25. El chinago, de Jack London [José Bocanegra (La Marca Negra)]

Hasta que el cuento aguante

“El chinago” me enseñó el arte de la paciencia, una virtud esencial estos días para alcanzar la ansiada orilla.

 

Recomendación de José Bocanegra, escritor y editor de La Marca Negra Ediciones. Es autor de Historia de 1 persecución (2014), Corralejo (2016) y Vacas. road novel (2020).

 

“El chinago”, de Jack London

 

El coral medra, la palma crece, pero el  hombre muere.
(Proverbio tahitiano)

 

Ah Cho no entendía el francés. Sentado en la sala abarrotada de gente, cansado y aburrido, escuchaba aquella lengua incesante y explosiva que articulaban un oficial tras otro. Un inagotable parloteo y nada más era a oídos de Ah Cho, quien se maravillaba ante la estupidez de aquellos franceses que tanto tiempo empleaban en investigar quién era el asesino de Chung Ga y ni aún así podían descubrirlo. Los quinientos coolies de la plantación sabían que Ah San era el autor de crimen, y los franceses ni siquiera le habían detenido. Cierto que todos los coolies habían pactado secretamente no prestar testimonio los unos contra los otros, pero el caso era tan sencillo que no entendían cómo los franceses no habían descubierto que Ah San era el hombre que buscaban. Muy estúpidos tenían que ser.

Ah Cho no tenía nada que temer. No había participado en el crimen. Verdad era que lo había presenciado y que Schemmer, el capataz de la plantación, había irrumpido en el interior del barracón poco después de ocurrir el suceso, sorprendiéndole allí junto con otros cuatro o cinco coolies, pero, ¿qué importaba eso? Chung Ga había muerto de dos heridas de arma blanca. Estaba claro que cinco o seis hombres no podían infligir dos puñaladas. Aun en el caso de que cada una se debiera a distinta mano, sólo dos podían ser los asesinos.

Tal había sido el razonamiento de Ah Cho cuando, junto con sus cuatro compañeros; había mentido, trabucado y confundido al tribunal con su declaración respecto a lo ocurrido. Habían oído ruidos y, como Schemmer, habían corrido al lugar de donde procedían. Habían llegado antes que el capataz, eso era todo. Era cierto también que Schemmer había declarado que, si bien había oído ruidos de pelea al pasar por las cercanías del lugar del suceso, había tardado al menos cinco minutos en entrar al barracón. Que había hallado en el interior a los prisioneros y que éstos no habían podido entrar inmediatamente antes porque él los habría visto, dado que se hallaba junto a la única puerta de la construcción. Pero, aun así, ¿qué? Ah Cho y sus cuatro compañeros de prisión habían afirmado que Schemmer se equivocaba. Al final les dejarían en libertad. Estaban seguros de ello. No podían decapitar a cinco hombres por sólo dos puñaladas. Además, ningún demonio extranjero había presenciado el crimen. Pero eran tan estúpidos aquellos franceses… En China, como Ah Cho sabía muy bien, el juez ordenaría que los torturaran a todos y averiguarían quién era el culpable. Era fácil descubrir la verdad por medio de la tortura. Pero los franceses nunca torturaban. ¡Dónde se había visto mayor estupidez! Por eso nunca sabrían quién había matado a Chung Ga.

Pero Ah Cho no lo entendía todo. La compañía inglesa dueña de la plantación había llevado a Tahití a quinientos coolies pagando por ello un alto precio. Los accionistas exigían dividendos y la compañía aún no había pagado el primero. De ahí que no quisiera que aquellos trabajadores que tan caros le habían salido, se dieran a la práctica de matarse entre ellos. Por otro lado estaban los franceses, ansiosos de imponer a los chinagos las virtudes y excelencias de la ley francesa. Nada mejor que un buen escarmiento de vez en cuando, y, además, ¿qué utilidad podía tener Nueva Caledonia si no era la de poder mandar allí a los condenados para que pasaran sus días hundidos en la miseria y en el dolor en castigo por ser frágiles y humanos?

Ah Cho todo eso no lo entendía. Sentado en la sala, esperaba la decisión del juez que les dejaría libres a él y a sus compañeros para volver a la plantación y cumplir las condiciones del contrato. Pronto se pronunciaría sentencia. El proceso estaba llegando a su fin. No más testigos, no más verborrea ininteligible. Los demonios franceses también estaban cansados y, evidentemente, esperaban la sentencia. Y Ah Cho, mientras aguardaba, retrocedió con la memoria hasta el momento en que había firmado el contrato y se había embarcado para Tahití. Corrían malos tiempos en su aldea marítima y el día en que se enroló comprometiéndose a trabajar durante cinco años en los Mares del Sur a cambio de un jornal de cincuenta centavos mejicanos, se consideró afortunado. Había hombres en su pueblo que trabajaban un año entero para ganar diez dólares, y mujeres que hacían redes día tras día por cinco dólares anuales, y criadas en casas de comerciantes que recibían cuatro dólares por sus servicios. Y a él iban a darle cincuenta centavos diarios. Sólo por un día de trabajo iban a pagarle esa fortuna. ¿Qué importaba si la tarea era dura? A los cinco años volvería a su casa ––así lo decía el contrato–– y ya nunca tendría que volver a trabajar. Sería rico hasta el fin de su vida. Tendría una casa propia, una esposa, e hijos que crecerían y le respetarían. Sí. Y a espaldas de la casa tendría un jardín, un lugar de meditación y de reposo con un lago pequeño lleno de peces de colores y campanitas colgadas de los árboles que tintinearían con el viento y una tapia muy alta todo alrededor para que nadie interrumpiera ni su meditación ni su reposo.

Habían pasado tres de los cinco años que se había comprometido a trabajar. Con lo que había ganado podía considerarse un hombre rico en su país. Sólo dos años más separaban aquella plantación de algodón en Tahití de la meditación y el reposo que le esperaban. Pero en ese preciso momento estaba perdiendo dinero, y todo por la desgraciada casualidad de haber presenciado el asesinato de Chung Ga. Por cada día de las tres semanas pasadas en la cárcel, había perdido cincuenta centavos. Pero ya pronto el juez pronun-ciaría sentencia y podría volver a trabajar.

Ah Cho tenía veintidós años. Era por naturaleza alegre, bien dispuesto y propenso a sonreír. Mientras que su cuerpo tenía la delgadez propia de los asiáticos, su rostro era rotundo, redondo como la luna, e irradiaba una especie de complacencia suave, una dulce disposición de ánimo poco común entre sus compatriotas. Y su conducta no contradecía su apariencia. Jamás provocaba un conflicto ni participaba en pendencias. No jugaba. Carecía del espíritu fuerte del jugador. Se contentaba con las cosas pequeñas, con los placeres más nimios. La tranquilidad y el silencio del crepúsculo que seguían al trabajo en los campos de algodón bajo un sol ardiente, representaban para él una inmensa satisfacción. Podía permanecer sentado durante horas y horas contemplando una flor solitaria y filosofando acerca de los misterios y los enigmas que supone la existencia. Una garza azul posada sobre la arena de la playa, el relámpago plateado de un pez volador, o una puesta de sol rosa y nacarada al otro lado de la laguna, bastaban para hacerle olvidar la procesión de días fatigosos y el pesado látigo de Schemmer.

Schemmer, Karl Schemmer, era una bestia, una bestia embrutecida. Pero se ganaba el sueldo que le daban. Sabía extraer hasta la última partícula de energía de aquellos quinientos esclavos, porque esclavos eran y serían hasta el final de sus cinco años de contrato. Schemmer trabajaba a conciencia para extraer la fuerza de aquellos quinientos cuerpos sudorosos y transformarla en balas de mullido algodón, listas para la exportación. Su bestialidad dominante, férrea, primigenia era lo que le permitía llevar a cabo esa transformación. Le ayudaba en su tarea un grueso látigo de cuero de tres pulgadas de anchura y una yarda de longitud, látigo que llevaba siempre consigo y que, en ocasiones, caía sobre la espalda desnuda de un coolie agazapado con un estampido seco, como un disparo de pistola. Aquel sonido era frecuente cuando Schemmer recorría a caballo los campos arados.

Una vez, al principio del primer año de contrato, había matado a un coolie de un solo puñetazo. No le había aplastado exactamente la cabeza como si de una cáscara de huevo se tratara, pero el golpe había bastado para pudrir lo que aquel cráneo tenía dentro y al cabo de una semana el hombre había muerto. Pero los chinos no se habían quejado a los demonios franceses que gobernaban Tahití. Aquello era asunto suyo. Schemmer era un problema que sólo a ellos concernía. Tenían que evitar sus iras como evitaban el veneno de los centípedos que acechaban entre la hierba o reptaban en las noches lluviosas al interior de los barracones donde dormían. Y así los chinagos, como les llamaban los nativos cobrizos e indolentes de la isla, tenían buen cuidado de no disgustar a Schemmer, lo cual significaba rendir al máximo con un trabajo eficiente. Aquel puñetazo había representado para la compañía una ganancia de miles de dólares y, en consecuencia, a Schemmer no le había ocurrido nada.

Los franceses, carentes de instinto de colonización, ineficientes en su juego infantil de explotar las riquezas de la isla, estaban encantados de ver triunfar a la compañía inglesa. ¿Qué les importaba Schemmer y su famoso puño? ¿Qué había muerto un chinago? Bueno, ¿qué más daba? Además había fallecido de insolación. Así lo decía el certificado médico. Era cierto que en toda la historia de Tahití nadie había perecido jamás de insolación, pero eso precisamente era lo que hacía única su muerte. Asimismo lo decía el médico en su certificado. Era un ingenuo. Pero había que pagar dividendos. De otro modo tendrían que añadir un fallo más a la larga lista de fracasos en Tahití.

No había forma de entender a aquellos demonios blancos. Ah Cho ponderaba su inescrutabilidad mientras permanecía sentado en la sala esperando la sentencia. Era imposible saber qué pensaban. Había a unos cuantos. Eran todos iguales, los oficiales y los marineros del barco, los franceses y los pocos blancos de la plantación, incluido Schemmer. Sus mentes funcionaban de una forma misteriosa que era imposible descifrar. Se enfurecían sin causa aparente y su ira era siempre peligrosa. En esas ocasiones eran como animales salvajes. Se preocupaban por las cosas más nimias y, en ocasiones, podían trabajar más que los chinagos. No eran comedidos como éstos. Eran auténticos glotones que comían prodigiosamente y bebían más prodigiosamente todavía. Los chinagos nunca sabían cuándo sus acciones iban a agradarles o a levantar una auténtica tormenta de cólera. Era imposible predecirlo. Lo que una vez les complacía, a la siguiente provocaba en ellos un acceso de ira. Tras los ojos de los demonios blancos se cernía una cortina que ocultaba sus mentes a la mirada del chinago. Y para colmo estaba su terrible eficiencia, esa habilidad suya para hacerlo todo, para conseguir que las cosas funcionaran, para lograr resultados, para someter a su voluntad todo lo que reptaba y se arrastraba y hasta a los mismos elementos. Sí, los hombres blancos eran extraños y maravillosos. Eran demonios. No había más que ver a Schemmer.

Ah Cho se preguntaba por qué tardarían tanto en pronunciar sentencia. Ninguno de los acusados había tocado siquiera a Chung Ga. Le había matado Ah San. Él solo lo había hecho, obligándole a bajar la cabeza tirándole de la coleta con una mano y clavándole el cuchillo por la espalda con la otra. Dos veces se lo había clavado. Allí mismo, en la sala y con los ojos cerrados, Ah Cho revivió de nuevo el crimen, vio de nuevo la lucha, oyó las viles palabras que se habían cruzado, los insultos arrojados sobre antepasados venerables, las maldiciones lanzadas sobre generaciones por nacer, recordó el arrebato de Ah San, que había cogido a Chung Ga por la coleta, el cuchillo hundido por dos veces en la carne, la puerta abriéndose de pronto, la irrupción de Schemmer, la huida hacia la salida, la fuga de Ah San, el látigo volador del capataz obligando a los demás a apiñarse en un rincón y el disparo del revólver, señal con que había pedido ayuda. Ah Cho se estremeció al recordar la escena. Un latigazo le había magullado la mejilla arrancándole parte de la piel. Schemmer había señalado esos cardenales cuando, desde la tribuna de los testigos, había identificado a Ah Cho. Ahora las marcas ya no eran visibles. Pero había sido todo un latigazo. Media pulgada más hacia el centro de la cara y le habría sacado un ojo. Después, Ah Cho olvidó todo lo ocurrido al imaginar el jardín de reposo y meditación que sería suyo cuando volviera a su país.

Escuchó con rostro impasible la sentencia del magistrado. Igualmente impasibles estaban los de sus cuatro companeros. E impasibles siguieron cuando el intérprete les explicó que los cinco eran culpables de la muerte de Chung Ga, que Ah Chow sería decapitado, que Ah Cho pasaría veinte años en la prisión de Nueva Caledonia, Wong Li doce, y Ah Tong diez. Era inútil alterarse por ello. Hasta Ah Chow escuchó imperturbable, como una momia, aunque era a él a quien iban a cortar la cabeza. El magistrado añadió unas palabras y el intérprete explicó entonces que el hecho de que el rostro de Ah Chow fuera el que más hubiera sufrido los efectos del látigo de Schemmer hacía la identificación tan segura que, puesto que uno de los hombres había de morir, justo era que él fuese el elegido. El que la cara de Ah Cho hubiera sido también severamente magullada, probando así de forma terminante su presencia en el lugar del crimen y su indudable participación en éste, le había merecido los veinte años de prisión en el penal. Así fue explicando las sentencias una por una, hasta llegar a los diez años de reclusión de Ah Tong. Que aprendieran los chinos la lección, dijo después el juez, porque la ley habría de cumplirse en Tahití aunque se hundiera el mundo.

Volvieron a conducir a la cárcel a los cinco chínagos. No estaban ni sorprendidos ni apenados. Lo inusitado de la sentencia no les asombraba después de tratar a los demonios blancos. No esperaban de ellos sino lo inesperado. Aquel terrible castigo por un crimen que no habían cometido no era más de extrañar que la infinidad de cosas raras que hacían continuamente. Durante las semanas siguientes, Ah Cho contempló a menudo a Ah Chow con leve curiosidad. Iban a decapitarle con la guillotina que estaban alzando en la plantación. Ya no habría para él años de reposo ni jardines de tranquilidad. Ah Cho filosofaba y especulaba sobre la vida y la muerte. Su destino no le preocupaba. Veinte años eran sólo veinte años. Tantos más que le separaban de su jardín, eso era todo. Era joven y llevaba en sus huesos la paciencia de Asia. Podía esperar. Cuando esos veinte años hubieran transcurrido, los ardores de su sangre se habrían aplacado y estaría mejor preparado para aquel jardín suyo de calma y de delicias. Se le ocurrió un nombre para bautizarlo. Lo llamaría «El jardín de la calma matinal». Aquel pensamiento le alegró todo el día y le inspiró de tal modo que hasta inventó una máxima moral sobre la virtud de la paciencia, máxima que proporcionó un gran consuelo a sus compañeros, especialmente a Wong Li y a Ah Tong. A Ah Chow, sin embargo, no le importó mucho la máxima. Iban a cortarle la cabeza dentro de muy poco tiempo y no necesitaba paciencia para esperar el acontecimiento. Fumaba bien, comía bien, dormía bien y no le preocupaba el lento transcurrir del tiempo.

Cruchot era gendarme. Había trabajado durante veinte años recorriendo las colonias, desde Nigeria y Senegal hasta los Mares del Sur, veinte años que no habían logrado agudizar de forma perceptible su mente roma. Seguía siendo tan torpe y tan lerdo como en sus días de campesino en el sur de Francia. Estaba imbuido de disciplina y de temor a la autoridad, y entre Dios y su sargento la única diferencia que existía para él era la medida de obediencia servil que debía otorgarles. De hecho, el sargento contaba en su cabeza más que Dios, a excepción de los domingos, cuando los portavoces de este último elevaban su voz. Dios, por lo general, le resultaba un ser remoto, mientras que el sargento solía estar muy a mano.

Cruchot fue quien recibió la orden del presidente del tribunal en la cual se indicaba al carcelero que entregara al gendarme la persona de Ah Chow. Pero ocurrió que el presidente del tribunal había ofrecido un banquete la noche anterior al capitán y a la oficialidad de un buque de guerra francés. Su mano temblaba al escribir la orden y, por otra parte, los ojos le escocían tanto que no se molestó en leerla. Al fin y al cabo se trataba solamente de la vida de un chinago. Por eso no se dio cuenta dé que al escribir el nombre de Ah Chow había omitido la última letra. Así, pues, la orden decía Ah Cho, y cuando Cruchot presentó el documento al carcelero, éste le entregó a la persona que correspondía a ese nombre. Cruchot instaló a esa persona a su lado, en el pescante de la carreta, detrás de las dos mulas, y se la llevó.

Ah Cho se alegró de ver la luz del sol. Sentado al lado del gendarme, resplandecía de felicidad. Y resplandeció aún más cuando vio que las mulas se dirigían al sur, hacia Atimaono. Era indudable que Schemmer había pedido que le devolvieran a la plantación. Quería que trabajara. Pues muy bien, trabajaría. Schemmer no tendría el menor motivo de queja. Era un día caluroso. Los vientos habían amainado. Las mulas sudaban, Cruchot sudaba y Ah Cho sudaba. Pero era este último quien mejor soportaba el calor. Tres años había trabajado en la plantación bajo aquel sol. De tal modo resplandecía y tan alegre era su expresión, que hasta la torpe mente de Cruchot se asombró.

––Eres muy raro ––le dijo al fin.

Ah Cho afirmó con la cabeza y resplandeció aún más. A diferencia del magistrado, Cruchot le hablaba en la lengua de los canacas, que Ah Cho conocía, al igual que todos los chinagos y todos los demonios extranjeros.

––Ríes demasiado ––le reprendió Cruchot––. Deberías tener el corazón lleno de lágrimas en un día como hoy. ––Me alegro de haber salido de la cárcel.

––¿Eso es todo? ––dijo el gendarme, encogiéndose de hombros.

––¿No es bastante? ––preguntó él.

––Entonces, ¿no te alegras de que vayan a cortarte la cabeza?

Ah Cho le miró con súbita perplejidad y le dijo:

––Vuelvo a Atimaono, a trabajar para Schemmer en la plantación. ¿No es allí adonde me llevas? Cruchot se acarició, pensativo, los largos bigotes.

––¡Vaya, vaya, vaya! ––dijo finalmente, propinando a la mula un suave latigazo––. Así que no lo sabes…

––¿Qué no sé? ––Ah Cho comenzaba a experimentar una vaga sensación de alarma––. ¿Es que Schemmer no va a dejarme trabajar más para él?

––A partir de hoy, no ––dijo Cruchot con una carcajada. La cosa tenía gracia––. De hoy en adelante ya no podrás trabajar. Un hombre decapitado no puede hacer nada, ¿no?

Le dio un codazo al chinago en las costillas y volvió a reír.

Ah Cho guardó silencio mientras las mulas trotaban a lo largo de una milla calurosa. Luego habló:

––¿Va a cortarme la cabeza Schemmer?

Cruchot sonrió, afirmando con la cabeza.

––Ha habido un error ––dijo Ah Cho gravemente––. Yo no soy el chinago a quien han de decapitar. Yo soy Ah Cho. El honorable juez ha decretado que pase veinte años en Nueva Caledonia.

El gendarme se echó a reír. Tenía gracia aquel chinago tan raro que trataba de engañar a la guillotina. Las mulas cruzaron al trote un grupo de cocoteros y recorrieron media milla junto al mar resplandeciente antes de que Ah Cho hablara de nuevo.

––Te digo que no soy Ah Chow. El honorable juez no dijo que hubieran de cortarme la cabeza.

––No tengas miedo ––dijo Cruchot, guiado de la filantrópica intención de hacerle el trance más fácil al prisionero––. No es una muerte dolorosa. ––Chascó los dedos––. Visto y no visto. Así. No es como cuando te ahorcan y te quedas colgando de la soga, pataleando y haciendo visajes durante cinco minutos enteros. Es más bien como cuando matan a un pollo con un hacha. Le cortan la cabeza de un tajo y asunto termi-nado. Pues lo mismo con los hombres. ¡Zas!, y se acabó. No te dará tiempo ni a pensar si duele. No se piensa nada. Te dejan sin cabeza, o sea, que no puedes pensar. Es una buena forma de morir. Así me gustaría morirme a mí, rápido, rápido. Has tenido suerte. Podías haber cogido la lepra y desmoronarte poco a poco, primero un dedo, luego otro, después un pulgar y, finalmente, los dedos de los pies. Conocía a un hombre que se abrasó con agua hirviendo. Dos días tardó en morir. Se le oía gritar a un kilómetro a la redonda. Pero ¿tú? Muerte más fácil… ¡Zas! La cuchilla te corta el cuello y se acabó. Hasta puede que te haga cosquillas. ¡Quién sabe! Nadie que haya muerto de ese modo ha vuelto al mundo para contarlo.

Esta última frase le pareció muy graciosa y durante medio minuto se estremeció de risa. Parte de su alborozo era fingido, pero consideraba un deber humanitario animar al chinago. –

–Pero te digo que yo soy Ah Cho ––insistió el otro––. No quiero que me corten la cabeza.

Cruchot frunció el ceño. El chinago llevaba la cosa demasiado lejos.

––No soy Ah Chow.. ––comenzó a decir Ah Cho.

––¡Basta! ––le interrumpió el gendarme. Hinchó los carrillos y trató de adoptar un aire fiero.

––Te digo que no soy… ––empezó de nuevo Ah Cho.

––¡Calla! ––bramó Cruchot.

Avanzaron un rato en silencio. Entre Papeete y Atimaono había veinte millas de distancia, y habían cubierto ya más de la mitad del recorrido cuando el chinago se atrevió a volver a hablar.

––Tú estabas en la sala cuando el honorable juez investigaba si habíamos cometido algún delito ––comenzó––. ¿Te acuerdas de Ah Chow, el hombre a quien van a cortar la cabeza? ¿Recuerdas que Ah Chow era alto? Pues mírame a mí.

Se puso en pie de pronto y Cruchot comprobó que era de baja estatura. Y en ese mismo instante asomó por un momento a la memoria del gendarme la imagen de Ah Chow y era ésta la imagen de un hombre alto. A Cruchot todos los chinagos le parecían iguales. La cara de uno le resultaba exacta a la de cualquier otro. Pero en cuestión de estaturas sí sabía diferenciar e inmediatamente cayó en la cuenta de que el que llevaba en el pescante no era el condenado. Tiró de las riendas de pronto, deteniendo a las mulas.

––¿Lo ve? Ha sido un error ––dijo Ah Cho con una amable sonrisa.

Pero Cruchot estaba cavilando. Incluso sentía ya haber parado la carreta. Ignoraba que el presidente del tribunal se había equivocado y, por tanto, no se explicaba cómo había ocurrido aquello. Pero sí sabía que le habían entregado al chinago para que le llevara a Atimaono y que su deber era conducirle allí. ¿Qué importaba si le cortaban la cabeza sin ser el condenado? Al fin y al cabo era sólo un chinago. Y ¿qué importaba un chinago más o menos? Además, quizá no fuera un error. Desconocía lo que pasaba en el interior de las cabezas de sus superiores. Pero ellos sabían lo que hacían. ¿Quién era él para enmendarles la plana? Una vez, hacía mucho tiempo, había tratado de pensar por sus oficiales y el sargento le había dicho: «Cruchot, ¿es que se ha vuelto usted loco? Cuanto antes lo aprenda, mejor para usted. No está aquí para pensar. Está para obedecer y dejar que piensen los que saben hacerlo mejor que usted». Sintió un aguijón de irritación al recordar aquello. Además, si regresaba a Papeete retrasaría la ejecución de Atiamono, y si luego resultaba que había vuelto sin motivo, le reprendería el sargento que esperaba en la plantación al prisionero. Para colmo, le reprenderían también en Papeete.

Tocó a las mulas con el látigo y éstas siguieron adelante. Consultó su reloj. Llevaban media hora de retraso y el sargento debía de estar furioso. Obligó a los animales a trotar más de prisa. Cuanto más insistía Ah Cho en explicarle el error, más testarudo se mostraba Cruchot. La seguridad de que aquél no era el condenado no mejoró su humor. Por otra parte, el conocimiento de que no era él quien había cometido el error le afirmaba en la creencia de que lo que hacía estaba bien. En cualquier caso, antes que incurrir en las iras del sargento habría llevado a la muerte a una docena de chinagos inocentes.

En cuanto a Ah Cho, cuando el gendarme le pegó en la cabeza con la empuñadura del látigo y le ordenó en voz baja que callara, no tuvo más remedio que obedecerle. Continuaron en silencio el largo recorrido. Ah Cho meditó sobre el extraño modo de proceder de aquellos demonios extranjeros. No había forma de explicarse sus acciones. Lo que estaban haciendo con él respondía a su conducta habitual. Primero, declaraban culpables a cinco hombres inocentes y, a renglón seguido, cortaban la cabeza a uno que, aun ellos, en su oscura ignorancia, juzgaban merecedor de sólo veinte años de cárcel. Y él, Ah Cho, no podía hacer nada. No podía hacer más que permanecer sentado ocioso y tomar lo que le daban los amos de la vida. Una vez se dejó dominar por el pánico y se le heló el sudor que cubría su cuerpo, pero pronto logró liberarse del miedo. Se propuso resignarse a su destino recordando y repitiendo determinados pasajes del Yin Chih Wen (Tratado de la Serenidad), pero una y otra vez le asaltaba a la mente la imagen del jardín de meditación y de reposo. La visión le torturó hasta que se abandonó al sueño y se vio sentado en su jardín escuchando el tintineo de las campanillas que pendían de los árboles. Y hete aquí que así sentado, en medio de su sueño, logró al fin recordar y repetir varios pasajes del Tratado de la Serenidad.

Así transcurrió el tiempo amablemente hasta que llegaron a Atimaono y las mulas trotaron hasta el pie mismo del patíbulo a cuya sombra esperaba impaciente el sargento. Subieron a Ah Cho a toda prisa por los escalones que conducían a lo alto de la plataforma. A sus pies, a un lado, vio reunidos a todos los coolies de la plantación. Schemmer había decidido que la ejecución debía constituir un escarmiento y, en consecuencia, había hecho venir a los coolies de los campos, obligándoles a presenciarla. Cuando vieron a Ah Cho comenzaron a murmurar. Se dieron cuenta de que se había cometido un error, pero sólo lo comentaron entre ellos. Indudablemente, aquellos inexplicables demonios blancos habían cambiado de pa-recer. En vez de quitarle la vida a un inocente, se la quitaban a otro. Ah Chow o Ah Cho, ¿qué más daba uno que otro? Entendían a los perros blancos tan poco como los perros blancos les entendían a ellos. Ah Cho iba a morir en la guillotina, pero ellos, sus compañeros, cuando transcurrieran los dos años de trabajo que les quedaban por cumplir, volverían a China.

Schemmer había construido la guillotina con sus propias manos. Era un hombre muy mañoso, y aunque nunca había visto instrumento semejante, los franceses le habían explicado el principio en que se basaba. Fue él quien aconsejó que la ejecución se celebrara en Atimaono y no en Papeete. El castigo debía efectuarse en el lugar donde había tenido lugar el crimen, afirmaba, y, por otra parte, el hecho de presenciar la ejecución tendría una influencia muy beneficiosa sobre el medio millar de chinagos de la plantación. Él mismo se había prestado para actuar como verdugo, y en calidad de tal se hallaba ahora sobre el patíbulo experimentando con el instrumento que se había ingeniado. Un tronco de guineo del grosor y la consistencia de un cuello humano, se hallaba bajo la guillotina. Ah Cho lo miraba con ojos fascinados. El alemán hizo girar una manivela, levantó la cuchilla hasta lo alto del castillete que había construido, tiró bruscamente de una gruesa cuerda y el acero bajó como un rayo cortando limpiamente el tronco del árbol.

––¿Qué tal funciona?

Era el sargento, que en aquel momento aparecía en lo alto del patíbulo, quien había formulado la pregunta.

––De mil maravillas ––fue la respuesta exultante de Schemmer–. Déjeme que le enseñe.

Volvió a hacer girar la manivela, tiró de la cuerda y de nuevo cayó la cuchilla. Pero esta vez no cortó más que dos terceras partes del tronco.

El sargento frunció el ceño.

––No va a servir ––dijo. Schemmer se enjugó el sudor que perlaba su frente.

––Necesita más peso ––anunció.

Se acercó al borde del patíbulo y ordenó al herrero que le trajera un pedazo de hierro de veinticinco libras. Mientras se agachaba para atarlo al extremo de la cuchilla, Ah Cho miró al sargento y vio la oportunidad que esperaba.

––El honorable juez dijo que decapitaran a Ah Chow ––comenzó.

El sargento afirmó con impaciencia. Pensaba en el camino de quince millas que debía recorrer aquella tarde para llegar a la costa barlovento de la isla, y pensaba en Berthe, una linda mulata hija de Lafière, el comerciante en perlas, que le esperaba al final de aquel recorrido.

––Yo no soy Ah Chow. Soy Ah Cho. El honorable carcelero se ha equivocado. Ah Chow es un hombre alto, y yo, como ve, soy bajo.

El sargento le miró y se dio cuenta del error.

––Schemmer ––dijo imperiosamente––. Venga aquí.

El alemán gruñó, pero siguió inclinado sobre su trabajo hasta que el pedazo de hierro quedó atado tal y como él deseaba.

––¿Está listo el chinago? ––preguntó.

––Mírele ––fue la respuesta––. ¿Es éste?

Schemmer se sorprendió. Durante unos segundos profirió limpiamente unos cuantos juramentos. Luego miró con tristeza al instrumento que había fabricado con sus propias manos y que estaba ansioso de ver funcionar.

––Oiga ––dijo finalmente––, no podemos retrasar la ejecución. Ya hemos perdido tres horas de trabajo de quinientos chinagos. No podemos perder otras tantas cuando traigan al condenado. Celebremos la ejecución como habíamos planeado. Al fin y al cabo, se trata solamente de un chinago.

El sargento recordó el largo camino que le esperaba, recordó a la hija del comerciante en perlas, y debatió consigo mismo en su interior.

––Si lo descubren, le echarán la culpa a Cruchot ––le apremió el alemán––. Pero hay pocas probabilidades de que lleguen a averiguarlo. Puede estar seguro de que Ah Chow no va a decir nada.

––Tampoco echarán la culpa a Cruchot ––dijo el sargento––. Debe de ser un error del carcelero.

––Entonces, prosigamos. A nosotros no pueden culparnos. ¿Quién es capaz de distinguir a un chinago de otro? Podemos decir que nos limitamos a cumplir la orden con el que nos entregaron. Además, insisto en que no puedo volver a interrumpir el trabajo de estos coolies.

Hablaban en francés, por lo que Ah Cho no pudo entender una sola palabra de lo que decían, pero sí se dio cuenta de que estaban decidiendo su destino. Supo también que era al sargento a quien correspondía decir la última palabra y, en consecuencia, no perdía de vista los labios del oficial.

––Está bien ––anunció el sargento––. Adelante con la ejecución. Después de todo no es más que un chinago.

––Voy a probarla una vez más. Sólo para asegurarme. Schemmer movió el tronco de guineo hacia delante hasta colocarlo bajo la cuchilla que había subido a lo más alto del castillete. Ah Cho trató de recordar alguna máxima del Tratado de la Serenidad. «Vive en paz y concordia con tus semejantes», fue la que acudió a su memoria, pero no venía al caso. Él no iba a vivir. Iba a morir. No, esa máxima no le servía. «Perdona la malicia.» Ésa ya estaba mejor, pero ahí no había malicia que perdonar. Schemmer y sus compañeros obraban de buena fe. Para ellos la ejecución era un trámite que tenían que cumplir, una tarea más, igual que talar la jungla, construir una acequia o plantar algodón. Schemmer soltó la cuerda y Ah Cho olvidó el Tratado de la Serenidad. La cuchilla cayó con un ruido seco cortando el tronco en dos de un solo tajo.

––¡Perfecto! ––exclamó el sargento interrumpiendo el proceso de encender un cigarrillo––. Perfecto, amigo mío. A Schemmer le gustó el elogio.

––Vamos, Ah Chow––dijo en lengua tahitiana.

––Yo no soy Ah Chow. ––comenzó a decir Ah Cho.

––¡Silencio! ––fue la respuesta––. Si vuelves a abrir la boca, te rompo la cabeza.

El capataz le amenazó con un puño cerrado y Ah Cho guardó silencio. ¿De qué servía protestar? Los demonios extranjeros siempre se salían con la suya. Dejó que le ataran a la tabla vertical que tenía la longitud de su cuerpo. Schemmer tensó tanto las cuerdas que éstas se hundieron en su carne lastimándole, pero no se quejó. El dolor no duraría. Sintió que la tabla se movía hasta quedar en posición horizontal y cerró los ojos. Y en aquel momento vio fugazmente y por última vez su jardín de meditación y de reposo. Le pareció estar sentado en medio de él. Corría una brisa fresca y las campanitas que colgaban de los árboles tintineaban levemente. Los pájaros piaban somnolientos, y desde el otro lado de la tapia llegaban hasta sus oídos, amortiguados, los sonidos del pueblo.

Tuvo conciencia de que la tabla se había detenido y, de las tensiones y presiones a que estaban sometidos sus músculos, dedujo que yacía sobre la espalda. Abrió los ojos. Justo encima de su cabeza, la cuchilla brillaba a la luz del sol suspendida en el aire. Vio el peso que había añadido Schemmer y reparó en que uno de los nudos se había deshecho. Luego oyó la voz aguda del sargento que daba la orden. Ah Cho cerró los ojos apresuradamente. No quería ver descender la cuchilla. Pero sí la sintió. La sintió durante un vasto instante fugaz, un instante en que recordó a Cruchot y recordó lo que éste le había dicho. Pero el gendarme se había equivocado. La cuchilla no hacía cosquillas. Eso fue lo último que supo antes de dejar de saber nada.

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Relatos de los mares del sur, de Jack London (Alianza, 2008), en traducción de Carmen Criado Fernández. [Aviso legal]

24. En lo alto para siempre, de David Foster Wallace [Diego Sánchez Aguilar]

Hasta que el cuento aguante

¿Se pude contar el instante exacto en que se pasa de niño a adolescente? De eso va este relato: de un instante, que se agranda y se expande en una catarata de sensaciones (auditivas, visuales, sonoras…) en un prodigio narrativo en el que no pasa nada, y pasa todo.

 

Recomendación de Diego Sánchez Aguilar, narrador y poeta. Es autor del libro de relatos Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino (Balduque, 2016) y de la novela Factbook. El libro de los hechos (Candaya, 2018). Como poeta ha publicado Diario de las bestias blancas (Premio Internacional del Poesía Dionisia García, 2008) y Las célebres órdenes de la noche (2016). También es autor de la edición crítica de la obra de Roberto Juarroz Poesía vertical (Cátedra, 2012), y ha publicado reseñas y artículos de crítica literaria en revistas como Quimera o El coloquio de los perros.

