30. El descenso (otra biografía capitalista)

Café Con/suelo

He perdido dinero por un chicle.

He perdido dinero por un cómic.

He perdido dinero por un hijo de puta más grande que yo.

He perdido dinero por una cena.

He perdido dinero por unos Montana.

He perdido dinero por una película en pantalla grande.

He perdido dinero por un Discman.

He perdido dinero por un libro.

He perdido dinero por un Spalding.

He perdido dinero por un café.

He perdido dinero por una cerveza.

He perdido dinero por un poco de marihuana.

He perdido dinero por un concierto.

He perdido dinero por una mesa de mezclas.

He perdido dinero por una obra de teatro.

He perdido dinero por unas fotocopias.

He perdido dinero por la matrícula de un curso.

He perdido dinero por un abono de transporte.

He perdido dinero por media docena de huevos.

He perdido dinero por un depósito de gasolina.

He perdido dinero por una habitación de hotel.

He perdido dinero por un billete de avión.

He perdido dinero por […].

 

 

Imagen: Cien dólares ($) estadounidenses ardiendo.

29. A bordo de Los Editores

Café Con/suelo

Antes de ayer se cumplieron tres años desde la apertura en Madrid de la librería Los Editores. Prácticamente desde entonces me he sentido parte de la tripulación, aunque no fuera más que un grumete o un polizón. Y es que me empeño en utilizar la metáfora del barco para referirme a la librería hasta el punto absurdo en que me digo: Mario, qué pesao, para ya con lo de embarcarte, la tripulación, el velamen y demás historias. Para disculparme pienso que esa tontería mía algo tendrá que ver con el modo contradictorio en que suelo relacionarme conmigo mismo y con el grupo, siempre en esa cuerda floja que pende entre la soledad más absoluta y la necesidad de “hacer familia”. Así que pensar en mis compañeras como en parte de una tripulación es una forma de unión, de no pensar en los términos burocráticos del trabajo temporal y, en su lugar, hacerlo en los de una empresa de gran envergadura, una misión, una aventura.

Este delirio sano me ha permitido incluso disfrutar de una compañera librera a la que no conozco, lo cual no quiere decir que no exista. En lugar de por un olor o por cierta temperatura de la piel, la idea que tengo de ella como parte indeleble de la tripulación se la debo a una foto de perfil de Facebook y a una mezcla de rumores y leyendas que la definen a la perfección, o eso creo yo, que no la conozco. Por otra parte, ¿no es esa la manera en que conocemos a la mayoría de personas que creemos conocer? Una imagen y un anecdotario. En Los Editores tengo muchas imágenes y un anecdotario bastante generoso también.

Por eso no es tan raro que hable de un barco para referirme a la librería. Pienso ahora que esa idea la motivaron en un principio las escaleras de madera de la entrada, pero esas escaleras ya no están y lo que sigue alimentando la imagen del barco es la resistencia, su flotabilidad. Es el hecho de haber cumplido ya tres años lo que enciende mis ensueños de aventura, que el resto de la tripulación —he de decirlo— ha alimentado con igual capacidad de delirio, haciendo bailar sobre la cubierta de intemperie el buen humor, la música, el café, el cariño o la inteligencia. Hace unos días fui llamado a subir a bordo, pero tuve que decir que no. Solo he rechazado dos veces en mi vida subir  a un barco, y cualquiera que haya nacido y crecido junto al Mediterráneo sabe lo difícil que es pronunciar ese no. Por suerte, uno no deja de ser marinero porque pase temporadas en tierra, igual que una librería no deja de ser un barco por más tripulantes que le falten.

Yo las he visto desplegar las velas y sé que van a por el cuarto. No sé muy bien cómo lo hacen: levar el ancla, manejar el timón, mantener el orden, mirar al horizonte… Todo con muy pocas manos y siempre un poco a merced del viento. Ser librero no es siempre faenar en aguas tranquilas, aunque el mundo del libro sea para el lector común tan desconocido como las profundidades abisales del océano. Tres años navegando es mucho tiempo ya. Tanto, que es fácil imaginar que a veces la tripulación tenga ganas de abandonar la nave a la deriva y nadar hasta el puerto más cercano para emborracharse, pero, a pesar de lo que parece en las películas, abandonar un barco no es algo que se haga a la primera de cambio. Si no, Los Editores no habría cumplido tres años.

