108.

Café Con/suelo

Hace unas semanas publiqué en Twitter el resumen de una de mis clases: “Ralph el elefante, el escarabajo de Wittgenstein, los aborígenes australianos, Amy Adams, los esquimales y los experimentos psicológicos en la Universidad de Cornell”.

Pasaron unos días y algunas personas me escribieron preguntando si no había más clases, queriendo decir en realidad si no había más resúmenes. Como no me debo a mis admiradores, pero sí, como cantó Gata Cattana, a mis quimeras, me pongo a ello.

Resumen de la clase de ayer: la decodificación, el ruido y la redundancia, el niño y el tobogán, Ray Bradbury, el experimento del doble péndulo, el paradigma, las máquinas tragaperras y la Ley Celáa.

LAS HOGUERAS AZULES, DE JUAN F. RIVERO E HISTORIA DE LA LECHE, DE MÓNICA OJEDA

Nueva reseña

Continuamos el arranque de la temporada otoñal en Lector salteado por todo lo alto. En esta ocasión, reseña doble a partir del encuentro virtual entre los autores Juan F. Rivero (Las hogueras azules, Candaya, 2020) y Mónica Ojeda (Historia de la leche, Candaya, 2020).

Por Jöel López.

No esperes más y pincha AQUÍ para leer el texto completo.

45. La mariposa, de Medardo Fraile [Paco Paños]

Hasta que el cuento aguante

Unos de los grandes de la generación del 50 y de los mejores cuentistas españoles.

 

Recomendación de Paco Paños, lector infatigable y colaborador habitual de la sección de libros “Leer el presente”, de eldiario.es.

 

“La mariposa”, de Medardo Fraile

Hacía un momento que habían entrado en el piso. Al llegar encendieron tres o cuatro cuartos y aún estaban con luz. Las ventanas aparecían entreabiertas y las persianas inmóviles. Fuera se veían luces de colores, lejos; llegaba un rumor impreciso de vehículos, de anuncios, de multitud frotándose, que ahondaba el silencio de la casa. Él se sentó. El tiempo, en ese instante, le pareció inmenso. Como si la respiración o los latidos del pecho no contaran. Se sumergió en la luz verde, sedante, de una lamparita y estiró las piernas. Ella estaba fuera del cuarto dejando unos paquetes, refrescándose, recogiéndose el pelo, metiendo unas flores en un jarrón. Notó él un bienestar hondo, suave. El domingo se iba. Había estado tomando el sol, había respirado el aire del campo y ahora dormiría profundamente. En otro tiempo, a esta hora de vuelta, deseaba otras cosas: ir a beber unas copas con matrimonios amigos, oír música fuerte que lo llenara todo, aturdirse charlando, bailando, mirando, riendo, hasta las dos o las tres de la mañana. Ahora la cama le devolvería ese aspecto ajustado, tranquilo, terso, que buscaba ante el espejo por las mañanas para estar a gusto consigo mismo. Ella entró en la habitación y dejó unos frascos vacíos en el armario, diciéndose en voz alta que tenía que hacer alguna cosa esta semana. “Recuérdamelo”. Y salió. Como si abrieran y cerraran una puerta lejos llegó y se fue una música ensoberbecida, estridente. Esta irrupción le removió un poco, le hizo respirar hondo, sentir una insatisfacción repentina y el cuarto en seguida le pareció recargado de cosas, estrecho, falto de aire y la luz verde, que antes le agradaba, le resultó egoísta, mezquina, e hizo de nuevo el propósito de instalar en toda la casa otra luz. Una luz que desnudara todo llamándolo por su nombre. Miró a su alrededor. Los muebles eran oscuros. De alguno de ellos saldría un buen ataúd. Y había retratos, colados subrepticiamente, que se habían aposentado allí con el tiempo, como lo hacen las pavesas o el polvo. Sin derecho de sangre para estar allí, sin saber quiénes eran realmente, de dónde venían, a qué emoción o momento debían el hospedaje. ¿Quiénes eran esos caballeros, seguramente ilustres? Y, sobre todo, a él qué le importaban. En un rinconcito, bajo un espejo, estaba Rodolfo Steiner con ojos de brasa y, poco más allá, Elena Blavatsky y Ana Bessant. La flor y nata de la Teosofía. Esto explicaba un poco todo lo demás. Pero allí nada podía explicarse del todo. Ella, ¿cómo era? Diariamente se lo preguntaba a sí mismo. Muy delgada, pálida, presta a devanarse, a debilitarse casi, en una serie, deshilvanada a veces, de pensamientos. Inquieta, sujeta, en ocasiones, a un terror momentáneo, que la sacudía y cruzaba. Con incuestionable fe en las señales etéreas o astrales, en presagios, corazonadas, “mensajes”. Creía prestar su voz y su lengua muchas veces a inaprehensibles seres del Más allá. Lo “conocía” luego. Pero hoy todo había transcurrido con normalidad. Desde por la mañana ella había sido una bendita persona normal, corriente. Ahora tomarían algo antes de acostarse y luego se echarían, con algún periódico, o hablarían, o estarían tranquilos, callados, esperando el sueño, unidos por una mano más que amorosa predestinada. Volvió a sentirse a gusto. Y deseó verla, que ella estuviera allí, decirle alguna frase de humor afectuosa, ir al lado suyo para moverse en la casa junto a ella, o, en fin, cambiarse la ropa, apagar las luces, andar por las habitaciones, hacer algo. Tenía la impresión, muchas veces, de ir demasiado lejos cuando pensaba en ella. De ser injusto o brutal o las dos cosas. Pero la cabeza siempre iba más lejos que las piernas, las manos o el corazón. En ella reside nuestra libertad. Era imposible evitarlo.