 

“En lo alto para siempre”, de David Foster Wallace

Feliz cumpleaños. Tu decimotercer cumpleaños es importante. Tal vez sea tu primer día realmente público. Tu decimotercer cumpleaños es la ocasión para que la gente se dé cuenta de que te están pasando cosas importantes.
Te han estado pasando cosas durante el último medio año. Ahora tienes siete pelos en tu axila izquierda. Doce en la derecha. Espirales duras y amenazadoras de pelo negro y encrespado. Un pelo crujiente, animal. Alrededor de tus partes íntimas te han salido más pelos duros y rizados de los que puedes contar sin perderte. Y otras cosas. Tu voz es llena y rasposa y se mueve entre octavas sin previo aviso. Tu cara empieza a brillar cuando no te la lavas. Y dos semanas de dolor profundo y temible la pasada primavera hicieron que algo se te descolgara desde dentro: tu saco se ha llenado y se ha vuelto vulnerable, un articulo de lujo que tienes que proteger. Levantado y amarrado por unos suspensorios prietos que te dejan rayas rojas en las nalgas. Te ha brotado una nueva fragilidad.
Y sueños. Durante meses has tenido sueños que no se parecían a nada que hubieras visto antes: húmedos, trepidantes y distantes, llenos de curvas cimbreantes, de pistones frenéticos, de calor y de un vértigo tremendo. Y te has despertado con los párpados convulsos al ritmo de una descarga, un borbotón y un espasmo que te ha sacudido desde el cuero cabelludo hasta los dedos de los pies procedente de una zona en las profundidades de tu interior que nunca imaginabas que tuvieras, estremecimientos producidos por un dolor profundo y dulce, las farolas del otro lado de las persianas de tus ventanas proyectando estrellas brillantes en el techo negro del dormitorio, y una gelatina blanca y densa rezumándote entre las piernas, goteando y pegándose, enfriándose sobre ti, endureciéndose y aclarándose hasta que no queda nada más que nudos retorcidos de pelo animal duro y pálido en la ducha matinal y en esa maraña húmeda persiste un olor dulce y limpio que no puedes creer que proceda de nada que tú hayas creado en tu interior.

Más que a ninguna otra cosa, el olor se parece a esta piscina: una sal dulce mezclada con lejía, una flor de pétalos químicos. La piscina tiene un fuerte olor azul claro, aunque ya se sabe que el olor nunca es tan fuerte como cuando uno está dentro del azul, como tú ahora, recién salido del agua, descansando en la parte menos profunda de la piscina, con el agua a la altura de las caderas lamiéndote esa zona que te ha cambiado.
La terraza de esta vieja piscina pública situada en el extremo occidental de Tucson está rodeada por una verja Cyclone del color del peltre, decorada con un enredo brillante de bicicletas sujetas con cadenas. Detrás de la verja hay un aparcamiento negro y caluroso lleno de líneas blancas y coches resplandecientes. Un prado indistinto de hierba seca y matojos duros, cabezas aterciopeladas de viejos dientes de león que estallan y flotan como copos de nieve en el viento que se levanta. Y más allá de todo esto, doradas por un redondo y lento sol de septiembre, están las montañas, dentadas, con los ángulos agudos de sus picos recortándose contra una luz cansina de color rojo intenso. Sobre el fondo rojo sus picos afilados y conectados trazan una línea serrada, el electrocardiograma del día que agoniza.
Las nubes se tiñen de color en el borde del cielo. Flotan lentejuelas en el azul claro del agua, a esa temperatura cálida propia de las cinco de la tarde, y el olor de la piscina, igual que el otro olor, conecta con una niebla química que hay dentro de ti, una penumbra interior que desvía la luz hacia los bordes y difumina la distinción entre lo que termina y lo que empieza.
Tu fiesta es esta noche. Esta tarde, la tarde de tu cumpleaños, has pedido permiso para venir a la piscina. Querías venir solo, pero un cumpleaños es un día familiar, tu familia quiere estar contigo. Es amable por parte de ellos, no sabes explicar por qué querías venir solo, y la verdad es que tal vez no quisieras estar realmente solo, de manera que han venido. Están tomando el sol. Tu padre y tu madre toman el sol. Sus hamacas han estado señalando la hora toda la tarde, siguiendo la curva del sol a través de un cielo despejado y tan recalentado que ha adquirido la textura de una película gelatinosa. Tu hermana juega a Marco Polo cerca de ti en la parte menos profunda con un grupo de niñas flacas de su curso. Le toca a ella quedar, dice «Marco» y ha de perseguir a ciegas a quienes le replican chillando «Polo». Tiene los ojos cerrados y va dando vueltas al compás de un coro de gritos, girando en el centro de una rueda de niñas chillonas con gorros de baño. De su gorro sobresalen flores de goma. Los pétalos de color rosa viejos y flácidos tiemblan cada vez que ella se abalanza en dirección a los ruidos invisibles.
En el otro extremo de la piscina están el «tanque», la zona destinada a saltos, y la torre elevada del trampolín. En la terraza de detrás está la CAFETERÍA, y a ambos lados de la misma, atornillados sobre las entradas de cemento de las duchas oscuras y húmedas y los vestuarios, están los megáfonos de metal gris que emiten el hilo musical de la piscina, ese ruidito metálico y mortecino.
Caes bien a tu familia. Eres inteligente y callado, respetuoso con los mayores, aunque no te faltan agallas. Te portas bien en general. Vigilas a tu hermana pequeña. Eres su aliado. Tenías seis años cuando ella tenía cero y estabas enfermo de paperas cuando la trajeron a casa envuelta en una manta amarilla muy suave; le diste un beso de bienvenida en los pies por miedo a contagiarle las paperas. Tus padres dijeron que aquello era un buen augurio. Que marcaba la tónica. Ahora creen que tenían razón. Están orgullosos de ti y satisfechos en todos los sentidos y se han retirado a esa distancia afable en la que se mueven el orgullo y la satisfacción. Os lleváis bien.

Feliz cumpleaños. Es un gran día, tan grande como la bóveda del cielo del suroeste. Lo has estado cavilando. Ahí arriba está el trampolín. Pronto querrán marcharse. Súbete y hazlo.
Te sacudes de encima la limpieza azul. Estás lleno de cloro, suave y resbaladizo, reblandecido, con las yemas de los dedos arrugadas. La niebla de olor demasiado limpio de la piscina se te ha metido en los ojos; descompone la luz en colores suaves. Te golpeas la cabeza con la base de la mano. En un lado de la cabeza suena un eco fofo. Inclinas la cabeza hacia ese lado y das un saltito, un calor repentino en tu oído, delicioso, mientras el agua calentada en tu cerebro se enfría en el nautilo exterior de tu oreja. Ahora oyes la música más nítida y metálica, los gritos más cercanos, mucho movimiento en mucha agua.
La piscina está llena para ser tan tarde. Hay chicos flacos, hombres peludos como animales. Chicos desproporcionados, todo cuello, piernas y articulaciones huesudas, estrechos de pecho y vagamente parecidos a pájaros. Como tú. Hay ancianos que se mueven a tientas por la parte menos profunda con las piernas rígidas como patas de palo, palpando el agua con las manos, fuera de todos los elementos a la vez.
Y niñas-mujeres, mujeres, curvilíneas como instrumentos o como frutas, con la piel barnizada de color castaño oscuro, la parte superior de sus bañadores sostenida por frágiles nudos de cordón de colores delicados que aguantan el peso de cargas misteriosas, la parte inferior encabalgada sobre las suaves prominencias de unas caderas totalmente distintas a las tuyas, hinchazones desmedidas y giratorias que se funden bajo la luz con un espacio circundante que sostiene y acomoda sus curvas suaves como si fueran objetos preciosos. Casi lo puedes entender.
La piscina es un sistema de movimientos. Aquí y ahora se ven: chapoteos, combates de salpicaduras, zambullidas, acorralamientos en las esquinas, Tiburones y Sardinas, caídas desde lo alto, Marco Polo (tu hermana todavía Lo es, medio llorosa, hace demasiado rato que Lo es, el juego rayano en la crueldad, pero no te compete defenderla ni avergonzarla). Dos chicos de color blanco brillante con toallas de algodón atadas como si fueran capas corren por el borde de la piscina hasta que el socorrista les hace detenerse en seco gritando por el megáfono. El socorrista es de color castaño como un árbol, el vello rubio le forma una línea vertical sobre el estómago, lleva un sombrero de explorador de la selva y su nariz es un triángulo blanco de crema. Una niña rodea con el brazo una de las patas de su torreta. Está aburrido.
Ahora sales y pasas junto a tus padres, que están tomando el sol y leyendo y no te miran. Olvídate de tu toalla. Detenerse a recoger la toalla significa hablar y hablar requiere pensar. Has decidido que el miedo lo causa básicamente el hecho de pensar. Sigue adelante, hacia el tanque que hay en el extremo hondo de la piscina. Al borde de tanque hay una torre enorme de hierro de color blanco sucio. Un trampolín sobresale de la alto de la torre como una lengua. La terraza de cemento de la piscina es áspera y está caliente al tacto de tus pies llenos de cloro. Cada una de las huellas que dejas es más fina y tenue. Va menguando detrás de ti sobre la piedra caliente hasta desaparecer.

Flotan hileras de salchichas de plástico alrededor del tanque, que es un mundo en sí mismo, ajeno al ballet convulsivo de cabezas y brazos del resto de la piscina. El tanque es azul como la energía, pequeño y profundo y perfectamente cuadrado, flanqueado por las calles de la piscina y por la CAFETERÍA y la terraza áspera y caliente y la sombra inclinada bajo la luz del atardecer de la torre y el trampolín. El tanque está silencioso y tranquilo y quieto en el lapso entre dos zambullidas.
Tiene un ritmo propio. Como la respiración. Como una máquina. La cola de quienes esperan para subir al trampolín forma una curva que retrocede desde la escalera de la torre. La cola se tuerce gradualmente y se endereza al acercarse a la torre. Uno por uno, van llegando a la escalera y suben. Uno por uno, separados por un latido del corazón, alcanzan la lengua del trampolín que hay en lo alto. Y una vez en el trampolín, hacen una pausa, siempre exactamente la misma pausa que se prolonga durante un latido del corazón. Sus piernas los llevan hasta el extremo, donde todos dan el mismo bote para impulsarse y trazan una curva con los brazos como si estuvieran dibujando algo circular y total. Pisan con fuerza el extremo de la tabla y hacen que esta los lance hacia arriba y afuera.
Es una máquina de descensos en picado, de líneas de movimiento discontinuas a través de la dulce neblina de cloro del atardecer. Uno puede contemplar desde la terraza cómo golpean la superficie fría y azul del tanque. Cada zambullida crea un penacho blanco que se eleva, se desploma sobre sí mismo, se extiende y se deshace en forma de espuma. Luego aparece un azul puro en medio de la mancha blanca y crece como un pudín, hasta limpiarlo todo de nuevo. El tanque se cura a sí mismo. Tres veces mientras tú recorres el camino.
Estás en la cola. Mira a tu alrededor. Tienes que parecer aburrido. En la cola casi nadie habla. Todos parecen ensimismados. La mayoría miran la escalera y parecen aburridos. Casi todos tenéis los brazos cruzados y estáis congelados por un viento vespertino que se está levantando y que golpea las constelaciones de partículas de cloro azul puro que cubren vuestras espaldas y vuestros hombros. Parece imposible que todo el mundo pueda estar tan aburrido. A tu lado tienes el extremo de la sombra de la
torre, la lengua negra inclinada que es el reflejo del trampolín. La sombra es un sistema enorme, largo, escorado a un lado y unido a la base de la torre formando un ángulo oblicuo y agudo.
Casi todos los que están en la cola del trampolín miran la escalera. Los chicos mayores miran el trasero a las chicas mayores que suben. Los traseros están enfundados en una tela suave y fina, en nilón ajustado y elástico. Los buenos traseros ascienden por la escalera como péndulos sumergidos en líquido, siguiendo un código lento e indescifrable. Las piernas de las chicas te hacen pensar en ciervos. Tienes que parecer aburrido.
Mira más allá. Mira al otro lado. Puedes ver perfectamente. Tú madre está en su hamaca, leyendo, con los ojos entornados, con la cara inclinada hacia arriba para recibir la luz del sol en las mejillas. No ha mirado para ver dónde estás. Da un sorbo de alguna bebida dulzona de una lata. Tu padre está tumbado sobre su enorme panza, su espalda parece una cresta en el lomo de una ballena, los hombros cubiertos de rizos de pelo animal, la piel untada de aceite y de color castaño oscuro por culpa del exceso de sol. Tu toalla está colgando de la silla y ahora se mueve una punta de la tela: tu madre la ha golpeado al espantar a una abeja a la que parece gustarle lo que ella tiene en la lata. La abeja vuelve enseguida y parece flotar inmóvil sobre la lata trazando un suave borrón. Tu toalla tiene una cara enorme del oso Yogi.
En algún momento ha tenido que haber más gente en la cola detrás de ti que delante. Ahora no hay nadie por delante excepto tres personas que suben por la estrecha escalerilla. La mujer que hay delante de ti está en los travesaños de abajo, mirando hacia arriba. Lleva un bañador ajustado de nilón negro de una sola pieza. Asciende. Desde lo alto llega un retumbo, luego una caída tremenda, un penacho y el tanque se cura a sí mismo. Ahora quedan dos personas en la escalera. Las normas de la piscina dicen que solamente puede haber una persona en la escalera, pero el socorrista nunca grita a los que suben. El socorrista es quien dicta las verdaderas normas gritando o dejando de gritar.
La mujer que hay por encima de ti no tendría que llevar un bañador tan ajustado. Es tan mayor como tu madre e igual de corpulenta. Es demasiado corpulenta y está demasiado blanca. Su bañador rebosa. La parte posterior de sus muslos queda constreñida por el bañador y tiene un aspecto parecido al queso. Sus piernas están marcadas con los garabatos pequeños y abruptos de las venas varicosas y azules que circulan por debajo de la piel blanca, como si sus piernas tuvieran algo roto o herido. Parece que sus piernas tendrían que doler si uno las apretara, de tan llenas como están de garabatos árabes retorcidos de un azul roto y frío. Sus piernas hacen que te duelan las tuyas.

Los travesaños son muy delgados. No te lo esperabas. Cilindros delgados de hierro envueltos en fieltro de seguridad mojado y resbaladizo. El olor del hierro mojado a la sombra te hace sentir un sabor metálico. Cada travesaño se te clava en las plantas de los pies y te deja una marca. Las marcas se clavan hondo y duelen. Te sientes pesado. Cómo debe de sentirse la mujer corpulenta que tienes por encima. Los pasamanos a los lados de la escalera también son muy delgados. Parece que no puedan sostenerte. Confías en que la mujer también se coja bien. Y, por supuesto, desde lejos parecía que hubiera menos travesaños. No eres estúpido.
Subes hasta la mitad, a la vista de todos, la mujer corpulenta por delante de ti, un hombre robusto, calvo y musculoso bajo tus pies. El trampolín todavía está lejos en lo alto y es invisible desde aquí. La tabla retumba y hace un ruido batiente, y un chico al que puedes ver a lo largo de unos cuantos pies a través de los finos travesaños de la escalera cae trazando una línea resplandeciente, con una rodilla abrazada contra el pecho, y se zambulle al estilo bomba. Un enorme signo de exclamación de espuma aparece en tu campo visual, se disgrega y se desmorona sobre el enorme borbotón. Luego, el murmullo del tanque curando de nuevo su superficie azul.
Más travesaños delgados. Agárrate fuerte. La radio se oye más alta aquí, uno de los altavoces colocado sobre una de las entradas de cemento de los vestuarios te queda a la altura de los oídos. Un tufillo húmedo y frío sale del interior del vestuario. Te agarras fuerte a las barras de hierro, te doblas, miras hacia abajo y a tu espalda y puedes ver a la gente comprando chucherías y refrescos allí abajo. Puedes verlo todo desde arriba: la cima blanca y limpia de la gorra del vendedor, los envases de helado, las neveras de latón humeantes, los tanques de sirope, las serpientes de las mangueras de soda, las cajas abultadas de palomitas saladas recalentadas por el sol. Ahora que estás en lo alto puedes verlo todo.
Hace viento. Cuanto más alto llegas más viento hace. El viento es fino; cuando sopla a la sombra te enfría la piel mojada. Con el fondo de la escalera y a la sombra tu piel se ve muy blanca. El viento te produce un silbido agudo en los oídos. Faltan cuatro travesaños para el final de la escalera. Los travesaños te hacen daño en los pies. Son delgados y te demuestran cuánto pesas. En la escalera pesas mucho. El suelo te quiere de vuelta.
Por fin puedes ver lo que hay por encima de la escalera. Ves el trampolín. La mujer está ahí. Tiene dos caballones de callos rojos y de aspecto doloroso en la parte posterior de los tobillos. Está de pie al principio del trampolín y le miras los tobillos. Ahora estás por encima de la sombra de la torre. El hombre corpulento que hay debajo de ti está mirando por entre los travesaños de la escalera el espacio que la mujer tiene que atravesar.
Ella se detiene durante el instante que dura un latido del corazón. No hay ni rastro de lentitud. Te quedas helado. En un abrir y cerrar de ojos llega al final del trampolín, toma impulso hacia arriba, luego hacia abajo, el trampolín se comba hacia abajo como si no la quisiera. Luego asiente, rebota y la arroja violentamente hacia arriba y hacia fuera. Sus brazos se abren para trazar el círculo y de pronto desaparece. Se esfuma en un parpadeo oscuro. Y pasa tiempo antes de que oigas el impacto allí abajo.
Escucha. No parece apropiado, esa manera de desaparecer durante el tiempo que transcurre hasta que se oye el ruido. Como cuando tiras una piedra en un pozo. Pero te da la impresión de que ella no piensa lo mismo. Ella era parte de un ritmo que excluye el pensamiento. Y ahora tú también te has convertido en parte de él. El ritmo parece ciego. Como las hormigas. Como una máquina.
Decides que es necesario pensar en esto. Después de todo, puede ser apropiado hacer algo temible sin pensarlo, pero no cuando lo temible es el propio hecho de no pensar, Ion cuando resulta que el penar es inapropiado. En algún momento los detalles inapropiados se han amontonado hasta cegarte; el aburrimiento fingido, el peso, los travesaños finos, el dolor en los pies, el espacio segmentado por la escalera en encuadres unidos solamente mediante una desaparición en el tiempo. El viento en la escalera que nadie hubiera esperado. La manera en que el trampolín sobresale de la sombra para entrar en la luz y no puedes ver más allá de su extremo. Cuando todo resulta distinto a lo esperado uno tendría que ponerse a pensar. Es lo que habría que hacer.
La escalera está atestada debajo de ti. La gente está apilada, separados los unos de los otros por unos pocos travesaños. La escalera está conectada a una nutrida cola que retrocede y traza una curva hasta la oscuridad de la sombra escorada de la torre. La gente de la cola tiene los brazos cruzados. Los que están al pie de la escalera están ansiosos y miran todos hacia arriba. Es una máquina que solamente se mueve hacia delante.

Subes a la lengua de la torre. El trampolín resulta ser muy largo. Tan largo como el tiempo que pasas en él. El tiempo se ralentiza. Se condensa a tu alrededor mientras tu corazón late cada vez más veces por segundo y sus latidos abarcan todos los movimientos del sistema de la piscina allí abajo.
El trampolín es largo. Desde donde estás parece estrecharse hasta la nada. Te va a enviar a alguna parte que su propia longitud te impide ver y parece inadecuado entregarse a esto sin pararse a pensar.
Mirado de otro modo, el mismo trampolín no es más que una cosa larga, plana y delgada cubierta con una sustancia plástica blanca y áspera. La superficie blanca es muy áspera y tiene motas y rayas de un color rojo pálido y acuoso que sin embargo nunca deja de ser rojo para convertirse en rosa: viejas gotas de agua de la piscina que atrapan la luz del sol vespertino sobre las montañas escarpadas. La sustancia blanca y áspera del trampolín está mojada. Y fría. Los pies te duelen por culpa de los travesaños delgados y tienen una sensibilidad exacerbada. Se resienten de tu peso. Hay barandillas en el principio del trampolín. No son como las barras laterales de la escalera. Son gruesas y están muy bajas, de modo que casi tienes que agacharte para cogerte a ellas. Solamente son de adorno, nadie se coge a ellas.. Agarrarse lleva tiempo y altera el ritmo de la máquina.
Es un trampolín largo, frío, áspero y blanco de plástico o fibra tic vidrio, veteado del mismo color triste cercano al rosa que las golosinas baratas.

Pero al final del trampolín blanco, en su extremo, en donde te apoyas con todo tu peso para hacer que te arroje lejos, hay dos zonas de oscuridad. Dos sombras planas bajo la luz del sol. Dos formas ovales difusas y negras. El final del trampolín tiene dos manchas sucias.
Son de toda la gente que ha pasado antes que tú. Mientras estás aquí de pie tus pies están reblandecidos y marcados, doloridos por la superficie áspera y mojada, y ves que las dos manchas oscuras las ha hecho la piel de la gente. Es piel erosionada de los pies por la violencia de la desaparición de gente provista de un peso real. Más gente de la que podrías contar sin perderte. El peso y la erosión causada por su desaparición deja trocitos de pies reblandecidos, migas, grumos y tiras de una piel sucia, oscurecida y morena cuyos trocitos diminutos y deslavados se ven a la luz del sol al final del trampolín. Se amontonan, se deslavan y se mezclan. Se oscurecen formando dos círculos.

Fuera de ti el tiempo no transcurre en absoluto. Es asombroso. El ballet vespertino que tiene lugar allí abajo se mueve a cámara lenta, con los movimientos pesados de mimos sumergidos en jalea azul. Si quisieras podrías quedarte aquí encima para siempre, vibrando tan deprisa por dentro que flotarías inmóvil en el tiempo, como una abeja flotando sobre alguna sustancia dulce. Pero tendrían que limpiar el trampolín. Cualquiera que lo piense un segundo se dará cuenta de que tendrían que limpiar del extremo del trampolín toda esa piel de la gente, esas dos huellas negras de lo que queda del pasado, esas manchas que desde aquí detrás parecen ojos, ojos ciegos y bizcos.
El sitio donde estás ahora es tranquilo y silencioso. La radio grita al viento y chapotea en otra parte. No hay tiempo ni más sonido real que tu sangre chillándote en la cabeza.
Estar aquí en lo alto comporta visiones y olores. Los olores son íntimos, recién blanqueados. Es ese peculiar aroma floral de la lejía, pero de su interior emanan otras cosas hacia ti como una nieve sembrada de hierba. Notas un olor intenso a palomitas amarillas. A un aceite dulce y tostado como el de los cocos calientes. Deben de ser perritos calientes o maíz tostado. Un rastro diminuto y cruel de Pepsi muy oscura en vasos de papel. Y ese olor especial a toneladas de agua emanando de toneladas de piel, elevándose como el humo de un baño reciente. Calor animal. Desde lo alto es más real que nada.
Míralo. Puedes verlo todo en toda su complejidad, azul y blanco, marrón y blanco, bañado en un destello acuoso de color rojo cada vez más intenso. Todo el mundo. Esto es lo que la gente llama una vista. Y sabías que desde abajo no te podía parecer que estuvieras tan alto aquí arriba. Ahora ves qué alto te encuentras. Sabías que desde abajo no se puede saber.
El tipo que tienes debajo te dice, con la vista clavada en tus tobillos, el hombre calvo y corpulento: Eh, chico. Quieren saber. ¿Tienes pensado pasarte todo el día aquí o qué te pasa exactamente? Eh, chico, ¿estás bien?
Todo este tiempo ha habido tiempo. No puedes matar al tiempo con el corazón. Todo ocupa tiempo. Las abejas tienen que moverse muy deprisa para permanecer quietas.
Eh, chico, te dice. Eh, chico, ¿estás bien?
Brotan flores metálicas en tu lengua. Ya no hay tiempo para pensar. Ahora que hay tiempo no tienes tiempo.
Eh.
Lentamente ahora, atravesándolo todo, surge una mirada que se extiende como las ondas que aparecen en el agua cuando lanzas algo. Mira cómo se extiende desde la escalera. Tu hermana, a la que acabas de ver, y sus amigas blancas y delgadas, señalándote. Tu madre mira hacia la parte menos profunda de la piscina donde estabas antes y pone la mano en forma de visera. La ballena se agita y se sacude. El socorrista levanta la vista, la niña que le agarra la pierna levanta la mirada, echa mano al megáfono.
Debajo para siempre hay una terraza áspera, chucherías, música tenue y metálica, ahí abajo donde solías estar. La cola está abarrotada y no permite marcha atrás. Y el agua, por supuesto, solamente es blanda cuando estás en su interior. Mira hacia abajo, Ahora se mueve bajo el sol, llena de monedas duras de luz dotadas de un resplandor rojizo a medida que se alejan y se funden con una niebla que es la sal de tu propio sudor. Las monedas estallan formando lunas nuevas, cascotes alargados procedentes de los corazones de estrellas tristes. El tanque cuadrado es una sabana fría y azul. Lo frío es una modalidad de lo duro. Una modalidad de la ceguera. Te han pillado desprevenido. Feliz cumpleaños. ¿Creías que ya había pasado? Sí y no. Eh, chico.
Dos manchas negras, un momento de violencia y desapareces en el pozo del tiempo. La altura no es el problema. Todo cambia cuando vuelves abajo. Cuando impactas con todo tu peso.
Entonces, ¿cuál es la mentira? ¿Lo duro o lo blando? ¿El silencio o el tiempo?
La mentira es que haya que elegir entre una cosa y otra. Una abeja quieta y flotante se mueve demasiado deprisa para pensar. Desde lo alto la dulzura la hace enloquecer.
El trampolín asentirá y tú saldrás despedido, y los ojos de piel podrán cruzar a ciegas un cielo empañado de nubes, la luz horadada se vaciará detrás de esa piedra afilada que es la eternidad. Que es la eternidad. Pisa la piel y desaparece.
Hola.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Entrevistas breves con hombres repulsivos (Literatura Mondadori, 2016), en traducción de Javier Calvo. [Aviso legal]

23. El jardinero, de Rudyard Kipling [Mercedes Monmany]

Hasta que el cuento aguante

No es de extrañar que Borges dijera que este era uno de los cuentos que más le habían conmovido. Con el trasfondo de la Primera Guerra Mundial, y tras haber perdido a su hijo en aquella contienda, Kipling alcanza una de sus más altas cumbres como escritor, dotando a su relato de una insoportable y desgarradora melancolía desde las primeras páginas. La frialdad de los sentimientos inexpresados, la devastación por las pérdidas de los más jóvenes y llenos de vida, los adioses llenos de un pesar irrevocable, lo convierten en una pequeña pieza sobrecogedora e inolvidable.

 

Recomendación de Mercedes Monmany, escritora, traductora y crítica literaria. Es colaboradora de ABC Cultural y autora de Por las fronteras de Europa (Galaxia Gutenberg, 2016) y Ya sabes que volveré (Galaxia Gutenberg, 2017). También ha traducido a autores como Leonardo Sciascia, Attilio Bertolucci, Francis Ponge o Valerio Magrelli.

 

“El jardinero”, de Rudyard Kipling

En el pueblo todos sabían que Helen Turrell cumplía sus obligaciones con todo el mundo, y con nadie de forma más perfecta que con el pobre hijo de su único hermano. Todos los del pueblo sabían, también, que George Turrell había dado muchos disgustos a su familia desde su adolescencia, y a nadie le sorprendió enterarse de que, tras recibir múltiples oportunidades y desperdiciarlas todas, George, inspector de la policía de la India, se había enredado con la hija de un suboficial retirado y había muerto al caerse de un caballo unas semanas antes de que naciera su hijo. Por fortuna, los padres de George ya habían muerto, y aunque Helen, que tenía treinta y cinco años y poseía medios propios, se podía haber lavado las manos de todo aquel lamentable asunto, se comportó noblemente y aceptó la responsabilidad de hacerse cargo, pese a que ella misma, en aquella época, estaba delicada de los pulmones, por lo que había tenido que irse a pasar una temporada al sur de Francia. Pagó el viaje del niño y una niñera desde Bombay, los fue a buscar a Marsella, cuidó al niño cuando tuvo un ataque de disentería infantil por culpa de un descuido de la niñera, a la cual tuvo que despedir y, por último, delgada y cansada, pero triunfante, se llevó al niño a fines de otoño, plenamente restablecido a su casa de Hampshire.

Todos esos detalles eran del dominio público, pues Helen era de carácter muy abierto y mantenía que lo único que se lograba con silenciar un escándalo era darle mayores proporciones. Reconocía que George siempre había sido una oveja negra, pero las cosas hubieran podido ir mucho peor si la madre hubiera insistido en su derecho a quedarse con el niño. Por suerte parecía que la gente de esa clase estaba dispuesta a hacer casi cualquier cosa por dinero, y como George siempre había recurrido a ella cuando tenía problemas, Helen se sentía justificada —y sus amigos estaban de acuerdo con ella— al cortar todos los lazos con la familia del suboficial y dar al niño todas las ventajas posibles. Lo primero fue que el pastor bautizara al niño con el nombre de Michael. Nada indicaba hasta entonces, decía la propia Helen, que ella fuera muy aficionada a los niños, pero pese a todos los defectos de George siempre lo había querido mucho, y señalaba que Michael tenía exactamente la misma boca que George, lo cual ya era un buen punto de partida. De hecho, lo que Michael reproducía con más fidelidad era la frente, amplia, despejada y bonita de los Turrell. La boca la tenía algo mejor trazada que el tipo familiar. Pero Helen, que no quería reconocer nada por el lado de la madre, juraba que era un Turrell perfecto, y como no había nadie que se lo discutiera, la cuestión del parecido quedó zanjada para siempre.

En unos años Michael pasó a formar parte del pueblo, tan aceptado por todos como siempre lo había sido Helen: intrépido, filosófico y bastante guapo. A los seis años quiso saber por qué no podía llamarle «mamá», igual que hacían todos los niños con sus madres. Le explicó que no era más que su tía, y que las tías no eran lo mismo que las mamás, pero que si quería podía llamarle «mamá» al irse a la cama, como nombre cariñoso y secreto entre ellos dos. Michael guardó fielmente el secreto, pero Helen, como de costumbre, se lo contó a sus amigos, y cuando Michael se enteró se puso furioso.

—¿Por qué se lo has dicho? ¿Por qué? —preguntó al final de la rabieta.

—Porque lo mejor es decir siempre la verdad —respondió Helen, que lo tenía abrazado mientras él pataleaba en la cuna.

—Bueno, pero cuando la verdad es algo feo no me parece bien.

—¿No te parece bien?

—No, y además —y Helen sintió que se ponía tenso—, además, ahora que lo has dicho ya no te voy a llamar «mamá» nunca, ni siquiera al acostarme.

—Pero ¿no te parece una crueldad? —preguntó Helen en voz baja.

—¡No me importa! ¡No me importa! Me has hecho daño y ahora te lo quiero hacer yo. ¡Te haré daño toda mi vida!

—¡Vamos, guapo, no digas esas cosas! No sabes lo que…

—¡Pues sí! ¡Y cuando me haya muerto te haré todavía más daño!

—Gracias a Dios yo me moriré mucho antes que tú, cariño.

—¡Ja! Emma dice que nunca se sabe —Michael había estado hablando con la anciana y fea criada de Helen—. Hay muchos niños que se mueren de pequeños, y eso es lo que voy a hacer yo. ¡Entonces verás!

Helen dio un respingo y fue hacia la puerta, pero los llantos de «¡mamá, mamá!» le hicieron volver y los dos lloraron juntos.

Cuando cumplió los diez años, tras dos cursos en una escuela privada, algo o alguien le sugirió la idea de que su situación familiar no era normal. Atacó a Helen con el tema, y derribó sus defensas titubeantes con la franqueza de la familia.

—No me creo ni una palabra —dijo animadamente al final—. La gente no hubiera dicho lo que dijo si mis padres se hubieran casado. Pero no te preocupes, tía. He leído muchas cosas de gente como yo en la historia de Inglaterra y en las cosas de Shakespeare. Para empezar, Guillermo el Conquistador y… bueno, montones más, y a todos les fue estupendo. A ti no te importa que yo sea… eso, ¿verdad?

—Como si me fuera a… —empezó ella.

—Bueno, pues ya no volvemos a hablar del asunto si te hace llorar.

Y nunca lo volvió a mencionar por su propia voluntad, pero dos años después, cuando contrajo las anginas durante las vacaciones, y le subió la temperatura hasta los 40 grados, no habló de otra cosa hasta que la voz de Helen logró traspasar el delirio, con la seguridad de que nada en el mundo podía hacer que cambiaran las cosas entre ellos.

Los cursos en su internado y las maravillosas vacaciones de Navidades, Semana Santa y verano se sucedieron como una sarta de joyas variadas y preciosas, y como tales joyas las atesoraba Helen. Con el tiempo, Michael fue creándose sus propios intereses, que fueron apareciendo y desapareciendo sucesivamente, pero su interés por Helen era constante y cada vez mayor. Ella se lo devolvía con todo el afecto del que era capaz, con sus consejos y con su dinero, y como Michael no era ningún tonto, la guerra se lo llevó justo antes de lo que prometía ser una brillante carrera.

En octubre tenía que haber ido a Oxford con una beca. A fines de agosto estaba a punto de sumarse al primer holocausto de muchachos de los internados privados que se lanzaron a la primera línea del combate, pero el capitán de su compañía de milicias estudiantiles, en la que era sargento desde hacía casi un año, lo persuadió y lo convenció para que optara a un despacho de oficial en un batallón de formación tan reciente que la mitad de sus efectivos seguía llevando la guerrera roja, del antiguo ejército, y la otra mitad estaba incubando la meningitis debido al hacinamiento en tiendas de campaña húmedas. A Helen le había estremecido la idea de que se alistara directamente.

—Pero es la costumbre de la familia —había reído Michael.

—¿No me irás a decir que te has seguido creyendo aquella vieja historia todo este tiempo? —dijo Helen (Emma, la criada, había muerto hacía años)—. Te he dado mi palabra de honor, y la repito, de que… que… no pasa nada. Te lo aseguro.

—Bah, a mí no me preocupa eso. Nunca me ha preocupado —replicó Michael indiferente—. A lo que me refería era a que de haberme alistado ya habría entrado en faena… Igual que mi abuelo.

—¡No digas esas cosas! ¿Es que tienes miedo de que acabe demasiado pronto?

—No caerá esa breva. Ya sabes lo que dice K.

—Sí, pero el lunes pasado me dijo mi banquero que era imposible que durase hasta después de Navidad. Por motivos financieros.

—Ojalá tenga razón. Pero nuestro coronel, que es del ejército regular, dice que va a ir para largo.

El batallón de Michael tuvo buena suerte porque, por una casualidad que supuso varios «permisos», fue destinado a la defensa costera en trincheras bajas de la costa de Norfolk; de ahí lo enviaron al norte a vigilar un estuario escocés, y por último lo retuvieron varias semanas con rumores infundados de un servicio en algún lugar apartado. Pero, el mismo día en que Michael iba a pasar con Helen cuatro horas enteras en una encrucijada ferroviaria más al norte, lanzaron al batallón al combate a raíz de la matanza de Loos y no tuvo tiempo más que para enviarle un telegrama de despedida.

En Francia, el batallón volvió a tener suerte. Lo destacaron cerca del Saliente, donde llevó una vida meritoria y sin complicaciones, mientras se preparaba la batalla del Somme, y disfrutó de la paz de los sectores de Armentieres y de Laventie cuando empezó aquella batalla. Un jefe de unidad avisado averiguó que el batallón estaba bien entrenado en la forma de proteger sus flancos y de atrincherarse, y se lo robó a la División a la que pertenecía, so pretexto de ayudar a poner líneas telegráficas, y lo utilizó en general en la zona de Ypres.

Un mes después, y cuando Michael acababa de escribir a Helen que no pasaba nada especial y por lo tanto no había que preocuparse, un pedazo de metralla que cayó en una mañana de lluvia lo mató instantáneamente. El proyectil siguiente hizo saltar lo que hasta entonces habían sido los cimientos de la pared de un establo, y sepultó el cadáver con tal precisión que nadie salvo un experto hubiera podido decir que había pasado algo desagradable.

Para entonces el pueblo ya tenía mucha experiencia de la guerra y, en plan típicamente inglés, había ido elaborando un ritual para adaptarse a ella. Cuando la jefa de correos entregó a su hija de siete años el telegrama oficial que debía llevar a la señorita Turrell, observó al jardinero del pastor protestante:

—Le ha tocado a la señorita Helen, esta vez.

Y él replicó, pensando en su propio hijo:

—Bueno, ha durado más que otros.

