94.

Café Con/suelo

Esta tarde me siento abatido, con una sensación de desazón y desesperanza especialmente incómoda. Incómoda, sobre todo, porque no parece que tenga razón de ser. Todo va bien, o más o menos bien, a mi alrededor. ¿A qué viene esta náusea rara —enrarecida— que me oprime el pecho ligeramente, pero sin detenerse?. Pasan delante de mis ojos un buen puñado de motivos que me encargo pronto de enterrar sin disimulo. Será otra cosa, me digo. Entonces recuerdo que he pasado toda la mañana escribiendo largo y tendido sobre Los hombres de Rusia, la novela de Reinaldo Laddaga que tiene como trasfondo el avance por América y Europa de una versión bufonesca, pero igualmente fatal, de la extrema derecha. Pienso también que esta tarde he ido al cine a ver Jojo Rabbit, un drama “simpático” sobre niños filonazis dirigido por Taika Waititi, y que, al salir de allí, he arrancado el coche y en la radio, que se ha encendido sola, he escuchado el testimonio de un representante de UNICEF en Sudán del Sur que se dedica a desvincular niños soldado —de los cuales el 70% son niñas— de las múltiples guerrillas de la zona. Sin embargo, acabo de terminar este pequeño texto y sigo sintiendo esa estúpida opresión en el pecho. Será otra cosa, me digo.

93.

Café Con/suelo

He salido de la cueva. Y volveré a hacerlo.

Hoy me he levantado muy tarde, atrapado en una vorágine de sábanas y sudor. Me he metido en la ducha, porque la pena se va como la roña (esto último lo he leído recientemente en algún sitio, pero no logro recordar dónde) y después de desayunar un café con leche y medio paquete de galletas de canela he salido a la calle a por pan y aire fresco. He caminado un buen rato hasta decidirme a entrar en una pequeña galería de arte que antes era una iglesia. Sobre los muros y en las balconadas interiores había tendidos enormes tapices de esparto y piel sintética, pero lo primero que he visto al entrar ha sido una montonera de abrigos y carpetas enormes tirados en el suelo en medio de la sala. He rodeado el montón de prendas con paso lento y admirado, a medio camino entre el torero que se recrea en la ovación y el entomólogo que observa con fascinación y cierta desconfianza una nueva especie de insecto. A los pocos segundos he levantado la mirada para comprobar que no estaba solo. Tres personas más paseaban por la sala —antigua nave principal del templo— contemplando boquiabiertas y móvil en mano la estructura de neón que ocupa el espacio del altar mayor. No he tardado mucho en caer en la cuenta de que aquellos tres paseantes, dos chicas y un chico muy jóvenes, eran los dueños de los abrigos y las carpetas de dibujo que había visto expuestos en el centro de la sala. Parecían estudiantes de Bellas Artes, de primero o segundo curso, y aquella era seguramente su primera gran obra. Yo, al menos, la había disfrutado, así que antes de verlos recoger sus cosas del suelo he salido de allí pensando que ahora, desacralizada, la iglesia es un espacio tan hermoso que elevar un objeto a la categoría de arte es, más que nunca, responsabilidad de quien mira.

Hasta aquí mi primera salida de la cueva. Ahora bajaré a tirar la basura.

92.

Café Con/suelo

He sobrevivido y no todos pueden decir lo mismo. El resfriado se ha impuesto, pero hemos acordado una suerte de tregua que me ha permitido pasar el día entre una serie mediocre de superhéroes que veo en la tablet, tirado en el sofá y moviendo cada dos por tres el aparato para evitar el reflejo del sol en la pantalla, y la lectura febril de Dadas las circunstancias, el nuevo libro de Paco Inclán que acaba de editar Jekyll & Jill. Como la pantalla de la tablet y las páginas del libro me causan dolores de cabeza distintos y complementarios, no puedo dedicar demasiado tiempo a ninguna de ellas. Por eso las alterno cada rato, no sin la preocupación de que pueda estar favoreciendo (incubando, preferiría escribir) algún tipo de efecto secundario tremendamente nocivo. Por ejemplo, me pregunto si esta noche los superhéroes y los personajes de Inclán (tan anodinos como estrafalarios) se congregarán en mis sueños para invocar una Habana al borde del cataclismo o una aldea vasca repleta de jóvenes mutantes. Por si acaso, pero también por la congestión, los mocos y el dolor de cabeza, tomo paracetamol, acetilcisteína, StopCold y Johnny Walker.