 

Se levantó. Giró para apagar y vio que algo revoloteaba en el aire. Apagó y se dirigió a la puerta. “Una mariposa de luz”, pensó. Se paró. Estuvo quieto, de pie, un instante. Volvióse de nuevo y encendió. ¿A qué venía ahora esa mariposa, de pronto? Vio cómo atravesaba, de un lado a otro, con incertidumbre angustiosa, el silencio confortable del cuarto. Se sentó. Ahora no era el momento de salir. Temía que ella entrara. Podría ver ese animalillo de alpaca que rubricaba sentencias en el aire de su habitación, que llegaba resuelto a trascender sus vidas, tranquilas hoy, normales, milagrosamente. Había llegado allí desde un aire pesado, oscuro, atraída por la luz cálida y suave. ¿Qué traía este animalillo torpe, ciego, que parecía dejarse matar porque lo vieran? ¿Qué alma le enviaba? ¿Y por qué ahora, en esta paz, en este grato silencio, en esta casi felicidad? No era posible que sirviese para otra cosa que no fuera avisar. Pero, ¿el qué? Chocó con la cabecera de la cama, ascendió rozando la pared pesadamente y se quedó revuelta, palpitante, en el techo. Si ahora entraba ella y la veía, los silencios, el tranquilo domingo, las palabras y el cuarto se llenarían de magia. La mariposa no volaría ya: se expresaría volando, posándose. Un ignoto, aromado mundo de fantasmas se manifestaría por sus alas de cirio con vehemencia macabra hasta rompérselas. Y había sido un día de peso, con fuerza de gravedad, con palabras de un solo significado, sencillas, sólidas; con el sol en lo alto, con el aire templado, alegre; con la comida sabrosa, buena. Un día solamente humano, a ras del mundo. Una maravilla. Un milagro. Se levantó. No permitiría hoy el morbo de aquella mariposa. Le iba en ello el recuerdo sano, redondo, de un día, la paz aún de unas horas. Arrojó con fuerza su pañuelo al techo varias veces. La mariposa cayó sobre la cama. La echó al suelo de un manotazo. La pisó. Luego, con el pie, la empujó debajo de la cama, no dejó ni rastro de su polvo dorado. Se sentó. Esperaba algo. No sabía qué. Le parecía haber abierto y leído una carta que no iba dirigida a él, haber aniquilado brutalmente lo que no entendía, haberse puesto en el camino de otro. Le pareció que los retratos de miraban más. ¿Había sólo matado una mariposa o había matado algo de su mujer, lo escatológico, lo ultraterreno, su mitad oscura? Se dirigió resuelto a la ventana. Alzó la persiana con ruido, rápido, hasta arriba; cambió de sitio unas cuantas revistas, encendió un aplique, justo al espejo. Quería cambiar “de postura” a la habitación, echar tierra encima. Entraba un airecillo confiado, cálido. Se quitó la americana y salió del cuarto. Ella ponía la mesa. Ensimismada, tranquila. Se acercó él despacio y le rozó el cuello con un beso por haberle hurtado, matado, la mariposa.