La niña llegó a la puerta principal toda llorosa, porque el señorito Michael siempre le daba caramelos. Al cabo de un rato, Helen se encontró bajando las persianas de la casa una tras otra y diciéndole a cada ventana:

—Cuando dicen que ha desaparecido significa siempre que ha muerto.

Después ocupó su lugar en la lúgubre procesión que había de pasar por una serie de emociones estériles. El pastor protestante, naturalmente, predicó la esperanza y profetizó que muy pronto llegarían noticias de algún campo de prisioneros. Varios amigos también le contaron historias completamente verdaderas, pero siempre de otras mujeres a las que al cabo de meses y meses de silencio, les habían devuelto sus desaparecidos. Otras personas le aconsejaron que se pusiera en contacto con secretarios infalibles de organizaciones que podían comunicarse con neutrales benévolos y podían extraer información incluso de los comandantes más reservados de los hunos. Helen hizo, escribió y firmó todo lo que le sugirieron o le pusieron delante de los ojos. Una vez, en uno de sus permisos, Michael la había llevado a una fábrica de municiones, donde vio cómo iba pasando una granada por todas las fases, desde el cartucho vacío hasta el producto acabado. Entonces le había asombrado que no dejaran de manosear en un solo momento aquel objeto horrible, y ahora, al preparar sus documentos, pensaba: «Me están transformando en una afligida pariente».

En su momento, cuando todas las organizaciones contestaron diciendo que lamentaban profunda o sinceramente no poder hallar, etc., algo en su fuero interno cedió y todos sus sentimientos —salvo el de agradecimiento por esta liberación— acabaron en una bendita pasividad. Michael había muerto, y su propio mundo se había detenido, y ella se había parado con él. Ahora ella estaba inmóvil y el mundo seguía adelante, pero no le importaba: no le afectaba en ningún sentido. Se daba cuenta por la facilidad con la que podía pronunciar el nombre de Michael en una conversación e inclinar la cabeza en el ángulo apropiado, cuando los demás pronunciaban el murmullo apropiado de condolencia.

Cuando por fin comprendió que aquello era que se estaba empezando a consolar, el armisticio con todos sus repiques de campanas le pasó por encima y no se enteró. Al cabo de un año más había superado todo su aborrecimiento físico a los jóvenes vivos que regresaban, de forma que ya podía darles la mano y desearles todo género de venturas casi con sinceridad. No le interesaba para nada ninguna de las consecuencias de la guerra, ni nacionales ni personales; sin embargo, sintiéndose inmensamente distante, participó en varios comités de socorro y expresó opiniones muy firmes —porque podía escucharse mientras hablaba— acerca del lugar del monumento a los caídos del pueblo que éste proyectaba construir.

Después le llegó, como pariente más próxima, una comunicación oficial —que respaldaban una carta dirigida a ella en tinta indeleble, una chapa de identidad plateada y un reloj— en la que se le notificaba que se había encontrado el cadáver del teniente Michael Turrell y que, tras ser identificado, se le había vuelto a enterrar en el Tercer Cementerio Militar de Hagenzeele, con indicación de la letra de la fila y el número de la tumba.

De manera que ahora Helen se vio empujada a otro proceso de la transformación: a un mundo lleno de parientes contentos o destrozados, seguros ya de que existía un altar en la tierra en el que podían consagrar su cariño. Y éstos pronto le explicaron, y le aclararon con horarios transparentes, lo fácil que era y lo poco que perturbaría su vida el ir a ver la tumba de su propio pariente.

—No es lo mismo —como dijo la mujer del pastor protestante— que si lo hubieran matado en Mesopotamia, o incluso en Gallípoli.

La agonía de que la despertaran a una especie de segunda vida llevó a Helen a cruzar el Canal de la Mancha, donde, en un nuevo mundo de títulos abreviados, se enteró de que a Hagenzeele—Tres se podía llegar cómodamente en un tren de la tarde que enlazaba con el transbordador de la mañana, y de que había un hotelito agradable a menos de tres kilómetros del propio Hagenzeele, donde se podía pasar una noche con toda comodidad y ver a la mañana siguiente la tumba del caído. Todo esto se lo comunicó una autoridad central que vivía en una chabola de tablas y cartón en las afueras de una ciudad destruida, llena de polvareda de cal y de papeles agitados por el viento.

—A propósito —dijo la autoridad—, usted sabe dónde está su tumba, evidentemente.

—Sí, gracias —dijo Helen, y mostró la fila y el número escritos en la máquina de escribir portátil del propio Michael. El oficial hubiera podido comprobarlo en uno de sus múltiples libros, pero se interpuso entre ellos una mujerona de Lancashire pidiéndole que le dijera dónde estaba su hijo, que había sido cabo del Cuerpo de Transmisiones. En realidad se llamaba Anderson, pero como era de una familia respetable se había alistado, naturalmente, con el nombre de Smith, y había muerto en Dickiebush, a principios de 1915. No tenía el número de su chapa de identidad ni sabía cuál de sus dos nombres de pila podía haber utilizado como alias, pero a ella le habían dado en la Agencia Cook un billete de turista que caducaba al final de Semana Santa y, si no encontraba a su hijo antes, podía volverse loca. Al decir lo cual cayó sobre el pecho de Helen, pero rápidamente salió la mujer del oficial de un cuartito que había detrás de la oficina y entre los tres, llevaron a la mujer a la cama turca.

—Esto pasa muy a menudo —dijo la mujer del oficial, aflojando el corsé de la desmayada—. Ayer dijo que lo habían matado en Hooge. ¿Está usted segura de que sabe el número de su tumba? Eso es lo más importante.

—Sí, gracias —dijo Helen, y salió corriendo antes de que la mujer de la cama turca empezara a sollozar de nuevo.

El té que se tomó en una estructura de madera a rayas malvas y azules, llena hasta los topes y con una fachada falsa, le hizo sentirse todavía más sumida en una pesadilla. Pagó su cuenta junto a una inglesa robusta de facciones vulgares que, al oír que preguntaba el horario del tren a Hagenzeele, se ofreció a acompañarla.

—Yo también voy a Hagenzeele —explicó—. Pero no a Hagenzeele—Tres; el mío está en la Fábrica de Azúcar, pero ahora lo llaman La Rosiére. Está justo al sur de Hagenzeele—Tres. ¿Tiene ya habitación en el hotel de aquí?

—Sí, gracias. Les envié un telegrama.

—Estupendo. A veces está lleno y otras veces casi no hay un alma. Pero ahora ya han puesto cuartos de baño en el antiguo Lion d’Or, el hotel que está al oeste de la Fábrica de Azúcar, y por suerte también se lleva una buena parte de la clientela.

—Yo soy nueva aquí. Es la primera vez que vengo.

—¿De verdad? Yo ya he venido nueve veces desde el Armisticio. No por mí. Yo no he perdido a nadie, gracias a Dios, pero me pasa como a tantos, que tienen muchos amigos que sí. Como vengo tantas veces, he visto que les resulta de mucho alivio que venga alguien para ver… el sitio y contárselo después. Y además se les pueden llevar fotos. Me encargan muchas cosas que hacer —rió nerviosa y se dio un golpe en la Kodak que llevaba en bandolera—. Ya tengo dos o tres que ver en la Fábrica de Azúcar, y muchos más en los cementerios de la zona. Mi sistema es agruparlas y ordenarlas, ¿sabe? Y cuando ya tengo suficientes encargos de una zona para que merezca la pena, doy el salto y vengo. Le aseguro que alivia mucho a la gente.

—Claro. Supongo —respondió Helen, temblando al entrar en el trenecillo.

—Claro que sí. Qué suerte encontrar asientos junto a las ventanillas, ¿verdad? Tiene que ser así, porque si no no se lo pedirían a una, ¿no? Aquí mismo llevo por lo menos 10 ó 15 encargos —y volvió a golpear la Kodak—. Esta noche tengo que ponerlos en orden. ¡Ah! Se me olvidaba preguntarle. ¿Quién era el suyo?

—Un sobrino —dijo Helen—. Pero lo quería mucho.

—¡Claro! A veces me pregunto si sienten algo después de la muerte. ¿Qué cree usted?

—Bueno, yo no… No he querido pensar mucho en ese tipo de cosas —dijo Helen casi levantando las manos para rechazar a la mujer.

—Quizá sea mejor —respondió ésta—. Supongo que ya debe de bastar con la sensación de pérdida. Bueno, no quiero preocuparla más.

Helen se lo agradeció, pero cuando llegaron al hotel, la señora Scarsworth (ya se habían comunicado sus nombres) insistió en cenar a la misma mesa que ella, y después de la cena, en un saloncito horroroso lleno de parientes que hablaban en voz baja, le contó a Helen sus «encargos», con las biografías de los muertos, cuando las sabía, y descripciones de sus parientes más cercanos. Helen la soportó hasta casi las nueve y media, antes de huir a su habitación.

Casi inmediatamente después sonó una llamada a la puerta y entró la señora Scarsworth, con la horrorosa lista en las manos.

—Sí… sí…, ya lo sé —comenzó—. Está usted harta de mí, pero quiero contarle una cosa. Usted… usted no está casada, ¿verdad? Bueno, entonces quizá no… Pero no importa. Tengo que contárselo a alguien. No puedo aguantar más.

—Pero, por favor…

La señora Scarsworth había retrocedido hacia la puerta cerrada y estaba haciendo gestos contenidos con la boca.

—Dentro de un minuto —dijo—. Usted… usted sabe lo de esas tumbas mías que le estaba hablando abajo, ¿no? De verdad que son encargos. Por lo menos algunas —paseó la vista por la habitación—. Qué papel de pared tan extraordinario tienen en Bélgica, ¿no le parece? Sí, juro que son encargos. Pero es que hay una… y para mí era lo más importante del mundo. ¿Me entiende?

Helen asintió.

—Más que nadie en el mundo. Y, claro, no debería haberlo sido. No tendría que representar nada para mí. Pero lo era. Lo es. Por eso hago los encargos, ¿entiende? Por eso.

—Pero ¿por qué me lo cuenta a mí? —preguntó Helen desesperada.

—Porque estoy tan harta de mentir. Harta de mentir… siempre mentiras… año tras año. Cuando no estoy mintiendo, tengo que estar fingiendo, y siempre tengo que inventarme algo, siempre. Usted no sabe lo que es eso. Para mí era todo lo que no tenía que haber sido… lo único verdadero… lo único importante que me había pasado en la vida, y tenía que hacer como que no era nada. Tenía que pensar cada palabra que decía y pensar todas las mentiras que iba a inventar a la próxima ocasión ¡y esto años y años!

—¿Cuántos años? —preguntó Helen.

—Seis años y cuatro meses antes y dos y tres cuartos después. Desde entonces he venido a verle ocho veces. Mañana será la novena y… y no puedo… no puedo volver a verle sin que nadie en el mundo lo sepa. Quiero decirle la verdad a alguien antes de ir. ¿Me comprende? No importo yo. Siempre he sido una mentirosa, hasta de pequeña. Pero él no se merece eso. Por eso… por eso… tenía que decírselo a usted. No puedo aguantar más. ¡No puedo, de verdad!

Se llevó las manos juntas casi a la altura de la boca y luego las bajó de repente, todavía juntas, lo más abajo posible, por debajo de la cintura. Helen se adelantó, le tomó las manos, inclinó la cabeza ante ellas y murmuró:

—¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla!

La señora Scarsworth dio un paso atrás, pálida.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Así es como se lo toma usted?

Helen no supo qué decir y la otra mujer se marchó, pero Helen tardó mucho tiempo en dormirse.

A la mañana siguiente la señora Scarsworth se marchó muy de mañana a hacer su ronda de encargos y Helen se fue sola a pie a Hagenzeele—Tres. El cementerio todavía no estaba terminado, y se hallaba a casi dos metros de altura sobre el camino que lo bordeaba a lo largo de centenares de metros. En lugar de entradas había pasos por encima de una zanja honda que circundaba el muro limítrofe sin acabar. Helen subió unos escalones hechos de tierra batida con superficie de madera y se encontró de golpe frente a miles de tumbas. No sabía que en Hagenzeele—Tres ya había 21,000 muertos. Lo único que veía era un mar implacable de cruces negras, en cuyos frontis había tiritas de estaño grabado que formaban ángulos de todo tipo, No podía distinguir ningún tipo de orden ni de colocación en aquella masa; nada más que una maleza hasta la cintura, como de hierbas golpeadas por la muerte, que se abalanzaban hacia ella. Siguió adelante, hacia su izquierda, después a la derecha, desesperada, preguntándose cómo podría orientarse hacia la suya. Muy lejos de ella había una línea blanca. Resultó ser un bloque de 200 ó 300 tumbas que ya tenían su losa definitiva, en torno a las cuales se habían plantado flores, y cuya hierba recién sembrada estaba muy verde. Allí pudo ver letras bien grabadas al final de las filas y al consultar su papelito vio que no era allí donde tenía que buscar.

Junto a una línea de losas había arrodillado un hombre, evidentemente un jardinero, porque estaba afirmando un esqueje en la tierra blanda. Helen fue hacia él, con el papelito en la mano. Él se levantó al verla y, sin preludio ni saludos, preguntó:

—¿A quién busca?

—Al teniente Michael Turrell… mi sobrino —dijo Helen lentamente, palabra tras palabra, como había hecho miles de veces en su vida.

El hombre levantó la vista y la miró con una compasión infinita antes de volverse de la hierba recién sembrada hacia las cruces negras y desnudas.

—Venga conmigo —dijo—, y le enseñaré dónde está su hijo.

Cuando Helen se marchó del cementerio se volvió a echar una última mirada. Vio que a lo lejos el hombre se inclinaba sobre sus plantas nuevas y se fue convencida de que era el jardinero.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cuentos de la Gran Guerra, de VV.AA. (Alpha Decay, 2008), en traducción de Juan Gabriel López Guix. [Aviso legal]

 

22. El ahogado más hermoso del mundo, de Gabriel García Márquez [Pablo Gutiérrez]

Hasta que el cuento aguante

Este cuento es tan emocionante como las mejores páginas de sus Cien años de soledad, y al mismo tiempo es una píldora que contiene en miniatura toda una teoría literaria.

 

Recomendación de Pablo Gutiérrez, escritor. Es autor, entre otros, de las novelas Democracia (Seix Barral, 2012), Los libros repentinos (Seix Barral, 2015) y Cabezas cortadas (Seix Barral, 2018).

 

“El ahogado más hermoso del mundo”, de Gabriel García Márquez

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

—Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, de Gabriel García Márquez (Literatura Random House, 2014). [Aviso legal]

 

21. Wakefield, de Nathaniel Hawthorne [Aníbal Cristobo (Kriller71)]

Hasta que el cuento aguante

Una pequeña joya sobre otra forma de aislamiento y proximidad, sobre el quiebre de la rutina y la construcción de una nueva cotidianeidad, no menos extraña.

 

Recomendación de Aníbal Cristobo, poeta, traductor y editor de Kriller71, donde han visto la luz libros de Mario Montalbetti, Gonçalo M. Tavares, Peter Greenaway, Martín Caparrós, Ted Garrigan o Robin Myers.

 

“Wakefield”, de Nathaniel Hawthorne

Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre —llamémoslo Wakefield— que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco —sin una adecuada discriminación de las circunstancias— debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal —una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.

Este resumen es todo lo que recuerdo. Pero pienso que el incidente, aunque manifiesta una absoluta originalidad sin precedentes y es probable que jamás se repita, es de esos que despiertan las simpatías del género humano. Cada uno de nosotros sabe que, por su propia cuenta, no cometería semejante locura; y, sin embargo, intuye que cualquier otro podría hacerlo. En mis meditaciones, por lo menos, este caso aparece insistentemente, asombrándome siempre y siempre acompañado por la sensación de que la historia tiene que ser verídica y por una idea general sobre el carácter de su héroe. Cuando quiera que un tema afecta la mente de modo tan forzoso, vale la pena destinar algún tiempo para pensar en él. A este respecto, el lector que así lo quiera puede entregarse a sus propias meditaciones. Mas si prefiere divagar en mi compañía a lo largo de estos veinte años del capricho de Wakefield, le doy la bienvenida, confiando en que habrá un sentido latente y una moraleja, así no logremos descubrirlos, trazados pulcramente y condensados en la frase final. El pensamiento posee siempre su eficacia; y todo incidente llamativo, su enseñanza.

¿Qué clase de hombre era Wakefield? Somos libres de formarnos nuestra propia idea y darle su apellido. En ese entonces se encontraba en el meridiano de la vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie de pereza mantenía en reposo a su corazón dondequiera que lo hubiera asentado. Era intelectual, pero no en forma activa. Su mente se perdía en largas y ociosas especulaciones que carecían de propósito o del vigor necesario para alcanzarlo. Sus pensamientos rara vez poseían suficientes ímpetus como para plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido correcto del vocablo, no figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un corazón frío, pero no depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada por la calentura de ideas turbulentas ni aturdida por la originalidad, ¿quién se hubiera imaginado que nuestro amigo habría de ganarse un lugar prominente entre los autores de proezas excéntricas? Si se hubiera preguntado a sus conocidos cuál era el hombre que con seguridad no haría hoy nada digno de recordarse mañana, habrían pensado en Wakefield. Únicamente su esposa del alma podría haber titubeado. Ella, sin haber analizado su carácter, era medio consciente de la existencia de un pasivo egoísmo, anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad, su más incómodo atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez había producido efectos más positivos que el mantenimiento de secretos triviales que ni valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba “algo raro” en el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y puede que no exista.

Ahora imaginémonos a Wakefield despidiéndose de su mujer. Cae el crepúsculo en un día de octubre. Componen su equipaje un sobretodo deslustrado, un sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y un maletín en la otra. Le ha comunicado a la señora de Wakefield que debe partir en el coche nocturno para el campo. De buena gana ella le preguntaría por la duración y objetivo del viaje, por la fecha probable del regreso, pero, dándole gusto a su inofensivo amor por el misterio, se limita a interrogarlo con la mirada. Él le dice que de ningún modo lo espere en el coche de vuelta y que no se alarme si tarda tres o cuatro días, pero que en todo caso cuente con él para la cena el viernes por la noche. El propio Wakefield, tengámoslo presente, no sospecha lo que se viene. Le ofrece ambas manos. Ella tiende las suyas y recibe el beso de partida a la manera rutinaria de un matrimonio de diez años. Y parte el señor Wakefield, en plena edad madura, casi resuelto a confundir a su mujer mediante una semana completa de ausencia. Cierra la puerta. Pero ella advierte que la entreabre de nuevo y percibe la cara del marido sonriendo a través de la abertura antes de esfumarse en un instante. De momento no le presta atención a este detalle. Pero, tiempo después, cuando lleva más años de viuda que de esposa, aquella sonrisa vuelve una y otra vez, y flota en todos sus recuerdos del semblante de Wakefield. En sus copiosas cavilaciones incorpora la sonrisa original en una multitud de fantasías que la hacen extraña y horrible. Por ejemplo, si se lo imagina en un ataúd, aquel gesto de despedida aparece helado en sus facciones; o si lo sueña en el cielo, su alma bendita ostenta una sonrisa serena y astuta. Empero, gracias a ella, cuando todo el mundo se ha resignado a darlo ya por muerto, ella a veces duda que de veras sea viuda.

Pero quien nos incumbe es su marido. Tenemos que correr tras él por las calles, antes de que pierda la individualidad y se confunda en la gran masa de la vida londinense. En vano lo buscaríamos allí. Por tanto, sigámoslo pisando sus talones hasta que, después de dar algunas vueltas y rodeos superfluos, lo tengamos cómodamente instalado al pie de la chimenea en un pequeño alojamiento alquilado de antemano. Nuestro hombre se encuentra en la calle vecina y al final de su viaje. Difícilmente puede agradecerle a la buena suerte el haber llegado allí sin ser visto. Recuerda que en algún momento la muchedumbre lo detuvo precisamente bajo la luz de un farol encendido; que una vez sintió pasos que parecían seguir los suyos, claramente distinguibles entre el multitudinario pisoteo que lo rodeaba; y que luego escuchó una voz que gritaba a lo lejos y le pareció que pronunciaba su nombre. Sin duda alguna una docena de fisgones lo habían estado espiando y habían corrido a contárselo todo a su mujer. ¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco sabes de tu propia insignificancia en este mundo inmenso! Ningún ojo mortal fuera del mío te ha seguido las huellas. Acuéstate tranquilo, hombre necio; y en la mañana, si eres sabio, vuelve a tu casa y dile la verdad a la buena señora de Wakefield. No te alejes, ni siquiera por una corta semana, del lugar que ocupas en su casto corazón. Si por un momento te creyera muerto o perdido, o definitivamente separado de ella, para tu desdicha notarías un cambio irreversible en tu fiel esposa. Es peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez.

Casi arrepentido de su travesura, o como quiera que se pueda llamar, Wakefield se acuesta temprano. Y, despertando después de un primer sueño, extiende los brazos en el amplio desierto solitario del desacostumbrado lecho.

—No —piensa, mientras se arropa en las cobijas—, no dormiré otra noche solo.

Por la mañana madruga más que de costumbre y se dispone a considerar lo que en realidad quiere hacer. Su modo de pensar es tan deshilvanado y vagaroso, que ha dado este paso con un propósito en mente, claro está, pero sin ser capaz de definirlo con suficiente nitidez para su propia reflexión. La vaguedad del proyecto y el esfuerzo convulsivo con que se precipita a ejecutarlo son igualmente típicos de una persona débil de carácter. No obstante, Wakefield escudriña sus ideas tan minuciosamente como puede y descubre que está curioso por saber cómo marchan las cosas por su casa: cómo soportará su mujer ejemplar la viudez de una semana y, en resumen, cómo se afectará con su ausencia la reducida esfera de criaturas y de acontecimientos en la que él era objeto central. Una morbosa vanidad, por lo tanto, está muy cerca del fondo del asunto. Pero, ¿cómo realizar sus intenciones? No, desde luego, quedándose encerrado en este confortable alojamiento donde, aunque durmió y despertó en la calle siguiente, está efectivamente tan lejos de casa como si hubiera rodado toda la noche en la diligencia. Sin embargo, si reapareciera echaría a perder todo el proyecto. Con el pobre cerebro embrollado sin remedio por este dilema, al fin se atreve a salir, resuelto en parte a cruzar la bocacalle y echarle una mirada presurosa al domicilio desertado. La costumbre —pues es un hombre de costumbres— lo toma de la mano y lo conduce, sin que él se percate en lo más mínimo, hasta su propia puerta; y allí, en el momento decisivo, el roce de su pie contra el peldaño lo hace volver en sí. ¡Wakefield! ¿Adónde vas?

En ese preciso instante su destino viraba en redondo. Sin sospechar siquiera en la fatalidad a la que lo condena el primer paso atrás, parte de prisa, jadeando en una agitación que hasta la fecha nunca había sentido, y apenas sí se atreve a mirar atrás desde la esquina lejana. ¿Será que nadie lo ha visto? ¿No armarán un alboroto todos los de la casa —la recatada señora de Wakefield, la avispada sirvienta y el sucio pajecito— persiguiendo por las calles de Londres a su fugitivo amo y señor? ¡Escape milagroso! Cobra coraje para detenerse y mirar a la casa, pero lo desconcierta la sensación de un cambio en aquel edificio familiar, igual a las que nos afectan cuando, después de una separación de meses o años, volvemos a ver una colina o un lago o una obra de arte de los cuales éramos viejos amigos. ¡En los casos ordinarios esta impresión indescriptible se debe a la comparación y al contraste entre nuestros recuerdos imperfectos y la realidad. En Wakefield, la magia de una sola noche ha operado una transformación similar, puesto que en este breve lapso ha padecido un gran cambio moral, aunque él no lo sabe. Antes de marcharse del lugar alcanza a entrever la figura lejana de su esposa, que pasa por la ventana dirigiendo la cara hacia el extremo de la calle. El marrullero ingenuo parte despavorido, asustado de que sus ojos lo hayan distinguido entre un millar de átomos mortales como él. Contento se le pone el corazón, aunque el cerebro está algo confuso, cuando se ve junto a las brasas de la chimenea en su nuevo aposento.

Eso en cuanto al comienzo de este largo capricho. Después de la concepción inicial y de haberse activado el lerdo carácter de este hombre para ponerlo en práctica, todo el asunto sigue un curso natural. Podemos suponerlo, como resultado de profundas reflexiones, comprando una nueva peluca de pelo rojizo y escogiendo diversas prendas del baúl de un ropavejero judío, de un estilo distinto al de su habitual traje marrón. Ya está hecho: Wakefield es otro hombre. Una vez establecido el nuevo sistema, un movimiento retrógrado hacia el antiguo sería casi tan difícil como el paso que lo colocó en esta situación sin paralelo. Además, ahora lo está volviendo testarudo cierto resentimiento del que adolece a veces su carácter, en este caso motivado por la reacción incorrecta que, a su parecer, se ha producido en el corazón de la señora de Wakefield. No piensa regresar hasta que ella no esté medio muerta de miedo. Bueno, ella ha pasado dos o tres veces ante sus ojos, con un andar cada vez más agobiado, las mejillas más pálidas y más marcada de ansiedad la frente. A la tercera semana de su desaparición, divisa un heraldo del mal que entra en la casa bajo el perfil de un boticario. Al día siguiente la aldaba aparece envuelta en trapos que amortigüen el ruido. Al caer la noche llega el carruaje de un médico y deposita su empelucado y solemne cargamento a la puerta de la casa de Wakefield, de la cual emerge después de una visita de un cuarto de hora, anuncio acaso de un funeral. ¡Mujer querida! ¿Irá a morir? A estas alturas Wakefield se ha excitado hasta provocarse algo así como una efervescencia de los sentimientos, pero se mantiene alejado del lecho de su esposa, justificándose ante su conciencia con el argumento de que no debe ser molestada en semejante coyuntura. Si algo más lo detiene, él no lo sabe. En el transcurso de unas cuantas semanas ella se va recuperando. Ha pasado la crisis. Su corazón se siente triste, acaso, pero está tranquilo. Y, así el hombre regrese tarde o temprano, ya no arderá por él jamás. Estas ideas fulguran cual relámpagos en las nieblas de la mente de Wakefield y le hacen entrever que una brecha casi infranqueable se abre entre su apartamento de alquiler y su antiguo hogar.

—¡Pero si sólo está en la calle del lado! —se dice a veces.

¡Insensato! Está en otro mundo. Hasta ahora él ha aplazado el regreso de un día en particular a otro. En adelante, deja abierta la fecha precisa. Mañana no… probablemente la semana que viene… muy pronto. ¡Pobre hombre! Los muertos tienen casi tantas posibilidades de volver a visitar sus moradas terrestres como el autodesterrado Wakefield.

¡Ojalá yo tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo de una docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia que escapa a nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo urde con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está hechizado. Tenemos que dejarlo que ronde por su casa durante unos diez años sin cruzar el umbral ni una vez, y que le sea fiel a su mujer, con todo el afecto de que es capaz su corazón, mientras él poco a poco se va apagando en el de ella. Hace mucho, debemos subrayarlo, que perdió la noción de singularidad de su conducta.

Ahora contemplemos una escena. Entre el gentío de una calle de Londres distinguimos a un hombre entrado en años, con pocos rasgos característicos que atraigan la atención de un transeúnte descuidado, pero cuya figura ostenta, para quienes posean la destreza de leerla, la escritura de un destino poco común. Su frente estrecha y abatida está cubierta de profundas arrugas. Sus pequeños ojos apagados a veces vagan con recelo en derredor, pero más a menudo parecen mirar adentro. Agacha la cabeza y se mueve con un indescriptible sesgo en el andar, como si no quisiera mostrarse de frente entero al mundo. Obsérvelo el tiempo suficiente para comprobar lo que hemos descrito y estará de acuerdo con que las circunstancias, que con frecuencia producen hombres notables a partir de la obra ordinaria de la naturaleza, han producido aquí uno de estos. A continuación, dejando que prosiga furtivo por la acera, dirija su mirada en dirección opuesta, por donde una mujer de cierto porte, ya en el declive de la vida, se dirige a la iglesia con un libro de oraciones en la mano. Exhibe el plácido semblante de la viudez establecida. Sus pesares o se han apagado o se han vuelto tan indispensables para su corazón que sería un mal trato cambiarlos por la dicha. Precisamente cuando el hombre enjuto y la mujer robusta van a cruzarse, se presenta un embotellamiento momentáneo que pone a las dos figuras en contacto directo. Sus manos se tocan. El empuje de la muchedumbre presiona el pecho de ella contra el hombro del otro. Se encuentran cara a cara. Se miran a los ojos. Tras diez años de separación, es así como Wakefield tropieza con su esposa.

Vuelve a fluir el río humano y se los lleva a cada uno por su lado. La grave viuda recupera el paso y sigue hacia la iglesia, pero en el atrio se detiene y lanza una mirada atónita a la calle. Sin embargo, pasa al interior mientras va abriendo el libro de oraciones. ¡Y el hombre! Con el rostro tan descompuesto que el Londres atareado y egoísta se detiene a verlo pasar, huye a sus habitaciones, cierra la puerta con cerrojo y se tira en la cama. Los sentimientos que por años estuvieron latentes se desbordan y le confieren un vigor efímero a su mente endeble. La miserable anomalía de su vida se le revela de golpe. Y grita exaltado:

—¡Wakefield, Wakefield, estás loco!

Quizás lo estaba. De tal modo debía de haberse amoldado a la singularidad de su situación que, examinándolo con referencia a sus semejantes y a las tareas de la vida, no se podría afirmar que estuviera en su sano juicio. Se las había ingeniado (o, más bien, las cosas habían venido a parar en esto) para separarse del mundo, hacerse humo, renunciar a su sitio y privilegios entre los vivos, sin que fuera admitido entre los muertos. La vida de un ermitaño no tiene paralelo con la suya. Seguía inmerso en el tráfago de la ciudad como en los viejos tiempos, pero las multitudes pasaban de largo sin advertirlo. Se encontraba —digámoslo en sentido figurado— a todas horas junto a su mujer y al pie del fuego, y sin embargo nunca podía sentir la tibieza del uno ni el amor de la otra. El insólito destino de Wakefield fue el de conservar la cuota original de afectos humanos y verse todavía involucrado en los intereses de los hombres, mientras que había perdido su respectiva influencia sobre unos y otros. Sería un ejercicio muy curioso determinar los efectos de tales circunstancias sobre su corazón y su intelecto, tanto por separado como al unísono. No obstante, cambiado como estaba, rara vez era consciente de ello y más bien se consideraba el mismo de siempre. En verdad, a veces lo asaltaban vislumbres de la realidad, pero sólo por momentos. Y aun así, insistía en decir “pronto regresaré”, sin darse cuenta de que había pasado veinte años diciéndose lo mismo.

Imagino también que, mirando hacia el pasado, estos veinte años le parecerían apenas más largos que la semana por la que en un principio había proyectado su ausencia. Wakefield consideraría la aventura como poco más que un interludio en el tema principal de su existencia. Cuando, pasado otro ratito, juzgara que ya era hora de volver a entrar a su salón, su mujer aplaudiría de dicha al ver al veterano señor Wakefield. ¡Qué triste equivocación! Si el tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras favoritas, todos seríamos jóvenes hasta el día del juicio.

Cierta vez, pasados veinte años desde su desaparición, Wakefield se encuentra dando el paseo habitual hasta la residencia que sigue llamando suya. Es una borrascosa noche de otoño. Caen chubascos que golpetean en el pavimento y que escampan antes de que uno tenga tiempo de abrir el paraguas. Deteniéndose cerca de la casa, Wakefield distingue a través de las ventanas de la sala del segundo piso el resplandor rojizo y oscilante y los destellos caprichosos de un confortable fuego. En el techo aparece la sombra grotesca de la buena señora de Wakefield. La gorra, la nariz, la barbilla y la gruesa cintura dibujan una caricatura admirable que, además, baila al ritmo ascendiente y decreciente de las llamas, de un modo casi en exceso alegre para la sombra de una viuda entrada en años. En ese instante cae otro chaparrón que, dirigido por el viento inculto, pega de lleno contra el pecho y la cara de Wakefield. El frío otoñal le cala hasta la médula. ¿Va a quedarse parado en ese sitio, mojado y tiritando, cuando en su propio hogar arde un buen fuego que puede calentarlo, cuando su propia esposa correría a buscarle la chaqueta gris y los calzones que con seguridad conserva con esmero en el armario de la alcoba? ¡No! Wakefield no es tan tonto. Sube los escalones, con trabajo. Los veinte años pasados desde que los bajó le han entumecido las piernas, pero él no se da cuenta. ¡Detente, Wakefield! ¿Vas a ir al único hogar que te queda? Pisa tu tumba, entonces. La puerta se abre. Mientras entra, alcanzamos a echarle una mirada de despedida a su semblante y reconocemos la sonrisa de astucia que fuera precursora de la pequeña broma que desde entonces ha estado jugando a costa de su esposa. ¡Cuán despiadadamente se ha burlado de la pobre mujer! En fin, deseémosle a Wakefield buenas noches.

El suceso feliz —suponiendo que lo fuera— sólo puede haber ocurrido en un momento impremeditado. No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral. Nos ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual puede prestar su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen. En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.

 

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Wakefield, deNathaniel Hawthorne (Nórdica, 2011), en traducción de María José Chuliá García e ilustraciones de Ana Juan Carmilla. [Aviso legal]

20. El aljibe, de Mariana Henríquez [Sara Mesa]

Hasta que el cuento aguante

¿Por qué? Porque ella es una maestra en mezclar el terror sobrenatural, o sobrehumano, con un terror muy, muy humano. Y porque escribe con una delicadeza muy dura, o con una dureza muy delicada, como lo quieras ver.

 

Recomendación de Sara Mesa, escritora y periodista. Es autora, entre otras, de las novelas Cuatro por cuatro (Anagrama, 2012), Cicatriz (Anagrama, 2015), Mala letra (Anagrama, 2016), Cara de pan (Anagrama, 2018) y del ensayo Silencio administrativo (Anagrama, 2019).

 

“El aljibe”, de Mariana Henríquez

I am terrified by this dark thing
That sleeps in me;
All day I feel its soft, feathery turnings, its malignity.
Sylvia Plath

 

Josefina recordaba el calor y el hacinamiento dentro del Renault 12 como si el viaje

hubiera sucedido apenas unos días atrás y no cuando ella tenía seis años, pocos días

después de Navidad, bajo el asfixiante sol de enero. Su padre manejaba, casi sin hablar;

su madre iba en el asiento de adelante y en el de atrás había quedado atrapada entre su

hermana y su abuela Rita, que pelaba mandarinas e inundaba el auto con el olor de la

fruta recalentada. Iban de vacaciones a Corrientes, a visitar a los tíos maternos, pero eso

era sólo una parte del gran motivo del viaje, que Josefina no podía adivinar. Recordaba

que ninguno hablaba mucho; su abuela y su madre llevaban anteojos oscuros y sólo

abrían la boca para alertar sobre algún camión que pasaba demasiado cerca del auto, o

para pedirle a su padre que disminuyera la velocidad, tensas y alertas a la espera de un

accidente.

 

Tenían miedo. Siempre tenían miedo. En verano, cuando Josefina y Mariela querían

bañarse en la Pelopincho, la abuela Rita llenaba la pileta con apenas diez centímetros de

agua y vigilaba cada chapoteo sentada en una silla bajo la sombra del limonero del

patio, para llegar a tiempo si sus nietas se ahogaban. Josefina recordaba que su madre

lloraba y llamaba a médicos y ambulancias de madrugada si ella o su hermana tenían

unas líneas de fiebre. O las hacía faltar a la escuela ante un inofensivo catarro. Nunca

les daba permiso para dormir en casa de amigas, y apenas las dejaba jugar en la vereda;

si lo hacía, podían verla vigilándolas por la ventana, semiescondida detrás de las

cortinas. A veces Mariela lloraba de noche, diciendo que algo se movía debajo de su

cama, y nunca podía dormir con la luz apagada. Josefina era la única que nunca tenía

miedo, como su padre. Hasta aquel viaje a Corrientes.

