en casa de amigas, y apenas las dejaba jugar en la vereda;

si lo hacía, podían verla vigilándolas por la ventana, semiescondida detrás de las

cortinas. A veces Mariela lloraba de noche, diciendo que algo se movía debajo de su

cama, y nunca podía dormir con la luz apagada. Josefina era la única que nunca tenía

miedo, como su padre. Hasta aquel viaje a Corrientes.

 

Apenas recordaba cuántos días habían pasado en casa de los tíos, ni si habían ido a la

Costanera o a caminar por la peatonal. Pero se acordaba perfectamente de la visita a la

casa de doña Irene. Ese día el cielo estaba nublado, pero el calor era pesado, como

siempre en Corrientes antes de una tormenta. Su padre no las había acompañado;

la casa de doña Irene quedaba cerca de la de los tíos, y las cuatro habían ido caminando

acompañadas de la tía Clarita. No la llamaban bruja, le decían La Señora; su casa tenía

un patio delantero hermoso, un poco demasiado recargado de plantas, y casi en el centro

había un aljibe pintado de blanco; cuando Josefina lo vio se soltó de la mano de su

abuela y corrió ignorando los aullidos de pánico para verlo de cerca y asomarse al pozo.

No pudieron detenerla antes de que viera el fondo y el agua estancada en lo profundo.

 

Su madre le dio un cachetazo que la habría hecho llorar si Josefina no hubiera estado

acostumbrada a esos golpes nerviosos que terminaban en llantos y abrazos y “mi nenita,

mi nenita, mirá si te pasa algo”. Algo como qué, había pensado Josefina. Si ella nunca

había pensado en tirarse. Si nadie iba a empujarla. Si ella sólo quería ver si el agua

reflejaba su cara, como siempre sucedía en los aljibes de los cuentos, su cara como una

luna con cabello rubio en el agua negra.

 

Josefina la había pasado bien esa tarde en casa de La Señora. Su madre, su abuela y su

hermana, sentadas sobre banquetas, habían dejado que Josefina curioseara las ofrendas

y chucherías que se amontaban frente a un altar; la tía Clarita, respetuosa, esperaba

mientras tanto en el patio, fumando. La Señora hablaba, o rezaba, pero Josefina no

podía recordar nada extraño, ni cánticos, ni humaredas, ni siquiera que tocara a su

familia. Solamente les susurraba lo suficientemente bajo como para que ella no pudiera

escuchar nada, y qué le importaba: sobre el altar descubría escarpines de bebé, ramos de

flores y ramas secas, fotografías en color y blanco negro, cruces decoradas con lazos

rojos, estampitas de santos, muchos rosarios —de plástico, de madera, de metal plateado

y la fea figura del santo al que su abuela le rezaba, San La Muerte, un esqueleto con su

guadaña, repetida en diferentes tamaños y materiales, algunas veces tosco, otras tallado

al detalle, con los huecos de los globos oculares negrísimos y la sonrisa amplia.

 

Al rato, Josefina se aburrió y La Señora le dijo: “Chiquita, por qué no te acostás en el

sillón, andá”. Ella lo hizo y se durmió al instante, sentada. Cuando despertó, ya era de

noche y la tía Clarita se había cansado de esperar. Tuvieron que volver caminando solas.

Josefina se acordaba que, antes de salir, había tratado de volver a mirar dentro del aljibe,

pero no se había animado. Estaba oscuro y la pintura blanca brillaba como los huesos de

San La Muerte; era la primera vez que sentía miedo. Volvieron a Buenos Aires pocos

días después. La primera noche en casa, Josefina no había podido dormir cuando

Mariela apagó el velador.

 