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cuentos completos. Edición ampliada de Ángel Zapata, de Medardo Fraile (Páginas de Espuma, 2017). [Aviso legal]

44. Instrucciones para subir una escalera, de Julio Cortázar [Pilar Eusamio Zambrana]

Hasta que el cuento aguante

Si conseguimos comprender que lo más básico es lo más importantes empezaremos a aprender algo.

 

Recomendación de Pilar Eusamio Zambrana, traductora y librera. Recientemente ha traducido la novela Donde quiera que yo esté, de Romana Petri (La Huerta Grande, 2018).

 

“Instrucciones para subir una escalera”, de Julio Cortázar

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cuentos completos, de Julio Cortázar (Alfaguara, 2019). [Aviso legal]

43. Es la hora de todos, de Alejandro Gándara [Eva Serrano (Círculo de Tiza)]

Hasta que el cuento aguante

Es el texto que resume Los Argonautas y lo centra en la figura del héroe de los antiguos griegos.

 

Recomendación de Eva Serrano, editora de Círculo de Tiza, donde han visto la luz libros de Ursula K. Leguin, David Gistau, Ramón Lobo, Karina Sainz Borgo o Enrique Vila-Matas.

 

“Es la hora de todos”, de Alejandro Gándara

Hay algo que tenemos que hacer y no lo podemos hacer de cualquier manera. Y, para ser sinceros, hay que contar con que tampoco lo puede hacer cualquiera. Solo los héroes. En este estado de alarma decretado en nuestro país, a unos los encontraremos en la vanguardia y a otros en la retaguardia. Unos tendrán que luchar, otros resistir, otros aceptar lo inevitable. Y todos tendrán que vencer su miedo, a todos se les pedirá que sean héroes.

A los profesionales de la sanidad, a los enfermos, a los que corren el mayor riesgo y a los que lo corren en menor grado, a los que ayudan en los hospitales y a los que ayudan en casa o suministrando alimentos o abriendo la farmacia, a los que ayudan por salvar una vida que aman y a los que ayudan porque eligieron esa vocación, arriesgando su propia vida, dándole valor con el valor que habrán de demostrar.

Pero nos hemos olvidado de qué es un héroe. No es un ser extraordinario ni un superdotado. El héroe, para el mundo griego -que es una de nuestras fuentes culturales- es el que desafía la vida. Solo así sabemos que vivir merecía la pena, solo así sabemos lo que valemos. Cuando la propia vida no se arriesga es porque no vale nada. Tener valor es darle valor.

Hay que viajar al Hades, a la muerte y al infierno, para poder estar verdaderamente vivos. Uno tiene que morir muchas veces, penetrar muchas veces en la oscuridad, para poder regresar a la luz y cumplir con el destino (que nunca está escrito, porque es nuestro carácter).

Los héroes no se traicionan a sí mismos. Tienen fe en lo que creen. La tiene Pericles durante la peste de Atenas. La tiene Ulises para creer que regresará a Ítaca. La tiene Jasón para ir en busca del vellocino de oro. A un héroe se le conoce por su fe. Por la fe que a otros les falta. No es un maestro, a menudo es simplemente un guía en la acción. Alguien que coge el timón cuando todos tiemblan. Además, si se traicionaran a sí mismos, ¿cómo podrían no traicionar a los otros? ¿Y cómo entonces podrían hacer lo que solo pueden hacer si están juntos?

Los héroes tienen miedo y lo dicen. Esto es importante, porque lo tendrán. Es importante porque al expresar sus emociones podemos conocerlos de verdad. No nos haremos falsas ideas de lo que es un héroe y gracias a ello quizá nosotros intentaremos serlo cuando tengamos la oportunidad. Y también es importante porque así evitan el error. Alguien que se engaña a sí mismo no está listo para la acción. Se sorprenderá de sí mismo, al no ser ni actuar como esperaba. Pensará más en sí mismo que en lo que tiene que hacer. Estará desorientado y confuso cuando más se le necesita.

El héroe no quiere ganar, no quiere conseguir todo lo que se propone, no compite con la naturaleza, con la vida o con los demás. Solo compite consigo mismo. Quiere ser mejor que ayer. La victoria es superarse. Con frecuencia, el héroe no es el que destaca, el que más sabe, el líder. Pues es más difícil, partiendo de una posición débil, superarse a sí mismo que partiendo de un lugar preeminente. Cuando uno se siente pequeño o inferior, la tentación es abandonar, rechazar el reto, despreciar el esfuerzo. Si se sobrepone, y solo con sobreponerse, ya es grande.