 

Apenas recordaba cuántos días habían pasado en casa de los tíos, ni si habían ido a la

Costanera o a caminar por la peatonal. Pero se acordaba perfectamente de la visita a la

casa de doña Irene. Ese día el cielo estaba nublado, pero el calor era pesado, como

siempre en Corrientes antes de una tormenta. Su padre no las había acompañado;

la casa de doña Irene quedaba cerca de la de los tíos, y las cuatro habían ido caminando

acompañadas de la tía Clarita. No la llamaban bruja, le decían La Señora; su casa tenía

un patio delantero hermoso, un poco demasiado recargado de plantas, y casi en el centro

había un aljibe pintado de blanco; cuando Josefina lo vio se soltó de la mano de su

abuela y corrió ignorando los aullidos de pánico para verlo de cerca y asomarse al pozo.

No pudieron detenerla antes de que viera el fondo y el agua estancada en lo profundo.

 

Su madre le dio un cachetazo que la habría hecho llorar si Josefina no hubiera estado

acostumbrada a esos golpes nerviosos que terminaban en llantos y abrazos y “mi nenita,

mi nenita, mirá si te pasa algo”. Algo como qué, había pensado Josefina. Si ella nunca

había pensado en tirarse. Si nadie iba a empujarla. Si ella sólo quería ver si el agua

reflejaba su cara, como siempre sucedía en los aljibes de los cuentos, su cara como una

luna con cabello rubio en el agua negra.

 

Josefina la había pasado bien esa tarde en casa de La Señora. Su madre, su abuela y su

hermana, sentadas sobre banquetas, habían dejado que Josefina curioseara las ofrendas

y chucherías que se amontaban frente a un altar; la tía Clarita, respetuosa, esperaba

mientras tanto en el patio, fumando. La Señora hablaba, o rezaba, pero Josefina no

podía recordar nada extraño, ni cánticos, ni humaredas, ni siquiera que tocara a su

familia. Solamente les susurraba lo suficientemente bajo como para que ella no pudiera

escuchar nada, y qué le importaba: sobre el altar descubría escarpines de bebé, ramos de

flores y ramas secas, fotografías en color y blanco negro, cruces decoradas con lazos

rojos, estampitas de santos, muchos rosarios —de plástico, de madera, de metal plateado

y la fea figura del santo al que su abuela le rezaba, San La Muerte, un esqueleto con su

guadaña, repetida en diferentes tamaños y materiales, algunas veces tosco, otras tallado

al detalle, con los huecos de los globos oculares negrísimos y la sonrisa amplia.

 

Al rato, Josefina se aburrió y La Señora le dijo: “Chiquita, por qué no te acostás en el

sillón, andá”. Ella lo hizo y se durmió al instante, sentada. Cuando despertó, ya era de

noche y la tía Clarita se había cansado de esperar. Tuvieron que volver caminando solas.

Josefina se acordaba que, antes de salir, había tratado de volver a mirar dentro del aljibe,

pero no se había animado. Estaba oscuro y la pintura blanca brillaba como los huesos de

San La Muerte; era la primera vez que sentía miedo. Volvieron a Buenos Aires pocos

días después. La primera noche en casa, Josefina no había podido dormir cuando

Mariela apagó el velador.

 

***

Mariela dormía tranquilamente en la camita de enfrente, y ahora el velador estaba en la

mesa de luz de Josefina, que recién tenía sueño cuando las agujas fosforescentes del

reloj de Hello Kitty marcaban las tres o las cuatro de la madrugada. Mariela se abrazaba

a un muñeco y Josefina veía que los ojos de plástico brillaban humanos en la

semioscuridad. O escuchaba cantar un gallo en plena noche y recordaba —pero ¿quién

se lo había dicho?— que ese canto, a esa hora, era señal de que alguien iba a morir. Y

debía ser ella, así que se tomaba el pulso —había aprendido a hacerlo viendo a su madre,

que siempre les controlaba la frecuencia de los latidos cuando tenían fiebre—. Si eran

demasiado rápidos, tenía tanto miedo que ni siquiera se atrevía a llamar a sus padres

para que la salvaran. Si eran lentos, se apoyaba la mano en el pecho para controlar que

el corazón no se detuviera. A veces se dormía contando, atenta al minutero. Una noche

había descubierto que la mancha de revoque en el techo, justo sobre su cama —el

arreglo de una gotera— tenía forma de rostro con cuernos, la cara del diablo. Eso sí se lo

había dicho a Mariela; pero su hermana, riéndose, dijo que las manchas eran como las

nubes, que se podían ver distintas formas si uno las miraba demasiado. Y que ella no

veía ningún diablo, le parecía un pájaro sobre dos patas. Otra noche había escuchado el

relincho de un caballo o un burro… pero las manos le empezaron a transpirar cuando

pensó que debía ser el Alma Mula, el espíritu de una muerta que transformado en mula

no podía descansar y salía a trotar de noche. Eso se lo había contado a su padre; él le

besó la cabeza, dijo que eran pavadas y a la tarde lo había escuchado gritarle a su

madre: “¡Que tu vieja deje de contarle pelotudeces a la nena! ¡No quiero que le llene la

cabeza, ignorante supersticiosa de mierda!”. La abuela negaba haberle contado nada, y

no mentía. Josefina no tenía idea de dónde había sacado esas cosas, pero sentía que las

sabía, como sabía que no podía acercar la mano a una hornalla encendida sin quemarse,

o que en otoño tenía que ponerse un saquito sobre la remera porque de noche

refrescaba.

 

Años después, sentada frente a uno de sus tantos psicólogos, había tratado de explicarse

y racionalizar cada miedo: lo que Mariela había dicho del revoque podía ser cierto, a lo

mejor le había escuchado contar esas historias a la abuela porque eran parte de la

mitología correntina, a lo mejor un vecino del barrio tenía un gallinero, a lo mejor la

mula era de los botelleros que vivían a la vuelta. Pero no se lo creía. Su madre solía ir a

las sesiones y explicaba que ella y su madre eran “ansiosas” y “fóbicas”, que por cierto

podían haberle contagiado esos miedos a Josefina; pero se estaban recuperando, y

Mariela había dejado de sufrir terrores nocturnos, así que “lo de Jose” sería cuestión de

tiempo.

 

Pero el tiempo fueron años, y Josefina odiaba a su padre porque un día se había ido

dejándola sola con esas mujeres que ahora, después de años de encierro, planeaban

vacaciones y salidas de fin de semana mientras ella se mareaba cuando llegaba a la

puerta; odiaba haber tenido que dejar la escuela y que su madre la acompañara a rendir

los exámenes cada fin de año; odiaba que los únicos chicos que visitaban su casa fueran

amigos de Mariela; odiaba que hablaran de “lo de Jose” en voz baja, y sobre todo

odiaba pasarse días en su habitación leyendo cuentos que de noche se transformaban en

pesadillas. Había leído la historia de Anahí y la flor del seibo, y en sueños se le había

aparecido una mujer envuelta en llamas; había leído sobre el urataú, y ahora antes de

dormirse escuchaba al pájaro, que en realidad era una chica muerta, llorando cerca de

su ventana. No podía ir a La Boca porque le parecía que debajo de la superficie del

riachuelo negro había cuerpos sumergidos que seguro intentarían salir cuando ella

estuviera cerca de la orilla. Nunca dormía con una pierna destapada porque esperaba la

mano fría que la rozara. Cuando su madre tenía que salir, la dejaba con la abuela Rita; y

si se retrasaba más de media hora, Josefina vomitaba porque la tardanza sólo podía

significar que se había muerto en un accidente. Pasaba corriendo frente al retrato del

abuelo muerto al que jamás había conocido porque podía sentir cómo la seguían sus

ojos negros, y nunca se acercaba al cuarto donde estaba el viejo piano de su madre

porque sabía que cuando nadie lo tocaba, se ocupaba de hacerlo el diablo.

 

***

Desde el sillón, con el pelo tan grasoso que parecía siempre húmedo, veía pasar el

mundo que se estaba perdiendo. Ni siquiera había ido al cumpleaños de quince de su

hermana, y sabía que Mariela se lo agradecía. Iba de un psiquiatra a otro desde hacía

tiempo, y ciertas pastillas le habían permitido empezar la secundaria, pero sólo hasta

tercer año, cuando había descubierto que en los pasillos del colegio se escuchaban otras

voces bajo el murmullo de los chicos que planeaban fiestas y borracheras; cuando desde

adentro del baño, mientras hacía pis, había visto pies descalzos caminando por los

azulejos y una compañera le dijo que debía ser la monja suicida que años atrás se había

colgado del mástil. Fue inútil que su madre y la directora y la psicopedagoga le dijeran

que ninguna monja se había matado jamás en el patio; Josefina ya tenía pesadillas sobre

el Sagrado Corazón de Jesús, sobre el pecho abierto de Cristo que en sueños sangraba y

le empapaba la cara, sobre Lázaro, pálido y podrido levantándose de una tumba entre

las rocas, sobre ángeles que querían violarla.

 

Así que se había quedado en casa, y de vuelta a rendir materias cada fin de año con

certificado médico. Y mientras tanto Mariela volvía de madrugada en autos que

frenaban en la puerta, y se escuchaban los gritos de los chicos al final de una noche de

aventuras que Josefina ni siquiera podía imaginar. Envidiaba a Mariela incluso cuando

su madre le gritaba porque la cuenta del teléfono era impagable; si sólo ella hubiera

tenido alguien con quién hablar. Porque no le servía el grupo de terapia, todos esos

chicos con problemas reales, con padres ausentes o infancias llenas de violencia que

hablaban de drogas y sexo y anorexia y desamor. Y sin embargo seguía yendo, siempre

en taxi, de ida y de vuelta —y el taxista tenía que ser siempre el mismo, y esperarla en la

puerta, porque se mareaba y los latidos de su corazón no la dejaban respirar si se

quedaba sola en la calle. No había subido a un colectivo desde aquel viaje a Corrientes y

la única vez que había estado en el subterráneo gritó hasta quedarse afónica, y su madre

tuvo que bajarse en la estación siguiente; ésa vez la había zamarreado y arrastrado por

las escaleras, pero a Josefina no le importó porque tenía que salir de cualquier manera

de ese encierro, ese ruido, esa oscuridad serpenteante.

 

***

Las pastillas nuevas, celestes, casi experimentales, relucientes como recién salidas del

laboratorio, eran fáciles de tragar y en apenas un rato lograban que la vereda no

pareciera un campo minado; hasta la hacían dormir sin sueños que pudiera recordar, y

cuando apagó el velador una noche, no sintió que las sábanas se enfriaban como una

tumba. Seguía teniendo miedo, pero podía ir al kiosko sola sin la seguridad de morir en

el trayecto. Mariela parecía más entusiasmada que ella. Le propuso salir juntas a tomar

un café, y Josefina se atrevió —en taxi ida y vuelta, eso sí—; esa tarde había podido

hablar como nunca con su hermana, y se sorprendió planeando ir al cine (Mariela

prometió salir en mitad de la película si hacía falta) y hasta confesando que a lo mejor

tenía ganas de ir a la facultad, si en las aulas no había demasiada gente y las ventanas o

puertas le quedaban cerca. Mariela la abrazó sin vergüenza, y al hacerlo tiró una de las

tazas de café al piso, que se partió justo a la mitad. El mozo juntó los restos sonriente, y

cómo no, si Mariela era hermosa con sus mechones de pelo rubio sobre la cara, los labios

gruesos siempre húmedos y los ojos apenas delineados de negro para que el verde del

iris hipnotizara a los que la miraban.

 

Salieron varias veces más a tomar café —lo del cine nunca pudo concretarse— y una de

esas tardes, Mariela le trajo los programas de varias carreras que podían gustarle a

Josefina —Antropología, Sociología, Letras—. Pero parecía inquieta, y ya no con el

nerviosismo de las primeras salidas, cuando debía estar preparada para llamar de

urgencia a un taxi —o a una ambulancia, en el peor de los casos— para llevar a Josefina

de vuelta a casa o a la guardia de un hospital. Acomodó los mechones de largo pelo rubio

detrás de las orejas y encendió un cigarrillo.

—Jose— le dijo. —Hay una cosa.

—¿Qué?

—¿Te acordás cuando viajamos a Corrientes? Vos tendrías seis años, yo ocho…

—Sí.

—Buen, ¿te acordás que fuimos a una bruja? Mamá y la abuela fueron porque ellas eran

como vos, así, que tenían miedo todo el tiempo, y se fueron a curar.

 

Josefina ahora la escuchaba atentamente. El corazón le latía muy rápido, pero respiró

hondo, se secó las manos en los pantalones y trató de concentrarse en lo que decía su

hermana, como le había recomendado su psiquiatra (”Cuando viene el miedo”, le había

dicho, “prestale atención a otra cosa. Cualquier cosa. Fijate qué está leyendo la persona

que tenés al lado. Leé los carteles de las publicidades, o contá cuántos autos rojos pasan

por la calle”.)

—Y yo me acuerdo que la bruja dijo que podían volver si les pasaba otra vez. A lo mejor

podrías ir. Ahora que estás mejor. Yo sé que es una locura, parezco la abuela con sus

boludeces de la provincia, pero a ellas se les pasó ¿o no?

—Mariel, yo no puedo viajar. Vos sabés que no puedo.

—¿Y si yo te acompaño? Me la banco, en serio. Lo planeamos bien.

—No me animo. No puedo.

—Buen. Si te animás, pensalo, qué se yo. Yo te ayudo en serio.

 

***

La mañana que intentó salir de la casa para ir a anotarse en la facultad, Josefina

descubrió que el trayecto de la puerta al taxi le resultaba infranqueable. Antes de poner

un pie en la vereda le temblaban las rodillas, y ya lloraba. Hacía varios días que notaba

un estancamiento y hasta un retroceso en el efecto de las pastillas; había vuelto esa

imposibilidad de llenar los pulmones, o mejor, a esa atención obsesiva que le prestaba a

cada inspiración, como si tuviera que controlar la entrada de aire para que el mecanismo

funcionara, como si se estuviera dándose respiración boca a boca para mantenerse viva.

Otra vez se paralizaba ante el menor cambio de lugar de los objetos de su habitación,

otra vez tenía que encender ya no sólo la luz del velador, sino el televisor y la lámpara

de techo para dormir, porque no soportaba ni una sola sombra. Esperaba cada síntoma,

los reconocía; pero por primera sentía algo por debajo de la resignación y la

desesperación. Estaba enojada. También estaba agotada, pero no quería volver a la cama

a tratar de controlar los temblores y la taquicardia, ni arrastrarse hasta el sillón en

pijama para pensar en el resto de su vida, en un futuro de hospital psiquiátrico o

enfermeras privadas —porque no podía recurrir al suicidio, ¡si tenía tanto miedo de

morirse!

 

En cambio, empezó a pensar en Corrientes y La Señora. Y en cómo era la vida en su

casa antes del viaje. Recordó a su abuela llorando en cuclillas al lado de la cama,

rezando para que parara la tormenta, porque le tenía miedo a los rayos, a los truenos, a

los relámpagos, incluso a la lluvia. Recordó que su madre miraba por la ventana con

ojos desorbitados cada vez que se inundaba la calle, y cómo gritaba que se iban a ahogar

todos si no bajaba el agua. Recordó que Mariela nunca quería ir a jugar con los hijos de

los vecinos, ni siquiera cuando la venían a buscar, y se abrazaba a sus muñecos como si

temiera que se los robaran. Se acordó de que su padre llevaba a su madre una vez por

semana al psiquiatra, y que ella siempre volvía semidormida, directo a la cama. Y hasta

se acordó de doña Carmen, que se encargaba de hacerle los mandados y cobrarle la

jubilación a su abuela, que no quería —no podía, ahora Josefina lo sabía— salir de la

casa.

Doña María llevaba diez años muerta, dos más que su abuela, y después del viaje a

Corrientes sólo visitaba para tomar el té, porque todos los encierros y terrores se habían

terminado. Para ellas. Porque para Josefina, recién empezaban.

 

¿Qué había pasado en Corrientes? ¿La Señora se había olvidado de “curarla” a ella?

Pero, si no tenía que curarla de nada, si Josefina no tenía miedo. Pero entonces, si poco

después había empezado a padecer lo mismo que las otras, ¿por qué no la habían

llevado con La Señora? ¿Porque no la querían? ¿Y si Mariela se equivocaba? Josefina

empezó a comprender que el enojo era el límite, que si no se aferraba al enojo y lo

dejaba llevarla hasta un micro de larga distancia, hasta La Señora, nunca podría salir de

ese encierro, y que valía la pena morir intentándolo.

Esperó a Mariela despierta una madrugada, y le hizo un café para despejarla.

—Mariel, vamos. Me animo.

—¿Adónde?

Josefino tuvo miedo de que su hermana retrocediera, retirara el ofrecimiento, pero se

dio cuenta que no le entendía sólo porque estaba bastante borracha.

—A Corrientes, a ver a la bruja.

Mariela la miró completamente lúcida de golpe.

—¿Estás segura?

—Ya lo pensé, tomo muchas pastillas y duermo todo el camino. Si me pongo mal… me

das más. No hacen nada. Como mucho, dormiré un montón.

 

***

Josefina subió casi dormida al micro; lo esperó al lado de su hermana en un banco,

roncando con la cabeza apoyada sobre el bolso. Mariela se había asustado cuando la vio

tomar cinco pastillas con un trago de Seven—Up, pero no le dijo nada. Y funcionó,

porque Josefina despertó recién en la terminal de Corrientes, con la boca llena de sabor

ácido y dolor de cabeza. Su hermana la abrazó durante todo el viaje en taxi hasta la casa

de los tíos, y Josefina intentó no partirse los dientes de tanto rechinarlos. Se fue directo

a la pieza de la tía Clarita, que las esperaba, y no aceptó comida ni bebida ni visitas de

parientes; apenas podía abrir la boca para tragar las pastillas, le dolían las mandíbulas y

no podía olvidar la ráfaga de odio y pánico en los ojos de su madre cuando le dijo que

se iba a buscar a la bruja, ni cómo le había dicho: “Sabés bien que es al pedo” con tono

triunfal. Mariela le había gritado “yegua hija de puta”, y no quiso escuchar ninguna

explicación; encerrada en la habitación con Josefina, se quedó toda la noche despierta

sin hablar, fumando, eligiendo remeras y pantalones frescos para el calor de Corrientes.

Cuando salieron para la terminal Josefina ya estaba drogada, pero bastante consciente

como para notar que su madre no había salido de su pieza para despedirlas.

 

La tía Clarita les dijo que La Señora seguía viviendo en el mismo lugar, pero estaba

muy vieja y ya no atendía a la gente. Mariela insistió: sólo para verla habían venido a

Corrientes, y no se iban a ir hasta que las recibiera. En los ojos de Clarita asomaba el

mismo miedo que en el de su madre, se dio cuenta Josefina. Y también supo que no las

iba a acompañar, así que apretó el brazo de Mariela para interrumpir sus gritos (”¡Pero

qué mierda te pasa, por qué vos tampoco la querés ayudar, no ves cómo está!”) y le

susurró: “Vamos solas”. En las tres cuadras hasta la casa de La Señora, que le

parecieron kilómetros, Josefina pensó en ese “¡no ves como está!” y se enojó con su

hermana. Ella también podría ser linda si no se le cayera el pelo, si no tuviera esas

aureolas sobre la frente que dejaban ver el cuero cabelludo; podría tener esas piernas

largas y fuertes si fuera capaz de caminar al menos una vuelta manzana; sabría cómo

maquillarse si tuviera para qué y para quién; sus manos serían bellas si no se comiera

las uñas hasta la cutícula; su piel sería dorada como la de Mariela si el sol la tocara más

seguido. Y no tendría los ojos siempre enrojecidos y las ojeras si pudiera dormir o

distraerse con algo más que la televisión o internet.

 

Mariela tuvo que aplaudir en el patio de La Señora para que abriera la puerta, porque la

casa no tenía timbre. Josefina miró el jardín, ahora muy descuidado, las rosas muertas

de calor, las azucenas exangües, las plantas de ruda por todas partes, crecidas hasta

alturas insólitas. La Señora apareció en el umbral cuando Josefina localizó el aljibe,

semiescondido entre pastos, la pintura blanca tan descascarada que era posible ver los

ladrillos rojos debajo.

 

La Señora las reconoció enseguida, y las hizo pasar. Como si las esperara. El altar

seguía en pie, pero tenía el triple de ofrendas, y un San La Muerte enorme, del tamaño

de un crucifijo de capilla; dentro de los ojos huecos brillaban lucecitas intermitentes,

seguramente de una guirnalda eléctrica navideña. Quiso sentar a Josefina en el mismo

sillón donde se había dormido casi veinte años atrás, pero tuvo que correr a buscar un

balde, porque habían empezado las arcadas; Josefina vomitó fluidos intestinales y sintió

que el corazón le obturaba la garganta, pero La Señora le puso una mano en la frente.

—Respirá hondo, criatura, respirale.

Josefina le hizo caso, y por primera vez en muchos años volvió a sentir el alivio de los

pulmones llenos de aire, libres, ya no atrapados detrás de las costillas. Tuvo ganas de

llorar, de agradecerle; tuvo la seguridad de que La Señora la estaba curando. Pero

cuando levantó la cabeza para mirarla a los ojos, tratando de sonreír con los dientes

apretados, vio pena y arrepentimiento en La Señora.

—Nena, no hay nada que hacerle. Cuando te trajeron acá, ya estaba listo. Le tuve que

tirar al aljibe. Yo sabía que los santitos no me lo iban a perdonar, que Añá te iba a traer de

vuelta.

 

Josefina negó con la cabeza. Se sentía bien. ¿Qué quería decirle? ¿Estaría de verdad

vieja y ya loca, como había dicho la tía Clarita? Pero La Señora se levantó suspirando,

se acercó al altar y trajo de vuelta una foto vieja. La reconoció: su madre y su abuela,

sentadas en un sillón, y entre ellas Mariela a la derecha y un hueco a la izquierda, donde

debía estar Josefina.

—Me dieron una pena, una pena. Las tres con malos pensamientos, con carne de gallina,

con un daño de muchos años. Yo me sobresaltaba de mirarlas nomás, eructaba, no les

podía sacar de adentro los males.

—¿Qué males?

—Males viejos, nena, males que no se pueden decir —La Señora se santiguó. —Ni el

Cristo de las Dos Luces podía con eso, no. Era viejo. Muy atacadas estaban. Pero vos nena no estabas. No estabas atacada. No sé por qué.

—¿Atacada de qué?

—¡Males! No se pueden decir —La Señora se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio,

y cerró los ojos. —Yo no podía sacarles lo podrido y meterlo adentro mío porque no

tengo esa fuerza, y no la tiene nadie. No podía fluidar, no podía limpiar. Podía nomás

pasarlos, y los pasé. Te los pasé a vos, nena, cuando dormías acá. El Santito decía que

no te iba a atacar tanto, porque estabas pura vos. Pero el Santito me mintió, o yo no le

entendí. Ellas te los querían pasar, que te iban a cuidar decían. Pero no te cuidaron. Y yo

le tuve que tirar. A la foto, la tiré al aljibe. Pero no se puede sacar. No te los puedo sacar

nunca porque los males están en la foto tuya en el agua, y ya se habrá pudrido la foto.

Ahí quedaron en la foto tuya, pegados a vos.

 

La Señora se tapó la cara con las manos. Josefina creyó ver que Mariela lloraba, pero no

le prestó atención porque trataba de entender.

—Se quisieron salvar ellas, nena. Ésta también —Y señaló a Mariela —Era chica pero era

bicha, ya.

 

Josefina se levantó con el resto de aire que le quedaba en los pulmones, con la nueva

fuerza que le endurecía las piernas. No iba a durar mucho, estaba segura, pero por favor

que fuera suficiente, suficiente para correr hasta el aljibe y arrojarse al agua de lluvia y

ojalá que no tuviera fondo, ahogarse ahí con la foto y la traición. La Señora y Mariela

no la siguieron, y Josefina corrió todo lo que pudo pero cuando alcanzó los bordes del

aljibe las manos húmedas resbalaron, las rodillas se agarrotaron y no pudo, no pudo

trepar, y apenas alcanzó a ver el reflejo de su cara en el agua antes de caer sentada entre

los pastos crecidos, llorando, ahogada, porque tenía mucho mucho miedo de saltar.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Henríquez (Anagrama, 2017). [Aviso legal]

19. La autopista del sur, de Julio Cortázar [Bernat Castany Prado]

Hasta que el cuento aguante

En “La autopista del sur” Julio Cortázar imagina qué sucedería si un atasco se alargase durante meses. En el lugar de la máxima velocidad, el tempo (más que el tiempo) se detiene. Las mariposas se posan sobre los parabrisas, los niños juegan en los arcenes, los mayores cazan conejos en los parterres, surge el amor entre los pasajeros de los coches vecinos… Poco a poco, las relaciones se reformulan, y en esa anomia benévola se vislumbra la posibilidad de una vida mejor. Pero un día la cadena de coches se pone de nuevo en movimiento… Recomiendo la lectura de “La autopista hacia el sur”, no sólo porque encuentro una cierta afinidad entre las circunstancias que narra y nuestra situación, sino sobre todo porque Cortázar tiene el don de arrojar una mirada lúdica, alegre y esperanzada sobre cualquier tipo de realidad, y eso es lo que más necesitamos en estos momentos.

 

Recomendación de Bernat Castany Prado, profesor de literatura hispanoamericana en la Universidad de Barcelona y escritor. Ha coeditado la Antología crítica de poesía modernista hispanoamericana (Alianza, 2008) y es autor, entre otros, del libro de poemas narrativos Más fácil todavía (Maclein y Parker, 2019), ilustrado por Pere Ginard. También colabora en medios como El Salto Diario o PliegoSuelto.

 

“La autopista del sur”, de Julio Cortázar

Gli automobilisti accaldati sembrano nom avere storia…
Come realtà, un ingorgo automobilistico impressiona ma non ci dice gran che.
Arrigo Benedetti “L’Espresso”,
Roma, 21/6/1964

 

Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas o burlonas con los hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente su autito de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que ganas.

A la cuarta vez de encontrarse con todo eso, de hacer todo eso, el ingeniero había decidido no salir más de su coche, a la espera de que la policía disolviese de alguna manera el embotellamiento. El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para que la inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo era olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos del Simca, brillo del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados, y para colmo sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas pensadas para correr. El 404 del ingeniero ocupa el segundo lugar de la pista de la derecha contando desde la franja divisoria de las dos pistas, con lo cual tenía otros cuatro autos a su derecha y siete a su izquierda, aunque de hecho sólo pudiera ver distintamente los ocho coches que lo rodeaban y sus ocupantes que ya había detallado hasta cansarse. Había charlado con todos, salvo con los muchachos del Simca que caían antipáticos; entre trecho y trecho se había discutido la situación en sus menores detalles, y la impresión general era que hasta Corbeil-Essones se avanzaría al paso o poco menos, pero que entre Corbeil y Juvisy el ritmo iría acelerándose una vez que los helicópteros y los motociclistas lograran quebrar lo peor del embotellamiento. A nadie le cabía duda de que algún accidente muy grave debía haberse producido en la zona, única explicación de una lentitud tan increíble. Y con eso el gobierno, el calor, los impuestos, la vialidad, un tópico tras otro, tres metros, otro lugar común, cinco metros, una frase sentenciosa o una maldición contenida.

A las dos monjitas del 2HP les hubiera convenido tanto llegar a Milly-la-Fôret antes de las ocho, pues llevaban una cesta de hortalizas para la cocinera. Al matrimonio del Peugeot 203 le importaba sobre todo no perder los juegos televisados de las nueve y media; la muchacha del Dauphine le había dicho al ingeniero que le daba lo mismo llegar más tarde a París pero que se quejaba por principio, porque le parecía un atropello someter a millares de personas a un régimen de caravana de camellos. En esas últimas horas (debían ser casi las cinco pero el calor los hostigaba insoportablemente) habían avanzado unos cincuenta metros a juicio del ingeniero, aunque uno de los hombres del Taunus que se había acercado a charlar llevando de la mano al niño con su autito, mostró irónicamente la copa de un plátano solitario y la muchacha del Dauphine recordó que ese plátano (si no era un castaño) había estado en la misma línea que su auto durante tanto tiempo que ya ni valía la pena mirar el reloj pulsera para perderse en cálculos inútiles.

No atardecía nunca, la vibración del sol sobre la pista y las carrocerías dilataba el vértigo hasta la náusea. Los anteojos negros, los pañuelos con agua de colonia en la cabeza, los recursos improvisados para protegerse, para evitar un reflejo chirriante o las bocanadas de los caños de escape a cada avance, se organizaban y perfeccionaban, eran objeto de comunicación y comentario. El ingeniero bajó otra vez para estirar las piernas, cambió unas palabras con la pareja de aire campesino del Ariane que precedía al 2HP de las monjas. Detrás del 2HP había un Volkswagen con un soldado y una muchacha que parecían recién casados. La tercera fila hacia el exterior dejaba de interesarle porque hubiera tenido que alejarse peligrosamente del 404; veía colores, formas, Mercedes Benz, ID, 4R, Lancia, Skoda, Morris Minor, el catálogo completo. A la izquierda, sobre la pista opuesta, se tendía otra maleza inalcanzable de Renault, Anglia, Peugeot, Porsche, Volvo; era tan monótono que al final, después de charlar con los dos hombres del Taunus y de intentar sin éxito un cambio de impresiones con el solitario conductor del Caravelle, no quedaba nada mejor que volver al 404 y reanudar la misma conversación sobre la hora, las distancias y el cine con la muchacha del Dauphine.

A veces llegaba un extranjero, alguien que se deslizaba entre los autos viniendo desde el otro lado de la pista o desde la filas exteriores de la derecha, y que traía alguna noticia probablemente falsa repetida de auto en auto a lo largo de calientes kilómetros. El extranjero saboreaba el éxito de sus novedades, los golpes de las portezuelas cuando los pasajeros se precipitaban para comentar lo sucedido, pero al cabo de un rato se oía alguna bocina o el arranque de un motor, y el extranjero salía corriendo, se lo veía zigzaguear entre los autos para reintegrase al suyo y no quedar expuesto a la justa cólera de los demás. A lo largo de la tarde se había sabido así del choque de un Floride contra un 2HP cerca de Corbeil, tres muertos y un niño herido, el doble choque de un Fiat 1500 contra un furgón Renault que había aplastado un Austin lleno de turistas ingleses, el vuelco de un autocar de Orly colmado de pasajeros procedentes del avión de Copenhague. El ingeniero estaba seguro de que todo o casi todo era falso, aunque algo grave debía haber ocurrido cerca de Corbeil e incluso en las proximidades de París para que la circulación se hubiera paralizado hasta ese punto. Los campesinos del Ariane, que tenían una granja del lado de Montereau y conocían bien la región, contaban con otro domingo en que el tránsito había estado detenido durante cinco horas, pero ese tiempo empezaba a parecer casi nimio ahora que el sol, acostándose hacia la izquierda de la ruta, volcaba en cada auto una última avalancha de jalea anaranjada que hacía hervir los metales y ofuscaba la vista, sin que jamás una copa de árbol desapareciera del todo a la espalda, sin que otra sombra apenas entrevista a la distancia se acercara como para poder sentir de verdad que la columna se estaba moviendo aunque fuera apenas, aunque hubiera que detenerse y arrancar y bruscamente clavar el freno y no salir nunca de la primera velocidad, del desencanto insultante de pasar una vez más de la primera al punto muerto, freno de pie, freno de mano, stop, y así otra vez y otra vez y otra.

En algún momento, harto de inacción, el ingeniero se había decidido a aprovechar un alto especialmente interminable para recorrer las filas de la izquierda, y dejando a su espalda el Dauphine había encontrado un DKW, otro 2HP, un Fiat 600, y se había detenido junto a un De Soto para cambiar impresiones con el azorado turista de Washington que no entendía casi el francés pero que tenía que estar a las ocho en la Place de l’Opéra sin falta you understand, my wife will be awfully anxious, damn it, y se hablaba un poco de todo cuando un hombre con aire de viajante de comercio salió del DKW para contarles que alguien había llegado un rato antes con la noticia de que un Piper Club se había estrellado en plena autopista, varios muertos. Al americano el Piper Club lo tenía profundamente sin cuidado, y también al ingeniero que oyó un coro de bocinas y se apresuró a regresar al 404, transmitiendo de paso las novedades a los dos hombres del Taunus y al matrimonio del 203. Reservó una explicación más detallada para la muchacha del Dauphine mientras los coches avanzaban lentamente unos pocos metros (ahora el Dauphine estaba ligeramente retrasado con relación al 404, y más tarde sería al revés, pero de hecho las doce filas se movían prácticamente en bloque, como si un gendarme invisible en el fondo de la autopista ordenara el avance simultáneo sin que nadie pudiese obtener ventajas). Piper Club, señorita, es un pequeño avión de paseo. Ah. Y la mala idea de estrellarse en plena autopista un domingo de tarde. Esas cosas. Si por lo menos hiciera menos calor en los condenados autos, si esos árboles de la derecha quedaran por fin a la espalda, si la última cifra del cuentakilómetros acabara de caer en su agujerito negro en vez de seguir suspendida por la cola, interminablemente.

En algún momento (suavemente empezaba a anochecer, el horizonte de techos de automóviles se teñía de lila) una gran mariposa blanca se posó en el parabrisas del Dauphine, y la muchacha y el ingeniero admiraron sus alas en la breve y perfecta suspensión de su reposo; la vieron alejarse con una exasperada nostalgia, sobrevolar el Taunus, el ID violeta de los ancianos, ir hacia el Fiat 600 ya invisible desde el 404, regresar hacia el Simca donde una mano cazadora trató inútilmente de atraparla, aletear amablemente sobre el Ariane de los campesinos que parecían estar comiendo alguna cosa, y perderse después hacia la derecha. Al anochecer la columna hizo un primer avance importante, de casi cuarenta metros; cuando el ingeniero miró distraídamente el cuentakilómetros, la mitad del 6 había desaparecido y un asomo del 7 empezaba a descolgarse de lo alto. Casi todo el mundo escuchaba sus radios, los del Simca la habían puesto a todo trapo y coreaban un twist con sacudidas que hacían vibrar la carrocería; las monjas pasaban las cuentas de sus rosarios, el niño del Taunus se había dormido con la cara pegada a un cristal, sin soltar el auto de juguete. En algún momento (ya era noche cerrada) llegaron extranjeros con más noticias, tan contradictorias como las otras ya olvidadas, No había sido un Piper Club sino un planeador piloteado por la hija de un general. Era exacto que un furgón Renault había aplastado un Austin, pero no en Juvisy sino casi en las puertas de París; uno de los extranjeros explicó al matrimonio del 203 que el macadam de la autopista había cedido a la altura de Igny y que cinco autos habían volcado al meter las ruedas delanteras en la grieta. La idea de una catástrofe natural se propagó hasta el ingeniero, que se encogió de hombros sin hacer comentarios. Más tarde, pensando en esas primeras horas de oscuridad en que habían respirado un poco más libremente, recordó que en algún momento había sacado el brazo por la ventanilla para tamborilear en la carrocería del Dauphine y despertar a la muchacha que se había dormido reclinada sobre el volante, sin preocuparse de un nuevo avance. Quizá ya era medianoche cuando una de las monjas le ofreció tímidamente un sándwich de jamón, suponiendo que tendría hambre. El ingeniero lo aceptó por cortesía (en realidad sentía náuseas) y pidió permiso para dividirlo con la muchacha del Dauphine, que aceptó y comió golosamente el sándwich y la tableta de chocolate que le había pasado el viajante del DKW, su vecino de la izquierda. Mucha gente había salido de los autos recalentados, porque otra vez llevaban horas sin avanzar; se empezaba a sentir sed, ya agotadas las botellas de limonada, la coca-cola y hasta los vinos de a bordo. La primera en quejarse fue la niña del 203, y el soldado y el ingeniero abandonaron los autos junto con el padre de la niña para buscar agua. Delante del Simca, donde la radio parecía suficiente alimento, el ingeniero encontró un Beaulieu ocupado por una mujer madura de ojos inquietos. No, no tenía agua pero podía darle unos caramelos para la niña. El matrimonio del ID se consultó un momento antes de que la anciana metiera las manos en un bolso y sacara una pequeña lata de jugo de frutas. El ingeniero agradeció y quiso saber si tenían hambre y si podía serles útil; el viejo movió negativamente la cabeza, pero la mujer pareció asentir sin palabras. Más tarde la muchacha del Dauphine y el ingeniero exploraron juntos las filas de la izquierda, sin alejarse demasiado; volvieron con algunos bizcochos y los llevaron a la anciana del ID, con el tiempo justo para regresar corriendo a sus autos bajo una lluvia de bocinas.