***

Mariela dormía tranquilamente en la camita de enfrente, y ahora el velador estaba en la

mesa de luz de Josefina, que recién tenía sueño cuando las agujas fosforescentes del

reloj de Hello Kitty marcaban las tres o las cuatro de la madrugada. Mariela se abrazaba

a un muñeco y Josefina veía que los ojos de plástico brillaban humanos en la

semioscuridad. O escuchaba cantar un gallo en plena noche y recordaba —pero ¿quién

se lo había dicho?— que ese canto, a esa hora, era señal de que alguien iba a morir. Y

debía ser ella, así que se tomaba el pulso —había aprendido a hacerlo viendo a su madre,

que siempre les controlaba la frecuencia de los latidos cuando tenían fiebre—. Si eran

demasiado rápidos, tenía tanto miedo que ni siquiera se atrevía a llamar a sus padres

para que la salvaran. Si eran lentos, se apoyaba la mano en el pecho para controlar que

el corazón no se detuviera. A veces se dormía contando, atenta al minutero. Una noche

había descubierto que la mancha de revoque en el techo, justo sobre su cama —el

arreglo de una gotera— tenía forma de rostro con cuernos, la cara del diablo. Eso sí se lo

había dicho a Mariela; pero su hermana, riéndose, dijo que las manchas eran como las

nubes, que se podían ver distintas formas si uno las miraba demasiado. Y que ella no

veía ningún diablo, le parecía un pájaro sobre dos patas. Otra noche había escuchado el

relincho de un caballo o un burro… pero las manos le empezaron a transpirar cuando

pensó que debía ser el Alma Mula, el espíritu de una muerta que transformado en mula

no podía descansar y salía a trotar de noche. Eso se lo había contado a su padre; él le

besó la cabeza, dijo que eran pavadas y a la tarde lo había escuchado gritarle a su

madre: “¡Que tu vieja deje de contarle pelotudeces a la nena! ¡No quiero que le llene la

cabeza, ignorante supersticiosa de mierda!”. La abuela negaba haberle contado nada, y

no mentía. Josefina no tenía idea de dónde había sacado esas cosas, pero sentía que las

sabía, como sabía que no podía acercar la mano a una hornalla encendida sin quemarse,

o que en otoño tenía que ponerse un saquito sobre la remera porque de noche

refrescaba.

 

Años después, sentada frente a uno de sus tantos psicólogos, había tratado de explicarse

y racionalizar cada miedo: lo que Mariela había dicho del revoque podía ser cierto, a lo

mejor le había escuchado contar esas historias a la abuela porque eran parte de la

mitología correntina, a lo mejor un vecino del barrio tenía un gallinero, a lo mejor la

mula era de los botelleros que vivían a la vuelta. Pero no se lo creía. Su madre solía ir a

las sesiones y explicaba que ella y su madre eran “ansiosas” y “fóbicas”, que por cierto

podían haberle contagiado esos miedos a Josefina; pero se estaban recuperando, y

Mariela había dejado de sufrir terrores nocturnos, así que “lo de Jose” sería cuestión de

tiempo.

 

Pero el tiempo fueron años, y Josefina odiaba a su padre porque un día se había ido

dejándola sola con esas mujeres que ahora, después de años de encierro, planeaban

vacaciones y salidas de fin de semana mientras ella se mareaba cuando llegaba a la

puerta; odiaba haber tenido que dejar la escuela y que su madre la acompañara a rendir

los exámenes cada fin de año; odiaba que los únicos chicos que visitaban su casa fueran

amigos de Mariela; odiaba que hablaran de “lo de Jose” en voz baja, y sobre todo

odiaba pasarse días en su habitación leyendo cuentos que de noche se transformaban en

pesadillas. Había leído la historia de Anahí y la flor del seibo, y en sueños se le había

aparecido una mujer envuelta en llamas; había leído sobre el urataú, y ahora antes de

dormirse escuchaba al pájaro, que en realidad era una chica muerta, llorando cerca de

su ventana. No podía ir a La Boca porque le parecía que debajo de la superficie del

riachuelo negro había cuerpos sumergidos que seguro intentarían salir cuando ella

estuviera cerca de la orilla. Nunca dormía con una pierna destapada porque esperaba la

mano fría que la rozara. Cuando su madre tenía que salir, la dejaba con la abuela Rita; y

si se retrasaba más de media hora, Josefina vomitaba porque la tardanza sólo podía

significar que se había muerto en un accidente. Pasaba corriendo frente al retrato del

abuelo muerto al que jamás había conocido porque podía sentir cómo la seguían sus

ojos negros, y nunca se acercaba al cuarto donde estaba el viejo piano de su madre

porque sabía que cuando nadie lo tocaba, se ocupaba de hacerlo el diablo.

