71 (bis).

Café Con/suelo

Lo del bis lo pongo porque Rodrigo lo pone en su blog y lo que pone Rodrigo siempre está bien. Antes de que se acabe el día y vuelva a romper una vez más la ilusión de diario que me gusta hacerme cada tanto con este destartalado Café Con/suelo, solo quería decir que hoy he recibido una muy buena noticia. Ya diré más, otro día, porque esto es un diario, al fin y al cabo, y si en un diario se escribiese todo de una tajada dejaría de ser un diario para ser una vida.

71.

Café Con/suelo

Nunca he logrado escribir un diario. Cuando era pequeño, pronto mostré ciertas inclinaciones literarias y no era raro que alguien me regalase un diario, de esos con sus renglones bien dibujados para evitar torcerse al escribir y no acabar el día antes de tiempo. Yo los coleccionaba, agradecido, y los utilizaba para dibujar fantasías, pegar recortes, escribir alguna frase de vez en cuando y seguir con mi día a día como si nada hubiera cambiado. Eso sí, comenzar un nuevo diario era siempre un acto litúrgico. Soy una persona dada a los rituales, a esos pequeños rituales cotidianos que supuestamente uno debería registrar en su diario. Levantarme de la cama, hacer el café, encender el ordenador, desnudarme, no son acciones involuntarias sino verdaderos rituales que llevan su tiempo y su dedicación. Bernat Castany ha escrito que “las primeras veces que Borges oyó hablar de la eternidad fue cuando su madre, de niño, le decía, a la hora del desayuno: Niño, no te eternices”. Seguramente solo me parezco a Borges en esto, pero en esto me parezco hasta límites insospechados.

Una amiga mía prefiere utilizar la palabra procastinar, pero decir que soy “dado a los rituales” me hace sentir menos culpable. De hecho, uno no debería sentirse culpable por algo que le sucede a tanta gente. Todos hemos sido ritualistas alguna vez en nuestra vida, aunque sea comenzando en septiembre, con nueve o diez años, esa libreta nueva y flamante en cuya esquina superior escribíamos la fecha con una limpieza ingenua, precaria y efímera. Pero ese ritual de infancia yo lo eternicé, como otras tantas cosas, y todavía empiezo un cuaderno nuevo con la ilusión de que mi letra cambiará, que esta vez será más legible y espaciosa, que mis ideas serán todas frescas y ordenadas. Hasta el día siguiente. La verdad es que pasa poco tiempo hasta que me rindo. Y entonces el diario deja de ser un diario y se convierte en un cuaderno cualquiera. Un bloc de notas, un cajón de sastre, una libreta de apuntes, incluso una agenda. Cualquier nombre vale ya para ese amasijo de proyectos abortados y días discontinuos.

El problema, como siempre, es pensar demasiado. Si llego a mi casa borracho y no atino a escribir nada en el diario, sino que me esfuerzo al día siguiente en recordar lo que hice ayer, ¿puedo llamarlo diario? Si llevo el diario en la mochila y tengo la necesidad de apuntar el número de teléfono de un restaurante o el horario de un museo, ¿puedo llamarlo diario? Si empiezo contando lo que me ha pasado durante el día y termino con el comienzo de una novela que nunca escribiré, ¿puedo llamarlo diario? Estas gilipolleces me han hecho cargar con tres o cuatro cuadernos distintos que debían tener funciones distintas, pero que acababan confundiéndose entre ellos, mezclándose las tintas en un ejercicio traicionero de mestizaje literario. Siempre he tenido la sensación de que, cuando no miro y las libretas están a lo suyo en la maleta o en los bolsillos de la chaqueta, entonces las palabras saltan de un lado a otro. Las frases que copio de los libros se escriben en la agenda de teléfonos, los números se mudan al cuaderno de los proyectos literarios, las ideas para algún cuento se desplazan hasta acabar en el registro de mis días. Eso sin contar las páginas en blanco: las olvidadas y las abandonadas. Uno puede no escribir una entrada de su diario de forma voluntaria, y esta omisión del tiempo no tiene por qué influir en la continuidad del diario. Sin embargo, si dejo por error una página en blanco y empiezo a escribir sobre un día en la siguiente, ¿puedo retomar la página anterior? ¿Se puede viajar en el tiempo y seguir llamándolo diario?