El peligro del héroe es la melancolía. No debe mirar atrás si quiere emprender el viaje, como Jasón y sus argonautas. Tiene que estar listo para la difícil tarea que le espera. Los seres queridos, a quienes ha dejado lamentándose en el puerto, implorando que no se marchara, los amigos, el amor, ya no dominan en su corazón. Ha de actuar, y eso exige concentración en el presente, entrega a la acción. De lo contrario, será devorado por los monstruos y su viaje habrá sido en balde.

No hay conquista, no hay meta. El héroe sabe que la meta es el viaje. Ir y regresar. Poder contarlo. Como sabían los antiguos griegos, la inteligencia puede aplicarse sobre lo que puede ser cambiado, pero también es de hombres y mujeres inteligentes aceptar lo inevitable como inevitable. Y en lo que nos espera, apenas sabemos qué cosas podremos cambiar y qué cosas son inevitables. Hay que estar preparados no para la gloria, sino para la aceptación. Ganemos o perdamos, seremos recordados si hemos aceptado lo que no pudimos cambiar.

Pero sí hay algo que conquistaremos por el camino y que nos traeremos de vuelta. No será el vellocino de oro, será el respeto y tal vez el amor de aquellos que estuvieron con nosotros y que nos vieron luchar por encima de nuestras fuerzas, de aquellos que nos hicieron sentir útiles, y con los que por un instante o tal vez una vida compartiremos la felicidad de haber merecido existir.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


Texto publicado originalmente en uppers. [Aviso legal]

 

 

42. Cefalea, de Julio Cortázar [José Daniel Espejo]

Hasta que el cuento aguante

La exuberancia literaria de la desesperación.

 

Recomendación de José Daniel Espejo, poeta, activista y librero en Libros Traperos. Es autor de Mal (Balduque, 2014) y Los lagos de Norteamérica (Pre-textos, 2019). Coordina “Leer el presente”, la sección de libros de eldiario.es.

 

“Cefalea”, de Julio Cortázar

Cuidamos las mancuspias hasta bastante tarde, ahora con el calor del verano se llenan de caprichos y versatilidades, las más atrasadas reclaman alimentación especial y les llevamos avena malteada en grandes fuentes de loza; las mayores están mudando el pelaje del lomo, de manera que es preciso ponerlas aparte, atarles una manta de abrigo y cuidar que no se junten de noche con las mancuspias que duermen en jaulas y reciben alimento cada ocho horas.
No nos sentimos bien. Esto viene desde la mañana, tal vez por el viento caliente que soplaba al amanecer, antes de que naciera este sol alquitranado que dio en la casa todo el día. Nos cuesta atender a los animales enfermos -esto se hace a las once- y revisar las crías después de la siesta. Nos parece cada vez más penoso andar, seguir la rutina; sospechamos que una sola noche de desatención sería funesta para las mancuspias, la ruina irreparable de nuestra vida. Andamos entonces sin reflexionar, cumpliendo uno tras otro los actos que el hábito escalona, deteniéndonos apenas para comer (hay trozos de pan en la mesa y sobre la repisa del living) o mirarnos en el espejo que duplica el dormitorio. De noche caemos repentinamente en la cama, y la tendencia a cepillarnos los dientes antes de dormir cede a la fatiga, alcanza apenas a sustituirse por un gesto hacia la lámpara o los remedios. Afuera se oye andar y andar en círculo a las mancuspias adultas.
No nos sentimos bien. Uno de nosotros es Aconitum es decir que debe medicamentarse con aconitum en diluciones altas si, por ejemplo, el miedo le ocasiona vértigo. Aconitum es una violenta tormenta, que pasa pronto. De qué otro modo describir el contraataque a una ansiedad que nace de cualquier insignificancia, de la nada. Una mujer se enfrenta repentinamente con un perro y comienza a sentirse violentamente mareada. Entonces aconitum, y al poco rato sólo queda un mareo dulce, con tendencia a marchar hacia atrás (esto nos ocurrió, pero era un caso Bryonia lo mismo que sentir que nos hundíamos con, o a través de la cama).
El otro, en cambio, es marcadamente Nux vomica. Después de llevar la avena malteada a las mancuspias, tal vez por agacharse demasiado al llenar la escudilla, siente de golpe como si le girara el cerebro, no que todo gire en torno –el vértigo en sí– sino que la visión es la que gira, dentro de él la conciencia gira como un giróscopo en su aro, y afuera todo está tremendamente inmóvil, sólo que huyendo e inasible. Hemos pensado si no será más bien un cuadro de Phosphorus, porque además lo aterra el perfume de las flores (o el de las mancuspias pequeñas, que huelen débilmente a lila) y coincide físicamente con el cuadro fosfórico: es alto, delgado, anhela bebidas frías, helados y sal.
De noche no es tanto, nos ayudan la fatiga y el silencio –porque el rondar de las mancuspias escande dulcemente este silencio de la pampa– y a veces dormimos hasta el amanecer y nos despierta un esperanzado sentimiento de mejoría. Si uno de nosotros salta de la cama antes que el otro, puede ocurrir con todo que asistamos consternados a la repetición de un fenómeno Camphora monobromata, pues cree que marcha en una dirección cuando en realidad lo está haciendo en la opuesta. Es terrible, vamos con toda seguridad hacia el baño, y de improviso sentimos en la cara la piel desnuda del espejo alto. Casi siempre lo tomamos a broma, porque hay que pensar en el trabajo que espera y de nada serviría desanimarnos tan pronto. Se buscan los glóbulos, se cumplen sin comentarios ni desalientos las instrucciones del doctor Harbín. (Tal vez en secreto seamos un poco Natrum muriaticum. Típicamente, un natrum llora, pero nadie debe observarlo. Es triste, es reservado; le gusta la sal.)
¿Quién puede pensar en tantas vanidades si la tarea espera en los corrales, en el invernadero y en el tambo [vaquería]? Ya andan Leonor y el Chango alborotando fuera, y cuando salimos con los termómetros y las bateas para el baño, los dos se precipitan al trabajo como queriendo cansarse pronto, organizando su haraganeo de la tarde. Lo sabemos muy bien, por eso nos alegra tener salud para cumplir nosotros mismos con cada cosa.
Mientras no pase de esto y no aparezcan las cefaleas, podemos seguir. Ahora es febrero, en mayo estarán vendidas las mancuspias y nosotros a salvo por todo el invierno. Se puede continuar todavía.