Antes de ayer lo celebraron, imagino que con ron, mariscos todavía vivos y alguna de ellas subida al mástil más alto para cantar una ranchera a voz en grito. Yo no pude estar en la fiesta y por eso lo celebro ahora, solo y en grupo. Cuando se dice que el ser humano es un animal social no se dice nunca que por un lado es animal y por el otro social, que las cosas no van tan juntas como quisiéramos. Pero estando solo y animal estas compañeras me invitaron a su sociedad secreta, y eso lo significa todo. Sería redundante agradecer aquí que esta tripulación me haya permitido faenar en sus aguas, tranquilas y revueltas a un tiempo. Sería inútil decir nada serio en un mensaje metido dentro de una botella que quién sabe dónde acabará. Pero no quiero seguir pensando ahora. Solo quiero celebrar, y que sople el viento.

 

 

Imagen: Librería Acqua Alta, Venecia

 

 

28. Silencio de tiempo

Café Con/suelo

Tiempo de silencio es una novela de Luis Martín-Santos y también el título de mis últimos diez días. Después del papeleo viene la extenuación, y más tarde las listas y los mejores del año. La gente ya empieza a hablar con un polvorón metido en la boca. Pronto se oirá a los primeros graciosos decir “hasta el año que viene”, estrechando nuestra mano y jugando con un guiño idiota a la especulación metafísica del tiempo. Pronto será fiesta y habrá banquetes y vómito y alcohol y matasuegras. Vuelven a escucharse las Zambombas del Apocalipsis, aunque hace tiempo que las luces están encendidas. Mejor las luces, siempre, que muchas negruras que leo y escucho a diario. Así mejor el vómito y los matasuegras. O sea que el silencio es siempre necesario. Eso digo para justificar estos últimos diez días de madriguera en madriguera, de madrugón en madrugón. Ni obligarme a escribir me cura a veces de la desidia, por eso me culpo. Ni el compromiso con los otros ni conmigo mismo. Bueno, a veces pasa. Es cuestión de tiempo. Silencio de tiempo. No todo el mundo sabe que hay que escupirse en la mano para hacer sonar una zambomba.

 

 

Imagen: Juan Muñoz, The Wasteland, 1987

27. El ascenso (una biografía capitalista)

Café Con/suelo

He recibido dinero por nada.

He recibido dinero por sacar al perro.

He recibido dinero por limpiar un coche.

He recibido dinero por cantar villancicos.

He recibido dinero por pedir para el Domund.

He recibido dinero por vender papeletas para el sorteo de un reproductor DVD.

He recibido dinero por vender pan y dulces en un puesto del mercado.

He recibido dinero por vender un reproductor Mp3.

He recibido dinero por repartir publicidad en los buzones.

He recibido dinero por un pellizco de hachís.

He recibido dinero por descargar camiones.

He recibido dinero por habérmelo encontrado.

He recibido dinero por repartir publicidad en la calle.

He recibido dinero por contar la recaudación de máquinas expendedoras.

He recibido dinero por escribir un relato.

He recibido dinero por enseñar español.

He recibido dinero por corregir y revisar un libro.

He recibido dinero por vender libros.

He recibido dinero por traducir un texto.

He recibido dinero por escribir sobre un libro.

He recibido dinero por hablar de literatura.

He recibido dinero por […].

 

 

Imagen: Un dólar ($) estadounidense.

 

 

26. El agonías

Café Con/suelo

En los más reputados círculos científicos se sabe que, más allá de la forma plural del “estado que precede a la muerte”, utilizamos el término agonías para referirnos a una persona que actúa de determinada forma bajo ciertas circunstancias. Se sabe, también, que hay muchos tipos de agonías. Sin embargo, es difícil definir a qué nos referimos cuando clasificamos a alguien con esta palabra: agonías. Mi yo más positivista no renuncia a la posibilidad de descubrir y demostrar el significado verdadero del término. Varios aspectos confluyen en la manifestación fenoménica derivada del comportamiento de aquellos individuos diagnosticados como agonías: algunos de ellos son la redundancia, la inutilidad y la vanidad. No obstante, ante la imposibilidad de su definición, quizá resulte útil exponer apenas tres casos a modo de exempla:

1. Quien camina un día lluvioso con el paraguas abierto y pegado a la pared, buscando además la protección de las repisas, y obligando a que los paseantes sin paraguas se desplacen sin remedio hacia el espacio más desprotegido de la acera: agonías.