Todo es muy complejo. Me distraigo, eso es un hecho. Una extraña fuerza invisible me aleja del día a día. De la lista de la compra y de las facturas pendientes. Del diario, vamos.  De hecho, este Café Con/suelo debía ser un diario, aunque yo ya empecé a escribirlo (con buena letra e ideas ingeniosas, qué duda cabe) sabiendo que ningún diario mío puede ser diario. Algunos lectores me lo recuerdan de vez en cuando, como Jesús, anoche, cuando me dijo que últimamente Lector salteado estaba un poco flojo. Yo sé que se refería a este diario, y en parte por eso estoy aquí. “Veinte líneas al día, sean geniales o no”, se dijo Harry Mathews. Pero no soy Harry Mathews y tendré que vivir con la culpa de ser más incendiario que diario, de ser el autor de unas memorias que escribirá algún día alguien olvidado.

68.

Café Con/suelo

De vuelta a casa he entrado en una librería a curiosear, cuando de pronto aparece una señora con uniforme de trabajo azul marino y dice: “Buenos días, soy la lectora del agua”. El librero y yo nos miramos, desconcertados ante los límites de nuestra rudimentaria capacidad lectora.

66.

Café Con/suelo

Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas.


Esto lo escribió el gran Sergio Pitol en “El arte de la fuga” (Editorial Anagrama) y no me canso de repetirlo. Me cuesta encontrar pasajes que contengan más verdad, escritos con tanta sencillez. La literatura de Pitol habla, al fin y al cabo, de viajes. Viajes exteriores e interiores por calles y páginas recorridas. Y se me ocurre ahora que quizá la mejor síntesis de esos dos mundos (que son solo uno) sean las librerías, esas en las que suelo perderme con paso lento y la imaginación excitada, los bolsillos temblorosos y el olfato agudizado, las manos indiscretas y la mente en otro lugar. Uno es, por supuesto, sus viajes, y también las librerías que descubre y visita, o esas otras que frecuenta tan a menudo que podría llamar casa.

Todos los días se hacen pequeños homenajes a estos espacios de vida y de resistencia, y cuando eso ocurre es porque el peligro es real, aunque evitable. Jorge Carrión escribió un libro maravilloso sobre ellas, que puede leerse como una guía espiritual por lugares que probablemente algún día serán solo huellas. Esta de la foto no es mi librería preferida, ni es la más recóndita, ni la más exquisita, ni la más antigua, y muy seguramente tampoco es la más hermosa. Sí es, quizá, la más icónica. Ha formado parte de mis viajes, de mis recorridos interiores y exteriores, y por eso es también yo mismo. O yo soy un poco la librería Shakespeare and Co. de París, donde hace unos años conseguí este ejemplar de Reminder, de Tom MaCarthy (Alma Books), que hoy ha saltado de mi biblioteca para que le hiciera esta fotografía de luces y sombras. “Cuéntalo”, me ha dicho, “que se sepa”.

PS: Ayer escribí esto sin caer en la cuenta de que hoy, un día después (12 de abril), se cumple un año de la muerte de Sergio Pitol. Hay coincidencias que no merece la pena intentar entender.

65.

Café Con/suelo

Avería. Tres horas encerrados con el tren parado en Getafe Industrial. Hay un fumador compulsivo que no para de quejarse porque no lo dejan bajar. Voy a tomar un café para no oírlo más y una chica joven le dice al camarero: “En el vagón X (el mío) hay un tipo fumando en el WC”. La miro flipando. Pienso en el fumador compulsivo, que es un capullo. Pero eso no se hace. La juventud no tiene compasión.