 

***

Desde el sillón, con el pelo tan grasoso que parecía siempre húmedo, veía pasar el

mundo que se estaba perdiendo. Ni siquiera había ido al cumpleaños de quince de su

hermana, y sabía que Mariela se lo agradecía. Iba de un psiquiatra a otro desde hacía

tiempo, y ciertas pastillas le habían permitido empezar la secundaria, pero sólo hasta

tercer año, cuando había descubierto que en los pasillos del colegio se escuchaban otras

voces bajo el murmullo de los chicos que planeaban fiestas y borracheras; cuando desde

adentro del baño, mientras hacía pis, había visto pies descalzos caminando por los

azulejos y una compañera le dijo que debía ser la monja suicida que años atrás se había

colgado del mástil. Fue inútil que su madre y la directora y la psicopedagoga le dijeran

que ninguna monja se había matado jamás en el patio; Josefina ya tenía pesadillas sobre

el Sagrado Corazón de Jesús, sobre el pecho abierto de Cristo que en sueños sangraba y

le empapaba la cara, sobre Lázaro, pálido y podrido levantándose de una tumba entre

las rocas, sobre ángeles que querían violarla.

 

Así que se había quedado en casa, y de vuelta a rendir materias cada fin de año con

certificado médico. Y mientras tanto Mariela volvía de madrugada en autos que

frenaban en la puerta, y se escuchaban los gritos de los chicos al final de una noche de

aventuras que Josefina ni siquiera podía imaginar. Envidiaba a Mariela incluso cuando

su madre le gritaba porque la cuenta del teléfono era impagable; si sólo ella hubiera

tenido alguien con quién hablar. Porque no le servía el grupo de terapia, todos esos

chicos con problemas reales, con padres ausentes o infancias llenas de violencia que

hablaban de drogas y sexo y anorexia y desamor. Y sin embargo seguía yendo, siempre

en taxi, de ida y de vuelta —y el taxista tenía que ser siempre el mismo, y esperarla en la

puerta, porque se mareaba y los latidos de su corazón no la dejaban respirar si se

quedaba sola en la calle. No había subido a un colectivo desde aquel viaje a Corrientes y

la única vez que había estado en el subterráneo gritó hasta quedarse afónica, y su madre

tuvo que bajarse en la estación siguiente; ésa vez la había zamarreado y arrastrado por

las escaleras, pero a Josefina no le importó porque tenía que salir de cualquier manera

de ese encierro, ese ruido, esa oscuridad serpenteante.

 

***

Las pastillas nuevas, celestes, casi experimentales, relucientes como recién salidas del

laboratorio, eran fáciles de tragar y en apenas un rato lograban que la vereda no

pareciera un campo minado; hasta la hacían dormir sin sueños que pudiera recordar, y

cuando apagó el velador una noche, no sintió que las sábanas se enfriaban como una

tumba. Seguía teniendo miedo, pero podía ir al kiosko sola sin la seguridad de morir en

el trayecto. Mariela parecía más entusiasmada que ella. Le propuso salir juntas a tomar

un café, y Josefina se atrevió —en taxi ida y vuelta, eso sí—; esa tarde había podido

hablar como nunca con su hermana, y se sorprendió planeando ir al cine (Mariela

prometió salir en mitad de la película si hacía falta) y hasta confesando que a lo mejor

tenía ganas de ir a la facultad, si en las aulas no había demasiada gente y las ventanas o

puertas le quedaban cerca. Mariela la abrazó sin vergüenza, y al hacerlo tiró una de las

tazas de café al piso, que se partió justo a la mitad. El mozo juntó los restos sonriente, y

cómo no, si Mariela era hermosa con sus mechones de pelo rubio sobre la cara, los labios

gruesos siempre húmedos y los ojos apenas delineados de negro para que el verde del

iris hipnotizara a los que la miraban.

 

Salieron varias veces más a tomar café —lo del cine nunca pudo concretarse— y una de

esas tardes, Mariela le trajo los programas de varias carreras que podían gustarle a

Josefina —Antropología, Sociología, Letras—. Pero parecía inquieta, y ya no con el

nerviosismo de las primeras salidas, cuando debía estar preparada para llamar de

urgencia a un taxi —o a una ambulancia, en el peor de los casos— para llevar a Josefina

de vuelta a casa o a la guardia de un hospital. Acomodó los mechones de largo pelo rubio

detrás de las orejas y encendió un cigarrillo.

