87.

Café Con/suelo

Érase una vez un jardín con un parque de juegos y columpios, de esos modernos y cada vez más sofisticados. Era la hora de que los niños salieran del colegio y el parque estaba atestado de criaturas chillonas, hiperventilantes y azucaradas, y padres aletargados, cargados de mochilas, abrigos y prendas varias. En un momento dado, dos niños jugaban con uno de esos extraños artilugios que sustituyen ahora al tobogán o al balancín. El juego consistía en que ambos niños, sentados uno frente al otro, debían hacer girar por turnos y con fuerza un disco de madera clavado a una mesita, que, al detenerse, señalaba con una flecha de color rojo la puntuación obtenida. Uno de los niños, presumiblemente el más inepto, se quejó de la lentitud con que giraba el disco cuando él lo empujaba. “Tienes que jugar más a la ruleta rusa”, le dijo su padre, antes de darse cuenta de que en realidad había querido referirse a “La ruleta de la fortuna”, el célebre y tonto programa de televisión. Enseguida buscó la mirada cómplice de la madre del otro chico, que también supervisaba el juego, como para disculparse y demostrar que era consciente de su propio error. Pero, en lugar de condescender y disculpar el desliz, la madre del otro chico, aletargada, cargada de mochilas, abrigos y prendas varias, miró al padre con una maliciosa media sonrisa -ambos se miraron con una maliciosa media sonrisa- y murmuró: “sí, hijo, tenéis que jugar más a la ruleta rusa”.

85.

Café Con/suelo

Lo que más me gusta de llegar a casa es desnudarme. Antes de nada, en la entrada me vacío los bolsillos y dejo sobre un recipiente de barro coloreado las llaves y el puñado de monedas que suelo llevar encima. Luego me quito los zapatos, la camisa y los pantalones. Como a todos a los que no nos gusta limpiar, soy bastante ordenado. Así que nada más quitarme el pantalón lo doblo para guardarlo en el armario. Siempre, sin excepción, al doblar el pantalón cae una moneda al suelo. Una moneda fugada de la primera purga. No sé cómo lo consigue, pero siempre hay una moneda de dos, cinco, diez céntimos —una moneda pequeña— que escapa del plato de cerámica que trajimos de Nápoles y permanece agazapada en el bolsillo, hasta que doblo el pantalón y entonces cae —generalmente rodando hacia un rincón de difícil acceso. Creo firmemente que se trata de un mensaje del universo. Agacharme a recuperar esa moneda es el peaje que tengo que pagar. Cuanto menor es el valor de la moneada, más transparente es el mensaje. Un castigo; quizá fruto de un malentendido cósmico. Así lo escribió Kafka en “Un viejo manuscrito”: “Hay algún malentendido y este malentendido será nuestra ruina”.

84.

Café Con/suelo

Si no descuelgo esa llamada tuya tan importante es porque estoy en un rincón de las Azores sin cobertura ni Internet. Pero si al mismo tiempo ves que publico una nueva reseña en  Lector salteado, que comento algo en Twitter, que subo una imagen a Instagram, que comparto una publicación en Facebook o que escucho un audio de Whatsapp, no te preocupes, es que puedo programar todas esas acciones. Puedo programarlas y que se realicen cuando yo quiero. Puedo programar todo eso, pero no tu puta llamada putamente importante, porque resulta que estoy en un rincón de las Azores sin cobertura ni Internet.