2. Quien espera a que empiece una mesa redonda sobre un escritor (Bolaño, por ejemplo) leyendo el libro más representativo del escritor en cuestión (Los detectives salvajes, por ejemplo) para luego hacerse pasar en el turno de preguntas por un especialista en el escritor y en el libro en cuestión: agonías.

3. Quien participa en una mesa redonda en homenaje a un escritor fallecido (Bolaño, por ejemplo) en calidad extraliteraria (amigo, por ejemplo) para acabar concluyendo con algo que podría haber dicho cualquiera (era buena persona, por ejemplo): agonías.

Advertencia: la vida es una agonía, que podría haber dicho Quevedo. Esto quiere decir que nadie está libre de encontrarse, aun sin proponérselo, en el punto en que confluyen la redundancia, la inutilidad y la vanidad. Si fuésemos inmortales, que diría Borges, lo imposible sería no encontrarse alguna vez en ese punto. Todos somos un poco agonías. Lo importante, lo que hay que evitar, es ser El agonías.

 

 

Imagen: M. C. Escher, Drawing Hands, 1948

25. Kafka de Black Friday

Café Con/suelo

“Todos los días tengo que escribir por lo menos una frase en mi contra”, escribió Franz Kafka. Ni ganas de escribir eso tengo hoy. Será porque el frío se me ha metido en el cuerpo. Seguramente ha sido al salir del Café Comercial con María, cuando ha sonado la sirena que avisa del cambio de turno —la merienda— y han empezado a entrar ancianas en grupos de tres y de cuatro, ávidas de churros y café con leche. Nosotros nos hemos levantado, hemos pagado en la barra —nos han cobrado de menos— y hemos salido a la calle donde corría un aire helado. De dos cafés calientes al frío húmedo de un día lluvioso hay apenas una puerta de cristal y madera. El frío afecta al humor y aprieta las carnes. He caminado hasta mi casa esquivando transeúntes adictos al Black Friday de los martes, agradecido porque Carmena haya ampliado las aceras. Después de resistirme a la idea de comprar algo de cena, he abierto la puerta, he comprobado el buzón —nada— y me he sentado a pensar. Me ha costado entrar en calor. He pensado en esa frase de Kafka y en si no será lo mismo decir “todos los días tengo que escribir”. ¿Acaso todo lo que escribo no va de alguna forma en mi contra? El otro día decidí que no escribiré los sábados, ni los domingos, ni los días de guardar, como un funcionario gris. Tampoco escribiré cuando publique una reseña (lo haré cuando me dé la gana). Entre otras cosas, hoy no tenía ganas de escribir porque se me ha metido el frío en el cuerpo, pero no es sábado, ni domingo, ni día de guardar. Luego he pensado en Kafka y en esa imposición suya de escribir por lo menos una frase diaria. He pensado también en esa otra frase de Kafka que cita Vila-Matas —y que a saber si no es de ninguno—: “un escritor que no escribe es, de hecho, un monstruo merodeando la locura”. He comparado las dos frases y he sopesado su carácter obligatorio (la salvación por la escritura), pero ninguna me ha convencido. La motivación que necesitaba estaba todavía más cerca: hoy no es sábado, ni domingo, ni día de guardar, y yo no soy como esos que salen de Black Friday un martes. Kafka tampoco.