—Jose— le dijo. —Hay una cosa.

—¿Qué?

—¿Te acordás cuando viajamos a Corrientes? Vos tendrías seis años, yo ocho…

—Sí.

—Buen, ¿te acordás que fuimos a una bruja? Mamá y la abuela fueron porque ellas eran

como vos, así, que tenían miedo todo el tiempo, y se fueron a curar.

 

Josefina ahora la escuchaba atentamente. El corazón le latía muy rápido, pero respiró

hondo, se secó las manos en los pantalones y trató de concentrarse en lo que decía su

hermana, como le había recomendado su psiquiatra (”Cuando viene el miedo”, le había

dicho, “prestale atención a otra cosa. Cualquier cosa. Fijate qué está leyendo la persona

que tenés al lado. Leé los carteles de las publicidades, o contá cuántos autos rojos pasan

por la calle”.)

—Y yo me acuerdo que la bruja dijo que podían volver si les pasaba otra vez. A lo mejor

podrías ir. Ahora que estás mejor. Yo sé que es una locura, parezco la abuela con sus

boludeces de la provincia, pero a ellas se les pasó ¿o no?

—Mariel, yo no puedo viajar. Vos sabés que no puedo.

—¿Y si yo te acompaño? Me la banco, en serio. Lo planeamos bien.

—No me animo. No puedo.

—Buen. Si te animás, pensalo, qué se yo. Yo te ayudo en serio.

 

***

La mañana que intentó salir de la casa para ir a anotarse en la facultad, Josefina

descubrió que el trayecto de la puerta al taxi le resultaba infranqueable. Antes de poner

un pie en la vereda le temblaban las rodillas, y ya lloraba. Hacía varios días que notaba

un estancamiento y hasta un retroceso en el efecto de las pastillas; había vuelto esa

imposibilidad de llenar los pulmones, o mejor, a esa atención obsesiva que le prestaba a

cada inspiración, como si tuviera que controlar la entrada de aire para que el mecanismo

funcionara, como si se estuviera dándose respiración boca a boca para mantenerse viva.

Otra vez se paralizaba ante el menor cambio de lugar de los objetos de su habitación,

otra vez tenía que encender ya no sólo la luz del velador, sino el televisor y la lámpara

de techo para dormir, porque no soportaba ni una sola sombra. Esperaba cada síntoma,

los reconocía; pero por primera sentía algo por debajo de la resignación y la

desesperación. Estaba enojada. También estaba agotada, pero no quería volver a la cama

a tratar de controlar los temblores y la taquicardia, ni arrastrarse hasta el sillón en

pijama para pensar en el resto de su vida, en un futuro de hospital psiquiátrico o

enfermeras privadas —porque no podía recurrir al suicidio, ¡si tenía tanto miedo de

morirse!

 

En cambio, empezó a pensar en Corrientes y La Señora. Y en cómo era la vida en su

casa antes del viaje. Recordó a su abuela llorando en cuclillas al lado de la cama,

rezando para que parara la tormenta, porque le tenía miedo a los rayos, a los truenos, a

los relámpagos, incluso a la lluvia. Recordó que su madre miraba por la ventana con

ojos desorbitados cada vez que se inundaba la calle, y cómo gritaba que se iban a ahogar

todos si no bajaba el agua. Recordó que Mariela nunca quería ir a jugar con los hijos de

los vecinos, ni siquiera cuando la venían a buscar, y se abrazaba a sus muñecos como si

temiera que se los robaran. Se acordó de que su padre llevaba a su madre una vez por

semana al psiquiatra, y que ella siempre volvía semidormida, directo a la cama. Y hasta

se acordó de doña Carmen, que se encargaba de hacerle los mandados y cobrarle la

jubilación a su abuela, que no quería —no podía, ahora Josefina lo sabía— salir de la

casa.

Doña María llevaba diez años muerta, dos más que su abuela, y después del viaje a

Corrientes sólo visitaba para tomar el té, porque todos los encierros y terrores se habían

terminado. Para ellas. Porque para Josefina, recién empezaban.

 

¿Qué había pasado en Corrientes? ¿La Señora se había olvidado de “curarla” a ella?

