Crímenes del futuro, Juan Soto Ivars

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Nueva reseña en Lector salteadoCrímenes del futuro, de Juan Soto Ivars (Candaya, 2018). Por María Ayete Gil.

 

¿Y si nuestros nietos terminaran viviendo como lo hicieron nuestros abuelos?

Crímenes del futuro, cuarta novela del periodista y escritor Juan Soto Ivars, imagina un futuro no muy lejano como resultado directo de las políticas socioeconómicas impuestas tras la crisis en los países del primer mundo. En la Europa de Ivars, los estados y la política han dejado de existir tal y como los conocemos. Los grandes empresarios han desmantelado los parlamentos, la sanidad y la educación públicas son algo así como una leyenda, la escolarización es obligatoria hasta los nueve años, el precio de los alimentos fluctúa, en tiempo real, al vaivén de la Bolsa, y la ciudad de Madrid se ha convertido en un Distrito Federal en el que una alta alambrada, no exenta de vigilancia, separa los arrabales de los barrios acomodados. De las democracias no quedan ni los restos.

 

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Nuevas notas de lecturas

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Nuevas notas de lectura en Lector salteado, por Mario Aznar.

 

CARIDAD, MARK RICHARD, Dirty Works Editorial | Leer 

CABINET D’AMATEUR, UNA NOVELA OBLICUA, ENRIQUE VILA-MATAS, The Whitechapel Gallery y La Caixa Foundation | Leer

¿CÓMO DEBERÍA SER UNA PERSONA?, SHEILA HETI, Alpha Decay Editorial | Leer 

 

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Nefando, Mónica Ojeda

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Nefando, más que una novela, es un acontecimiento. Acontece el lenguaje, acontecen los temas, acontecen los personajes, acontece el nombre. Por fin, un nombre: Mónica Ojeda. Este libro no está, sino que sucede, ocurre (en cada lector, supongo) de forma tan intempestiva e imprevisible como un brote psicótico.

 

Nueva reseña en Lector salteado, por Mario Aznar.

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47.

Café Con/suelo

Una noche de un mes que no recuerdo, Ro y Ju iban a pinchar en un local de la calle de la Palma, pero al otro lado de San Bernardo (en la cara B de Malasaña, como Ro. y Ju. llaman a esa zona). Se trata de un pequeño antro donde suena música rara, se bebe cerveza mala y se comen gominolas a puñados. Con Ro y Ju al aparato, la noche prometía ser una gran fiesta, así que decidimos jugar con el vestuario. Para Ju, una máscara de Pitbull, el cantante puertorriqueño. Para Ro, una de Alberto Olmos (Alb). Las máscaras fueron un éxito y ellos pincharon toda la noche con ellas puestas. En un punto indeterminado de la fiesta empecé a considerar que Ro fuese realmente Alb. La máscara y su piel eran uno, y de Ro solo quedaban unos vaqueros con seis años de experiencia y ni un solo lavado. Decidí no prestarle mucha atención al asunto y seguí descoyuntándome, que es como yo bailo, hasta que la noche se alargó. No sé qué hora sería cuando en un borbotón de entusiasmo abracé a Ro con todas mis fuerzas. Lo noté enseguida. Había bebido bastante, pero mi percepción de la realidad seguía siendo suficientemente lúcida. Aquel cuerpo, la anchura de hombros, las caderas, no eran de Ro. Cabía pensar que la máscara de Alb se había apoderado de mi amigo y que el abrazo (innecesario, por otra parte) había terminado de demostrarlo. Aún no había salido de mi asombro cuando apareció una pareja extraña. Ella, diminuta y con el pelo teñido de azul, decía ser muy amiga de Alb. Él solo se miraba los pies mientras movía la cabeza al ritmo de la música. Ella le pidió a Ro que le regalara su máscara para enseñársela a Alb al día siguiente. Ju les dijo que naranjas de la china, que la máscara no se la llevaba nadie. Él dejó de mirarse los pies y miró la máscara con una ferocidad aplastante. Ju dio un paso atrás, Ro se disponía a claudicar. Yo había permanecido apoyado en la barra, distraído, pero al ver lo que ocurría vociferé, fuera de mí: ¡No! ¡Ni hablar! ¡Alb está en Ro y Ro está en él! Todos me miraron. Sentí que hasta la música se había detenido. Di tres o cuatro pasos lentos hacia atrás, encaminándome hacia la puerta. Corrí.

Aún no sé para qué tanto ímpetu.