 

 

Imagen: Robert Crumb, Kafka, 1993

24. Dejando morir el mundo

Café Con/suelo

Voy caminando por la calle Fuencarral y hay una muchedumbre que me increpa como en un círculo del Infierno. Las voces dicen: Mira qué chico más guapo, buenos días. ¿Alguna vez has pensado cuántos perros sin dueño hay en el mundo? ¿Qué tal? Buscamos gente a la que le quedan bien las gafas de solHola, ¿has oído hablar de los niños robados? Dile adiós al plástico y firma aquí. Buenos días, ¿te preocupa quién te cuidará cuando seas mayor? El tabaco es la principal causa de muerte evitable en el mundo. ¿Con quién estás: la banca o el ciudadano? Las camareras de hotel tienen las articulaciones destrozadas. Hola, ¿conoces los peligros de tirar aceite por el desagüe? Cada día mueren en promedio al menos 12 latinoamericanas y caribeñas por el solo hecho de ser mujer. ¿Te importan los niños, el hambre, la sequía? Perdona, ahí detrás se te ha caído… la sonrisa. Yo admito que hacen bien su trabajo tratando de salvar el mundo. Acelero ligeramente el paso y digo: Ya colaboro, gracias. Ya colaboro.

 

 

Imagen: El fin del mundo (no firmé)

23. Hoy

Café Con/suelo

Hoy no he salido de casa en todo el día. Me desperté, pospuse la alarma unos minutos, di unas cuantas vueltas en la cama y la alarma volvió a sonar. Me levanté sin ganas y preparé la cafetera. Me tomé un vaso de zumo y mientras el café se hacía fregué prácticamente toda la vajilla de la semana. Como mínimo necesitaba una taza, un plato y una cuchara, así que lo fregué todo y puse el contador a cero. Qué despejada y limpia se ve la cocina sin todo amontonado en el fregadero. Escuché el último sashimi de La vida moderna y leí en el móvil el blog de mi amigo Rodrigo. Cuando terminé de desayunar encendí el ordenador, me lavé los dientes y me senté en el escritorio. Probé varias músicas de fondo, me levanté a mear unas cuantas veces, me decidí por una de esas grabaciones de tres horas con sonidos de pájaros y agua fluyendo. Escribí, me levanté, escribí, me levanté, escribí, me asomé al balcón para ver si el mundo seguía allí, y seguí escribiendo. Luego hablé por teléfono con un amigo que estaba a la espera de saber si iba o no a ganar un premio antes de irse a comer con otro amigo. He esperado —un poco impaciente yo también— a que se fallara el premio, nervioso además por saber cómo le estaría yendo a Amelia en el trabajo que hoy empezaba. En toda la mañana no he tenido ninguna duda de que iba a ir bien, pero uno se pone nervioso igualmente. He ido a mear varias veces más, por los nervios, por el aburrimiento, por el sonido del agua fluyendo por arroyos de montaña bajo mi escritorio. Me ha dado hambre y he cocinado una rodaja de salmón que llevaba descongelando en el frigorífico desde anoche. Adiós anisakis. La he cocinado en el microondas, que es casi como ver de cerca un milagro. Dos minutos y listo, al vapor, casi sin aceite y sin olores. No estaba mal el salmón. Mientras terminaba de comer he hablado con Amelia y me lo ha contado todo durante los cuarenta minutos que ha durado nuestra llamada y su vuelta en coche del trabajo a casa. De postre, yogur con mango natural. Luego he calentado café de esta mañana y he vuelto a sentarme en el escritorio. Me he levantado varias veces y me he asomado al balcón unas cuantas. He bajado a mirar el buzón pero no había nada (espero un paquete). He seguido trabajando toda la tarde, con los pájaros de fondo, que a veces me agobian un poco. He hablado con mi madre entre que salía de su clase de inglés y entraba a un concierto de órgano en la catedral. Un organista de Nueva York. He visto que mañana lloverá en Murcia. En Madrid hay un 40% de probabilidad de precipitación para mañana. En cualquier caso, la luna es la misma aquí y en Sebastopol, a orillas del Mar Negro. También en Fulda, Alemania. Después de hablar con mi madre he vuelto a llamar a Amelia, pero va como loca con la novedad del trabajo, la adaptación y todas las emociones, así que he colgado. Además, se iba a ver a sus sobrinos. Yo he seguido un rato más en el escritorio, ya asqueado. He anotado por dónde y cómo debía seguir mañana y he cerrado el documento de Word. He vuelto a abrirlo porque he olvidado copiar un enlace que no quiero perder. He guardado el documento y lo he cerrado definitivamente. Iba a apagar el ordenador, por eso de no tirarlo por el balcón, pero he recordado que no había escrito nada hoy en Café Con/suelo. Así que he abierto la web de Lector salteado y he pinchado en nueva entrada. Cansado de la silla, del ordenador, del teclado y del jodido Word, el blanco de la nueva entrada parecía querer escupirme a la cara. He pensado que no tenía nada que decir, y me he preguntado: ¿qué sientes? La respuesta ha sido inmediata: creo que ya he escrito suficiente por hoy. Iluminación. Las musas. He pinchado donde pone insertar título y he escrito: Hoy.