Pero, si no tenía que curarla de nada, si Josefina no tenía miedo. Pero entonces, si poco

después había empezado a padecer lo mismo que las otras, ¿por qué no la habían

llevado con La Señora? ¿Porque no la querían? ¿Y si Mariela se equivocaba? Josefina

empezó a comprender que el enojo era el límite, que si no se aferraba al enojo y lo

dejaba llevarla hasta un micro de larga distancia, hasta La Señora, nunca podría salir de

ese encierro, y que valía la pena morir intentándolo.

Esperó a Mariela despierta una madrugada, y le hizo un café para despejarla.

—Mariel, vamos. Me animo.

—¿Adónde?

Josefino tuvo miedo de que su hermana retrocediera, retirara el ofrecimiento, pero se

dio cuenta que no le entendía sólo porque estaba bastante borracha.

—A Corrientes, a ver a la bruja.

Mariela la miró completamente lúcida de golpe.

—¿Estás segura?

—Ya lo pensé, tomo muchas pastillas y duermo todo el camino. Si me pongo mal… me

das más. No hacen nada. Como mucho, dormiré un montón.

 

***

Josefina subió casi dormida al micro; lo esperó al lado de su hermana en un banco,

roncando con la cabeza apoyada sobre el bolso. Mariela se había asustado cuando la vio

tomar cinco pastillas con un trago de Seven—Up, pero no le dijo nada. Y funcionó,

porque Josefina despertó recién en la terminal de Corrientes, con la boca llena de sabor

ácido y dolor de cabeza. Su hermana la abrazó durante todo el viaje en taxi hasta la casa

de los tíos, y Josefina intentó no partirse los dientes de tanto rechinarlos. Se fue directo

a la pieza de la tía Clarita, que las esperaba, y no aceptó comida ni bebida ni visitas de

parientes; apenas podía abrir la boca para tragar las pastillas, le dolían las mandíbulas y

no podía olvidar la ráfaga de odio y pánico en los ojos de su madre cuando le dijo que

se iba a buscar a la bruja, ni cómo le había dicho: “Sabés bien que es al pedo” con tono

triunfal. Mariela le había gritado “yegua hija de puta”, y no quiso escuchar ninguna

explicación; encerrada en la habitación con Josefina, se quedó toda la noche despierta

sin hablar, fumando, eligiendo remeras y pantalones frescos para el calor de Corrientes.

Cuando salieron para la terminal Josefina ya estaba drogada, pero bastante consciente

como para notar que su madre no había salido de su pieza para despedirlas.

 

La tía Clarita les dijo que La Señora seguía viviendo en el mismo lugar, pero estaba

muy vieja y ya no atendía a la gente. Mariela insistió: sólo para verla habían venido a

Corrientes, y no se iban a ir hasta que las recibiera. En los ojos de Clarita asomaba el

mismo miedo que en el de su madre, se dio cuenta Josefina. Y también supo que no las

iba a acompañar, así que apretó el brazo de Mariela para interrumpir sus gritos (”¡Pero

qué mierda te pasa, por qué vos tampoco la querés ayudar, no ves cómo está!”) y le

susurró: “Vamos solas”. En las tres cuadras hasta la casa de La Señora, que le

parecieron kilómetros, Josefina pensó en ese “¡no ves como está!” y se enojó con su

hermana. Ella también podría ser linda si no se le cayera el pelo, si no tuviera esas

aureolas sobre la frente que dejaban ver el cuero cabelludo; podría tener esas piernas

largas y fuertes si fuera capaz de caminar al menos una vuelta manzana; sabría cómo

maquillarse si tuviera para qué y para quién; sus manos serían bellas si no se comiera

las uñas hasta la cutícula; su piel sería dorada como la de Mariela si el sol la tocara más

seguido. Y no tendría los ojos siempre enrojecidos y las ojeras si pudiera dormir o

distraerse con algo más que la televisión o internet.

 

Mariela tuvo que aplaudir en el patio de La Señora para que abriera la puerta, porque la

casa no tenía timbre. Josefina miró el jardín, ahora muy descuidado, las rosas muertas

de calor, las azucenas exangües, las plantas de ruda por todas partes, crecidas hasta

alturas insólitas. La Señora apareció en el umbral cuando Josefina localizó el aljibe,

semiescondido entre pastos, la pintura blanca tan descascarada que era posible ver los

ladrillos rojos debajo.