Aparte de esas mínimas salidas, era tan poco lo que podía hacerse que las horas acababan por superponerse, por ser siempre la misma en el recuerdo; en algún momento el ingeniero pensó en tachar ese día en su agenda y contuvo una risotada, pero más adelante, cuando empezaron los cálculos contradictorios de las monjas, los hombres del Taunus y la muchacha del Dauphine, se vio que hubiera convenido llevar mejor la cuenta. Las diarios locales habían suspendido las emisiones, y sólo el viajante del DKW tenía un aparato de ondas cortas que se empeñaba en transmitir noticias bursátiles.. Hacia las tres de la madrugada pareció llegarse a un acuerdo tácito para descansar, y hasta el amanecer la columna no se movió. Los muchachos del Simca sacaron unas camas neumáticas y se tendieron al lado del auto; el ingeniero bajó el respaldo de los asientos delanteros del 404 y ofreció las cuchetas a las monjas, que rehusaron; antes de acostarse un rato, el ingeniero pensó en la muchacha del Dauphine, muy quieta contra el volante, y como sin darle importancia le propuso que cambiaran de autos hasta el amanecer; ella se negó, alegando que podía dormir muy bien de cualquier manera. Durante un rato se oyó llorar al niño del Taunus, acostado en el asiento trasero donde debía tener demasiado calor. Las monjas rezaban todavía cuando el ingeniero se dejó caer en la cucheta y se fue quedando dormido, pero su sueño seguía demasiado cerca de la vigilia y acabó por despertarse sudoroso e inquieto, sin comprender en un primer momento dónde estaba; enderezándose, empezó a percibir los confusos movimientos del exterior, un deslizarse de sombras entre los autos, y vio un bulto que se alejaba hacia el borde de la autopista; adivinó las razones, y más tarde también él salió del auto sin hacer ruido y fue a aliviarse al borde de la ruta; no había setos ni árboles, solamente el campo negro y sin estrellas, algo que parecía un muro abstracto limitando la cinta blanca del macadam con su río inmóvil de vehículos, Casi tropezó con el campesino del Ariane, que balbuceó una frase ininteligible; al olor de la gasolina, persistente en la autopista recalentada, se sumaba ahora la presencia más ácida del hombre, y el ingeniero volvió lo antes posible a su auto. La chica del Dauphine dormía apoyada sobre el volante, un mechón de pelo contra los ojos; antes de subir al 404, el ingeniero se divirtió explorando en la sombra su perfil, adivinando la curva de los labios que soplaban suavemente. Del otro lado, el hombre del DKW miraba también dormir a la muchacha, fumando en silencio.

Por la mañana se avanzó muy poco pero lo bastante como para darles la esperanza de que esa tarde se abriría la ruta hacia París. A las nueve llegó un extranjero con buenas noticias: habían rellenado las grietas y pronto se podría circular normalmente. Los muchachos del Simca encendieron la radio y uno de ellos trepó al techo del auto y gritó y cantó. El ingeniero se dijo que la noticia era tan dudosa como las de la víspera, y que el extranjero había aprovechado la alegría del grupo para pedir y obtener una naranja que le dio el matrimonio del Ariane. Más tarde llegó otro extranjero con la misma treta, pero nadie quiso darle nada. El calor empezaba a subir y la gente prefería quedarse en los autos a la espera de que se concretaran las buenas noticias. A mediodía la niña del 203 empezó a llorar otra vez, y la muchacha del Dauphine fue a jugar con ella y se hizo amiga del matrimonio. Los del 203 no tenían suerte; a su derecha estaba el hombre silencioso del Caravelle, ajeno a todo lo que ocurría en torno, y a su izquierda tenían que aguantar la verbosa indignación del conductor de un Floride, para quien el embotellamiento era una afrenta exclusivamente personal. Cuando la niña volvió a quejarse de sed, al ingeniero se le ocurrió ir a hablar con los campesinos del Ariane, seguro de que en ese auto había cantidad de provisiones. Para su sorpresa los campesinos se mostraron muy amables; comprendían que en una situación semejante era necesario ayudarse, y pensaban que si alguien se encargaba de dirigir el grupo (la mujer hacía un gesto circular con la mano, abarcando la docena de autos que los rodeaba) no se pasarían apreturas hasta llegar a Paría. Al ingeniero lo molestaba la idea de erigirse en organizador, y prefirió llamar a los hombres del Taunus para conferenciar con ellos y con el matrimonio del Ariane. Un rato después consultaron sucesivamente a todos los del grupo. El joven soldado del Volkswagen estuvo inmediatamente de acuerdo, y el matrimonio del 203 ofreció las pocas provisiones que les quedaban (la muchacha del Dauphine había conseguido un vaso de granadina con agua para la niña, que reía y jugaba). Uno de los hombres del Taunus, que había ido a consultar a los muchachos del Simca, obtuvo un asentimiento burlón; el hombre pálido del Caravelle se encogió de hombros y dijo que le daba lo mismo, que hicieran lo que les pareciese mejor. Los ancianos del ID y la señora del Beaulieu se mostraron visiblemente contentos, como si se sintieran más protegidos. Los pilotos del Floride y del DKW no hicieron observaciones, y el americano del De Soto los miró asombrado y dijo algo sobre la voluntad de Dios. Al ingeniero le resultó fácil proponer que uno de los ocupantes del Taunus, en que tenía una confianza instintiva, se encargará de coordinar las actividades. A nadie le faltaría de comer por el momento, pero era necesario conseguir agua; el jefe, al que los muchachos del Simca llamaban Taunus a secas para divertirse, pidió al ingeniero, al soldado y a uno de los muchachos que exploraran la zona circundante de la autopista y ofrecieran alimentos a cambio de bebidas. Taunus, que evidentemente sabía mandar, había calculado que deberían cubrirse las necesidades de un día y medio como máximo, poniéndose en la posición menos optimista. En el 2HP de las monjas y en el Ariane de los campesinos había provisiones suficientes para ese tiempo, y si los exploradores volvían con agua el problema quedaría resuelto. Pero solamente el soldado regresó con una cantimplora llena, cuyo dueño exigía en cambio comida para dos personas. El ingeniero no encontró a nadie que pudiera ofrecer agua, pero el viaje le sirvió para advertir que más allá de su grupo se estaban constituyendo otras células con problemas semejantes; en un momento dado el ocupante de un Alfa Romeo se negó a hablar con él del asunto, y le dijo que se dirigiera al representante de su grupo, cinco autos atrás en la misma fila. Más tarde vieron volver al muchacho del Simca que no había podido conseguir agua, pero Taunus calculó que ya tenían bastante para los dos niños, la anciana del ID y el resto de las mujeres. El ingeniero le estaba contando a la muchacha del Dauphine su circuito por la periferia (era la una de la tarde, y el sol los acorralaba en los autos) cuando ella lo interrumpió con un gesto y le señaló el Simca. En dos saltos el ingeniero llegó hasta el auto y sujetó por el codo a uno de los muchachos, que se repantigaba en su asiento para beber a grandes tragos de la cantimplora que había traído escondida en la chaqueta. A su gesto iracundo, el ingeniero respondió aumentando la presión en el brazo; el otro muchacho bajó del auto y se tiró sobre el ingeniero, que dio dos pasos atrás y lo esperó casi con lástima. El soldado ya venía corriendo, y los gritos de las monjas alertaron a Taunus y a su compañero; Taunus escuchó lo sucedido, se acercó al muchacho de la botella y le dio un par de bofetadas. El muchacho gritó y protestó, lloriqueando, mientras el otro rezongaba sin atreverse a intervenir. El ingeniero le quitó la botella y se la alcanzó a Taunus. Empezaban a sonar bocinas y cada cual regresó a su auto, por lo demás inútilmente puesto que la columna avanzó apenas cinco metros.

A la hora de la siesta, bajo un sol todavía más duro que la víspera, una de las monjas se quitó la toca y su compañera le mojó las sienes con agua de colonia. Las mujeres improvisaban de a poco sus actividades samaritanas, yendo de un auto a otro, ocupándose de los niños para que los hombres estuvieran más libres: nadie se quejaba pero el buen humor era forzado, se basaba siempre en los mismos juegos de palabras, en un escepticismo de buen tono. Para el ingeniero y la muchacha del Dauphine, sentirse sudorosos y sucios era la vejación más grande; lo enternecía casi la rotunda indiferencia del matrimonio de campesinos al olor que les brotaba de las axilas cada vez que venían a charlar con ellos o a repetir alguna noticia de último momento. Hacia el atardecer el ingeniero miró casualmente por el retrovisor y encontró como siempre la cara pálida y de rasgos tensos del hombre del Caravelle, que al igual que el gordo piloto del Floride se había mantenido ajeno a todas las actividades. Le pareció que sus facciones se habían afilado todavía más, y se preguntó si no estaría enfermo. Pero después, cuando al ir a charlar con el soldado y su mujer tuvo ocasión de mirarlo desde más cerca, se dijo que ese hombre no estaba enfermo; era otra cosa, una separación, por darle algún nombre. El soldado del Volkswagen le contó más tarde que a su mujer le daba miedo ese hombre silencioso que no se apartaba jamás del volante y que parecía dormir despierto. Nacían hipótesis, se creaba un folklore para luchar contra la inacción. Los niños del Taunus y el 203 se habían hecho amigos y se habían peleado y luego se habían reconciliado; sus padres se visitaban, y la muchacha del Dauphine iba cada tanto a ver cómo se sentían la anciana del ID y la señora del Beaulieu. Cuando al atardecer soplaron bruscamente una ráfagas tormentosas y el sol se perdió entre las nubes que se alzaban al oeste, la gente se alegró pensando que iba a refrescar. Cayeron algunas gotas, coincidiendo con un avance extraordinario de casi cien metros; a lo lejos brilló un relámpago y el calor subió todavía más. Había tanta electricidad en la atmósfera que Taunus, con un instinto que el ingeniero admiró sin comentarios, dejó al grupo en paz hasta la noche, como si temiera los efectos del cansancio y el calor. A las ocho las mujeres se encargaron de distribuir las provisiones; se había decidido que el Ariane de los campesinos sería el almacén general, y que el 2HP de las monjas serviría de depósito suplementario. Taunus había ido en persona a hablar con los jefes de los cuatro o cinco grupos vecinos; después, con ayuda del soldado y el hombre del 203, llevó una cantidad de alimentos a los grupos, regresando con más agua y un poco de vino. Se decidió que los muchachos del Simca cederían sus colchones neumáticos a la anciana del ID y a la señora del Beaulieu; la muchacha del Dauphine les llevó dos mantas escocesas y el ingeniero ofreció su coche, que llamaba burlonamente el wagon-lit, a quienes lo necesitaran. Para su sorpresa, la muchacha del Dauphine aceptó el ofrecimiento y esa noche compartió las cuchetas del 404 con una de las monjas; la otra fue a dormir al 203 junto a la niña y su madre, mientras el marido pasaba la noche sobre el macadam, envuelto en una frazada. El ingeniero no tenía sueño y jugó a los dados con Taunus y su amigo; en algún momento se les agregó el campesino del Ariane y hablaron de política bebiendo unos tragos del aguardiente que el campesino había entregado a Taunus esa mañana. La noche no fue mala; había refrescado y brillaban algunas estrellas entre las nubes.

Hacia el amanecer los ganó el sueño, esa necesidad de estar a cubierto que nacía con la grisalla del alba. Mientras Taunus dormía junto al niño en el asiento trasero, su amigo y el ingeniero descansaron un rato en la delantera. Entre dos imágenes de sueño, el ingeniero creyó oír gritos a la distancia y vio un resplandor indistinto; el jefe de otro grupo vino a decirles que treinta autos más adelante había habido un principio de incendio en un Estafette, provocado por alguien que había querido hervir clandestinamente unas legumbres. Taunus bromeó sobre lo sucedido mientras iba de auto en auto para ver cómo habían pasado todos la noche, pero a nadie se le escapó lo que quería decir. Esa mañana la columna empezó a moverse muy temprano y hubo que correr y agitarse para recuperar los colchones y las mantas, pero como en todas partes debía estar sucediendo lo mismo nadie se impacientaba ni hacía sonar las bocinas. A mediodía habían avanzado más de cincuenta metros, y empezaba a divisarse la sombra de un bosque a la derecha de la ruta. Se envidiaba la suerte de los que en ese momento podían ir hasta la banquina y aprovechar la frescura de la sombra; quizá había un arroyo, o un grifo de agua potable. La muchacha del Dauphine cerró los ojos y pensó en una ducha cayéndole por el cuello y la espalda, corriéndole por las piernas; el ingeniero, que la miraba de reojo, vio dos lágrimas que le resbalaban por las mejillas.

Taunus, que acababa de adelantarse hasta el ID, vino a buscar a las mujeres más jóvenes para que atendieran a la anciana que no se sentía bien. El jefe del tercer grupo a retaguardia contaba con un médico entre sus hombres, y el soldado corrió a buscarlo. Al ingeniero, que había seguido con irónica benevolencia los esfuerzos de los muchachitos del Simca para hacerse perdonar su travesura, entendió que era el momento de darles su oportunidad. Con los elementos de una tienda de campaña los muchachos cubrieron la ventanilla del 404, y el wagon-lit se transformó en ambulancia para que la anciana descansara en una oscuridad relativa. Su marido se tendió a su lado, teniéndole la mano, y los dejaron solos con el médico. Después las monjas se ocuparon de la anciana, que se sentía mejor, y el ingeniero pasó la tarde como pudo, visitando otros autos y descansando en el de Taunus cuando el sol castigaba demasiado; sólo tres veces le tocó correr hasta su auto, donde los viejitos parecían dormir, para hacerlo avanzar junto con la columna hasta el alto siguiente. Los ganó la noche sin que hubiesen llegado a la altura del bosque.

Hacia las dos de la madrugada bajó la temperatura, y los que tenían mantas se alegraron de poder envolverse en ellas. Como la columna no se movería hasta el alba (era algo que se sentía en el aire, que venía desde el horizonte de autos inmóviles en la noche) el ingeniero y Taunus se sentaron a fumar y a charlar con el campesino del Ariane y el soldado. Los cálculos de Taunus no correspondían ya a la realidad, y lo dijo francamente; por la mañana habría que hacer algo para conseguir más provisiones y bebidas. El soldado fue a buscar a los jefes de los grupos vecinos, que tampoco dormían, y se discutió el problema en voz baja para no despertar a las mujeres. Los jefes habían hablado con los responsables de los grupos más alejados, en un radio de ochenta o cien automóviles, y tenían la seguridad de que la situación era análoga en todas partes. El campesino conocía bien la región y propuso que dos o tres hombres de cada grupo saliera al alba para comprar provisiones en las granjas cercanas, mientras Taunus se ocupaba de designar pilotos para los autos que quedaran sin dueño durante la expedición. La idea era buena y no resultó difícil reunir dinero entre los asistentes; se decidió que el campesino, el soldado y el amigo de Taunus irían juntos y llevarían todas las bolsas, redes y cantimploras disponibles. Los jefes de los otros grupos volvieron a sus unidades para organizar expediciones similares, y al amanecer se explicó la situación a las mujeres y se hizo lo necesario para que la columna pudiera seguir avanzando. La muchacha del Dauphine le dijo al ingeniero que la anciana ya estaba mejor y que insistía en volver a su ID; a las ocho llegó el médico, que no vio inconvenientes en que el matrimonio regresara a su auto. De todos modos, Taunus decidió que el 404 quedaría habilitado permanentemente como ambulancia; los muchachos, para divertirse, fabricaron un banderín con una cruz roja y lo fijaron en la antena del auto. Hacía ya rato que la gente prefería salir lo menos posible de sus coches; la temperatura seguía bajando y a mediodía empezaron los chaparrones y se vieron relámpagos a la distancia. La mujer del campesino se apresuró a recoger agua con un embudo y una jarra de plástico, para especial regocijo de los muchachos del Simca. Mirando todo eso, inclinado sobre el volante donde había un libro abierto que no le interesaba demasiado, el ingeniero se preguntó por qué los expedicionarios tardaban tanto en regresar; más tarde Taunus lo llamó discretamente a su auto y cuando estuvieron dentro le dijo que habían fracasado. El amigo de Taunus dio detalles: las granjas estaban abandonadas o la gente se negaba a venderles nada, aduciendo las reglamentaciones sobre ventas a particulares y sospechando que podían ser inspectores que se valían de las circunstancias para ponerlos a prueba. A pesar de todo habían podido traer una pequeña cantidad de agua y algunas provisiones, quizá robadas por el soldado que sonreía sin entrar en detalles. Desde luego ya no se podía pasar mucho tiempo sin que cesara el embotellamiento, pero los alimentos de que se disponía no eran los más adecuados para los dos niños y la anciana. El médico, que vino hacia las cuatro y media para ver a la enferma, hizo un gesto de exasperación y cansancio y dijo a Taunus que en su grupo y en todos los grupos vecinos pasaba lo mismo. Por la radio se había hablado de una operación de emergencia para despejar la autopista, pero aparte de un helicóptero que apareció brevemente al anochecer no se vieron otros aprestos. De todas maneras hacía cada vez menos calor, y la gente parecía esperar la llegada de la noche para taparse con las mantas y abolir en el sueño algunas horas más de espera. Desde su auto el ingeniero escuchaba la charla de la muchacha del Dauphine con el viajante del DKW, que le contaba cuentos y la hacía reír sin ganas. Lo sorprendió ver a la señora del Beaulieu que casi nunca abandonaba su auto, y bajó para saber si necesitaba alguna cosa, pero la señora buscaba solamente las últimas noticias y se puso a hablar con las monjas. Un hastío sin nombre pesaba sobre ellos al anochecer; se esperaba más del sueño que de las noticias siempre contradictorias o desmentidas. El amigo de Taunus llegó discretamente a buscar al ingeniero, al soldado y al hombre del 203. Taunus les anunció que el tripulante del Floride acababa de desertar; uno de los muchachos del Simca había visto el coche vacío, y después de un rato se había puesto a buscar a su dueño para matar el tedio. Nadie conocía mucho al hombre gordo del Floride, que tanto había protestado el primer día aunque después acabara de quedarse tan callado como el piloto del Caravelle.. Cuando a las cinco de la mañana no quedó la menor duda de que Floride, como se divertían en llamarlo los chicos del Simca, había desertado llevándose un valija de mano y abandonando otra llena de camisas y ropa interior, Taunus decidió que uno de los muchachos se haría cargo del auto abandonado para no inmovilizar la columna. A todos los había fastidiado vagamente esa deserción en la oscuridad, y se preguntaban hasta dónde habría podido llegar Floride en su fuga a través de los campos. Por lo demás parecía ser la noche de las grandes decisiones: tendido en su cucheta del 404, al ingeniero le pareció oír un quejido, pero pensó que el soldado y su mujer serían responsables de algo que, después de todo, resultaba comprensible en plena noche y en esas circunstancias. Después lo pensó mejor y levantó la lona que cubría la ventanilla trasera; a la luz de unas pocas estrellas vio a un metro y medio el eterno parabrisas del Caravelle y detrás, como pegada al vidrio y un poco ladeada, la cara convulsa del hombre. Sin hacer ruido salió por el lado izquierdo para no despertar a la monjas, y se acercó al Caravelle. Después buscó a Taunus, y el soldado corrió a prevenir al médico. Desde luego el hombre se había suicidado tomando algún veneno; las líneas a lápiz en la agenda bastaban, y la carta dirigida a una tal Ivette, alguien que lo había abandonado en Vierzon. Por suerte la costumbre de dormir en los autos estaba bien establecida (las noches eran ya tan frías que a nadie se le hubiera ocurrido quedarse fuera) y a pocos les preocupaba que otros anduvieran entre los coches y se deslizaran hacia los bordes de la autopista para aliviarse. Taunus llamó a un consejo de guerra, y el médico estuvo de acuerdo con su propuesta. Dejar el cadáver al borde de la autopista significaba someter a los que venían más atrás a una sorpresa por lo menos penosa: llevarlo más lejos, en pleno campo, podía provocar la violenta repulsa de los lugareños, que la noche anterior habían amenazado y golpeado a un muchacho de otro grupo que buscaba de comer. El campesino del Ariane y el viajante del DKW tenían lo necesario para cerrar herméticamente el portaequipaje del Caravelle. Cuando empezaban su trabajo se les agregó la muchacha del Dauphine, que se colgó temblando del brazo del ingeniero. Él le explicó en voz baja lo que acababa de ocurrir y la devolvió a su auto, ya más tranquila. Taunus y sus hombres habían metido el cuerpo en el portaequipajes, y el viajante trabajó con scotch tape y tubos de cola líquida a la luz de la linterna del soldado. Como la mujer del 203 sabía conducir, Taunus resolvió que su marido se haría cargo del Caravelle que quedaba a la derecha del 203; así, por la mañana, la niña del 203 descubrió que su papá tenía otro auto, y jugó horas y horas a pasar de uno a otro y a instalar parte de sus juguetes en el Caravelle.

Por primera vez el frío se hacía sentir en pleno día, y nadie pensaba en quitarse las chaquetas. La muchacha del Dauphine y las monjas hicieron el inventario de los abrigos disponibles en el grupo. Había unos pocos pulóveres que aparecían por casualidad en los autos o en alguna valija, mantas, alguna gabardina o abrigo ligero. Otra vez volvía a faltar el agua, y Taunus envió a tres de sus hombres, entre ellos el ingeniero, para que trataran de establecer contacto con los lugareños. Sin que pudiera saberse por qué, la resistencia exterior era total; bastaba salir del límite de la autopista para que desde cualquier sitio llovieran piedras. En plena noche alguien tiró una guadaña que golpeó el techo del DKW y cayó al lado del Dauphine. El viajante se puso muy pálido y no se movió de su auto, pero el americano del De Soto (que no formaba parte del grupo de Taunus pero que todos apreciaban por su buen humor y sus risotadas) vino a la carrera y después de revolear la guadaña la devolvió campo afuera con todas sus fuerzas, maldiciendo a gritos. Sin embargo, Taunus no creía que conviniera ahondar la hostilidad; quizás fuese todavía posible hacer una salida en busca de agua.

Ya nadie llevaba la cuenta de lo que se había avanzado ese día o esos días; la muchacha del Dauphine creía que entre ochenta y doscientos metros; el ingeniero era menos optimista pero se divertía en prolongar y complicar los cálculos con su vecina, interesado de a ratos en quitarle la compañía del viajante del DKW que le hacía la corte a su manera profesional. Esa misma tarde el muchacho encargado del Floride corrió a avisar a Taunus que un Ford Mercury ofrecía agua a buen precio. Taunus se negó, pero al anochecer una de las monjas le pidió al ingeniero un sorbo de agua para la anciana del ID que sufría sin quejarse, siempre tomada de la mano de su marido y atendida alternativamente por las monjas y la muchacha del Dauphine. Quedaba medio litro de agua, y las mujeres lo destinaron a la anciana y a la señora del Beaulieu. Esa misma noche Taunus pagó de su bolsillo dos litros de agua; el Ford Mercury prometió conseguir más para el día siguiente, al doble del precio. Era difícil reunirse para discutir, porque hacía tanto frío que nadie abandonaba los autos como no fuera por un motivo imperioso. Las baterías empezaban a descargarse y no se podía hacer funcionar todo el tiempo la calefacción; Taunus decidió que los dos coches mejor equipados se reservarían llegado el caso para los enfermos. Envueltos en mantas (los muchachos del Simca habían arrancado el tapizado de su auto para fabricarse chalecos y gorros, y otros empezaron a imitarlos), cada uno trataba de abrir lo menos posible las portezuelas para conservar el calor. En alguna de esas noches heladas el ingeniero oyó llorar ahogadamente a la muchacha del Dauphine. Sin hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y tanteó en la sombra hasta rozar una mejilla mojada. Casi sin resonancia la chica se dejó atraer al 404; el ingeniero la ayudó a tenderse en la cucheta, la abrigó con la única manta y le echó encima su gabardina. La oscuridad era más densa en el coche ambulancia, con sus ventanillas tapadas por las lomas de la rienda. En algún momento el ingeniero bajó los dos parasoles y colgó de ellos su camisa y un pulóver para aislar completamente el auto. Hacia el amanecer ella le dijo al oído que antes de empezar a llorar había creído ver a lo lejos, sobre la derecha, las luces de una ciudad.

Quizá fuera una ciudad pero las nieblas de la mañana no dejaban ver ni a veinte metros. Curiosamente ese día la columna avanzó bastante más, quizás doscientos o trescientos metros. Coincidió con nuevos anuncios de la radio (que casi nadie escuchaba, salvo Taunus que se sentía obligado a mantenerse al corriente); los locutores hablaban enfáticamente de medidas de excepción que liberarían la autopista, y se hacían referencias al agotador trabajo de las cuadrillas camineras y de las fuerzas policiales. Bruscamente, una de las monjas deliró. Mientras su compañera la contemplaba aterrada y la muchacha del Dauphine le humedecía las sienes con un resto de perfume, la monja hablo de Armagedón, del noveno día, de la cadena de cinabrio. El médico vino mucho después, abriéndose paso entre la nieve que caía desde el mediodía y amurallaba poco a poco los autos. Deploró la carencia de una inyección calmante y aconsejó que llevaran a la monja a un auto con buena calefacción. Taunus la instaló en su coche, y el niño pasó al Caravelle donde también estaba su amiguita del 203; jugaban con sus autos y se divertían mucho porque eran los únicos que no pasaban hambre. Todo ese día y los siguientes nevó casi de continuo, y cuando la columna avanzaba unos metros había que despejar con medios improvisados las masas de nieve amontonadas entre los autos.

A nadie se le hubiera ocurrido asombrarse por la forma en que se obtenían las provisiones y el agua. Lo único que podía hacer Taunus era administrar los fondos comunes y tratar de sacar el mejor partido posible de algunos trueques. El Ford Mercury y un Porsche venían cada noche a traficar con las vituallas; Taunus y el ingeniero se encargaban de distribuirlas de acuerdo con el estado físico de cada uno. Increíblemente la anciana del ID sobrevivía, perdida en un sopor que las mujeres se cuidaban de disipar. La señora del Beaulieu que unos días antes había sufrido de náuseas y vahídos, se había repuesto con el frío y era de las que más ayudaba a la monja a cuidar a su compañera, siempre débil y un poco extraviada. La mujer del soldado y del 203 se encargaban de los dos niños; el viajante del DKW, quizá para consolarse de que la ocupante del Dauphine hubiera preferido al ingeniero, pasaba horas contándoles cuentos a los niños. En la noche los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás, los ojos tan ciegos como la sombra misma. Bajo mantas sucias, con manos de uñas crecidas, oliendo a encierro y a ropa sin cambiar, algo de felicidad duraba aquí y allá. La muchacha del Dauphine no se había equivocado: a lo lejos brillaba una ciudad, y poco y a poco se irían acercando. Por las tardes el chico del Simca se trepaba al techo de su coche, vigía incorregible envuelto en pedazos de tapizado y estopa verde. Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba por milésima vez los autos que lo rodeaban; con alguna envidia descubría a Dauphine en el auto del 404, una mano acariciando un cuello, el final de un beso. Por pura broma, ahora que había reconquistado la amistad del 404, les gritaba que la columna iba a moverse; entonces Dauphine tenía que abandonar al 404 y entrar en su auto, pero al rato volvía a pasarse en buscar de calor, y al muchacho del Simca le hubiera gustado tanto poder traer a su coche a alguna chica de otro grupo, pero no era ni para pensarlo con ese frío y esa hambre, sin contar que el grupo de más adelante estaba en franco tren de hostilidad con el de Taunus por una historia de un tubo de leche condensada, y salvo las transacciones oficiales con Ford Mercury y con Porsche no había relación posible con los otros grupos. Entonces el muchacho del Simca suspiraba descontento y volvía a hacer de vigía hasta que la nieve y el frío lo obligaban a meterse tiritando en su auto.

Pero el frío empezó a ceder, y después de un período de lluvias y vientos que enervaron los ánimos y aumentaron las dificultades de aprovisionamiento, siguieron días frescos y soleados en que ya era posible salir de los autos, visitarse, reanudar relaciones con los grupos de vecinos. Los jefes habían discutido la situación, y finalmente se logró hacer la paz con el grupo de más adelante. De la brusca desaparición del Ford Mercury se habló mucho tiempo sin que nadie supiera lo que había podido ocurrirle, pero Porsche siguió viniendo y controlando el mercado negro. Nunca faltaban del todo el agua o las conservas, aunque los fondos del grupo disminuían y Taunus y el ingeniero se preguntaban qué ocurriría el día en que no hubiera más dinero para Porsche. Se habló de un golpe de mano, de hacerlo prisionero y exigirle que revelara la fuente de los suministros, pero en esos días la columna había avanzado un buen trecho y los jefes prefirieron seguir esperando y evitar el riesgo de echarlo todo a perder por una decisión violenta. Al ingeniero, que había acabado por ceder a una indiferencia casi agradable, lo sobresaltó por un momento el tímido anuncio de la muchacha del Dauphine, pero después comprendió que no se podía hacer nada para evitarlo y la idea de tener un hijo de ella acabó por parecerle tan natural como el reparto nocturno de las provisiones o los viajes furtivos hasta el borde de la autopista. Tampoco la muerte de la anciana del ID podía sorprender a nadie. Hubo que trabajar otra vez en plena noche, acompañar y consolar al marido que no se resignaba a entender. Entre dos de los grupos de vanguardia estalló una pelea y Taunus tuvo que oficiar de árbitro y resolver precariamente la diferencia. Todo sucedía en cualquier momento, sin horarios previsibles; lo más importante empezó cuando ya nadie lo esperaba, y al menos responsable le tocó darse cuenta el primero. Trepado en el techo del Simca, el alegre vigía tuvo la impresión de que el horizonte había cambiado (era el atardecer, un sol amarillento deslizaba su luz rasante y mezquina) y que algo inconcebible estaba ocurriendo a quinientos metros, a trescientos, a doscientos cincuenta. Se lo gritó al 404 y el 404 le dijo algo Dauphine que se pasó rápidamente a su auto cuando ya Taunus, el soldado y el campesino venían corriendo y desde el techo del Simca el muchacho señalaba hacia adelante y repetía interminablemente el anuncio como si quisiera convencerse de que lo que estaba viendo era verdad; entonces oyeron la conmoción, algo como un pesado pero incontenible movimiento migratorio que despertaba de un interminable sopor y ensayaba sus fuerzas. Taunus les ordenó a gritos que volvieran a sus coches; el Beaulieu, el ID, el Fiat 600 y el De Soto arrancaron con un mismo impulso. Ahora el 2HP, el Taunus, el Simca y el Ariane empezaban a moverse, y el muchacho del Simca, orgulloso de algo que era como su triunfo, se volvía hacia el 404 y agitaba el brazo mientras el 404, el Dauphine, el 2HP de las monjas y el DKW se ponían a su vez en marcha. Pero todo estaba en saber cuánto iba a durar eso; el 404 se lo preguntó casi por rutina mientras se mantenía a la par de Dauphine y le sonreía para darle ánimo. Detrás, el Volkswagen, el Caravelle, el 203 y el Floride arrancaban, a su vez lentamente, un trecho en primera velocidad, después la segunda, interminablemente la segunda pero ya sin desembragar como tantas veces, con el pie firme en el acelerador, esperando poder pasar a tercera. Estirando el brazo izquierdo el 404 buscó la mano de Dauphine, rozó apenas la punta de sus dedos, vio en su cara una sonrisa de incrédula esperanza y pensó que iban a llegar a París y que se bañarían, que irían juntos a cualquier lado, a su casa o a la de ella a bañarse, a comer, a bañarse interminablemente y a comer y beber, y que después habría muebles, habría un dormitorio con muebles y un cuarto de baño con espuma de jabón para afeitarse de verdad, y retretes, comida y retretes y sábanas, París era un retrete y dos sábanas y el agua caliente por el pecho y las piernas, y una tijera de uñas, y vino blanco, beberían vino blanco antes de besarse y sentirse oler a lavanda y a colonia, antes de conocerse de verdad a plena luz, entre sábanas limpias, y volver a bañarse por juego, amarse y bañarse y beber y entrar en la peluquería, entrar en el baño, acariciar las sábanas y acariciarse entre las sábanas y amarse entre la espuma y la lavanda y los cepillos antes de empezar a pensar en lo que iban a hacer, en el hijo y los problemas y el futuro, y todo eso siempre que no se detuvieran, que la columna continuara aunque todavía no se pudiese subir a la tercera velocidad, seguir así en segunda, pero seguir. Con los paragolpes rozando el Simca, el 404 se echó atrás en el asiento, sintió aumentar la velocidad, sintió que podía acelerar sin peligro de irse contra el Simca, y que el Simca aceleraba sin peligro de chocar contra el Beaulieu, y que detrás venía el Caravelle y que todos aceleraban más y más, y que ya se podía pasar a tercera sin que el motor penara, y la palanca calzó increíblemente en la tercera y la marcha se hizo suave y se aceleró todavía más, y el 404 miró enternecido y deslumbrado a su izquierda buscando los ojos de Dauphine. Era natural que con tanta aceleración las filas ya no se mantuvieran paralelas. Dauphine se había adelantado casi un metro y el 404 le veía la nuca y apenas el perfil, justamente cuando ella se volvía para mirarlo y hacía un gesto de sorpresa al ver que el 404 se retrasaba todavía más. Tranquilizándola con una sonrisa el 404 aceleró bruscamente, pero casi en seguida tuvo que frenar porque estaba a punto de rozar el Simca; le tocó secamente la bocina y el muchacho del Simca lo miró por el retrovisor y le hizo un gesto de impotencia, mostrándole con la mano izquierda el Beaulieu pegado a su auto. El Dauphine iba tres metros más adelante, a la altura del Simca, y la niña del 203, al nivel del 404, agitaba los brazos y le mostraba su muñeca. Una mancha roja a la derecha desconcertó al 404; en vez del 2HP de las monjas o del Volkswagen del soldado vio un Crevrolet desconocido, y casi en seguida el Chevrolet se adelantó seguido por un Lancia y por un Renault 8. A su izquierda se le apareaba un ID que empezaba a sacarle ventaja metro a metro, pero antes de que fuera sustituido por un 403, el 404 alcanzó a distinguir todavía en la delantera el 203 que ocultaba ya a Dauphine. El grupo se dislocaba, ya no existía. Taunus debía de estar a más de veinte metros adelante, seguido de Dauphine; al mismo tiempo la tercera fila de la izquierda se atrasaba porque en vez del DKW del viajante, el 404 alcanzaba a ver la parte trasera de un viejo furgón negro, quizá un Citroën o un Peugeot. Los autos corrían en tercera, adelantándose o perdiendo terreno según el ritmo de su fila, y a los lados de la autopista se veían huir los árboles, algunas casas entre las masas de niebla y el anochecer. Después fueron las luces rojas que todos encendían siguiendo el ejemplo de los que iban adelante, la noche que se cerraba bruscamente. De cuando en cuando sonaban bocinas, las agujas de los velocímetros subían cada vez más, algunas filas corrían a setenta kilómetros, otras a sesenta y cinco, algunas a sesenta. El 404 había esperado todavía que el avance y el retroceso de las filas le permitiera alcanzar otra vez a Dauphine, pero cada minuto lo iba convenciendo de que era inútil, que el grupo se había disuelto irrevocablemente, que ya no volverían a repetirse los encuentros rutinarios, los mínimos rituales, los consejos de guerra en el auto de Taunus, las caricias de Dauphine en la paz de la madrugada, las risas de los niños jugando con sus autos, la imagen de la monja pasando las cuentas del rosario. Cuando se encendieron las luces de los frenos del Simca, el 404 redujo la marcha con un absurdo sentimiento de esperanza, y apenas puesto el freno de mano saltó del auto y corrió hacia adelante. Fuera del Simca y el Beaulieu (más atrás estaría el Caravelle, pero poco le importaba) no reconoció ningún auto; a través de cristales diferentes lo miraban con sorpresa y quizá escándalo otros rostros que no había visto nunca. Sonaban las bocinas, y el 404 tuvo que volver a su auto; el chico del Simca le hizo un gesto amistoso, como si comprendiera, y señaló alentadoramente en dirección de París. La columna volvía a ponerse en marcha, lentamente durante unos minutos y luego como si la autopista estuviera definitivamente libre. A la izquierda del 404 corría un Taunus, y por un segundo al 404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo entraba en el orden, que se podría seguir adelante sin destruir nada. Pero era un Taunus verde, y en el volante había una mujer con anteojos ahumados que miraba fijamente hacia adelante. No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar. En el Volkswagen del soldado debía de estar su chaqueta de cuero. Taunus tenía la novela que él había leído en los primeros días. Un frasco de lavanda casi vacío en el 2HP de las monjas. Y él tenía ahí, tocándolo a veces con la mano derecha, el osito de felpa que Dauphine le había regalado como mascota. Absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se distribuirían los alimentos, habría que visitar a los enfermos, examinar la situación con Taunus y el campesino del Ariane; después sería la noche, sería Dauphine subiendo sigilosamente a su auto, las estrellas o las nubes, la vida. Sí, tenía que ser así, no era posible que eso hubiera terminado para siempre. Tal vez el soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en las últimas horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le pagara el precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Bestiario, de Julio Cortázar (Alfaguara, 2017). [Aviso legal]

 

18. La Lección china, de A. M. Homes [María Bastarós]

Hasta que el cuento aguante

Hay algo que me interpela de una forma muy particular en este relato, una especie de malestar indefinido, una sensación de extrañeza imbricada en lo familiar. Creo que aquí Homes nos habla de la resignación al desconocimiento real del otro —algo bastante descorazonador— pero también del deseo de vínculo que sobrevive a esa resignación.