 

 

Imagen: Robert Wilson y Philp Glass, Einstein on the Beach, 2012

22. differre

Café Con/suelo

Hace unos años colaboré en un interesante proyecto editorial llamado Borrador, que pusieron a funcionar Luis Javier Pisonero, Lucía Bailón, Javier Ignacio AlarcónJöel López, Javier Helgueta Raquel Pardos. El proyecto reunió a escritores, actrices, cineastas, fotógrafas, críticos, traductores y demás fauna salvaje. La idea era crear una revista de cultura contemporánea que ofreciese algo distinto, un punto de vista, una mirada. La revista nacía del proyecto Eureka, que organizaba debates sobre poesía, narrativa, cine y fotografía en distintos espacios de la ciudad, y su objetivo siempre fue ser una revista digital para poder llegar al mayor número de lectores posible. El método para lograrlo, sin embargo, fue algo insólito. En lugar de abrir un blog o diseñar una web en condiciones, decidieron sacar los primeros cinco números en papel, en un original formato plegado, que se distribuyeron de forma gratuita en distintas librerías de Madrid. Después de su restringida publicación en papel, la revista saltaría a la red. El proceso normal se había visto invertido y lo que todo escritor quería — ver su obra impresa— no era aquí más que un trámite o un espacio de transición. Por suerte, tuve ocasión de participar en el segundo número, que vio la luz en el mes de mayo de 2015: “Sobre la insensibilidad del artista”.

Los demás números versaron sobre la obra abierta e inconclusa, la desnudez del artista, el azar y la transformación. Mi paso por Borrador fue fugaz. Apenas un artículo deslavazado, enrabietado y demasiado largo sobre la banalización de la cultura, y este texto que reproduzco tal cual, titulado con la palabra latina differe, que significa aplazar, retrasar, diferir, y que fue el que apareció en aquel número impreso que algunos furtivos cazaron en librerías de aquí y de allá. En Sotheby’s se pagarán millones por uno de esos ejemplares y yo me quedaré con ganas de saber si alguien los leyó realmente. Mi paso por Borrador fue fugaz pero estimulante. Se sentía la energía, las ganas de empujar algo un poco más allá, de hacer lo que nos diese la gana. Ese aire de libertad está de alguna forma en este pequeño texto, como también la fiebre que sufría el día en que lo escribí. Están ahí, como una huella, en diferido:

 