 

La Señora las reconoció enseguida, y las hizo pasar. Como si las esperara. El altar

seguía en pie, pero tenía el triple de ofrendas, y un San La Muerte enorme, del tamaño

de un crucifijo de capilla; dentro de los ojos huecos brillaban lucecitas intermitentes,

seguramente de una guirnalda eléctrica navideña. Quiso sentar a Josefina en el mismo

sillón donde se había dormido casi veinte años atrás, pero tuvo que correr a buscar un

balde, porque habían empezado las arcadas; Josefina vomitó fluidos intestinales y sintió

que el corazón le obturaba la garganta, pero La Señora le puso una mano en la frente.

—Respirá hondo, criatura, respirale.

Josefina le hizo caso, y por primera vez en muchos años volvió a sentir el alivio de los

pulmones llenos de aire, libres, ya no atrapados detrás de las costillas. Tuvo ganas de

llorar, de agradecerle; tuvo la seguridad de que La Señora la estaba curando. Pero

cuando levantó la cabeza para mirarla a los ojos, tratando de sonreír con los dientes

apretados, vio pena y arrepentimiento en La Señora.

—Nena, no hay nada que hacerle. Cuando te trajeron acá, ya estaba listo. Le tuve que

tirar al aljibe. Yo sabía que los santitos no me lo iban a perdonar, que Añá te iba a traer de

vuelta.

 

Josefina negó con la cabeza. Se sentía bien. ¿Qué quería decirle? ¿Estaría de verdad

vieja y ya loca, como había dicho la tía Clarita? Pero La Señora se levantó suspirando,

se acercó al altar y trajo de vuelta una foto vieja. La reconoció: su madre y su abuela,

sentadas en un sillón, y entre ellas Mariela a la derecha y un hueco a la izquierda, donde

debía estar Josefina.

—Me dieron una pena, una pena. Las tres con malos pensamientos, con carne de gallina,

con un daño de muchos años. Yo me sobresaltaba de mirarlas nomás, eructaba, no les

podía sacar de adentro los males.

—¿Qué males?

—Males viejos, nena, males que no se pueden decir —La Señora se santiguó. —Ni el

Cristo de las Dos Luces podía con eso, no. Era viejo. Muy atacadas estaban. Pero vos nena no estabas. No estabas atacada. No sé por qué.

—¿Atacada de qué?

—¡Males! No se pueden decir —La Señora se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio,

y cerró los ojos. —Yo no podía sacarles lo podrido y meterlo adentro mío porque no

tengo esa fuerza, y no la tiene nadie. No podía fluidar, no podía limpiar. Podía nomás

pasarlos, y los pasé. Te los pasé a vos, nena, cuando dormías acá. El Santito decía que

no te iba a atacar tanto, porque estabas pura vos. Pero el Santito me mintió, o yo no le

entendí. Ellas te los querían pasar, que te iban a cuidar decían. Pero no te cuidaron. Y yo

le tuve que tirar. A la foto, la tiré al aljibe. Pero no se puede sacar. No te los puedo sacar

nunca porque los males están en la foto tuya en el agua, y ya se habrá pudrido la foto.

Ahí quedaron en la foto tuya, pegados a vos.

 

La Señora se tapó la cara con las manos. Josefina creyó ver que Mariela lloraba, pero no

le prestó atención porque trataba de entender.

—Se quisieron salvar ellas, nena. Ésta también —Y señaló a Mariela —Era chica pero era

bicha, ya.

 

Josefina se levantó con el resto de aire que le quedaba en los pulmones, con la nueva

fuerza que le endurecía las piernas. No iba a durar mucho, estaba segura, pero por favor

que fuera suficiente, suficiente para correr hasta el aljibe y arrojarse al agua de lluvia y

ojalá que no tuviera fondo, ahogarse ahí con la foto y la traición. La Señora y Mariela

no la siguieron, y Josefina corrió todo lo que pudo pero cuando alcanzó los bordes del

aljibe las manos húmedas resbalaron, las rodillas se agarrotaron y no pudo, no pudo

trepar, y apenas alcanzó a ver el reflejo de su cara en el agua antes de caer sentada entre

los pastos crecidos, llorando, ahogada, porque tenía mucho mucho miedo de saltar.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Henríquez (Anagrama, 2017). [Aviso legal]