 

Recomendación de María Bastarós, historiadora del arte y gestora cultural. Es editora de los fanzines Brochetas de cosas emocionantes y Napalm Springs (Ediciones Motocobra),  coautora de Inclusive Love (Thyssen Bornemisza) y del libro Herstory (Lumen, 2018), y autora de Historia de España contada a las niñas (Fulgencio Pimentel, 2018). Sus artículos y textos han sido publicados en medios como Diagonal, Píkara Magazine o Verne.

 

“La lección china”, de A. M. Homes

Voy andando, llevo una pequeña pantalla y miro el punto verde que se mueve como el rastro luminoso de un avión, como una fluctuación en el radar de un barco. Busco. Estoy buscando submarinos. Soy un controlador aéreo que intenta mantener todo a la distancia adecuada. Me he perdido.

Un hombre sale de la oscuridad a la acera.

—¿Se ha estrellado un avión? —me pregunta.

Es casi de noche; el cielo está aún azul en lo más alto, pero por aquí ya ha oscurecido.

—Estaba paseando al perro —dice.

Asiento. No se ve al perro por ninguna parte.

—No es de por aquí, ¿verdad?

—No de nacimiento —le respondo—. Pero ahora vivimos en Maple.

—Me llamo Tierney —dice el hombre—. John Tierney.

—Harris —digo yo—. Geordie Harris.

—Bienvenido al barrio. Bienvenido a la ciudad.

Señala mi pantalla; el punto verde parece haber dejado de moverse.

—Deseaba con todas mis fuerzas que fuera un juguete, un mando a distancia —comenta el hombre—. Quería divertirme un poco. ¿No controla con eso un coche o un barco en miniatura por los alrededores?

—Es un chip —digo interrumpiéndole—. Una pantalla de posicionamiento global. Estoy buscando a mi suegra.

De unas matas de alheña cercanas nos llega un sonido como si escarbaran, y un inequívoco olor a mierda de perro se eleva como el humo.

—Buen chico —dice Tierney—. No le gusta hacer sus necesidades en público. Y no lo culpo: si me hicieran cagar al aire libre, yo también me escondería en los matorrales.

Tierney me suena a tiranía. A tirano, a bromista que se burla de mi sistema de rastreo, de mi suegra perdida.

—No es un juego —le digo al tiempo que advierto que el punto verde se mueve.

Un labrador dorado sale de los matorrales y Tierney le engancha la correa al collar.

—Vamos, chico —dice Tierney, y le da una palmada a un lado de la pata—. Buena suerte —añade mientras se aleja por la calle tirando del perro.

El teléfono móvil que llevo en el cinturón suena.

—¿Quién era ese tipo? —pregunta Susan—. ¿Lo conoces?

—Un desconocido, un completo desconocido que quería jugar con alguien.

Miro la pantalla. No parece que se esté moviendo ahora.

—¿Has sacado la antena? —pregunta Susan.

Hay una pausa. La oigo hablar con Kate.

—Mira a papi. Mira a papi al otro lado de la calle, saluda a papi. Kate te está saludando —me dice.

Miro el Volvo negro detenido junto al bordillo al otro lado de la calle. Le devuelvo el saludo con la mano libre.

—Es papi —dice Susan, y le pasa el teléfono a Kate.

—¿Qué haces, papi? —pregunta Kate. Su tono, su fastidio, es extrañamente acusatorio para una niña de tres años.

—Estoy buscando a la abuela.

—Yo también —dice Kate con una risilla.

—Pásale el teléfono a mami.

—Creo que no —dice Kate.

—Adiós, Kate.

—¿Qué hay de nuevo? —dice Kate. Es su última muletilla.

—Adiós —digo, y cuelgo.

Salgo de la acera y me meto entre las casas, por el corredor de césped que separa el jardín de un hombre del de otro. Como un fisgón, como un ladrón o un intruso, saco la linterna de la chaqueta y la enciendo. El angosto rayo de la Ever-Ready coge por sorpresa terrazas, macetas y mesas de jardín. No quiero gritar su nombre para no llamar la atención. Delante de mí hay una pista de baloncesto, un tobogán, un cajón de arena, y allí está ella, navegando a través de mi rayo de luz como una aparición, con el pelo negro al aire y agarrándose de las cuerdas trenzadas del columpio igual que si fueran riendas. La sorprendo a mitad de vuelo. Sus piernas se mueven dentro y fuera del rayo. Mantengo la luz sobre ella: tan pronto aparece como desaparece.

—Estoy volando —dice mientras navega por la noche.

Me acerco hasta que tiene que dejar de columpiarse.

—¿Ha tenido un vuelo agradable, señora Ha?

—Ha estado bien.

—¿Le pasaron una película?

Baja del columpio y me mira como si estuviera loco. Se fija en el aparato de rastreo.

—No es un juego —dice la señora Ha, y me coge del brazo.

La llevo de vuelta por el bosque.

—¿Qué hay de cena, Georgie? —pregunta, y oigo el eco invisible de la voz de Susan corrigiéndola: no es Georgie, es Geordie.

—¿Qué le apetece, señora Ha?

A lo lejos, un tipo gordo aprieta el rostro contra una puerta corredera de cristal; su aliento lo empaña mientras nos mira.

Susan está ante el ordenador, dibujando. Está haciendo un mapa, una cuadrícula del barrio. Prepara algo que podamos utilizar en el futuro: coordenadas.

Es arquitecta; para ella todo son líneas, todo es orden. Nuestra casa está en las coordenadas G4. Bañadas por la luz azulada de la pantalla sus facciones lisas, por un curioso fenómeno, parecen todavía menos prominentes. Un misterioso resplandor azul la envuelve.

—Llamé a Ken —le digo.

Ken fue quien hizo que le instalaran el chip a la señora Ha. Es el hermano de Susan. Aprovechando que sedaron a su madre para hacerle una colonoscopia, Ken dispuso que le implantaran el chip en la parte inferior del cuello, justo encima de los omóplatos. Un técnico de la empresa fabricante de los chips estuvo presente mientras el cirujano plástico se lo insertaba debajo de la piel. Lo probaron antes de dejarla volver a su casa paseando la camilla por todo el hospital mientras Ken detectaba sus desplazamientos en una pequeña pantalla desde la sala de espera.

—¿Por qué?

—Por lo de la memoria. Quizá debamos aumentarle la dosis de medicamento.

Ken es psicofarmacólogo, especialista en la contención de sentimientos. Antes era drogata y ahora es psiquiatra. No tiene afectos, no tiene emociones.

—¿Y? —pregunta Susan.

—Me preguntó si parecía inquieta.

—Parece perfectamente feliz —dice Susan.

—Lo sé —le contesto. Pero me callo algo que le dije a Ken: que es ella la que parece inquieta.

—¿Sabe dónde está? —me había preguntado Ken.

Hubo una pausa, pues por un momento no supe si me preguntaba por Susan o por su madre.

—No siempre —le dije, refiriéndome a las dos.

—Bueno, ¿y qué dijo? —quiere saber Susan.

—Que podíamos probar a aumentarle la dosis: no hay peligro en intentarlo. Que no es raro que a las personas mayores les dé por vagar por ahí al atardecer y que no recuerden dónde están. Y que hay muchos fenómenos que nadie entiende del todo.

—Nunca habías llamado antes a mi hermano, ¿verdad? —me pregunta Susan.

—No, no.

La señora Ha sólo lleva tres semanas con nosotros. Antes vivía en su propio apartamento, en California, evaporándose lentamente. Una caída la llevó al hospital, lo que conllevó una llamada a Ken, una serie de pruebas, la implantación del chip y que luego su hijo nos la enviara en avión con un par de detectores en la maleta. Cuando llegó la llevé en el coche por el barrio, le enseñé dónde estaban las tiendas, la biblioteca, correos y la estación del tren. No le he dicho a Susan que ahora vivo con el miedo de que la señora Ha encuentre la estación por su cuenta, se monte en un tren y la búsqueda de su madre pase a ser de la incumbencia del FBI. Nosotros sólo llevamos aquí cinco meses, antes vivíamos en la 106 con Riverside, y todavía me ocurre la mayoría de las mañanas que, cuando me despierto, no tengo ni idea de dónde estoy.

—Ya no me gusta volver a casa —dice Susan, que se vuelve para mirarme mientras la luz del ordenador le proyecta el aura del iMac alrededor de la cabeza—. Me asusta. Nunca sé con qué voy a encontrarme. —Hace una pausa y añade—: No puedo seguir.

—Claro que puedes —le digo evocando un episodio de mi infancia en el que Shari Lewis le dijo a Lamb Chop: «Puedes hacer todo lo que te propongas.»

No hay nada que le guste menos a Susan que fracasar. Es capaz de cualquier cosa con tal de no fracasar; es capaz incluso de no hacer nada con tal de no fracasar.

Está leyendo. Pasa las páginas del libro ordenada, firmemente; casi chirrían cuando pasan.

—Escucha esto —dice, y lee en voz alta un pasaje de A sangre fría—. ¿No es maravilloso? ¡Kansas es tan americana!

Cuando le hablé de Susan a mi familia, me dijeron: «Pues no suena a china.»

—Una arquitecta que se llama Susan, ha ido a Yale y ha crecido en LaJolla no me parece china —me dijo mi madre.

—Pero lo es —le aseguré.

Y luego, cuando se lo conté a Susan, me dijo, enfadada:

—No soy china, soy americana.

Susan es mínima, llana, como Kansas. Parece que no existe físicamente, es como una tabla, plana, lisa. No tiene nada alrededor de lo que acurrucarse, ni donde agarrarse. Por su diseño, su cuerpo semeja un delgado anaquel que flotara en una pared, un leve resalto, lo bastante ancho para que se te ocurra la idea de poner algo en él, pero demasiado estrecho, en realidad, para sostenerlo.

Le paso el brazo por los hombros, y parece descansar sobre su cuerpo como un peso muerto. Sus exhalaciones agitan el vello de mi brazo como una brisa cálida.

—Me vas a aplastar —se queja, y aparta mi brazo de su cuerpo.

Vuelve la página, suena el chirrido.

—¿Crees que le quitarán el chip cuando se muera? —me pregunta Susan, que me engancha con una pierna y tira de mí.

—Supongo que lo desactivarán y que tendrás que devolverles el detector: es alquilado.

—¿Deberíamos ponerle uno a Kate?

—Veamos primero qué tal funciona con tu madre. Nadie sabe si tiene efectos secundarios, si se reciben misteriosas descargas electromagnéticas procedentes del espacio como consecuencia de ser rastreado, seguido, mientras andas por la tierra.

—¿Dónde la encontraste esta noche? —me pregunta cuando nos estamos durmiendo. Dormimos apretados como si fuéramos un tablero de contrachapado, igual que dos líneas rectas.

—En un columpio. ¿Cómo puedes enfadarte con una anciana que va a columpiarse?

—Porque es mi madre.

Por la mañana la señora Ha está en el jardín. Ha puesto en nuestro equipo portátil de música una cinta de Jimi Hendrix que trajo consigo: es un árbol, una roca, una nube. Cambia lentamente de postura, la mantiene unos instantes y luego se metamorfosea en la siguiente.

—Es taichi —me dice Susan.

—No sabía que la gente hiciera eso de verdad.

—Todo el mundo lo hace —dice Susan al tiempo que me fulmina con la mirada—. Incluso yo puedo hacerlo.

Adopta un par de posturas: en la primera es un buitre a punto de atacar —sus dedos se transforman de pronto en garrasy luego es un dragón que bufa.

Cuando nos conocimos había un hueco entre nosotros, un espacio neutral. Yo lo vi como un reconocimiento de lo infranqueable, no sólo porque éramos hombre y mujer, sino también porque proveníamos de mundos que nos eran desconocidos: no podíamos pretender entendernos el uno al otro.

Miro hacia la ventana. Kate está ahora de pie junto a la señora Ha imitando llaves de kung-fu. Golpea el aire, patea. No lleva nada debajo del vestido.

—Hay que ponerle bragas a Kate —le digo a Susan, que corre horrorizada escaleras abajo y se lleva a las dos hacia el patio trasero. Por un momento el equipo de música se queda solo sobre el césped, mientras Jimi Hendrix aúlla And the Wind Cries Mary a las 8.28 de la mañana.

Veo a Sherika, la niñera, que viene por la acera. Sherika coge el tren cada mañana en Queens.

—Yo no podría vivir aquí —nos dijo el día en que nos mudamos—. Yo tengo que estar en un sitio donde haya gente.

Sherika es una columna de ébano de casi uno ochenta de altura. Se mueve como una gacela, igual que si se deslizara hacia la casa. En Uganda, donde nació, su familia es de sangre real; puede que hasta sea una princesa.

Bajo las escaleras y le abro la puerta. Me he puesto la camisa y la corbata, pero aún llevo los pantalones del pijama.

—¿Cómo está usted esta mañana? —me pregunta en tono melódico y pronunciando cada palabra con tal claridad que sólo con oír su voz te sientes reconfortado.

—Bien, ¿y tú?

—Bien. Muy bien —dice—. ¿Dónde están mis damas?

—En el patio trasero, haciendo calentamientos.

Estoy todavía de pie en el vestíbulo.

—¿Qué significa el nombre de Sherika?

Pienso que tiene que ser algo tribal, místico. Me imagino un pájaro alto, de finos miembros y canto exótico.

—No tengo ni idea —me contesta—. Así me llama mi tía de Brooklyn. Mi verdadero nombre es Christine. —Sonríe—. Hoy voy a llevar a mis damas a la biblioteca y luego, a lo mejor, a comer.

Cojo mi cartera, que está sobre la mesa, y le doy cuarenta dólares.

—Llévalas a comer —le digo—. Buena idea.

—Gracias —dice, y se guarda el dinero en el bolsillo.

Susan y yo vamos andando hasta la estación del tren; le dejamos el coche a Sherika-Christine.

—El otoño ya está aquí, mañana hay que atrasar los relojes, podríamos limpiar las hojas este fin de semana —le digo mientras vamos por la acera.

Mi sueño es pasarme el sábado trabajando en el jardín, limpiándolo de hojas.

—Tenemos que darle un año.

—Y luego qué, ¿la metemos en un asilo?

—Me refiero a la casa: tenemos que darnos un año para acostumbrarnos a ella.

Hay una pausa; un cuervo gigante levanta el vuelo delante de nosotros.

—Necesitamos cortinas en el dormitorio, hay que enlechar las baldosas del baño de arriba, todo me está empezando a molestar.

—No todo puede ser perfecto.

—¿Por qué no?

Sentado junto a Susan en el tren, me siento como un extranjero, no sólo como una persona de otro país, sino de otro planeta, como una persona sin costumbres o formas de ser, como alguien que parece antipático, pero al que lo que le ocurre en realidad es que con frecuencia se le va el santo al cielo. Pienso en Susan, en lo que significa estar casado con alguien de quien no sé nada.

—Todo este ir y venir es extenuante —le digo.

—Son sólo dieciocho minutos más que desde la 106.

—Pues parece más lejos.

—Lo es —dice—, pero viajas más deprisa.

Pasa la página.

—¿Alguna vez te preguntas en qué pienso?

—Sé lo que piensas, manifiestas todos tus pensamientos.

—No todos.

—El noventa y nueve por ciento —dice.

—¿Te molesta eso?

—No —dice—. No todo es importante, no todo es cuestión de vida o muerte, por más que lo creas.

No sé qué contestarle.

Llegamos a la estación central. Susan se guarda el libro en el bolso y baja del tren.

—Llámame —le digo.

Cada mañana, cuando nos separamos, hay un momento en el que temo que no la volveré a ver. Desaparece entre la multitud y pienso que eso es todo, que se acabó, que no volverá a haber nada entre nosotros.

Veinte minutos después la llamo a su oficina.

—Sólo quería asegurarme de que has llegado bien.

—Aquí estoy —dice.

—Quiero algo —confieso.

—¿Qué quieres?

—No lo sé —digo—. Más, quiero algo más.

Pienso en un vínculo, quiero un vínculo.

—Quieres algo que no tengo —me contesta.

Estoy en mi escritorio, divagando, recordando el verano en que mis padres se divorciaron y cancelaron mi bar mitzvah1 debido a la falta de interés de todas las partes implicadas.

—No puedo ni imaginarme celebrarlo —me dijo mi madre—. No me veo haciendo nada con tu padre. ¿Y tú? Creo que sería muy incómodo.

Mi padre me dio cinco mil dólares para «compensarme» y me preguntó:

—¿Es suficiente?

Me pasé mi decimotercer cumpleaños con él en la habitación de un hotel de Nueva York, comiendo un pastel helado de treinta y un sabores con una mujer cuyo nombre mi padre no recordaba.

—Cuéntale a mi amiga cómo te va en el colegio, cuéntale qué haces para divertirte, cuéntale todo sobre ti —decía una y otra vez, y yo no quería más que gritarle: «¿Y cómo diablos se llama tu amiga?»

El fin de semana del Día de los Caídos1 mi madre se casó con su «amigo» Howard y se fue de segunda luna de miel durante ocho semanas, y a mí me mandaron a la nueva casa de mi padre, en Filadelfia.

Tenía una pequeña habitación para mí, hecha en lo que había sido un vestidor. Mi padre estaba estudiando cocina, aprendiendo las mil y una cosas que se pueden hacer con un wok. Todos los días venían mujeres diferentes a cenar con él.

—Me estoy dando la gran vida —me decía mi padre—. Tengo todo lo que quiero.

Cenaba con mi padre y sus parejas y luego pedía que me excusaran y me escondía en mi armario.

Me pasé el verano en la piscina, viviendo totalmente en el agua, con la máscara y las aletas. Me enamoré del fondo de la piscina, que era como una segunda piel, resbaladiza, sedosa y celeste. Me pasé días enteros andando de un lado para otro, tratando de descubrir el punto exacto en el que podía tocar el fondo con los pies y mantener la cabeza fuera del agua.

—Es de vinilo —oí que le decía a alguien el salvavidas.

La extrema quietud del cielo, el aire caliente, sin oxígeno, el agua fuerte como lejía: todo aquello era cegador, estéril, electrizante, perfecto.

La única persona que iba también regularmente a la piscina era una chica que había estado hasta hacía poco en el manicomio por no comer. De una delgadez deforme, se embadurnaba con bronceador, se tumbaba y tomaba el sol. Sólo le permitían bañarse una hora al día, y a mediodía venía su madre con una bandeja y tenía que comerse todo lo que le traía.

—O te llevo de vuelta —le decía su madre.

—No abuses de mí. No me trates como a una niña.

—No te comportes como una niña.

Y entonces la madre me miraba.

—¿Quieres medio bocadillo?

Yo asentía y ella me daba medio bocadillo, que me comía sin salir del agua, con la máscara puesta y los pies tocando el fondo.

—Ves —solía decir la madre—. Él sí que come. Y no sólo come, sino que no deja ni una miga.

—Porque está en el agua —respondía la chica.

Por la noche me metía en mi cueva y leía las postales de mi madre: «Venecia es tal como me la imaginaba. Francia es asombrosa. El teatro de Londres es mucho mejor que el de Broadway. Pienso en ti, espero que estés pasando un verano fabuloso. Te imagino nadando por toda América. Besos. Mamá.»

«Seguimos siendo tus padres, sólo que ya no estamos juntos», se convirtió en la nueva muletilla.

Más tarde, al empezar a salir con chicas, cuando iba a sus casas, sus padres y madres me preguntaban: «¿Qué hacen tus padres?», y yo solía responder: «Están divorciados», como si fuera un trabajo de jornada completa. Ellos me observaban, inmediatamente despectivos, como si yo también estuviera condenado al divorcio, como si la inestabilidad doméstica se transmitiera genéticamente.

Y luego, todavía más tarde, hubo familias de las que me enamoré. Me acuerdo de estar sentado a la mesa de los Segal, sorbiendo alegremente una sopa de pollo, cuando advertí que Cindy Segal, que estaba de pie junto a mí, con la cesta del pan en la mano, me miraba con desagrado.

—No eres más que uno de tantos —dijo, dejó caer el pan y rompió conmigo sin más ceremonias.

Demasiado sorprendido para tragar, sentí que la sopa me corría mandíbula abajo.

—No te vayas —me dijo la señora Segal mientras Cindy subía a su habitación. Después de eso los Segal me llamaban de vez en cuando.

—Cindy no estará, ven a visitarnos —me decían.

Fui un par de veces, y luego Cindy ingresó en una secta y nunca volvió a hablar con ninguno de nosotros.

Mi madre solía decirme: «Cásate con alguien conocido, cásate con alguien con quien tengas algo en común.» La falta de calor de Susan, el vacío, la carencia de un algo indefinible, eran cosas que me resultaban familiares. La sensación de que ella estaba afuera, esperando a que la invitaran a entrar, era algo que teníamos en común.

Susan nunca me pidió cuentas sobre mi pasado, nunca se detuvo a preguntarme:

—No me vas a hacer daño, ¿verdad? No tienes ninguna enfermedad rara, ¿verdad? No estás casado, ¿verdad?

Me miró una vez, directa, serenamente, y me dijo:

—Bonita corbata.

Eso fue todo.

Por la mañana, después de pasar nuestra primera noche juntos, reordenó mis muebles. Inmediatamente, todo tuvo mejor aspecto.

Es media tarde; me he pasado el día ensimismado en mis pensamientos. Tengo contratos esparcidos por el despacho a la espera de que los revise. Afuera está oscureciendo. Me he pasado todo el día pensando en la casa y en la señora Ha, y ahora voy hacia nuestro antiguo apartamento como un sonámbulo. Mientras ando pienso que voy a volver a ver al tendero de la esquina, a subir en el ascensor con Willy, el ascensorista, a oler la comida que cocinan los vecinos. Creo que una vez que esto pase me sentiré mejor y volveré a ser yo mismo. Camino tres manzanas antes de darme cuenta de que voy en dirección equivocada. Ahora debo dirigirme a Larchmont, sí, a Larchmont, pues la ciudad residencial en la que vivo lleva el mismo nombre que el pueblo situado a orillas del Lago Ness. Me dirijo rápidamente a la estación. Cuando subo al tren tengo la sensación de que se me olvida algo. Escucho mis mensajes: Susan me ha dejado uno, algo sobre un cliente, sobre haber fallado, que ella tiene la culpa y se queda hasta tarde. «No sé hasta cuándo», dice, y entonces entramos en el túnel y se pierde la cobertura.

Voy a casa. Me imagino que cuando llego Sherika me dice que la señora Ha ha desaparecido otra vez. Me imagino que me pongo ropa de cazador —un chaquetón de lana rojo y negro, un chaleco naranja y un sombrero especial— y que me voy a buscarla llevando un silbato de madera que he tallado yo mismo: un llamasuegras. Me imagino que la señora Ha oye el oscilante tintineo de mi llamada: señora Haa… señora Haaa… señora Haa… señora Ha Ha Ha… señora Haaaaaahhhh, que termina con una entonación aguda. Ella despierta de su estado de ensoñación, mueve la cabeza en dirección al sonido de mi silbato y es invitada a volver a casa de una forma tan mística como cuando sintió la llamada que la hizo salir.

Llamo a Sherika y le pregunto:

—¿Puedes quedarte un rato y vigilar a la señora Ha?

Cojo un taxi en la estación, donde se da el raro fenómeno suburbano de los taxis compartidos, de desconocidos que se apilan y se meten en la parte de atrás de un coche, con los maletines en sus regazos como escudos, tras lo cual cada uno da su dirección y salimos para un viaje loco, en el que el conductor desgarra las calles y azota las esquinas hasta depositarnos a la entrada de nuestras casas por siete dólares por cabeza.

Casa. El cielo estará oscuro en cinco minutos, en el patio trasero ya están encendidos los reflectores. Kate y la señora Ha están en el jardín, acuclilladas, con los codos apoyados en los muslos y las nalgas hacia atrás, como si fueran a cagar.

—¿Qué está haciendo, señora Ha?

—Estoy pensando, Georgie. Y estoy descansando.

La situación tiene algo de espantoso: Kate imita a la señora Ha, cuyos gestos resultan grotescos y cuyas extremidades parecen de goma, como las de los payasos circenses, que se contorsiona para llamar la atención, más viva de lo que yo estaré nunca. Su libertad y su expresión de concentración me aterrorizan: dudo entre interrumpir o, simplemente, observar.

—Estamos plantando el jardín —dice Sherika mientras yergue totalmente su metro ochenta de estatura—. Me las llevé al vivero después de comer. Estamos plantando bulbos para la primavera.

—Son tulipanes —dice Kate.

Sherika deja caer sesenta y nueve centavos de cambio en mi mano y, sin saber por qué, me siento culpable, como si hubiera debido darle cien dólares o mi tarjeta de crédito.

—¡Qué buena idea! —digo.

—Ya estamos acabando. Vamos, damas, entremos a lavarnos las manos.

Las sigo a la cocina. Se lavan las manos y luego me miran, como si esperaran que yo tuviera algo pensado, un plan de lo que vendría a continuación.

—Vamos a dar una vuelta —digo, incapaz de aguantar la ansiedad que me produce quedarme en casa.

Sin saber adónde ir, las llevo al supermercado. Sherika se ocupa de la señora Ha y yo de Kate, y vamos de un lado para otro por los pasillos, llenando el carrito.

—¿Eres la niña de los ojos de tu papi?

Un dependiente de la sección de verduras le tira del pelo a Kate y luego me mira.

—Ahora hay muchos niños chinos. Nadie los quiere, así que los regalan. La hermana de mi mujer adoptó a uno. Si no los adoptan, los ahogan como si fueran gatitos. No quieres que te ahoguen, ¿verdad cariño? —dice mirando otra vez a Kate.

—No es adoptada. Es mía.

—Ah, perdón —se disculpa el tipo, aturdido, como si hubiera dicho algo incluso más insultante que lo que ha dicho—. Perdón. —El tipo retrocede.

¿Perdón por qué? Miro a Kate. Tiene la cabeza demasiado grande. Su piel tiene un raro tono amarillo ictericia, y ahora se ha puesto a jugar con los melones, que tira al suelo. Se me ocurre que el tipo tal vez haya pensado que no está bien de la cabeza.

—¿Encontró todo lo que necesitaba? —me pregunta Sherika mientras pasamos por delante de los productos congelados en dirección a la caja.

—Sí, ya he terminado.

En un centro comercial al otro lado de la calle diviso una tienda de productos asiáticos. El semáforo cambia y me meto en el aparcamiento.

—Mira eso —dice Sherika.

Es pequeña y cochambrosa, como de otro mundo. Los estantes son de tela metálica, y hay cosas que flotan en contenedores llenos de hielo medio derretido, ninguno de los cuales está demasiado limpio. La señora Ha va de un lado para otro haciendo acopio de latas de especias y botellas de vinagre. Parece feliz, como si hubiera recuperado su ser, y charla con el tipo que está detrás del mostrador.

Me muestra las verduras frescas: castañas de agua, col de Shanghai, «Bau dau gok», dice, «judías verdes finas». Hojas de loto, un pedazo de azúcar moreno. Luego se inclina sobre un congelador y me pasa una bolsa que dice ALBÓNDIGAS DE PESCADO CONGELADAS. Me da otras escritas en chino.

—Fatt choy? —le pregunta al hombre que está detrás del mostrador, y éste le señala dónde está.

—¿Qué es? —le pregunto.

—Musgo negro —dice ella.

—Pero ¿qué es en realidad? —insisto.

Se encoge de hombros.

Quiero que la señora Ha se sienta cómoda. Si las algas prensadas son para ella lo que el puré de patatas es para mí, quiero que se lleve diez paquetes. ¿Por qué no? Empiezo a coger cosas de la estantería y a ofrecérselas.

Ella niega con la cabeza y continúa comprando.

El hombre que está detrás del mostrador le dice algo y ella se ríe; estoy seguro de que se ha referido a mí. Oigo algo sobre tres gargantas, y sobre agua, y luego un montón de chasquidos de la señora Ha. El hombre habla con rapidez y pasa una y otra vez del chino a un inglés chapurreado, y viceversa. Ella le responde: su pronunciación es súbitamente rítmica, su acento se ha transformado en diptongos puros, en una larga u que suena como un antiguo salmo.

El hombre coge una pequeña y hermosa caja de un estante de debajo del mostrador. La señora Ha emite un suave murmullo antes de abrirla.

—Nidos de golondrina —dice el hombre—. Muy buena calidad.

—¿Qué es un nido de golondrina?

El hombre sopla burbujas de saliva hacia mí. Babea intencionadamente y luego se sorbe la saliva.

—La saliva de la golondrina —dice moviendo los brazos.

La señora Ha se busca dinero en los bolsillos, no encuentra nada y me mira como para preguntarme: ¿puedo comprarlo?

—Claro, ¿por qué no?

—No sentirme tan en casa en mucho tiempo —dice ella.

—Vuelva pronto —dice el hombre cuando salimos—. Juegue al bingo.

Mientras llevo dos bolsas con la compra hasta el coche me imagino que la señora Ha empieza a salir con ese hombre: me veo rastreando chips de posición gemelos, dos puntos, uno encima del otro. Tomo nota mentalmente de que he de preguntarle a Susan si le está permitido salir con hombres a la señora Ha.

En el coche, mientras vamos a casa, la señora Ha pregunta:

—¿Te gusta Sony? El señor Sony hizo la grabadora y el señor Nixon se hizo amigo de los chinos. Luego el señor Nixon la jodió y ahora el señor Sony ha muerto, leí en tu New York Times. —Se ríe—. Viejos estúpidos.

Kate está tumbada en el suelo frente a la televisión. La señora Ha está en la cocina haciendo una sopa. Sherika va en el coche camino de la estación; lo dejará allí y se irá a su casa en Queens. Susan lo recogerá y vendrá a casa, a nosotros.

—¿Qué es ese olor? —dice Susan nada más cruzar la puerta.

—Tu madre está haciendo una sopa.

—Ese olor me resulta tan familiar, que me sobresalté, pues pensé que tenía una alucinación.

—¿Todo va bien?

La miro intentando saber si miente, si hay algo más detrás de lo que dice.

—Sí, todo anda bien —dice—. Se puso un poco histérico. Se cayó un pequeño pedazo de pared. No tuve la culpa, pero me sentí fatal. Pensé que había hecho algo mal.

No le digo que me preocupaba que no volviera. Ni que me las llevé a todas al supermercado porque la idea de quedarme solo en casa con las tres, sin razón aparente, me aterrorizaba.

—La cena está lista —anuncia la señora Ha.

—Parece deliciosa.

Miro mi bol. Hay cosas blancas y cosas negras que flotan en la sopa, nada que pueda reconocer. Supongo que son champiñones.

—Está caliente —dice Kate, que tiene la cara sobre el bol y sopla el vapor que sale de él como si fuera un dragón.

Susan, en silencio, mira el suyo.

Es un caldo fuerte, suculento. Lo sorbo. Son pellejos, pellejos y huesos, pequeños huesos, suaves como minúsculos dedos, que se te derriten en la boca.

Miro a Susan.

—¿Patas? —le pregunto en latín. Asiente.

No añado nada más. No quiero que Kate se sienta mal: no se da cuenta de lo que come. Y es evidente que la señora Ha está disfrutando.

—Georgie me llevó de compras —comenta la señora Ha.

—Comí tarde —dice Susan, que se lleva su bol a la cocina.

Después la oigo hablar por teléfono en voz baja con su hermano:

—Ha intentado envenenarme: hizo sopa de patas de pollo.

Levanto el teléfono de la cocina y espero que no oigan el clic.

—¿Dónde compró las patas?

—Creo que él la está ayudando.

—¿Quién?

—Geordie.

—¿Por qué?

—Me odia.

Cuelgo.

Cuando era niño, mi madre hizo unos pastelitos para celebrar mi cumpleaños, y llevé unos cuantos al colegio. El maestro nos dijo que le escribiéramos notas de agradecimiento, lo que hicimos con lápiz grueso en hojas de papel pautado. Querida señora Harris, gracias por los deliciosos pastelitos. Nos gustaron mucho. Atentamente, Geordie.

—«Querida señora Harris» y «atentamente, Geordie». ¿Cómo se le puede enviar una carta así a una madre?

Todavía cuenta lo divertido que fue aquello. Y cuando telefonea y respondo, me dice:

—Soy la señora Harris, tu madre.

Estamos en la cama. Susan está leyendo. Miro por encima de su hombro: es la página 297 de A sangre fría, y hay una descripción de Perry Smith, uno de los asesinos: «Parecía haber crecido sin orientación, sin amor.»

—Me siento solo —le digo.

—Lee algo —dice mientras pasa la página.

Voy abajo y le preparo a Susan un bol de helado.

—No soy tu enemigo —le digo cuando se ha comido el helado, después de que le he ayudado a terminarlo, mientras lamo el bol y lo deja.

—No sé si eso es cierto —responde al tiempo que coge el bol y lo deja en el suelo—. Te comportas como si estuvieras de su parte.

—¿Y qué parte es ésa?

—La de la muerte, la de las cosas pasadas.

—¡Vamos, por favor! —le digo, pero hay algo de cierto en lo que dice: estoy del lado de las cosas perdidas, estoy en el pasado, recordando—. Me asustas —añado—. Te estás volviendo un extraño monstruo minimalista del infierno.

—Así soy —dice Susan—. Ésta es mi vida. Tú te estás entrometiendo.

—Ésta es nuestra familia —le digo, horrorizado.

—No quiero ser china —me dice Susan—. Me he pasado toda mi vida intentando no serlo.

—Pero Kate es medio china y le gusta —le digo tratando de hacer que se sienta mejor.

—No me gusta esa mitad de Kate —contesta Susan.