89.

Café Con/suelo

Soy miope. Me quito las gafas mientras camino. Diez, veinte metros. Y me las vuelvo a poner. Durante esos segundos recuerdo la fugacidad de la vida y siento la inminencia de la muerte. Los cuerpos informes, una masa que se mueve, un mundo desconocido.

Por la noche, la luz de las farolas es inmensa y el piloto de luz roja de la alarma del coche parece una brasa, una brasa incandescente y redonda como una luna. Por la noche, vivir es un riesgo si eres miope y no llevas gafas. Quizá es por eso que merece la pena quitárselas. Diez, veinte metros, sin detenerse.

Conducir también es un riesgo si eres miope y no llevas gafas. Sujetas con fuerza el volante, el pie firme sobre el pedal del freno con la fe del que se ajusta el cinturón a doce mil metros sobre el nivel del mar. Y liberando una mano te quitas las gafas.

Sientes las vibraciones de los neumáticos, sigues mentalmente las líneas blancas de la autopista que ya son grises y que dibujas mentalmente con el recuerdo o con la imaginación. Ves cómo el coche que antes iba delante tuya ya no está delante ni detrás, aunque está. La luz de los focos se ablanda hasta el punto en que deja de existir la distancia. Todo se mide de otra manera. Descubres que hay otra forma de medir y de mirar, que es dejando de hacerlo. Y sigues.

87.

Café Con/suelo

Érase una vez un jardín con un parque de juegos y columpios, de esos modernos y cada vez más sofisticados. Era la hora de que los niños salieran del colegio y el parque estaba atestado de criaturas chillonas, hiperventilantes y azucaradas, y padres aletargados, cargados de mochilas, abrigos y prendas varias. En un momento dado, dos niños jugaban con uno de esos extraños artilugios que sustituyen ahora al tobogán o al balancín. El juego consistía en que ambos niños, sentados uno frente al otro, debían hacer girar por turnos y con fuerza un disco de madera clavado a una mesita, que, al detenerse, señalaba con una flecha de color rojo la puntuación obtenida. Uno de los niños, presumiblemente el más inepto, se quejó de la lentitud con que giraba el disco cuando él lo empujaba. “Tienes que jugar más a la ruleta rusa”, le dijo su padre, antes de darse cuenta de que en realidad había querido referirse a “La ruleta de la fortuna”, el célebre y tonto programa de televisión. Enseguida buscó la mirada cómplice de la madre del otro chico, que también supervisaba el juego, como para disculparse y demostrar que era consciente de su propio error. Pero, en lugar de condescender y disculpar el desliz, la madre del otro chico, aletargada, cargada de mochilas, abrigos y prendas varias, miró al padre con una maliciosa media sonrisa -ambos se miraron con una maliciosa media sonrisa- y murmuró: “sí, hijo, tenéis que jugar más a la ruleta rusa”.

85.

Café Con/suelo

Lo que más me gusta de llegar a casa es desnudarme. Antes de nada, en la entrada me vacío los bolsillos y dejo sobre un recipiente de barro coloreado las llaves y el puñado de monedas que suelo llevar encima. Luego me quito los zapatos, la camisa y los pantalones. Como a todos a los que no nos gusta limpiar, soy bastante ordenado. Así que nada más quitarme el pantalón lo doblo para guardarlo en el armario. Siempre, sin excepción, al doblar el pantalón cae una moneda al suelo. Una moneda fugada de la primera purga. No sé cómo lo consigue, pero siempre hay una moneda de dos, cinco, diez céntimos —una moneda pequeña— que escapa del plato de cerámica que trajimos de Nápoles y permanece agazapada en el bolsillo, hasta que doblo el pantalón y entonces cae —generalmente rodando hacia un rincón de difícil acceso. Creo firmemente que se trata de un mensaje del universo. Agacharme a recuperar esa moneda es el peaje que tengo que pagar. Cuanto menor es el valor de la moneada, más transparente es el mensaje. Un castigo; quizá fruto de un malentendido cósmico. Así lo escribió Kafka en “Un viejo manuscrito”: “Hay algún malentendido y este malentendido será nuestra ruina”.