Sensibilidad como facultad o como cualidad. Facultad como potencia. El arte es siempre potencia. Según cierto filósofo o sociólogo polaco de origen judío: toda obra de arte lo es porque permanece imperfecta en su perfección. Lo sensible, en una de sus acepciones más extendidas, se refiere a aquello «que puede ser conocido por medio de los sentidos». Obviando, bien por falta de espacio o bien por espacio de más, qué puede ser conocido, nos quedamos con que los sentidos son: el cuerpo: un conjunto muy aparatoso de procesos orgánicos que sólo conocen el tiempo presente: el presente: el ente: lo que es, o su prejuicio. Cuando Van Gogh pasa la tarde frente a una iglesia y después pinta L’Église d’Auvers-sur-Oise (1890), está, de alguna manera, riéndose de sus sentidos. En representaciones plásticas como la Escena de caza del rey Asurbanipal (s.VII a.C.) o en las pinturas francesas e inglesas del XVII en las que se representan cacerías y carreras de caballos, se pinta al animal con las cuatro patas totalmente extendidas para transmitir la sensación de movimiento y velocidad. Sin embargo, la fotografía nos ha permitido, años después de la realización de estas obras, comprobar que ningún caballo real galopa de esta manera. En este caso, quizá los sentidos se rieron del artista. ¿Pero acaso un árbol deja de serlo porque Mondrian se ría de él? Un gran escritor de cuyo nombre no quiero acordarme gritó: «Ese hervidero de plumas asustadas que quieren clavarse como un grito siempre por proferir. Siempre ahí, que voy, en un no-ahí que es me quedo». La sensibilidad puede ser el contacto que establecemos mediante los sentidos con un mundo al que damos, por el motivo que sea, la prioridad de lo real. Sin embargo, las vueltas que damos al día en ochenta y más mundos caracterizan la visión del artista, que establece, no siempre con placer, una distancia o extrañamiento que refiriéndose al arte de la palabra algunos han llamado literariedad. La distancia entre las palabras y las cosas evita o posterga indefinidamente el contacto con lo sensible. Quien escribe, inevitablemente, vive para después. ¿Podemos entender la insensibilidad como condición irrefutable del arte? Si estoy observando la iglesia no la pinto, si estoy trepando el árbol tampoco. Mientras la primavera eclosiona delante de mis ojos, bajo el tacto de mis manos, no hay sinfonía que valga. Si hago el amor y acaricio y sudo y siento el apagón del cuerpo no puedo narrarlo. El artista debe quizá renunciar a sentir si quiere crear. Si no, como criticaba Schopenhauer, abrirá un libro y se pondrá a leer.

 

 

Imagen: Algunos ejemplares de Borrador, 2015. Fotografía de Lucía Bailón.

21. Stan Lee

Café Con/suelo

Stan Lee ha muerto a los 95 años. Lo dice su hija, pero ¿quién la cree? Stanley Martin Lieber siempre quiso ser novelista, pero fracasó con tanto éxito que acabó creando el panteón de nuestra mitología: Spiderman, la Patrulla X, los Vengadores, Daredevil o Dr. Extraño. Dicen que Stan Lee ha muerto, pero yo no lo creo y por eso no dejo que se abra paso la nostalgia. Muchos personajes suyos han muerto para volver a aparecer en series distintas, nuevos mundos, otros tiempos. Una parte de mí quiere escribir que crecí en el universo creado por este demiurgo risueño e imaginativo, pero otra sabe que no tiene sentido, que no es nada especial, que todos hemos crecido ahí de una manera u otra, que todos hemos sido creados por ese mismo demiurgo risueño e imaginativo. Nunca he tenido dudas de que leo, en gran parte, gracias a él. Ahora tampoco tengo dudas de que el cómic es el mejor formato para el lector salteado, al menos antes de subir de nivel y pasar a leer matrículas de coches, notas de cata en botellas de vino, calendarios, almanaques y novelas de Kafka. El cómic te obliga a saltar, y de esa obligación nace un reflejo que ya siempre te acompaña, que te mantiene ágil y un poco alerta. Al mismo tiempo el cómic te obliga a detenerte, a observar y recrearte en cada imagen. A esa contradicción debo mi forma de leer, y quién sabe si también mi forma de escribir. Stan Lee nació el 28 de diciembre de 1922 en Nueva York, en la época de los inicios del cine. Eso me hace recordar cuando me gastaba todo mi dinero en cómics y soñaba con que alguna vez llevaran al cine las aventuras que me quitaban el sueño. Siento que esas aventuras nunca se llevaron al cine, sino que el cine se las llevó bien lejos. Ahora muchos conocen a Stan Lee por sus simpáticas apariciones en la gran pantalla, y está bien que así sea porque de alguna manera corrobora mi versión de que Stan Lee no ha muerto. “Enamorarse es crear una religión cuyo dios es falible”, escribió Borges, y creer en Stan Lee implica el riesgo tan humano de equivocarse. Nunca se esfumará la polémica sobre quién ponía el último punto a sus creaciones, Jack Kirby, Steve Ditko o él mismo. Y está bien que la polémica persista, pues es parte del universo de Marvel y corrobora, además, mi versión de que Stan Lee sigue vivo.

 

 

Imagen:  X-Men Second Coming #2