Algo me despierta. Escucho, alerta, con el corazón palpitante. El silencio extremo de la noche suena a todo volumen. La luna se derrama por la habitación como la luz gigante de una mesilla. Afuera los árboles están quietos: es evocador, romántico, profundamente otoñal. Noche.

Y ahí está, a lo lejos, captándome, es una especie de gemido, una queja triste.

Bajo al recibidor, cada paso suena amplificado, cuanto más silencioso intento ser más ruido hago.

Voy a ver a Kate: está totalmente dormida.

Se vuelve más que un gemido: profundo, inconsolable, resonante. No hay eco, cada bendito rugido llega y luego desaparece, se desvanece en la noche.

Abajo, la señora Ha está acurrucada en un rincón de la sala, como una mesa nueva. Está junto al sofá, acuclillada, con las manos en las orejas, llorando. Está desnuda.

—¿Señora Ha?

No responde.

Su lloro, desgarrador, perentorio, lleno de horror, de pena, de temor, proviene de un lugar lejano, de un punto en un tiempo remoto.

Le toco el hombro.

—Soy Geordie. ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Se encuentra bien?

Enciendo la lámpara pisando el interruptor; la luz de la bombilla halógena inunda la habitación. Las sillas Le Corbusier de Susan están patas arriba, como apretadas cajas de cuero negro; una mesa Prouve, traída de Francia, yace plana, como si esperara algo; es un toque modernista, disonante, que contrasta con el resto, que es de estilo Tudor, con la piedra, con los marcos de las ventanas, mientras la señora Ha, mi suegra china, solloza a mis pies. Apago la lámpara.

—¿Señora Ha?

Le paso las manos por los sobacos y tiro de ella para levantarla. Es compacta como un oso panda, como

si estuviera hecha de un metal pesado. Tiene la piel apergaminada y gruesa a la vez, como el cuero de una res. Se cuelga de mí, aferrándose.

La llevo a su cama. Llora. Encuentro su camisón y se lo pongo por la cabeza. Cuando llora, se le abre la boca, los labios se le retraen, el mentón se le va hacia arriba y se le ven los dientes y la mandíbula, lo que hace que su cabeza recuerde la de un caballo. Es como si le hubieran dicho algo horrible; su cara se contorsiona. Por su aspecto parece un hallazgo antropológico: a sus ochenta y nueve años es un esqueleto viviente.

Le acaricio el pelo.

—¡Quiero ir a casa! —aúlla.

—Está en su casa.

—¡Quiero ir a casa! —repite.

Me siento en el borde de la cama y la abrazo.

—Quizá fuera la sopa, quizá la cena no le sentó bien.

—No, siempre he tomado sopa para cenar —dice—. No es la sopa lo que no me ha sentado bien, soy yo quien no se siente bien conmigo.

Deja de llorar.

—Van a inundar mi casa, lo leí en el New York Times. Construyen las tres gargantas, la presa, y todo quedará inundado.

—¿Quién? —le pregunto.

—Tú —dice. No sé de qué me habla.

La señora Ha alarga la mano para rascarse la espalda, entre los hombros.

—Tengo algo ahí —dice—. Pero no puedo alcanzarlo.

Me imagino el parpadeo del pequeño punto verde del detector.

—No se preocupe. Ya ha pasado todo.

—No tienes ni idea —me dice mientras se va durmiendo—. Soy vieja, pero no estúpida.

Cuando se duerme, vuelvo a la cama. Estoy empapado en sudor. Susan se vuelve hacia mí.

—¿Va todo bien?

—La señora Ha estaba llorando.

—No la llames señora Ha.

Me quito la camisa, pensando que debe oler a la señora Ha. Huelo como la señora Ha y sudo y tengo miedo.

—¿Cómo quieres que la llame?

—Tiene nombre —dice Susan, enfadada—. Llámala Lillian.

No puedo dormir. Pienso que tenemos que llevar a la señora Ha a su casa. Me imagino un viaje familiar, un reencuentro de la señora Ha con su país, de Susan con sus raíces, de Kate con sus antepasados. Siento que necesito saber más. Una vez leí una historia en una revista de viajes sobre un hombre que hacía una excursión en bicicleta por China. Me imaginé un camino largo, un paisaje rural. El hombre de la historia se cayó de la bicicleta, se rompió la cadera y se quedó en la cuneta hasta que se dio cuenta de que por allí no pasaba nadie, y entonces se hizo un bastón con la bicicleta rota, se levantó y se arrastró hasta que llegó a un pueblo.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cosas que debes saber, de A. M. Homes (Anagrama, 2005), en traducción de Javier Martínez de Pisón. [Aviso legal]

17. El incidente del Puente del Búho, de Ambrose Bierce [Agustín Márquez]

Hasta que el cuento aguante

Hipnótico.

 

Recomendación de Agustín Márquez, editor de La Navaja Suiza, donde han visto la luz libros de William H. Gass, Djuna Barnes, Natalia Garcia Freire o Ce Santiago. También es autor de La última vez que fue ayer (Candaya, 2019).

 

“El incidente del Puente del Búho”, de Ambrose Bierce

Desde un puente ferroviario, al norte de Alabama, un hombre contemplaba el rápido discurrir del agua seis metros más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas sujetas con una soga; otra soga, colgada al cuello y atada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas sobre los durmientes de los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus verdugos, dos soldados rasos del ejército federal bajo las órdenes de un sargento que, en la vida civil, debió de haber sido agente de la ley. No lejos de ellos, en el mismo entarimado improvisado, estaba un oficial del ejército con las divisas de su graduación; era un capitán. En cada lado un vigía presentaba armas, con el cañón del fusil por delante del hombro izquierdo y la culata apoyada en el antebrazo cruzado transversalmente sobre el pecho, postura forzada que obliga al cuerpo a permanecer erguido. A estos dos hombres no les interesaba lo que sucedía en medio del puente. Se limitaban a bloquear los lados del entarimado. Delante de uno de los vigías no había nada; la vía del tren penetraba en un bosque un centenar de metros y, dibujando una curvatura, desaparecía. No muy lejos de allí, sin duda, había una posición de vanguardia. En la otra orilla, un campo abierto ascendía con una ligera pendiente hasta una empalizada de troncos verticales con aberturas para los fusiles y un solo ventanuco por el cual salía la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. Entre el puente y el fortín estaban situados los espectadores: una compañía de infantería, en posición de descanso, es decir, con la culata de los fusiles en el suelo, el cañón inclinado levemente hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas encima de la caja. A la derecha de la hilera de soldados había un teniente; la punta de su sable tocaba tierra, la mano derecha reposaba encima de la izquierda. Sin contar con los verdugos y el reo en el medio del puente, nadie se movía. La compañía de soldados, delante del puente, miraba fijamente, hierático. Los vigías, en frente de los límites del río, podrían haber sido esculturas que engalanaban el puente. El capitán, con los brazos entrelazados y mudo, examinaba el trabajo de sus auxiliares sin hacer ningún gesto. Cuando la muerte se presagia, se debe recibir con ceremonias respetuosas, incluso por aquéllos más habituados a ella. Para este mandatario, según el código castrense, el silencio y la inmovilidad son actitudes de respeto.

El hombre cuya ejecución preparaban tenía unos treinta y cinco años. Era civil, a juzgar por su ropaje de cultivador. Poseía elegantes rasgos: una nariz vertical, boca firme, ancha frente, cabello negro y ondulado peinado hacia atrás, inclinándose hacia el cuello de su bien terminada levita. Llevaba bigote y barba en punta, pero sin patillas; sus grandes ojos de color grisáceo desprendían un gesto de bondad imposible de esperar en un hombre a punto de morir. Evidentemente, no era un criminal común. El liberal código castrense establece la horca para todo el mundo, sin olvidarse de las personas decentes.

Finalizados los preparativos, los dos soldados se apartaron a un lado y cada uno retiró la madera sobre la que había estado de pie. El sargento se volvió hacia el oficial, lo saludó y se colocó detrás de éste. El oficial, a su vez, se desplazó un paso. Estos movimientos dejaron al reo y al suboficial en los límites de la misma tabla que cubría tres durmientes del puente. El extremo donde se situaba al civil casi llegaba, aunque no del todo, a un cuarto durmiente. La tabla se mantenía en su sitio por el peso del capitán; ahora lo estaba por el peso del sargento. A una señal de su mando, el sargento se apartaría, se balancearía la madera, y el reo caería entre dos durmientes. Consideró que esta acción, debido a su simplicidad, era la más eficaz. No le habían cubierto el rostro ni vendado los ojos. Observó por un instante su inseguro punto de apoyo y miró vagamente el agua que corría por debajo de sus pies formando furiosos torbellinos. Una madera que flotaba en la superficie le llamó la atención y la siguió con la vista. Apenas avanzaba. ¡Qué indolente corriente!

Cerró los ojos para recordar, en estos últimos instantes, a su mujer y a sus hijos. El agua brillante por el resplandor del sol, la niebla que se cernía sobre el río contra las orillas escarpadas no lejos del puente, el fortín, los soldados, la madera que flotaba, todo en conjunto lo había distraído. Y en este momento tenía plena conciencia de un nuevo motivo de distracción. Al dejar el recuerdo de sus seres queridos, escuchaba un ruido que no comprendía ni podía ignorar, un ruido metálico, como los martillazos de un herrero sobre el yunque. El hombre se preguntó qué podía ser este ruido, si procedía de una distancia cercana o alejada: ambas hipótesis eran posibles. Se reproducía en regulares plazos de tiempo, tan pausadamente como las campanas que doblan a muerte. Esperaba cada llamada con impaciencia, sin comprender por qué, con recelo. Los silencios eran cada vez más largos; las demoras, enloquecedoras. Los sonidos eran menos frecuentes, pero aumentaba su contundencia y su nitidez, molestándole los oídos. Tuvo pánico de gritar… Oía el tictac de su reloj.

Abrió los ojos y escuchó cómo corría el agua bajo sus pies. «Si lograra desatar mis manos —pensó— podría soltarme del nudo corredizo y saltar al río; esquivaría las balas y nadaría con fuerza, hasta alcanzar la orilla; después me internaría en el bosque y huiría hasta llegar a casa. A Dios gracias, todavía permanece fuera de sus líneas; mi familia está fuera del alcance de la Posición más avanzada de los invasores.» Mientras se sucedían estos pensamientos, reproducidos aquí por escrito, el capitán inclinó la cabeza y miró al sargento. El suboficial se colocó en un extremo.
II

Peyton Farquhar, cultivador adinerado, provenía de una respetable familia de Alabama. Propietario de esclavos, político, como todos los de su clase fue, por supuesto, uno de los primeros secesionistas y se dedicó, en cuerpo y alma, a la causa de los Estados del Sur. Determinadas condiciones, que no podemos divulgar aquí, impidieron que se alistara en el valeroso ejército cuyas nefastas campañas finalizaron con la caída de Corinth, y se enojaba de esta trabazón sin gloria, anhelando conocer la vida del soldado y encontrar la ocasión de distinguirse. Estaba convencido de que esta ocasión llegaría para él, como llega a todo el mundo en tiempo de guerra. Entre tanto, hacía lo que podía. Ninguna acción le parecía demasiado modesta para la causa del Sur, ninguna aventura lo suficientemente temeraria si era compatible con la vida de un ciudadano con alma de soldado, que con buena voluntad y sin apenas escrúpulos admite en buena parte este refrán poco caballeroso: en el amor y en la guerra, todos los medios son buenos.

Una tarde, cuando Farquhar y su mujer estaban descansando en un rústico banco, próximo a la entrada de su parque, un soldado confederado detuvo su corcel en la verja y pidió de beber. La señora Farquhar sólo deseaba servirle con sus níveas manos. Mientras fue a buscar un vaso de agua, su esposo se aproximó al polvoriento soldado y le pidió ávidamente información del frente.

—Los yanquis están reparando las vías del ferrocarril —dijo el hombre— porque se preparan para avanzar. Han llegado hasta el Puente del Búho, lo han reparado y han construido una empalizada en la orilla norte. Por una orden, colocada en carteles por todas partes, el comandante ha dictaminado que cualquier civil a quien se le sorprenda en intento de sabotaje a las líneas férreas será ejecutado sin juicio previo. Yo he visto la orden.

—¿A qué distancia está el Puente del Búho? —pregunto Faquhar.

—A unos cincuenta kilómetros.

—¿No hay tropas a este lado del río?

—Un solo piquete de avanzada a medio kilómetro, sobre la vía férrea, y un solo vigía de este lado del puente.

—Suponiendo que un hombre —un ciudadano aficionado a la horca— pudiera despistar la avanzadilla y lograse engañar al vigía —dijo el plantador sonriendo—, ¿qué podría hacer?

El militar pensó:

—Estuve allí hace un mes. La creciente de este invierno pasado ha acumulado una enorme cantidad de troncos contra el muelle, en esta parte del puente. En estos momentos los troncos están secos y arderían con mucha facilidad.

En ese mismo instante, la mujer le acercó el vaso de agua. Bebió el soldado, le dio las gracias, saludó al marido y se alejó con su cabalgadura. Una hora después, ya de noche, volvió a pasar frente a la plantación en dirección al norte, de donde había venido. Aquella tarde había salido a reconocer el terreno. Era un soldado explorador del ejército federal.
III

Al caerse al agua desde el puente, Peyton Farquhard perdió la conciencia, como si estuviera muerto. De este estado salió cuando sintió una dolorosa presión en la garganta, seguida de una sensación de ahogo. Dolores terribles, fulgurantes, cruzaban todo su cuerpo, de la cabeza a los pies. Parecía que recorrían líneas concretas de su sistema nervioso y latían a un ritmo rápido. Tenía la sensación de que un enorme torrente de fuego le subía la temperatura insoportablemente. La cabeza le parecía a punto de explotar. Estas sensaciones le impedían cualquier tipo de raciocinio, sólo podía sentir, y esto le producía un enorme dolor. Pero se daba cuenta de que podía moverse, se balanceaba como un péndulo de un lado para otro. Después, de un solo golpe, muy brusco, la luz que lo rodeaba se alzó hasta el cielo. Hubo un chapoteo en el agua, un rugido aterrador en sus oídos y todo fue oscuridad y frío. Al recuperar la conciencia supo que la cuerda se había roto y él había caído al río. Ya no tenía la sensación de estrangulamiento: el nudo corredizo alrededor de su garganta, además de asfixiarle, impedía que entrara agua en sus pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! Esta idea le parecía absurda. Abrió los ojos en la oscuridad y le pareció ver una luz por encima de él, ¡tan lejana, tan inalcanzable! Se hundía siempre, porque la luz desaparecía cada vez más hasta convertirse en un efímero resplandor. Después creció de intensidad y comprendió a su pesar que subía de nuevo a la superficie, porque se sentía muy cómodo. «Ser ahogado y ahorcado —pensó— no está tan mal. Pero no quiero que me fusilen. No, no habrán de fusilarme. Eso no sería justo.»

Aunque inconsciente del esfuerzo, el vivo dolor de las muñecas le comunicaba que trataba de deshacerse de la cuerda. Concentró su atención en esta lucha como si fuera un tranquilo espectador que podía observar las habilidades de un malabarista sin demostrar interés alguno por el resultado. Qué prodigioso esfuerzo. Qué magnífica, sobrehumana energía. ¡Ah, era una tentativa admirable! ¡Bravo! Se desató la cuerda: sus brazos se separaron y flotaron hasta la superficie. Pudo discernir sus manos a cada lado, en la creciente luz. Con nuevo interés las vio agarrarse al nudo corredizo. Quitaron salvajemente la cuerda, la lanzaron lejos, con rabia, y sus ondulaciones parecieron las de una culebra de agua. «¡Ponla de nuevo, ponla de nuevo!» Creyó gritar estas palabras a sus manos, porque después de liberarse de la soga sintió el dolor más inhumano hasta entonces. El cuello le hacía sufrir increíblemente, la cabeza le ardía; el corazón, que apenas latía, estalló de inmediato como si fuera a salírsele por la boca. Una angustia incomprensible torturó y retorció todo su cuerpo. Pero sus manos no le respondieron a la orden. Golpeaban el agua con energía, en rápidas brazadas de arriba hacia abajo, y lo sacaron a flote. Sintió emerger su cabeza. El resplandor del sol lo cegó; su pecho se expandió con fuertes convulsiones. Después, un dolor espantoso y sus pulmones aspiraron una gran bocanada de oxígeno, que al instante exhalaron en un grito.

Ahora tenía plena conciencia de sus facultades; eran, verdaderamente, sobrenaturales y sutiles. La terrible perturbación de su organismo las había definido y despertado de tal manera que advertían cosas nunca percibidas hasta ahora. Sentía los movimientos del agua sobre su cara, escuchaba el ruido que hacían las diminutas olas al golpearlo. Miraba el bosque en una de las orillas y conocía cada árbol, cada hoja con todos sus nervios y con los insectos que alojaba: langostas, moscas de brillante cuerpo, arañas grises que tendían su tela de ramita en ramita. Contempló los colores del prisma en cada una de las gotas de rocío sobre un millón de briznas de hierba. El zumbido de los moscardones que volaban sobre los remolinos, el batir de las alas de las libélulas, las pisadas de las arañas acuáticas, como remos que levanta una barca, todo eso era para él una música totalmente perceptible. Un pez saltó ante su vista y escuchó el deslizar de su propio cuerpo que surcaba la corriente.

Había llegado a la superficie con el rostro a favor de la corriente. El mundo visible comenzó a dar vueltas lentamente. Entonces vio el puente, el fortín, a los vigías, al capitán, a los dos soldados rasos, sus verdugos, cuyas figuras se distinguían contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban, señalándolo con el dedo; el oficial le apuntaba con su revólver, pero no disparaba; los otros carecían de armamento. Sus movimientos a simple vista resultaban extravagantes y terribles; sus siluetas, grandiosas.

De pronto escuchó un fuerte estampido y un objeto sacudió fuertemente el agua a muy poca distancia de su cabeza, salpicando su cara. Escuchó un segundo estampido y observó que uno de los vigías tenía aún el fusil al hombro; de la boca del cañón ascendía una nube de color azul. El hombre del río vio cómo le apuntaba a través de la mirilla del fusil. Al mirar a los ojos del vigía, se dio cuenta de su color grisáceo y recordó haber leído que todos los tiradores famosos tenían los ojos de ese color; sin embargo, éste falló el tiro.

Un remolino le hizo girar en sentido contrario; nuevamente tenía a la vista el bosque que cubría la orilla opuesta al fortín. Escuchó una voz clara detrás de él; en un ritmo monótono, llegó con una extremada claridad anulando cualquier otro sonido, hasta el chapoteo de las olas en sus oídos. A pesar de no ser soldado, conocía bastante bien los campamentos y lo que significaba esa monserga en la orilla: el oficial cumplía con sus quehaceres matinales. Con qué frialdad, con qué pausada voz que calmaba a los soldados e imponía la suya, con qué certeza en los intervalos de tiempo, se escucharon estas palabras crueles:

—¡Atención, compañía …! ¡Armas al hombro…! ¡Listos…! ¡Apunten…! ¡Fuego…!

Farquhar pudo sumergirse tan profundamente como era necesario. El agua le resonaba en los oídos como la voz del Niágara. Sin embargo, oyó la estrepitosa descarga de la salva y, mientras emergía a la superficie, encontró trozos de metal brillante, extremadamente chatos, bajando con lentitud. Algunos le alcanzaron la cara y las manos, después siguieron descendiendo. Uno se situó entre su cuello y la camisa: era de un color desagradable, y Farquhar lo sacó con energía.

Llegó a la superficie, sin aliento, después de permanecer mucho tiempo debajo del agua. La corriente lo había arrastrado muy lejos, cerca de la salvación. Mientras tanto, los soldados volvieron a cargar sus fusiles sacando las baquetas de sus cañones. Otra vez dispararon y, de nuevo, fallaron el tiro. El perseguido vio todo esto por encima de su hombro. En ese momento nadaba enérgicamente a favor de la corriente. Todo su cuerpo estaba activo, incluyendo la cabeza, que razonaba muy rápidamente. «El teniente —pensó— no cometerá un segundo error. Esto era un error propio de un oficial demasiado apegado a la disciplina. ¿Acaso no es más fácil eludir una salva como si fuese un solo tiro? En estos momentos, seguramente, ha dado la orden de disparar a voluntad. ¡Qué Dios me proteja, no puedo esquivar a todos!»

A dos metros de allí se escuchó el increíble estruendo de una caída de agua seguido de un estrepitoso escándalo, impetuoso, que se alejaba disminuyendo, y parecía propasarse en el aire en dirección al fortín, donde sucumbió en una explosión que golpeó las profundidades mismas del río. Se levantó una empalizada líquida, curvándose por encima de él; lo cegó y lo ahogó. ¡Un cañón se había unido a las demás armas! El obús sacudió el agua, oyó el proyectil, que zumbó delante de él despedazando las ramas de los árboles del bosque cercano.

«No empezarán de nuevo —pensó—. La próxima vez cargarán con metralla. Debo fijarme en la pieza de artillería, el humo me dirigirá. La detonación llega demasiado tarde: se arrastra detrás del proyectil. Es un buen cañón.» De inmediato comenzó a dar vueltas y más vueltas en el mismo punto: giraba como una peonza. El agua, las orillas, el bosque, el puente, el fortín y los hombres ahora distantes, todo se mezclaba y desaparecía. Los objetos ya no eran sino sus colores; todo lo que veía eran banderas de color. Atrapado por un remolino, marchaba tan rápidamente que tenía vértigo y náuseas. Instantes después se encontraba en un montículo, en el lado izquierdo del río, oculto de sus enemigos. Su inmovilidad inesperada, el contacto de una de sus manos contra la pedriza, le devolvió los sentidos y lloró de alegría. Sus dedos penetraron la arena, que se echó encima, bendiciéndola en voz alta. Para su parecer era la cosa más preciosa que podría imaginar en esos momentos. Los árboles de la orilla eran gigantescas plantas de jardinería; le llamó la atención el orden determinado en su disposición, respiró el aroma de sus flores. La luz brillaba entre los troncos de una forma extraña y el viento entonaba en sus hojas una armoniosa música interpretada por una arpa eólica. No quería seguir huyendo, le bastaba permanecer en aquel lugar perfecto hasta que lo capturaran.

El silbido estrepitoso de la metralla en las hojas de los árboles lo despertaron de su sueño. El artillero, decepcionado, le había enviado una descarga al azar como despedida. Se alzó de un brinco, subió la cuesta del río con rapidez y se adentró en el bosque.

Caminó todo el día, guiándose por el sol. El bosque era interminable; no aparecía por ningún sitio el menor claro, ni siquiera un camino de leñador. Ignoraba vivir en una región tan salvaje, y en este pensamiento había algo de sobrenatural.

Al anochecer continuó avanzando, hambriento y fatigado, con los pies heridos. Continuaba vivo por el pensamiento de su familia. Al final encontró un camino que lo llevaba a buen puerto. Era ancho y recto como una calle de ciudad. Y, sin embargo, no daba la impresión de ser muy conocido. No colindaba con ningún campo; por ninguna parte aparecía vivienda alguna. Nada, ni siquiera el ladrido de un perro, sugería un indicio de humanidad próxima. Los cuerpos de los dos enormes árboles parecían dos murallas rectilíneas; se unían en un solo punto del horizonte, como un diagrama de una lección de perspectiva. Por encima de él, levantó la vista a través de una brecha en el bosque, y vio enormes estrellas áureas que no conocía, agrupadas en extrañas constelaciones. Supuso que la disposición de estas estrellas escondía un significado nefasto. De cada lado del bosque percibía ruidos en una lengua desconocida.

Le dolía el cuello; al tocárselo lo encontró inflamado. Sabía que la soga lo había marcado con un destino trágico. Tenía los ojos congestionados, no podía cerrarlos. Su lengua estaba hinchada por la sed; sacándola entre los dientes apaciguaba su fiebre. La hierba cubría toda aquella avenida virgen. Ya no sentía el suelo a sus pies.

Dejando a un lado sus sufrimientos, seguramente se ha dormido mientras caminaba, porque contempla otra nueva escena; quizá ha salido de una crisis delirante. Se encuentra delante de las rejas de su casa. Todo está como lo había dejado, todo rezuma belleza bajo el sol matinal. Ha debido caminar, sin parar, toda la noche. Mientras abre las puertas de la reja y sube por la gran avenida blanca, observa unas vestiduras flotar ligeramente: su esposa, con la faz fresca y dulce, sale a su encuentro bajando de la galería, colocándose al pie de la escalinata con una sonrisa de inenarrable alegría, en una actitud de gracia y dignidad incomparables. ¡Qué bella es! Él se lanza para abrazarla. En el momento en que se dispone a hacerlo, siente en su nuca un golpe que le atonta. Una luz blanca y enceguecedora clama a su alrededor con un estruendo parecido al del cañón… y después absoluto silencio y absoluta oscuridad.

Peyton Farquhar estaba muerto. Su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba de un lado a otro del Puente del Búho.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cuentos de soldados y civiles, de Ambrose Bierce (Akal, 2017). [Aviso legal]

 

16. Japonés, de Rodolfo Fogwill [Jorge de Cascante]

Hasta que el cuento aguante

Funciona casi como un cuento de fantasmas, pienso mucho en ese cuento, no sé qué más decir.

 

Recomendación de Jorge de Cascante, traductor, editor y escritor. Ha colaborado con medios como La Vanguardia, VICE, El País, Apartamento, ICON, Vanity Fair, GQ o Tentaciones. En Blackie Books ha editado, entre otros, El Libro de Gloria Fuertes (2017), El Gran Libro de los Perros (2018) y El Libro de Gila (2019). Ha traducido obras de autores como Quentin Blake, David Sedaris o William Steig, y es autor del libro de relatos Hace tiempo que vengo al taller y no sé a lo que vengo (Blackie Books, 2019).

 

Japonés, de Rodolfo Fogwill

¡El lechón…! ¡El lechón con cerveza…! —Gritó el Japonés desde cubierta.

Y yo, en la cabina, trataba de calcular nuestra posición: eran las 21.30 Greenwich, las 18 hora local, la que usábamos a bordo. El sol se había puesto a las 17 y a pesar de las nubes, pude bajar un par de astros. Hacía noventa horas que navegábamos nublado y nublado y la posición estimada por la corredera de nudos y alguna corrección de radiogoniómetro no estaba tan mal: quince millas de error.

Pero el grito del Japonés me recordó el lechón.

Lo habíamos estibado en el fondo de la freezer, la tarde que salimos de Mar del Plata, hacía ya ciento doce horas.

Lo habíamos comprado en la rotisería del puerto. Allí estuvimos varias veces abasteciéndonos de conservas y bebidas y el último día, cuando pasamos para encargar media docena de pollos, charlábamos con el vendedor y el Japonés descubrió los lechones. Chicos, tres o cuatro kilos, quisimos comprar un par. El patrón, que sabía que la tarde siguiente zarparíamos a Brasil, nos recomendó que ni los llevásemos. Según él estaban muy condimentados, por eso nos aconsejó comprarle un lechón crudo, para que lo hiciésemos asar en el horno de panadería de la base naval, donde el concesionario era cuñado o primo de su mujer.

Agradecidos, nos fuimos con un lechoncito blanco y limpísimo. Lo acababan de cuerear pero le habían dejado puestos los ojos. Redondos, marrones, grandes: eso impresionaba. El napolitano de la panadería naval se llamaba Palumbo y como le gustaban los veleros no nos quiso cobrar. Lo asó envuelto en aluminio y lo trajo a bordo la mañana siguiente. El Japonés le mostró el Chila, la maniobra y los detalles de carpintería interior.

Los escuchaba hablar entusiasmados mientras hacía lugar para el lechón, aún tibio, en el fondo de la freezer.

Terminaba de anotar la posición en el libro de a bordo y recordé la cara del napolitano cuando entreabrió las láminas de papel metálico para mostrarnos la piel dorada del lechón. Los ojitos se habían achicado y estaban secos. Esa noche lo comeríamos:

—¡Uy… El lechón…! — grité al Japonés.

—¡Termino de estimar la posición y lo busco! .

Estábamos en 21Q 13′ lo” Sur y 44Q 00′ 09″ Oeste o en un círculo de cinco millas alrededor de ese puntito de la carta. El Chila avanzaba a 7 nudos con mayor, mesana y genoa dos. Levábamos rumbo 17Q, soplaba Este, empezaba el cuarto día de navegación y pensé si el lechón habría perdido sabor a causa del frío del freezer.

—¿Qué horas son…? —Preguntó el Japonés desde cubierta.

—Las seis —mentí. Eran las siete en Río, hora que habíamos adoptado para el uso a bordo y para rotar las guardias. No quería que el Japonés, que acababa de hacerse cargo de la guardia, me apurase con la cena.

Encontré el chancho al fondo de la conservadora. Se había corrido a sotavento, hacia babor.

La temperatura de la freezer era baja —menos doce según el termostato—, y la humedad nula, cuatro por ciento. en contraste con la atmósfera del barco: veintitrés grados, noventa y cinco por ciento de humedad.

Miré el lechón mientras se descongelaba bajo la lámpara de la mesada. Estaba perfecto. No me gustan las carnes naturales a bordo. El pollo, especialmente, aunque esté en la congelador siempre se descompone, suelta una gelatina amarillenta de gusto subido y en cuanto se descongela absorbe humedad del ambiente y toma una consistencia acartonada que me resulta más desagradable que la carne medio podrida de vaca o cordero que tantas veces debí masticar disciplinadamente.

Arriba el Japonés insistía con la cerveza: —¡Animal…! Con vino… El lechón va con vino… —Le dije, dando a entender que la cena estaba lista.

—No… ¡Con cerveza! Con cerveza, lechuga, tomate y si queda mayonesa, con mayonesa —me respondió.

Quedaba ensalada de la mañana, bastó condimentarla y en un par de minutos serví la cena en la dinette, donde el Japonés había dejado naipes, revistas de historietas, documentos y una campera húmeda sobre la mesa.

—¡Antes de comer, ordená esta roña…! —Re clamé, y me senté frente al timón fingiendo calibrar el automático para justificar que él se hiciese cargo de su responsabilidad.

Pero no fue necesario calibrar: las velas estaban bien establecidas y seguía soplando viento Este clavado, la misma brisa que nos acompañaba desde la partida de Mar del Plata.

Por las noches refrescaba —alguna vez llegó a soplar más de treinta nudos—, con el amanecer empezaba a desinflarse y a mediodía calmaba y caía a cuatro o cinco nudos. Cuando empezaba a bajar el sol volvía a refrescar y al atardecer soplaban diez, quince, dieciocho o veinte nudos.

A la puesta del sol se producían unos cortos borneos al norte, que nos sorprendían con las velas abiertas y provocaban repentinas flameadas que frenaban al barco. Pero esa tarde no fue necesario calibrar el piloto, pues al minuto de bornear volvía a soplar del este y se restablecía la marcha normal del Chila.

Abajo puteaba el Japonés. No le gustaba ordenar. Sólo servía para trabajos de mantenimiento, mecánica, reparación de velas, hacer gazas, reponer el agua de las baterías o controlar el remanente de agua potable. Odiaba timonear, establecer las velas, hacer maniobras en la proa y estar en cubierta bajo la lluvia o cuando el mar mojaba: odiaba todo lo bueno de navegar.

Por eso nos complementábamos. Llevábamos más de cinco mil millas navegando juntos: una traída del Veracruz de los Sotelo desde Marbelhead a Punta del Este, un crucero en El Maula desde San Fernando a Florianòápolis, docenas de cruces Mar del Plata—Buceo y Buenos Aires—Punta, y ahora este trabajo de llevar el Chila desde el club Mar del Plata a la marina de Botafogo, frente al departamento de su nuevo dueño, un tal Kuperman. Rarísimo: había sido rabino en la Argentina, después estuvo veinte años en la India estudiando filosofía, y después tomó ciudadanía yanqui. De viejo, se casó con una bailarina de ballet que se gastó la herencia de los padres para comprarle el Chila: habían pagado tres cientos cincuenta mil dólares por este barco, y ahora él estaba en Brasil por un año, dirigiendo una fundación norteamericana, y la mujer se había quedado en Chicago, dando clases de danza oriental, sin marido y sin barco.

Cuando me comentaron el precio del Chila calculé que la tipa había gastado trescientos dólares por centímetro, treinta dólares por milímetro. Y una vez que comíamos jamón el Japonés se reía solo y cuando le pregunté por qué reía me dio que pensaba en el Chila cortado en fetas finísimas como jamón, cada una de las cuales costaría más que un kilo de jamón. A él nunca se le hubiera ocurrido calcular por milímetro el precio de un barco. Pero yo jamás habría comparado un barco ni una feta de barco con un fiambre por más apetecible que estuviera en aquel atardecer tan lejos de los buenos restaurantes del mundo. Era brillante el Japo.

También en eso nos complementábamos.

Lo conocí en 1973, la tarde del 29 de diciembre, en el Yacht Club de Buceo. Necesitaba estar el 31 en Punta del Este —en el “este”, como dicen los orientales—, no tenía ganas de subir a la ciudad para tomar un ómnibus y por entonces el taxi costaba una fortuna. Anduve preguntando si alguien se embarcada para la Punta y entonces —me lo presentaron: —Dumas, encantado… —Le di la mano.

—Orlando, un gusto —respondió—. ¿Argentino…? —Sí —dije—, ¿vos también…? —No, paraguayo de nacimiento, pero criado en San Fernando… ‘ Le habían pagado para llevar un crucero de lujo a Punta. Había entrado en el Buceo porque amenazaba pampero y como muchos de los que andaban remoloneando por el muelle matando el tiempo, esperó un día, esperó dos, y el pampero no terminaba de largarse. El barómetro seguía bajo, por eso nadie se animaba a salir. A las siete de la tarde me dijo: Si no refucila, a las nueve nos mandamos.

—Perfecto —dije y quise saber cómo era el barco.

—Así, así, más o menos… —me explicó figurando un gesto de bamboleo o de duda con la mano derecha y me lo señaló. vi el barco: un crucero de lujo, pensado para pasear por el Delta del Paraná, nada adecuado al mar abierto. Tenía dos motores nafteros de trescientos caballos que se jalaban cerca de cien litros por hora sin rendir más de veinte nudos: mil litros de Buenos Aires a Punta del Este, una locura.

—Tiene seguro. Nos andamos pegados a la costa y listo… —Me tranquilizó.

—Yo nado bien —le contesté.

—Yo también. ¿Dormiste anoche? La pregunta era obligada. Aquellas —noches nadie solía dormir. La gente subía a Montevideo a tomar, había uruguayos y turistas que te invitaban a sus casas, había guitarreadas, mesas de pócker y firmadas en el puerto y de mañana todo el mundo iba a la playa a nadar o a tomar mate mirando el horizonte y las nubes con apariencia de pampero que seguían quietas, como el agua mansa del río.

—Sí, apoliyé toda la noche, hasta las dos de la tarde —le contesté.

—Mejor. Si nos hundimos vamos .a tratar de salvar algo para nosotros…

—Bien —respondí. Pero a bordo era un puro lujo, cristalería, cubiertos, almohadones con pieles, nada que valiese la pena robar.

—¿Qué salvarías si se hunde? —le pregunté.

—El champán: en la sentina hay seis cajones de champán de la embajada chilena. El champán, para festejar —dijo el Japonés.

Lo imaginé nadando con un salvavidas y un cabo a la rastra con seis cajones de champán y me gustó el tipo: seguro, franco. Quise saber: —¿Por qué te dicen Japonés…? —Por achinado —dijo señalándose los ojos chiquitos—. ¡Y porque jugaba al béisbol…! Una vez, de pendejo, jugaba en un equipo de japoneses y una tipa me empezó a gritar en japonés “gua gua gua”, creyéndose que yo era de la colectividad… —Explicaba.

—Japonés es el que dibujó este barco —lo interrumpí.