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cuentos completos, de Julio Cortázar (Alfaguara, 2019). [Aviso legal]

Desescalada

Nueva reseña

El principio del fin o el fin del principio… En cualquier caso, la cosa se mueve y nosotros con ella. Nuestro pequeño proyecto Hasta que el cuento aguante estaba condicionado desde el inicio por un horizonte en el que las librerías volverían a abrir. Parece que, al menos en España, esto va a ocurrir a partir del próximo lunes 4 de mayo, así que nos vamos despidiendo poco a poco, no con un redoble de tambores, pero sí con una sesión doble de relatos durante estos últimos tres días.

Me alegra mucho saber que aún tenemos recomendaciones en el tintero. Es un signo feliz que no queden días de encierro para compartirlas, al menos no en las mismas condiciones que motivaron también el cierre de bibliotecas y librerías. El compromiso de esta “antología viva” ha sido acompañar a los lectores en una situación especialmente difícil, pero también es nuestro compromiso señalar la dirección de la librería más cercana, ese espacio de verdadera resistencia que nunca quisimos suplantar.

Después de esto volveremos a nuestra normalidad, que siempre ha sido una normalidad anómala, insólita, singular, extraordinaria. Volveremos a proponer nuevas lecturas abriéndonos camino a machetazos por la selva del mundo literario: “Crítica insobornable para lectores inconformistas”. Volverán las reseñas, como las oscuras golondrinas, y llegarán también nuevos proyectos para alimentar la hoguera de esta convivencia tan cercana, tan calurosa, que todos vosotros habéis encendido con vuestra lectura y vuestro apoyo durante (así mediremos el tiempo ahora) más de cuarenta relatos.

El anhelo de volver a relacionarme con aquellos a quienes quiero me hace valorar aún más la importancia de los lugares de encuentro. Por eso siento que esta es quizá una buena ocasión para hacer más acogedor este lugar de encuentro que es Lector salteado, agradeciéndote que compartas tu experiencia de lectura con aquellos a quienes más quieres: esa lectora afín, ese lector incipiente, esos lectores inconformistas.

Siendo más, leeremos mejor. Gracias de verdad.

 

Mario Aznar
Editor de Lector salteado

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