—Sí. ¡Picasso no era! Fijáte que el fondo, que aguanta toda la hotelería y las máquinas, lo hicieron de una pulgada de cedro y al espejo, que está de puro adorno, le metieron lapacho de 35 milímetros para darle pinta…

No le creí, —pero rato después, al recorrer el barco, pensé que aunque el Japonés exageraba, era una de las peores entre las tantas cosas mal calculadas que flotan por el Río de la Plata.

Oscurecía en Montevideo. Soplaba Noroeste y no se veía una nube. El barómetro seguía bajo y hasta en la pesadez de las conversaciones de la gente del muelle se notaba venir la tormenta.

Miré al Sur y al Suroeste: ni un relámpago, ni un cambio en el dibujo de las nubes.

—¿Y qué hacemos…? —Dudé.

—Nos piramos —decidió.

A las nueve y media dejamos la amarra de Buceo. Algunos conocidos nos desearon suerte.

Desde un cadete fondeado cerca de la saliva un gordo preguntó: —¿Llevan paraguas? —No… ¡Comida pa’ las medusas! —gritó el Japonés.

El gordo riendo, con su jarrito de aluminio en la mano fue lo último que vi del puerto. Después me acordé mucho de él. El Japonés puso rumbo al Este y aceleró. Los motores giraban a dos mil vueltas y salimos haciendo cerca de quince nudos: llegaríamos a Punta entre las dos y las tres de la madrugada.

Al rato me cedió el comando. Traté de tomarle la mano, nada fácil: no bien creía haber logrado una buena combinación de aceleradores y timón, y en cuanto mis reflejos se habían organizado para administrarla, una repentina desviación me obligaba a restablecer el equilibrio, generalmente, al precio de un cambio de veinte y de hasta treinta grados en el rumbo.

En cabina, recostado en un diván de piel de cebra, el Japonés leía una historieta. De a ratos se incorporaba para controlar el rumbo en el compás de la timonera interior y cuando me descubría alguna desviación vociferaba:

—¡Eha, eha cochero…! Y yo lo mandaba al carajo porque los brazos me dolían, no tanto por el esfuerzo, sino por la concentración inútil que requería ese barco.

Rolaba quince grados, casi sin olas y como al inclinarse hacia una banda trabajaba más el motor de ese lado, la proa enfilaba hacia la banda opuesta. No había manera de eliminar aquel efecto tan enervante.

Después de vigilarme un rato el Japonés me tomó confianza. Subió a avisar que dormiría una siesta en el camarote y me pidió que lo despertase a las doce. Bajó él, y cuando vi que las luces del camarote se apagaban me despreocupé del nimbo y lo dejé oscilar. No tenía apuro por llegar ni necesidad de ahorrar combustible.

Navegué más tranquilo y aumenté la velocidad. Los Gray giraban a dos mil quinientas vueltas, la aguja marcaba apenas veinte nudos.

Eran las diez.

En la timonera de cubierta había un receptor de radio. Sintonicé la emisora del Estado uruguayo, SODRE. Transmitían “La Traviata”, estábamos en mitad del primer acto y violeta deliraba en voz alta sobre el valor de la libertad y la pasión de su joven Alfredo. El mar estaba calmo, seguía soplando suave el Noroeste y unas ondas muy remolonas nos tomaban por estribor y por la aleta, provocando el rolido tan molesto.

Pero a mí eso ya no me importaba: venía tarareando el aria de violeta, dos octavas más bajo, casi en el registro de los escapes de los Gray.

Cuando el señor Germont golpeó la puerta eran las once menos cuarto y empezaba a relampaguear en el Sudoeste. A proa se notaban las luces de Piriápolis, y aunque la oscuridad impedía calcular la distancia de la costa a babor, según la profundidad, si la ecosonda no me engañaba, debíamos tenerla a tres o cuatro millas.

Resolví acercarme y mantener el rumbo sobre la isobata de tres metros de profundidad, a una o dos millas de la costa. A las once abandoné por unos instantes “La Traviata” y sintonicé radio Provincia de Buenos Aires para escuchar el boletín meteorológico.

Llovía en Mar del Plata y en Maipú. Anunciaban vientos de regulares a fuertes del Sur y esa tarde un temporal se había desencadenado en Tandil.

Volví a sintonizar Sodre y calculé que si la tormenta estaba en Mar del Plata, corriéndose a cuarenta y cinco millas horarias, llegaría a Punta del Este una hora después que nosotros. Los relámpagos se concentraban en una zona que tenía el aspecto de un frente de tormenta. Creí ver cúmulus, pero mientras violeta despedía a Alfredo —para siempre—, decidí que esa imagen era producto del cansancio de timonear, una alucinación visual y sólo eso.

El Japonés debió haber visto el reflejo de los relámpagos porque ante de las once y media salió del camarote y subió a la timonera con dos latas de cerveza recién abiertas. Extendió sobre la mesa de navegación su revista de historietas: —¡Qué asco! ¿Leíste ésta…? —Preguntó.

—No. ¿Qué es…? —Dije. Historietas jamás han sido mi fuerte.

—Una nueva, “Maxi Tops”.

Leí los titulares. Había una historieta mal ilustrada sobre cowboys y otra sobre hippies.

Osvaldo Lamborghini firmaba esta última. Me sorprendió: engañaba, debíamos tenerla a tres o cuatro millas.

Resolví acercarme y mantener el rumbo sobre la isobata de tres metros de profundidad, a una o dos millas de la costa. A las once abandoné por unos instantes “La Traviata” y sintonicé radio Provincia de Buenos Aires para escuchar el boletín meteorológico.

Llovía en Mar del Plata y en Maipú. Anunciaban vientos de regulares a fuertes del Sur y esa tarde un temporal se había desencadenado en Tandil.

Volví a sintonizar SODRE y calculé que si la tormenta estaba en Mar del Plata, corriéndose a cuarenta y cinco millas horarias, llegaría a Punta del Este una hora después que nosotros. Los relámpagos se concentraban en una zona que tenía el aspecto de un frente de tormenta. Creí ver cúmulus, pero mientras violeta despedía a Alfredo —para siempre—, decidí que esa imagen era producto del cansancio de timonear, una alucinación visual y sólo eso.

El Japonés debió haber visto el reflejo de los relámpagos porque ante de las once y media salió del camarote y subió a la timonera con dos latas de cerveza recién abiertas. Extendió sobre la mesa de navegación su revista de historietas: —¡Qué asco! ¿Leíste ésta…? —Preguntó.

—No. ¿Qué es…? —Dije. Historietas jamás han sido mi fuerte.

—Una nueva, “Maxi Tops”.

Leí los titulares. Había una historieta mal ilustrada sobre cowboys y otra sobre hippies.

Osvaldo Lamborghini firmaba esta última. Me sorprendió: No seguí con el tema. Bajé a la cabina a consultar una carta —la única de a bordo—, y confirmé la profundidad y —el rumbo. En efecto, las luces que veíamos a proa correspondían a Piriápolis. Busqué un salvavidas y calcé mis botas y. mi traje de agua. Cargué en los bolsillos unas barras de chocolate que había en el botiquín y en mi bolso de mano, el único equipaje que llevé a Uruguay, agregué una cantimplora de cognac, un par de latas de cerveza, una botella de un litro de Coca Cola, una manta inglesa y un juego de herramientas en miniatura que hasta esa noche pertenecieron al dueño del barco. Cerré el bolso, lo aseguré con un cabo al salvavidas y salí a la noche cálida. El Japonés no se sorprendió, me cedió el timón y bajó a la cabina: él también quería prepararse. Al volver preguntó: —¿Se acerca…? Respondí afirmativamente. Ya no se veían las luces de Piriápolis. Sobre la costa estaba la tormenta, o había comenzado a llover. Pronto lo sabríamos.

—¿Y…? ¿Preparaste el champán…? —Pregunté bromeando, para disimular el miedo.

—No es el momento. ¿Te parece de volver…? —No, sería peor. Si la que se viene es ésa —dije señalando la zona donde se concentraban los relámpagos—, nos va agarrar justo de proa.

—Mejor… Pero mejor de todo sería que esperase… —comentó como hablando para sí mismo. Y prosiguió—: Yo le había dicho al tipo que esperásemos… Que esto no es para el mar…

Pero hoy llamó desde Punta del Este, que quería tener ahí el barco mañana mismo…

—¿Y le dijiste que se podía ir al fondo…? —Sí…

—Y qué te contestó? —Que no importaba, que se compraba otro…

—¿Tiene seguro? —Sí, el barco sí —dijo y rió, medio nerviosamente. .

Yo también reí, y para tranquilizarlo sobre mi ánimo le conté algunas tormentas que me habían tocado. Pasamos un buen rato intercambiando anécdotas.

—Yo pongo proa a la playa y listo… —Dijo él.

—Yo me bajo, sin mojarme las botas, salto a la arena y chau… —Dije yo, siguiendo su broma Era el plan más razonable. Por esa zona hay piedra, pero la mayor parte de la costa es de arena blanca y cae a pico. Si uno fuese indiferente al destino del barco, en esa zona no le sería difícil bajar a tierra casi sin mojarse los pies. Pero no es fácil cambiar ciertas costumbres: la gente se habitúa a navegar en barcos que quiere j preferiría ahogarse antes de perderlos o dejarlos hundir entre las piedras. Así nace un reflejo de miedo por el barco. Porque aquella noche no había nada que temer: viniera del Sur o del Sudeste, el pampero nos llevaría inevitablemente hacia la costa. Un chapuzón, perder el bolso con los documentos en el peor de los casos, y ganar una anécdota nueva para contar a lo largo de toda una vida cuyo futuro está fuera de discusión. Pero está ese reflejo, y el miedo —la sensación de hielo en el estómago, la garganta seca, las manos que se crispan alrededor de cualquier objeto——, era idéntico al que se puede sentir en medio del mar, cuando aparece el riesgo de naufragio. Uno es presa del hábito y se hace difícil en momentos así integrar la idea de que los barcos ajenos y hechos para pasear en lagunas no merecen ninguna consideración.

Debo haber controlado la carta un par de veces. Mi plan, al que él Japonés adhería, era mantener el barco sobre la línea de profundidad de cuatro a cinco metros. De ese modo, entre Atlántida y Punta Ballenas no había riesgo de alejarse más de una milla, o un par de millas de la costa, en el peor de los casos. A las doce consulté el reloj por última vez. Los rayos pegaban cerca y los truenos se escuchaban al cabo de veinticinco o treinta segundos. Le iba a decir al Japonés que el borde de ataque de la tormenta estaba a seis o siete millas, cuando la primer racha nos castigó. venía yo a cargo del timón y cedí el comando al Japonés. La lluvia helada parecía granizo, pero bastó mirar la cubierta, iluminada por los reflejos de la timonera, para saber que era agua y sólo agua eso que golpeaba la cara casi hasta lastimar. El mar comenzaba a arbolarse. Las luces de Piriápolis ya no se veían y el crucero enterraba la proa en las primeras olas de la tormenta.

Miré la sonda: tres metros. Navegábamos muy arrimados a la costa. En un velero yo hubiese puesto rumbo mar adentro para defender el barco, pero ahí sólo rogaba que la primera piedra que golpease el casco estuviera muy cerca de la playa. Apenas podíamos conservar la enfilación, guiñábamos cuarenta grados a cada banda y no bien se corregía el rumbo la proa volvía a cruzar el viento, arrachado y borneador, y terminábamos con un desvío de cuarenta o cincuenta grados hacia el cuadrante opuesto. La marejada grande comenzó a los diez o quince minutos. No soplaba mucho, calculo un máximo de cuarenta nudos de viento. Pero los motores girando cerca de las cuatro mil vueltas no rendían más de cinco nudos y por momentos la aguja del velocímetro caía al cero y no me pareció improbable que estuviésemos frenados y retrocediendo a la velocidad de la corriente, que debía ser de tres o cuatro nudos por lo menos.

Llegaba la ola, el barco hundía la proa hasta que la cresta se acercaba a la popa y recién entonces emergía la proa, y todo acompañado por las variaciones del ruido del motor, porque al caer la proa, durante unos segundos las hélices giraban en el aire y el régimen subía hasta el límite de cinco a seis mil vueltas.

Por suerte algo regulaba la velocidad sus pendiendo momentáneamente la alimentación de los carburadores al superar cierto nivel de vueltas.

Eso, que ocurría cada dos o tres olas, nos dejaba paralizados y sin gobierno y el barco se atravesaba más y alguna rompiente nos pasaba por encima.

Mientras tanto rolábamos, caíamos a babor más que a estribor, creo que a causa de algún error en la instalación de los depósitos de nafta. Por la banda de babor embarcábamos agua. Pensé que si tina de esas caídas se producía cuando habíamos guiñado hacia el Oeste podríamos tumbar, y me preocupé, porque hundido uno se salva, pero dando una vuelta de campana, con esa timonera a casi cuatro metros de la superficie del agua, lo más probable sería reventarse contra la arena del fondo mucho antes de respirar la primera bocanada de agua liberadora. Quise prender un cigarrillo. Saqué uno o dos Embajadores mojados del saco de aguas y finalmente el Japonés me pasó un Jockey Club que milagrosamente conservaba encendido. Sentía la garganta cada vez más seca. El Japonés me pidió algo para tomar y bajé a la cabina a buscar la Coca y el cognac y mi bolso con el cabo que había preparado para el caso de embicar en la playa o para la eventualidad, que entonces me pareció más probable, de que se plantasen los motores y tuviésemos que tirarnos al agua para que la cabina no nos chupara en la tumbada.

El interior del barco parecía una demolición.

Todo era vidrios rotos, las puertas de los muebles del salón y la cocina se abrían y cerraban alocadamente. Hacía gracia la heladera abierta con su luz azulada reflejándose en el charco de leche, manteca derretida, vino, huevos y mayonesa que se había formado en la alfombra. Prendí un Embajadores, tomé la única botella de Coca sana que pude encontrar y volví a la timonera.

Le pasé un cigarrillo prendido al Japonés.

—¿Miedo? —Pregunté.

—No —me dice—. ¡Impresión nomás! —¿Dónde está el fondeo? —Ni lo busqués, tenemos una anclita de cinco kilos y un cabo de nylon, .pero no hay como hacerlo firme, porque el fraile está con dos tornillos de adorno y no aguanta ni el remolque de una canoa isleña. Se lo avisé al dueño.

—¿Y hay bote? —quise saber.

—Sí, pero no sirve. Es un plegable: no aguanta el peso de nadie si hay un poco de ola.

—¿Qué tal nadás? —Estaba empapado por la lluvia y por el sudor dentro del traje de aguas.

—Bien. Una o dos horas puedo.

, En ese momento enmudeció la radio y se apagaron las luces del instrumental.

. —Un fusible sonó —dijo él.

Estaríamos a un par de millas de Piriápolis, donde la costa hace un recodo y tal vez pudiésemos encontrar un poco de reparo del viento. Seguimos navegando con la timonera iluminada desde abajo por los fluorescentes de la cabina. Era cerca de la una de la madrugada. Miré el reloj porque me pareció que rolábamos más lentamente. ¿Sería el sueño? Iba a comentárselo al Japonés pero se me adelantó: —Algo siento.. —Dijo.

—¿Qué..? —Algo…

Había aumentado el viento y la lluvia amainaba. Ahora eran agujitas de agua helada, menos dolorosas que las de los chubascos de la primera hora.

—¿Qué algo…? —volví a preguntar.

—No sé. ¡Tomá el timón! Y me empujó frente a la rueda a mí y bajó a la cabina.

No bien dejó la timonera traté de sincronizar los motores. Estaban en cuatro mil vueltas, bajaban a mil cuando se clavaba la proa y llegaban a cinco mil cuando al pasar la ola volvía a hundirse la proa y la hélice se soltaba a trabajar en el aire. Nunca creí que pudiera resistir tanto un Gray.

Al volver el Japo me sorprendió con una pregunta: —¿Cuánto es una bomba de dos mil litros? ¿Saca dos mil por hora o por minuto? —Por hora, seguro que es por hora —le dije, sin entender.

—Y decime, ¿cuánta agua cabe en diez metros por uno y medio por dos de ancho? —Diez mil, quince mil litros —Calculé.

. —¡Sonamos! Los pisos de la cabina están flotando. Puse las dos bombas a funcionar, vuelvo a ver si sacan…

Escuché que gritaba desde abajo: —¡No sacan un carajo…! ¡Esto se hunde! Fue ahí cuando tuve más miedo que en cualquier otro momento de mi vida.

—rapo, ¿nos tiramos a la playa…? —grité. .

—No, pará… vamos a ver.

Volvió a la timonera.

—¡Pará un motor! —me ordenó.

—Estás loco.

—Pará uno y olvidáté de ponerlo en marcha.

¿Oíste? —Amenazó.

—¿Qué querés? —Sacar el agua. ¡Ni se te ocurra ponerlo en marcha! El mismo llevó el comando de un acelerador a cero, e interrumpió el encendido. Antes de bajar a la cabina amenazó: —Ni se te ocurra arrancarlo…

Con el motor de estribor funcionando a fondo y el timón clavado hacia la banda opuesta se podía mantener el rumbo unos minutos. Después una ola volvió a dejarnos la hélice en el aire, me giró la proa y concluí recorriendo un círculo completo. Lo mismo volvió a suceder dos o tres veces, y, según la sonda, con cada rodeo me acercaba más y más a la playa: por un momento marcó un metro, no supe si de profundidad o un metro bajo la quilla, es decir, un metro y medio o un metro ochenta de profundidad como máximo.

Á la tercera o cuarta vuelta apareció el japonés gritando: —¡Meté el motor a fondo, carajo! Pero él mismo empujó con el codo la palanca del acelerador. El régimen subió a cinco mil vueltas y el barco se hizo más gobernable. El Japonés me mostró su mano izquierda, me dijo que tenía la yema de los dedos chamuscadas, pero con la poca luz que subía desde los fluorescentes no pude verlas. Me explicó, mordiéndose los labios de dolor, que había desarmado el sistema de refrigeración, conectando el caño de la bomba del motor a la sentina, para desagotarla.

por suerte, ya entrábamos en el reparo de la punta de Piriápolis. Amainó el viento y la mare jada era menos violenta. Estuvimos rondando por la bahía un buen rato hasta que otra aflojada del viento nos animó a seguir porque no había modo de encontrar ‘las balizas de entrada al puerto de Piriápolis, que no es mucho más que un zanjón.

Con medio metro de agua adentro y los motores recalentados aparecimos en Punta del Este cuando empezaba a clarear. El Japonés dormía, trabado con su cinto a la butaca del acompañante del timonel. A las cinco y media amarré al muelle de Prefectura. Lloviznaba, no había nadie despierto entre tanto barco y edificio y recién a la hora llegaron los de la aduana en un botecito. Cuando terminaron la revisión y el papeleo se llevaron al Japonés a una farmacia a hacerle curar la mano. La tuvo vendada todo ese verano pero siguió yendo y viniendo, llevando y trayendo barcos de San Isidro al Este, del Este a San Isidro, y uno que otro hasta el Brasil. En marzo del año que empezó al día siguiente de aquel pampero volví a navegar con él en un barco decente, el Fiesta, un dibujo de Rhodes, clásico, con palo de madera y unas velas Ratsey de algodón, que tendrían veinticinco años pero pintaban impecables. Esa vez hicimos Punta del Este—Buenos Aires creo que en treinta horas, con viento sur.

Y nunca más volví a subir a bordo de un crucero: había aprendido que los barcos a motor son para locos como el Japonés, hechos para pasarse la vida llevando y trayendo cosas de fondo chato y decir por ahí que son capaces de dejarlas hundir y robarse un cajón de champán porque total tienen seguro y el dueño es un gallego, aunque uno sepa por experiencia que macanean y que no se atreverían a perder ni una casa flotante decorada con muebles provenzales.

—¿Te acordás del Pampero en Piriápolis..? —Habló el Japonés.

Yo estaba sirviendo mi tercera porción del chancho, unas costillitas con piel riquísima, empapadas con el jugo de medio limón. Terminé mi copa de vino blanco antes de responder.

—Sí, recién pensaba en eso yo —le dije.

—Qué cagazo flor, ¿eh? —Sí. No sé por qué. No sé por què carajo no nos metimos en la playa… —Reflexioné.

—La costumbre. Es la costumbre.

—¿Qué fue del dueño? ¿Se habrá ahogado…? —No… Esos no se ahogan nunca, terminan siempre vendiendo el barco al doble de lo que lo pagaron y se compran un Mercedes Benz…

Seguimos charlando mientras él comía lechón y tomaba cerveza Guinness como desafiándome a insistir en que el lechón va con vino.

—Mirá —dijo mostrándome las marcas que sus dedos terminaban de dejar en el vidrio empañado del porroncito de Guinness—, en este dedo no tengo digitales, y en este otro —me extendió su anular—, no tengo tacto. Si me toco el orto con él, me da la impresión de que me lo está tocando otro.

Era divertido. Le serví otra porción de lechón mientras él se destapaba otro porrón de Guinness.

El Chila avanzaba aplomado, siempre en rumbo.

Había refrescado el viento, y el barco, recostado sobre la banda de babor, se, hacía más firme en el agua. Desde la dinnette parecía que estábamos detenidos. Así era el andar de ese velero: veinte toneladas —nueve de plomo—, dos metros bajo el agua y una orza de acero inoxidable que se clavaba dos metros más hondo, dándole ese estilo sereno de atropellar la ola. Daba confianza el Chila, tal vez por eso nos volteaba el sueño con tanta facilidad a bordo de ese barco.

—Tu guardia, Japo. ¡A cubierta! —Reclamé.

—Sí… Voy. ¡Ya mismo voy! —Respondió. Pero demoró un largo rato para vestirse con la ropa de abrigo y preparar sus revistas y su termo con café. Cuando por fin subió a cubierta la cocina lucía limpia y ordenada y adivinando el estado en que la encontraría al levantarme, me fui a dormir a una cucheta de sotavento. Eran las nueve de la noche.

Tardé en dormirme. Llevaba en mente la idea que me había pasado Krôpfl un día antes de mi salida de Buenos Aires para buscar el Chila en Mar del Plata.

—Entre el sonido y la estructura hay un abismo… —había dicho para explicar por qué mi voz se resistía a afinar bien sus predilectos lieder de Schömberg.

—Tenés todo tu viaje para pensarlo. Pensálo con el “arroz con leche” y cuando vuelvas, si no te ahogaste, me contestás… —Aconsejó, y yo creí que a partir de esa noción iba a ordenar mis ideas sobre la música y planeaba aprovechar la tranquilidad del mar para reflexionar sobre el tema y escribir algo.

—Los intervalos son entidades) no relaciones —me había dicho el año anterior. Y esa idea era lo único original del texto sobre música que escribimos con Alicia y nos entretuvo más de una semana. Ahora tenía esta cuestión del “abismo” rondándome, y una fea sensación de fracaso me agobiaba al pensar que sólo faltaban dos noches para llegar a Río y no había escrito siquiera una línea sobre el tema.

Cuando miré el reloj eran las veintitrés. El Chila seguía en rumbo. Sospeché que el japonés se habría dormido en la timonera y no me importó.

Necesité ir al baño. Sentía acidez y tomé un va so de agua con Alka Seltzer antes de volver a tirarme en la cucheta. A bordo reinaba el orden y la serenidad. Debo haberme dormido a la una y media de la madrugada. Tomaba guardia a las seis, hora de a bordo, nueve y treinta hora de Greenwich. Me quedaba pocas horas de sueño.

Al despertar vi luz, mucha luz en cabina: no eran las seis. El sol alto pasaba perpendicular mente por el tambucho de proa: serían las diez.

El Japonés se había dormido al timón una vez más. Semidormido corrí a la mesa de navegación y controlé la corredera: habíamos avanzado ciento diez millas desde las ocho de la noche del día anterior y según el compás de radiogoniómetro seguíamos en rumbo. Fui a lavarme mientras se calentaba la pavita para el café. Calcé mis botas y desayuné, no tenía ganas de subir a cubierta a renegar con el Japo y debí tomar dos tazas de café con galletas de coco para sentirme totalmente despierto. Antes de salir me froté los brazos y la cara con crema antiactínica previendo que esa tarde de abril el sol castigaría muchísimo.

Después puse una cassette de música brasileña y levanté el volumen de los parlantes de cubierta pensando que eso me ayudaría a despertar al Japonés.

Cuando salí a cubierta eran las diez y media.

Seguía soplando del Este pero la falta de nubes hacía pensar en un probable borneo al Norte, precedido por algún recalmón.

—¡Despertáte! —grité al subir al cockpit. Pero el Japonés no estaba en la timonera. Pensé encontrarlo en el camarote de proa, durmiendo a sus anchas desde antes del amanecer y sentí rabia porque nos había puesto, una vez más, en peligro a mí, a él y al Chila, que no tenía seguro.

Puteando, fui al camarote de proa: tampoco allí estaba el Japonés. Me preocupé: ¿Habría caído al mar? En ese momento imaginé que me había armado una broma. Tuve miedo.

Tratando de no hacer ruido recorrí todo el barco. Si se trataba de una broma, no debía mostrarle mi preocupación. Cantando, acompañé el tema de Nei Matogrosso que sonaba en el estéreo para disimular mi recorrida, mientras revisaba los lugares donde podría haberse ocultado. El Japonés no estaba más a bordo.

Mi primera decisión fue invertir el rumbo: controlé el compás, traía rumbo veintiuno, sumé ciento ochenta grados, resté cinco grados por la compensación magnética y puse nimbo ciento noventa y seis. Abrí velas: el viento franco me llevaba a mí solo ahora, a diez nudos y suaves ondas me empujaban de popa y por momentos invitaban al Chila a barrenar.

El timón automático tardó un par de minutos en habituarse al nuevo nimbo. No bien se estableció busqué los prismáticos. Quise subir al tope del palo mayor izándome con una driza, pero al llegar a la cruceta me detuve. No estaba preparado para moverme a veinte metros sobre el nivel del agua, y ya a mitad del palo, sobre la cruceta, el rolido natural del barco revoleándome casi dos metros a cada banda era demasiado para mí. Escruté todo el horizonte a proa, ni un punto a la vista.

¿Cuándo habría caído? Junto a la timonera encontré su termo de café, caliente todavía: estaba lleno. Eso probaba que el Japonés no había bebido su café de la noche. Conociendo sus hábitos tendí a convencerme que habría caído al agua antes de las dos de la mañana porque jamás pasaba dos horas sin beber café, o té, o mate.

Me tracé la rutina de otear el horizonte cada cinco minutos. En los intervalos fui tomando diversas precauciones: largué a popa un cabo de diez metros con un salvavidas, previendo una eventual caída, sin nadie a bordo para recuperarme. Revisando el equipo de seguridad encontré una de esas balizas de radio que se venden en Europa y que prometen en el folleto que una vez en el agua empiezan a emitir la señal de socorro en distintas frecuencias y con un alcance de sesenta a noventa millas. La amarré al cabo de remolque.

El transmisor de BLU no funcionaba desde Mar del Plata, pero comencé a reclamar auxilio. La luz testigo de emisión no se encendió. Conecté el pequeño transmisor de VHF en la frecuencia de socorro. De bajo alcance —quince o veinte millas en esa zona de intenso tráfico de embarcaciones de carga no creí difícil que consiguiera algún escucha. Cuando miré el reloj, después de hacer funcionar el BLU, eran las catorce. Prendí el motor: llevándolo a media marcha ganaba unos tres nudos, valía la pena. En un libro de a bordo había visto una tabla de supervivencia en el mar.

La consulté y después medí la temperatura: estábamos hacía dos días en aguas del brazo ascendente de la corriente de las Malvinas, bastante frescas: doce grados.

A las cinco, según mis cálculos, ya no tenía sentido seguir buscando. viré, apagué el motor, restablecí las velas y retomé el rumbo veintiuno; había perdido 50 millas. Todo ese día seguí transmitiendo con el VHF. Recuerdo que no almorcé ni cené, pero me tomé el termo con café del Japonés y varias latas de jugos de frutas. La garganta se me secaba en pocos minutos por la preocupación, o la ansiedad, mientras pensaba en la familia del Japonés: el padre, paraguayo, tenía un almacén cerca de San Fernando y atendía un despacho de bebidas. A la madre nunca la conocí.

Había una mujer, mayor que él. El Japonés la llevaba a veces al cine. Tengo la sensación de que sólo esporádicamente se acostaba con ella. ¿De qué hablarían? El hablaría de barcos, de regatas, de negocios con barcos y de accidentes en regatas y ella de los problemas con sus hijos, o con el marido. ¿Qué pensarían de mí? Eso me preocupaba: qué pensarían de mí cuando me reportase en Río anunciando que me faltaba un tripulante. Gasté el resto de la jornada planeando cómo entrar a puerto dando la imagen de una organización marinera seria y concienzuda para neutralizar cualquier sospecha de los sumariantes.

Ese atardecer no tomé la posición astral. Tenía un radiofaro a 90 grados a babor, y pude sintonizar otros de los alrededores de Río. Me manejé con esas estimaciones y con los datos de la corredera: estando solo, un error de quince o veinte millas no me importaba mucho.

Fui a dormir a las nueve y media. Comí una lata de ensaladas de frutas sentado en la cucheta, el primer alimento sólido del día. Soplaban doce nudos y sin motor avanzaba en rumbo a cinco nudos. Mientras cargaba las baterías recordé mi diálogo con Kröpfl y me prometí que el día siguiente, tal vez el último de la navegación ————es taba a 200 millas de Río————, tendría tiempo y ánimos para pensar una buena respuesta.

Me dormí de inmediato. Tenía el cuerpo dolorido por tantas subidas a la cruceta y por las tensiones de aquel día. Soñé con el japonés. Sé que el sueño rememoraba nuestro pampero de Piriápolis pero al despertar había olvidado el resto de su contenido.

Desperté al amanecer. Una luz lechosa entraba por las ventanillas de estribor. A babor se veía aún la noche. Puse la pava a calentar, y preparé medio litro de café. Comí galletas, coloqué una cassette de música de cámara, y bebí dos cafés mientras terminaba los chequeos de cabina: sobraba el combustible y la carga de las baterías, según el compás del gonio, seguía en nimbo veintiuno y, como siempre, soplaba del Este. El Chila hacía cuatro nudos, tal vez porque faltaban velas en proa. Decidí que no bien terminase de despertar cambiaría el genoa dos por genoa grande y que de seguir desinflándose el viento del Este pondría media máquina y derivaría, para caer sobre la costa donde siempre hay calma y se puede avanzar a una velocidad uniforme de diez nudos con máquina a pleno.

Después de tomar otra taza de café con bizcochos calcé mis botas, vestí una campera liviana y organicé una recorrida por el barco.

Debía verificar que toda la maniobra estuviese en orden ahora que estaba solo. Prendí un cigarrillo y salí a cubierta. El japonés desde timón me puteó: —¡Boludo, ya amaneció, no se ve ni un astro, nos perdimos de nuevo la posibilidad de tener una buena posición…! El aire fresco de la mañana y la voz del Japonés me provocaron un escalofrío, seguido de una sensación de mareo. El Japonés estaba timoneando.

volví a la cabina. ¿Alucinaba, o todo había sido un sueño? Había sido un sueño. Miré la corredera.

Habíamos hecho ochocientas noventa millas desde Mar del Plata: había soñado el día anterior.

Había hecho desaparecer al Japonés para largarle, en sueños, toda la rabia acumulada por su tendencia al desorden, y por la negligencia con que tomaba la disciplina de a bordo.

En la cucheta me sentí mejor. Tuve ganas de reír, creo que reí. Iba a contarle todo al Japonés, pero pensé que sería difícil explicarle mi pesadilla del lechón, los sutiles procesos de elaboración onírica y los motivos de mi agresión desplazada al sueño. En cambio, preparé un desayuno…

—¿Qué querés, café o té? —Le ofrecí.

—Té, mejor… Así apoliyo todo el día…

—Bueno… ¿Querés budín…? —No, gracias… Galletitas… Ya bajo. —Anunció.

Desayuné por segunda vez, ahora en la dinnette, frente al Japo, que a esta altura sólo deseaba llegar a Río: —¿Cuándo llegamos? —Preguntó.

—Mañana al mediodía, en el peor de los casos.

—No aguanto más… Quiero caminar por una calle… Ver gente… ¿Entendés? —Sí… —le dije—, yo también.

Después se fije a dormir. Yo revisé la maniobra,. icé una trinquetilla y cuando el viento comenzaba a desinflarse prendí el motor. Teníamos reserva de combustible para sesenta horas, sobraba.

pasé aquel día escuchando música de cámara: Schubert, Bartok, unos de tríos de Brahms, Beethoven. A las cinco de la tarde el viento refrescó —veinticinco nudos—, y se presentó un poco más cerrado de proa. Era el momento de derivar: hice nimbo trescientos treinta. De seguir el viento como se había establecido, esa noche cubriríamos las cien millas que nos ubicarían frente a la costa de Angra, a un tirón de Río.

A las siete de la tarde despertó el Japonés y estimamos la posición. Nos faltaban sólo cien millas. Le preparé la cena mientras él trataba de despejarse. Creo que nunca pudo explicarse por qué lo atendí tanto ese último día.

A las diez tomó él la guardia y yo me encerré en el camarote a escribir. Redacté una carta para Gabriela van Riel y trabajé durante un par de horas en el proyecto de mi respuesta a Kröfl.

Le enviaría un largo comentario desde Río de Janeiro. Cerca de las dos me dormí. El Japonés dormitaba junto al timón, soplaba veinte nudos.

Le recomendé que tratase de despertarme temprano. Quería tomar estimaciones de la costa que al clarear ya sería visible y no perder una sola milla para llegar a Río antes del atardecer. Tuve un sueño erótico donde aparecía confusamente Leticia —la hijita menor de mi mujer—, y desperté un par de veces medio desvelado. A las cuatro y media necesité ir al baño. Seguro que el Japonés estaría durmiendo junto al timón. Después me dormí yo también. Cuando desperté había mucha luz en la cabina. El sol estaba alto. Salté de la cucheta y tomé café tibio de mi termo antes de poner la pava a hervir. Fui al baño. Desde la ventana se veía la costa. Prendí un cigarrillo rubio del Japonés que encontré en la repisa de los cepillos de dientes y desayuné mirando por la ventana de babor la costa. Ya habíamos superado Angra. El Chila avanzaba a seis nudos proa a Río. Cuando estuviese a cargo de la guardia arriaría el genoa y pondría toda máquina procurando hacer ocho o diez nudos, si el viento colaboraba un poco. Me calcé y salí a cubierta. vi unas manchitas en el horizonte y pensé que serían las islas de la costa de Río.

Teníamos la costa a diez millas a babor, estaríamos a unas treinta de Río. Y eran recién las once. Miré a proa: la cubierta del Chila estaba despejada y la proa cortaba el agua verde con aplomo, sin desviarse una pulgada. El Japonés había dejado el timón. imaginé que ya estaría durmiendo en el camarote de proa y sin hacer ruido espié por su ojo de buey. No estaba. Revisé todo el barco: faltaban pocas horas para llegar a Río y el Japonés no estaba a bordo. Llevaba rumbo doscientos ochenta, perfecto. Tomé los prismáticos, y desde la proa inspeccioné el horizonte. Por momentos pensé virar, abrir las velas y perder otras cincuenta millas buscándolo.

Decidí que no: mejor sería poner un poco de orden en el barco y prepararme para el interrogatorio de la prefectura de Guanabara. Intenté transmitir con el BLU. Tampoco esta vez se encendió la luz testigo de emisión. Con intervalos de diez minutos me sentaba a pedir auxilio por el VHF, algo inútil, porque nadie navega en esa zona sintonizando la frecuencia reglamentaria. Un par de veces, antes de almorzar volví a mirar el horizonte de popa. Después me convencí que con tanto camino recorrido, mirar hacia atrás como un imbécil no valía la pena y que lo único importante era llegar a Río con el barco en orden y armado de paciencia para soportar todas las rutinas del sumario.

 

[HASTA QUE EL CUENTO AGUANTE]


“Cuando todo esto pase” podréis leer Cuentos completos, de Rodolfo Fogwill (Alfaguara, 2011). [Aviso legal]